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La obra de Iván Illich como un paradigma para el estudio de la sociedad internacional. Tesis para obtener el grado de licenciados en Relaciones Internacionales. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM 191 pp.

3. La influencia de Karl Polanyi en Iván Illich: hacia una crítica a la sociedad económica

Polanyi es sin duda uno de los autores que más ha influido la obra de Iván Illich. De hecho
"Illich se considera un alumno de Karl Polanyi y antes de escribir Gender dijo que no sabía cómo se podía dar un paso adelante de Polanyi. Yo creo que Gender es ese paso. Si queremos entender el pasado armados de nuestras categorías nos damos cuenta de que no funciona. Polanyi llegó nada más a una especie de economía comparada ¿qué hay más allá de esa barrera que nunca pudo rebasar?" .

Illich no realiza una historia detallada de cómo se llega a conformar la sociedad industrial. Quien si lo hace es Polanyi. De aquí que el húngaro sea un sólido apoyo para la obra del filósofo convivencial.

Polanyi describe cómo se llegó a la sociedad industrial o económica y cómo eran las sociedades antes de la intrusión del modo de vida economicista. Para una mayor comprensión de lo que aquí se estudiará hemos decidido incluir unos apuntes sobre su obra. No pretendemos resumir la obra de Polanyi, tan sólo deseamos poner de manifiesto, aquello que es relevante para la obra de Illich.

3.1 Historia y economía
En 1867 se publicó un controvertido libro titulado La vida económica en la antigüedad clásica, de Karl Rodbertus. Este texto se hizo famoso por su teorema del oikos.

El teorema del oikos es un intento por describir los sistemas económicos no-capitalistas. Es decir, es un esfuerzo que trata de dilucidar la naturaleza de las instituciones económicas previas a aquellas surgidas en las sociedades de mercado.

El teorema del oikos afirmaba que antes de la revolución industrial la humanidad no había conocido las instituciones que generalmente se relacionan con el mecanismo del mercado: el dinero, la ganancia económica y el comercio. Y además, que las economías del pasado eran completamente autárquicas. Karl Bücher, en Evolución industrial, publicado por primera vez en 1893, afirmó, que ni el dinero ni el mercado tenían ningún significado en el pasado. A la postura de Bücher y Rodbertus, se le conoció como primitivista. Lo que se decía con ello era que estos teóricos afirmaban que las economías del pasado nada tenían que ver con el tipo de economía de mercado o moderna.

En contraposición a estos dos teóricos, Eduard Meyer, en 1895, durante el Tercer encuentro de historiadores en Frankfurt, afirmó que "la antigüedad fue esencialmente moderna ya que el mercado y el comercio fueron de fundamental importancia en la vida de nuestros antepasados lejanos". A la actitud de Meyer se le conoció como modernizadora. Esto porque se decía modernizaba el pasado al afirmar que la economía en el pasado era casi igual a la economía moderna. Para 1932 Michael Rostvztzeff escribía: "nadie puede sostener hoy la postura del oikos como la economía del pasado".

Por un lado tenemos a los teóricos que afirman que la economía siempre ha sido igual -los modernizadores-, y por el otro a los que afirman que el modo económico industrial poco tiene que ver con las economías del pasado -los primitivistas-.
Max Weber, en Teoría general de la economía, mantuvo un punto de vista más prudente. Afirmó que, entre las economías antiguas y la moderna, en realidad había tanto semejanzas como diferencias. Sin embargo, no logró comprobar su afirmación ya que no elaboró las herramientas conceptuales para explicar los mecanismos económicos existentes previos a la era industrial.

Las pruebas históricas son contundentes: mercados, dinero y comercio, existieron en el pasado con frecuencia. Sin embargo, esto no le da el triunfo a los modernizadores que afirman que no hay una gran diferencia entre las economías modernas y las antiguas.

La cuestión fue llevada a través de otro camino. Lo que los modernizadores y los primitivistas no pudieron ver requirió de un genio llamado Karl Polanyi.

Pero ¿qué fue lo que los primitivistas y los modernizadores no lograron ver qué Polanyi si vio? Que si bien tanto el mercado como el dinero y el comercio existieron en el pasado, éstos ocuparon un lugar social muy distinto al que ocupan en la actualidad.

A partir de Polanyi, la discusión acerca de las economías del pasado ya no se centrará más en tomar una postura primitivista o modernizadora, sino en descubrir el sitio de la economía en la sociedad; las relaciones de la economía con otras instituciones como las políticas, las religiosas, etc.

3.2 Economía sustancial y economía formal

Para Polanyi es de vital importancia realizar estudios acerca de qué lugar ha ocupado la economía en las diversas sociedades que han existido a lo largo de la historia. Sin embargo, considera que no existen las herramientas conceptuales para llevar a cabo ese tipo de estudio. Esto debido a que el economicismo -o la ideología económica, para decirlo con Louis Dumont -, ha plagado buena parte de los estudios acerca de la economía en el pasado, olvidando cosas tan básicas como el hecho de que el hombre no siempre ha sido un homo oeconomicus . De aquí que Polanyi construya sus propios conceptos para realizar su proyecto.

En primer lugar Polanyi habla de dos significados distintos de economía. El primero es el significado sustantivo. La economía sustantiva deriva de la dependencia humana por vivir entre la naturaleza y sus semejantes. Se refiere a los intercambios que los hombres realizan con su medio natural y social, en la medida en que dichos intercambios les suministran los medios para satisfacer su querer material . En pocas palabras, el significado sustantivo hace patente la dependencia del hombre respecto a la naturaleza y a los demás hombres para subsistir. El hombre subsiste en virtud de una interacción institucionalizada entre él mismo y su medio. Ese proceso es la economía, que le proporciona los medios para satisfacer su querer de cosas materiales. Sin embargo, no debemos creer que los quereres son exclusivamente necesidades corpóreas tales como alimento y techo. Los medios son materiales, no así los quereres. Cada vez que el querer depende para su satisfacción de objetos materiales la referencia es económica.

El segundo es el significado formal de la economía. Ésta, deriva de la lógica de la relación entre medios y fines tal y como aparece en palabras como económico o economización. Se refiere a una situación de elección al usar los diferentes medios; elección que es inducida por una insuficiencia en dichos medios.

El significado formal implica una serie de reglas referidas a la elección entre los usos alternativos de los medios insuficientes. El significado sustantivo no implica ni una elección ni una insuficiencia de medios. La subsistencia del hombre puede o no envolver la necesidad de elección, y sí la hay, no tiene porque estar limitada por la escasez de los medios; de hecho algunas de las condiciones físicas y sociales más importantes de subsistencia tales como los suministros de aire y agua generalmente no están limitadas.

Las últimas dos centurias han producido en Europa occidental y en el norte de América una organización de subsistencia gracias a la cual las leyes de la elección se han vuelto singularmente aplicables. Esta forma de economía consiste en un sistema de mercado que establece precios. Desde que los actos de intercambio, tal y como se practican en ese sistema, envuelven a los participantes en elecciones inducidas por una insuficiencia de los medios, el sistema pudo ser reducido a un patrón que puede ser analizado bajo los métodos instituidos por la economía formal. En tanto la economía esté controlada por ese sistema, la economía formal y la sustantiva, en la práctica, coinciden.

Vincular la satisfacción del querer material con la escasez en un sólo concepto puede ser algo razonable bajo un sistema de mercado. Sin embargo, aceptar el compuesto de medios materiales escasos y economización como generalmente válido, incrementa la dificultad para desembarzarnos de la falacia economicista .

En cuanto al concepto formal de la economía, Polanyi decía que la acción racional es definida como una elección de medios con relación a fines. Los medios son apropiados para servir a los fines ya sea en virtud de las leyes de la naturaleza o en virtud de las reglas del juego. De tal suerte que racional no se refiere ni a los fines ni a los medios, sino a la relación de los medios con los fines. Los medios están siempre en función de los intereses humanos, que se supone, son infinitos .

Asumiendo que la elección es inducida por la insuficiencia de los medios, la lógica de la acción racional se convierte en aquella variante de la teoría de la elección que hemos denominado economía formal. "La economía formal se refiere a una situación de elección que surge de una insuficiencia de ciertos medios en relación a ciertos fines. De aquí se deriva el postulado de la escasez. Dicho postulado requiere de los siguientes elementos: primero, insuficiencia de medios; segundo, que la elección sea inducida por dicha insuficiencia" . Sus términos son lógicos o matemáticos y se denominan formales, en contraste con las áreas específicas en las que se aplican. Por debajo de tal significado se encuentra el verbo maximización o economización.

La distinción que Polanyi realiza entre las definiciones formal y sustantiva de economía debe ser entendida de la siguiente manera: cada sociedad estudiada por los antropólogos, historiadores y economistas, tiene una economía de algún tipo porque la vida personal y colectiva requieren de provisiones materiales. Esta definición mínima de la economía llama la atención de las similitudes entre las economías más diferentes, ya se trate de las economías de las islas Trobriand, de los kibuts en Israel, de la economía inglesa del siglo diecinueve o de la economía actual de la Unión Soviética .

Todas las economías comparten tres características básicas: (1) una tribu, una villa, una nación, o una sociedad, coinciden en estar integradas por gente que debe comer para mantenerse viva, y adquirir o producir bienes materiales y servicios especiales para sostener su vida social y personal; la adquisición o producción de estos bienes y servicios materiales generalmente, para la existencia física y social, nunca son dejados a elección puesto que sin ellos adviene la muerte. Por tanto, todas las sociedades tienen una economía sustantiva de algún tipo.

(2) Una segunda similitud entre las economías es que todas ellas utilizan recursos naturales (tierra), cooperación humana (división del trabajo) y tecnología (herramientas y conocimientos). Lo que llamamos organización económica, o estructura económica, son las reglas a través de las cuales los recursos naturales, la cooperación humana y la tecnología se combinan para proveer los servicios y los bienes materiales, de manera repetitiva y sostenida por un lapso determinado.

(3) Una tercera similitud entre las diversas economías es que, superficialmente hablando, algunos mecanismos económicos son utilizados . Mecanismos como lugares de mercado, objetos monetarios, inventos para contabilizar, mercado externo, además de prácticas tales como tráfico de bienes con forasteros, usos de mercados y algunos tipos de dinero.

La economía sustantiva es un proceso instituido de las formas en que los bienes materiales circulan y son administrados en una sociedad. "La circulación de los bienes se deriva de diversos tipos de transacciones; y la forma en que son administrados se deriva de una serie de disposiciones sociales" .

La institución de un proceso económico lo reviste de unidad y estabilidad; ambos elementos sirven como patrones de integración social; la institución de un proceso económico produce una estructura con una función social definida. Para Polanyi no es debido a la escasez de medios que el orden social (su secuencia, sus reglas de uso, de adquisición y de disposición) tiene lugar. Las instituciones que componen el orden social se derivan de que personas trabajando sobre cosas valiosas, moviéndolas y pasándolas de mano en mano, sin estar en relación con la abundancia o la escasez de dichas cosas, saben las reglas de autoridad, los derechos y obligaciones respecto al uso productivo tanto de las personas como de las cosas, asimismo conocen las reglas de distribución de las mismas. En la economía sustancial hay problemas de dimensiones culturales, sociales, físicas, etc., que no pueden ser reducidos a factores meramente económicos, ni a partir de un intento por economizar los medios escasos .

La economía sustantiva, es decir, la institución de un proceso económico, siempre está fijada firmemente a una masa que la circunda, o en términos precisos de Polanyi, se encuentra embedded. Esa masa, son instituciones y prácticas no-económicas (religiosas, políticas...).

3.3 Los tres patrones de integración de la economía en la sociedad

Para Polanyi "el estudio de cómo se instituyen las economías en diferentes sociedades debe comenzar por cómo adquieren dichas economías unidad y estabilidad" ; es decir, por cómo es que las conductas económicas están embedded en el resto de las normas sociales.

Las formas en que la institución de una economía adquiere estabilidad y unidad se denominan patrones de integración. Según Polanyi hay tres patrones de integración: el de reciprocidad, el de redistribución y el de mercado. El patrón de reciprocidad denota movimiento entre puntos correlativos de grupos simétricos; el de redistribución designa un movimiento de apropiación hacia un centro y otro movimiento del centro hacia afuera; el de mercado se refiere a un movimiento de intercambio que se lleva a cabo entre personas bajo un sistema de mercado. El de reciprocidad, por tanto, se asume para grupos simétricamente ordenados; el de redistribución depende de que exista alguna medida de centricidad en el grupo; el de mercado para producir integración requiere de un sistema de precios establecidos en mercados. Los diversos patrones de integración asumen apoyos institucionales específicos.

El modelo de integración de reciprocidad se apoya esencialmente en las relaciones de parentesco, amistad, status y jerarquía. El de redistribución puede verse de manera clara en las relaciones políticas o en las afiliaciones religiosas. Mientras que el de mercado es visto como una institución económica; en el mercado la relación es mercantil: consumidor-comprador .

A estos modelos de integración Polanyi les agrega uno más, el autárquico. Este, sin embargo, va siempre junto a alguno de los modelos anteriores cuando se encuentran representados en una sociedad cerrada o casi cerrada . A este modelo

"le llamaremos el principio del hogar y consiste en la producción para el uso propio. Los griegos lo llamaron oeconomia, el origen de la palabra economía. De acuerdo con los registros etnográficos, no debiéramos suponer que la producción para la propia persona o el propio grupo sea más antigua que la reciprocidad o la redistribución. Por el contrario, la tradición ortodoxa y algunas teorías más recientes sobre el tema han sido enfáticamente refutadas: jamás ha existido el salvaje individualista, recolector de frutos y de caza para sí mismo o para su familia. En efecto, la práctica de atender las necesidades del propio hogar se convierte en un aspecto de la vida económica sólo en un nivel agrícola más avanzado; pero aún entonces no tiene nada en común con la motivación de la ganancia o con la institución de los mercados. Su patrón es el grupo cerrado. El principio era invariablemente el mismo, independientemente de que entidades como la familia, el asentamiento o el feudo formaran la unidad autosuficiente, a saber: la producción y el almacenamiento para la satisfacción de las necesidades de los miembros del grupo. El principio tiene una aplicación tan amplia como la de la reciprocidad o la de la redistribución. La naturaleza del núcleo institucional es indiferente: podría ser el sexo como ocurre con la familia patriarcal, la localidad como ocurre con el asentamiento aldeano, o el poder político como ocurre con el feudo señorial. Tampoco importa la organización interna del grupo. Podría ser tan despótica como la familia romana o tan democrática como la zadruga de los eslavos sureños; tan grande como los vastos dominios de los magnates carolingios o tan pequeña como el predio campesino característico de Europa occidental. La necesidad del comercio o de los mercados no es mayor que en el caso de la reciprocidad o la redistribución. Era este estado de cosas el que Aristóteles trataba de establecer como una norma hace más de dos mil años" .

La existencia o inexistencia, en una sociedad dada, de los rasgos de la autarquía, son un modelo de integración social frente a grupos externos. Mientras que los tres primeros modelos describen la integración social hacia el interior del mismo grupo. Es decir, mientras los modelos de redistribución, reciprocidad y mercado definen el tipo de integración de una sociedad con base en las relaciones internas de sí misma, el cuarto modelo define la integración de una sociedad frente a las demás.

Estos cuatro modelos de integración no son excluyentes el uno del otro; sin embargo, al momento de estudiar una sociedad determinada alguno de los modelos puede identificarse como dominante por la frecuencia y la importancia con que se reproduzca. Así pues, en la actualidad, podemos ver que el Estado moderno aún lleva a cabo el modelo de redistribución a través de los impuestos y el gasto público, no obstante, hoy el modelo dominante es el del mercado.

3.4 La gran transformación

3.4.1 El mercantilismo

Polanyi demuestra que todos los sistemas económicos conocidos hasta el final del feudalismo en Europa occidental se organizaron de acuerdo con los principios de reciprocidad, de redistribución, de actividad hogareña, o alguna combinación de los tres.

"Estos principios se institucionalizaron con el auxilio de una organización social que, entre otras cosas, utilizaba los patrones de la simetría, la centralidad y la autarquía. En este marco se obtenía la producción y la distribución ordenada de los bienes mediante gran diversidad de motivaciones individuales disciplinadas por los principios generales del comportamiento. La ganancia (económica) no era prominente entre estas motivaciones. La costumbre y el derecho, la magia y la religión cooperaban para inducir al individuo a obedecer las reglas del comportamiento que eventualmente aseguraban el funcionamiento del sistema económico" .

A pesar de su comercio altamente desarrollado, el periodo grecorromano no representaba ninguna excepción en este sentido; se caracterizaba por la gran escala en que se practicaba la redistribución de los granos por la administración romana, en una economía que por lo demás era hogareña , de modo que no violaba la regla de que los mercados no desempeñaron ningún papel importante en el sistema económico hasta el final de la Edad Media.

"A partir del siglo XVI, los mercados eran numerosos e importantes. Bajo el sistema mercantilista, se volvieron en efecto la preocupación principal del gobierno; pero todavía no había señales del futuro control de los mercados sobre la sociedad humana. Por el contrario, la regulación y la regimentación eran mas estrictas que nunca; la idea misma de un mercado autorregulado estaba ausente" .

La historia y la etnografía señalan varias clases de economías, la mayoría de las cuales incluyen la institución de los mercados, pero no señalan ninguna economía anterior a la nuestra que se aproxime siquiera a la sociedad controlada y regulada por mercados.

Los mercados existentes desde las primeras sociedades hasta la Edad Media no eran competitivos. Polanyi los divide en dos tipos: mercados de larga distancia y mercados locales. Los primeros son aquellos motivados por la carencia de un objeto en cierta región -carencia ya sea por cuestiones geográficas, como en el caso de una droga o un vino, o carencia por cuestiones de división del trabajo-. Estas carencias, sin embargo, solían ser secundarias respecto a la economía local. Además, el comercio a larga distancia, más que abastecer de objetos de primera necesidad a la comunidad, ofrecía artículos suntuarios. Ulteriormente, tal comercio se encontraba regulado por instituciones sociales y no afectaba a la economía interna del grupo que lo practicaba.

Los mercados locales eran esos lugares en las sociedades en donde dominaba el modelo de redistribución. Ahí, no había competencia de ningún tipo. En la producción que se repartía en dichos lugares no figuraban los productos traídos del exterior. Estos mercados tuvieron lugar desde el mundo primitivo y comenzaron a desaparecer hasta el siglo XVI en algunas sociedades europeas. El mercado local no monopolizaba la vida económica de la comunidad. Además, se encontraba embedded en el resto de las instituciones sociales, es decir, no aparecía de manera pura como institución económica.

Del siglo XVI al XVIII surgió un nuevo mercado: el mercado nacional. Este mercado tenía la finalidad política de controlar a las pequeñas poblaciones para integrarlas en un entidad mayor llamada Estado-nación. El mercado nacional, llamado por Polanyi también como mercado interno, es ese instrumento político que durante la época del mercantilismo se utilizó para insertar a los habitantes de diversas aldeas en una economía nacional.

"El sistema mercantil era una respuesta a muchos retos. En términos políticos, el Estado centralizado era una creación nueva, impulsada por la Revolución comercial que había trasladado el centro de gravedad del mundo occidental, de la costa del Mediterráneo a la costa del Atlántico, obligando así a los pueblos atrasados de los países agrarios más grandes a organizarse para el comercio interior y exterior. En la política externa, el establecimiento del poder soberano era la necesidad de la época; en consecuencia, la gobernación mercantilista involucraba la reunión de los recursos de todo el territorio nacional para los fines del poder en los asuntos extranjeros. En la política interna, la unificación de los países fragmentados por el particularismo feudal y municipal era el subproducto inevitable de tal esfuerzo. En el terreno económico, el instrumento de la unificación era el capital, es decir, los recursos privados disponibles en forma de acumulaciones de dinero y peculiarmente propicios para el desarrollo del comercio. Por último, la técnica administrativa que servía de base a la política económica del gobierno central era proveída por la extensión del sistema municipal tradicional al territorio más grande del Estado. En Francia, donde los gremios de oficios tendían a convertirse en órganos estatales, el sistema gremial se extendió simplemente a todo el territorio del país; en Inglaterra, donde la declinación de la ciudad amurallada había debilitado fatalmente ese sistema, el campo se industrializaba sin la supervisión de los gremios, mientras que en ambos países se expandían el comercio exterior e interior por todo el territorio de la nación y se convertían en la forma dominante de la actividad económica. En esta situación se encuentra el origen de la política de comercio interno del mercantilismo" .

La sociedad mercantilista surgida entre los siglos XVI y XVIII en Europa Occidental da gran importancia al mercado. Sin embargo, no permite que el mercado se convierta en un mecanismo autorregulado que provea los precios de los bienes. Durante el mercantilismo el mercado se mantenía subordinado al resto de las instituciones sociales. Pese a que cobra enorme importancia, el no deja de estar regulado por factores no económicos.

Las economías nacionales mercantilistas, por ser bastante proteccionistas, favorecieron el fortalecimiento de la clases comerciantes nacionales. El proteccionismo mercantil impedía la entrada de productos extranjeros, evitando la creación de enormes monopolios mundiales.

En el mercantilismo queda, pues, sembrada la primera semilla de lo que Polanyi llamó la gran transformación. Se trata de la creación de una sociedad que le da gran importancia al comercio. También esta época trajo consigo la segunda semilla para la gran transformación: la dislocación social provocada por los cercados de las tierras comunales en Inglaterra.

"Con razón se ha dicho que los cercamientos fueron una revolución de los ricos contra los pobres. Los señores y los nobles estaban perturbando el orden social, derogando antiguas leyes y costumbres, a veces por medios violentos, a menudo por la presión y la intimidación. Estaban literalmente robando a los pobres su participación en las tierras comunales, derribando las casas que, por la fuerza insuperable de la costumbre, los pobres habían considerado durante mucho tiempo como suyas y de sus herederos. Se estaba perturbando la urdimbre de la sociedad; las aldeas desoladas y las ruinas de viviendas humanas atestiguaban la fiereza con que arrasaba la revolución, poniendo en peligro las defensas del país, vaciando sus pueblos, diezmando a su población, convirtiendo en polvo su suelo sobrecargado, hostigando a sus habitantes y convirtiéndolos en una muchedumbre de pordioseros y ladrones cuando antes eran agricultores inquilinos. Aunque esto ocurrió sólo en algunos lugares, las manchas negras amenazaban con fundirse en una catástrofe uniforme. El rey y su consejo, los cancilleres y los obispos estaban defendiendo el bienestar de la comunidad, y en efecto a la sustancia humana y natural de la sociedad en contra de este azote. Casi sin interrupción alguna, durante siglo y medio -desde el decenio de 1490, por lo menos, hasta el decenio de 1640- lucharon en contra de la despoblación. El lord protector Somerset perdió la vida a manos de la contrarrevolución que derogó las leyes de cercamientos y estableció la dictadura de los señores ganaderos, tras la derrota de la Rebelión de Kett con varios millares de campesinos sacrificados en el proceso. Somerset fue acusado, no sin razón, de haber alentado a los campesinos rebeldes con su firme denuncia de los cercamientos" .

Fue casi 100 años más tarde, a mediados del siglo XVII, cuando una segunda prueba de fuerza enfrentó a los mismos oponentes, pero ahora eran con frecuencia mucho más ricos los cercadores, los hidalgos rurales y los comerciantes que los señores y los nobles. Ahora estaba involucrada la alta política, laica y eclesiástica en el uso deliberado por parte de la corona, de su prerrogativa para impedir los cercamientos, y en su uso no menos deliberado de la cuestión para fortalecer su posición frente a los hidalgos rurales en una lucha constitucional que llevó a la muerte a Strafford y Laud a manos del parlamento . Más su política no era reaccionaria sólo en el sentido industrial del término, sino también en el sentido político; además, los predios cercados se dedicaban ahora a la agricultura, y no a la ganadería, con mucha mayor frecuencia que antes . Al poco tiempo, la marea de la guerra civil se tragaba para siempre a la política pública de los Tudor y de los primeros Estuardo que se habían caracterizado por defender las antiguas tierras comunales .

Los motivos de los cercados eran dos. El primero, la creencia de las élites en el progreso económico al que se podía llegar con los cercados. El segundo, los intereses de la clase burguesa y de algunos nobles ya que con cada cercado lograban más pastizales para sus ovejas y el control sobre la producción agrícola.

Tras esta dislocación social el hombre quedó convertido en una mercancía más para el mercado nacional -llamada mano de obra ; lo mismo sucedió con la tierra, que comenzó a convertirse en un recurso económico, vendible, comprable y explotable ; también le ocurrió a la producción algo similar: se le insertó en el mercado nacional . Sin embargo, este mercado nacional no pone los precios de manera autorregulada; aún no es el mecanismo del mercado autorregulado que la humanidad conocerá en el siglo XIX. Por el contrario, los precios (de la tierra: la renta; del trabajo de los hombres: el salario; de la producción: el valor de la mercancías en el mercado) aún eran para la época mercantilista fijados por factores no económicos -no olvidemos que el mercantilismo se caracteriza por ser una época altamente proteccionista.

La tercera semilla para la gran transformación fue igualmente arrojada durante el mercantilismo: la máquina industrial.

La máquina industrial, que cobró importancia desde el siglo XVIII está relacionada con las otras dos semillas para engendrar la gran transformación. La máquina industrial es el factor más importante, según demuestra Polanyi, para el paso de la sociedad mercantilista a la sociedad surgida de la gran transformación -la sociedad económica o sociedad de mercado.

El establecimiento de la economía de mercado no puede captarse plenamente si no se advierte el impacto de la máquina sobre una sociedad comercial. Insistimos en que en cuanto se usaron máquinas y plantas refinadas en la producción de una sociedad comercial, la idea de un mercado autorregulado era muy probable que apareciera.

El uso de máquinas especializadas en una sociedad agraria y comercial debe producir efectos característicos. Tal sociedad está integrada por agricultores y comerciantes que compran y venden el producto de la tierra. La producción con la ayuda de herramientas y plantas especializadas, refinadas, caras, puede introducirse en tal sociedad sólo volviéndola incidental de la compra y la venta. El comerciante es la única persona disponible para que se encargue de esto, y estará dispuesto a hacerlo mientras que esta actividad no le signifique una pérdida. El comerciante venderá los bienes de la misma manera que lo viene haciendo con sus demandantes, pero ahora los obtendrá de manera diferente: no comprándolos hechos, sino comprando la mano de obra y las materias primas necesarias. La reunión de los dos factores de acuerdo con las instrucciones del comerciante, más cierta espera que podría tener que hacer, generan el nuevo producto.

Dado que las máquinas refinadas son caras, sólo son costeables si se producen grandes cantidades de bienes. Ellas pueden operar sin pérdida sólo si la venta de los bienes se encuentra razonablemente asegurada y si la producción no tiene que interrumpirse por falta de los bienes primarios necesarios para su alimentación. Para el comerciante esto significa que todos los factores involucrados deben estar en venta, es decir, deben estar disponib1es en las cantidades necesarias para cualquiera que esté dispuesto a pagar por ellos. Si no se satisface esta condición, la producción con el auxilio de máquinas especializadas resulta demasiado riesgosa para emprenderla desde e1 punto de vista del comerciante que arriesga su dinero y de la comunidad en conjunto que dependerá de la producción continua de ingresos, empleos y provisiones.

Estas circunstancias no estarían dadas en una sociedad agrícola, sino que tendrían que crearse. El hecho de que se crearan gradualmente no afecta en modo alguno la naturaleza sorprendente de los cambios involucrados. La transformación implica un cambio en la motivación de la acción de parte de los miembros de la sociedad: la motivación de la subsistencia debe ser sustituida por la motivación de la ganancia. Todas las transacciones se convierten en transacciones monetarias y éstas requieren a su vez la introducción de un medio de cambio en cada articulación de la vida industrial. Todos los ingresos deben derivar de la venta de algo a otros y cualquiera que sea la fuente efectiva del ingreso de una persona deberá considerarse como el resultado de una venta. Ello está implicado en el simple término de sistema de mercado, con el que designamos el patrón institucional descrito. Pero la peculiaridad más sorprendente del sistema reside en el hecho de que, una vez establecido, debe permitirse que funcione sin interferencia externa. Los beneficios ya no están garantizados, y el comerciante debe obtener sus beneficios en el mercado. Debe permitirse que los precios se regulen solos. Tal sistema de mercados autorregulados es lo que entendemos por una economía de mercado.

"La transformación de la economía anterior a este nuevo sistema es tan completa que se asemeja más a la metamorfosis de la oruga que a cualquier otra alteración que pueda expresarse en términos de un crecimiento y un desarrollo continuos. Contrástese, por ejemplo, las actividades de venta del comerciante-productor con sus actividades de compra; sus ventas se refieren sólo a artefactos; la urdimbre de la sociedad no se verá afectada necesariamente si tales actividades tienen éxito o no. Pero lo que compra el comerciante-productor son materias primas y mano de obra: naturaleza y hombre. En efecto, la producción de máquinas en una sociedad comercial involucra nada menos que una transformación de la sustancia natural y humana de la sociedad en mercancías. La terrible conclusión es que la dislocación causada por tales instrumentos deberá destruir las relaciones humanas y amenazar con aniquilar su hábitat natural" .

Estas tres semillas fueron arrojadas por una clase de comerciantes y nobles interesados en el progreso -que para ellos quería decir ganancias económicas-. A esta clase no le importó el desarraigo, el hambre y la degradación que sufrieron millones de personas. De hecho, una nueva imagen del pobre tomó importancia por primera vez en la historia: la imagen del pobre que hambriento trabaja mejor y que una vez que sacia su hambre se vuelve perezoso. De aquí que las naciones que confiaban en el progreso impusieran una serie de leyes que prohibían pagar demasiado a los obreros. Y los subsidios gubernamentales al lado de las prestaciones sociales que daban los religiosos a los indigentes fueran mal vistas por esa clase de comerciantes -y nobles capitalistas- que poco a poco, durante el mercantilismo, tomaba el poder político y económico de varias naciones en Europa.

Es por lo anterior que Polanyi no vacila al afirmar que los motores humanos de la economía mercantilista -y luego de la de libre mercado- son el hambre y la ganancia.

Para el funcionamiento de este nuevo sistema de mercado nacional surgió la moneda nacional, que pronto se convirtió en un factor de cohesión al interior de los nuevos Estados-nación. De hecho "el sistema monetario era objetivamente la más vigorosa de las fuerzas económicas integradoras de la nación" . El dinero nacional también será llamado por Polanyi dinero-símbolo. Este dinero estaba controlado por las bancas centrales de cada nación. Ya desde el siglo XVII se hablaba de la escasez del dinero en muchas partes de Europa; para ese entonces ya muchas personas se habían vuelto dependientes del dinero para adquirir las cosas materiales necesarias para la vida.

En suma, el mercado utilizado como factor de integración nacional significó un gran giro en la óptica de los hombres respecto a su entorno y a sí mismos. El mecanismo del mercado cobró tal importancia que algunos de los factores más importantes de la vida de los hombres comenzaron a convertirse en simples objetos para el intercambio económico: la tierra, la producción y el trabajo empezaron a tener un precio; el precio se ajustaba a las motivaciones políticas -de los hombres que querían consolidar los Estado-nación- y económicas -de los nuevos dueños de los medios de producción y el control del mercado-.

El mercado se mantuvo controlado por factores no económicos -es decir, ajenos a la economía formal pura- por mucho tiempo y fue sólo hasta el siglo XIX, cuando la situación de los proteccionismos nacionales de las grandes potencias ya no resistió más y la nueva organización productiva requirió salir de sus fronteras nacionales. El crecimiento en la producción, los fenómenos que motivaban a la economía mercantilista a consolidar el Estado-nación, la fe en el progreso económico y algunos otros factores provocaron que el mecanismo del dejar pasar comenzará a llevarse a cabo a nivel mundial.

Sin embargo, aún durante los siglos de consolidación de los Estados mercantilistas, los vínculos económicos se mantuvieron vigilados por instituciones no económicas. La Iglesia y las instituciones políticas se mantuvieron atentas a los cambios provocados por el mercado y dictaron leyes para los pobres y pusieron algunas reglas a las élites económicas.

Las relaciones económicas siempre estuvieron embedded en el corpus social hasta que el sistema de mercado autorregulado cobró fuerza. Y esto sólo ocurrió hasta el siglo XIX. Aunque las posibilidades de que la economía comenzara a disembedded se dieron a la par de la conformación de los primeros Estados-nación.

3.4.2 Auge y caída del sistema de libre mercado (del siglo XIX a la Segunda Guerra Mundial)

Durante el siglo XIX hubo pocas guerras generales o entre potencias. Los liberales hablaban de un siglo de paz y progreso. La clave del sistema institucional se encontraba en las leyes gobernantes de la economía de mercado .

Por un lado, a principios del siglo pasado se proscribió el constitucionalismo , y la Santa Alianza reprimió la libertad en nombre de la paz. Durante la otra mitad del siglo XIX -y de nuevo en nombre de la paz- se encargaron los banqueros de imponer constituciones a déspotas turbulentos. Bajo las formas más variadas e ideologías siempre cambiantes -a veces en nombre del progreso y la libertad; a veces por la autoridad del trono y el altar; a veces por la gracia de la bolsa de valores y la chequera; a veces por la corrupción y el soborno; a veces por la argumentación moral y la apelación ilustrada; a veces por los cañonazos y las bayonetas- siempre se obtenía el mismo resultado: la preservación de la paz.

La Revolución Francesa reforzó a la Revolución industrial para establecer los negocios pacíficos como un interés universal. Metternich proclamó que los pueblos de Europa no deseaban la libertad sino la paz. La Iglesia y el trono iniciaron la desnacionalización de Europa. Sus argumentos encontraron apoyo en la ferocidad de las recientes formas populares de la guerra y en el incremento del valor de la paz en las economías nacientes.

Los sostenedores del nuevo interés por la paz eran, como siempre, quienes más se beneficiaban con él, a saber: el cártel de dinastías y feudalismos cuyas posesiones patrimoniales se veían amenazadas por la oleada revolucionaria de patriotismo que estaba barriendo el continente. Así pues, durante casi un tercio de siglo, la Santa Alianza proveyó la fuerza coercitiva y el impulso ideológico necesario para la implantación de una política activa en favor de la paz; sus ejércitos iban y venían por Europa aplastando a las minorías y reprimiendo a las mayorías. Desde 1846 hasta 1871 la paz se estableció con menor seguridad, la declinante fuerza de la reacción se enfrentaba a la creciente fuerza del industrialismo. En el cuarto de siglo siguiente a la Guerra francoprusiana , resurge el interés por la paz, representado por esa nueva entidad poderosa llamada el Concierto de Europa .

Ni un sistema organizado de balanza de poder podría asegurar la paz sin la amenaza continua de la guerra si no puede actuar directamente sobre los factores económicos y políticos internos e impedir el desequilibrio en su estado naciente. Una vez que el desequilibrio ha cobrado impulso, sólo la fuerza podrá corregirlo. Es un lugar común la aseveración de que, a fin de asegurar la paz, debemos eliminar las causas de la guerra; pero no suele advertirse que, para lograr tal cosa, el flujo de la vida debe ser controlado desde su origen. La Santa Alianza se propuso lograr esto con la ayuda de instrumentos peculiares. Los reyes y las aristocracias de Europa conformaron una red internacional del parentesco; y la Iglesia católica los proveía de un servicio civil voluntario que abarcaba desde el peldaño más alto hasta el más bajo de la escala social del sur y el centro de Europa. Las jerarquías de la sangre y la gracia se mezclaron en un instrumento de gobierno localmente efectivo que sólo tenía que ser complementado por la fuerza para asegurar la paz continental.

A la Santa Alianza la sucedió el Concierto de Europa, pero éste carecía de los tentáculos feudales y clericales; equivalía a lo sumo a una laxa federación, cuya coherencia no era comparable a aquella de la obra maestra de Metternich. Sólo en raras ocasiones podía convocarse a una reunión de las potencias, y sus celos daban amplio margen para la intriga, las corrientes cruzadas y el sabotaje diplomático; casi desaparecieron las acciones militares conjuntas.

"Y sin embargo, lo que la Santa alianza, con su completa unidad de pensamiento y propósito, pudo lograr en Europa sólo con el auxilio de frecuentes intervenciones armadas, se lograba aquí, a escala mundial, por una entidad fantasmagórica llamada el Concierto de Europa, con el auxilio de un uso de la fuerza mucho menos frecuente y opresivo. Para explicar esta hazaña asombrosa, debemos buscar en el nuevo ambiente la operación de algún poderoso instrumento social oculto, que pudiera desempeñar el papel de las dinastías y los episcopados bajo el ambiente antiguo, e imponer el interés de la paz. Este factor anónimo fue el de la haute finance" .

Pero ¿qué fue la haute finance del siglo XIX?

"Algunos sostienen que fue sólo un instrumento de los gobiernos; otros afirman que los gobiernos fueron instrumentos de la sed insaciable de ganancias de tal institución; algunos creen que sembraba la discordia internacional; otros dicen que fue el vehículo de un cosmopolitismo afeminado que mermaba el vigor de las naciones viriles. Ninguno estaba del todo equivocado. La haute finance, una institución sui géneris, peculiar del último tercio del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, funcionó como la conexión principal entre la organización política y la organización económica del mundo en este periodo. Proveyó los instrumentos necesarios para un sistema de paz internacional, forjado con el auxilio de las potencias, pero que ellas mismas no podrían haber establecido ni mantenido. Mientras que el Concierto de Europa actuaba sólo en intervalos, la haute finance funcionaba como un agente permanente sumamente elástico. Independiente de los gobiernos singulares, incluso de los más poderosos, estaba en contacto con todos ellos; independiente de los bancos centrales, incluso del Banco de Inglaterra. Había un contacto estrecho entre las finanzas y la diplomacia; ninguna de ellas consideraba plan alguno a largo plazo, ya fuese pacífico o belicoso, sin asegurarse de contar con la buena voluntad de la otra. Pero el secreto del exitoso mantenimiento de la paz general residía indudablemente en la posición, la organización y las técnicas de las finanzas internacionales.

Tanto el personal como las motivaciones de este organismo singular lo investían de una calidad cuyas raíces se encontraban seguramente en la esfera privada de los intereses estrictamente comerciales. Los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez. En última instancia, su independencia derivaba de las necesidades de la época que exigían un agente soberano que contara con la confianza de los estadistas nacionales y de los inversionistas internacionales; era a esta necesidad vital que la extraterritorialidad metafísica de una dinastía de banqueros judíos domiciliada en las capitales de Europa proveía una solución casi perfecta. Tales banqueros no tenían nada de pacifistas; habían hecho su fortuna financiando algunas guerras; eran impermeables a toda consideración moral; no tenían ninguna objeción contra cualquier número de guerras menores, breves o localizadas. Pero sus negocios se perjudicarían si una guerra general entre las grandes potencias interfiriera con los fundamentos monetarios del sistema. Por la lógica de los hechos, les correspondía el mantenimiento de los requisitos de la paz general en medio de la transformación revolucionaria a la que estaban sujetos los pueblos del planeta" .

Además de la haute finance había cerca de media docena de centros nacionales que giraban alrededor de sus bancos de emisión y sus bolsas de valores. De igual modo, la banca internacional no se limitaba al financiamiento de los gobiernos, y a sus aventuras en la guerra y en la paz; abarcaba la inversión extranjera en la industria, los servicios públicos y los bancos, así como los préstamos a largo plazo a corporaciones públicas y privadas en el exterior .

La motivación de la haute finance era la ganancia. Para lograrla, había que mantenerse en contacto con los gobiernos, cuya finalidad era el poder y la conquista. En esta época podríamos ignorar la distinción existente entre el poder político y el poder económico, entre los propósitos económicos y políticos de los gobiernos; los Estados nacionales de este periodo se caracterizaban por el hecho de que tal distinción tenía escasa realidad: sin importar sus objetivos, los gobiernos trataban de alcanzarlos mediante el uso y el incremento del poder nacional. Por su parte, la organización y el personal de la haute fnance eran internacionales, pero no por ello enteramente independientes de la organización nacional. La haute finance como un centro que activa la participación de los banqueros en sindicatos y consorcios, grupos de inversión, préstamos extranjeros, controles financieros, u otras transacciones de ambicioso alcance, tenía que buscar la cooperación de la banca nacional, el capital nacional, las finanzas nacionales. Aunque las finanzas nacionales estaban generalmente menos sometidas que la industria nacional al gobierno, su sometimiento bastaba todavía para hacer que las finanzas internacionales se mostrasen ávidas por mantenerse en contacto con los propios gobiernos.

"Pero en la medida en que -en virtud de su posición y personal, su fortuna privada y sus afiliaciones- era efectivamente independiente de cualquier gobierno singular, la haute finance podía servir a un nuevo interés, sin ningún órgano específico propio, a cuyo servicio no se encontraba ninguna otra institución, y que era sin embargo de vital importancia para la comunidad: el mantenimiento de la paz. No la paz a toda costa, ni siquiera la paz al precio de cualquier ingrediente de independencia, soberanía, gloria investida o aspiraciones futuras de las potencias involucradas, pero de todos modos la paz, sí era posible alcanzarla sin tal sacrificio" .

La influencia ejercida por la haute finance sobre las potencias era consistentemente favorable a la paz europea. Y esta influencia era efectiva en la medida en que los propios gobiernos dependían de su cooperación en más de una dirección. Si sumamos a esto el creciente interés por la paz que existía en cada nación donde se había arraigado el hábito de la inversión, empezaremos a entender que la temible innovación de una paz armada de docenas de Estados prácticamente movilizados pudiera pender sobre Europa desde 1871 hasta 1914 sin estallar en una conflagración total.

Las finanzas actuaban como un moderador poderoso en los consejos y las políticas de varios Estados soberanos más pequeños. Los préstamos y su renovación dependían del crédito y éste a su vez dependía del buen comportamiento. Dado que, bajo el gobierno constitucional, los gobiernos inconstitucionales eran severamente rechazados. El comportamiento se refleja en el presupuesto y el valor externo de la moneda no puede separarse de la apreciación del presupuesto, los gobiernos deudores debían vigilar sus tasas de cambio con cuidado y evitar las políticas que pudieran afectar la solidez de la posición presupuestaria. Esta máxima útil se convirtió en una regla de conducta sólida una vez que un país hubiese adoptado el patrón oro, que limitaba al mínimo las fluctuaciones permisibles. El patrón oro y el constitucionalismo eran los instrumentos que hacían oír la voz de la City de Londres en muchos países pequeños que habían adoptado estos símbolos de adhesión al nuevo orden internacional. La Pax británica se imponía ya fuera por la ominosa presencia de las cañoneras, pero más frecuentemente por el estirón oportuno a un hilo de la red monetaria internacional.

"La influencia de la haute finance se aseguraba también a través de su administración no oficial de las finanzas de vastas regiones semicoloniales del mundo, incluidos los decadentes imperios del Islam en la zona altamente inflamable del Cercano oriente y el norte de África. Era aquí que el trabajo rutinario de los financieros tocaba los factores sutiles que se encontraban detrás del orden interno, y proveía una administración de facto para las regiones problemáticas donde la paz era más vulnerable. Era así como podían llenarse a menudo los numerosos requisitos de las inversiones de capital a largo plazo en estas áreas, frente a obstáculos casi insuperables. La épica de la construcción de ferrocarriles en los Balcanes, en Anatolia, Siria, Persia, Egipto, Marruecos y China es una historia de persistencia y de giros pasmosos reminiscentes de una hazaña similar en el continente americano. Pero el principal peligro que acechaba a los capitalistas de Europa no era el fracaso tecnológico o financiero, sino la guerra, y no una guerra entre países pequeños (que pudiera ser aislada fácilmente) ni una guerra de una gran potencia contra un país pequeño (un suceso frecuente y a menudo conveniente), sino una guerra general entre las grandes potencias. Europa no era un continente vacío sino el hogar de muchos millones de pueblos antiguos y nuevos; cada nuevo ferrocarril debía abrirse camino a través de fronteras de variable solidez, algunas de las cuales podrían verse fatalmente debilitadas por el contacto, mientras que otras se reforzaban vitalmente. Sólo el puño de hierro de las finanzas sobre los gobiernos postrados de regiones atrasadas podría evitar la catástrofe. Cuando Turquía dejó de cumplir con sus obligaciones financieras en 1875, estallaron de inmediato conflagraciones militares, las cuales duraron desde 1876 hasta 1878, cuando se firmó el Tratado de Berlín. La paz se mantuvo luego durante 36 años. Esa paz sorprendente se implantó por el Decreto de Muharrem de 1881, que creó la Deuda otomana en Constantinopla. Los representantes de la haute finance se encargaron de la administración del grueso de las finanzas turcas. En numerosos casos elaboraron compromisos entre las potencias; en otros casos impidieron que Turquía creara sus propias dificultades; en otros más, actuaron simplemente como los agentes políticos de las potencias; en todos los casos sirvieron a los intereses monetarios de los acreedores y, de ser posible, a los intereses de los capitalistas que trataban de obtener beneficios en ese país. Esta tarea se complicó enormemente por el hecho de que la Comisión de la deuda no era un organismo representativo de los acreedores privados, sino un órgano del derecho público de Europa donde la haute finance no estaba representada de manera oficial. Pero era precisamente por esa capacidad anfibia que podía cerrar la brecha existente entre la organización política y la organización económica de la época" .

El comercio dependía de un sistema monetario internacional que no podía funcionar en una guerra general. Demandaba la paz y las grandes potencias se esforzaban por mantenerla. Pero el sistema de la balanza de poder no podía asegurar por sí solo la paz. Esto lo hacían las finanzas internacionales, cuya existencia misma incorporaba el principio de la nueva dependencia del comercio frente a la paz.

Durante la Paz de los treinta años, 1816-1846, Gran Bretaña estaba presionando ya en favor de la paz y los negocios, y la Santa alianza no desdeñó la ayuda de los Rothschild. Bajo el Concierto de Europa, de nuevo, las finanzas internacionales debieron recurrir a menudo a sus afiliaciones dinásticas y aristocráticas. Pero tales hechos sólo tienden a fortalecer nuestro argumento de que, en todo caso, no se mantuvo la paz simplemente a través de las cancillerías de las grandes potencias, sino con el auxilio de agencias organizadas concretas que actuaban al servicio de intereses generales -los de la economía de las grandes potencias .

En el último cuarto del siglo XIX los precios mundiales de las mercancías eran la realidad central de la vida de millones de campesinos continentales; las consecuencias del mercado de dinero de Londres eran notadas diariamente por los negociantes de todo el mundo; los gobiernos discutían los planes para el futuro a la luz de la situación existente en los mercados mundiales del capital. En virtud de que este sistema necesitaba de la paz para funcionar fue muy importante la balanza de poder. El éxito del Concierto de Europa se derivó de las necesidades de la nueva organización internacional de la economía, y terminaría inevitablemente con su disolución .

En los años noventa se encontraba en su apogeo la haute finance y la paz parecía más segura que nunca. Los intereses británicos y franceses diferían en Africa; británicos y rusos estaban compitiendo en Asia; el Concierto continuaba funcionando, así fuese con tropiezos; a pesar de la Triple Alianza, había todavía más de dos poderes independientes que se vigilaban recíprocamente con suspicacia. Esta situación no duró mucho tiempo. En 1904, Gran Bretaña hizo con Francia un arreglo global sobre Marruecos y Egipto; un par de años más tarde transó con Rusia sobre Persia, y se formó la contralianza. El Concierto de Europa, esa laxa federación de poderes independientes, fue finalmente remplazado por dos grupos de poder hostiles; ahora dejaba de existir la balanza de poder como un sistema. Su mecanismo dejó de funcionar cuando sólo quedaban dos grupos de poder rivales. Ya no existía un tercer grupo que se uniera a uno de los otros dos para frenar al que quisiera incrementar su poder. Por la misma época se agudizaron los síntomas de la disolución de las formas de la economía mundial existentes: la rivalidad colonial y la competencia por mercados exóticos. La capacidad de la haute finance para impedir la difusión de las guerras disminuía con rapidez. La paz subsistió durante otros siete años, pero era inevitable que la disolución de la organización económica del siglo XIX terminara con la Paz de los cien años.

Para que funcionara el sistema del libre comercio durante el siglo XIX, se creó el patrón oro. El patrón oro (o dinero-mercancía como también lo llama Polanyi) era la forma en que las potencias lograban entrar a las diferentes economías nacionales para competir en la venta y compra de bienes. La creación del dinero-mercancía significó un dinero distinto al dinero-símbolo. Pues, mientras éste no tiene un precio, pues no vale por sí mismo -sino sólo como medio para adquirir bienes-, el dinero-mercancía si tiene un precio, que a su vez se fija a través del mecanismo de la oferta y la demanda. El dinero-mercancía es lanzado como un producto internacional que tiene un valor en sí y que además está expuesto a las leyes del mercado. Pero no debemos olvidar que, sí el dinero-mercancía tiene ciertas características que lo distinguen del dinero-símbolo, también tiene la característica de servir para realizar intercambios comerciales -sobre todo intercambios internacionales-.

Con el patrón oro internacional se puso en operación el aparato de mercado más ambicioso de todos, el que implicaba la independencia absoluta de los mercados frente a las autoridades nacionales. El comercio mundial significaba ahora la organización de la vida en el planeta bajo un mercado autorregulado que incluía la mano de obra, la tierra y el dinero, con el patrón oro como el guardián de esta automatización gigantesca. Naciones y pueblos eran simples muñecos en un espectáculo que escapaba por completo a su control. Se protegían contra el desempleo y la inestabilidad con el auxilio de los bancos centrales y los aranceles aduaneros, complementados por las leyes migratorias.

Las divisas estables se hicieron de vital importancia para la existencia misma de la economía inglesa; Londres se convirtió en el centro financiero de un creciente comercio mundial. Pero sólo el dinero-mercancía podía servir para este fin, por la obvia razón de que el dinero simbólico, ya fuese bancario o personal, no podría circular en suelo extranjero. Por ello el patrón oro -el nombre aceptado para un sistema de dinero-mercancía internacional- apareció en la escena.

"Bajo las condiciones del siglo XIX, el comercio exterior y el patrón oro tenían una prioridad indisputada sobre las necesidades del comercio interior. El funcionamiento del patrón oro requería la reducción de los precios internos siempre que el intercambio se veía amenazado por la depreciación. Dado que la deflación ocurre mediante las restricciones crediticias, se sigue que la operación del dinero-mercancía interfería con la operación del sistema crediticio. Este era un peligro permanente para las empresas. Pero no podía ni pensarse en descartar por completo el dinero simbólico y restringir el circulante al dinero-mercancía, ya que tal remedio habría sido peor que la enfermedad" .

La banca central servía para mitigar este defecto del dinero crediticio en gran medida. Centralizando la oferta de crédito en un país, podía evitarse la dislocación total de la actividad económica y del empleo involucrado en la deflación, y permitía organizar la deflación de tal manera que se absorbiera el choque y se repartiera su carga por todo el país. En su funcionamiento normal, el banco amortiguaba los efectos inmediatos de las salidas de oro sobre la circulación de billetes, y de la disminución de la circulación de billetes sobre la actividad económica.

El banco podía usar varios métodos. Los préstamos a corto plazo podían salvar la brecha causada por las pérdidas de oro a corto plazo y evitar por completo la necesidad de las restricciones crediticias. Pero aunque las restricciones del crédito fuesen inevitables, como ocurría a menudo, la acción del banco tenía un efecto amortiguador. La elevación de la tasa bancaria, al igual que las operaciones de mercado abierto, difundían los efectos de las restricciones por toda la comunidad, mientras desplazaban la carga de las restricciones a los hombros más fuertes.

"El Estado, cuya casa de moneda parecía certificar simplemente el peso de las monedas, era en efecto el garante del valor del dinero simbólico, que aceptaba como pago de los impuestos y en otras formas. Este dinero no era un medio de cambio, sino un medio de pago; no era una mercancía, sino un poder de compra; lejos de tener utilidad en sí mismo, era sólo un objeto que incorporaba un derecho cuantificado a las cosas que podría comprar. Desde luego, una sociedad donde la distribución dependía de la posesión de tales símbolos del poder de compra era una construcción enteramente diferente de la economía de mercado" .

En el campo externo las monedas nacionales desempeñaron un papel definitivo, aunque esto casi no se reconoció a la sazón. La filosofía dominante del siglo XIX era pacifista e internacionalista; en principio, todas las personas educadas eran partidarias del libre comercio, y con reservas que ahora parecen irónicamente modestas, no lo eran menos en la práctica. Claro que la fuente de esta perspectiva era económica; gran parte del idealismo genuino derivaba de la esfera del trueque y el comercio: por una paradoja suprema, los deseos egoístas del hombre estaban validando sus impulsos más generosos. Pero desde el decenio de 1870 podía apreciarse un cambio emocional, aunque no había ninguna alteración correspondiente en las ideas dominantes. El mundo continuaba creyendo en el internacionalismo y la interdependencia, mientras actuaba bajo los impulsos del nacionalismo y la autosuficiencia. El nacionalismo liberal se estaba convirtiendo en un liberalismo nacional, con su inclinación marcada hacia el proteccionismo y el imperialismo en el exterior, el conservadurismo monopólico en el interior. En ninguna parte era la contradicción tan profunda como en el campo monetario. La creencia en el patrón oro internacional continuaba contando con las lealtades ilimitadas de los hombres, al mismo tiempo que se creaban monedas simbólicas, basadas en la soberanía de los diversos sistemas de banca central. Bajo la égida de los principios internacionales, se estaban erigiendo pilares inexpugnables de un nuevo nacionalismo, de manera inconsciente, bajo la forma de los bancos centrales de emisión .

En verdad, el nuevo nacionalismo era el corolario del nuevo internacionalismo. El patrón oro internacional no podría ser tolerado por las naciones a las que supuestamente debería servir, a menos que se aseguraran contra los peligros con los que amenazaba a las comunidades que se adherían a él. Las comunidades completamente monetizadas no hubieran podido soportar los ruinosos efectos de los cambios abruptos del nivel de los precios requeridos por el mantenimiento de divisas estables a menos que el choque hubiese sido amortiguado por medio de una política de banca central independiente. La moneda nacional simbólica era la salvaguardia de esta seguridad relativa ya que permitía que el banco central actuara como un amortiguador entre la economía interna y la externa . Si la balanza de pagos se veía amenazada por la falta de liquidez, las reservas y los préstamos externos permitían superar la dificultad.

Si la clase mercantil era la protagonista de la economía de mercado, el banquero era el líder innato de esa clase. El empleo y los ingresos estaban determinados por la rentabilidad de las empresas, pero ésta dependía de la estabilidad de las tasas de cambio y de las condiciones crediticias sanas, ambas bajo la responsabilidad del banquero.

"Un presupuesto sano y la estabilidad de las condiciones crediticias internas presuponían la estabilidad de las tasas de cambio; y esta estabilidad sólo podría lograrse si el crédito interno era seguro y las finanzas estatales estaban en equilibrio. En suma, la responsabilidad del banquero comprendía la salud de las finanzas internas y la estabilidad externa de la moneda. Es por ello que los banqueros, como clase, fueron los últimos en advertir que ambas cosas habían perdido su significado. En efecto, no hay nada sorprendente en la influencia dominante de los banqueros internacionales durante los años veinte, ni en su eclipse durante los años treinta. En los años veinte, todavía se consideraba el patrón oro como la condición necesaria para el retorno a la estabilidad y la prosperidad, y en consecuencia ninguna demanda de sus guardianes profesionales, los banqueros, se consideraba demasiado onerosa, siempre que prometiera asegurar la estabilidad de las tasas de cambio; cuando esto resultó imposible, después de 1929, surgió imperativa la necesidad de una moneda interna estable, y nadie estaba menos calificado que el banquero para proveerla.

En ningún campo fue tan abrupto el derrumbe de la economía de mercado como en el del dinero. Los aranceles agrarios que interferían en la importación de los productos de tierras extranjeras destruían el libre comercio; el estrechamiento y la regulación del mercado de mano de obra restringían el regateo a los campos donde la ley permitía que decidieran las partes. Pero ni en el caso de la mano de obra ni en el de la tierra hubo un rompimiento formal del mecanismo del mercado, repentino y completo, como ocurriera en el campo del dinero. En los otros mercados no hubo nada comparable al abandono del patrón oro hecho por Gran Bretaña el 21 de septiembre de 1931; ni siquiera el evento subsidiario de la acción similar estadounidense en junio de 1933. Para ese momento, la Gran depresión iniciada en 1929 había destruido la mayor parte del comercio mundial, pero esto no significaba ningún cambio en los métodos, ni afectaba a las ideas vigentes. En cambio, el fracaso final del patrón oro era el fracaso final de la economía de mercado.

El liberalismo económico se había iniciado 100 años atrás y había sido afrontado por un contrataque proteccionista que ahora asaltaba al último bastión de la economía de mercado. Un nuevo conjunto de ideas gobernantes sustituía al mundo del mercado autorregulado. Ante la estupefacción de la gran mayoría de los contemporáneos, surgieron fuerzas insospechadas del liderazgo carismático y el aislacionismo autárquico que fusionaron a las sociedades en formas nuevas" .

El mecanismo del libre mercado, que funcionó relativamente en paz durante buena parte del siglo XIX, para 1879 comenzaba a verse mermado por los proteccionismos de las potencias europeas. Dichos proteccionismos, acompañados de la revitalización de la colonización, trajeron como consecuencia que el comercio internacional disminuyera considerablemente en casi todos sus sectores. En casi todos, pues en la cuestión del dinero-mercancía, el comercio internacional se mantuvo muy influyente hasta 1929.

Para casi todas las naciones, el libre comercio de algunos factores había representado una grave dislocación de instituciones sociales -instituciones que muchas veces ya habían comenzado a dislocarse durante el mercantilismo-. El libre comercio del siglo XIX representó por primera vez en la historia de la humanidad un intento por disembed el aparato económico del resto de la sociedad. La ingenua creencia de que el mercado, el dinero, la tierra, el trabajo, la naturaleza, el comercio y la producción, podían aislarse del resto de la sociedad, podían tener autonomía y funcionar con base en los lineamientos de la maximización económica, de la economía formal, trajo como consecuencia una respuesta muchas veces violenta por parte de las sociedades de diversos lugares del mundo. Las sociedades se organizaban en sindicatos, en partidos políticos, exigían una serie de prestaciones y demás ventajas, si bien, no para recuperar un poco de lo perdido con el mercantilismo y el sistema de libre mercado, a menos sí para lograr sobrevivir. Haber disembedded a la economía del corpus social no podía más que representar una catástrofe que ni política ni económicamente era del todo sostenible para los Estados-nación.

Pese a que el comercio internacional, para 1879 se había reducido notablemente, el sistema económico internacional se mantenía; la mayoría de los países, aún después de la Primera Guerra Mundial, se mantenían atados a dicho sistema; los Estados-nación lejos estaban de ser autárquicos, pues mantenían relaciones económicas estrechas con el exterior. El factor que mantuvo vinculados a los países al sistema internacional fue el dinero-mercancía.

"En contraste con los hombres y los bienes, el dinero estaba libre de todas las medidas restrictivas y continuaba desarrollando su capacidad para realizar transacciones comerciales a cualquier distancia y en todo tiempo. Entre más difícil se volvía el desplazamiento de los objetos reales, más fácil se volvía la transmisión de derechos sobre ellos. Mientras se frenaba el comercio de bienes y servicios y su balanza oscilaba precariamente, la balanza de pagos se mantenía líquida en forma casi automática con el auxilio de préstamos a corto plazo que viajaban por todo el globo, y de operaciones de financiamiento que sólo débilmente tomaban en cuenta al comercio visible. Los pagos, las deudas y los créditos no se veían afectados por las crecientes barreras erigidas en contra del intercambio de bienes; la elasticidad rápidamente creciente y la universalidad del mecanismo monetario internacional estaba compensando en cierto modo la contracción incesante de los canales del comercio mundial. A principios de los años treinta, cuando el comercio mundial se había reducido a un mínimo, los préstamos internacionales a corto plazo alcanzaron una movilidad jamás vista. Mientras funcionara el mecanismo de los movimientos internacionales del capital y de los créditos a corto plazo, ningún desequilibrio del comercio real era demasiado grande para que no se superara con los métodos de la contabilidad. Se evitaba la dislocación social con el auxilio de los movimientos del crédito; el desequilibrio económico se corregía por medios financieros" .

Así pues, desde fines del siglo XIX las deudas externas y las inversiones extranjeras se convirtieron en el elemento que mantuvo activo al sistema económico internacional. Estos mecanismos, que funcionan a través del dinero-mercancía, siguieron siendo, hasta los años 30, la forma en que las grandes potencias conseguían lo que necesitaban para que el sistema económico internacional no se despedazara, así como para que las sociedades nacionales no se sublevaran. Cada vez que un país declaraba la moratoria de inmediato se enviaban

"las cañoneras, y el gobierno moroso afrontaría la alternativa del bombardeo o el arreglo, independientemente de que su mora fuese fraudulenta o no. No se disponía de ningún otro método para obligar al pago, evitar grandes pérdidas y mantener en marcha al sistema. Una práctica similar se había usado para inducir a los pueblos coloniales a reconocer las ventajas del comercio cuando el argumento teóricamente infalible de la ventaja recíproca no era entendido por los nativos con rapidez o de ninguna manera" .

En esta época, los países con colonias eran mal vistos. Esto trajo consigo un importante movimiento anti-imperialista. El anti-imperialismo fue iniciado por Adam Smith. Las razones de dicha corriente eran económicas: la rápida expansión de los mercados, iniciada por la Guerra de los siete años, hizo que los imperios pasaran de moda. Mientras que los descubrimientos geográficos, combinados con la relativa lentitud de los medios de transporte, favorecían a las plantaciones en el extranjero, las comunicaciones rápidas convertían a las colonias en un lujo caro. Otro factor desfavorable para las plantaciones era el hecho de que las exportaciones eran ahora mas importantes que las importaciones; el ideal del mercado de compradores se veía desplazado por el mercado de vendedores, un objetivo que ahora podía alcanzarse simplemente vendiendo más barato que los competidores, incluidos eventualmente los propios colonizadores. Una vez perdidas las colonias de la costa atlántica, Canadá apenas podía permanecer dentro del Imperio (1837); hasta Disraeli aconsejaba la liquidación de las posesiones de África occidental; el Estado de Orange ofreció en vano unirse al imperio; y algunas islas del Pacífico, consideradas ahora como bases de la estrategia mundial, vieron consistentemente negada su admisión. Los partidarios del libre comercio y los proteccionistas, los liberales y los tories ardientes se unieron en la convicción popular de que las colonias eran un activo inútil, destinado a convertirse en un pasivo político y financiero. Cualquiera que elogiara a las colonias en el siglo transcurrido entre 1780 y 1880 era visto como partidario del ancien régime. La clase media denunció la guerra y la conquista como maquinaciones dinásticas y se adhirió al pacifismo. François Quesnay fue el primero en reclamar para el laissez-faire los laureles de la paz. Francia y Alemania siguieron las huellas de Inglaterra.

"La primera frenó apreciablemente el ritmo de su expansión, e incluso su imperialismo era ahora más continental que colonial. Bismarck rechazaba airadamente el pago de una sola vida por los Balcanes y echó toda su influencia tras la propaganda anticolonial. Tal era la actitud gubernamental cuando las compañías capitalistas estaban invadiendo continentes enteros; cuando la East India Company se había disuelto a insistencia de ávidos exportadores de Lancashire , y traficantes anónimos de mercancías remplazaron en India a las resplandecientes figuras de Warren Hastings y Clive . Los gobiernos se mantenían alejados. Canning ridiculizó la noción de la intervención en aras de inversionistas y especuladores en el extranjero. La separación de la política y la economía se llevaba ahora a los asuntos internacionales" .

En resumen, el sistema económico internacional no fue sólo fuente de paz y progreso, sino también de enormes contradicciones y cambios radicales a nivel social. Dichas contradicciones provocaron tensiones de diferentes tipos. Las tensiones pueden agruparse fácilmente de acuerdo con las principales esferas institucionales. En la economía interna, los síntomas de desequilibrio más variados -como la declinación de la producción, el empleo y los ingresos- se representaron aquí por el flagelo típico del desempleo . En la política interna había la lucha y el empate de las fuerzas sociales; es decir una tensión clasista. Las dificultades surgidas en el campo de la economía internacional, centradas alrededor de la llamada balanza de pagos e integradas por una baja de las exportaciones, desfavorables términos de intercambio, escasez de materias primas importadas, y pérdidas de las inversiones extranjeras, como un grupo, por una forma característica de la tensión, a saber: la presión sobre los cambios. Por último, las tensiones existentes en la política internacional se agravaban por las rivalidades imperialistas .

Entre 1879 y 1929 tales tensiones se agravaron y terminaron por derrumbar al sistema económico internacional. En los años veinte, cuando se derrumbó el sistema internacional, volvieron a aparecer los problemas, ya casi olvidados del capitalismo inicial. Entre ellos destacaba el del gobierno popular .

El sistema económico internacional del siglo XIX legó a la humanidad un choque de intereses grupales que condujo a la paralización de los órganos de la industria o del Estado, este choque constituía un peligro inmediato para el orden internacional.

"Pero esto era precisamente lo que ocurría en los años veinte. Los trabajadores se atrincheraron en el parlamento, donde su número les daba un peso; los capitalistas hacían de la industria una fortaleza para dominar desde allí al país. Los organismos populares contestaron con una intervención despiadada en los negocios, pasando por alto las necesidades de la forma dada de la industria. Los capitanes de industria estaban subvirtiendo a la población, de la lealtad a sus propios gobernantes libremente elegidos, a ellos mismos, mientras que los organismos democráticos declaraban la guerra al sistema industrial del que dependía la subsistencia de todos. Eventualmente, llegaría el momento en que el sistema económico y el sistema político se vieran amenazados por la parálisis completa. El temor se apoderaría de la gente, y el liderazgo sería otorgado a quienes ofrecieran una salida fácil, cualquiera que fuese el precio final. La situación estaba madura para la solución fascista" .

La aparición del fascismo en los países industriales e incluso en varios países ligeramente industrializados, no debería haberse imputado jamás a causas locales, a mentalidades nacionales o a antecedentes históricos . El papel desempeñado por el fascismo estaba determinado por un solo factor: la condición del sistema de mercado.

En el periodo de 1917-1923, los gobiernos buscaron ocasionalmente el auxilio fascista para ayudar a restaurar la ley y el orden: no se requería más para echar a andar el sistema de mercado. Y por tanto el fascismo seguía sin desarrollarse. Durante el periodo de 1924-1929, a la vez que la restauración del sistema de mercado parecía asegurada, el fascismo se desvaneció casi por completo como una fuerza política. Después de 1930, la economía de mercado se encontraba en una crisis general. Pocos años más tarde, el fascismo era un poder mundial.

"El primer periodo, de 1917 a 1923, produjo poco más que el término. En varios países europeos -como Finlandia, Lituania, Estonia, Latvia, Polonia, Rumania, Bulgaria, Grecia y Hungría- habían ocurrido revoluciones agrarias o socialistas, mientras que en otros -tales como Italia, Alemania y Austria- había ganado influencia política la clase trabajadora industrial. Eventualmente, las contrarrevoluciones restablecieron el balance del poder interno. En la mayoría de los países, los campesinos se volvieron contra los trabajadores urbanos; en algunos países, los movimientos fascistas fueron iniciados por oficiales y gente de alto rango, quienes señalaron el camino al campesinado; en otros, como en Italia, los desempleados y la pequeña burguesía formaron tropas fascistas. En ninguna parte se discutía algo más que la ley y el orden, o se planteaba alguna reforma radical; en otras palabras, no había ninguna señal evidente de una revolución fascista. Estos movimientos eran fascistas sólo en la forma, es decir, sólo en la medida en que algunas bandas civiles, los llamados elementos irresponsables, recurrían a la fuerza y a la violencia con la connivencia de personas dotadas de autoridad. La filosofía antidemocrática del fascismo ya había nacido, pero no era todavía un factor político en 1920" .

Debieron transcurrir otros 10 años o más, antes de que el fascismo italiano desarrollara algo parecido a un sistema social distintivo. A pesar de haber estado en el gobierno del país desde largo tiempo atrás.

Desde 1924 Europa y Estados Unidos fueron escenario de un ruidoso auge que eliminaba toda preocupación por la solidez del sistema de mercado. Se proclamó la restauración del capitalismo.

"Tanto el bolchevismo como el fascismo fueron liquidados, excepto en las regiones periféricas. El Comintern declaró que la consolidación del capitalismo era un hecho; Mussolini elogió al capitalismo liberal; todos los países importantes estaban en ascenso, excepto la Gran Bretaña. Estados Unidos disfrutaba una prosperidad legendaria, y al continente le iba casi tan bien. El putsch de Hitler había sido aplastado ; Francia había evacuado el Ruhr ; el Reichsmark se restableció como por un milagro; el Plan Dawes había sacado la política de las reparaciones; Locarno estaba muy distante, y Alemania iniciaba un auge de siete años. Antes de la terminación de 1926, el patrón oro reinaba de nuevo, desde Moscú hasta Lisboa.

Fue en el tercer periodo -después de 1929- que se hizo evidente la verdadera significación del fascismo. Era evidente el estancamiento del sistema de mercado. Hasta entonces, el fascismo había sido poco más que un aspecto del gobierno autoritario de Italia, el que por lo demás difería poco de los gobiernos más tradicionales. Ahora surgía como una solución alternativa para el problema de una sociedad industrial. Alemania tomó la delantera en una revolución de alcance europeo y el alineamiento fascista proveía a su lucha del poder de una dinámica que pronto abarcaría a los cinco continentes" .

Un evento adventicio, pero en modo alguno accidental, inició la destrucción del sistema internacional. Un hundimiento de Wall Street alcanzó dimensiones enormes y se vio seguido por la decisión británica de abandonar el oro y, dos años después, por un movimiento similar en Estados Unidos. Al mismo tiempo, dejó de reunirse la Conferencia del desarme, y Alemania dejó la Liga de las naciones en 1934.

Estos eventos simbólicos iniciaron una época de cambio espectacular en la organización del mundo. Tres potencias -Japón, Alemania e Italia- se rebelaron contra el statu quo y sabotearon las vacilantes instituciones de la paz. Al mismo tiempo la organización efectiva de la economía mundial se negaba a funcionar. El patrón oro fue abandonado por sus creadores anglosajones, por lo menos temporalmente; las deudas externas eran repudiadas bajo el disfraz de la mora; los mercados de capital y el comercio mundial se derrumbaban. El sistema político y el sistema económico del planeta se desintegraban conjuntamente.

Dentro de las naciones mismas, el cambio no era menos profundo. Los sistemas bipartidistas fueron remplazados por gobiernos unipartidistas, a veces por gobiernos nacionales. Sin embargo, las semejanzas externas entre los países dictatoriales y los países que conservaban una opinión pública democrática sólo servían para poner de relieve la importancia superlativa de las instituciones libres de discusión y decisión. Rusia viró hacia el socialismo bajo formas dictatoriales. Desapareció el capitalismo liberal en los países que se preparaban para la guerra, como Alemania, Japón e Italia, y en menor medida también en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Pero los regímenes emergentes del fascismo, el socialismo y el Nuevo Trato (New Deal) sólo se asemejaban por el hecho de que descartaban los principios del laissez-faire.

Alemania estaba ahora deseosa de apresurar la caída de la economía mundial tradicional, que todavía daba un asiento al orden internacional, y previendo el colapso de tal economía se adelantó a sus oponentes. Deliberadamente se alejó del sistema internacional del capital, las mercancías y la moneda, a fin de reducir la influencia del mundo exterior sobre ella cuando considerara conveniente repudiar sus obligaciones políticas. Promovió la autarquía económica para asegurar la libertad requerida por sus planes de largo alcance. Despilfarró sus reservas de oro, destruyó su crédito externo mediante el repudio gratuito de sus obligaciones, e incluso borró el saldo favorable de la balanza comercial. Sin dificultad camufló sus verdaderas intenciones, ya que ni Wall Street, ni la City de Londres, ni Ginebra, sospechaban que los nazis estaban apostando en realidad a la disolución final de la economía del siglo XIX.

"Aunque Inglaterra había abandonado temporalmente el oro, su economía y sus finanzas siguieron basándose en los principios de las tasas de cambio estables y la moneda sana. De aquí surgían las limitaciones que afrontaba en lo referente al rearme. Así como la autarquía alemana era un resultado de consideraciones militares y políticas derivadas de su intención de impedir una transformación general, la estrategia y la política exterior de Gran Bretaña estaban restringidas por su perspectiva financiera conservadora. La estrategia de la guerra limitada reflejaba la visión de un emporio isleño, que se consideraba seguro mientras que su marina fuera suficientemente fuerte para asegurar los abastos que su moneda sana podía comprar en los Siete mares. Hitler se encontraba ya en el poder en 1933, cuando Duff Cooper, un obstinado ministro, defendía los recortes del presupuesto destinado a las fuerzas armadas en 1932 en vista de la quiebra nacional, que entonces se consideraba un peligro mayor aún que el de un servicio ineficiente de la guerra. Más de tres años después, lord Halifax sostenía que la paz podría lograrse mediante el ajuste económico y que no habría ninguna interferencia con el comercio" .

En 1933 Halifax y Chamberlain formulaban aún la política británica en términos de balas de plata y de los tradicionales préstamos estadunidenses para Alemania. Incluso después de que Hitler había cruzado el Rubicón y había ocupado Praga, lord Simon aprobaba en la Cámara de los comunes la participación de Montagu Norman en la entrega de las reservas de oro checoslovacas a Hitler.

"Simon estaba convencido de que la integridad del patrón oro, a cuya restauración dedicaba sus esfuerzos de estadista, superaba todas las demás consideraciones. Los contemporáneos creían que la acción de Simon era el resultado de una política decidida de apaciguamiento. En realidad, era un homenaje al espíritu del patrón oro, el que continuaba gobernando la perspectiva de los hombres prominentes en la City de Londres en las cuestiones estratégicas y políticas. En la misma semana del estallamiento de la guerra, el Ministerio de Relaciones Exteriores, respondiendo a una comunicación verbal de Hitler a Chamberlain, formulaba la política británica en términos de los préstamos estadunidenses tradicionales para Alemania. La falta de preparación militar de Inglaterra se debía sobre todo a su adhesión a la economía del patrón oro. (...) Al principio, Alemania cosechó las ventajas de quienes matan al condenado a muerte. Su delantera duró mientras que la liquidación del sistema obsoleto del siglo XIX se lo permitió. La destrucción del capitalismo liberal, del patrón oro y de las soberanías absolutas fue el resultado accidental de sus excursiones de pillaje" .

El mayor activo político de Alemania residía en su capacidad para forzar a los países del mundo a alinearse en contra del bolchevismo. Alemania se convirtió en el principal beneficiario de la transformación tomando la delantera en la solución al problema de la economía de mercado que durante largo tiempo pareció contar con el apoyo incondicional de las clases propietarias, y en efecto no siempre sólo de tales clases. Bajo el supuesto liberal y marxista de la primacía de los intereses clasistas económicos, Hitler no podía dejar de ganar. Pero la unidad social de la nación resultó más relevante aún que la unidad económica clasista.

De 1917 a 1929, el temor al bolchevismo era igual al temor al desorden que podría obstruir fatalmente la restauración de una economía de mercado que sólo podría funcionar en una atmósfera de confianza sin reservas. En los años 30 el socialismo se convirtió en una realidad en Rusia. La colectivización de las granjas significó la sustitución de la economía de mercado por los métodos cooperativos en lo referente al decisivo factor de la tierra. Rusia surgía ahora como el representante de un sistema nuevo que pudiera remplazar a la economía de mercado.

"No suele advertirse que los bolcheviques, ardientes socialistas, se rehusaban sin embargo tercamente a establecer el socialismo en Rusia. Sus convicciones marxistas habrían bastado por sí solas para impedir tal intento en un país agrícola atrasado. Pero aparte del episodio enteramente excepcional del llamado Comunismo de guerra de 1920, los líderes creían que la revolución mundial debería iniciarse en la Europa occidental industrializada. El socialismo en un país les habría parecido una contradicción en sí mismo, y cuando se convirtió en una realidad, los viejos bolcheviques lo rechazaron casi unánimemente. Pero fue precisamente este desvío el que resultó un éxito sorprendente.

Revisando un cuarto de siglo de la historia rusa, vemos que lo que llamamos Revolución rusa consistió en realidad en dos revoluciones separadas, la primera de las cuales incorporaba los ideales tradicionales de Europa occidental, mientras que la segunda formaba parte del desarrollo enteramente nuevo de los años treinta. La Revolución de 1917-1924 fue en efecto el último de los levantamientos políticos de Europa que siguieron el patrón de la Mancomunidad inglesa (Commonwealth) y de la Revolución francesa; la revolución iniciada con la colectivización de las granjas, alrededor de 1930, fue el primero de los grandes cambios sociales que transformaron nuestro mundo en los años treinta. La primera Revolución rusa logró la destrucción del absolutismo, la tenencia feudal de la tierra y la opresión racial: un verdadero heredero de los ideales de 1789; la segunda Revolución estableció una economía socialista. En definitiva, la primera fue sólo un evento ruso -culminó un largo proceso de desarrollo occidental en el suelo ruso- mientras que la segunda formó parte de una transformación universal simultánea" .

Tras la Segunda Guerra Mundial, Polanyi pensó que la sociedad de mercado comenzaba a finalizar. La regulación de la economía por parte de la sociedad estaba puesta en marcha. La gran transformación (que antes que nada, quiere decir: la instauración de una sociedad con una economía de mercado ) comenzaba a venirse abajo, y una nueva transformación aparecía en el horizonte; tal transformación era para Polanyi la vuelta al embedding de las instituciones económicas en el resto del corpus social.

3.5 La sociedad económica

La sociedad económica no es otra más que la producida por la gran transformación. Sus características son las de la economía formal y el tercer modelo de integración social -el modelo del mercado.

Sin embargo, lejos de lo que pensaba Polanyi, la sociedad económica -o el sistema de mercado como forma predominante de integración social-, en nuestros días recobra fuerza y se sigue imponiendo de diversas maneras -desde las más sutiles hasta las más escandalosas. Algunas de esas imposiciones serán estudiadas en los siguientes apartados, pues son, en buena medida, el objeto de estudio de la obra de Iván Illich.

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