La convivencialidad, México, Joaquín Mortiz / Planeta, 1985, 161 págs.

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Índice


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5. LA INVERSIÓN POLÍTICA

MITOS Y MAYORÍAS

El impedimento ulterior para la restructuración de la sociedad no es ni la falta de información sobre los limites necesarios, ni la falta de hombres resueltos a aceptarlos si llegan a hacerse inevitables. Es el poder de la mitología política.
En una sociedad rica, cada uno es, más o menos, consumidor/usuario en alguna forma. Cada uno juega su papel en la destrucción del ambiente. El mito transforma esta multiplicidad de depredadores en una mayoría política.


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Por este hecho, esta multiplicidad de individuos automatizados se convierte en un bloque mítico de electores que se ponen de acuerdo sobre un problema inexistente: la mayoría silenciosa, guardiana invisible e invencible de los intereses empleados en el crecimiento, que paraliza toda acción política real. Analizándolo más profundamente, esta mayoría es un conjunto ficticio de personas teóricamente dotadas de razón. En realidad, hay una multiplicidad de individuos: el experto en ecología que se dirige en Boeing a una conferencia contra la contaminación; el economista que sabe que el alza de la productividad hace escasear el trabajo y trata de crear nuevos empleos, etc. Ni el uno ni el otro representan los intereses del trabajador especializado que compra a crédito un aparato de televisión a color, o del campesino que, por seguir la revolución verde, utiliza insecticidas prohibidos desde hace cinco años en el país que los produce. Pero, a pesar de su diversidad, un común apego al crecimiento les une, puesto que de ello depende su satisfacción. Sólo el mito les dará la homogeneidad de una mayoría política opuesta a los límites. Todos tienen su razón para desear el crecimiento industrial y para sentir su amenaza. Por el momento, en una palabra, un voto contra el crecimiento estaría tan desprovisto de sentido como un voto en favor del P.N.B.
Una ideología común no crea una mayoría, no tiene eficacia sino a condición de arraigarse en la interpretación del interés racional de cada uno y de dar a este interés una forma política. La acción política de la persona frente a un conflicto social esencial no depende de la ideología aceptada previamente, sino de dos factores: a) el estilo que marcará la transformación del conflicto latente entre el hombre y la herramienta en una crisis abierta, que exija una reacción global y sin precedente; b) el surgimiento de una multiplicidad de nuevas élites [que puedan proveer una nueva forma interpretativa y hasta cierto punto inesperada sobre las líneas de interés].
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DE LA CATÁSTROFE A LA CRISIS

Se imita la actitud de Coolidge frente a los primeros síntomas de la Gran Depresión, descuidando en forma análoga el aviso de una crisis mucho más radical. Se cree que el análisis general de los sistemas vincula entre ellas las crisis institucionales, pero en verdad no hace sino conducir a mayor planificación, centralización y burocratización a fin de perfeccionar el control de la población, de la abundancia) de la industria destructora e ineficaz. Se supone que el crecimiento de la producción de decisiones, de controles y de terapias, compensa la extensión del desempleo en los sectores fabriles. Fascinada por la producción industrial, la población permanece ciega a la posibilidad de una sociedad postindustrial donde coexistirán varios modos de producción complementarios. Tratar de promover una era a la vez hiperindustrial y ecológicamente realizable es acelerar la degradación de los otros componentes del equilibrio multidimensional de la vida. El costo de la defensa del statu quo sube como una flecha.
Sería necesario ser geomántico para predecir qué serie de sucesos c. usaría el derrumbamiento de Wall Street y desencadenaría la crisis inminente. Pero no es necesario ser genial para prever que se tratará de la primera crisis mundial que cuestionará el sistema industrial en sí, en vez de localizarlo en el seno de ese sistema. Pronto se producirá un acontecimiento que tendrá como efecto congelar el crecimiento de los instrumentos. Llegado el momento, el estruendo del derrumbamiento obnubilará las mentes e impedirá escuchar la razón.
Aún nos queda una oportunidad de comprender las causas de la crisis global del sistema que nos amenaza y de preparamos justamente para no asimilarla a una crisis parcial, interior del sistema. Si queremos anticipar los efectos, debemos imaginar cómo una brusca transformación llevará al poder a grupos sociales sofocados hasta ahora.


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No es la catástrofe que, en tanto tal, sacará a estos grupos de la nada para alzarlos sobre el resto, sino que la catástrofe debilitará a las potencias reinantes que aplastaban a esos grupos y les impedían participar en el proceso social. El efecto de la sorpresa debilita el control, desorienta a los controladores e instala en primer rango a los que conservan su sangre fría.
Una vez debilitado el control, los controladores buscan nuevos aliados. En el estado industrial debilitado por la Gran Crisis, los gobernantes no pudieron pasarse sin trabajadores organizados, por lo que éstos recibieron parte del poder estructural. En el mercado de trabajo constreñido por la Segunda Guerra Mundial, la industria no ha podido pasarse sin los trabajadores negros, por lo que éstos han comenzado a situarse como poder. Actualmente, al haberse hecho su lugar, la élite negra tiende a convertirse en pilar de un sistema establecido, a imagen de la suerte que anteriormente corrieron los sindicatos. En efecto, el desenlace de la crisis inminente depende de la aparición de élites imposibles de recuperar.

EN EL INTERIOR DE LA CRISIS

Las fuerzas que tienden a limitar la producción ya están operando en el interior del cuerpo social. Una investigación pública y radical puede ayudar de manera significativa a muchos hombres a ganar cohesión y lucidez en la condena de un crecimiento que se juzga destructivo. Seguramente sus voces se harán oír mejor cuando la crisis de la sociedad superproductora se agrave. Sin formar partido, son los portavoces de una mayoría de la cual cada uno es miembro en potencia. Mientras más inesperada sea la crisis más repentinamente las llamadas a la austeridad alegre y equilibrada se convertirán en un programa de limitaciones racionales. Para ser capaces de controlar la situación en el momento dado, estas minorías deben captar

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[la profundidad de la crisis y deben saber describirla con un lenguaje apropiado para declarar que quieren que pueden hacer y que no necesitan. El uso crítico del lenguaje ordinario es el primer pivote en la inversión política.]


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LA MUTACIÓN REPENTINA

Cuando hablo acerca de la emergencia de grupos de interés y su preparación no hablo de grupos de acción, o de un iglesia, o de una nueva clase de expertos. Y sobre todo, no estoy hablando de un nuevo partido político que pudiera asumir el poder en un momento de crisis. La administración de la crisis la convertiría en una catástrofe irreversible. Un partido bien entrenado puede establecer su poder en el momento de una crisis en la cual la opción es la única dentro todo un sistema.


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Tales fueron los instrumentos de producción durante la Gran Depresión. Es así como en los paises de Europa del Este, pasada la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que "elegir" el stalinismo. Pero la crisis, de cuyo próximo advenimiento estoy hablando, no está ya dentro de la sociedad industrial sino que concierne al modo de producción industrial en sí. Esta crisis obliga al hombre a elegir entre la herramienta convivencial y el aplastamiento por la megamáquina, entre el crecimiento indefinido y la aceptación de límites multidimensionales. La única respuesta posible consiste en reconocer su profundidad y aceptar el único principio de solución que se ofrece: establecer, por acuerdo político, una autolimitación. Mientras más numerosos y diversos sean los heraldos, más profunda será la comprensión de que el sacrificio es necesario, de que protege intereses variados y de que es la base de un nuevo pluralismo cultural.
Tampoco hablo de una mayoría opuesta al crecimiento, en nombre de principios abstractos. Ésta sería una nueva mayoría fantasma. En realidad, es concebible la formación de una élite organizada que alabe la ortodoxia del anticrecimiento. Esta élite quizás se esté formando. Pero un coro semejante, con el anticrecimiento como todo programa, es el antídoto industrial a la imaginación revolucionaria. Al incitar a la población a aceptar una limitación de la producción industrial, sin poner en cuestión la estructura de base de la sociedad industrial, obligadamente se daría más poder a los burócratas que optimizan el crecimiento, y uno mismo se convertiría en rehén. La producción estabilizada de bienes y servicios muy racionalizados y estandarizados alejaría aún más, de ser posible, la producción convivencial de lo que ya lo hace la sociedad industrial de crecimiento.
Los miembros de una sociedad que se pone cerco no necesitan reunir una mayoría.


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En democracia, una mayoría electoral no se basa en la adhesión explicita a una ideología o a un valor determinado de todos sus miembros. Una mayoría electoral favorable a la limitación de las instituciones sería heterogénea: comprendería a las víctimas de un aspecto particular de la superproducción, a los ausentes al festín industrial y a la gente que rechaza en bloque el estilo de la sociedad totalmente racionalizada. El ejemplo de la escuela puede ilustrar el funcionamiento de una mayoría electoral en la política tradicional. La gente sin niños rezonga ante las cargas presupuestarias de la Educación Nacional. Unos encuentran que pagan, sin razón, más que sus vecinos. Otros sostienen las escuelas confesionales. Hay quienes rechazan la obligación escolar porque daña a los niños, otros la combaten porque refuerza la segregación social. Toda esta gente podría formar una mayoría electoral, pero sin constituir ni una secta ni un partido. Actualmente podrían eficaz-mente reducir las pretensiones de la escuela, pero al hacerlo, reforzarían la legitimidad del producto escolar, que es la "educación". Cuando las cosas siguen su curso, limitar una institución dominante con el voto mayoritario toma siempre un giro reaccionario.
Pero una mayoría puede tener un afecto revolucionario cuando una crisis afecta a la sociedad de manera radical. La llegada simultánea de varias instituciones a su segundo umbral de mutación hace sonar la alarma. La crisis no puede tardar. En realidad ya comenzó. El desastre que seguirá, pondrá claramente en evidencia que la sociedad industrial, como tal, y no sólo sus diversos órganos, ha traspuesto los cercos.
El estado-nación se ha convertido en guardián de los instrumentos ya tan poderosos, que no pueden desempeñar su papel de cuadro político. De la misma manera que Giap supo utilizar la máquina de guerra norteamericana para ganar su guerra, así las empresas multinacionales y las profesiones pueden usar la ley el sistema bipartidista para establecer un imperio.
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Cuando los negocios son normales la oposición procedimental entre las corporaciones y los clientes, por lo regular incrementan la legitimación de la dependencia de los segundos. Pero, al momento de una crisis estructural, ni la reducción voluntaria de la supereficiencia sobre la mayor parte de las instituciones las podrá mantener funcionando. Una crisis general abre el camino a la reconstrucción social. La pérdida de legitimidad del estado como un poseedor de corporaciones, no destruye, sino que refuerza la de un procedimiento constitucional. La pérdida de confianza en los partidos hace emerger la importancia de grupos adversos a los actuales procedimientos políticos.

...bo, que ha llegado a nosotros y se encuentra en nuestra historia. Sólo dentro de su fragilidad, el verbo puede reunir a la multitud de los hombres para que el alud de la violencia se transforme en reconstrucción convivencial.
Si saben definir criterios para limitar la instrumentación, los países pobres emprenderán más fácilmente su reconstrucción social y, sobre todo, accederán directamente a un modo de producción postindustrial y convivencial. Los límites que deberán adoptar son del mismo orden que aquellos que las naciones industrializadas deberán aceptar para sobrevivir: la convivencialidad, accesible desde ahora a los ''subdesarrollados", costará un precio inaudito a los "desarrollados".
Una última objeción se presenta a menudo cuando se propone la orientación convivencial a una sociedad: para elegir una vida austera con herramientas convivenciales es preciso defenderse contra el imperialismo de las megaherramientas en expansión. Tal defensa no sería posible sin un ejército moderno, que a su vez exige una industria en pleno crecimiento. En realidad, la reconstrucción de la sociedad no puede ser protegida por un ejército poderoso: primero, porque habría contradicción entre los términos; luego, porque ningún ejército moderno de un país pobre puede defenderlo contra tal poder. La convivencialidad será obra exclusiva de personas que utilicen una instrumentación efectivamente controlada. Los mercenarios del imperialismo pueden envenenar o destruir una sociedad convivencial, pero no la pueden conquistar.

 

CONTRAPORTADA

Conocer aquellas herramientas que sean una fuente de aproximación a una vida humana plena y creativa es, en sí, una tarea loable en esta época de crisis generalizada. Cuando estas herramientas no responden ni a las ambiciones del poder ni a las maniobras de la competencia, se puede decir que nos son útiles para la convivencialidad: para avanzar hacia una sociedad mejor. La crítica al "progreso" y sus instrumentos, a las instituciones y profesiones y a lo que se puede considerar como el fin de la era industrial, es hábil y aguda en este libro, que nos incita a un nuevo enfoque de las cuestiones vitales basadas en el entendimiento y la concepción liberadora de la verdadera convivencia humana y social. Como apuntó Michael G. Michaelson: "Lea usted a fondo este extraño libro; haga sus notas en los márgenes; pásele el libro, con notas y todo, a los amigos; decidan por ustedes mismos. Viva peligrosamente."

Iván lllich (Viena, 1926) es una de las mentes más lúcidas y brillantes de nuestro tiempo. La colección de sus obras resulta hoy una respuesta concreta para enfrentarnos a la crisis profunda que afecta a toda la humanidad.

 

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