|
CONTRA LA MORAL DEL DESAFÍO
UNA LECTURA DE IVÁN
ILLICH.
Alfons Garrigós
Alfons Garrigós, nació en
Alicante en 1959. Da clases de filosofía en un centro
de secundaria en La Garriga (Barcelona). Enseña también
a los jóvenes que lo desean en el recitado de cuentos
y de versos. Descubrió los textos de Illich en 1977. Desde
entonces ha seguido su obra. En ella ha encontrado un estímulo
para reflexionar sobre las cuestiones que más le interesan,
principalmente religiosas y políticas. Actualmente está
interesado en un arte de la lectura que recupere los cuatro sentidos
que los medievales atribuían a los clásicos.
El desafío es una voz común en nuestros
días. El desempleo, la educación, la salud, el
desarrollo, la democracia, la paz mundial, la sustentabilidad...,
¿alguno de estos temas no ha sido planteado como uno de
los retos de este cambio de siglo? Pero ninguno es una provocación
por sí mismo. Tiene que haber alguien que se sienta ofendido
o simplemente incitado: el hombre que encara la realidad como
si fuera permanentemente un desafío.
No sólo en lo público, en el ámbito privado
sucede algo parecido. En general, tan desafiante resulta el deterioro
ambiental como el del propio cuerpo, la paz mundial como la interior.
Por eso no sólo los políticos, también los
educadores, los psicoterapeutas e incluso los predicadores hablan
de retos. Y esa llamada, continua, a responder a tanto desafío
debe ser algo más que un mero recurso retórico
o didáctico.
La tesis de este escrito es sencilla: Mientras continuemos planteándonos
las principales cuestiones de nuestro tiempo como retos, ofensas
o desafíos en los cuales hemos de medir nuestras fuerzas
persistiremos en los errores que han dado lugar a esos mismos
problemas.
Dicho de otro modo, las herramientas industriales se sostienen
a menudo en un ethos o estilo moral para el cual todo problema,
si no la realidad misma, es un desafío. Pero ésta
no es una actitud transparente, y las cosas se presentan, ya
de entrada, de un modo determinado. El hombre que se siente ofendido
o provocado rivaliza con la realidad. Su principal objetivo es
salir airado y demostrar de qué es capaz. Este temor difícilmente
le permitirá atender a la cosa misma o al rostro que tenga
enfrente.
La tecnología se presta sin problemas a seguir la lógica
del reto. De ahí su gran eficiencia en conformar la realidad
a gran escala. Pero también su incapacidad para ver hasta
dónde un espacio es habitable o una relación humana
merece aún ese nombre. La escolarización obligatoria,
la medicina hospitalaria, una red de autopistas o de telecomunicaciones
pueden ser retos. Pero el aprendizaje, la compañía
o el descubrimiento de otra cultura, no. En estos casos hay algo
imprevisible que depende de la misma relación. Ese es
el ámbito de lo humano que el talante tecnológico,
por sus mismos presupuestos, no es capaz de considerar.
Nuestra exposición tendrá tres partes.
La obra de Illich es una crítica del talante tecnológico
como predominante en la cultura occidental. En este sentido,
sus libros recapitulan e interpretan la historia de Occidente.
La primera parte de nuestro escrito será un recorrido
por las grandes etapas del pensamiento occidental a fin de situar
el pensamiento de Illich.
A continuación señalaremos las líneas que
a nuestro modo de ver son maestras en la obra de Illich e indicaremos
diferentes lecturas, a nuestro modo de ver erróneas, que
podrían hacerse de ella.
En tercer lugar, propondremos una clave unitaria para una obra
tan variada y aparentemente dispersa: la hospitalidad. Illich
opone a la actitud ofendida y desafiante del ethos tecnológico
el talante, humilde pero digno y disciplinado, del huésped.
Se trata de dos percepciones del límite bien distintas.
En el primer caso es la barrera con la cual hemos de medir nuestras
fuerzas. En el segundo caso, el límite es el umbral que
hace posible el gesto más humano: el de dar o recibir
cobijo.
LA MEDIDA DE LO HUMANO
La ofensa es un sentimiento antiguo. Pero no han ofendido siempre
las mismas cosas. Hemos de apreciar la forma que toma la ofensa
en la época moderna y preguntarnos cómo llega a
ser posible. Para esbozar, en términos generales, una
respuesta nos fijaremos en dónde ha encontrado el hombre
occidental su medida.
A grandes rasgos y hasta la fecha, el pensamiento occidental
se articula en tres etapas: dos grandes navegaciones, - la clásicomedieval
y la moderna -, seguidas de un tiempo de incertidumbre, - los
últimos cien o doscientos años, según la
referencia que tomemos -, donde, no sólo las respuestas,
también las preguntas anteriores parecen disolverse.
En cada una de estas grandes etapas cambia el medio vital de
Occidente. Cambia el mito fundacional que sirve de suelo en cada
época. Precisamente porque pensamos y actuamos gracias
a ese mito o creencia común éste resulta difícil
de formular. únicamente cuando ha habido un cambio de
fundamento es perceptible el que antes nos sostenía. De
ahí que resulte difícil o pretencioso determinar
el suelo en el que nos sostenemos en nuestros días. Con
todo, por diferentes razones, tanto en lo privado como en lo
público, podemos hablar de fracturas serias en ese terreno
u horizonte, que, si inspiraba confianza, era precisamente porque
el hombre encontraba su medida en la visión del mundo
que representaba .
Tanto en los siglos de la antigüedad como en los de la edad
media, en la cultura occidental y en muchas otras, la medida
del hombre era el universo, concebido como un todo ordenado,
bello, cambiante pero regular y en todo caso equilibrado y coherente.
Los griegos lo llamaron kosmos precisamente porque su orden era
bueno, bello y ejemplar. Las máximas de los antiguos sabios
metron áriston (lo óptimo: la mesura), o meden
Maga (nada en demasía) no eran simples proverbios de sabiduría
popular sino una expresión clara y concisa de su concepción
del universo. Así, el hombre debía comportarse
según la medida que el mismo universo le otorgaba.
Como hemos dicho, esa legalidad buena, eunomia, parece ser también
una característica común a las sociedades premodernas:
"La eunomia supone cierto consentimiento en que hay un orden
justo y bueno, un nomos, rita, dharma, tao, tor,h, una ley; en
última instancia una transcendencia, un Dios o como se
diga, que está por encima nuestro y a la cual los hombres
tenemos acceso si seguimos o reconocemos ese mismo orden"
.
Hablamos de las sociedades que L. Dumont llama holistas donde
cada parte se entiende a sí misma por el lugar que ocupa
dentro del todo. Y donde el mundo, tanto en su sentido físico,
como metafísico, religioso y moral, se entiende en términos
de equilibrio .
Cuando el hombre transgrede el orden que mantiene unido el cosmos
comete un pecado de orgullo y el mismo principio cósmico
hace justicia devolviéndole a su lugar. La tragedia griega
es una reflexión pública sobre los límites
de la acción en un nuevo régimen político,
jurídico y religioso como es el de la polis.
Según C.S. Lewis hay que tener presente esa concepción
total, ordenada y ordenadora, del universo para entender la literatura
hasta casi finales de la edad moderna .
La cohesión de ese orden es casi perfecta. Como ya hemos
dicho, el hombre encuentra en él la medida de todos sus
actos: el conocimiento, la acción moral, la obra de arte...
remiten en último término a la realidad misma.
Eso que llamamos modernidad surge a medida que el cosmos, en
su sentido antiguo y medieval, desaparece: la realidad deja de
ser total y coherente por principio y se fragmenta en órdenes,
si no totalmente independientes, dotados cada cual con una autonomía
propia. La teología no es imprescindible para la política,
ni para la filosofía, y ésta ya no lo es para la
ciencia, de la misma manera que la belleza no implica verdad
o bondad. Se trata de un cambio que se da gracias a intuiciones
fundamentales de la cultura occidental y que va realizándose
de forma paulatina y ambivalente a lo largo de los siglos. Illich
observa esta unidad de fondo cuando interpreta las principales
instituciones occidentales como derivaciones del primitivo mensaje
evangélico.
La otra cara de la eclosión del cosmos antiguo en órdenes
autónomos es la afirmación del individuo moderno.
Dumont ha descrito al individuo, en su sentido moral, como parte
irreductible al todo o todo en sí mismo. No podemos decir
que la modernidad descubre la conciencia, pero sí que
la hace radical. El hombre descubre en ella su raíz más
profunda y no reconoce ninguna medida exterior a sí mismo
que no pase por su razón. Conciencia, razón, espíritu
son, aquí, aspectos de una misma cosa: el individuo.
El giro que imprime la modernidad se da cuando la razón
ya no está en el cosmos sino en el hombre solo. El hombre
se mide a sí mismo en el método que sigue para
razonar sobre la realidad.
Pero aunque la modernidad es esa búsqueda de una síntesis
a partir del interior, también hace posible una emancipación
absoluta de los órdenes . Abandonadas cada cual a su propia
inercia, cabe la posibilidad de que la política, la economía,
la ciencia, la técnica... se desentiendan de toda instancia
superior (teológica, filosófica o moral) que pueda
gobernarlas. Y que lo que antes era medio, pase a convertirse
en fin.
El medio, transformado en fin, somete la acción humana
a su propia inercia. Es entonces cuando el hombre se mide a sí
mismo en la autosuperación. El "todo es posible",
que Koyré ponía como enseña del Renacimiento
, deriva en una moral del reto: los límites de la realidad
son una provocación y un desafío para que el hombre
se busque a sí mismo transgrediéndolos. La razón
deja de ser entonces principio del sentido común y se
reduce a un cálculo de estrategias.
Según G. Steiner , la crisis del universo racional se
da en 1915, cuando los complejos sistemas creados racionalmente
en Occidente se revelaron como incapaces de prever, evitar, analizar
la masacre de 30,000 a 50,000 combatientes cada día. La
1 gran guerra supone, para Steiner, la muerte de la razón
occidental, la que desde Sócrates a Comte afirma que hay
una medida común, perteneciente bien sea al cosmos, a
Dios o a la conciencia.
Nietzsche ya había cuestionado la presunta inocencia de
la razón. Y casi a la vez que Nietzsche, el marxismo,
el psicoanálisis y las filosofías del lenguaje
descubrieron, racionalmente, otro fundamento más poderoso:
podía ser una nueva fe en el final de la historia, el
inconsciente o la imposible concordia entre la palabra y el mundo.
De ahí que, en los últimos ochenta años,
un punto de partida frecuente haya sido que no hay razón
común, esto es, que no hay razón.
Hubo incluso quien identificó el orden inteligente -fuera
cósmico, divino o humano- como la verdadera causa de la
infelicidad. Consecuentemente, la liberación debía
venir del mero automatismo: el de la historia, el de la libido
o el del lenguaje. No sería difícil encontrar en
la historia de las doctrinas políticas, económicas,
psicológicas o estéticas de los siglos XX ejemplos
en los cuales el instrumento desplaza al operario. En ellas la
razón renunciaba a fijar los fines porque estos ya venían
dados por el mismo instrumento.
En síntesis, y a grandes rasgos, podemos decir que el
hombre occidental encontró su medida primero en el cosmos,
después en Dios. Tanto en un caso como en otro, se trataba
de una medida exterior, que otorgaba unos límites precisos
a la realidad. Con el nacimiento del individuo y la eclosión
de la realidad en órdenes autónomos, la medida
debía venir de la razón que debía reconciliar
esa diversidad en el interior de la conciencia. Es entonces cuando
los límites de la realidad podían ser vistos como
retos. Superándolos, el sujeto se superaba a sí
mismo. Hasta que, cuestionada la razón como fundamento
y reducida a mero método de cálculo, no encontró
para sí otra medida que la autosuperación per se,
esto es, la desmesura.
Para el hombre que busca superarse a sí mismo la realidad
no puede ser más que una provocación. El Progreso
de los siglos XVIII y XIX aún intentaba legitimarse con
los ideales ilustrados. El Desarrollismo, que sustituyó
al Progreso, hace apenas cincuenta años, creó sin
embargo instrumentos que no suponían para el hombre otra
medida que la autosuperación.
Hemos intentado dar un enfoque unitario a la historia del ethos
occidental. Evidentemente, nuestra síntesis es excesivamente
simple pero traza una figura moral ante la cual los análisis
de Illich muestran su significación:
Desmesura del hombre contemporáneo /
ideal de la autosuperación
La realidad percibida como ofensa
o desafío
Herramienta industrial
Desarrollismo
No hay una relación causal
entre estos términos. Se trata, más bien, de aspectos
que definen el talante moral que hemos llamado tecnológico.
LECTURAS DE IVÁN ILLICH
La obra de Illich pertenece a este tiempo donde no es difícil
creer que la desmesura realiza el sueño de los hombres.
Tal vez por este motivo se preste a diversas lecturas. Algunas
de ellas, a nuestro modo de ver, erróneas.
Los movimientos contestatarios de los últimos treinta
años (psicoterapias, holismos, ecologismos, feminismos,
indigenismos...) han criticado el proyecto cultural del Estado
moderno industrial, haciendo extensiva, no pocas veces, su crítica
a las intuiciones y hábitos intelectuales que definen
la tradición occidental. Así dichos movimientos
presentan un espectro muy amplio de propuestas: irracionalismos,
sincretismos, relativismos, ludismos...
Illich coincide con ellos en su punto de partida: la cultura
que se extiende al nivel planetario, paradójicamente,
es una cultura en crisis. La degradación ambiental y social,
el colapso de sus instituciones, la insostenibilidad del crecimiento
dan prueba de ello. Pero los análisis y las propuestas
de Illich y de sus interlocutores no son equiparables.
Illich es un autor sensible a la discusión que tiene en
cuenta a su auditorio. También es un autor profundamente
ecuménico. Esto es, dispuesto en todo momento a reconocer
la parte de verdad que encierra el pensamiento de su oponente.
Si, además, tenemos en cuenta la amplitud de sus referencias
bibliográficas, entendemos que no sea fácil precisar
el marco de su pensamiento.
Así, la obra de Illich puede ser malinterpretada como
la de un autor postmoderno, que propone un relativismo cultural
y epistemológico radical.
Sin embargo, se trata de un pensamiento enraizado en las intuiciones
fundamentales de la tradición occidental y que critica,
desde esos mismos presupuestos, sus perversiones.
Los temas que Illich aborda son diversos pero hay, a nuestro
modo de ver, tres componentes que dan unidad a su obra: un componente
naturalista, uno historicista y uno ético. Aunque los
tres están presentes ya en sus primeros libros, creemos
que se van acentuando progresivamente.
a) En sus análisis sobre las principales herramientas
industriales y en su libro sobre la convivencialidad, predomina
el elemento naturalista: hay una escala natural más allá
de la cual la herramienta es contraproductiva y genera efectos
nocivos de todo tipo (ambientales, sociales, psicológicos...)
. En este primer grupo de obras, la mitología no es un
mero recurso retórico. La referencia a Prometeo y Epimeteo
de La sociedad desescolarizada , o a la Némesis griega
en Némesis médica , se inspiran en una visión
clásica del cosmos, ordenada y ordenadora. La tarea del
hombre consiste en imitar y conservar ese frágil equilibrio
en su comunidad .
b) El elemento historicista está presente también
en este primer grupo de obras. Illich siempre ha sabido argumentar
sus tesis con exposiciones históricas y culturales (por
ejemplo la breve historia de la muerte del cap. 8 de Némesis
médica). Pero es en obras posteriores, como Shadow work,
El género vernáculo, H2O y las aguas del olvido,
ABC The alphabetization of the popular mind , o en el estudio
sobre la lectura en Hugo de S. Víctor y ensayos como "La
construcción social de la energía y otros escritos
en los 80 donde desarrolla un tipo de argumentación claramente
historicista: ninguna de nuestras creencias es natural o invariable.
Todas surgieron en un proceso de construcción social.
Y juegan un papel fundamental en nuestra percepción. A
menudo, hacen que nos resignemos a lo que es intolerable o son
un auténtico estorbo cuando intentamos nombrarlo. El historiador
hace cuestionable ese patrón de pensamiento mostrando
su proceso de formación. No hace falta que hable del futuro
ni que haga propuestas. Su única pretensión ha
sido despejar el terreno para que florezca un nuevo arte de vivir:
"No tengo ninguna estrategia que proponer. Me resisto a
especular sobre las probabilidades de cualquier tratamiento curativo.
No quiero dejar que la sombra del futuro oscurezca los conceptos
a través de los cuales intento imaginar lo que es y lo
que ha sido. Como el asceta y el poeta que, al meditar sobre
la muerte, gozan con gratitud del exquisito presente de la vida,
hemos de hacer frente a la triste pérdida del género.
Creo que, entonces, puede nacer un arte de vivir contemporáneo,
siempre que nuestra aceptación austera y lúcida
del doble ghetto de los neutros económicos nos lleve a
renunciar a las comodidades del sexo económico .
c) El elemento ético destaca en los últimos escritos,
aunque no por ello desaparezcan los dos anteriores. Así,
en los cursos sobre la "ascesis" y la "philia"
y sobre la mirada (cf. Mirror II, en prensa). Illich reivindica
aquí la virtud en su sentido clásico y observa
cómo esa disposición interna, fruto de una disciplina
que ha integrado tanto el intelecto como la sensibilidad, es
casi imposible cuando la herramienta se ha transformado en sistema.
En ese cambio la conciencia se disuelve, el operario pasa a formar
parte del complejo tecnológico como un componente que
también debe ser gestionado y pierde su autonomía
moral.
Con todo, el leitmotiv de su pensamiento no ha variado. Como
filósofo de la técnica, como analista de las instituciones,
como historiador, Illich ha hablado siempre de la virtud como
costumbre o estilo moral. Al acabar la introducción de
La convivencialidad Illich reivindicaba la austeridad como ethos:
"Al hombre que encuentra su alegría y su equilibrio
en el empleo de la herramienta convivencial, le llamo austero...
La austeridad forma parte de una virtud que es más frágil,
que la supera y la engloba: la alegría, la eutrapelia,
la amistad"
En una de sus recientes alocuciones Illich ha explicado su relación
con la filosofía. Y aunque la trata de sirvienta (ancilla),
vemos que la toma casi como medicina contra el doble reduccionismo
que amenaza las dos intuiciones fundamentales de la cultura occidental.
Nos referimos a la razón (logos) y al amor (caritas).
El logos supone la intuición de un cosmos inteligible
y la capacidad humana de alcanzar esta razón universal.
La caritas expresa la dignidad de todo ser humano en tanto que
merece respeto y amor, y a su vez la capacidad de todo hombre
de practicarla. En síntesis, Occidente es resultado de
esta simbiosis, a menudo contradictoria, de Atenas y Jerusalén.
Y cada uno de estos dos universalismos está amenazado
por un reduccionismo.
El reduccionismo de la razón afirma la ilusión
de que la realidad de los seres concretos puede expresarse en
fórmulas cada vez más abstractas. El de la caridad
afirma que ésta es más plena cuando se ejerce desde
una organización.
El hombre occidental se dejó guiar por una confianza arrogante
tanto en su capacidad de pensar como de amar. El pensamiento
griego y el evangelio fueron pervirtiéndose hasta hacer
posibles un universal sin singular, una inteligencia sin sentimiento,
una sociedad donde el hombre carece de rostro.
De ahí que, para Illich, el presente sea el horror que
ha nacido de dones inapreciables pero frágiles. Para conservar
esos dones, el hombre debía respetar ciertos límites
infranqueables. Pero el límite no fue el símbolo
del cobijo sino una provocación. La soberbia humana crecía
desafiando los límites de lo real. Corruptio optimi est
pessima. Esta es la clave de la historia de Occidente para Illich.
Pero esta visión de la historia encierra lecturas erróneas.
a) Podemos percibir el espíritu de una época o
de una cultura como expresión del misterio del mal y olvidar
que nuestra crítica se sostiene en criterios que esa misma
tradición nos ha dado.
Así, la escuela, la medicina y el transporte modernos
son cuestionados, para empezar, porque son discriminatorios.
Y el ideal de justicia e igualdad social, válido para
todo sujeto, independientemente de su posición económica,
de su origen cultural o de su sexo es un ideal que se difunde
con el cristianismo y se radicaliza en Occidente a lo largo de
los últimos siglos.
Ciertamente, las instituciones modernas nacen de la misma cosmovisión
que produjo las grandes matanzas del siglo. Y es verdad que los
protocolos escolares, médicos o urbanísticos son
humillantes, tortuosos, caros e ineficientes (si bien, cumplen
una función disciplinaria y normalizadora: el escolar
aprende a no pensar por sí mismo y el enfermo a dejarse
gestionar por el sistema). Pero esos sistemas nacen, o al menos
se legitiman, gracias a una voluntad política de justicia
que es irrenunciable.
El problema es que las instituciones modernas son instrumentos
que contradicen sus objetivos. Y esta es otra de las enseñanzas
de Illich. La escuela es el primer obstáculo para el aprendizaje,
de la misma forma que el automóvil lo es para la accesibilidad
y la movilidad social. La medicina hospitalaria y la arquitectura
industrial, por su parte, vulneran la dignidad personal y merman
nuestra capacidad de vivir el dolor, la muerte y la compañía.
Además de contraproductivos, esos servicios constituyen
monopolios radicales: atacan la imaginación y la iniciativa
de la gente, a la vez que recortan jurídicamente sus ámbitos
comunitarios.
Illich destapó la ideología que esconden las instituciones
modernas: el hombre es, por definición, un ser incapaz
y necesitado. Los sistemas modernos dan por supuesto que la gente
encontrará su felicidad en el consumo de mercancías
producidas en serie. Pero si bien esta sería la perversión
del ideal de la igualdad universal, el ideal seguiría
moralmente vigente. Una sociedad, por lo tanto, que se plantee
el derecho de todos sus miembros a llevar una vida digna tendrá
que considerar si el crecimiento indiscriminado de los sistemas
modernos de administración y de consumo es la mejor manera
de respetar y promover el ejercicio de ese derecho.
Leída así, la obra de Illich no condenaría
las intuiciones fundamentales de la civilización occidental,
incluido su universalismo, sino que plantearía el debate
sobre qué instituciones servirían para alcanzar
aquellos ideales emancipatorios que han ido perfilándose
a lo largo de la historia de Occidente.
b) Illich nos ha dado una clave preciosa para entender la historia
de Occidente al poner en la base de nuestros sueños e
instituciones el evangelio y sus diferentes interpretaciones.
Pero su visión de la historia como una perversión
creciente de aquel mensaje podría llevar a un catastrofismo
en el cual no hubiera otra opción que renunciar al mundo
y retirarnos a nuestro jardín. La tentación, en
este caso, sería sustituir por completo el mercado y el
Estado por el ámbito vernáculo.
Pero una renuncia de ese tipo sería ficticia. El medio
en el que nos movemos parece indisociable del mercado y de la
Administración. Por otra parte, como dice T. Shanin, "la
pretensión de muchos intelectuales modernos de adorar
lo vernáculo no debe llevarnos a engaño. Las nueve
décimas partes de quienes así hablan prefieren
por elección propia vivir en un contexto que, en sus nueve
décimas partes es "antivernáculo" en
todas sus características" .
La cuestión es hasta qué punto el ámbito
vernáculo podría subsistir sin la esfera de lo
público.
El sector público y las instituciones a gran escala no
tienen por qué ser incompatibles con la relación
cara a cara. Se trata de esferas distintas y que podrían
ser complementarias. Una red de bibliotecas, de tranvías,
de caminos, de teléfonos o de ordenadores excedería
las posibilidades de una comunidad.
Como ya mostró A. Gorz, los análisis de Illich
ponen el acento en la esfera autónoma, la de las relaciones
personales y comunitarias que son las que pueden colmar una vida,
pero no implican un rechazo de la esfera heterónoma, la
del mercado y la del Estado . El problema es qué esfera
está al servicio de la otra.
Hace falta entonces imaginación y arrojo para dar con
estas instituciones que en vez de ahogar el medio vernáculo
no solo lo toleren sino que lo estimulen. O tal vez bastaría
con tener los ojos bien abiertos, como hace Gustavo Esteva en
sus descripciones de la política sumergida de las comunidades
populares mexicanas .
Esta renuncia radical a lo que supera lo vernáculo podría
venir de la forma como J.Ellul describió el poder de la
técnica moderna.
Ciertamente, el instrumento se convirtió en una ideología.
La técnica transformada en tecnología se mostró
poderosa y se transformó en Sistema Tecnológico.
No ha habido aspecto de la vida humana que no se haya visto afectado
por esta transformación. El análisis de Ellul,
sin embargo, es tan totalizador y hasta cierto punto desesperado
que alguno de sus lectores podría hacer de ese Sistema
Tecnológico una hipóstasis del mal. De este modo,
los últimos siglos de Occidente podrían ser condenados
en bloque. Y creemos que condenar una época o una cultura
en bloque no ayuda ni al pensamiento ni al corazón. Parece
más inteligente distinguir la diversidad de elementos
que componen un período histórico y ver cómo
en esa diversidad ya se nos dan pistas para salir del paso.
No podemos ignorar la ciencia, la industria, el mercado o el
estado, o descalificarlos sin más. Del reduccionismo tecnológico
pasaríamos entonces a un reduccionismo de lo vernáculo.
Ante nosotros aparecen elementos que aún no sabemos pensar
más que como contrarios: la esfera de la autonomía
y la de la heteronomía, la comunidad y la sociedad, lo
vernacular y el Mercado o el Estado. Renunciar a cualquiera de
ellos sería tan discutible como ingenuo.
De hecho, si la lectura de Illich resulta tan estimulante es,
en parte, por su capacidad de combinar una tradición conservadora
con puntos de vista revolucionarios sin renunciar a ninguno de
los contrarios.
LA HOSPITALIDAD NO PUEDE CANALIZARSE
COMO DESAFÍO
Illich ha expuesto las contradicciones de una cultura tecnológica.
Pero no creemos que haya presentado esas contradicciones como
el reto de nuestro tiempo. Precisamente porque esa es la manera
de hacer de la ideología tecnológica: aguijonear
al ingenio para que supere los límites que configuran
en un momento dado la realidad.
La realidad se presenta siempre de manera concreta y delimitada.
El hombre sin mesura sueña con superarse yendo más
allá. El desarrollismo diseña sus herramientas
para que venza el desafío. Este es el sentido del imperativo
tecnológico: todo lo que puede hacerse debe hacerse. El
ethos del desafío nos hace transgresores automáticos
de límites.
Debe haber antecedentes de esta moral del desafío. Pero
es difícil encontrarlos en los sistemas morales de los
antiguos. Cuando nos planteamos una tarea, sea teórica
o práctica, como un reto, no nos mueven ni el afán
de supervivencia, ni la búsqueda epicúrea del placer,
ni el sentido estoico del deber. Menos aún la caridad
cristiana, que si bien tiene algo de placer y deber, nace de
una experiencia distinta.
Por lo tanto, no tiene sentido leer a Illich como alguien que
formula los retos de nuestro tiempo. Toda su obra está
llena de referencias al límite. Habla de él como
la frontera que separa la herramienta convivencial de la supereficiente,
o como la marca que indica las transformaciones sucesivas del
espacio, del agua, del texto, de la conciencia, de las relaciones
entre los géneros... Pero el límite tiene un sentido
positivo en sus escritos: es la condición de posibilidad
de la hospitalidad.
En Illich, el límite es un umbral. Como tal, es la linde
que separa el terreno inhóspito del habitable, la intemperie
del cobijo. Sin esa marca no sería posible el gesto que
mejor define al hombre, el de la acogida.
Estamos ante una filosofía de la hospitalidad, que si
resulta provocativa es porque propone una renuncia a todo tipo
de arrogancia. El misionero, el experto, el planificador, el
promotor del desarrollo o de la democracia, con toda su buena
voluntad, son figuras de una caridad pervertida. De aquí
el peligro que encierra toda propuesta política que se
pretenda salvadora. Ante la arrogancia del técnico, Illich
expone la humildad del huésped.
El huésped que sabe obedecer, escuchar correctamente,
a alguien que le transmite un conocimiento, el que aprende el
silencio de una lengua, el que viaja a una cultura distinta de
la suya, el sufriente que se deja acompañar, el huésped
de la calle o del agua, o el que deja que el misterio del otro
sexo perviva en el espacio que habita y en las tareas que realiza
para subsistir...
En cierto modo, cada uno de los libros de Illich era la reivindación
de una bienaventuranza.
Los límites que Illich ha ido señalando en sus
obras eran umbrales que no había que transgredir. El problema
no era "detener el progreso", sino no abandonar el
espacio de lo humano. La hospitalidad no puede ser cosa de especialistas
y una sociedad que pone indiscriminadamente a sus viejos, a sus
enfermos, a sus jóvenes o a sus marginados en manos de
profesionales está renunciando a ella. Por eso en el fondo
de sus textos, Illich abriga la esperanza de que los hombres
siempre puedan cruzar de nuevo el umbral y vuelvan a habitar
ese espacio donde es posible mirarse cara a cara.
Es difícil hablar aquí de retos. Resulta absurdo
imaginar a un huésped y a un anfitrión desafiándose
mutuamente en convivir bajo un mismo techo. Esa no es la manera
de hablar de la hospitalidad. ¿Cuál será
entonces ese lenguaje?
Aquí aparece la singularidad del pensamiento de Illich:
aunque siempre recuerde su época de párroco en
un suburbio de Nueva York, Illich no se ha apoyado en la autoridad
de textos sagrados ni se ha dirigido específicamente a
una comunidad de creyentes. No ha actuado como un predicador
sino que ha hecho hablar a la hospitalidad con el rigor de las
ciencias sociales. En este sentido, su obra plantea la tarea
de pensar hasta dónde la tecnología y la hospitalidad
son contrarios complementarios. Pero esa meditación, por
urgente y necesaria que sea, no es en sí misma ningún
reto. No puede hacerse desde la tecnología sino desde
la hospitalidad.
Illich forma parte del grupo de pensadores que nos ayuda a pensar
la tecnología desde otro lugar que no es ella misma. Sencillamente
porque nos hace ver que hay tareas que no pueden ser planteadas
como retos. Y que, muy posiblemente, esas tareas sean hoy las
que importan de verdad.
José Ortega y Gasset, ideas y creencias.
Raimon Panikkar, Fonamens de la Democracia fora i feblesa, Via
Fora! 1997, no 56, p. 442.
Louis Dumont, Homo aequalis. Génesis y apogeo de la ideología
económica, Ed. Taurus, Madrid, 1982, cap. 1.
Clive S. Lewis, La imagen del mundo. Introducción a la
literatura medieval y renacentista, Ed. Bosch, Barcelona, 1980,
cap. II p. 12.
"ordenes anteriormente dados o encontrados en el mundo (NdE).
Alexandre Koyré, La aportación científica
del Renacimiento, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1990m p. 43.
Georges Steiner, El disentimiento de la razón, Lateral,
abril 1995. 26-29.
cf, La convivencialidad, Barras. Barcelona, 1974, p. 11.
Iván Illich, La sociedad desescolarizada, Barral, Barcelona,
1974, cap. 7.
I. Illich, Némesis médica, Barral, Barcelona, 1975.
Cf. La convivencialidad, cap. III.
I. Illich, ABC The alphabetization of the popular mind, Penguin,
1989.
cf. In the Mirror of the Past, Marion Boyars, 1992.
Iván Illich, Le genre vernaculaire, p. 123.
I. Illich, La convivencialidad, op. cit., p. 13.
Teodor Shanin, El marxismo y las tradiciones revolucionarias
vernáculas, en T. Shanin, El Marx tardío y la vía
rusa, Ed. Revolución, Madrid, 1990.
André Gorz, Metamorphoses du travail, QuÍte du
sens, Critique de la raison economique, Ed. Galilée, París,
1988.
cf. Gustavo Esteva, Autonomia i democracia radical. El transit
de la tolerancia a líhospitalitat, en Via Fora!, No 57-58.
4-33.
|