Iván Illich en México
(Conversación de Jean Robert
con Gustavo Esteva)
Gustavo, quisiera hablar contigo
de la recepción de las ideas de Iván Illich en
México. Illich vive con intermitencias en México
desde hace unos 35 años, y sus ideas son menos discutidas
aquí que, digamos, en Bélgica. Lo conocen mejor
en Bélgica o en Holanda que en México, por no hablar
de Alemania. No quisiera comentar contigo lo que hubiera podido
ocurrir y no ocurrió, las "oportunidades perdidas"
del pasado, sino la posibilidad de que las ideas de Illich puedan
servir en México, hoy.
No sería inútil
que primero diéramos una ojeada al pasado, para entender
el tipo de barreras que impidieron que las ideas de Illich fueran
acogidas o por lo menos conocidas y discutidas en nuestro país.
Eso nos permitirá apreciar mejor lo que ahora puede pasar.
En la década de 1970, cuando las tesis de Iván
empezaban a ser comentadas en muchos países, se presentaron
en México dos tipos de obstáculos que restringieron
la circulación de sus ideas:
1. El clima intelectual dominante. El populismo desarrollista
de Echeverría dio nuevo aliento a una manera de pensar
de las elites intelectuales y políticas de México,
que caracterizaba ya a los padres de la patria, tomó nuevo
impulso con la Revolución y terminó de configurarse
durante la posguerra. Aunque Cárdenas le dio un giro propio,
que abría otras posibilidades, no pudo escapar de la ambigüedad
característica de esa manera de pensar: el hecho de que
el nacionalismo de las elites se nutra siempre de la fascinación
con el exterior. Ese estilo impidió acercarse a la ventana
al mundo abierta por Iván y es todavía un obstáculo
para interesarse en sus ideas.
2. La imagen pública de Illich en aquellos años.
Illich actuaba y se expresaba desde su centro, el CIDOC de Cuernavaca.
En esta ciudad estaban también Le Mercier y Sergio Méndez
Arceo. Se produjo indebidamente una especie de contaminación
mutua entre las imágenes de estos tres hombres. Mal podía
la "derecha" acercarse a algo que parecía contaminado
por el "obispo rojo". Y la "izquierda", que
utilizó tanto como pudo las posiciones de don Sergio,
no dejaba de pintar su raya: asumía que, como hombres
de iglesia, los tres eran retrógradas o irrelevantes.
Como acabamos de vivir en relación con el obispo Ruiz,
en México existe una prevención muy fuerte, con
buenos fundamentos históricos, respecto a todo lo que
huela a iglesia. Para muchos, Illich no era sino un cura reaccionario
que ni siquiera debía ser leído. Sus ideas no eran
cuestionadas y ni siquiera discutidas. Quien aceptara haberlo
leído se arriesgaba a ser tildado también de reaccionario.
Debo confesar que ese velo encubrió también para
mí las ideas de Iván. No lo leí. En 1971,
mis ojos cayeron sobre un texto suyo, de sólo cuatro páginas,
que se publicó en "Diorama de la Cultura", de
Excelsior. Lo leí sin prejuicios, sin tomar en cuenta
quién lo había escrito. No lo asocié con
Cuernavaca. No me interesé en buscar otros textos suyos.
Atraído por las ideas que contenía y que nutrieron
mis intuiciones, empecé a citarlo repetidamente. Frases
de ese texto aparecen en la primera página del primer
libro que publiqué. De alguna manera, a pesar de que este
texto me llegó en forma aislada, como un relámpago
en noche serena, marcó toda mi reflexión posterior...¡sin
que yo me diera cuenta!
Lo repito: en los años 70 los mexicanos no leíamos
a Illich. Las excepciones ratificaban el prejuicio. El hecho
de que lo leyeran Octavio Paz y Gabriel Zaid, igualmente excomulgados
por la izquierda, confirmaba la convicción general de
su irrelevancia.
Otro aspecto del rechazo dominante era una especie de sincronización
entre la fantasía "ilustrada" de las elites
y la fantasía popular, que en aquellos años todavía
estaban atrapadas en un proyecto de nación concebido desde
el poder.
El trabajo ideológico de los "gobiernos de la Revolución"
logró crear la convicción general de que el país
seguía un buen camino, a pesar de todas las desviaciones.
Compartían esta convicción hasta quienes consideraban
necesario hacer una nueva revolución y pensaban que con
ella continuarían La revolución interrumpida, como
se llamó el libro de Gilly que exigía rescatar
el cardenismo. La "derecha" quería liquidar
las trabas impuestas por la Revolución, como el ejido
o el sector nacionalizado, pero no a los gobiernos que emanaron
de ella y daban todas las facilidades al capital. Hasta Salinas,
que realizó al fin la tarea de eliminar esas trabas, exigida
por el PAN desde su fundación, tuvo que actuar en nombre
de ese proyecto y afirmar que estaba actualizándolo, no
traicionándolo.
Para la "izquierda", todo lo que sonaba a crítica
al desarrollo y a la modernización parecía ser
una negación del derecho de los mexicanos al progreso
y una traición al "nacionalismo revolucionario".
Los pocos conocedores de Illich pensaban que quizás su
crítica se justificaba para los países industrializados,
pero no para México, que tenía todavía que
recorrer el camino de la modernización.
Nuestra oportunidad de seguir un camino propio, por una de las
vertientes abiertas por Cárdenas y la Revolución,
se perdió a finales de la década de 1940. Cuando
Frank Tannenbaum se animó a sugerir un estilo de país
que se basaba más en las realidades y esperanzas de los
mexicanos que en los modelos importados, la "izquierda"
intelectual en pleno lo descalificó con ferocidad. Un
número entero de la revista más importante de esa
época, Problemas agrícolas e industriales de México,
se dedicó a destrozar la propuesta de un país que
debía utilizar la industria y el petróleo nacionalizado
con moderación y buen juicio, para enriquecer la vida
rural más que para la locura productivista y urbanizadora,
un país que podría asemejarse más a Dinamarca
que a Suecia. Uno se atrevería a pensar que en este rechazo
a una de las posibles evoluciones del proyecto cardenista, compartido
por la "izquierda" y la "derecha", aquella
le hizo el caldo gordo a ésta, que en esos momentos, con
Alemán a la cabeza, abrazó ciegamente el mito del
desarrollo que acababa de proponer Truman.
Estas actitudes de la "izquierda" de entonces se explican
en parte por su subordinación a la línea impuesta
por Stalin a los partidos comunistas de todo el mundo, que debían
aliarse a las burguesías nacionalistas mientras prosperaba
el experimento del "socialismo en un solo país".
En 1945, el órgano del Partido Comunista Mexicano presentó
como titular de primera plana la consigna: "¡Viva
el pacto obrero-empresarial!". Convencidos de que no se
podía hacer la revolución sin el proletariado y
que los campesinos eran, casi por definición, pequeño-burgueses,
conservadores o incluso reaccionarios, el estalinismo planteó
que en países como México era preciso apoyar a
la burguesía nacionalista, que se ocuparía de hacer
el trabajo sucio de formar el proletariado... con el cual sería
posible hacer la revolución. Jugaron con oportunismo a
ser los más listos y así nos hicieron perder a
todos.
La campaña de Truman, dedicada a disimular la era de la
hegemonía norteamericana bajo el manto del desarrollo,
tuvo aquí gran éxito. La tesis central, desarrollarse
para ser como los países industriales, no encontró
oposición en las elites intelectuales y políticas
de todas las corrientes. A pesar de la terca resistencia campesina
e indígena, que operaba generalmente a contrapelo de los
vientos dominantes, los siguientes 50 años estuvieron
dominados por la obsesión del desarrollo, que capturó
por completo a las elites, sedujo a la clase media en rápida
expansión y permeó a las clases populares. Hasta
los excluidos del desarrollo aprendieron a verlo con ambivalencia:
era una amenaza cumplida, que arruinaba sus tierras y culturas,
pero también algo muy atractivo. Lo veían con la
fascinación que les transmitían las clases medias
y que los llevaba a exigir su derecho a formar parte de ellas.
En este contexto, no había forma alguna de que las ideas
de Iván Illich pudiesen tener un impacto o siquiera una
audiencia atenta.
¿Tú crees que
se ha modificado ese contexto? ¿No existe actualmente
una fascinación semejante, aunque ahora le llamen globalización
a lo que antes se llamaba desarrollo? Todos los partidos e intelectuales
dan por sentado que México debe insertarse en ese mundo
globalizado y competir en él, aunque discuten interminablemente
sobre la mejor manera de hacerlo y las precauciones que hay que
tomar para moderar las turbulencia que esa inserción está
causando.
Yo creo que enfrentamos
ahora un panorama enteramente distinto, que no permite ya repetir
la historia de hace 50 años.
La que debía ser la 5a. década del desarrollo,
que ya nadie se animó a denominar así, se inauguró
con la liquidación del socialismo real. Hay pequeños
grupos que todavía no se enteran de la caída del
muro de Berlín y otros que tratan de rescatar los viejos
ideales socialistas, pero nada queda del modelo soviético.
En la que todavía se llama izquierda hay oportunismos,
acomodamientos y nostalgias, pero también la búsqueda
de nuevas ideas. Lo mismo pasa en la derecha, fuera del círculo
pequeño de los fundamentalistas neoliberales.
El desarrollo aparece cada vez más como lo que siempre
fue: la implantación de la sociedad económica,
del régimen de la escasez. Truman le dio brillo especial:
lo convirtió en un mito que parecía realizable
y atractivo para todos. Esa forma de vender la hegemonía
norteamericana permitió que la compraran hasta los más
decididos antiimperialistas. Pero la gente ya aprendió.
Muchos se fueron con la finta del nuevo empaque, cuando Salinas
vendió la globalización como "liberalismo
social", mezclando el capitalismo salvaje neoliberal con
un Pronasol financiado con la privatización. El desastre
de 1995 reforzó la resistencia a esa orientación,
que hoy se manifiesta sobre todo contra la forma "pura"
de los tecnócratas neoliberales, pero se expresa también
contra los cosméticos socialdemócratas.
Pesa todavía la sensación de que no hay opciones
y que México no puede aislarse de la llamada globalización.
No hay un gran contra-proyecto al que la gente pudiera afiliarse.
Pero la experiencia de la década pasada ha estado generando
una nueva actitud, que permite a los hombres y mujeres ordinarios
alejarse rápidamente de todos los vendedores de ilusiones
o verlos con ironía.
Hay un aliento novedoso para buscar un camino propio. Esto es
particularmente evidente entre los que llaman "desfavorecidos",
los "pobres", los "marginados". Ya no se
dejan atrapar. Buscan opciones que puedan realizar por sí
mismos y muchos las han empezado a construir. Esos caminos que
están encontrando y que recorren con alegría y
creatividad son en muchos casos los que había sugerido
Iván. Creo que pasa con él algo muy semejante a
lo que ocurre con Gandhi. Hay grupos que sin haber oído
jamás el nombre de Gandhi practican sus ideas o sus actitudes
y aplican su filosofía o sus estilos de lucha. Quizás
les llegaron a través de reverberaciones o mutaciones
extrañas. Acaso las inventaron o intuyeron. Para mí,
son más cercanos a Gandhi que muchos de los que siguen
usando su nombre o su tradición para muy variados propósitos.
Así ocurre con Iván. Está pasando lo que
previó, aunque no como él lo anticipó en
un principio. Recordarás que al final de La convivencialidad
planteó que podrían surgir coaliciones entre los
afectados por la crisis de las instituciones de la sociedad industrial.
Se juntarían los ineducados o subeducados, hartos de esperar
una escuela que nunca llega o de la pésima calidad de
la que tienen, con los que pasaron por el embudo educativo y
no obtuvieron en él lo que les prometía. Los descontentos
con cada una de las instituciones dominantes podrían coaligarse
en el momento de su crisis y producir su inversión. Esas
coaliciones, según Illich, romperían todos los
esquemas convencionales de las organizaciones sociales y políticas:
sindicatos, partidos, etc. No encarnarían un credo definido
o la pertenencia a una clase o "raza". Gente con muy
diversos horizontes y afiliaciones se uniría ante un acontecimiento
particular que la afecta en formas comparables e intentaría
una acción común para defenderse. Los unificaría
su descontento. Iván pensaba que eso podía ocurrir
repentinamente, a raíz de algún acontecimiento
dramático cualquiera -como la caída de Wall Street-,
y que probablemente se daría primero en las sociedades
avanzadas, aunque en ellas el cambio impondría mucho más
sacrificios que en las demás, para las cuales la transición
sería más fácil y natural.
Estoy convencido de que los llamados "nuevos movimientos
sociales", que en todas partes están cambiando la
sociedad desde abajo, son vigorosas coaliciones de descontentos
muy semejantes a las que anticipaba Iván. Ni los especialistas
ni los políticos saben cómo clasificar esos nuevos
movimientos, y mucho menos cómo lidiar con ellos. Surgen
sobre todo en los países del Sur y entre los llamados
"pobres". El descontento es profuso, confuso y difuso
y por esto toma fuerza en forma paulatina, progresivamente, no
como un hecho repentino. Pero las coaliciones ahí están.
Son cada vez más lúcidas y vigorosas y han empezado
a tejer formas de conectar sus diversos descontentos, más
allá de sus fronteras locales o nacionales, con lo que
aumentan su capacidad de autodefensa y su influencia política.
La gente ha estado llamando "sociedad civil" al conjunto
de esas coaliciones y movimientos y todos los días se
demuestra su vitalidad.
Hace rato, evocaste los tiempos
de Cárdenas como un momento único en la historia
de México en que los mexicanos trataron de ser lo que
eran y de hacer las cosas con lo que tenían a la mano.
Claro que este proyecto autónomo ganó credibilidad
por la cerrazón de la segunda guerra mundial. Los norteamericanos
estaban demasiado empapados en otros asuntos para meterse con
México. ¿Piensas que este momento, esta oportunidad
perdida de la política mexicana, podría, en formas
naturalmente completamente distintas, ser revivido? ¿Y
que las ideas de Illich podrían ser un fermento para este
renacimiento de la autonomía?
Yo diría que la primera década del siglo XXI podría
ser la década de Illich. De alguna manera ya está
ocurriendo lo que sugieres. Desde que lo descubrí me pareció
que era el pensador central de nuestra generación. Ahora
me doy cuenta que es el que ha definido con mayor lucidez y en
forma sencilla y concreta el paradigma capaz de articular la
acción de las mayorías sin atraparlas en una doctrina.
En 1983, cuando me encontré por primera vez con Iván,
estaba profundamente involucrado con movimientos campesinos e
indígenas, que me habían liberado de mis ataduras
ideológicas. Aprendí con ellos a asomarme a otro
mundo, a ver a partir de las prácticas y luchas concretas.
Sin embargo, no lograba articular de manera coherente mis nuevas
experiencias. Olfateaba olores que no podía identificar.
Veía sombras que no tomaban un perfil claro.
Rodolfo Stavenhagen me invitó un día a un seminario
del Colegio de México, con un tema que parecía
abstruso: "La construcción social de la energía".
Lo introdujo un intelectual "verde" alemán,
Wolfgang Sachs. Nos presentó una especie de radicalización
epistemológica de las ideas que Illich había expresado
en su libro Energía y equidad: cuando la energía
-el concepto de los físicos- se convierte en palabra clave
de los discursos políticos contribuye a la creación
social de la escasez. Redefinida como fuente de "energía",
la naturaleza se reduce a ser una reserva de recursos escasos.
Ese día conocí a Iván. Tuve una larga conversación
con él y durante los días siguientes me clavé
en sus libros. Estaba fascinado. Descubría, página
tras página, que articulaba de modo muy convincente mis
experiencias con los campesinos y los indígenas y, mejor
aún, lo que ellos estaban tratando de hacer.
Durante los siguientes años, cuando de alguna manera pude
trabajar con Iván y tratar a su "familia" de
amigos y colaboradores, encontré cada vez mayor correspondencia
entre sus ideas y mi experiencia práctica inmediata. Y
esto no pasaba en mi escritorio, entre libros, sino en mi contacto
con la gente que forma mi mundo. Desde hace una década,
me ocurre con frecuencia que cuando estoy de visita en un pueblo
indio o un barrio urbano y baso muy claramente mi plática
en ideas de Iván y en ejemplos tomados de sus escritos,
se producen reacciones que me sorprenden siempre, aunque las
haya visto mil veces. Algunos pescan inmediatamente el argumento,
a pesar de la relativa dificultad de mi exposición, y
lo reformulan en sus palabras para los demás, con lo que
desatan una animada controversia. Y se produce así lo
que he estado llamado el "efecto ajá". Todo
pasa como si estas ideas les resultaran de alguna manera familiares,
como si ya las hubieran visto en su propia experiencia, pero
sin haberlo podido expresar o articular de manera clara. De pronto
descubren cómo decir lo que ya saben y experimentan.
Siento, cada vez más, que cuando las ideas de Iván
aparecen en mis charlas en pueblos y barrios tienen un efecto
revelador casi alquímico. Sin embargo, para acotar la
posibilidad de que este efecto de "conmoción"
sea contagioso, quisiera volver a aquel giro olvidado de la historia
política de nuestro país.
En 1935, Ramón Beteta defendió el proyecto cardenista
con palabras que se me han quedado grabadas. Cito de memoria,
casi literalmente: "Vistos los efectos de la última
crisis del sistema capitalista -la del 1929- soñamos en
un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales,
electrificado y con sanidad, en donde las máquinas y la
tecnología sirvan para aliviar al hombre de los trabajos
pesados y no para la llamada sobreproducción".
Pero he aquí el giro dramático. Once años
después, este mismo personaje, Ramón Beteta, es
el Secretario de Hacienda de Miguel Alemán y está
impulsando la industrialización en el marco de un grandioso
proyecto de desarrollo para México. El país había
atado su carro a la locomotora de Truman. Este viaje hacia los
mañanas que se cantan en el Tren del Desarrollo llegó
a su punto culminante con López Portillo, el último
presidente de la Revolución. México iba a ser una
gran nación industrial y pronto tomaría su lugar
entre las grandes potencias. "Administrar la abundancia"
significaría acceder al fin al modo norteamericano de
vida. O bien, como oí decir con cinismo a gente de clases
medias y altas que estaba segura de que Salinas los llevaba al
Primer Mundo: vivirían mejor que los norteamericanos,
porque tendrían todo lo que ellos tienen... y además
criadas, algo que sólo los muy ricos tienen en Estados
Unidos.
El despertar de este sueño fue muy doloroso: nos había
llevado al desastre, un desastre que atañe a la idea misma
de desarrollo. Llegamos a principio de los años noventa
en un momento en que cada vez más gente despierta del
sueño al tiempo que se agudiza la catástrofe. Y
ocurre lo increíble: todo un sector de la sociedad, el
más creativo y capaz de elaborar proyectos nuevos, se
reconoce en un planteamiento hecho por los pueblos indios. De
pronto, un número creciente de mexicanos recobra su auto-percepción
y la integra con un anhelo de autonomía y de poder propio.
Hasta cierto punto, se continúa así el sueño
realista de autonomía -de hacer las cosas con lo que tenemos
y somos- que Beteta canjeó por la pesadilla del desarrollo
industrial, mientras Tannenbaum trataba de presentarlo a los
mexicanos en forma aceptable para ellos. En El México
profundo, Guillermo Bonfil se había adelantado a esta
profunda mutación cuando hablaba del conflicto entre dos
méxicos: por un lado el México real, nutrido de
tradiciones populares, que a pesar de su involucramiento en la
vida moderna tiene aún una manera "india" de
sentir y pensar; por otro lado, el México ficticio o "imaginario"
de los que quieren ser lo que no son, se piensan como occidentales
y asumen su pasado prehispánico como algo grandioso y
heroico... pero enterrado. Bonfil previó el despertar
del México profundo.
Este momento, cuando se juntan la percepción de las raíces
propias y la búsqueda de un camino nuevo, es también
el momento en que las ideas de Iván Illich pueden alentar
una forma estrictamente actual de ver las cosas. Su invitación
a recobrar la iniciativa y el poder propio nada tiene que ver
con las formas falsas de recuperar el heroísmo de Cuauhtémoc
y el esplendor de los aztecas de nuestros libros escolares. La
visión de Illich es netamente contemporánea. No
propone regresar al pasado, sino utilizar el pasado para limpiar
nuestros ojos, para ver con claridad lo que pasa, aquí
y ahora.
En este mismo momento, estoy
tentado de hacerte un comentario aventado. Dices que cuando hablas
en comunidades campesinas, indígenas o mestizas, o con
grupos de "marginados" urbanos, las ideas de Iván,
que tú presentas sin mencionar necesariamente a su autor,
tienen un poder revelador que llamas el "efecto ajá."
Cuando nos pasa a nosotros, decimos "me cayó el veinte":
de repente, puedo decir lo que percibía sin encontrar
palabras. La visión, como dices también, "se
articula". Escuchándote, pensé en lo que podríamos
llamar -y esto es lo aventado de mi comentario- "la mexicanidad
negada de Iván Illich." Porque finalmente este hombre
vive desde más de treinta años en México,
donde suele refugiarse para escribir. Confronta constantemente
lo que piensa y escribe con la realidad del pueblo en el cual
vive. Creo que esta dimensión es muy importante. Iván
Illich no es un intelectual abstracto que pasa su tiempo en universidades
sino un hombre que pasa más o menos la mitad del año
en el pueblo campesino de Ocotepec y que sabe ver. Él
mismo ha reconocido que debe muchas de las intuiciones de El
género vernáculo a sus vecinos y compadres de Ocotepec.
Sabe ver y sabe oír.
Por mi parte, la primera vez que oí la palabra "vernáculo"
y la palabra "convivial", no fue de boca de Iván,
sino de campesinos o de tepiteños. Estas dos palabras
tan básicas para entender a Illich hacen todavía
parte del vocabulario de los pueblos. Y esto no es tan sorprendente
como puede parecer ya que expresan, de una manera muy sustantiva
y profunda, hechos de sentido común. Expresan nociones
muy fundamentales del bien común. Lo bueno reside en lo
propio, la buena vida es vida de alegrías y penas compartidas.
El uso que Illich da a estas palabras prolonga el sentido común
popular, por encima del sentido ambivalente que les dan los medios.
Los medios, por ejemplo, usan la palabra "vernáculo"
para ensalzar manipuladoramente lo "popular" y convertirlo
en folklore barato. Organizan programas sobre la "canción
vernácula", en que los cantantes consagrados entonan
aires populares con acompañamiento artificial y modelos
vestidas de chinas poblanas. Esto es condescendencia.
Sin embargo, las palabras "vernáculo" y "convivial"
se mantuvieron en el lenguaje popular a pesar de las recuperaciones
mediáticas y políticas. Para mucha gente del campo,
siguen aludiendo a algo tan fundamental como su propio ser. Cuando
Illich usa estas palabras, sabe que toca la experiencia viva
de lo propio de los pueblos, de las mayorías sociales.
¿De donde le viene,
según tú, esta capacidad?
G.E. De su sensibilidad
para la mirada del otro apoyada en su sentido de la historia,
de su lectura de la historia cambiante de las maneras de ver
el mundo. Esto es lo que le permite mirar más allá
de la "construcción moderna de la realidad",
echar raíces en capas de experiencias más profundas...
más limpias también, no contaminadas por las "certidumbres"
habituales. Esto es uno de los secretos de su aptitud de sacar
a la luz algo que teníamos muy profundo en nosotros y
que a veces despreciábamos porque no era "de moda".
De allí su capacidad de expresar claramente cosas que
la gente no se atrevía a decir, aunque las pensaba y,
a veces, las estaba haciendo. Cosas que no se podían decir
porque iban en contra de la visión occidentalizada dominante,
o simplemente de la del maestro de escuela.
Lo que sé de la historia personal de Iván me lleva
a pensar que hay algo más profundo aún. Creo que
la actualidad de su pensamiento brota en parte de su experiencia
de juventud. Cuando llega a la adolescencia, siente con claridad
que el mundo en el cual había crecido está desapareciendo.
Se da cuenta de que el mundo tradicional está siendo barrido
y lo que él hace es conservarlo en el fondo de sí
mismo. Ya no lo puede tener afuera, ya no lo puede vivir: se
está muriendo. Pero lo tiene y lo conserva interiormente,
y lo cuida con esmero, en vez de barrerlo y matarlo como los
demás. Y entonces, cuando él sustenta su pensamiento
en este fondo arraigado en la tradición, aparece como
una novedad. Su capacidad de ver las cosas en Puerto Rico, en
Nueva York (con los portorriqueños) y luego en México,
se nutre de lo que ha guardado cuidadosamente dentro de sí.
Iván Illich tiene dos aspectos, casi diría dos
personalidades, que podrían parecer contradictorias. Fue
por un lado un diplomático de alto vuelo, consejero personal
de dos cardenales y como tal ha tenido una gran influencia sobre
la política o mejor dicho la pastoral de la arquidiócesis
de Nueva York hacia los inmigrados de Puerto Rico. Tiene una
enorme capacidad de actuar en las cúspides del poder,
a veces casi en forma manipuladora. Por otro lado, es capaz de
hablar con pescadores, con campesinos, y de tocar su corazón,
de establecer amistades fieles con gente de todas las procedencias.
Parece que en su vida personal se hizo cada vez menos "político"
y cada vez más amigo.
¿Piensas que esta "doble personalidad" o más
simplemente, este doble talento, se refleja en sus escritos?
¿Cuales son sus obras que quisieras "olvidar"
sobre el escritorio de un político para tratar de hacerle
ver que tiene que cambiar algunos rumbos, y cuáles son
las que te gustaría comentar con campesinos? En otras
palabras, ¿cómo se articulan, en la obra de Illich,
el proponer políticas en el más alto nivel y, por
otro lado, el alentar iniciativas propias en lugares concretos?
Quisiera deslindar de tu pregunta el talento de Iván como
gestor. Innegablemente, tiene un profundo conocimiento no solamente
de las estructuras del poder sino de su lógica misma.
El historiador en él ve cómo estas estructuras
fueron construidas y el conocedor de la historia de la Iglesia
ve de qué manera las instituciones eclesiales prefiguran
muchas de las instituciones de la sociedad moderna. Eso le permite
ver antes que nadie lo que va ocurrir, o mejor dicho, entender
lo que está ocurriendo. Pero también conoce de
primera mano la mentalidad de las estructuras del poder. Esto
lo hace capaz de conseguir propósitos inmediatos, como
sacar de la cárcel a Paulo Freire o a Francisco Juliaõ
de apuros políticos. Su "conocimiento del terreno"
le permite obtener de él lo que se puede conseguir en
cada situación concreta. Yo diría que este doble
aspecto de su personalidad al que te refieres se encuentra en
todas sus obras. Refleja su peculiar manera de confrontarse con
la realidad dominante y de saber moverse en el mundo.
Algunos lectores de Iván, hasta los más fascinados
por su pensamiento, sienten que no tiene una buena teoría
de la acción, que le falta una conexión con el
mundo real. Parece que están pensando siempre en cambios
totalizadores, bruscos, en una gran revolución, en un
gran proyecto de sociedad que concibe una vanguardia iluminada
o elitista. Los he oído decir que las tesis de Iván
son sumamente atractivas, pero que se refieren a un mundo que
no existe, un mundo extraterrestre; que sus ideas son bellas,
pero desgraciadamente irrealizables. Creo que se equivocan. Este
aspecto "político" de su personalidad que mencionabas
revela, por el contrario, un gran realismo.
Veo aquí otro paralelismo con el realismo que aprendí
de los campesinos. Durante muchos años, en mis luchas
con los marginados, pertenecí a grupos de activistas que
rechazaban toda concesión a las estructuras de poder.
En uno de estos grupos, por ejemplo, teníamos prohibido
hablar con el cacique del pueblo en donde trabajábamos.
Nadie debía vernos con él. Y esta prohibición
se extendía a todo contacto con las estructuras de poder
a nivel local o nacional.
Lo que aprendí de los campesinos es la diplomacia. He
aquí un ejemplo. En cierto pueblo de Guerrero se concluyeron
unas obras en las que habíamos colaborado sin ningún
apoyo oficial. Al llegar el día de la inauguración
nos percatamos que los campesinos habían invitado a un
funcionario del gobierno estatal. Y no sólo lo habían
invitado sino que, a la hora de los reconocimientos, le agradecieron
lo que había hecho por ellos. No había hecho absolutamente
nada. Muchos de mis compañeros quedaron horrorizados por
lo que percibieron como una traición. Por mi parte, tuve
que reconocer que, en buena diplomacia, los campesinos tenían
razón. Habían encontrado una forma de relacionarse
con el poder que impedía que éste les dañara.
Sin esta "cooptación" del representante del
poder, hubieran sido tratados como grupos subversivos por reprimir.
La suya era una forma de lidiar con las estructuras del poder
opresor, es decir, de actuar en el mundo real.
Devolver al César lo
que es del César...
Sí, particularmente
el reconocimiento que buscan todas las estructuras de poder,
que los llamados marginales utilizan de dos maneras: con la "cooptación"
que mencioné, o con el desconocimiento, volteando a otro
lado la mirada, como forma de desafío.
En los años noventa hay una oportunidad para los funcionarios
que era simplemente inconcebible en los años 70 u 80.
En este momento, en todo el mundo, los funcionarios bien informados
saben que ningún gobierno será capaz de atender
todas las demandas de la gente. Quizás el ejemplo más
dramático de esta incapacidad estructural de los gobiernos
sea la educación: ningún gobierno va a poder jamás
satisfacer las demandas de educación que estimuló
y que siguen alentando las campañas electorales. Como
la crítica de Illich a la escuela contribuye a que personas
en todo el mundo empiecen a pensar en alternativas prácticas
a la educación, es decir, no en otras formas de educar,
sino en otras maneras de aprender, reducen la presión
sobre el gobierno para ampliar el sistema educativo. Los funcionarios
enfrentan cotidianamente la necesidad de reducir las partidas
dedicadas a la educación, pero como enfrentan inmensa
oposición cada vez que intentan tomar las decisiones correspondientes
lo tienen que hacer de trasmano. De hecho, no podrán llevar
a la práctica esa reducción indispensable de los
presupuestos educativos, mientras no se multipliquen otras posibilidades
de aprender, como sugiere Illich.
Si yo quiero realmente aprender algo, no me dirijo a educadores
profesionales sino a los que saben hacer lo que quiero aprender.
Las capacidades de hacer no tienen por qué ser monopolizadas
por profesionistas. Tener menos escuelas puede ser una maravillosa
oportunidad: la de multiplicar otras formas de aprender. Hasta
un Secretario de Educación puede entender esto. Si yo
tuviera la oportunidad de "olvidar" un libro de Illich
en el escritorio de uno de ellos, sería sin duda La sociedad
desescolarizada. No abrigo ilusión alguna sobre la posibilidad
de que admitiera, profundamente, las ideas de Iván, pero
podría encontrar en ese libro razones convincentes para
dejar de oponerse a las iniciativas de la gente para aprender,
que tienden a reducir la presión social sobre el Gobierno,
consecuencia de una demanda estructuralmente imposible de satisfacer.
Basta que empiece a entender que es urgente buscar alternativas
a la educación, para que se dé cuenta de que muchos
grupos ya están transitando por este camino. Podría
entonces apoyarlos, o por lo menos dejar de obstaculizar su acción.
Por otra parte, siento que en este momento las barreras que se
oponían a que los intelectuales mexicanos leyeran a Illich
se desvanecieron. Algunos se empiezan a dar cuenta de que el
desarrollo es un camino sin salida y que la gente está
buscando alternativas, ideas que nos permitan seguir viviendo
en este planeta. Dentro de las pocas propuestas realistas destacan
las de Iván Illich.
En los años 70, políticos e intelectuales concentraban
su atención en la industria, la manufactura. Siguiendo
obsesiones marxistas o liberales, la cuestión era avanzar
en la producción de bienes agrícolas o industriales.
Nadie trataba como algo fundamental la educación, la salud,
los transportes -los temas de Iván-, salvo para hacer
que esos "servicios" contribuyeran a la obra modernizadora,
que se expresaba en industrialización y urbanización.
Iván se anticipa a la evolución histórica
y pone el dedo en la llaga del modo industrial de producción.
La hegemonía norteamericana actual se explica sobre todo
porque ha reducido su concentración en la manufactura
o la agricultura, en la producción de bienes materiales.
Esos renglones ya sólo ocupan entre el 10 y el 15 por
ciento de toda su capacidad. Los rubros que examinó Iván
son ahora los principales de las sociedades avanzadas. Hay 150
millones de norteamericanos dedicados al "sistema educativo".
La "industria de la salud" absorbe actualmente el porcentaje
del producto bruto que antes absorbió lo que llamábamos,
desde la izquierda, "el complejo militar-industrial".
Nuestros gobiernos se enorgullecen ahora de avanzar por el camino
que sus modelos están abandonando.
Hoy existe el clima intelectual y político que puede reconocer
que el cambio profundo de nuestra sociedad sólo es posible
si logramos liberarnos de la carga de opresión que nos
imponen la "educación" o la "salud".
La división clasista propia de la sociedad económica
es hoy más opresora y aguda cuando separa subeducados
de educados o gente con o sin acceso a los servicios de salud
que cuando separa según la propiedad de los medios de
producción. Pero hoy podemos romper esa cadena no como
un acto de apropiación violenta o pacífica de esos
medios -los que proporcionan educación o salud- sino como
un ejercicio de libertad creadora que hace inútiles o
redundantes esos medios. Del mismo modo, no se trata simplemente
de cambiar el régimen de propiedad de los medios de producción
material, nacionalizándolos a la manera soviética.
Ya sabemos lo que pasa por ese camino. Hace falta marginarlos
o limitarlos, para recuperar nuestra capacidad de producir nuestra
propia vida (si todavía podemos utilizar el término
"producción" en este contexto), más allá
del régimen de la escasez.
Gustavo, si encontraras a un amigo que nunca ha oído
el nombre de Iván Illich y quisieras recomendarle un libro
para empezar ¿cuál te parecería más
adecuado?
La convivencialidad. Sigue siendo para mí el fundamental
de sus libros. Recomendaría después La sociedad
desescolarizada, Némesis médica y Energía
y equidad. Complementaría esta lista con Las profesiones
inhabilitantes y El trabajo sombra. Sólo daría
El género vernáculo a personas que ya hubieran
trabajado con estas ideas, porque no es un libro para principiantes.
¿Quieres añadir
una última palabra?
Sí. Mi amigo Harry
Cleaver reprocha a Illich que pone demasiado énfasis en
la iniciativa personal y desatiende las cuestiones de organización.
Pienso que se equivoca. Creo que hay que distinguir la persona,
lo personal, del individuo y lo individual. In-dividuo quiere
decir lo mismo que á-tomo. Es una palabra que se refiere
a un ser aislado de todo contacto personal, sin relaciones concretas
con los otros. Este individuo aislado es el sujeto de la economía
moderna, el homo oeconomicus, preso de la homogeneización
que genera estructuras verticales y corporativas. La persona,
en cambio, no es sino un nudo de una red de relaciones concretas.
Sólo existe en esa red y de ella surgen, naturalmente,
proyectos organizados. Las iniciativas intensamente personales
que hoy veo nacer en pueblos y barrios no vienen de intelectuales
o individuos aislados. Son iniciativas orgánicas que nutren
movimientos sociales y políticos construidos desde la
base social. Rompen la tradición de armar las organizaciones
desde arriba, colgándolas de una ideología o un
aparato de poder. Así se está produciendo una mutación
radical de la sociedad civil, que la hace directa e inmediatamente
política y la capacita para las transformaciones que anticipó
Iván.
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