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1. DOS
UMBRALES DE MUTACIÓN
El año 1913 marca un giro
en la historia de la medicina moderna, ya que traspone un umbral.
A partir aproximadamente de esta fecha, el paciente tiene más
de 50 por ciento de probabilidades de que un médico diplomado
le proporcione tratamiento eficaz, a condición, por supuesto,
de que su mal se encuentre en el repertorio de la ciencia médica
de la época. Familiarizados con el ambiente natural, los
chamanes y los curanderos no habían esperado hasta esa
fecha para atribuirse resultados similares, en un mundo que vivía
en un estado de salud concebido en forma diferente.
A partir de entonces, la medicina ha refinado la definición
de los males y la eficacia de los tratamientos. En Occidente,
la población ha aprendido a sentirse enferma y a ser atendida
de acuerdo con las categorías de moda en los círculos
médicos. La obsesión de la cuantificación
ha llegado a dominar la clínica, lo cual ha permitido
a los médicos medir la magnitud de su éxito por
criterios que ellos mismos han establecido. Es así como
la salud se ha vuelto una mercancía dentro de una economía
en desarrollo. Esta transformación de la salud en producto
de consumo social se refleja en la importancia que se da a las
estadísticas médicas.
Sin embargo, los resultados estadísticos sobre los que
se basa cada vez más el prestigio de la profesión
médica no son, en lo esencial, fruto de sus actividades.
La reducción, muchas veces espectacular, de la morbilidad
y de la mortalidad se debe sobre todo a las transformaciones
del hábitat y del régimen alimenticio y a la adopción
de ciertas reglas de higiene muy simples.
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Los alcantarillados, la clorización
del agua, el matamoscas, la asepsia y los certificados de no
contaminación que requieren los viajeros o las prostitutas,
han tenido una influencia benéfica mucho más fuerte
que el conjunto de los "métodos" de tratamientos
especializados muy complejos. El avance de la medicina se ha
traducido más en controlar las tasas de incidencia que
en aumentar la vitalidad de los individuos.
En cierto sentido, la industrialización, más que
el hombre, es la que se ha beneficiado con los progresos de la
medicina; la gente se capacitó mejor para trabajar con
mayor regularidad bajo condiciones más deshumanizantes.
Para ocultar el carácter profundamente destructor de la
nueva instrumentación, del trabajo en cadena y del imperio
del automóvil, se dio amplia publicidad a los tratamientos
espectaculares aplicados a las victimas de la agresión
industrial en todas sus formas: velocidad, tensión nerviosa,
envenenamiento del ambiente. Y el médico se transformó
en un mago; sólo él dispone del poder de hacer
milagros que exorcicen el temor; un temor que es engendrado,
precisamente, por la necesidad de sobrevivir en un mundo amenazador.
Al mismo tiempo, si los medios para diagnosticar la necesidad
de ciertos tratamientos y el instrumento terapéutico correspondiente
se simplificaban, cada uno podría haber determinado mejor
por sí mismo los casos de gravidez o septicemia, como
podría haber practicado un aborto o tratado un buen número
de infecciones. La paradoja está en que mientras más
sencilla se vuelve la herramienta, más insiste la profesión
médica en conservar el monopolio. Mientras más
se prolonga la duración para la iniciación del
terapeuta, más depende de él la población
en la aplicación de los cuidados más elementales.
La higiene, una virtud desde la antigüedad, se convierte
en el ritual que un cuerpo de especialistas celebra ante el altar
de la ciencia.
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Recién terminada la Segunda
Guerra Mundial, se puso de manifiesto que la medicina moderna
teñía peligrosos efectos secundarios. Pero habría
de transcurrir cierto tiempo antes de que los médicos
identificaran la nueva amenaza que representaban los microbios
que se habían hecho resistentes a la quimioterapia, y
reconocieran un nuevo género de epidemias dentro de los
desórdenes genéticos debidos al empleo de rayos
X y otros tratamientos durante la gravidez. Treinta anos antes,
Bernard Shaw se lamentaba ya: los médicos dejan de curar,
decía, para tomar a su cargo la vida de sus pacientes.
Ha sido necesario esperar hasta los años cincuenta para
que esta observación se convirtiera en evidencia: al producir
nuevos tipos de enfermedades, la medicina franqueaba un segundo
umbral de mutación.
En el primer plano de los desórdenes que induce la profesión,
es necesario colocar su pretensión de fabricar una salud
"mejor". Las primeras victimas de este mal iatrogenético
(es decir, engendrado por la medicina) fueron los planificadores
y los médicos. Pronto la aberración se extendió
por todo el cuerpo social. En el transcurso de los quince años
siguientes, la medicina especializada se convirtió en
una verdadera amenaza para la salud. Se emplearon sumas colosales
para borrar los estragos inconmensurables producidos por los
tratamientos médicos. No es tan cara la curación
como lo es la prolongación de la enfermedad. Los moribundos
pueden vegetar por mucho tiempo, aprisionados en un pulmón
de acero, dependientes de un tubo de perfusión, o sometidos
al funcionamiento de un riñón artificial. Sobrevivir
en ciudades insalubres, y a pesar de las condiciones de trabajo
extenuantes, cuesta cada vez más caro. Mientras tanto
el monopolio médico extiende su acción a un número
cada vez mayor de situaciones de la vida cotidiana. No sólo
el tratamiento médico. sino también la investigación
biológica, han contribuido a esta proliferación
de las enfermedades.
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La invención de cada nueva
modalidad de vida y de muerte ha llevado consigo la definición
paralela de una nueva norma y, en cada caso, la definición
correspondiente de una nueva desviación, de una nueva
malignidad.
Finalmente, se ha hecho imposible para la abuela, para la tía
o para la vecina, hacerse cargo de una mujer encinta, de un herido,
de un enfermo, de un lisiado o de un moribundo, con lo cual se
ha creado una demanda imposible de satisfacer. A medida que sube
el precio del servicio, la asistencia personal se hace más
difícil, y frecuentemente imposible. Al mismo tiempo,
cada vez se hace más justificable el tratamiento para
situaciones comunes, a partir de la multiplicación de
las especializaciones y para profesiones cuyo único fin
es mantener la instrumentación terapéutica bajo
el control de la corporación.
Al llegar al segundo umbral, es la vida misma la que parece enferma
dentro de un ambiente deletéreo. La protección
de una población sumisa y dependiente se convierte en
la preocupación principal, y en el gran negocio, de la
profesión médica. Se vuelve un privilegio la costosa
asistencia de prevención o de cura, al cual tienen derecho
únicamente los consumidores importantes de servicios médicos.
Las personas que pueden recurrir a un especialista, ser admitidas
en un gran hospital o beneficiarse de la instrumentación
para el tratamiento de la vida, son los enfermos cuyo caso se
presenta interesante o los habitantes de las grandes ciudades,
en donde el costo para la prevención médica, la
purificación del agua y el control de la contaminación
es excepcionalmente elevado. Paradójicamente, la asistencia
por habitante resulta tanto más cara cuanto más
elevado el costo de la prevención. Y se necesita haber
consumido prevención y tratamiento para tener derecho
a cuidados excepcionales. Tanto el hospital como la escuela descansan
en el principio de que sólo hay que dar a los que tienen.
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Es así como para la educación,
los consumidores importantes de la enseñanza tendrán
becas de investigación, en tanto que los desplazados tendrán
como único derecho el de aprender su fracaso. En relación
a la medicina, mayor asistencia conducirá a mayores dolencias:
el rico se hará atender cada vez más los males
engendrados por la medicina, mientras que el pobre se conformará
con sufrirlos.
Pasado el segundo umbral, los subproductos de la industria médica
afectan a poblaciones enteras. La población envejece en
los países ricos. Desde que se entra en el mercado del
trabajo, se comienza a ahorrar para contratar seguros que garantizarán,
por un periodo cada vez más largo, los medios de consumir
los servicios de una geriatría costosa. En Estados Unidos
el 27 por ciento de los gastos médicos van a los ancianos,
que representan el 9 por ciento de la población. Es significativo
el hecho de que el primer campo de colaboración científica
elegido por Nixon y Brejnev concierna a las investigaciones sobre
las enfermedades de los ricos que van envejeciendo. De todo el
mundo, los capitalistas acuden a los hospitales de Boston, de
Houston o de Denver para recibir los cuidados más costosos
y singulares, en tanto que en los mismos Estados Unidos, entre
las clases pobres, la mortalidad infantil se mantiene comparable
a la existente en ciertos países tropicales de Africa
o de Asia. En Norteamérica es preciso ser muy rico para
pagarse el lujo que a todo el mundo se le ofrece en los paises
pobres: ser asistido a la hora de la muerte (estar acompañado
por familiares o amigos). En dos días de hospital un norteamericano
gasta lo que el Banco Mundial de Desarrollo calcula que es el
ingreso medio anual de la población mundial. La medicina
moderna hace que más niños alcancen la adolescencia
y que más mujeres sobrevivan a sus numerosos embarazos.
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Entretanto, la población
aumenta, sobrepasa la capacidad de acogerse al medio natural,
y rompe los diques y las estructuras de la cultura tradicional.
Los médicos occidentales hacen ingerir medicamentos a
la gente que, en su vida pasada, había aprendido a vivir
con sus enfermedades. El mal que se produce es mucho peor que
el mal que se cura, pues se engendran nuevas especies de enfermedad
que ni la técnica moderna, ni la inmunidad natural, ni
la cultura tradicional saben cómo enfrentar. A escala
mundial, y muy particularmente en Estados Unidos, la medicina
fabrica una raza de individuos vitalmente dependientes de un
medio cada vez más costoso, cada vez más artificial,
cada vez más higiénicamente programado. En 1970,
durante el Congreso de la American Medical Association, el presidente,
sin atraer ninguna oposición, exhortó a sus colegas
pediatras a considerar a todo recién nacido como paciente
mientras no haya sido certificada su buena salud. Los niños
nacidos en el hospital, alimentados bajo prescripciones, atiborrados
de antibióticos, se convierten en adultos que, respirando
un aire viciado y comiendo alimentos envenenados, vivirán
una existencia de sombras en la gran ciudad moderna. Aun les
costará más caro criar a sus hijos, quienes, a
su vez, serán aún más dependientes del monopolio
médico. El mundo entero se va convirtiendo poco a poco
en un hospital poblado de gente que, a lo largo de su vida, debe
plegarse a las reglas de higiene dictadas y a las prescripciones
médicas.
Esta medicina burocratizada se expande por el planeta entero.
En 19ó8, el Colegio de Medicina de Shanghai tuvo que inclinarse
ante la evidencia: "Producimos médicos llamados de
primera clase. . . que ignoran la existencia de quinientos millones
de campesinos y sirven únicamente a las minorías
urbanas. . . adjudican grandes gastos de laboratorio para exámenes
de rutina. . ., prescriben, sin necesidad, enormes cantidades
de antibióticos.. . y, cuando no hay hospital, ni laboratorios,
se ven reducidos a explicar los mecanismos de la enfermedad a
gentes por quienes no pueden hacer nada, y a quienes esta explicación
a nada conduce.
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"En China, esta toma de
conciencia condujo a una inversión de la institución
médica. En 1971, informa el mismo Colegio, un millón
de trabajadores de la salud han alcanzado un nivel aceptable
de competencia. Estos trabajadores son campesinos. Durante la
temporada de poca actividad, siguen cursos acelerados: aprenden
la disección en cerdos, practican los análisis
de laboratorio más corrientes, adquieren conocimientos
elementales en bacteriología, patología, medicina
clínica, higiene y acupuntura. Luego hacen su aprendizaje
con médicos o con trabajadores de la salud ya ejercitados.
Después de esta primera formación, estos médicos
descakos vuelven a su trabajo original, pero, cuando es necesario,
se ausentan para ocuparse de sus camaradas. Son responsables
de lo siguiente: la higiene del ambiente de vida y de trabajo,
la educación sanitaria, las vacunaciones, los primeros
auxilios, la supervivencia de los convalecientes, los partos,
el control de la natalidad y los métodos abortivos.
Diez años después de que la medicina occidental
franquease el segundo umbral, China emprende la formación,
cada centenar de ciudadanos, de un trabajador competente de la
salud. Su ejemplo prueba que es posible invertir de golpe el
funcionamiento de una institución dominante. Queda por
ver hasta qué punto esta desprofesionalización
puede mantenerse, frente al triunfo de la ideología del
desarrollo ilimitado y a la presión de los médicos
clásicos, recelosos de incorporar a sus homónimos
descalzos a la jerarquía médica y formar con ellos
una infantería de no graduados que trabajan a tiempo parcial.
Pero por todas partes se exhiben los síntomas de la enfermedad
de la medicina, sin tomar en consideración el desorden
profundo del sistema que la engendra. En Estados Unidos, los
abogados de los pobres acusan a la American Medical Association
de ser un bastión de prejuicios capitalistas, y a sus
miembros de llenarse los bolsillos.
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Los portavoces de las minorías
critican la falta de control social en la administración
de la salud y en la organización de los sistemas de asistencia.
¿Quieren creer que participando en los consejos de administración
de los hospitales podrían controlar las actuaciones del
cuerpo médico? Los portavoces de la comunidad negra encuentran
escandaloso que los fondos para investigación se concentren
en las enfermedades que afligen a los blancos provectos y sobrealimentados.
Exigen que las investigaciones se dediquen a una forma particular
de la anemia, que afecta solamente a los negros. El elector norteamericano
espera que con el término de la guerra del Vietnam se
destinen más fondos al desarrollo de la producción
médica. Todas estas acusaciones y críticas descansan
sobre los síntomas de una medicina que prolifera como
un tumor maligno y que produce el alza de los costos y de la
demanda, junto con un malestar general.
La crisis de la medicina tiene raíces mucho más
profundas de lo que se puede sospechar a simple vista del examen
de sus síntomas. Forma parte integrante de la crisis de
todas las instituciones industriales. La medicina se ha desarrollado
en una organización compleja de especialistas. Financiada
y promovida por la colectividad, se empeña en producir
una salud mejor. Los clientes no han faltado, voluntarios para
todas las experiencias. Como resultado, el hombre ha perdido
el derecho a declararse enfermo: necesita presentar un certificado
médico. Aún más, es a un médico a
quien hoy corresponde, como representante de la sociedad, elegir
la hora de la muerte del paciente. Igual que el condenado a muerte,
el enfermo es vigilado escrupulosamente para evitar que encuentre
la muerte cuando ella le venga a buscar.
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Las fechas de 1913 y de 1955
que hemos elegido como indicativas de dos umbrales de mutación
de la medicina no son restrictivas. Lo importante es comprender
lo siguiente: a principios de siglo, la práctica médica
se dedicó a la verificación científica de
sus resultados empíricos. La aplicación del resultado
ha marcado, para la medicina moderna, la trasposición
de su primer umbral. El segundo umbral se traspuso al comenzar
a decrecer la utilidad marginal de la mayor especialización,
cuantificable en términos del bienestar del mayor número;
se puede decir que este último umbral se traspuso cuando
la desutilidad marginal comenzó a aumentar, a medida que
el desarrollo de la institución médica llegó
a significar mayor sufrimiento para más gente. En ese
momento la institución médica fue más vehemente
en cantar victoria. Los virtuosos de las nuevas especialidades
exhibían como vedettes a algunos individuos atacados de
raras enfermedades. La práctica médica se concentró
en operaciones espectaculares realizadas por equipos hospitalarios.
La fe en la operación:milagro cegaba el buen sentido y
destruía la sabiduría antigua en materia de salud
y curación. Los médicos extendieron el uso inmoderado
de drogas químicas entre el público general. En
la actualidad el costo social de la medicina ha dejado de ser
mensurable en términos clásicos. ¿Cómo
medir las falsas esperanzas, el agobio del control social, la
prolongación del sufrimiento, la soledad, la degradación
del patrimonio genético y el sentimiento de frustración
engendrados por la institución médica?
Otras instituciones industriales han traspuesto también
estos dos umbrales. En particular es el caso de las grandes industrias
terciarias y de las actividades productivas, organizadas científicamente
desde mediados del siglo XIX. La educación, el correo,
la asistencia social, los transportes y hasta las obras públicas,
han seguido esta evolución.
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En un principio se aplica un
nuevo conocimiento a la solución de un problema claramente
definido y los criterios científicos permiten medir los
beneficios en eficiencia obtenidos. Pero, en seguida, el progreso
obtenido se convierte en medio para explotar al conjunto social,
para ponerlo al servicio de los valores que una élite
especializada, garante de su propio valor, determina y revisa
constantemente.
En el caso de los transportes, se ha necesitado el transcurso
de un siglo para pasar de la liberación lograda a través
de los vehículos motorizados, a la esclavitud impuesta
por el automóvil. Los transportes a vapor comenzaron a
ser utilizados durante la Guerra de Secesión. Este nuevo
sistema dio a mucha gente la posibilidad de viajar en ferrocarril
a la velocidad de una carroza real y con un confort jamás
soñado por rey alguno. Poco a poco se empezó a
confundir la buena circulación con la alta velocidad.
Desde que la industria de los transportes traspuso su segundo
umbral de mutación, los vehículos crean más
distancia de la que suprimen. El conjunto de la sociedad consagra
a la circulación cada vez más tiempo del que supone
que ésta le ha de hacer ganar. Por su parte, el norteamericano
tipo dedica más de 1500 horas por año a su automóvil:
sentado en él, en movimiento o estacionado, trabajando
para pagarlo, para pagar la gasolina, los neumáticos,
los peajes, el seguro, las contravenciones y los impuestos. De
manera que emplea cuatro horas diarias en su automóvil,
sea usándolo, cuidando de él o trabajando para
sus gastos. Y conste que aquí no se han tomado en cuenta
otras actividades determinadas por el transporte: el tiempo pasado
en el hospital, en los tribunales o en garaje, el tiempo pasado
en ver por televisión la publicidad automovilística,
el tiempo consumido en ganar dinero necesario para viajar en
vacaciones, etc. Y este norteamericano necesita esas 1 500 horas
para hacer apenas 10 000 kilómetros de ruta; ó
kilómetros le toman una hora.
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La visión que se tiene
de la crisis social actual se ilumina con la comprensión
de los dos umbrales de mutación descritos. En sólo
una década, varias instituciones dominantes han traspuesto
juntas, gallardamente, el segundo umbral. La escuela ya no es
un buen instrumento de educación, ni el automóvil
un buen instrumento de transporte, ni la línea de montaje
un modo aceptable de producción. La escuela produce males
y la velocidad devora el tiempo.
Durante los años 60, la reacción característica
contra el crecimiento de la insatisfacción ha sido la
escalada de la técnica y de la burocracia. La escalada
del poder de autodestruirse se convierte en el rito ceremonial
de las sociedades altamente industrializadas. La guerra de Vietnam
ha sido en este sentido una revelación y un encubrimiento.
Ha revelado ante el planeta entero el ritual en ejercicio, sobre
un campo de batalla. Pero, al hacerlo, ha desviado nuestra atención
de los sectores llamados pacíficos, en donde el mismo
rito se repite más discretamente. La historia de la guerra
de Vietnam demuestra que un ejército convivencial de ciclistas
y de peatones puede revertir en su favor las oleadas del poder
anónimo del enemigo. Por lo tanto, ahora que la guerra
ha "terminado", son muchos los norteamericanos que
piensan que con el dinero gastado anualmente para dejarse vencer
por los vietnamitas, seria posible vencer la pobreza doméstica.
Otros quieren destinar los veinte billones de dólares
del presupuesto de guerra a reforzar la cooperación internacional,
lo que multiplicaría por diez los recursos actuales. Ni
los unos ni los otros comprenden que la misma estructura institucional
sostiene la guerra pacífica contra la pobreza y la guerra
sangrienta contra la disidencia. Todos elevan en un grado más
la escalada que tratan de eliminar.
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