Ixtus, México, Espíritu y cultura. Nº 28 año VII. Cuernavaca 2000, 106 págs.

Ideas

La transcripción aquí presentada se refiere a la edición 2000, se mantiene la referencia del número de página en la versión impresa para uso del lector (números en azul). También están señaladas con amarillo las palabras con futuros enlaces de hipertexto. (NDE)

 


 

 


 

EL CONCEPTO DE VESTIGIOS
IMÁGENES DE UN MUNDO PASADO
David B. Shwartz
Traducción Elba Ortega
Condensación Patricia Gutiérrez-Otero L.

 

David Shwartz encontró a Illich cuando el primero era director del Centro para el Desarrollo sobre Discapacidades en Pensilvania. Él tradujo en actividad práctica y en política pública algunos aspectos de las observaciones de Illich; actualmente presta sus servicios como psicoterapeuta. Descubrió que el hecho de que aun en esta era institucional las personas con discapacidad reciban hospitalidad es como una hendidura a través de la cual se pueden observar los indicios de la hospitalidad en la sociedad contemporánea. De la misma forma uno puede ver en nuestra sociedad institucionalizada muchos otros vestigios de la presencia aun actual del mundo vernáculo. Mucho de lo que aprendió de Illich, aparece en su libro ¿A quién le importa?

Redescubriendo la comunidad.

"Nunca he entendido cómo fue posible que las montañas estuvieran cubiertas de enredaderas cuando los cazadores, los comerciantes y los colonizadores las vieron por primera vez. ¿Cómo podía cada ensenada, cada claro, cada viejo campo y cada apertura llenarse de enredaderas y capullos en junio? Dicen que las flores eran tan abundantes que sus perfumes eran asfixiantes. Pero, lo más difícil de todo es comprender cómo desaparecieron esta profusión, este abundante lujo y lozanía de una manera tan total que ahora tenemos que buscar en muchos valles para encontrar espigas y retoños de enredaderas silvestres entrelazadas con abrojos, como una palabra de un lenguaje perdido que alguna vez floreció en cada lengua".
Robert Morgan

Otra vez no teníamos agua, así que empaqué los garrafones en el auto y fui a buscarla. Hace años, cuando vivíamos en la región del lago en el área rural de Nueva York, acostumbraba conducir por los caminos lodosos de la cordillera Héctor hacia Texas Hollow. Se trata de un gran valle escarpado, con colinas cubiertas por un bosque de viejos árboles. A algunas millas de ahí, se encontraba un tronco hueco de donde fluía una corriente de agua de manantial que iba a desembocar en una zanja. Cuando uno recogía el agua fría y cristalina que rodeaba las raíces de un viejo árbol, el estanque ayudaba a levantar los garrafones y a llenarlos con agua para la semana siguiente.
Había en ella algo mágico, corría día y noche, y estaba en mi memoria de niño y también en las de las generaciones anteriores a la mía. Cuándo en ese entonces, y sin duda también ahora, uno subía el sábado, podía encontrar una multitud de autos y de camionetas que llevaban sus garrafones. Mientras esperabas tu turno, platicabas con los vecinos de la fila: "El manantial está corriendo muy bien para ser un verano tan seco, ¿no?". "¿Ha escuchado que John Batterly vio un joven oso negro en la Colina Satterly?". Este fue el ritual que aprendí de niño, cuando los garrafones aún eran de vidrio. Yo escuchaba la conversación de los adultos que intercambiaban noticias locales, mientras hacía con mis zapatos pequeñas presas de piedra dentro de la zanja, y así aprendía, sin saberlo, lo que uno hace mientras espera en el manantial.
Ahora ya no vivo en el campo. Sólo voy ahí por cortos períodos en el año. Vivo en una ciudad en donde el agua que se capta en las colinas se lleva entubada hasta nuestros grifos. Aparentemente esta agua es buena, pero a las casas de la ciudad llega contaminada con plomo, cloro y otras cosas y ya no tiene buen sabor. Así que he tenido que cargar otra vez mis garrafones y manejar para obtener agua.
Pero, aquí, en Harrisburg, no hay manantiales, a menos que tomemos en cuenta las conexiones de agua que alimentan a las compañías de agua de manantial embotellada que luego abastecen a las tiendas de abarrotes o que se entregan directamente en las casas. Pero, como esto es demasiado caro para nosotros, la única fuente barata de agua potable que nos queda es el despachador de agua que funciona con monedas y que está frente al supermercado en un centro comercial. Lo instaló un hombre que estuvo en la Marina. Montó grandes plantas desionizadoras y de filtración tras las tiendas de abarrotes e instaló una tubería hasta un despachador de agua que funciona con monedas. Un letrero colocado encima de la ranura de las monedas, dice: "H2O para llevar". "Mejor que el agua de manantial".
A pesar de que uso este despachador, no pienso que lleno mis botellones con agua normal. La diferencia entre el agua y esta cosa "H2O" me quedó clara desde hace mucho gracias al libro de Illich El H2O y las aguas del olvido. Tomé conciencia de que mi actividad se reducía a lo siguiente: sacar una fórmula química de un tubo, en vez de sacar agua de manantial de un tronco con musgo. Es sólo una concesión más para vivir en el mundo moderno, diferente del mundo de mi niñez o del mundo que aun existe en Texas Hollow.
Parado en la fila, con el bolsillo repleto de monedas, entablé conversación con el tipo que me precedía. "El agua de las tuberías de la ciudad es terrible, ¿no?". También hablamos de los políticos de la ciudad: "¿realmente van a derribar el bloque de casas para construir otro estacionamiento?". Charlamos sobre varias cosas, hasta que le llegó su turno y luego el mío.
De pie sobre el asfalto del estacionamiento, miré lo que tenía a mi alrededor. Detrás de nosotros había un supermercado inmenso y, tras él, una cadena de tiendas en un centro comercial. Todo esto borraba el paisaje a lo largo de varios kilómetros para luego unirse con otros bloques de hospitales, de edificios, de restaurantes y de consultorios médicos. A orillas del lote, se arqueaba una carretera de seis carriles. La escena era desolada y no tenía el sentido de un lugar verdadero; era como cualquier otro lugar suburbano que encontramos en los Estados Unidos y, cada vez más, en todo el mundo. Yo podía estar en Florida, en Utah, en California o en Caracas de pie en el mismo estacionamiento, con las mismas tiendas, sacando agua del mismo despachador. ¿Nos encontrábamos en Harrisburg o, simplemente, estábamos en la misma realidad creada industrialmente que encuentro en la mayoría de los lugares a los que viajo?
Sin embargo, algo contrastó contra el ambiente uniforme y artificial en el que estaba: mi conversación con el hombre que me precedía mientras hacía la fila. Fue un intercambio amistoso, una corta conversación local que mi abuelo, Jay Beardslee, quién nació en una cabaña de madera no lejos de Texas Hollow, hubiera encontrado familiar y reconocible. A pesar de lo extraño del entorno, la costumbre de conversar mientras uno espera el turno para obtener agua, fue un hilo que me llevó no sólo a Texas Hollow, sino al Texas Hollow de mi infancia y al Texas Hollow de la infancia de mi abuelo cuando la gente usaba carretas y caballos, incluso me llevó a tiempos más remotos, cuando hace miles de años pueblos de toda la tierra buscaban agua en los pozos. A pesar de los cambios radicales en las formas del mundo, un pequeño acto no se había alterado, estaba ahí, y podíamos verlo.
Hubo un tiempo en que tales rituales cubrían el mundo. Cada uno de ellos era único en su lugar particular, pero era tan omnipresente como las enredaderas. Ahora tenemos que ver con un ojo penetrante este detalle de un pasado remoto que, en cierta forma, permanece como un vestigio en la modernidad, un "vestigio" de un poco de cultura humana, para usar una expresión de Illich. La percepción y el reconocimiento de lo que permanece pequeño y casi escondido, puede abrir la puerta para percibir nuestro propio tiempo en forma nueva y poderosa. Mientras permanecí en el estacionamiento cargando mis garrafones de plástico en la cajuela del coche, la diferencia entre nuestros modernos espacios y el hilo de una conversación apareció en un contraste más agudo y empecé a ver cada vez más en donde estaba realmente.

VIVIENDO UNA REALIDAD VIRTUAL
Según una antigua historia, si echas una rana en agua hirviendo, saltará inmediatamente hacia fuera, pero si pones una rana en una cacerola con agua fría y luego, lentamente, le vas subiendo el fuego hasta que hierve, la rana no notará el cambio y hervirá viva. Que esto sea verdad o no con respecto a las ranas, la moraleja de esta historia es que las condiciones pueden llegar a ser insoportables sin que uno lo note, siempre y cuando el cambio sea lento. El hombre y la mujer, a diferencia de otras criaturas, se adaptan extraordinariamente a los cambios. Esta adaptabilidad de los seres humanos ha representado una notable ventaja evolutiva, aunque puede resultar que la misma adaptabilidad los lleve más allá del límite de la supervivencia. En la vida cotidiana nos adaptamos al medio. Nos es fácil y placentero arrancar el coche y manejar hasta el lugar en el que nos surtimos de agua y, luego, tomar la carretera para regresar a casa con el aire acondicionado prendido y escuchando música. Pero, si vemos a nuestro alrededor de forma reflexiva buscando un sentido al pasado, puede ser estrujante ver como el mundo moderno se ha vuelto un lugar enajenado. ¿Este mundo podrá soportar la vida a largo plazo? Algunos empiezan a plantearse esta pregunta. ¿El mundo en el que la gente solía vivir, será reemplazado lentamente por algo tan diferente como lo puede ser el pasto artificial del natural? Illich afirma que este es el caso. Las formas actuales de vida están compuestas por una realidad virtual, a diferencia de las realidades vernáculas que existían antes de la modernidad; en vez de que uno esté rodeado por lo que crece culturalmente, uno está encerrado en una existencia planeada en forma institucional.
Illich sugiere que, si quieres, imagines una gran esfera translúcida. La gente vive en el centro de la esfera. Desde fuera, una serie de proyectores lanzan imágenes de la realidad hacia la esfera, cubriéndola. Si uno ve desde adentro, toma las escenas proyectadas como si fueran el mundo real. Los proyectores son las instituciones del mundo moderno productoras de realidad.
En el círculo interior hay sistemas educativos, médicos, sociales y otros que forman una realidad artificial (ersatz). Aunque son diferentes superficialmente, todos provienen de las mismas suposiciones o certidumbres acerca de la condición humana. Juntos crean un panorama profundamente convincente para los sentidos. Uno está expuesto a pseudoverdades tales como: La gente aprende sólo si le enseñan; la gente es responsable por algo que se llama "salud". Se llega a creer que la depresión es una enfermedad médica debida a la deficiencia de una sustancia química en el cerebro.
La esfera, sin embargo, no es aun perfecta en sus ilusiones. Aunque no muchas, algunas personas han empezado a ver que la esfera está llena de fallas. Y cuando uno localiza una de ellas, es fácil empezar a ver otras. A través de estas fallas, uno puede captar imágenes breves del mundo exterior, detecta remanentes vernáculos que brillan como estrellas en el cielo nocturno. Estos remanentes o vestigios pueden servir para orientarse como el brillo de las estrellas en el mar en una noche oscura. Cuando uno ve el mundo a través de estas fisuras, la esfera plástica que antes era tan invisible como una pantalla de cine, ahora comienza a ser percibida. La realidad virtual proyectada en ella, empieza repentinamente a perder solidez. Entre más escudriñas las fallas, menos persuasiva aparece lo que un día pareció ser la realidad.
Pensé en esto recientemente mientras hacía fila para abordar el avión en el aeropuerto de Heathrow. Desde que subimos al metro en Londres, lo único que vi fue una realidad virtual . Trenes, camiones, hoteles, salas de espera, pantallas de seguridad de rayos X, Burger Kings y pantallas de televisión, todo ello creado artificial e institucionalmente. Lo más extraordinario era que nadie parecía darse cuenta o quejarse de la incomodidad de estos espacios que eran tan obviamente diseñados y tan monótonos -incluso el aire era gris y olía a gasolina. La gente esperaba simplemente en la fila.
Estas escenas, ya sea el estacionamiento en Harrisburg o el aeropuerto en Londres, eran parecidas porque compartían características comunes. Antes uno viajaba por el mundo para ver formas variadas y características de vida, mientras que hoy uno encuentra una considerable uniformidad en las maneras de enfrentar la "enfermedad, el sufrimiento y la muerte", como dice Illich, que algunos llaman "cultura". ¿Qué sucedió con las culturas humanas que eran únicas incluso de un valle al otro en la misma región? En los términos de Robert Heilbroner, ya no tenemos una cultura, sólo nos queda una economía disfrazada de cultura.
En su trabajo, Illich se ha apoyado en las notables observaciones de Karl Polanyi sobre la forma en que la cultura se ha desplazado a causa del incremento de la importancia de una economía de mercado libre, que ahora rampa rápidamente como algo maligno. Esta forma de negociar, que antes era rara y limitada, ahora se ha extendido históricamente para cubrir la superficie de todo el globo, ahogando a las culturas vernáculas, de la misma manera en que las agroempresas, los estacionamientos y las praderas ahogaron a las enredaderas. Que una economía de mercado libre, con sus apoyos de sistemas profesionales y administrativos, se haya establecido a sí misma como la única realidad, se puede atribuir en parte al triunfo de la presentación de imágenes por encima de los parapetos que antes proporcionaba el sentido común.
Cuando visité la sombría y postindustrial ciudad de Manchester, sitió en el que surgió la revolución industrial, reflexioné sobre cómo los procesos que describen Polanyi e Illich, han transformado concienzudamente la superficie de un mundo que alguna vez fue silvestre y verde. Al leer la historia del metro escrita por Benson Bobrick, encontré algunos esbozos de explicación. Bobrick afirma que con este invento se puede trazar la temprana historia de esta transformación. De hecho, él cree que el metro influyó en su promoción. Él señala que en al inicio del tiempo de las minas, el mundo industrial oscuro y hecho por el hombre estaba confinado a los túneles bajo la superficie de la tierra. Aun en el área de las minas, la tierra en la superficie permanecía verde y agrícola sobre un mundo subterráneo. De repente, ese mundo de las regiones industriales más bajas salió a la superficie: lo trajeron los vagones carboníferos que fueron los primeros metros. Después, la tierra en torno a los pozos fue saqueada. Con el paso del tiempo, la gente ya no encontró extraño el hecho de correr rápidamente en la oscuridad bajo el Támesis al interior de un tubo, algo que poco tiempo antes no habría imaginado. Escuchemos a Bobrick: "ya que la vida de arriba llegó a parecerse a la de abajo, modelada según la mina, para la gente se volvió posible reconciliarse con vivir en el mundo subterráneo".
Al ver hacia atrás, vemos que se ha dado un cambio dramático en la percepción: ya no vemos una montaña como una maravilla majestuosa, sino como una riqueza potencial por su carbón y por su hierro; o ya no vemos la selva como un "bosque oscuro", sino como una gran cantidad de madera que podemos extraer. Bobrick me mostró por qué la sección del aeropuerto de Heathrow en la que yo esperaba, no tenía ventanas. Mientras me transporté en el metro desde el centro de Londres hasta la terminal aérea, nunca abandoné el escenario de la realidad virtual. Busqué un huequito por el cual poder vislumbrar brevemente el mundo exterior, pero fue en vano.

VESTIGIOS
De regreso en Harrisburg, recorrí mi vecindario prestando atención a la presencia de recuerdos de un mundo pasado. El sábado temprano, vamos al mercado de los granjeros que está calle abajo. El enorme espacio está lleno de puestos de granjeros y de vendedores de los distritos cercanos. Venden pan, flores u otros productos. En un mostrador, unas mujeres con gorros menonitas hacen "pretzels" ; del otro lado, otras mujeres venden galletas hechas en casa. Una familia vietnamita sirve platos humeantes de su famosa sopa. Dos mujeres griegas venden ensaladas, dátiles y aceite de oliva. Aunque alrededor de los edificios del mercado haya automóviles en lugar de caballos o de carretas, mi abuelo también habría reconocido esta escena. Lo que él reconocería inmediatamente, a pesar de que ahora los productos y la ropa que la gente usa sean muy diferentes a los de su época, es que las personas se reúnen los sábados en el centro del pueblo para vender sus productos y así poder vivir. De nuevo, ésta es una tradición que se remonta a los primeros tiempos de la historia en todo el mundo. No se trata de un negocio planeado como un supermercado, más bien es una organización basada en la actividad vernácula natural de un pueblo.
Mientras caminábamos del mercado a la casa, vi otras escenas llenas de tradiciones que se remontan al pasado. Hay cafés locales y comedores en donde la gente habitualmente se reúne para tomar café; también hay pequeñas tiendas de abarrotes atendidas por una sola persona. La gente se saluda mutuamente en la calle. Además, existen dos locales muy agradables: una tabaquería en donde las personas se sientan formando una rueda echando bocanadas del humo de los puros, y un salón de belleza al que vienen las señoras para que las maquillen y las arreglen.
Estos lugares singulares, lo sé gracias a Illich, pueden ser los vestigios más significativos. En lugares así vemos los restos de un tiempo en el que los hombres y las mujeres usaban herramientas diferentes de cada lado de la línea divisoria del género que era el alma característica de un mundo vernáculo. De esta manera, hombres y mujeres formaban una relación de "asimetría complementaria" que hoy ha casi desaparecido en la cultura occidental.
Muchas de estas actividades, a menudo demasiado pequeñas para ser vistas a través de un coche que pasa a toda velocidad, existen, es cierto, por lo menos parcialmente, en el mundo de la economía del mercado libre. Pero, a diferencia de los supermercados, de los centros comerciales y de los despachadores de H2O, estos lugares no fueron creados institucionalmente para obtener una ganancia. No funcionan como las proyecciones sobre una pantalla esférica, provocando la ilusión de realidad y creando una realidad virtual. Aquí hay un equilibrio. En palabras de Illich, son lugares en donde "la economía se queda afuera". Existen otras cosas que son tan importantes o más que el dinero: ciertas tradiciones culturales que provienen de la práctica de la actividad en sí misma. Cómo comentaba con los propietarios judíos de un café particularmente hospitalario y cómodo, su genio estriba en vivir de acuerdo con un comentario del Talmud: "En una ocasión Rabí Yitzchok de Vorki elogió la hospitalidad de un hostelero que siempre trataba a sus huéspedes con mucho respeto. Alguien le argumentó: 'Pero a los que se hospedan con él, les cobra'. 'Por supuesto que les cobra', replicó Rab Yitzchok, 'pero lo hace para poder continuar con esa admirable conducta. La calidez de su hospitalidad y el atento cuidado que ofrece son prueba de que siente amor por sus huéspedes. Si no les cobrara, no podría continuar ofreciendo hospitalidad'".
Así es cómo uno puede reconocer los vestigios del mundo vernáculo que persisten en las fisuras de la realidad virtual que se presenta a sí misma como el mundo moderno. Los motiva algo más que el lucro. Uno tiene que buscar cuidadosamente estos vestigios, pero entre más se agudice la vista para descubrirlos, más atraerán la atención.
Poner atención para ver estos vestigios, para detectar las riquezas de la tradición, nos ofrece tres regalos. Primero, enfocar fragmentos de realidad genuina nos permite fundar la percepción en algo verdadero. Bajo esta luz, empezamos a percibir la artificialidad de la realidad generada en forma institucional. Se vuelve posible reconocer el bien y el mal, la verdad y la falsedad, la belleza y la fealdad, en lugar de estar encarcelados por conceptos económicos relativos como lo es el "valor".
Segundo, buscar y tomar vestigios puede proporcionarnos un lugar para permanecer en el mundo moderno. Como las piedras en que apoyamos el pie para cruzar un arroyo, cada vestigio puede ofrecernos un punto para apoyarnos en la búsqueda para morar verdaderamente en un lugar.
Tercero, ver verdaderamente estos vestigios abre la posibilidad de alimentar y estimular el crecimiento de lo que vemos claramente como belleza. El mercado de los granjeros al que llegas caminando, es más hermoso que el supermercado al que vas en coche. Pedir a los vecinos que alimenten a tu gato cuando sales, es más hermoso que pagar un lugar en el que cuidan mascotas; la relación con tu vecino te permitirá la reciprocidad. Dar limosna al pordiosero, es más hermoso que dar una porción de tu salario a una asociación. Y el grupo de amigos que siguen a una viuda, a una hija, al rabí es una manera más adecuada de guardar luto por su trágica muerte, que una caravana de automóviles que sale de una funeraria profesional. También este triste viaje nos lleva a los orígenes de la comunidad humana.
La expansión de las tradiciones hospitalarias en la sociedad, es uno de mis intereses particulares. En este espíritu, algunos de nosotros iniciamos una tradición: en un café cercano, Anthony, un actor retirado, lee cada diciembre Un villancico de Navidad de Dickens, como un ritual comunitario. Sin embargo, Anthony sufrió una parálisis que lo confinó a una silla de ruedas en su departamento más bien inaccesible. Durante dos años salió muy poco a la calle. Necesitaba una rampa. Pero era algo complicado y no se hizo nada. Un trabajador social opinó que quizás Anthony pudiera meter una solicitud en varias agencias locales y de gobierno para pedir ayuda económica, con la aprobación del municipio y todo lo demás. Esta complicación me pareció espantosa.
Este año, cuando como de costumbre fui a bajar su silla de ruedas por las escaleras para llevarlo al café, llevé conmigo a un miembro del auditorio para que me ayudara. Bill era un administrador de alto nivel en el hospital pero cuando estuvo en la Universidad, trabajó como herrero. Imaginé que tenía un gran corazón y le atiné.
Cuando en casa de Anthony, Bill vio la estructura que lo mantenía prisionero, se horrorizó. Era un hombre de acción y actuó. Dos semanas después, apareció con una carga de madera y con tres amigos. Uno era contratista y los otros eran doctores en salas de emergencia. Los tres dedicaron el fin de semana a construir en la entrada una rampa amplia. Bill y los doctores pagaron la madera.
¿Por qué hicieron esto? Para mí esta pregunta apunta a lo mismo que los vestigios. Recuerdos de impulsos hospitalarios persisten en los corazones de la gente, aun en las personas que han pasado su vida trabajando dentro de sistemas de cuidado altamente burocráticos. Es un recuerdo de viejos impulsos hacia la ayuda mutua que yace dormido, pero que espera que lo despierten si uno percibe su existencia y está dispuesto a sorprenderse.

VESTIGIOS DE CUIDADOS EN LAS PROFESIONES LIBERALES
En los setenta, Illich utilizó el término "profesiones liberales" para indicar algunos tipos de práctica, como medicina y leyes, que tenían tradiciones propias. Es un término que ya no usa. Me parece que la razón de ello es que el doble mal del profesionalismo y de la economía de mercado libre ha ocultado estas tradiciones. John McKnight estaba en lo cierto cuando afirmó que las profesiones de asistencia escondían sus necesidades económicas de clientela tras la "máscara del amor". McKnight e Illich llamaron al libro que escribieron juntos "Profesiones incapacitantes". El título mismo cuenta la historia.
Utilizando el análisis de Illich me queda claro que lo que hoy se acepta como cuidado, educación o medicina, no está basado en el amor. Illich generalmente rechaza estas profesiones por estar hoy en día total y quizá irremediablemente corruptas. Pero pienso que su trabajo permite una cuestión adicional que puede estudiarse. ¿Su afirmación es universalmente verdadera o todavía podemos encontrar vestigios de maneras de enfrentar la enfermedad, el sufrimiento y la muerte al interior de las mismas profesiones? En otras palabras, en las secciones crecientes de la esfera poblada por los que se llaman a sí mismos profesionales, ¿se pueden encontrar hendiduras que revelen algo real?
Cuando estoy realmente enfermo, mi amiga Karen aparece en la puerta. Karen es una doctora que no ejerce en forma convencional, porque no soporta lo que se ha vuelto la medicina en la época de los cuidados administrados; ella se rehusa a acordar a sus pacientes una cita de diez minutos. Así, ella ejerce la medicina sólo por amistad. Al hacer esto, Karen no está en el mundo de la economía, sino en el mundo de la philia o amistad. Pero va todavía más lejos, pues Karen no es una amiga ordinaria, es un médico capacitado y talentoso. En el reino de la enfermedad y del bienestar, ella puede hacer por mí lo que mis otros amigos no pueden. Ella me aconseja qué debo hacer, a veces también me receta.
Karen estaría de acuerdo con mi primo hematólogo en que calcular lo que va mal con alguien se hace a partir de "90% de historia, 8% de examen y 2% de análisis". ¿De dónde procede la idea que comparten Karen y mi primo? Me ha quedado cada vez más claro que aún en la densa realidad virtual de la medicina moderna, en la que esta medida está invertida, hay gente que trata de ejercerla de otra forma, de una manera basada en una tradición anterior a los sistemas médicos modernos. Creo que lo que hacen mi primo, Karen y otros, comprende vestigios de una tradición más antigua de enfrentar la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
Cuando empecé a ver la primera de tantas fallas inesperadas en el campo médico, seguí viendo más. Cuando persistí en limpiar mi mirada, encontré más vestigios. Algunos profesionales como Karen, preservaron su forma tradicional de trabajo distanciándose del mundo de la economía. Pero Karen es extraordinaria, puede vivir en una tienda de campaña y ser feliz. Otros encontraron formas ingeniosas para lograr la cada vez más difícil tarea de mantener la economía a distancia, mientras luchan por encontrar un equilibrio entre las viejas tradiciones médicas y la economía moderna, como lo hacen aquellos trabajadores talmúdicos del café. Si leemos los múltiples códigos de conducta médica que han existido en las culturas occidentales desde el inicio de los tiempos, podemos identificar las tradiciones éticas específicas que estos profesionales mantienen vivas en este tiempo inverosímil.
Encontré que lo mismo era cierto en educación, en enfermería y en otras tradiciones profesionales. Existen incluso en mi propio y extraño campo de la psicoterapia. En un mundo en el que los profesionales de hoy reemplazan con diversas tecnologías las viejas formas de curar, el sufrimiento de los individuos se ha convertido en alimento para la "máscara del amor", pero sin curarlos. En el reino moderno de la psicoterapia, uno puede llegar rápidamente a la conclusión de que no existe una tradición profunda, poderosa y sensible para curar las heridas psíquicas que no responda a los bálsamos de la amistad, de la cultura general o al tratamiento psiquiátrico rápido.
Cuando hace algunos años, visité el consultorio polvoriento y lleno de antigüedades del doctor Carl Berger, un psiquiatra de Filadelfia, me sorprendió encontrar un mundo cuya existencia no sospechaba. Aquí no había diagnosis ni jerga psicoanalítica, ni rastros de los sistemas médicos y de seguros, sólo existía la más atenta escucha y la exploración. Desde una perspectiva psicoanalítica, examinábamos asiduamente cientos de sueños, miles de pequeños incidentes y cada cambio de la imagen que yo me formaba de éstos. Me tomó tiempo hacerlo, ¿no es cierto que estas cosas siempre toman tiempo?, pero finalmente alcanzamos la meta de la antigua filosofía helénica: la eudemonia o florecimiento humano. Además, llegamos a algo no previsto: descubrí en mí el don de la psicoterapia analítica. Comencé a ver pacientes, a menudo con grandes sufrimientos, como lo aprendí del Dr. Berger. Finalmente ellos también empezaron a florecer y su sufrimiento se detuvo.
Aunque reconocí las características de un vestigio en lo que el Dr. Berger hacía, fue mucho antes cuando descubrí la tradición de la que provino su trabajo y que a su vez él me pasó. En esta tradición, a diferencia de la que domina actualmente que considera que la mente es como una secreción del cerebro visto éste como un órgano, el gran vigor del yo que durante mucho tiempo fue oprimido es enorme. Esta tradición sostiene que la recuperación del propio yo se puede lograr solamente dentro de una relación, el encuentro que Martín Buber llama "yo-tú". La tecnología no cura, sólo cura el rostro del otro. ¿Esto es fundamentalmente philia? Puede no serlo exactamente, pero se acerca más a esta antigua práctica que al profesionalismo moderno.
Me parece que la búsqueda de vestigios de las tradiciones culturales dentro de las profesiones, es un área que abre nuevas investigaciones basadas en los fundamentos dados por Illich. Con la mirada puesta en la presencia de los vestigios, ahora es posible descender en el complejo y enredado mundo de las tradiciones que yacen tras los cuidados profesionales, la enseñanza y sus otros derivados. Algunos casos potenciales mostrarán que son falsos, pero entre ellos, se encontrarán ejemplos genuinos de lo que antes fue y cuyos méritos aun se preservan. Podemos sostenernos en estos vestigios para distinguir la belleza de la fealdad y la verdad de la falsedad. Como semillas bajo el pavimento del estacionamiento de un centro comercial, éstos también pueden brotar de los hoyos del cemento. Fragmentos de formas casi olvidadas que la gente aprendió para cuidarse mutuamente, podrían despertar el coraje para construir sobre los restos de un pasado distante.
Acá y allá, si uno los alimenta y los riega, pueden llevar al resurgimiento de tradiciones de cuidado verdaderas y profesionales, pero de una manera afín con nuestro tiempo. Aún no sabemos cómo podrían llamarse, habría que buscarles un nombre, si realmente tienen que llamarse de alguna manera.
Cuando el médico combate una plaga sin pensar en su propio bienestar, esto no lo hace por razón del profesionalismo que piden los sistemas modernos de salud. Como prescriben los códigos antiguos de las éticas médicas, el médico no existe para cuidarse a sí mismo, debe más bien procurar el bienestar del enfermo. Esta no es la ideología médica de los cuidados administrados, sino un vestigio de algo casi pero no totalmente perdido en el mundo moderno. Dispersos quedan vestigios de estas tradiciones, siempre y cuando queramos verlos.
¿Los vestigios de un cuidado genuino en las profesiones de ayuda son exactamente "amistad"? No lo creo. Pero hay algo en la compasión, en el desinterés del que sana, del maestro y de otros profesionales que toman en cuenta la philia, que ha sido primordial en la vida y en el trabajo de Illich. Si mi consejero analítico está disponible personalmente día y noche, si al seguir sus huellas, mi propio teléfono clínico suena por las noches en mi cocina, esto se debe a que tales prácticas son vestigios de una relación ejemplar entre "yo y tú" que se remonta a miles de años.
En varios lugares, estas acciones perduran incluso en esta época de sistemas densos. Desarrollar la atención para ver estos vestigios y mantenerlos vivos en una época tóxica, son tal vez las tareas más importantes del presente.

Índice