|
127
4. LOS OBSTÁCULOS
Y LAS CONDICIONES DE LA INVERSIÓN POLÍTICA
Hemos visto que el equilibrio
de la vida se despliega en cinco dimensiones. En cada una de
ellas sólo el mantenimiento de un equilibrio determinado
que la caracteriza garantiza la hemostasis constitutiva de la
vida humana. La intervención en la ecosfera será
racional sólo a condición de no franquear los límites
genéticos. La institución no suscita la cultura
sino al permitir y hacer efectivo un sutil equilibrio entre la
acción personal autónoma y las restricciones directrices
que ella misma impone. El borrar las barreras geográficas
y culturales no puede promover la originalidad social si esa
acción no va acompañada de la reducción
de la brecha energética entre los privilegiados y la gran
mayoría. Un incremento en la tasa de innovación
sólo tiene valor si acentúa el arraigamiento más
profundo en la tradición y en la plenitud del sentido.
De instrumento, la herramienta puede convertirse en amo, y después
en verdugo del hombre. La relación se invierte con más
rapidez de lo que se espera: el arado hace del hombre, señor
de un jardín, y muy pronto un errabundo en un campo polvoriento.
La vacuna, que selecciona sus víctimas, engendra una raza
capaz de sobrevivir únicamente en un medio acondicionado.
Nuestros hijos nacen disminuidos en un mundo inhumano. El homo
faber, de aprendiz de brujo, se transforma en basural voraz.
La herramienta puede crecer en dos formas, sea para aumentar
el poder del hombre o para reemplazarlo. En el primer caso, la
persona conduce su propia existencia, tomando el control y la
responsabilidad.
128
En el segundo, es finalmente
la máquina la que lo conduce: reduce a lavez la elección
del operador y la del usuario-consumidor; luego les impone a
los dos su lógica y sus exigencias. Amenazada por la omnipotencia
de la herramienta, la supervivencia de la especie depende del
establecimiento de procedimientos que permitan a todo el mundo
distinguir claramente entre estas dos maneras de racionalizar
y de emplear la herramienta, y, con ello, inciten a elegir la
supervivencia dentro de la libertad. En el cumplimiento de esta
tarea, hay tres obstáculos que nos cierran el camino:
la idolatría de la ciencia, la corrupción del lenguaje
cotidiano y la devaluación de los procedimientos formales
que estructuran la toma de decisiones sociales.
LA DESMITIFICACIÓN
Por encima de todo, el debate
político está congelado por un engaño respecto
a la ciencia. La palabra ha venido a significar una empresa institucional
en vez de una actividad personal; la solución de un rompecabezas
en vez del despliegue imprevisible de la creatividad humana.
La ciencia es actualmente una agencia de servicios fantasmas
y omnipresente, que produce mejor saber, igual que la medicina
produce mejor salud. El daño causado por este contrasentido
en la naturaleza del saber es aún más radical que
el mal hecho por la mercantilización de la educación,
de la salud y de la movilidad. La falsedad de la mejor salud
corrompe el cuerpo social, pues cada uno se preocupa cada vez
menos de la calidad del ambiente, de la higiene, de su modo de
vida o de su propia capacidad de cuidar a los demás. La
institucionalización del saber conduce a una degradación
global más profunda, pues determina la estructura común
de los otros productos. En una sociedad que se define por el
consumo del saber, la creatividad es mutilada y la imaginación
se atrofia.
129
Esta perversión de la
ciencia se funda en la creencia en dos especies de saber; el
inferior del individuo, y el saber superior de la ciencia. El
primer saber sería del dominio de la opinión, la
expresión de una subjetividad, y el progreso nada tendría
que ver en ello. El segundo sería objetivo, definido por
la ciencia y extendido por voceros expertos. Este saber objetivo
es considerado como un bien que se puede almacenar y mejorar
constantemente. Es un recurso estratégico, un capital,
la más preciosa de las materias primas, el elemento base
de lo que se ha dado en llamar la toma de decisiones, siendo
éstas, a su vez, concebidas como un proceso impersonal
y técnico. Bajo el nuevo reino del computador y de la
dinámica de grupo, el ciudadano abdica de todo su poder
en favor del experto, el único competente.
El mundo no es portador de ningún mensaje, de ninguna
información. Es lo que es. Todo mensaje que le concierne
es producto de un organismo vivo que actúa por él.
Cuando se habla de la información almacenada fuera del
organismo humano, se cae en una trampa semántica. Los
libros y las computadoras forman parte del mundo. Ofrecen datos
siempre que haya ojos para leerlos. Al confundir el medio con
el mensaje, el receptáculo con la información misma,
los datos con la decisión, relegamos el problema del saber
y del conocimiento al punto muerto de nuestra mente.
Intoxicados por la creencia de un porvenir mejor, los individuos
cesan de fiarse de su propio criterio y piden que se les diga
la verdad sobre lo que "saben". Intoxicados por la
creencia en una toma mejor de decisiones, les es difícil
decidir por sí solos, y pronto pierden la confianza en
su propio poder de hacerlo. La impotencia creciente del individuo
para tomar por sí mismo decisiones afecta a la estructura
base de su espera. Antes, los hombres se disputaban una escasez
concreta, en el presente reclaman un mecanismo distribuidor para
colmar una falta ilusoria.
130
El ritual burocrático
organiza el consumo frenético del menú social:
programa de educación, trata-miento médico o acción
judicial. El conflicto personal se ve privado de toda legitimidad,
desde que la ciencia promete la abundancia para todos y pretende
dar a cada uno seg~n sus demandas personales y sociales, objetivamente
identificadas. Los individuos, que han desaprendido a reconocer
sus propias necesidades así como a reclamar sus propio!l
derechos, se convierten en presa de la mega-máquina que
define en su lugar lo que les hace falta. La persona ya no puede
por sí misma contribuir a la renovación continua
de la vida social. El hombre llega a desconfiar de la palabra,
se apega a un ser supuesto. El voto reemplaza al corrillo; la
caseta electoral, a la terraza del café. El ciudadano
se sienta frente a la pantalla, y calla.
Las reglas del sentido común que permitían a los
hombres conjugar y compartir sus experiencias se destruyen. El
consumidor/usuario tiene necesidad de su dosis de saber garantizado,
cuidadosamente acondicionado. Encuentra su seguridad en la certidumbre
de leer el mismo periódico que su vecino, de mirar la
misma emisión televisiva que su patrón. Se contenta
con tener acceso al mismo grifo del saber que su superior, antes
que tratar de instaurar la igualdad de condiciones que darían
a su palabra el mismo peso que tiene la del patrón. La
dependencia, en todas partes aceptada como un hecho, en relación
al saber altamente calificado, producido por la ciencia, la técnica
y la pol~tica, erosiona la confianza tradicional en la veracidad
del testigo y despoja de su sentido las principales formas en
que los hombres pueden intercambiar sus propias certidumbres.
Hasta en los tribunales, el experto rivaliza en importancia con
los testigos. El experto es casi admitido como testigo patentado,
se olvida que su declaración no representa sino lo que
se oye decir: es la opinión de una profesión.
131
Sociólogos y psiquíatras
acuerdan o rechazan el derecho a la palabra, a una palabra audible.
Al poner su fe en el experto, el hombre se despoja de su competencia
jurídica, primero, y política, después.
Su confianza en la omnipotencia de la ciencia incita a los gobiernos
y a sus administrados a descansar sobre la ilusión de
que se eliminarán los conflictos suscitados por un evidente
enrarecimiento del agua, del aire o de la energía; a creer
ciegamente en los oráculos de los expertos, que prometen
milagros multiplicadores.
Nutrida en el mito de la ciencia, la sociedad abandona a los
expertos hasta la preocupación de fijar límites
al crecimiento. Ahora bien, semejante delegación de poder
destruye el funcionamiento político; a la palabra, como
medida de todas las cosas, se la sustituye por la obediencia
a un mito y, finalmente, legitimiza en cierta forma los experimentos
practicados en los hombres. El experto no representa al ciudadano,
forma parte de una élite cuya autoridad se basa sobre
la posesión exclusiva de un saber no comunicable; pero,
en realidad, este saber no le confiere ninguna aptitud particular
para definir las delimitaciones del equilibrio de la vida. El
experto no podrá jamás decir dónde se encuentra
el umbral de tolerancia humana. Es la persona quien lo determina;
en comunidad, nada le puede hacer desistir de ese derecho. Ciertamente,
es posible hacer experiencias sobre-seres humanos. Los médicos
nazis han explorado los límites de resistencia del organismo.
Descubrieron por cuánto tiempo el individuo medio puede
soportar la tortura, pero esto nada les reveló respecto
a lo que alguien puede considerar tolerable. Hecho significativo,
esos médicos fueron condenados, de acuerdo con un pacto
firmado en Nuremberg, dos días después de la destrucción
de Hiroshima, en vísperas de destruir Nagasaki.
Lo que un pueblo puede tolerar queda fuera del alcance de todo
experimento.
132
Se puede decir lo que será
de un grupo de hombres particulares dentro de una situación
extrema: prisioneros, náufragos o conejos de indias. Pero
esto no puede servir para determinar el grado de sufrimiento
y frustración que una sociedad dada aceptaría sufrir
a causa de la instrumentación forjada por ella misma.
Ciertamente, las operaciones científicas de medida pueden
indicar que un determinado tipo de comportamiento amenaza un
equilibrio vital mayor. Pero sólo una mayoría de
hombres juiciosos, que conozcan la complejidad de las realidades
cotidianas y que las tomen en cuenta en sus actuaciones, pueden
encontrar la forma de limitar los fines que persiguen la sociedad
y los individuos. La ciencia puede iluminar las dimensiones del
reino del hombre en el cosmos, pero precisa una comunidad política
de hombres conscientes de la fuerza de su razón, del peso
de su palabra y de la seriedad de sus actos, para elegir libremente
la austeridad que garantizará su vitalidad.
EL DESCUBRIMIENTO DEL LENGUAJE
Entre 1830 y 1850 una docena
de sabios descubrieron y formularon la ley de conservación
de la energía. La mayoría de ellos eran ingenieros
que, cada uno por su cuenta, habían redefinido la energía
cósmica en términos de pesos levantables por una
máquina. Gracias a operaciones de medida efectuadas en
laboratorio, se creyó al fin posible reducir a un denominador
común la energía primordial, la vis viva de la
tradición. Es entonces cuando las ciencias exactas se
pusieron a dominar la investigación.
En esta misma época, y en forma análoga, la industria
comenzó a competir con los otros modos de producción.
133
Los éxitos industriales
se volvieron la medida y la regla de la economía entera.
Pronto se tuvo como subsidiarias a todas las actividades productoras
a las cuales no se podían aplicar las reglas de medición
y los criterios de eficiencia aplicables en la producción
en serie: esto valió para los trabajos domésticos,
la artesanía y la agricultura de subsistencia. El modo
industrial de producción comenzó por degradar la
red de relaciones productivas que hasta entonces habían
coexistido en la sociedad, para luego paralizarla.
Este monopolio, que ejerce un solo modo de producción
sobre todas las relaciones productivas, es más insidioso
y más peligroso que la competencia entre firmas, pero
menos visible. Es fácil conocer al ganador en la competencia
abierta: es la fábrica que utiliza el capital en forma
intensiva; es el negocio mejor organizado; la rama industrial
más esclavista y mejor protegida; la empresa que malgasta
con la mayor discreción o que fabrica más armamentos.
A gran escala, este curso toma la forma de una competencia entre
firmas trasnacionales y naciones en vías de industrialización.
Pero este juego mortal entre titanes distrae la atención
de su propia función ritual. A medida que se extiende
el campo de la competencia, una misma estructura industrial se
desarrolla a través del mundo, y polariza la sociedad.
El modo de producción industrial establece su dominación
no sólo sobre los recursos y la instrumentación
sino también sobre la imaginación y los deseos
de un número creciente de individuos. Es el monopolio
radical generalizado, ya no el de una rama de la industria sino
el del modo industrial de producción. El hombre mismo,
en cierta forma, está industrializado. Los sistemas políticos
hacen prodigios de ingenio y de agilidad semántica para
bautizar con nombres opuestos a esta misma estructura industrial
en expansión en todas partes, sin comprender que ella
escapa a su control.
134
El antagonismo entre los paises
pobres y los países ricos, entre las naciones sumisas
a una planificación central y las naciones gobernadas
por la ley del mercado, es el antifaz necesario para que este
monopolio parezca benéfico.
Extendida por el mundo entero, esta industrialización
del hombre lleva consigo la degradación de todos los lenguajes,
y se hace muy difícil encontrar las palabras que hablarían
de un mundo opuesto al que las ha engendrado. El lenguaje refleja
el monopolio que el modo industrial de producción ejerce
sobre la percepción y la motivación. En las naciones
industriales, cuando el hombre habla de sus obras, las palabras
que emplea designan los productos de la industria. El lenguaje
refleja la materialización de la conciencia. Cuando el
hombre aprende algo por la lectura dice que ha adquirido educación.
El deslizamiento funcional del verbo hacia el sustantivo subraya
el empobrecimiento de la imaginación social. La práctica
nominalista del lenguaje sirve para marcar las relaciones de
propiedad: la gente habla del trabajo que tiene. En toda América
Latina, sólo los que tienen un empleo dicen que tienen
trabajo. Los campesinos (que son la gran mayoría) dicen
que lo hacen: "se va a trabajar, pero no se tiene trabajo".
Los trabajadores modernos y sindicados no sólo esperan
que la industria produzca más bienes y servicios, sino
también más trabajo para más gente. No solamente
el hacer es sustantivo, sino también el querer. La habitación
es más un bien que una actividad; el abrigo se convierte
en bien que uno se procura, o que reivindica al verse privado
del poder de abrigarse por sí mismos. Se adquiere el saber,
la movilidad, y aun la sensibilidad o la salud. Se tiene trabajo
o salud, como se tiene placer.
El deslizarse del verbo hacia el sustantivo refleja también
el empobrecimiento del consejo de propiedad. Posesión,
embargo, abuso, no pueden indicar la relación del individuo
o del grupo con una institución como la escuela.
135
Porque en su función esencial
una herramienta semejante escapa, como hemos visto, a todo control.
Las afirmaciones de propiedad concernientes a la herramienta
vienen a designar la capacidad de detentar sus productos, sea
el interés objetivo del capital o los objetos manufacturados,
o incluso toda especie de prestigio ligado a lo uno o a lo otro.
El consumidor-usuario integral, el hombre plenamente industrializado,
no se apodera de nada más que de lo que consume. Dice:
mi educación, mis desplazamientos, mis recreos, mi salud.
A medida que el campo de su quehacer se estrecha, reclama productos
de los que se dice propietario. Sometido al monopolio de un solo
modo de producción, el usuario ha perdido todo sentido
de la rica pluralidad de estilos de tener. En las lenguas polinesias,
hay formas verbales distintas para expresar la relación
que yo mantengo con mis actos (que me siguen), mi nariz (que
me pueden quitar), mis prójimos (que no he escogido),
mi piragua (sin la cual no sería un hombre verdadero),
una bebida (que ofrezco) y la misma bebida (que me dispongo a
tomar).
Es una sociedad donde el lenguaje se ha sustantivado, los predicados
son formulados en términos de lucha contra la escasez
dentro del cuadro de la concurrencia. "Yo quiero aprender"
se convierte en "yo quiero adquirir una educación".
La decisión de actuar es reemplazada por la demanda de
un billete de la lotería escolar. "Yo tengo deseos
de ir a alguna parte" se transforma en "yo quiero un
medio de transporte". La insistencia sobre el derecho de
actuar se sustituye por la insistencia sobre el derecho de tener.
En el primer caso, el sujeto es actor; en el segundo, usuario.
El cambio de la lengua apoya la expansión del modo de
producción industrial: la competencia gobernada por valores
industrializados se refleja en la nominalización del lenguaje.
136
La lucha competitiva inevitablemente
toma la forma de un juego a suma cero en el cual lo que un jugador
pierde se transforma en ganancia para los otros jugadores. En
el barullo, la gente juega con los nombres tal como los percibe:
valorando únicamente el aprendizaje promueve la escuela,
define la educación como objeto de competición.
El alma mater tiene demasiados hijos pegados a sus pechos: el
que traga su ración de educación priva a un hermano
de leche.
El conflicto personal no es forzosamente una lucha por obtener
un bien escaso. Puede también expresar un desacuerdo sobre
los medios para asegurar mejor la autonomía de la persona.
En ese caso, el conflicto se vuelve creador de libertad. Pero
el lenguaje nominalista ha oscurecido esta profunda verdad: que
el conflicto puede ser creador de derecho para ambos adversarios;
creador del derecho de hacer las cosas que, por definición,
no son ni bienes ni objetos escasos. El conflicto conducirá
al derecho de caminar, de hablar, de leer, de escribir o de recordar
en igualdad, de participar en el cambio social, de respirar aire
puro y de emplear herramientas convivenciales. Haciéndolo,
privará a las dos partes de un bien determinado, por amor
de una ganancia inapreciable como es una nueva libertad compartida.
Al limitar el consumo obligado, se libera el campo de la acción.
El código operatorio de la instrumentación industrial
se incardina en el habla cotidiana. La palabra del hombre que
vive como poeta es apenas tolerada como protesta marginal y siempre
que no perturbe a la muchedumbre que hace cola frente al aparato
distribuidor de productos. Si no accedemos a un nuevo grado de
conciencia que nos permita reencontrar la función convivencial
del lenguaje, no llegaremos jamás a invertir ese proceso
de industrialización del hombre. Pero si cada uno se sirve
del lenguaje para reinvidicar su derecho a la acción social
antes que al consumo, el lenguaje se convertirá en el
medio para restituir a la relación del hombre con la herramienta
su transparencia.
137
LA RECUPERACIÓN DEL DERECHO
La ley y el Derecho, en sus formas
actuales, están, de manera abrumadora, al servicio de
una sociedad en expansión indefinida. El proceso por el
cual los hombres deciden sobre lo que se debe hacer está
actualmente sometido a la ideología de la productividad:
hay que producir más, más saber y decisiones, más
bienes y servicios. Después de la perversión del
saber y del lenguaje, la perversión del Derecho es el
tercer obstáculo a una actualización política
de los límites. Los partidos, los modos de legislación
y el aparato judicial han sido requisados al servicio del crecimiento
de las escuelas, de los sindicatos, de los hospitales y de las
autopistas, para no hablar de las fábricas. Poco a poco,
no sólo la policía, sino también los órganos
legislativos y los tribunales han llegado a ser considerados
como una instrumentación al servicio del estado industrial.
Si a veces defienden al individuo ante las pretensiones de la
industria, ésta es la coartada de su docilidad para servir
al monopolio radical y de su servilismo para legitimar una concentración
siempre más fuerte de poderes. A su manera, los magistrados
se convierten en cuerpo de ingenieros del crecimiento. En la
democracia popular o capitalista, son los aliados "objetivos"
del instrumento contra el hombre. Con la idolatría de
la ciencia y la corrupción del lenguaje, esta degradación
del Derecho es un obstáculo mayor para la reinstrumentación
de la sociedad.
Se comprende que una sociedad distinta es posible cuando se logra
expresarla claramente. Se provoca su aparición al descubrir
el procedimiento por el cual la sociedad presente toma sus decisiones.
138
Se organiza su estructura, cuando
se utiliza la lengua materna y los procedimientos tradicionales
del Derecho para servir a fines opuestos a los que fija su presente
uso. Pues en cada sociedad hay una estructura profunda que organiza
la toma de decisión. Esta estructura existe dondequiera
que los hombres se reúnen. El mismo proceso puede dar
lugar a decisiones contradictorias, porque la estructura no sirve
únicamente para la definición de los valores personales,
sino también para la supervivencia de un comportamiento
institucionalizado. La existencia de contradicciones no contradice
la existencia de una estructura coherente que las engendre, sino
al contrario. Yo puedo decidir adquirir una educación
aun si por otra parte he decidido que valdría más
aprender participando en la vida cotidiana. Me puedo dejar transportar
al hospital aun cuando haya decidido que sufriría menos
y moriría más fácilmente quedándome
en casa. Lo mismo que la captación de disonancias cognoscitivas
funda la poesía, así la coexistencia de normas
contradictorias manifiesta la existencia de procedimientos normativos.
Los hombres han perdido la confianza en los procedimientos disponibles,
no porque éstos hayan sido pervertidos en sí, sino
por el uso abusivo que constantemente se hace de ellos. Son utilizados
para atiborrar a la gente con argumentos éticos, políticos
o legales. Se han convertido en engranajes de la producción
ilimitada. Las iglesias predican la humildad, la caridad y la
pobreza, y financian programas de desarrollo industrial. Los
socialistas se han convertido en defensores sin escrúpulos
del monopolio industrial. La burocracia del Derecho se ha aliado
a las burocracias de la ideología del bienestar general,
para defender el crecimiento de la herramienta. Pronto será
el computador el que decida ideas, leyes y técnicas indispensables
al crecimiento.
139
Si no nos ponemos de acuerdo
sobre un procedimiento eficaz, duradero y convivencial, con el
fin de controlar la instrumentación social, la inversión
de la estructura institucional existente no se podrá iniciar
y menos mantener. Siempre habrá administradores que quieran
aumentar la productividad de la institución, y tribunos
que prometan la luna a las multitudes ávidas.
Cada vez que se propone utilizar el Derecho como herramienta
de inversión de la socie~dad, surgen tres objeciones:
la primera es superficial: no todos pueden ser juristas, por
tanto no todos pueden manejar el Derecho por su cuenta. Naturalmente,
esto es verdad sólo en cierta medida. Sistemas parajurídicos
podrían establecerse dentro de ciertas comunidades, y
luego ser incorporados a la estructura del conjunto. Es más,
a la participación del profano se le podría adjudicar
un campo de acción más vasto y revelarse como preciosa
en los procedimientos de mediación, de conciliación
o de arbitraje. Pero, aun si la objeción es fundada, no
viene al caso. El Derecho se aplicaría a la regulación
de las herramientas, gobernando la vida cotidiana; pues no hay
razón para que la mayoría de los procesos no sean
descentralizados, demistificados y desburocratizados. Queda el
que ciertos problemas sociales se presentan en gran escala, son
complejos y posiblemente permanecerán así por mucho
tiempo, y exigen una instrumentación jurídica a
su medida. Si está destinado a servir a vastos grupos
de hombres, cada uno portador de una tradición secular,
para negociar proscripciones a escala mundial, el Derecho, como
proceso de regulación de esos problemas sociales, es,
de hecho, una herramienta que requiere expertos como operadores.
Pero eso no significa que dichos expertos deban ser doctores
en Derecho o formar un mandarinato.
La segunda objeción toca directamente nuestro tema, y
va mucho más lejos: los actuales operadores de la instrumentación
jurídico-social están profundamente intoxicados
por la mitología del crecimiento.
140
Su visión de lo posible
y de lo factible se mantiene conforme al adoctrinamiento industrial.
Sería locura esperar que los gerentes de una sociedad
productivista se transformaran en vestales de la sociedad convivencial.
El alcance de esta observación se completa y subraya por
una tercera objeción: el sistema jurídico no sólo
es un conjunto de reglas escritas, es un proceso continuo a través
del cual las leyes se elaboran y se aplican a situaciones reales.
A través de la serie de actos jurídicos, la colectividad
se da un cierto marco mental. De ello resulta un contenido del
Derecho que refleja la ideología de los legisladores y
de los jueces. La manera en que estos últimos perciben
la ideología subyacente a toda cultura se convierte en
la mitología oficial que se concreta en las leyes que
formulan y aplican. El cuerpo de las leyes que regula una sociedad
industrial refleja inevitablemente la ideología, las características
sociales y la estructura de clase, al mismo tiempo que la refuerzan
y aseguran su reproducción. Cualquiera que sea su sello
ideológico, toda sociedad moderna sitúa siempre
el bien común en el orden del más: más poder
a las empresas y a los expertos, más consumo al usuario.
Si bien estas objeciones subrayan una dificultad fundamental
en el uso del Derecho con el fin de invertir la sociedad, dejan
de lado el asunto. Cuidadosamente hago la distinción entre
el cuerpo de las leyes y la estructura formal que lo elabora,
al igual que distingo entre el uso de slogans al que recurren
las instituciones y la práctica del lenguaje cotidiano.
Así también distinguiré entre un conjunto
de políticas y el proceso formal que les da origen. Es
bien evidente q,ue, tratándose del Derecho, así
como del saber o del lenguaje, nos ceñimos a la estructura
que rige en profundidad la donación de sentido. De la
recuperación plena y del libre uso de esa estructura depende
el despertar de las fuerzas capaces de transfigurar "la
alianza para el progreso".
141
En una época en que la
operación se ha convertido en un fin en sí, nunca
se insistirá bastante sobre la distinción entre
los fines y los medios, entre el procedimiento y la sustancia.
Vivimos en un mundo en donde el lenguaje nos habla, el saber
nos piensa y el Derecho nos actúa. El lenguaje se reduce
a la emisión y a la recepción de mensajes; el pensamiento,
a la acumulación de informaciones; el Derecho, a la reglamentación
del proyecto. Para reencontrar esta distinción crucial
entre el procedimiento y la sustancia, el análisis del
procedimiento jurídico nos puede servir de paradigma,
puesto que esta distinción se encuentra en la raíz
del Derecho, aunque cada ejemplo del Derecho se caracteriza por
el estilo particular de su proceso formal. Aquí apoyaré
mi argumentación haciendo referencia al derecho angloamericano.
EL EJEMPLO DEL DERECHO CONSUETUDINARIO
La estructura formal del common
law presenta dos rasgos dominantes y complementarios que le hacen
particularmente adaptable a las necesidades de un tiempo de crisis.
El sistema se basa sobre la continuidad y la oposición
antagónica o contradictoria de las partes (adversary nature
of the common law).
La continuidad inherente al proceso de elaboración del
Derecho conserva, en un sentido, la sustancia del cuerpo de las
leyes. Esto no es tan evidente en la etapa legislativa. El legislador
tiene el campo abierto para innovar, desde el momento en que
permanece dentro del marco constitucional. Pero toda nueva ley
debe inscribirse dentro del contexto de la legislación
existente y, por este hecho, no puede apartarse mucho del derecho
vigente.
Es claro que la función de la jurisprudencia consiste
en asegurar la continuidad de la sustancia del Derecho, actualizándola.
142
Los tribunales aplican el Derecho
a situaciones reales. La jurisprudencia zanja del mismo modo
dos casos idénticos o decide, por el contrario, que el
mismo hecho ya no significa hoy la misma cosa que ayer. El Derecho
representa la autoridad soberana que el pasado ejerce sobre el
conflicto presente, la continuidad de un proceso dialéctico.
El tribunal da al conflicto un estatuto social, luego incorpora
el juicio emitido al cuerpo del Derecho. Dentro del proceso jurídico
se reactualiza la experiencia social del pasado en vista de las
necesidades presentes; en el futuro, a su vez, el juicio presente
servirá de precedente para arreglar otras diferencias.
La continuidad de la estructura formal que rige el proceso jurídico
no se reduce a la simple incorporación de un conjunto
de prejuicios en un conjunto de leyes. Sólo desde el punto
de vista formal, este modo de continuidad no se endereza a preservar
el contenido de tal o cual ley. Muy al contrario, podría
servir para preservar el desarrollo continuo del Derecho de una
sociedad regida por principios inversos. En la mayoría
de las constituciones, nada prohibe proponer leyes sobre una
limitación de la productividad, de los privilegios burocráticos,
de la especialización o del monopolio radical. En principio,
a condición de estar inversamente orientado, el proceso
legislativo y jurisprudencial podrían servir para formular
ese derecho nuevo y hacer que se respete.
De igual importancia es el carácter contradictorio del
procedimiento de la common law. Desde un punto de vista formal,
la common law nada tiene que ver con la definición de
lo que está bien en materia ética o técnica.
Es una herramienta para comprender las relaciones, cuando éstas
estallan en forma de conflictos reales. Corresponde a las partes
afectadas reclamar su derecho o reivindicar aquello que consideren
bueno. Así funciona la estructura tanto a nivel legislativo
como a nivel jurisprudencial.
143
Al equilibrar intereses opuestos,
la decisión debería retener lo que es, en teoría,
preferible para todos.
En las últimas generaciones, este equilibrio, siempre
deformado por uno u otro prejuicio, ha sido globalmente dirigido
en favor de la sociedad de crecimiento. Pero la frecuente perversión
de la estructura jurídica no predica contra su inversión.
Muy al contrario, nada impide a las partes globalmente opuestas
a la sociedad productivista --liberadas de la ilusión
de que el crecimiento puede suprimir la injusticia social y conscientes
de la necesidad de límites--recurrir a esta herramienta.
Ciertamente, no basta con que aparezca un nuevo tipo de alegante;
es preciso también que el legislador se desintoxique del
crecimiento, que las partes interesadas insistan en la protección
de sus intereses y que, con ese fin, se dediquen a una revaluación
sistemática de las evidencias y de las certidumbres demasiado
bien establecidas.
La ley, como la jurisprudencia, supone que las partes someten
los conflictos de interés social al juicio de un tribunal
imparcial. Este tribunal, o sala de apelación, opera en
forma continua. El juez ideal es una persona común, prudente,
en el fondo indiferente al asunto en debate, experto en el ejercicio
del procedimiento. Pero, dentro de la realidad de la vida, el
juez es un hombre de su tiempo y de su medio. De hecho, el tribunal
ha llegado a servir a la concentración del poder y al
crecimiento de la producción industrial. No sólo
el juez y el legislador son impulsados a creer que un asunto
está bien juzgado y el conflicto debidamente resuelto
cuando la balanza de la justicia se inclina en favor del interés
global de las industrias, sino que además la sociedad
ha condicionado al demandante a exigir que éstas crezcan.
Más bien se reivindica una tajada grande del pastel institucional
y no la protección contra una institución que mutila
la libertad. Sin embargo, el uso abusivo de la herramienta jurídica
no corrompe su naturaleza misma.
144
Cuando se presentan los procedimientos
que oponen formalmente adversarios como la herramienta clave
que permite limitar el crecimiento industrial, se levanta a menudo
una objeción, a saber: las sociedades ya son fuertemente
dependientes de estos procedimientos, muchas veces ineficaces.
Los reformadores de América del Norte reivindican el Derecho
a la oposición legal para los negros, los indios, las
mujeres, los trabajadores, los lisiados, los consumidores organizados.
El procedimiento se hace largo, incómodo y costoso, y
la mayoría de los demandantes no pueden llegar hasta el
fin. Los asuntos se rezagan y las decisiones llegan demasiado
tarde. El procedimiento se convierte en un Juego que crea nuevos
antagonismos, nuevas competencias. Ha sido desviado de su fin,
la decisión se vuelve un bien escaso. La sociedad del
crecimiento recupera así al usuario del procedimiento
formal.
La objeción que se opone a esta multiplicación
de procedimientos no queda desplazada si enfoca su proliferación
como medio de resolver conflictos personales. Pero aquí
los conflictos entre personas o las luchas de grupos entre sí
no son mi tema. Lo que me interesa no es la oposición
entre una clase de hombres explotados y otra clase propietaria
de las herramientas, sino la oposición que se sitúa
primero entre el hombre y la estructura técnica de la
herramienta, y luego, como consecuencia, entre el hombre y las
profesiones cuyo interés consiste en mantener esta estructura
técnica. En la sociedad, el conflicto fundamental afecta
a los actos, los hechos o los objetos respecto a los cuales las
personas entran en oposición formal con las empresas y
las instituciones manipuladoras. Formalmente, el procedimiento
contradictorio es el modelo de la herramienta de que disponen
los ciudadanos para oponerse a las amenazas que la industria
presenta.
145
Con raras excepciones, las leyes
y los cuerpos legislativos, los tribunales y los juicios, los
demandantes y sus demandas están profundamente pervertidos
por el acuerdo unánime y aplastante que acepta sin murmurar
el modo de producción industrial y sus slogans: mientras
más, mejor. Además, las empresas y las instituciones
saben mejor que las personas cuál es el interés
público y cómo servirlo. Pero esta unanimidad desconcertante
en nada desvirtúa mi tesis: una revolución que
no recurre a los procedimientos jurídicos y políticos
se condena al fracaso. Únicamente una activa mayoría
de individuos y de grupos que busquen en un procedimiento convivencial
común recobrar sus propios derechos, puede arrancar al
Leviatán el poder de determinar los cercos que se deben
imponer al crecimiento para sobrevivir y el de poder elegir los
límites que optimicen una civilización.
Para entablar la lucha contra los prejuicios reinantes que conduzca
a la inversión, algunos individuos que pertenecen a las
grandes profesiones pueden jugar un papel orientador. Al tomar
conciencia de la crisis de la escuela, los educadores generalmente
se ponen en búsqueda de una solución-milagro para
enseñar más cosas a más gente. Sus esfuerzos
y sus pretensiones amplifican la importancia de la minoría
de pedagogos que insisten en los límites pedagógicos
del crecimiento industrial. De la misma manera, los médicos
tienen la tendencia a creer que por lo menos una parte de su
saber se puede expresar únicamente en términos
esotéricos. A sus ojos, un colega que seculariza los actos
médicos no es más que un profanador. Es vano esperar
que el Colegio de Médicos, el Sindicato de la Educación
Nacional o la Asociación de Ingenieros de la Circulación,
expliquen en términos sencillos, sacados del lenguaje
común, el gangsterismo profesional de sus colegas.
146
Asimismo, es vano pensar que
los diputados, los juristas y los magistrados vayan de pronto
a reconocerla independencia del Derecho de su noción preconcebida
del bien, que se confunde con el suministro de la mayor cantidad
de productos al mayor número de gente. Porque todos están
domesticados para arbitrar conflictos en favor de su propia rama
de actividad, ya hablen en nombre de los patronos, de los asalariados,
de los usuarios o de sus propios colegas. Pero, aquí o
allá, por excepción se encontrará a un médico
que ayude a los demás a vivir en forma responsable, a
aceptar el sufrimiento, a afrontar la muerte y, de modo similar,
por excepción se encontrarán juristas que ayuden
a las personas a utilizar la estructura formal del Derecho para
defender sus intereses dentro del marco de una sociedad convivencial.
Aun si la sentencia dictada no llega finalmente a satisfacer
a los demandantes, la acción servirá siempre para
poner en evidencia el litigio.
No cabe duda de que el recurso al procedimiento con el fin de
inmovilizar y de invertir nuestras instituciones dominantes,
se presenta a los más poderosos de sus administradores
y a los más intoxicados de los usuarios como un desvío
del Derecho y una subversión del único orden que
reconocen. En sí, el recurso a un procedimiento convivencial,
en forma debida, es una monstruosidad y un crimen a los ojos
del burócrata, aunque éste pretenda ser juez.
147 (falta)
148
...rido por la pesadilla de la razón. Para garantizar
su supervivencia en un mundo racional y artificial, la ciencia
y la técnica se empeñarían en instrumentar
el psiquismo del hombre. Desde el nacimiento a la muerte, la
humanidad estaría confinada en la escuela permanente,
extendida a escala mundial, tratada de por vida en el gran hospital
planetario y atada día y noche a implacables cadenas de
comunicación. Es así como funcionaría el
mundo de la Gran Organización. Sin embargo, los fracasos
anteriores de las terapias de masa hacen esperar la quiebra también
de este último proyecto de control planetario.
La instalación del fascismo tecnoburocrático no
está escrita en las estrellas. Existe otra posibilidad:
un proceso político que permita a la población
determinar el máximo que cada uno puede exigir, en un
mundo de recursos manifiestamente limitados; un proceso consensual
destinado a fijar y mantener limites al crecimiento de la instrumentación;
un proceso de estimulo a la investigación radical, de
manera que un número creciente de gente pueda hacer cada
vez más con cada vez menos. Un programa así puede
aún parecer utópico a la hora actual: si sigue
agravándose la crisis, pronto revelará su realismo
extremo.
|