EL CONCEPTO DE VESTIGIOS
IMÁGENES DE UN MUNDO PASADO
David B. Shwartz
Traducción Elba Ortega
Condensación Patricia Gutiérrez-Otero L.
David Shwartz encontró a Illich
cuando el primero era director del Centro para el Desarrollo
sobre Discapacidades en Pensilvania. Él tradujo en actividad
práctica y en política pública algunos aspectos
de las observaciones de Illich; actualmente presta sus servicios
como psicoterapeuta. Descubrió que el hecho de que aun
en esta era institucional las personas con discapacidad reciban
hospitalidad es como una hendidura a través de la cual
se pueden observar los indicios de la hospitalidad en la sociedad
contemporánea. De la misma forma uno puede ver en nuestra
sociedad institucionalizada muchos otros vestigios de la presencia
aun actual del mundo vernáculo. Mucho de lo que aprendió
de Illich, aparece en su libro
¿A quién le importa?
Redescubriendo la comunidad.
"Nunca he entendido cómo
fue posible que las montañas estuvieran cubiertas de enredaderas
cuando los cazadores, los comerciantes y los colonizadores las
vieron por primera vez. ¿Cómo podía cada
ensenada, cada claro, cada viejo campo y cada apertura llenarse
de enredaderas y capullos en junio? Dicen que las flores eran
tan abundantes que sus perfumes eran asfixiantes. Pero, lo más
difícil de todo es comprender cómo desaparecieron
esta profusión, este abundante lujo y lozanía de
una manera tan total que ahora tenemos que buscar en muchos valles
para encontrar espigas y retoños de enredaderas silvestres
entrelazadas con abrojos, como una palabra de un lenguaje perdido
que alguna vez floreció en cada lengua".
Robert Morgan
Otra vez no teníamos agua,
así que empaqué los garrafones en el auto y fui
a buscarla. Hace años, cuando vivíamos en la región
del lago en el área rural de Nueva York, acostumbraba
conducir por los caminos lodosos de la cordillera Héctor
hacia Texas Hollow. Se trata de un gran valle escarpado, con
colinas cubiertas por un bosque de viejos árboles. A algunas
millas de ahí, se encontraba un tronco hueco de donde
fluía una corriente de agua de manantial que iba a desembocar
en una zanja. Cuando uno recogía el agua fría y
cristalina que rodeaba las raíces de un viejo árbol,
el estanque ayudaba a levantar los garrafones y a llenarlos con
agua para la semana siguiente.
Había en ella algo mágico, corría día
y noche, y estaba en mi memoria de niño y también
en las de las generaciones anteriores a la mía. Cuándo
en ese entonces, y sin duda también ahora, uno subía
el sábado, podía encontrar una multitud de autos
y de camionetas que llevaban sus garrafones. Mientras esperabas
tu turno, platicabas con los vecinos de la fila: "El manantial
está corriendo muy bien para ser un verano tan seco, ¿no?".
"¿Ha escuchado que John Batterly vio un joven oso
negro en la Colina Satterly?". Este fue el ritual que aprendí
de niño, cuando los garrafones aún eran de vidrio.
Yo escuchaba la conversación de los adultos que intercambiaban
noticias locales, mientras hacía con mis zapatos pequeñas
presas de piedra dentro de la zanja, y así aprendía,
sin saberlo, lo que uno hace mientras espera en el manantial.
Ahora ya no vivo en el campo. Sólo voy ahí por
cortos períodos en el año. Vivo en una ciudad en
donde el agua que se capta en las colinas se lleva entubada hasta
nuestros grifos. Aparentemente esta agua es buena, pero a las
casas de la ciudad llega contaminada con plomo, cloro y otras
cosas y ya no tiene buen sabor. Así que he tenido que
cargar otra vez mis garrafones y manejar para obtener agua.
Pero, aquí, en Harrisburg, no hay manantiales, a menos
que tomemos en cuenta las conexiones de agua que alimentan a
las compañías de agua de manantial embotellada
que luego abastecen a las tiendas de abarrotes o que se entregan
directamente en las casas. Pero, como esto es demasiado caro
para nosotros, la única fuente barata de agua potable
que nos queda es el despachador de agua que funciona con monedas
y que está frente al supermercado en un centro comercial.
Lo instaló un hombre que estuvo en la Marina. Montó
grandes plantas desionizadoras y de filtración tras las
tiendas de abarrotes e instaló una tubería hasta
un despachador de agua que funciona con monedas. Un letrero colocado
encima de la ranura de las monedas, dice: "H2O para llevar".
"Mejor que el agua de manantial".
A pesar de que uso este despachador, no pienso que lleno mis
botellones con agua normal. La diferencia entre el agua y esta
cosa "H2O" me quedó clara desde hace mucho gracias
al libro de Illich El H2O y las aguas del olvido. Tomé
conciencia de que mi actividad se reducía a lo siguiente:
sacar una fórmula química de un tubo, en vez de
sacar agua de manantial de un tronco con musgo. Es sólo
una concesión más para vivir en el mundo moderno,
diferente del mundo de mi niñez o del mundo que aun existe
en Texas Hollow.
Parado en la fila, con el bolsillo repleto de monedas, entablé
conversación con el tipo que me precedía. "El
agua de las tuberías de la ciudad es terrible, ¿no?".
También hablamos de los políticos de la ciudad:
"¿realmente van a derribar el bloque de casas para
construir otro estacionamiento?". Charlamos sobre varias
cosas, hasta que le llegó su turno y luego el mío.
De pie sobre el asfalto del estacionamiento, miré lo que
tenía a mi alrededor. Detrás de nosotros había
un supermercado inmenso y, tras él, una cadena de tiendas
en un centro comercial. Todo esto borraba el paisaje a lo largo
de varios kilómetros para luego unirse con otros bloques
de hospitales, de edificios, de restaurantes y de consultorios
médicos. A orillas del lote, se arqueaba una carretera
de seis carriles. La escena era desolada y no tenía el
sentido de un lugar verdadero; era como cualquier otro lugar
suburbano que encontramos en los Estados Unidos y, cada vez más,
en todo el mundo. Yo podía estar en Florida, en Utah,
en California o en Caracas de pie en el mismo estacionamiento,
con las mismas tiendas, sacando agua del mismo despachador. ¿Nos
encontrábamos en Harrisburg o, simplemente, estábamos
en la misma realidad creada industrialmente que encuentro en
la mayoría de los lugares a los que viajo?
Sin embargo, algo contrastó contra el ambiente uniforme
y artificial en el que estaba: mi conversación con el
hombre que me precedía mientras hacía la fila.
Fue un intercambio amistoso, una corta conversación local
que mi abuelo, Jay Beardslee, quién nació en una
cabaña de madera no lejos de Texas Hollow, hubiera encontrado
familiar y reconocible. A pesar de lo extraño del entorno,
la costumbre de conversar mientras uno espera el turno para obtener
agua, fue un hilo que me llevó no sólo a Texas
Hollow, sino al Texas Hollow de mi infancia y al Texas Hollow
de la infancia de mi abuelo cuando la gente usaba carretas y
caballos, incluso me llevó a tiempos más remotos,
cuando hace miles de años pueblos de toda la tierra buscaban
agua en los pozos. A pesar de los cambios radicales en las formas
del mundo, un pequeño acto no se había alterado,
estaba ahí, y podíamos verlo.
Hubo un tiempo en que tales rituales cubrían el mundo.
Cada uno de ellos era único en su lugar particular, pero
era tan omnipresente como las enredaderas. Ahora tenemos que
ver con un ojo penetrante este detalle de un pasado remoto que,
en cierta forma, permanece como un vestigio en la modernidad,
un "vestigio" de un poco de cultura humana, para usar
una expresión de Illich. La percepción y el reconocimiento
de lo que permanece pequeño y casi escondido, puede abrir
la puerta para percibir nuestro propio tiempo en forma nueva
y poderosa. Mientras permanecí en el estacionamiento cargando
mis garrafones de plástico en la cajuela del coche, la
diferencia entre nuestros modernos espacios y el hilo de una
conversación apareció en un contraste más
agudo y empecé a ver cada vez más en donde estaba
realmente.
VIVIENDO UNA REALIDAD VIRTUAL
Según una antigua historia, si echas una rana en agua
hirviendo, saltará inmediatamente hacia fuera, pero si
pones una rana en una cacerola con agua fría y luego,
lentamente, le vas subiendo el fuego hasta que hierve, la rana
no notará el cambio y hervirá viva. Que esto sea
verdad o no con respecto a las ranas, la moraleja de esta historia
es que las condiciones pueden llegar a ser insoportables sin
que uno lo note, siempre y cuando el cambio sea lento. El hombre
y la mujer, a diferencia de otras criaturas, se adaptan extraordinariamente
a los cambios. Esta adaptabilidad de los seres humanos ha representado
una notable ventaja evolutiva, aunque puede resultar que la misma
adaptabilidad los lleve más allá del límite
de la supervivencia. En la vida cotidiana nos adaptamos al medio.
Nos es fácil y placentero arrancar el coche y manejar
hasta el lugar en el que nos surtimos de agua y, luego, tomar
la carretera para regresar a casa con el aire acondicionado prendido
y escuchando música. Pero, si vemos a nuestro alrededor
de forma reflexiva buscando un sentido al pasado, puede ser estrujante
ver como el mundo moderno se ha vuelto un lugar enajenado. ¿Este
mundo podrá soportar la vida a largo plazo? Algunos empiezan
a plantearse esta pregunta. ¿El mundo en el que la gente
solía vivir, será reemplazado lentamente por algo
tan diferente como lo puede ser el pasto artificial del natural?
Illich afirma que este es el caso. Las formas actuales de vida
están compuestas por una realidad virtual, a diferencia
de las realidades vernáculas que existían antes
de la modernidad; en vez de que uno esté rodeado por lo
que crece culturalmente, uno está encerrado en una existencia
planeada en forma institucional.
Illich sugiere que, si quieres, imagines una gran esfera translúcida.
La gente vive en el centro de la esfera. Desde fuera, una serie
de proyectores lanzan imágenes de la realidad hacia la
esfera, cubriéndola. Si uno ve desde adentro, toma las
escenas proyectadas como si fueran el mundo real. Los proyectores
son las instituciones del mundo moderno productoras de realidad.
En el círculo interior hay sistemas educativos, médicos,
sociales y otros que forman una realidad artificial (ersatz).
Aunque son diferentes superficialmente, todos provienen de las
mismas suposiciones o certidumbres acerca de la condición
humana. Juntos crean un panorama profundamente convincente para
los sentidos. Uno está expuesto a pseudoverdades tales
como: La gente aprende sólo si le enseñan; la gente
es responsable por algo que se llama "salud". Se llega
a creer que la depresión es una enfermedad médica
debida a la deficiencia de una sustancia química en el
cerebro.
La esfera, sin embargo, no es aun perfecta en sus ilusiones.
Aunque no muchas, algunas personas han empezado a ver que la
esfera está llena de fallas. Y cuando uno localiza una
de ellas, es fácil empezar a ver otras. A través
de estas fallas, uno puede captar imágenes breves del
mundo exterior, detecta remanentes vernáculos que brillan
como estrellas en el cielo nocturno. Estos remanentes o vestigios
pueden servir para orientarse como el brillo de las estrellas
en el mar en una noche oscura. Cuando uno ve el mundo a través
de estas fisuras, la esfera plástica que antes era tan
invisible como una pantalla de cine, ahora comienza a ser percibida.
La realidad virtual proyectada en ella, empieza repentinamente
a perder solidez. Entre más escudriñas las fallas,
menos persuasiva aparece lo que un día pareció
ser la realidad.
Pensé en esto recientemente mientras hacía fila
para abordar el avión en el aeropuerto de Heathrow. Desde
que subimos al metro en Londres, lo único que vi fue una
realidad virtual . Trenes, camiones, hoteles, salas de espera,
pantallas de seguridad de rayos X, Burger Kings y pantallas
de televisión, todo ello creado artificial e institucionalmente.
Lo más extraordinario era que nadie parecía darse
cuenta o quejarse de la incomodidad de estos espacios que eran
tan obviamente diseñados y tan monótonos -incluso
el aire era gris y olía a gasolina. La gente esperaba
simplemente en la fila.
Estas escenas, ya sea el estacionamiento en Harrisburg o el aeropuerto
en Londres, eran parecidas porque compartían características
comunes. Antes uno viajaba por el mundo para ver formas variadas
y características de vida, mientras que hoy uno encuentra
una considerable uniformidad en las maneras de enfrentar la "enfermedad,
el sufrimiento y la muerte", como dice Illich, que algunos
llaman "cultura". ¿Qué sucedió
con las culturas humanas que eran únicas incluso de un
valle al otro en la misma región? En los términos
de Robert Heilbroner, ya no tenemos una cultura, sólo
nos queda una economía disfrazada de cultura.
En su trabajo, Illich se ha apoyado en las notables observaciones
de Karl Polanyi sobre la forma en que la cultura se ha desplazado
a causa del incremento de la importancia de una economía
de mercado libre, que ahora rampa rápidamente como algo
maligno. Esta forma de negociar, que antes era rara y limitada,
ahora se ha extendido históricamente para cubrir la superficie
de todo el globo, ahogando a las culturas vernáculas,
de la misma manera en que las agroempresas, los estacionamientos
y las praderas ahogaron a las enredaderas. Que una economía
de mercado libre, con sus apoyos de sistemas profesionales y
administrativos, se haya establecido a sí misma como la
única realidad, se puede atribuir en parte al triunfo
de la presentación de imágenes por encima de los
parapetos que antes proporcionaba el sentido común.
Cuando visité la sombría y postindustrial ciudad
de Manchester, sitió en el que surgió la revolución
industrial, reflexioné sobre cómo los procesos
que describen Polanyi e Illich, han transformado concienzudamente
la superficie de un mundo que alguna vez fue silvestre y verde.
Al leer la historia del metro escrita por Benson Bobrick, encontré
algunos esbozos de explicación. Bobrick afirma que con
este invento se puede trazar la temprana historia de esta transformación.
De hecho, él cree que el metro influyó en su promoción.
Él señala que en al inicio del tiempo de las minas,
el mundo industrial oscuro y hecho por el hombre estaba confinado
a los túneles bajo la superficie de la tierra. Aun en
el área de las minas, la tierra en la superficie permanecía
verde y agrícola sobre un mundo subterráneo. De
repente, ese mundo de las regiones industriales más bajas
salió a la superficie: lo trajeron los vagones carboníferos
que fueron los primeros metros. Después, la tierra en
torno a los pozos fue saqueada. Con el paso del tiempo, la gente
ya no encontró extraño el hecho de correr rápidamente
en la oscuridad bajo el Támesis al interior de un tubo,
algo que poco tiempo antes no habría imaginado. Escuchemos
a Bobrick: "ya que la vida de arriba llegó a parecerse
a la de abajo, modelada según la mina, para la gente se
volvió posible reconciliarse con vivir en el mundo subterráneo".
Al ver hacia atrás, vemos que se ha dado un cambio dramático
en la percepción: ya no vemos una montaña como
una maravilla majestuosa, sino como una riqueza potencial por
su carbón y por su hierro; o ya no vemos la selva como
un "bosque oscuro", sino como una gran cantidad de
madera que podemos extraer. Bobrick me mostró por qué
la sección del aeropuerto de Heathrow en la que yo esperaba,
no tenía ventanas. Mientras me transporté en el
metro desde el centro de Londres hasta la terminal aérea,
nunca abandoné el escenario de la realidad virtual. Busqué
un huequito por el cual poder vislumbrar brevemente el mundo
exterior, pero fue en vano.
VESTIGIOS
De regreso en Harrisburg, recorrí mi vecindario prestando
atención a la presencia de recuerdos de un mundo pasado.
El sábado temprano, vamos al mercado de los granjeros
que está calle abajo. El enorme espacio está lleno
de puestos de granjeros y de vendedores de los distritos cercanos.
Venden pan, flores u otros productos. En un mostrador, unas mujeres
con gorros menonitas hacen "pretzels" ; del
otro lado, otras mujeres venden galletas hechas en casa. Una
familia vietnamita sirve platos humeantes de su famosa sopa.
Dos mujeres griegas venden ensaladas, dátiles y aceite
de oliva. Aunque alrededor de los edificios del mercado haya
automóviles en lugar de caballos o de carretas, mi abuelo
también habría reconocido esta escena. Lo que él
reconocería inmediatamente, a pesar de que ahora los productos
y la ropa que la gente usa sean muy diferentes a los de su época,
es que las personas se reúnen los sábados en el
centro del pueblo para vender sus productos y así poder
vivir. De nuevo, ésta es una tradición que se remonta
a los primeros tiempos de la historia en todo el mundo. No se
trata de un negocio planeado como un supermercado, más
bien es una organización basada en la actividad vernácula
natural de un pueblo.
Mientras caminábamos del mercado a la casa, vi otras escenas
llenas de tradiciones que se remontan al pasado. Hay cafés
locales y comedores en donde la gente habitualmente se reúne
para tomar café; también hay pequeñas tiendas
de abarrotes atendidas por una sola persona. La gente se saluda
mutuamente en la calle. Además, existen dos locales muy
agradables: una tabaquería en donde las personas se sientan
formando una rueda echando bocanadas del humo de los puros, y
un salón de belleza al que vienen las señoras para
que las maquillen y las arreglen.
Estos lugares singulares, lo sé gracias a Illich, pueden
ser los vestigios más significativos. En lugares así
vemos los restos de un tiempo en el que los hombres y las mujeres
usaban herramientas diferentes de cada lado de la línea
divisoria del género que era el alma característica
de un mundo vernáculo. De esta manera, hombres y mujeres
formaban una relación de "asimetría complementaria"
que hoy ha casi desaparecido en la cultura occidental.
Muchas de estas actividades, a menudo demasiado pequeñas
para ser vistas a través de un coche que pasa a toda velocidad,
existen, es cierto, por lo menos parcialmente, en el mundo de
la economía del mercado libre. Pero, a diferencia de los
supermercados, de los centros comerciales y de los despachadores
de H2O, estos lugares no fueron creados institucionalmente para
obtener una ganancia. No funcionan como las proyecciones sobre
una pantalla esférica, provocando la ilusión de
realidad y creando una realidad virtual. Aquí hay un equilibrio.
En palabras de Illich, son lugares en donde "la economía
se queda afuera". Existen otras cosas que son tan importantes
o más que el dinero: ciertas tradiciones culturales que
provienen de la práctica de la actividad en sí
misma. Cómo comentaba con los propietarios judíos
de un café particularmente hospitalario y cómodo,
su genio estriba en vivir de acuerdo con un comentario del Talmud:
"En una ocasión Rabí Yitzchok de Vorki elogió
la hospitalidad de un hostelero que siempre trataba a sus huéspedes
con mucho respeto. Alguien le argumentó: 'Pero a los que
se hospedan con él, les cobra'. 'Por supuesto que les
cobra', replicó Rab Yitzchok, 'pero lo hace para poder
continuar con esa admirable conducta. La calidez de su hospitalidad
y el atento cuidado que ofrece son prueba de que siente amor
por sus huéspedes. Si no les cobrara, no podría
continuar ofreciendo hospitalidad'".
Así es cómo uno puede reconocer los vestigios del
mundo vernáculo que persisten en las fisuras de la realidad
virtual que se presenta a sí misma como el mundo moderno.
Los motiva algo más que el lucro. Uno tiene que buscar
cuidadosamente estos vestigios, pero entre más se agudice
la vista para descubrirlos, más atraerán la atención.
Poner atención para ver estos vestigios, para detectar
las riquezas de la tradición, nos ofrece tres regalos.
Primero, enfocar fragmentos de realidad genuina nos permite fundar
la percepción en algo verdadero. Bajo esta luz, empezamos
a percibir la artificialidad de la realidad generada en forma
institucional. Se vuelve posible reconocer el bien y el mal,
la verdad y la falsedad, la belleza y la fealdad, en lugar de
estar encarcelados por conceptos económicos relativos
como lo es el "valor".
Segundo, buscar y tomar vestigios puede proporcionarnos un lugar
para permanecer en el mundo moderno. Como las piedras en que
apoyamos el pie para cruzar un arroyo, cada vestigio puede ofrecernos
un punto para apoyarnos en la búsqueda para morar verdaderamente
en un lugar.
Tercero, ver verdaderamente estos vestigios abre la posibilidad
de alimentar y estimular el crecimiento de lo que vemos claramente
como belleza. El mercado de los granjeros al que llegas caminando,
es más hermoso que el supermercado al que vas en coche.
Pedir a los vecinos que alimenten a tu gato cuando sales, es
más hermoso que pagar un lugar en el que cuidan mascotas;
la relación con tu vecino te permitirá la reciprocidad.
Dar limosna al pordiosero, es más hermoso que dar una
porción de tu salario a una asociación. Y el grupo
de amigos que siguen a una viuda, a una hija, al rabí
es una manera más adecuada de guardar luto por su trágica
muerte, que una caravana de automóviles que sale de una
funeraria profesional. También este triste viaje nos lleva
a los orígenes de la comunidad humana.
La expansión de las tradiciones hospitalarias en la sociedad,
es uno de mis intereses particulares. En este espíritu,
algunos de nosotros iniciamos una tradición: en un café
cercano, Anthony, un actor retirado, lee cada diciembre Un
villancico de Navidad de Dickens, como un ritual comunitario.
Sin embargo, Anthony sufrió una parálisis que lo
confinó a una silla de ruedas en su departamento más
bien inaccesible. Durante dos años salió muy poco
a la calle. Necesitaba una rampa. Pero era algo complicado y
no se hizo nada. Un trabajador social opinó que quizás
Anthony pudiera meter una solicitud en varias agencias locales
y de gobierno para pedir ayuda económica, con la aprobación
del municipio y todo lo demás. Esta complicación
me pareció espantosa.
Este año, cuando como de costumbre fui a bajar su silla
de ruedas por las escaleras para llevarlo al café, llevé
conmigo a un miembro del auditorio para que me ayudara. Bill
era un administrador de alto nivel en el hospital pero cuando
estuvo en la Universidad, trabajó como herrero. Imaginé
que tenía un gran corazón y le atiné.
Cuando en casa de Anthony, Bill vio la estructura que lo mantenía
prisionero, se horrorizó. Era un hombre de acción
y actuó. Dos semanas después, apareció con
una carga de madera y con tres amigos. Uno era contratista y
los otros eran doctores en salas de emergencia. Los tres dedicaron
el fin de semana a construir en la entrada una rampa amplia.
Bill y los doctores pagaron la madera.
¿Por qué hicieron esto? Para mí esta pregunta
apunta a lo mismo que los vestigios. Recuerdos de impulsos hospitalarios
persisten en los corazones de la gente, aun en las personas que
han pasado su vida trabajando dentro de sistemas de cuidado altamente
burocráticos. Es un recuerdo de viejos impulsos hacia
la ayuda mutua que yace dormido, pero que espera que lo despierten
si uno percibe su existencia y está dispuesto a sorprenderse.
VESTIGIOS DE CUIDADOS EN LAS
PROFESIONES LIBERALES
En los setenta, Illich utilizó el término "profesiones
liberales" para indicar algunos tipos de práctica,
como medicina y leyes, que tenían tradiciones propias.
Es un término que ya no usa. Me parece que la razón
de ello es que el doble mal del profesionalismo y de la economía
de mercado libre ha ocultado estas tradiciones. John McKnight
estaba en lo cierto cuando afirmó que las profesiones
de asistencia escondían sus necesidades económicas
de clientela tras la "máscara del amor". McKnight
e Illich llamaron al libro que escribieron juntos "Profesiones
incapacitantes". El título mismo cuenta la historia.
Utilizando el análisis de Illich me queda claro que lo
que hoy se acepta como cuidado, educación o medicina,
no está basado en el amor. Illich generalmente rechaza
estas profesiones por estar hoy en día total y quizá
irremediablemente corruptas. Pero pienso que su trabajo permite
una cuestión adicional que puede estudiarse. ¿Su
afirmación es universalmente verdadera o todavía
podemos encontrar vestigios de maneras de enfrentar la enfermedad,
el sufrimiento y la muerte al interior de las mismas profesiones?
En otras palabras, en las secciones crecientes de la esfera poblada
por los que se llaman a sí mismos profesionales, ¿se
pueden encontrar hendiduras que revelen algo real?
Cuando estoy realmente enfermo, mi amiga Karen aparece en la
puerta. Karen es una doctora que no ejerce en forma convencional,
porque no soporta lo que se ha vuelto la medicina en la época
de los cuidados administrados; ella se rehusa a acordar a sus
pacientes una cita de diez minutos. Así, ella ejerce la
medicina sólo por amistad. Al hacer esto, Karen no está
en el mundo de la economía, sino en el mundo de la philia
o amistad. Pero va todavía más lejos, pues Karen
no es una amiga ordinaria, es un médico capacitado y talentoso.
En el reino de la enfermedad y del bienestar, ella puede hacer
por mí lo que mis otros amigos no pueden. Ella me aconseja
qué debo hacer, a veces también me receta.
Karen estaría de acuerdo con mi primo hematólogo
en que calcular lo que va mal con alguien se hace a partir de
"90% de historia, 8% de examen y 2% de análisis".
¿De dónde procede la idea que comparten Karen y
mi primo? Me ha quedado cada vez más claro que aún
en la densa realidad virtual de la medicina moderna, en la que
esta medida está invertida, hay gente que trata de ejercerla
de otra forma, de una manera basada en una tradición anterior
a los sistemas médicos modernos. Creo que lo que hacen
mi primo, Karen y otros, comprende vestigios de una tradición
más antigua de enfrentar la enfermedad, el sufrimiento
y la muerte.
Cuando empecé a ver la primera de tantas fallas inesperadas
en el campo médico, seguí viendo más. Cuando
persistí en limpiar mi mirada, encontré más
vestigios. Algunos profesionales como Karen, preservaron su forma
tradicional de trabajo distanciándose del mundo de la
economía. Pero Karen es extraordinaria, puede vivir en
una tienda de campaña y ser feliz. Otros encontraron formas
ingeniosas para lograr la cada vez más difícil
tarea de mantener la economía a distancia, mientras luchan
por encontrar un equilibrio entre las viejas tradiciones médicas
y la economía moderna, como lo hacen aquellos trabajadores
talmúdicos del café. Si leemos los múltiples
códigos de conducta médica que han existido en
las culturas occidentales desde el inicio de los tiempos, podemos
identificar las tradiciones éticas específicas
que estos profesionales mantienen vivas en este tiempo inverosímil.
Encontré que lo mismo era cierto en educación,
en enfermería y en otras tradiciones profesionales. Existen
incluso en mi propio y extraño campo de la psicoterapia.
En un mundo en el que los profesionales de hoy reemplazan con
diversas tecnologías las viejas formas de curar, el sufrimiento
de los individuos se ha convertido en alimento para la "máscara
del amor", pero sin curarlos. En el reino moderno de la
psicoterapia, uno puede llegar rápidamente a la conclusión
de que no existe una tradición profunda, poderosa y sensible
para curar las heridas psíquicas que no responda a los
bálsamos de la amistad, de la cultura general o al tratamiento
psiquiátrico rápido.
Cuando hace algunos años, visité el consultorio
polvoriento y lleno de antigüedades del doctor Carl Berger,
un psiquiatra de Filadelfia, me sorprendió encontrar un
mundo cuya existencia no sospechaba. Aquí no había
diagnosis ni jerga psicoanalítica, ni rastros de los sistemas
médicos y de seguros, sólo existía la más
atenta escucha y la exploración. Desde una perspectiva
psicoanalítica, examinábamos asiduamente cientos
de sueños, miles de pequeños incidentes y cada
cambio de la imagen que yo me formaba de éstos. Me tomó
tiempo hacerlo, ¿no es cierto que estas cosas siempre
toman tiempo?, pero finalmente alcanzamos la meta de la antigua
filosofía helénica: la eudemonia o florecimiento
humano. Además, llegamos a algo no previsto: descubrí
en mí el don de la psicoterapia analítica. Comencé
a ver pacientes, a menudo con grandes sufrimientos, como lo aprendí
del Dr. Berger. Finalmente ellos también empezaron a florecer
y su sufrimiento se detuvo.
Aunque reconocí las características de un vestigio
en lo que el Dr. Berger hacía, fue mucho antes cuando
descubrí la tradición de la que provino su trabajo
y que a su vez él me pasó. En esta tradición,
a diferencia de la que domina actualmente que considera que la
mente es como una secreción del cerebro visto éste
como un órgano, el gran vigor del yo que durante mucho
tiempo fue oprimido es enorme. Esta tradición sostiene
que la recuperación del propio yo se puede lograr solamente
dentro de una relación, el encuentro que Martín
Buber llama "yo-tú". La tecnología no
cura, sólo cura el rostro del otro. ¿Esto es fundamentalmente
philia? Puede no serlo exactamente, pero se acerca más
a esta antigua práctica que al profesionalismo moderno.
Me parece que la búsqueda de vestigios de las tradiciones
culturales dentro de las profesiones, es un área que abre
nuevas investigaciones basadas en los fundamentos dados por Illich.
Con la mirada puesta en la presencia de los vestigios, ahora
es posible descender en el complejo y enredado mundo de las tradiciones
que yacen tras los cuidados profesionales, la enseñanza
y sus otros derivados. Algunos casos potenciales mostrarán
que son falsos, pero entre ellos, se encontrarán ejemplos
genuinos de lo que antes fue y cuyos méritos aun se preservan.
Podemos sostenernos en estos vestigios para distinguir la belleza
de la fealdad y la verdad de la falsedad. Como semillas bajo
el pavimento del estacionamiento de un centro comercial, éstos
también pueden brotar de los hoyos del cemento. Fragmentos
de formas casi olvidadas que la gente aprendió para cuidarse
mutuamente, podrían despertar el coraje para construir
sobre los restos de un pasado distante.
Acá y allá, si uno los alimenta y los riega, pueden
llevar al resurgimiento de tradiciones de cuidado verdaderas
y profesionales, pero de una manera afín con nuestro tiempo.
Aún no sabemos cómo podrían llamarse, habría
que buscarles un nombre, si realmente tienen que llamarse de
alguna manera.
Cuando el médico combate una plaga sin pensar en su propio
bienestar, esto no lo hace por razón del profesionalismo
que piden los sistemas modernos de salud. Como prescriben los
códigos antiguos de las éticas médicas,
el médico no existe para cuidarse a sí mismo, debe
más bien procurar el bienestar del enfermo. Esta no es
la ideología médica de los cuidados administrados,
sino un vestigio de algo casi pero no totalmente perdido en el
mundo moderno. Dispersos quedan vestigios de estas tradiciones,
siempre y cuando queramos verlos.
¿Los vestigios de un cuidado genuino en las profesiones
de ayuda son exactamente "amistad"? No lo creo. Pero
hay algo en la compasión, en el desinterés del
que sana, del maestro y de otros profesionales que toman en cuenta
la philia, que ha sido primordial en la vida y en el trabajo
de Illich. Si mi consejero analítico está disponible
personalmente día y noche, si al seguir sus huellas, mi
propio teléfono clínico suena por las noches en
mi cocina, esto se debe a que tales prácticas son vestigios
de una relación ejemplar entre "yo y tú"
que se remonta a miles de años.
En varios lugares, estas acciones perduran incluso en esta época
de sistemas densos. Desarrollar la atención para ver estos
vestigios y mantenerlos vivos en una época tóxica,
son tal vez las tareas más importantes del presente.
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