Ixtus, México, Espíritu y cultura. Nº 28 año VII. Cuernavaca 2000, 106 págs.

Ideas

La transcripción aquí presentada se refiere a la edición 2000, se mantiene la referencia del número de página en la versión impresa para uso del lector (números en azul). También están señaladas con amarillo las palabras con futuros enlaces de hipertexto. (NDE)

 


 

ÍNDICE

 

  • Carta a los lectores 4
  • Editorial 5

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    Carta a los lectores

    A partir del próximo número, la revista Ixtus aparecerá en el formato que tenía en sus orígenes y dejará de circular comercialmente para reducirse a su círculo de suscriptores. Invitamos a los otros lectores a suscribirse con Gertrudis Díaz González a la dirección Copal No. 105, Col. Buenavista 62130, Cuernavaca Morelos, teléfono (7) 317 23 13 y a regalar una suscripción. Son sus suscriptores y la generosidad de sus amigos la que, como siempre, la ayudará a continuar sosteniéndose.
    Una revista es como un ser vivo: nace, crece, da frutos y eventualmente muere. Ixtus nació hace siete años, creció a lo largo de veintiocho números y ahora no muere, sino cambia y vuelve a su estructura anterior. Este cambio abre a la esperanza: una vida más plena, más conforme sobre todo con sus ideales originales.
    El motivo de este cambio se debe a una contradicción entre dos exigencias incompatibles: por un lado, el amor a lo pequeño (que es hermoso), a lo pobre, a lo artesanal; por otro, el impulso comercial que recibió en su más reciente fase. Ixtus, que siempre expresó su agnosticismo económico, es decir, su duda radical frente a las promesas del mercado moderno, creció demasiado y por tanto se insertó en ese mismo mercado. Con ello, adquirió compromisos que la desbordaron y la pusieron en contradicción con sus ideales originarios. Esto nos obligó a volver a nuestros orígenes.
    La decisión que hemos tomado no fue fácil. Los cantos de sirenas, los consejos de adaptación a las "realidades comerciales" que nos fueron prodigados, no nos dejaron siempre indiferentes. Pero la decisión tomada nos fortaleció, incitándonos a una coherencia que estábamos perdiendo. Volvemos al formato con el que nacimos y mantenemos la continuidad de su substancia: un foro de debates con la modernidad a la luz del evangelio y del pensamiento gandhiano.
    La crisis por la que pasamos fue un tránsito por la incertidumbre; a nuestra modesta medida, una travesía por el desierto, una "pascua". Creemos que este paso, esta travesía, por anecdótica que sea, refleja otra mayor: la travesía por tiempos inciertos en la que todos están llamados a ser peregrinos. Los cantos de sirenas en esta gran travesía se llaman sobrepoder de la tecnología, todopoder de la Ley del Mercado, sin que nadie haya sabido definir estas palabras tan amorfas como amibas. Otros llaman a esos cantos "globalización", "modernización", o hasta "realidad virtual". Tampoco han faltado los consejos que nos quisieron exhortar para que siguiéramos acríticamente las modas y corrientes que propalan estos eructos lingüísticos, y de conectarnos sin reflexión a la magia de las pantallas y sus simulacros.
    Hemos vuelto a leer los mapas de nuestras alforjas. ¿Cómo vivir el llamado evangélico a la pobreza en tiempos de abundancia paradójica de bienes escasos reputados imprescindibles? La lectura que, desde otra cultura, otra fe, Gandhi hizo del sermón de la montaña no nos deja de interpelar. Creemos poder resumirla en la frase: "Si quieres combatir la miseria, cultiva la pobreza". Ese es el soplo esperanzador que, en la preparación de este número, hemos encontrado en la obra de Iván Illich.

    Índice

     


     

     

    Editorial


    El pensamiento de Iván Illich tiene un punto en común con el de Gandhi, a quien dedicamos el primer número especial de esta revista (Gandhi, la poética de la acción, 1998). En ambos se pueden encontrar puntos de reorientación en una época devastada por los sueños del desarrollo y sus consecuencias: la pérdida de las culturas vernáculas y del sentido común, la desaparición de los horizontes, las crisis de tamaño de los mercados y las aporías de la economía, lo desmedido del mundo de los sistemas, la destrucción del medio natural y de la equidad por el uso sin límites de la energía mecánica.
    Hace más de treinta y cinco años Iván Illich levantó su tienda entre nosotros: fundó en Cuernavaca una "casa para pensar", el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), que inquietó a gente de todo el mundo.
    Nativo de Dalmacia, exilado en Viena durante su infancia y luego transplantado a Italia, este singular hombre se ha movido en tantos ámbitos que intentar dar un resumen de su recorrido intelectual sería un albur.
    Incapturable, su pensamiento podría, sin embargo, caracterizarse con una metáfora: la arqueología de las certidumbres. Quizás esta anécdota pueda hacer más transparente la metáfora. Cierto día, Illich le dijo a una periodista que lo entrevistaba en un jardín de Cuernavaca: "soy un cazador de brujas". Lo que Illich quería decir con ello es que se dedicaba a cazar los enseres que embrujan a las mentes modernas con certidumbres no cuestionadas, con "axiomas" que fundan una visión antropológica. Tomen, por ejemplo, el prejuicio según el cual el hombre es un ser inherentemente incapaz de ir a cualquier lado por sus propias fuerzas. Sobre este "axioma" se han construido teoremas que niegan a la gente su capacidad innata de moverse: el hombre se vuelve homo transportandus, un paralítico de nacimiento que sólo se hace móvil gracias a la aplicación de dosis crecientes de energía mecánica. En seguida, la industria de los transportes viene a confirmar el prejuicio inicial, ya que pone los destinos de la gente fuera del alcance de sus pies, resta todo significado social a la caminata y la vuelve peligrosa.
    O consideren el otro prejuicio según el cual los hombres y las mujeres son incapaces de aprender cualquier cosa a menos que se les someta a procesos de educación certificada. Este axioma permite construir instituciones cada vez más proliferantes para "satisfacer" las "necesidades" del homo educandus.
    Un mismo postulado de incapacidad fundamental permite eregir las instituciones del transporte y de la educación. A su vez, la supuesta inadaptación esencial del hombre a su medio natural y su incapacidad para sufrir y morir justifican el crecimiento sin límite de la institución médica.
    Las instituciones modernas parecen corroborar los postulados o "axiomas" que las fundan: el hombre moderno, al volverse paralítico por el uso de los transportes, estúpido por su confinamiento en escuelas, y enfermizo por su dependencia de las industrias médicas y farmacéuticas, requiere del auxilio constante del ingeniero, del educador y de los terapeutas.
    Esta crítica de las instituciones es la parte de la obra de Illich que se asocia más estrechamente con su estancia en México. En el CIDOC de Cuernavaca, sus tesis encontraron a sus primeros oyentes y, por supuesto, a sus primeros detractores. Y sin embargo, su hipótesis fundamental sobre la contraproductividad de las grandes instituciones de la sociedad industrial -el transporte, la educación y la medicina- no han sido refutadas. O, mejor dicho, son las refutaciones las que, al paso del tiempo, han sido desmentidas por los hechos.
    Illich le ha hecho al totalitarismo institucional lo que los matemáticos, desde Gödel, le han hecho al totalitarismo logicista, al sueño de una construcción axiomática pura del saber: ilustró el hecho, hoy casi evidente, de que, más allá de ciertos límites, las instituciones productoras de servicios contradicen inevitablemente sus propios fines.
    Creemos, sin embargo, que Illich sonreiría de nuestra comparación. Si bien tuvo cuidado en expresar sus ideas de tal manera que las bases de sus argumentos permanecieran accesibles a sus lectores, nunca pretendió constreñirles la inteligencia porque simplemente nunca creyó en la viabilidad de ninguna construcción totalitaria, fuese ésta lógica o institucional. Su agnosticismo frente a las certidumbres modernas viene de otras fuentes que del intelecto puro.
    Illich no desliga el pensamiento de la trama de relaciones en las que puede nacer y prosperar. Para él, entre más innovadora, audaz y desafiante sea una idea, más tiene que se nutrirse de la amistad. Recobrar la visión de un mundo humano es preservar los sentidos de las certidumbres del mundo moderno. Esta custodia de los sentidos implica cuidar el terreno en el que florece la amistad y el sentido común.
    Frente al aplastante cortina de humo que generan las instituciones y las certidumbres que las sostienen, Illich ha mostrado que cuatro amigos que se encuentran en una choza pueden hacerlas tambalear con la sonrisa en los labios. Si lo hiciéramos, como él lo ha hecho, veríamos más claramente lo que nos ocurre. Podríamos respirar con más libertad, el "soplo del espíritu" quizás nos insuflaría otra vez y animaría la atmósfera de nuestros convivios. Nada más volátil que una atmósfera, nada más vulnerable: el aire acondicionado la destruye.

    La mayoría de los artículos que aquí publicamos forma parte de un libro que, coordinado por Lee Hoinacki y Carl Mitcham, pronto aparecerá en los Estados Unidos. Este libro reúne las reflexiones de un gran número de amigos de Iván. Nuestro agradecimiento a Lee Hoinacki y a los amigos de Illich.


    Además opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.


    Javier Sicilia y Jean Robert

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    El mensaje de la choza de Gandhi

    Iván Illich

     

    En la década de los ochenta, Iván Illich, uno de los más grandes pensadores contemporáneos, durante su estancia en Sevagram a la que fue llamado para inaugurar una conferencia, pasó la mayor parte de su tiempo en la choza de Gandhi. El presente texto, publicado hace más de diez años en el periódico El Día y leído en su discurso inaugural, es el resultado de su larga meditación en la choza del Mahatma. Lo publicamos con autorización del autor. Entre los textos más representativos de Illich destacan: Némesis médica, La sociedad desescolarizada, La convivencialidad y El género vernáculo.

     

    Esta mañana, al estar sentado en esta choza donde vivió Mahatma Gandhi, trataba de absorber el espíritu de sus conceptos y empaparme de su mensaje. Hay dos cosas de ella que me impresionaron grandemente. Una es el aspecto espiritual y otra la que se refiere a sus enseres . Trataba de comprender el punto de vista de Gandhi cuando hizo la choza. Me gustaron muchísimo su sencillez, belleza y orden. La choza proclama el mensaje de amor e igualdad de todos los hombres. Como la casa en la que vivo en México se asemeja en muchas formas a esta choza, pude comprender su espíritu.
    Aquí encontré que la choza tiene siete tipos de lugares. Al entrar hay uno en el que se colocan los zapatos y se prepara uno, física y mentalmente, para entrar. Luego viene el cuarto central que es lo suficientemente amplio para alojar a una familia numerosa. Esta mañana, a las 4, cuando estaba sentado ahí, listo para rezar, había cuatro personas sentadas conmigo recargadas en una pared y, del otro lado, había suficiente espacio para otros cuatro sentados muy juntos. Este es el cuarto al que todos pueden acudir para reunirse con los demás. El tercer espacio es donde Gandhi se sentaba y trabajaba. Hay otros dos cuartos -uno para visitas y el otro para enfermos. Hay una veranda abierta y también un cómodo y espacioso baño. Todos estos espacios tienen una relación intensamente orgánica.
    Siento que, si viniera gente rica a la choza, se burlaría de ella. Cuando veo las cosas desde el punto de vista de un indio común, no veo por qué una casa deba ser más grande que ésta. Está hecha de madera y de adobe. En su construcción no fue la máquina la que trabajó, sino las manos del hombre. La llamo choza, pero en realidad es un hogar. Hay una diferencia entre casa y hogar. La casa es donde un hombre guarda equipajes y mobiliarios. Sirve más para la seguridad y la conveniencia de los muebles que para las del hombre mismo. En Delhi me alojé en una casa que tiene muchos objetos cómodos. El edificio está construido desde el punto de vista de lo que se requiere para alojar esos objetos cómodos. Está hecho de cemento y ladrillo y es como una caja en donde caben bien muebles y otros enseres. Debemos entender que todo el mobiliario y demás artículos que colectamos a lo largo de nuestras vidas nunca nos darán una fortaleza interior. Por decirlo así, son los muebles los que ayudan a sostener a un tullido. Mientras más objetos cómodos tengamos, mayor será nuestra dependencia de ellos y más restringida será nuestra vida. Por el contrario, el tipo de mobiliario que encontré en la choza de Gandhi es de un orden distinto y hay pocas razones para depender de ellos. Una casa instalada con todo tipo de objetos cómodos muestra que nos hemos vuelto débiles. En la medida en que perdemos la capacidad de vivir, dependemos más de los bienes que adquirimos. Es como si dependiéramos de los hospitales para conservar la salud del pueblo y de las escuelas para la educación de nuestros hijos. Desafortunadamente, tanto los hospitales como las escuelas no son un índice para medir el grado de salud ni la inteligencia de una nación. De hecho, el número de hospitales indica la mala salud de la gente y las escuelas hablan de su ignorancia. En forma similar, la multiplicidad de instalaciones de servicio para vivir reduce al mínimo la expresión de la creatividad de la vida humana.
    Desafortunadamente, la paradoja de la situación es que los que tienen más "artículos domésticos" son considerados criaturas superiores. ¿No se consideraría inmoral la sociedad donde la enfermedad tuviera más importancia y en donde el uso de piernas artificiales se considerase superior? Al sentarme en la choza de Gandhi sentí tristeza al ponderar esta perversión. He llegado a la conclusión de que no es correcto pensar que la civilización industrial es el camino que conduce a la plenitud del hombre. Se ha demostrado que para el desarrollo económico no es necesario tener más y mayores máquinas para la producción ni tampoco más ingenieros, médicos y profesores. Estoy convencido de que son pobres de mente, cuerpo, estilo de vida los seres que desean un espacio más grande que esta choza en la que Gandhi vivió y siento lástima de ellos. De esa manera, se rinden ellos mismos y su yo animado por la estructura inanimada. En el proceso pierden la elasticidad de su cuerpo y su vitalidad. Tienen escasa relación con la naturaleza y cercanía de sus congéneres.
    Al preguntar a los planificadores de hoy por qué no comprenden este sencillo enfoque que nos enseñó Gandhi, dicen que su camino es muy difícil y que la gente no sería capaz de seguirlo. Pero la realidad es que, en virtud de que los principios de Gandhi no admiten la presencia de ningún intermediario o de un sistema centralizado, planificadores, gerentes y políticos se sienten poco atraídos por ellos. ¿Cómo es que no se entiende ese principio tan sencillo de verdad y de no-violencia? ¿Es porque la gente siente que la no verdad y la violencia los llevará al objetivo deseado? No, no es así. El hombre común comprende plenamente que los medios correctos lo llevarán al fin correcto. Únicamente quienes tienen intereses creados se rehúsan a comprenderlo. Los ricos no quieren comprender. Cuando digo ricos me refiero a todos los que tiene "artículos domésticos" en la vida, que no están al alcance de todos. Se trata de "artículos domésticos" para vivir, comer y transitar; y sus medios de consumo son de tal naturaleza que han quedado privados de la capacidad de comprender la verdad. A ellos les resulta difícil comprender y asimilar la propuesta de Gandhi. La sencillez no tiene sentido alguno para ellos. Desafortunadamente sus circunstancias no les permite ver la verdad. Sus vidas han llegado a ser demasiado complicadas para permitirse salir de la trampa en que cayeron. Afortunadamente, para la gran mayoría de la gente no hay ni tanta riqueza que los haga inmunes a la verdad de la sencillez, ni viven en tal penuria que carezcan de la capacidad de entender. Incluso cuando los ricos ven la verdad se rehúsan a comprenderla. Es porque han perdido el contacto con el espíritu de esta realidad.
    Debe ser claro que la dignidad del hombre será posible únicamente en una sociedad autosuficiente y que disminuye al desplazarse hacia una industrialización progresiva. Esta choza denota el placer que es posible derivar cuando se está a la par con la sociedad. Aquí el autovalamiento es la regla del juego. Debemos comprender que los artículos y bienes innecesarios que posee un hombre reducen su capacidad de derivar felicidad del entorno. Por ello, Gandhi dijo en repetidas ocasiones que la productividad debe mantenerse en los límites del deseo. EL modo de producción de la actualidad es tal que no tiene límites y aumenta sin cortapisas. Todo esto ha sido tolerado hasta ahora, pero ha llegado el momento en que el hombre debe comprender que al depender más y más de las máquinas está avanzando hacia su propio suicidio. El mundo civilizado, en China o en Alemania, ha empezado a comprender que, si queremos el progreso, no lo tendremos por este camino. El hombre debe darse cuenta de que, para bien del individuo y de la sociedad, es mejor que la gente conserve para sí sólo lo que es suficiente para sus necesidades inmediatas. Tenemos que encontrar un método en que este pensamiento pueda expresarse, a fin de comprender los valores del mundo actual. Este cambio no podrá producirse por la presión de los gobiernos o a través de instituciones centralizadas. Tiene que crearse una atmósfera de opinión pública que permita a la gente comprender aquello que constituye la sociedad básica. Hoy, el hombre que tiene un automóvil se considera superior a quien tiene una bicicleta, pero cuando vemos esto desde el punto de vista de la norma común, la bicicleta es el vehículo de las masas. Por lo tanto, debe de considerarse de primordial importancia, y toda la planeación de carreteras y de transporte debe hacerse con base en la bicicleta, mientras que el automóvil debe ocupar un lugar secundario. Sin embargo, la situación es a la inversa y todos los planes se hacen para beneficio de los automóviles, dando segunda prioridad a la bicicleta. En esta forma se ignoran los requerimientos del hombre común en comparación con los de los que están arriba. la choza de Gandhi muestra al mundo cómo la dignidad del hombre común puede salir a flote. También es un símbolo de la felicidad que podemos derivar de la práctica de los principios de sencillez, servicio y veracidad.

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