Ixtus, México, Espíritu y cultura. Nº 28 año VII. Cuernavaca 2000, 106 págs.

Ideas

La transcripción aquí presentada se refiere a la edición 2000, se mantiene la referencia del número de página en la versión impresa para uso del lector (números en azul). También están señaladas con amarillo las palabras con futuros enlaces de hipertexto. (NDE)

 


 

 


 

Iván Illich en México


(
Conversación de Jean Robert con Gustavo Esteva)

Gustavo, quisiera hablar contigo de la recepción de las ideas de Iván Illich en México. Illich vive con intermitencias en México desde hace unos 35 años, y sus ideas son menos discutidas aquí que, digamos, en Bélgica. Lo conocen mejor en Bélgica o en Holanda que en México, por no hablar de Alemania. No quisiera comentar contigo lo que hubiera podido ocurrir y no ocurrió, las "oportunidades perdidas" del pasado, sino la posibilidad de que las ideas de Illich puedan servir en México, hoy.


No sería inútil que primero diéramos una ojeada al pasado, para entender el tipo de barreras que impidieron que las ideas de Illich fueran acogidas o por lo menos conocidas y discutidas en nuestro país. Eso nos permitirá apreciar mejor lo que ahora puede pasar.
En la década de 1970, cuando las tesis de Iván empezaban a ser comentadas en muchos países, se presentaron en México dos tipos de obstáculos que restringieron la circulación de sus ideas:
1. El clima intelectual dominante. El populismo desarrollista de Echeverría dio nuevo aliento a una manera de pensar de las elites intelectuales y políticas de México, que caracterizaba ya a los padres de la patria, tomó nuevo impulso con la Revolución y terminó de configurarse durante la posguerra. Aunque Cárdenas le dio un giro propio, que abría otras posibilidades, no pudo escapar de la ambigüedad característica de esa manera de pensar: el hecho de que el nacionalismo de las elites se nutra siempre de la fascinación con el exterior. Ese estilo impidió acercarse a la ventana al mundo abierta por Iván y es todavía un obstáculo para interesarse en sus ideas.
2. La imagen pública de Illich en aquellos años. Illich actuaba y se expresaba desde su centro, el CIDOC de Cuernavaca. En esta ciudad estaban también Le Mercier y Sergio Méndez Arceo. Se produjo indebidamente una especie de contaminación mutua entre las imágenes de estos tres hombres. Mal podía la "derecha" acercarse a algo que parecía contaminado por el "obispo rojo". Y la "izquierda", que utilizó tanto como pudo las posiciones de don Sergio, no dejaba de pintar su raya: asumía que, como hombres de iglesia, los tres eran retrógradas o irrelevantes. Como acabamos de vivir en relación con el obispo Ruiz, en México existe una prevención muy fuerte, con buenos fundamentos históricos, respecto a todo lo que huela a iglesia. Para muchos, Illich no era sino un cura reaccionario que ni siquiera debía ser leído. Sus ideas no eran cuestionadas y ni siquiera discutidas. Quien aceptara haberlo leído se arriesgaba a ser tildado también de reaccionario.
Debo confesar que ese velo encubrió también para mí las ideas de Iván. No lo leí. En 1971, mis ojos cayeron sobre un texto suyo, de sólo cuatro páginas, que se publicó en "Diorama de la Cultura", de Excelsior. Lo leí sin prejuicios, sin tomar en cuenta quién lo había escrito. No lo asocié con Cuernavaca. No me interesé en buscar otros textos suyos. Atraído por las ideas que contenía y que nutrieron mis intuiciones, empecé a citarlo repetidamente. Frases de ese texto aparecen en la primera página del primer libro que publiqué. De alguna manera, a pesar de que este texto me llegó en forma aislada, como un relámpago en noche serena, marcó toda mi reflexión posterior...¡sin que yo me diera cuenta!
Lo repito: en los años 70 los mexicanos no leíamos a Illich. Las excepciones ratificaban el prejuicio. El hecho de que lo leyeran Octavio Paz y Gabriel Zaid, igualmente excomulgados por la izquierda, confirmaba la convicción general de su irrelevancia.
Otro aspecto del rechazo dominante era una especie de sincronización entre la fantasía "ilustrada" de las elites y la fantasía popular, que en aquellos años todavía estaban atrapadas en un proyecto de nación concebido desde el poder.
El trabajo ideológico de los "gobiernos de la Revolución" logró crear la convicción general de que el país seguía un buen camino, a pesar de todas las desviaciones. Compartían esta convicción hasta quienes consideraban necesario hacer una nueva revolución y pensaban que con ella continuarían La revolución interrumpida, como se llamó el libro de Gilly que exigía rescatar el cardenismo. La "derecha" quería liquidar las trabas impuestas por la Revolución, como el ejido o el sector nacionalizado, pero no a los gobiernos que emanaron de ella y daban todas las facilidades al capital. Hasta Salinas, que realizó al fin la tarea de eliminar esas trabas, exigida por el PAN desde su fundación, tuvo que actuar en nombre de ese proyecto y afirmar que estaba actualizándolo, no traicionándolo.
Para la "izquierda", todo lo que sonaba a crítica al desarrollo y a la modernización parecía ser una negación del derecho de los mexicanos al progreso y una traición al "nacionalismo revolucionario". Los pocos conocedores de Illich pensaban que quizás su crítica se justificaba para los países industrializados, pero no para México, que tenía todavía que recorrer el camino de la modernización.
Nuestra oportunidad de seguir un camino propio, por una de las vertientes abiertas por Cárdenas y la Revolución, se perdió a finales de la década de 1940. Cuando Frank Tannenbaum se animó a sugerir un estilo de país que se basaba más en las realidades y esperanzas de los mexicanos que en los modelos importados, la "izquierda" intelectual en pleno lo descalificó con ferocidad. Un número entero de la revista más importante de esa época, Problemas agrícolas e industriales de México, se dedicó a destrozar la propuesta de un país que debía utilizar la industria y el petróleo nacionalizado con moderación y buen juicio, para enriquecer la vida rural más que para la locura productivista y urbanizadora, un país que podría asemejarse más a Dinamarca que a Suecia. Uno se atrevería a pensar que en este rechazo a una de las posibles evoluciones del proyecto cardenista, compartido por la "izquierda" y la "derecha", aquella le hizo el caldo gordo a ésta, que en esos momentos, con Alemán a la cabeza, abrazó ciegamente el mito del desarrollo que acababa de proponer Truman.
Estas actitudes de la "izquierda" de entonces se explican en parte por su subordinación a la línea impuesta por Stalin a los partidos comunistas de todo el mundo, que debían aliarse a las burguesías nacionalistas mientras prosperaba el experimento del "socialismo en un solo país". En 1945, el órgano del Partido Comunista Mexicano presentó como titular de primera plana la consigna: "¡Viva el pacto obrero-empresarial!". Convencidos de que no se podía hacer la revolución sin el proletariado y que los campesinos eran, casi por definición, pequeño-burgueses, conservadores o incluso reaccionarios, el estalinismo planteó que en países como México era preciso apoyar a la burguesía nacionalista, que se ocuparía de hacer el trabajo sucio de formar el proletariado... con el cual sería posible hacer la revolución. Jugaron con oportunismo a ser los más listos y así nos hicieron perder a todos.
La campaña de Truman, dedicada a disimular la era de la hegemonía norteamericana bajo el manto del desarrollo, tuvo aquí gran éxito. La tesis central, desarrollarse para ser como los países industriales, no encontró oposición en las elites intelectuales y políticas de todas las corrientes. A pesar de la terca resistencia campesina e indígena, que operaba generalmente a contrapelo de los vientos dominantes, los siguientes 50 años estuvieron dominados por la obsesión del desarrollo, que capturó por completo a las elites, sedujo a la clase media en rápida expansión y permeó a las clases populares. Hasta los excluidos del desarrollo aprendieron a verlo con ambivalencia: era una amenaza cumplida, que arruinaba sus tierras y culturas, pero también algo muy atractivo. Lo veían con la fascinación que les transmitían las clases medias y que los llevaba a exigir su derecho a formar parte de ellas. En este contexto, no había forma alguna de que las ideas de Iván Illich pudiesen tener un impacto o siquiera una audiencia atenta.

¿Tú crees que se ha modificado ese contexto? ¿No existe actualmente una fascinación semejante, aunque ahora le llamen globalización a lo que antes se llamaba desarrollo? Todos los partidos e intelectuales dan por sentado que México debe insertarse en ese mundo globalizado y competir en él, aunque discuten interminablemente sobre la mejor manera de hacerlo y las precauciones que hay que tomar para moderar las turbulencia que esa inserción está causando.


Yo creo que enfrentamos ahora un panorama enteramente distinto, que no permite ya repetir la historia de hace 50 años.
La que debía ser la 5a. década del desarrollo, que ya nadie se animó a denominar así, se inauguró con la liquidación del socialismo real. Hay pequeños grupos que todavía no se enteran de la caída del muro de Berlín y otros que tratan de rescatar los viejos ideales socialistas, pero nada queda del modelo soviético. En la que todavía se llama izquierda hay oportunismos, acomodamientos y nostalgias, pero también la búsqueda de nuevas ideas. Lo mismo pasa en la derecha, fuera del círculo pequeño de los fundamentalistas neoliberales.
El desarrollo aparece cada vez más como lo que siempre fue: la implantación de la sociedad económica, del régimen de la escasez. Truman le dio brillo especial: lo convirtió en un mito que parecía realizable y atractivo para todos. Esa forma de vender la hegemonía norteamericana permitió que la compraran hasta los más decididos antiimperialistas. Pero la gente ya aprendió. Muchos se fueron con la finta del nuevo empaque, cuando Salinas vendió la globalización como "liberalismo social", mezclando el capitalismo salvaje neoliberal con un Pronasol financiado con la privatización. El desastre de 1995 reforzó la resistencia a esa orientación, que hoy se manifiesta sobre todo contra la forma "pura" de los tecnócratas neoliberales, pero se expresa también contra los cosméticos socialdemócratas.
Pesa todavía la sensación de que no hay opciones y que México no puede aislarse de la llamada globalización. No hay un gran contra-proyecto al que la gente pudiera afiliarse. Pero la experiencia de la década pasada ha estado generando una nueva actitud, que permite a los hombres y mujeres ordinarios alejarse rápidamente de todos los vendedores de ilusiones o verlos con ironía.
Hay un aliento novedoso para buscar un camino propio. Esto es particularmente evidente entre los que llaman "desfavorecidos", los "pobres", los "marginados". Ya no se dejan atrapar. Buscan opciones que puedan realizar por sí mismos y muchos las han empezado a construir. Esos caminos que están encontrando y que recorren con alegría y creatividad son en muchos casos los que había sugerido Iván. Creo que pasa con él algo muy semejante a lo que ocurre con Gandhi. Hay grupos que sin haber oído jamás el nombre de Gandhi practican sus ideas o sus actitudes y aplican su filosofía o sus estilos de lucha. Quizás les llegaron a través de reverberaciones o mutaciones extrañas. Acaso las inventaron o intuyeron. Para mí, son más cercanos a Gandhi que muchos de los que siguen usando su nombre o su tradición para muy variados propósitos.
Así ocurre con Iván. Está pasando lo que previó, aunque no como él lo anticipó en un principio. Recordarás que al final de La convivencialidad planteó que podrían surgir coaliciones entre los afectados por la crisis de las instituciones de la sociedad industrial. Se juntarían los ineducados o subeducados, hartos de esperar una escuela que nunca llega o de la pésima calidad de la que tienen, con los que pasaron por el embudo educativo y no obtuvieron en él lo que les prometía. Los descontentos con cada una de las instituciones dominantes podrían coaligarse en el momento de su crisis y producir su inversión. Esas coaliciones, según Illich, romperían todos los esquemas convencionales de las organizaciones sociales y políticas: sindicatos, partidos, etc. No encarnarían un credo definido o la pertenencia a una clase o "raza". Gente con muy diversos horizontes y afiliaciones se uniría ante un acontecimiento particular que la afecta en formas comparables e intentaría una acción común para defenderse. Los unificaría su descontento. Iván pensaba que eso podía ocurrir repentinamente, a raíz de algún acontecimiento dramático cualquiera -como la caída de Wall Street-, y que probablemente se daría primero en las sociedades avanzadas, aunque en ellas el cambio impondría mucho más sacrificios que en las demás, para las cuales la transición sería más fácil y natural.
Estoy convencido de que los llamados "nuevos movimientos sociales", que en todas partes están cambiando la sociedad desde abajo, son vigorosas coaliciones de descontentos muy semejantes a las que anticipaba Iván. Ni los especialistas ni los políticos saben cómo clasificar esos nuevos movimientos, y mucho menos cómo lidiar con ellos. Surgen sobre todo en los países del Sur y entre los llamados "pobres". El descontento es profuso, confuso y difuso y por esto toma fuerza en forma paulatina, progresivamente, no como un hecho repentino. Pero las coaliciones ahí están. Son cada vez más lúcidas y vigorosas y han empezado a tejer formas de conectar sus diversos descontentos, más allá de sus fronteras locales o nacionales, con lo que aumentan su capacidad de autodefensa y su influencia política. La gente ha estado llamando "sociedad civil" al conjunto de esas coaliciones y movimientos y todos los días se demuestra su vitalidad.

Hace rato, evocaste los tiempos de Cárdenas como un momento único en la historia de México en que los mexicanos trataron de ser lo que eran y de hacer las cosas con lo que tenían a la mano. Claro que este proyecto autónomo ganó credibilidad por la cerrazón de la segunda guerra mundial. Los norteamericanos estaban demasiado empapados en otros asuntos para meterse con México. ¿Piensas que este momento, esta oportunidad perdida de la política mexicana, podría, en formas naturalmente completamente distintas, ser revivido? ¿Y que las ideas de Illich podrían ser un fermento para este renacimiento de la autonomía?
Yo diría que la primera década del siglo XXI podría ser la década de Illich. De alguna manera ya está ocurriendo lo que sugieres. Desde que lo descubrí me pareció que era el pensador central de nuestra generación. Ahora me doy cuenta que es el que ha definido con mayor lucidez y en forma sencilla y concreta el paradigma capaz de articular la acción de las mayorías sin atraparlas en una doctrina.
En 1983, cuando me encontré por primera vez con Iván, estaba profundamente involucrado con movimientos campesinos e indígenas, que me habían liberado de mis ataduras ideológicas. Aprendí con ellos a asomarme a otro mundo, a ver a partir de las prácticas y luchas concretas. Sin embargo, no lograba articular de manera coherente mis nuevas experiencias. Olfateaba olores que no podía identificar. Veía sombras que no tomaban un perfil claro.
Rodolfo Stavenhagen me invitó un día a un seminario del Colegio de México, con un tema que parecía abstruso: "La construcción social de la energía". Lo introdujo un intelectual "verde" alemán, Wolfgang Sachs. Nos presentó una especie de radicalización epistemológica de las ideas que Illich había expresado en su libro Energía y equidad: cuando la energía -el concepto de los físicos- se convierte en palabra clave de los discursos políticos contribuye a la creación social de la escasez. Redefinida como fuente de "energía", la naturaleza se reduce a ser una reserva de recursos escasos. Ese día conocí a Iván. Tuve una larga conversación con él y durante los días siguientes me clavé en sus libros. Estaba fascinado. Descubría, página tras página, que articulaba de modo muy convincente mis experiencias con los campesinos y los indígenas y, mejor aún, lo que ellos estaban tratando de hacer.
Durante los siguientes años, cuando de alguna manera pude trabajar con Iván y tratar a su "familia" de amigos y colaboradores, encontré cada vez mayor correspondencia entre sus ideas y mi experiencia práctica inmediata. Y esto no pasaba en mi escritorio, entre libros, sino en mi contacto con la gente que forma mi mundo. Desde hace una década, me ocurre con frecuencia que cuando estoy de visita en un pueblo indio o un barrio urbano y baso muy claramente mi plática en ideas de Iván y en ejemplos tomados de sus escritos, se producen reacciones que me sorprenden siempre, aunque las haya visto mil veces. Algunos pescan inmediatamente el argumento, a pesar de la relativa dificultad de mi exposición, y lo reformulan en sus palabras para los demás, con lo que desatan una animada controversia. Y se produce así lo que he estado llamado el "efecto ajá". Todo pasa como si estas ideas les resultaran de alguna manera familiares, como si ya las hubieran visto en su propia experiencia, pero sin haberlo podido expresar o articular de manera clara. De pronto descubren cómo decir lo que ya saben y experimentan.
Siento, cada vez más, que cuando las ideas de Iván aparecen en mis charlas en pueblos y barrios tienen un efecto revelador casi alquímico. Sin embargo, para acotar la posibilidad de que este efecto de "conmoción" sea contagioso, quisiera volver a aquel giro olvidado de la historia política de nuestro país.
En 1935, Ramón Beteta defendió el proyecto cardenista con palabras que se me han quedado grabadas. Cito de memoria, casi literalmente: "Vistos los efectos de la última crisis del sistema capitalista -la del 1929- soñamos en un México de ejidos y pequeñas comunidades industriales, electrificado y con sanidad, en donde las máquinas y la tecnología sirvan para aliviar al hombre de los trabajos pesados y no para la llamada sobreproducción".
Pero he aquí el giro dramático. Once años después, este mismo personaje, Ramón Beteta, es el Secretario de Hacienda de Miguel Alemán y está impulsando la industrialización en el marco de un grandioso proyecto de desarrollo para México. El país había atado su carro a la locomotora de Truman. Este viaje hacia los mañanas que se cantan en el Tren del Desarrollo llegó a su punto culminante con López Portillo, el último presidente de la Revolución. México iba a ser una gran nación industrial y pronto tomaría su lugar entre las grandes potencias. "Administrar la abundancia" significaría acceder al fin al modo norteamericano de vida. O bien, como oí decir con cinismo a gente de clases medias y altas que estaba segura de que Salinas los llevaba al Primer Mundo: vivirían mejor que los norteamericanos, porque tendrían todo lo que ellos tienen... y además criadas, algo que sólo los muy ricos tienen en Estados Unidos.
El despertar de este sueño fue muy doloroso: nos había llevado al desastre, un desastre que atañe a la idea misma de desarrollo. Llegamos a principio de los años noventa en un momento en que cada vez más gente despierta del sueño al tiempo que se agudiza la catástrofe. Y ocurre lo increíble: todo un sector de la sociedad, el más creativo y capaz de elaborar proyectos nuevos, se reconoce en un planteamiento hecho por los pueblos indios. De pronto, un número creciente de mexicanos recobra su auto-percepción y la integra con un anhelo de autonomía y de poder propio. Hasta cierto punto, se continúa así el sueño realista de autonomía -de hacer las cosas con lo que tenemos y somos- que Beteta canjeó por la pesadilla del desarrollo industrial, mientras Tannenbaum trataba de presentarlo a los mexicanos en forma aceptable para ellos. En El México profundo, Guillermo Bonfil se había adelantado a esta profunda mutación cuando hablaba del conflicto entre dos méxicos: por un lado el México real, nutrido de tradiciones populares, que a pesar de su involucramiento en la vida moderna tiene aún una manera "india" de sentir y pensar; por otro lado, el México ficticio o "imaginario" de los que quieren ser lo que no son, se piensan como occidentales y asumen su pasado prehispánico como algo grandioso y heroico... pero enterrado. Bonfil previó el despertar del México profundo.
Este momento, cuando se juntan la percepción de las raíces propias y la búsqueda de un camino nuevo, es también el momento en que las ideas de Iván Illich pueden alentar una forma estrictamente actual de ver las cosas. Su invitación a recobrar la iniciativa y el poder propio nada tiene que ver con las formas falsas de recuperar el heroísmo de Cuauhtémoc y el esplendor de los aztecas de nuestros libros escolares. La visión de Illich es netamente contemporánea. No propone regresar al pasado, sino utilizar el pasado para limpiar nuestros ojos, para ver con claridad lo que pasa, aquí y ahora.

En este mismo momento, estoy tentado de hacerte un comentario aventado. Dices que cuando hablas en comunidades campesinas, indígenas o mestizas, o con grupos de "marginados" urbanos, las ideas de Iván, que tú presentas sin mencionar necesariamente a su autor, tienen un poder revelador que llamas el "efecto ajá." Cuando nos pasa a nosotros, decimos "me cayó el veinte": de repente, puedo decir lo que percibía sin encontrar palabras. La visión, como dices también, "se articula". Escuchándote, pensé en lo que podríamos llamar -y esto es lo aventado de mi comentario- "la mexicanidad negada de Iván Illich." Porque finalmente este hombre vive desde más de treinta años en México, donde suele refugiarse para escribir. Confronta constantemente lo que piensa y escribe con la realidad del pueblo en el cual vive. Creo que esta dimensión es muy importante. Iván Illich no es un intelectual abstracto que pasa su tiempo en universidades sino un hombre que pasa más o menos la mitad del año en el pueblo campesino de Ocotepec y que sabe ver. Él mismo ha reconocido que debe muchas de las intuiciones de El género vernáculo a sus vecinos y compadres de Ocotepec.
Sabe ver y sabe oír. Por mi parte, la primera vez que oí la palabra "vernáculo" y la palabra "convivial", no fue de boca de Iván, sino de campesinos o de tepiteños. Estas dos palabras tan básicas para entender a Illich hacen todavía parte del vocabulario de los pueblos. Y esto no es tan sorprendente como puede parecer ya que expresan, de una manera muy sustantiva y profunda, hechos de sentido común. Expresan nociones muy fundamentales del bien común. Lo bueno reside en lo propio, la buena vida es vida de alegrías y penas compartidas. El uso que Illich da a estas palabras prolonga el sentido común popular, por encima del sentido ambivalente que les dan los medios. Los medios, por ejemplo, usan la palabra "vernáculo" para ensalzar manipuladoramente lo "popular" y convertirlo en folklore barato. Organizan programas sobre la "canción vernácula", en que los cantantes consagrados entonan aires populares con acompañamiento artificial y modelos vestidas de chinas poblanas. Esto es condescendencia.
Sin embargo, las palabras "vernáculo" y "convivial" se mantuvieron en el lenguaje popular a pesar de las recuperaciones mediáticas y políticas. Para mucha gente del campo, siguen aludiendo a algo tan fundamental como su propio ser. Cuando Illich usa estas palabras, sabe que toca la experiencia viva de lo propio de los pueblos, de las mayorías sociales.

¿De donde le viene, según tú, esta capacidad?
G.E. De su sensibilidad para la mirada del otro apoyada en su sentido de la historia, de su lectura de la historia cambiante de las maneras de ver el mundo. Esto es lo que le permite mirar más allá de la "construcción moderna de la realidad", echar raíces en capas de experiencias más profundas... más limpias también, no contaminadas por las "certidumbres" habituales. Esto es uno de los secretos de su aptitud de sacar a la luz algo que teníamos muy profundo en nosotros y que a veces despreciábamos porque no era "de moda". De allí su capacidad de expresar claramente cosas que la gente no se atrevía a decir, aunque las pensaba y, a veces, las estaba haciendo. Cosas que no se podían decir porque iban en contra de la visión occidentalizada dominante, o simplemente de la del maestro de escuela.
Lo que sé de la historia personal de Iván me lleva a pensar que hay algo más profundo aún. Creo que la actualidad de su pensamiento brota en parte de su experiencia de juventud. Cuando llega a la adolescencia, siente con claridad que el mundo en el cual había crecido está desapareciendo. Se da cuenta de que el mundo tradicional está siendo barrido y lo que él hace es conservarlo en el fondo de sí mismo. Ya no lo puede tener afuera, ya no lo puede vivir: se está muriendo. Pero lo tiene y lo conserva interiormente, y lo cuida con esmero, en vez de barrerlo y matarlo como los demás. Y entonces, cuando él sustenta su pensamiento en este fondo arraigado en la tradición, aparece como una novedad. Su capacidad de ver las cosas en Puerto Rico, en Nueva York (con los portorriqueños) y luego en México, se nutre de lo que ha guardado cuidadosamente dentro de sí.
Iván Illich tiene dos aspectos, casi diría dos personalidades, que podrían parecer contradictorias. Fue por un lado un diplomático de alto vuelo, consejero personal de dos cardenales y como tal ha tenido una gran influencia sobre la política o mejor dicho la pastoral de la arquidiócesis de Nueva York hacia los inmigrados de Puerto Rico. Tiene una enorme capacidad de actuar en las cúspides del poder, a veces casi en forma manipuladora. Por otro lado, es capaz de hablar con pescadores, con campesinos, y de tocar su corazón, de establecer amistades fieles con gente de todas las procedencias. Parece que en su vida personal se hizo cada vez menos "político" y cada vez más amigo.
¿Piensas que esta "doble personalidad" o más simplemente, este doble talento, se refleja en sus escritos? ¿Cuales son sus obras que quisieras "olvidar" sobre el escritorio de un político para tratar de hacerle ver que tiene que cambiar algunos rumbos, y cuáles son las que te gustaría comentar con campesinos? En otras palabras, ¿cómo se articulan, en la obra de Illich, el proponer políticas en el más alto nivel y, por otro lado, el alentar iniciativas propias en lugares concretos?

Quisiera deslindar de tu pregunta el talento de Iván como gestor. Innegablemente, tiene un profundo conocimiento no solamente de las estructuras del poder sino de su lógica misma. El historiador en él ve cómo estas estructuras fueron construidas y el conocedor de la historia de la Iglesia ve de qué manera las instituciones eclesiales prefiguran muchas de las instituciones de la sociedad moderna. Eso le permite ver antes que nadie lo que va ocurrir, o mejor dicho, entender lo que está ocurriendo. Pero también conoce de primera mano la mentalidad de las estructuras del poder. Esto lo hace capaz de conseguir propósitos inmediatos, como sacar de la cárcel a Paulo Freire o a Francisco Juliaõ de apuros políticos. Su "conocimiento del terreno" le permite obtener de él lo que se puede conseguir en cada situación concreta. Yo diría que este doble aspecto de su personalidad al que te refieres se encuentra en todas sus obras. Refleja su peculiar manera de confrontarse con la realidad dominante y de saber moverse en el mundo.
Algunos lectores de Iván, hasta los más fascinados por su pensamiento, sienten que no tiene una buena teoría de la acción, que le falta una conexión con el mundo real. Parece que están pensando siempre en cambios totalizadores, bruscos, en una gran revolución, en un gran proyecto de sociedad que concibe una vanguardia iluminada o elitista. Los he oído decir que las tesis de Iván son sumamente atractivas, pero que se refieren a un mundo que no existe, un mundo extraterrestre; que sus ideas son bellas, pero desgraciadamente irrealizables. Creo que se equivocan. Este aspecto "político" de su personalidad que mencionabas revela, por el contrario, un gran realismo.
Veo aquí otro paralelismo con el realismo que aprendí de los campesinos. Durante muchos años, en mis luchas con los marginados, pertenecí a grupos de activistas que rechazaban toda concesión a las estructuras de poder. En uno de estos grupos, por ejemplo, teníamos prohibido hablar con el cacique del pueblo en donde trabajábamos. Nadie debía vernos con él. Y esta prohibición se extendía a todo contacto con las estructuras de poder a nivel local o nacional.
Lo que aprendí de los campesinos es la diplomacia. He aquí un ejemplo. En cierto pueblo de Guerrero se concluyeron unas obras en las que habíamos colaborado sin ningún apoyo oficial. Al llegar el día de la inauguración nos percatamos que los campesinos habían invitado a un funcionario del gobierno estatal. Y no sólo lo habían invitado sino que, a la hora de los reconocimientos, le agradecieron lo que había hecho por ellos. No había hecho absolutamente nada. Muchos de mis compañeros quedaron horrorizados por lo que percibieron como una traición. Por mi parte, tuve que reconocer que, en buena diplomacia, los campesinos tenían razón. Habían encontrado una forma de relacionarse con el poder que impedía que éste les dañara. Sin esta "cooptación" del representante del poder, hubieran sido tratados como grupos subversivos por reprimir. La suya era una forma de lidiar con las estructuras del poder opresor, es decir, de actuar en el mundo real.

Devolver al César lo que es del César...
Sí, particularmente el reconocimiento que buscan todas las estructuras de poder, que los llamados marginales utilizan de dos maneras: con la "cooptación" que mencioné, o con el desconocimiento, volteando a otro lado la mirada, como forma de desafío.
En los años noventa hay una oportunidad para los funcionarios que era simplemente inconcebible en los años 70 u 80. En este momento, en todo el mundo, los funcionarios bien informados saben que ningún gobierno será capaz de atender todas las demandas de la gente. Quizás el ejemplo más dramático de esta incapacidad estructural de los gobiernos sea la educación: ningún gobierno va a poder jamás satisfacer las demandas de educación que estimuló y que siguen alentando las campañas electorales. Como la crítica de Illich a la escuela contribuye a que personas en todo el mundo empiecen a pensar en alternativas prácticas a la educación, es decir, no en otras formas de educar, sino en otras maneras de aprender, reducen la presión sobre el gobierno para ampliar el sistema educativo. Los funcionarios enfrentan cotidianamente la necesidad de reducir las partidas dedicadas a la educación, pero como enfrentan inmensa oposición cada vez que intentan tomar las decisiones correspondientes lo tienen que hacer de trasmano. De hecho, no podrán llevar a la práctica esa reducción indispensable de los presupuestos educativos, mientras no se multipliquen otras posibilidades de aprender, como sugiere Illich.
Si yo quiero realmente aprender algo, no me dirijo a educadores profesionales sino a los que saben hacer lo que quiero aprender. Las capacidades de hacer no tienen por qué ser monopolizadas por profesionistas. Tener menos escuelas puede ser una maravillosa oportunidad: la de multiplicar otras formas de aprender. Hasta un Secretario de Educación puede entender esto. Si yo tuviera la oportunidad de "olvidar" un libro de Illich en el escritorio de uno de ellos, sería sin duda La sociedad desescolarizada. No abrigo ilusión alguna sobre la posibilidad de que admitiera, profundamente, las ideas de Iván, pero podría encontrar en ese libro razones convincentes para dejar de oponerse a las iniciativas de la gente para aprender, que tienden a reducir la presión social sobre el Gobierno, consecuencia de una demanda estructuralmente imposible de satisfacer. Basta que empiece a entender que es urgente buscar alternativas a la educación, para que se dé cuenta de que muchos grupos ya están transitando por este camino. Podría entonces apoyarlos, o por lo menos dejar de obstaculizar su acción.
Por otra parte, siento que en este momento las barreras que se oponían a que los intelectuales mexicanos leyeran a Illich se desvanecieron. Algunos se empiezan a dar cuenta de que el desarrollo es un camino sin salida y que la gente está buscando alternativas, ideas que nos permitan seguir viviendo en este planeta. Dentro de las pocas propuestas realistas destacan las de Iván Illich.
En los años 70, políticos e intelectuales concentraban su atención en la industria, la manufactura. Siguiendo obsesiones marxistas o liberales, la cuestión era avanzar en la producción de bienes agrícolas o industriales. Nadie trataba como algo fundamental la educación, la salud, los transportes -los temas de Iván-, salvo para hacer que esos "servicios" contribuyeran a la obra modernizadora, que se expresaba en industrialización y urbanización. Iván se anticipa a la evolución histórica y pone el dedo en la llaga del modo industrial de producción. La hegemonía norteamericana actual se explica sobre todo porque ha reducido su concentración en la manufactura o la agricultura, en la producción de bienes materiales. Esos renglones ya sólo ocupan entre el 10 y el 15 por ciento de toda su capacidad. Los rubros que examinó Iván son ahora los principales de las sociedades avanzadas. Hay 150 millones de norteamericanos dedicados al "sistema educativo". La "industria de la salud" absorbe actualmente el porcentaje del producto bruto que antes absorbió lo que llamábamos, desde la izquierda, "el complejo militar-industrial". Nuestros gobiernos se enorgullecen ahora de avanzar por el camino que sus modelos están abandonando.
Hoy existe el clima intelectual y político que puede reconocer que el cambio profundo de nuestra sociedad sólo es posible si logramos liberarnos de la carga de opresión que nos imponen la "educación" o la "salud". La división clasista propia de la sociedad económica es hoy más opresora y aguda cuando separa subeducados de educados o gente con o sin acceso a los servicios de salud que cuando separa según la propiedad de los medios de producción. Pero hoy podemos romper esa cadena no como un acto de apropiación violenta o pacífica de esos medios -los que proporcionan educación o salud- sino como un ejercicio de libertad creadora que hace inútiles o redundantes esos medios. Del mismo modo, no se trata simplemente de cambiar el régimen de propiedad de los medios de producción material, nacionalizándolos a la manera soviética. Ya sabemos lo que pasa por ese camino. Hace falta marginarlos o limitarlos, para recuperar nuestra capacidad de producir nuestra propia vida (si todavía podemos utilizar el término "producción" en este contexto), más allá del régimen de la escasez.

Gustavo, si encontraras a un amigo que nunca ha oído el nombre de Iván Illich y quisieras recomendarle un libro para empezar ¿cuál te parecería más adecuado?
La convivencialidad. Sigue siendo para mí el fundamental de sus libros. Recomendaría después La sociedad desescolarizada, Némesis médica y Energía y equidad. Complementaría esta lista con Las profesiones inhabilitantes y El trabajo sombra. Sólo daría El género vernáculo a personas que ya hubieran trabajado con estas ideas, porque no es un libro para principiantes.

¿Quieres añadir una última palabra?
Sí. Mi amigo Harry Cleaver reprocha a Illich que pone demasiado énfasis en la iniciativa personal y desatiende las cuestiones de organización. Pienso que se equivoca. Creo que hay que distinguir la persona, lo personal, del individuo y lo individual. In-dividuo quiere decir lo mismo que á-tomo. Es una palabra que se refiere a un ser aislado de todo contacto personal, sin relaciones concretas con los otros. Este individuo aislado es el sujeto de la economía moderna, el homo oeconomicus, preso de la homogeneización que genera estructuras verticales y corporativas. La persona, en cambio, no es sino un nudo de una red de relaciones concretas. Sólo existe en esa red y de ella surgen, naturalmente, proyectos organizados. Las iniciativas intensamente personales que hoy veo nacer en pueblos y barrios no vienen de intelectuales o individuos aislados. Son iniciativas orgánicas que nutren movimientos sociales y políticos construidos desde la base social. Rompen la tradición de armar las organizaciones desde arriba, colgándolas de una ideología o un aparato de poder. Así se está produciendo una mutación radical de la sociedad civil, que la hace directa e inmediatamente política y la capacita para las transformaciones que anticipó Iván.

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