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6. Responsabilidad global
y amistad
6.1 Del homo miserabilis al homo systematicus
"El mundo es una cosa
espiritual que no puede manejarse. El que la maneja la echa a
perder. El que la quiere retener la pierde". Lao-Tse
En las sociedades económicas
se puede decir que, en general, la proporcionalidad se ha ido
y con ella lo vernáculo y el género. El desarrollo
puede estar casi feliz con su objetivo principal: por poco y
lo ha logrado, ha homogenizado a millones de personas, al grado
que en el mundo ya casi sólo hay homo oeconomicus.
A muchos parece no haberles importado el costo. A nivel mundial,
el hombre promedio se convirtió en esa creación
de corte economicista durante las centurias que van de la Revolución
Industrial a la década los cuarenta del presente siglo.
De simple hombre, que debía, y sabía enfrentar
con humildad su precaria condición, su condición
humana, primero se convirtió, si era pobre en el habitante
de los peores tugurios bajo condiciones tan degradantes que pocas
veces en la historia de la humanidad se habían visto.
Si era rico, rápidamente comenzó a justificar su
avaricia con diversos pretextos que iban desde una mala naturaleza
humana hasta una armonización de los intereses privados
como medio para alcanzar el progreso de la humanidad.
Después, durante
la era del desarrollo, millones de hombres se convirtieron en
desarrollados y subdesarrollados. Y ambos, a su vez, se volvieron
homos miserabilis, es decir, hombres con necesidades homogéneas
que debían satisfacerse en el mercado.
Y en vísperas de
los años 90 Illich escribía:
"Independientemente
del lugar por donde Ud. viaje, el paisaje es reconocible. Todos
los lugares del mundo están abarrotados de torres de enfriamiento
y parques de estacionamiento, agronegocios y megaciudades. Pero
ahora que el desarrollo está terminando -la Tierra era
el planeta equivocado para esta clase de construcción
- los proyectos de crecimiento se están transformando
rápidamente en ruinas, en basura, entre las cuales tenemos
que aprender a vivir. Hace veinte años las consecuencias
del culto al crecimiento parecían ya contrarias a la
intuición. Hoy la revista Time las publicita
en sus artículos centrales con historias apocalípticas.
Pero nadie sabe cómo vivir con estos espantosos nuevos
jinetes del Apocalipsis, muchos más de cuatro - clima
cambiante, agotamiento genético, polución, ruptura
de varias inmunidades, niveles crecientes del mar y millones
de fugitivos. Aún para tratar estos asuntos queda uno
atrapado entre el dilema imposible de fomentar el pánico
o el cinismo. Pero aún más difícil que sobrevivir
con estos cambios en el ambiente es el horror de vivir con los
hábitos de necesitar que, por décadas, ha establecido
el desarrollo. Las necesidades que la danza de la lluvia del
desarrollo provocó no sólo justificaron la expoliación
y el envenenamiento de la tierra; también actuaron en
un nivel más profundo. Transformaron la condición
humana. Convirtieron la mente y los sentidos del homo sapiens
en los del homo miserabilis. Las necesidades básicas
pueden ser el legado mas insidioso que deja el desarrollo.
La transformación
ocurrió en un par de centurias. Durante este tiempo la
certidumbre radical fue el cambio, a veces llamado progreso,
otras veces desarrollo, otras crecimiento. En este proceso secular
los hombres aducían haber descubierto recursos
en la cultura y en la naturaleza -en lo que habían sido
sus ámbitos de comunidad- y los convirtieron en valores
económicos. El historiador de la escasez relata la historia.
Como la crema batida que se convierte bruscamente en mantequilla,
el homo miserabilis aparece, casi de la noche a la mañana,
como una mutación del homo oeconomicus, el protagonista
de la escasez. La generación posterior a la Segunda Guerra
Mundial presenció este cambio de estado en la condición
humana, del hombre común al hombre necesitado. La mitad
de todos los individuos nacidos sobre la tierra como homo son
de esta nueva clase" .
Y durante los ochenta y
los noventa una nueva mutación ha ocurrido, ahora los
hombres se han convertido en homos systematicus. A partir
de los ochenta, se popularizó como nunca antes la idea
de que los hombres y las mujeres pertenecían a un sistema,
eran partes de un todo programado y, sobre todo, de un
ecosistema. La imagen que el hombre se hizo de sí mismo
comenzó a ser la de un sistema -o subsistema. Millones
de hombres y mujeres comenzaron a sentirse sistemas. Las personas
dejaron de ser homos miserabilis porque dejaron de tener
necesidades y comenzaron a tener requerimientos,
tal y como los tiene un máquina.
"Así como la
idea de progreso de la Ilustración preparó el terreno
para lo que ciertamente ocurriría casi inevitablemente,
la gestión del cambio social en nombre del desarrollo
ha preparado el ambiente político para la redefinición
de la condición humana en los términos de la cibernética"
, es decir como un sistema abierto que optimiza el mantenimiento
de la inmunidad provisional de los individuos reducidos a subsistemas.
Primero las necesidades
se convirtieron en un símbolo importante que permitió
a los administradores dar un fundamento filantrópico a
la destrucción de las culturas. Ahora las necesidades
están siendo reemplazadas por el nuevo emblema de los
requerimientos básicos bajo el cual el nuevo objetivo
de supervivencia de la tierra puede justificarse.
"En los años
70 los expertos se presentaban a sí mismos como servidores
ayudaban a los pobres a tomar conciencia de sus verdaderas necesidades,
es decir como el Hermano Mayor que los ayudaba en la formulación
de sus reclamos. Este sueño de corazones sangrantes y
bienhechores de ojos azules puede ser hoy fácilmente descartado
como el sin sentido de una época ya pasada. Las necesidades,
en un mundo mucho más interdependiente, complejo, contaminado
y congestionado, no pueden ya ser identificadas y calificadas,
salvo mediante un intenso trabajo de equipo e investigación
por especialistas en sistemas. Y en este nuevo mundo, el discurso
de las necesidades llega a ser el dispositivo superior para reducir
a la gente a unidades individuales con requerimientos de entrada"
.
Cuando pasa esto el homo
oeconomicus comienza a verse como un mito obsoleto -el planeta
no puede darse el lujo de este desperdicio- y es reemplazado
por el homo systematicus. Las necesidades de esta última
invención se transforman de carencias económicas
en requerimientos sistémicos, siendo éstos determinados
por una hegemonía profesional exclusivista que no tolera
ninguna desviación.
"El hecho de que mucha
gente hoy ya reconozca sus requerimientos sistémicos
es evidencia principalmente del poder del prestigio profesional
y de la pedagogía y de la pérdida final de la autonomía
personal. El proceso comenzó originalmente con la pérdida
de los ámbitos de comunidad y aparece ahora completa a
medida que la gente es transformada en elementos abstractos de
una fórmula matemática. La última conceptualización
de estos elementos abstractos ha sido alcanzada recientemente
mediante la reinterpretación del hombre común,
que es visto ahora como un sistema inmune frágil y que
sólo funciona provisionalmente, siempre al borde de la
catástrofe. La literatura de este desarrollo refleja con
fidelidad el carácter esotérico de esta conceptualización.
La condición del hombre posmoderno y su universo ha devenido,
según este punto de vista, tan complejo que solamente
los expertos más altamente especializados pueden oficiar
como el sacerdocio capaz de comprender y definir las necesidades
hoy" .
En pocas palabras, según
la lógica de los profesionales inhabilitantes, el fenómeno
humano no se define ya por lo que somos, lo que enfrentamos,
lo que vivimos, lo que podemos tomar, lo que añoramos;
tampoco siquiera por el mito moderno de que podemos producirnos
a nosotros mismos a partir de la escasez. Ahora, el fenómeno
humano se define por la medida de lo que nos falta, de lo que
necesitamos.
"Y esta medida, determinada
por el enfoque de la teoría de sistemas, implica una concepción
radicalmente nueva de la naturaleza y del derecho y prescribe
una política más preocupada por la provisión
de requerimientos (necesidades) profesionalmente definidas para
la supervivencia, que por los reclamos personales de libertad
que fomentarían nuestra competencia autónoma.
Estamos en el umbral de
una aún inadvertida transición de una conciencia
política basada en el progreso, el crecimiento y el desarrollo
-enraizada en los sueños de la Ilustración- a otra
conciencia todavía sin nombre, definida por controles
que aseguran un sistema sostenible de satisfacción
de necesidades. El desarrollo ha muerto, si. Pero los expertos
bien intencionados que propagan las necesidades están
ahora muy ocupados reconceptualizando su descubrimiento, y en
el proceso, redefiniendo nuevamente a la humanidad. El ciudadano
está siendo definido como un ciborg. El antiguo
individuo, quien como miembro de una población
ha devenido un caso está siendo ahora modelado
mediante la imagen de un sistema inmune que puede provisionalmente
ser mantenido funcionando sí se le tiene en balance mediante
una administración adecuada" .
Illich nos recuerda que
hace sólo 30 años las necesidades no eran
más que uno entre una docena de conceptos, a partir de
los cuales se moldeaba una visión global del mundo. Los
términos como población, desarrollo,
pobreza, o planeación pertenecen a una categoría
de palabras que son neologismos subrepticios -es decir, viejas
palabras cuyo significado actual predominante es nuevo mientras
aquellos que las usan tienen la impresión de decir lo
que siempre se ha dicho. "En el discurso del desarrollo,
la palabra y el concepto de necesidad llegaron a ser crecientemente
atractivos. Devino el término más apropiado para
designar a las relaciones morales entre extraños en un
mundo soñado construido de estados de bienestar. Tal mundo
ha perdido credibilidad en la matriz de un nuevo mundo ahora
concebido como sistema. Cuando el término, necesidades,
es utilizado ahora en este nuevo contexto, funciona como
un eufemismo para la administración de ciudadanos que
han sido reconceptualizados como subsistemas dentro de una población"
.
El homos systematicus
ya no tiene tanta fe en el progreso; más bien reconoce
los efectos contraproductivos de tal fe. Pero sigue creyendo
que debe someterse -o bien, convertirse él mismo- en profesional;
opina que él y los otros no son más que piezas
del mismo sistema, que el sistema es antes que nada un ecosistema
y que sí no se toman medidas, el ecosistema puede estallar.
No por casualidad este hombre es contemporáneo del discurso
del desarrollo sustentable. A este homo systematicus
otros le llaman postmoderno.
La historia del progreso
ha legado al homo systematicus que el crecimiento industrial
infinito no es viable, y en ese sentido es distinto al resto
de los hombres surgidos desde la Revolución Industrial.
Pero, en otro sentido, mantiene una cierta continuidad con él:
cree poder controlar a través de los criterios profesionales
la realidad. Piensa poder programar al planeta y a los demás
hombres; sigue alimentando las profesiones inhabilitantes y la
sobreprogramación. Pero, lo más importante, piensa
que el desarrollo, sí se le da el giro adecuado, puede
aún ser viable; formula nuevos desarrollos. Este homo
systemicus vive en un época en que el desarrollo,
como dice unas líneas arriba Illich, ya ha muerto. Pero,
ese hombre que se siente un subsistema, acompañado de
un nuevo discurso (el del desarrollo sustentable), vuelve
sostenible al desarrollo. Y no sólo eso, el desarrollo
sustentable se convierte en un requerimiento básico. Pero,
ya no es una necesidad de primer orden en tanto que hace falta
mejorar a la humanidad -según decía el discurso
Ilustrado con su idea de civilizar al salvaje-, ahora es un requerimiento
urgente en tanto que el sistema se puede desmoronar. Así,
el desarrollado de después del desarrollo, el desarrollo
sustentable, el desarrollo de los años ochenta y noventa,
se vuelve en un requerimiento para conservar no sólo al
ecosistema sino también al sistema mundial, al sistema
económico, al sistema de comunicaciones... Para el homo
systematicus ya no son mejoras sino amenazas lo que vuelven
necesaria la participación de los profesionales en diversos
ámbitos .
Esta transformación
del hombre en subsistema es lo que en los últimos años
ha preocupado con mayor asiduidad a Illich. ¿Qué
puede significar que la gente piensa en términos de sistemas
o subsistemas? ¿Será acaso la creación de
una nueva dependencia en profesionales? ¿El reforzamiento
de los monopolios radicales que ahora trabajan en cuestiones
cibernéticas? ¿En verdad se trata de salvar al
medio ambiente, o es otro pretexto más para tener mayor
control sobre las poblaciones y la competencia ofrecida por los
capitalistas más débiles? ¿Qué puede
significar el intento por programar la salvación del planeta?
Estas nada inocentes preguntas
son parte de lo que Illich ha intentado responder en los últimos
años. Pero, ¿cómo reaccionar ante este mundo
de profesionales, industrialismo, y algunos otros sistemas contraproducentes?
¿Cómo reaccionar en un mundo en el que las herramientas
han degradado a tantos millones de personas?
6.2 Responsabilidad global
El seis de diciembre de
1990 Illich y un grupo de amigos suyos escribieron la Declaración
del suelo de Hebenshausen, misma que comenzaba con las siguientes
líneas: "El discurso ecológico con su tierra
planetaria, su hambre global, amenazas a la vida, nos ha obligado
a ver hacia el suelo con humildad, como filósofos. Nos
paramos en el suelo, no en la tierra. Del suelo venimos y en
el suelo legamos nuestros excrementos y vestigios" .
Tan sólo unos días
después -el quince de diciembre- Illich pronunció
un discurso en Hannover titulado Responsabilizarse de la propia
salud. ¡No gracias!
En la Declaración
del suelo Illich y sus amigos manifestaban su desacuerdo
con respecto al discurso sistémico, y al eco-colonialismo.
Y en Responsabilizarse... el filósofo convivencial
daba un giro en la manera de enunciar sus discursos. En ese momento
ya no se trató sólo de realizar una crítica
a las certidumbres modernas, sino que, además, se trató
de rechazar dichas certezas.
Pero ¿qué
buscaban Illich y sus amigos con la Declaración del
suelo? La respuesta la dan las siguientes líneas:
"Como filósofos
buscamos debajo de nuestros pies porque nuestra generación
ha perdido el piso tanto respecto a las virtudes como al suelo.
Por virtud entendemos la forma, el orden y la dirección
de la acción moldeada por la tradición, vinculada
por el lugar, y calificada por las opciones tomadas por el alcance
habitual del actor; nos referimos a prácticas mútuamente
reconocidas como el bien tal y como se comparte en las culturas
locales que realzan las memorias de un lugar" .
Además, La declaración
del suelo era una invitación:
"Como filósofos
enfatizamos el deber de hablar sobre el suelo. Para Platón,
Aristóteles y Galeno, el suelo se tomaba como certeza;
no es así hoy. El suelo en cada cultura que permitía
crecer y cultivar granos se pierde de vista cuando es definido
como un complejo subsistema, sector, recurso, o problema de granja
-como la ciencia agrícola tiende a hacer" .
Y ¿cómo renunciar
a estas certezas?
Hacia donde nos arrojan
las certezas de que todos vivimos en un mismo planeta, de que
el ecologismo puede salvarnos, de que el desarrollo puede ser
sustentable... Hacia la idea de un cierto tipo de responsabilidad:
la responsabilidad global. La responsabilidad global es una forma
sutil de disciplinar a los individuos una vez que la fe en el
desarrollo o el progreso están en decadencia. Si antes
el medio pacífico de mantener el orden internacional
eran las promesas del progreso, ahora lo es la amenaza de un
cataclismo en el sistema internacional -ya se trate de una hecatombe
económica, política o física-. Esta amenaza
exige responsabilidad: la responsabilidad se convierte así
en un ideal posmoderno que debe llevarse a cabo so pena de extinción
del planeta. Justo de esto se trata el ecologismo en la actualidad.
Y así lo describía Illich: "ecología,
en el presente evoca un escenario de miedo y un impreciso sentido
de Yo debo ser responsable. Y esto lleva implícito
un sentido de manejabilidad -de algo que queremos conservar-
no de lo que está bien" .
Lee Hoinacki decía
respecto a la idea de responsabilidad en los textos de Illich:
"Responsabilidad
era una palabra que tenía un peso considerable en sus
escritos cuando menos hasta Némesis médica;
pero en 1990, una conferencia en Hannover, Alemania, la tituló
Responsabilizarse de la propia salud. ¡No gracias!
En esta conferencia argumentó que la palabra ha adquirido
connotaciones que se han vuelto contrarias a la autolimitación.
Cómo se puede ser responsable pregunta, cuando la salud
ahora implica la total integración de mi sistema inmune
a un sistema socioeconómico llamado el sistema mundial,
y la responsabilidad la interiorización de un sistema
global en uno mismo, a la manera de un imperativo categórico.
En un mundo que alaba una ontología de sistemas, la responsabilidad
ética es reducida a una legitimación formal"
.
La responsabilidad global
no es técnicamente posible, pues el sistema es demasiado
poderoso; de qué sirve ser responsable ante las catástrofes
sociales y ecológicas en un mundo en donde mi poder, en
tanto ente responsable, queda relegado a obedecer instrucciones
dictadas por sistemas.
Más aún,
Illich llegó a la conclusión de que la responsabilidad
no tiene ningún sentido en un mundo en el que la virtud
se ha ido de la mano de la proporcionalidad, es decir, en un
mundo en donde no hay cosmos orientador. "Responsabilidad,
da cuerpo a la virtud. Pero la virtud sólo es posible
en una cultura vernácula" . De tal suerte que de
responsabilidad, en términos illichianos, sólo
se puede hablar al interior de un comunidad vernácula
o en un espacio en donde dominan los ámbitos de comunidad.
En la actualidad se trataría de los grupos de base. Pero
no olvidemos que dichos grupos no plantean su vida en términos
globales, sino locales. De tal suerte que la responsabilidad
más allá de una parodia política se vuelve
posible sólo a corta distancia, sólo en un ámbito
enraizado.
Por tanto, en las sociedades
económicas, la responsabilidad se ha vuelto imposible.
Pero, entonces, ¿a qué apelan los nuevos profesionales
sistémicos cuando hablan de responsabilidad? A la legitimación
de los males globales que han ocasionado, males de los
que ni siquiera se puede hablar, como la bomba atómica
y la catástrofe ambiental.
"Responsabilidad
es una palabra que ha sido usada por la ley desde hace mucho
tiempo. Eres responsable por haber hecho tal acción. En
el siglo XI, si caías de un árbol y lo hacías
encima de la cabeza de alguien y lo matabas, no importaba la
intención que tuvieras de matarlo o no, tenías
que pagar una compensación por lo que este hombre valía
para su amo. La idea de distinguir asesinato de homicidio sin
malicia vino mucho después. Pero, de todas formas, responsabilidad
como un concepto legal ha existido desde hace mucho tiempo. Como
un concepto general, como una idea ética, la responsabilidad
es una idea nueva. En alemán al menos, la palabra Verantwortung,
que significaba responsabilidad, apareció en 1920 en los
diccionarios. Ahora, ¿qué es responsabilidad?
Es un tipo peculiar de ética relacionada a la creencia
de que puedo hacer algo sobre aquellas cosas de las que soy responsable.
Ahora, es una total ilusión pensar que uno puede hacer
efectivamente algo que hará una diferencia, sobre todo
por aquellas cosas que hoy se nos dice debemos responsabilizarnos.
Me refiero al credo de la responsabilidad global predicada por
Hans Jonas y otros" .
Es contra este credo que
va dirigida la Declaración del suelo. La responsabilidad
global va de la mano del universalismo redentor del progreso
en el sentido de que ambas ideologías buscan una intervención
continua sobre los demás y sobre el medio físico.
Sobre los demás para mostrarles qué debe hacerse
para salvar el planeta, quién debe hacerlo, a quién
deben obedecer... Sobre el medio físico al plantear que
se puede dirigir el rumbo de la naturaleza, que se puede corregir
y mejorar.
Sin duda, la catástrofe
para lo vernáculo ha sido casi global, y sobre todo, a
raíz del industrialismo -aunque hay rasgos de la catástrofe
desde la invención del alfabeto-. Tanto el medio como
el ser humano resienten dicha catástrofe. Pero, ¿es
sincero preocuparse por catástrofes mundiales? Preocuparse,
en el sentido que digo, me preocupo por mi salud, me preocupa
tu enfermedad, sólo es posible ante una realidad inmediata,
a nivel local. Preocuparse por los desnutridos en África
es, en cambio, una puesta ilusoria. En el primer caso se trata
de una responsabilidad que tengo ante el otro, que me mira de
frente, al que puedo tocar, oler y sobre todo con el que puedo
hablar o dialogar; en el segundo caso se trata de una concepción
prometeica de control de la realidad a nivel global; es esto
lo que Illich llama responsabilidad global.
Illich considera que el
discurso de la responsabilidad global no es más que una
coartada del sistema, no porque no haya polución ni hambrientos,
sino porque nuestro radio de acción se ha disminuido de
tal forma que ya de nada sirve que nos preocupemos sino es a
nivel local, sino es en el sentido que lo hacen los grupos de
base.
En la realidad actual -concebida
como sistema- es tal la hubris que gobierna que se ha
vuelto inane ser responsable frente a una realidad más
allá de mi alcance inmediato. Hoy, hablar de catástrofes
globales no es hablar de problemas, sino de males, pues no tenemos
nada que hacer ante ellos. Y no olvidemos que el mal, para Illich,
es algo no manejable. Cosas tales como las armas nucleares, la
manipulación genética y la transformación
química de la atmósfera de la tierra debido a los
venenos industriales son males, no problemas. Podemos sufrir
tales males, dice Illich, podemos ser despedazados por
ellos, pero no les podemos dar ningún sentido, no los
podemos dirigir .
6.3 Askesis
Si bien Illich en sus primeros
textos mostraba estar preocupado por la realidad del ambiente
y la realidad social que proporciona el sistema internacional,
en realidad, su preocupación no tenía tanto el
sentido de una receta que se debe aplicar -como las prescritas
por los profesionales-, sino más bien el de una recomendación.
En una plática Majid
Rahnema dijo a Illich:
"Si estoy en lo correcto
nunca has estado interesado en el tipo de acciones propias de
los misioneros, los desarrollistas, los marxistas u otros tipos
de interventores sociales, que generalmente son hombres orgullosos
que dicen llevar a todo el mundo cuidado o asistencia para aquellos
que sufren o están necesitados de ayuda. A diferencia
de ellos tú pareces considerar esta actitud un tanto desconsiderada,
irreal, arrogante y contraproducitiva. Por otra parte, has solido
interesarte en el arte de sufrir y, en particular, en la historia
de las diferentes culturas tal y como ellas viven con sus sufrimientos".
E Illich respondió:
"Estás en lo
correcto cuando dices que siento náuseas acerca de la
noción desarrollo económico desde hace mucho
tiempo" .
A Illich nunca le interesó
intervenir para mejorar a los atrasados, más
bien, buscó recomendar que se cuestionara el porqué
intervenir, cuestionar sí era positivo intervenir o no.
Illich estudiaba la intervención desarrollista en los
llamados países pobres y llegó a la conclusión
de que era mejor no intervenir -esto ahorraría mucho empobrecimiento,
mucho sufrimiento y muchas injusticias-. Su conclusión
fue siempre una recomendación: no deberíamos intervenir.
El siempre supo que la ayuda a los pobres podía ser veneno
para ellos pues les privaba de sus ámbitos de comunidad
arrojándolos a un mundo que los considera basura, que
los margina, los degrada, les enseña a albergar falsas
ilusiones y los mata de hambre.
Continúa diciendo
Illich en la plática arriba citada:
"Majid, a través
de los años hemos aprendido una lección de impotencia.
Una vez que nos hemos sentido impotentes de hacer, ahora
reconocemos que somos impotentes aún para recomendar.
Estamos fuera de la responsabilidad social que antes nos
motivaba. Ahora lo sabemos, la responsabilidad social no era
más que una ilusión más de crear un mundo
mejor. Nos distrajimos nosotros mismos y dejamos de ver aquello
que tenemos realmente cercano a nosotros. Nos hemos deshecho
de la ilusión de la responsabilidad -que no tiene que
ver con la responsabilidad jurídica, sino a ese tipo de
responsabilidad surgido hace apenas un siglo- para aceptar la
lección de la impotencia.
Hemos aprendido las lecciones
de la impotencia para verdaderamente renunciar al desarrollo.
Esto significa que reconocemos que no somos más poderosos
que nuestros abuelos" .
Pero, cómo reaccionar
ante esa realidad sistémica si la responsabilidad global
se ha vuelto imposible -o lo que es aún peor, se ha vuelto
a favor del sistema. Con la renuncia. Dice Cayley de Illich:
"Como una alternativa a la responsabilidad Illich propone
la renuncia" . Dice Ilich, "la renuncia que propongo
le llamaré askesis. No quiero designar con esto
una mortificación sino una askesis epistemológica,
una purga de esos conceptos corruptos que dan substancias ficticias
a la semblanza de una existencia sensible" . "Digo
renunciar, no ignorar -no uso la palabra para denotar indiferencia.
Debo aceptar el desvalimiento, llorar aquello que se ha ido,
renunciar a lo irrecobrable" .
"Creo firmemente en
la posibilidad de renunciar. La renunciación significa
y demanda más que lamentar lo irrecobrable. Puede liberarnos
del desvalimiento y no tiene que ver con la resignación,
la impotencia, incluso la represión. Pero la renuncia
no es en la actualidad un concepto familiar. Ya no tenemos una
palabra para referirnos a la renuncia valerosa, disciplinada,
autocrítica, cumplida en comunidad, pero es de eso de
lo que estoy hablando. Lo llamaré ascetismo. Preferiría
otra palabra pues el ascetismo evoca a Flaubert y a San Antonio
en el desierto -rechazar el vino, las mujeres, las fragancias.
Pero la renunciación de la que hablo tiene muy poco que
ver con eso.
La época en que
vivimos es abstracta y desencarnada. Las certidumbres en las
que descansa carecen en buena medida de sentido. Y su aceptación
mundial les hace parecer independientes de la historia y la cultura.
Lo que quiero llamar ascetismo epistemológico abre
la puerta a la renuncia de las certidumbres axiomáticas
sobre las que se basa la visión contemporánea del
mundo. Hablo de una disciplina convivial y practicada críticamente"
.
Pero, no se trata de una
disciplina más que nos explica críticamente la
realidad, sino de una disciplina que además de tal cosa,
nos ayuda a mirar la realidad más allá de la frialdad
de las ciencias y teorías modernas. "Veo que desde
la fundación de la Universidad en la Alta Edad Media,
la tradición humanista se ha alimentado primordialmente
de la formación de los hábitos críticos.
La educación superior se ha convertido en refinamiento
de los hábitos de la mente, mientras el servicio militar,
las escuelas, la familia conyugal y después los media
han tomado sobre sus hombres los tristes remanentes de la formación
del corazón" .
El ascetismo epistemológico
mediante el cual se lleva a cabo la renuncia o renunciación
illichiana quiere rescatar tanto los hábitos de la mente
como los del corazón, la crítica y la humildad
-las virtudes, pero siempre a corta distancia, siempre, ejercidas
sobre mi realidad inmediata, sin pretensiones globales-. La ciencia
moderna parece sólo tener cabida para la mente, para la
crítica; su objetivismo y su frialdad expresada en números
y en conceptualizaciones creadas por profesionales nada tienen
que ver con el ascetismo epistemológico. Y esto porque
"la disciplina ascética ha sido exorcizada del aprendizaje,
y ya no es más una disciplina. Por más de mil años
la Iglesia cultivó una tradición balanceada para
estudiar y reflexionar dentro de las tradiciones antiguas transmitidas
en occidente. Sólo un lado de esta tradición ha
sido aceptada y legitimada por el aprendizaje humanístico"
.
Según Illich, esta
preponderancia de la crítica sobre el entrenamiento ascético
para el conocimiento y la sabiduría puede ser entendido
como la condición necesaria para el surgimiento de la
ciencia actual. Esta reducción de los hábitos intelectuales
hacia únicamente una formación crítica constituye
algo que no puede ser comparado con ninguna otra cultura o época.
Y, qué es lo peor: que tendemos a tomar este estilo de
aprendizaje para fomentar un cierto prejuicio hacia el pasado
.
En pocas palabras: "las
asunciones científicas son la concha apropiada para evitar
el entrenamiento ascético" . Pero, las consecuencias
inmediatas de la relegación del ascetismo en el aprendizaje
son catastróficas, pues, "la ascesis prepara el terreno
para mirar el conomiento. Sin ella, el conocimiento se torna
depredador, autoengrandecedor, solipsista y por último,
descorazonado" .
El ascetismo epistemológico
nos ayudaría no sólo a reconocer las certidumbres
axiomáticas en que se basa occidente -para criticarlas
y evaluarlas- sino además para rehacer la imagen de nosotros
mismos y de los otros que nos rodean de manera inmediata. Y cuando
decimos rehacer nos referimos a la recuperación, a pequeña
escala, de los ámbitos de comunidad. Esto es justo, según
Gustavo Esteva, lo que algunos grupos de base, en cierta manera,
ya han comenzado a hacer.
6. 4 Los espacios vernáculos
hoy
Para una parte de la humanidad
los espacios vernáculos son muy reales, son parte
de su vida cotidiana. Se trata de los grupos de base, sin embargo,
cabe preguntarnos si para aquellos que están atrapados
en las redes del progreso, o del mundo como sistema, aún
hay alguna posibilidad de recuperar lo vernáculo. Es decir,
se trata de preguntar si aún entre aquellos que miran
el mundo como un sistema, que ya ni siquiera son homos miserabilis
sino homos systematicus, queda una oportunidad de
ejercer la virtud. Preguntar si aún en las grandes urbes
y en las sociedades económicas existen espacios vernáculos.
"Iván Illich: Sí, hay tales espacios.
La mayoría de nosotros, no importa que tan pobres sean
nuestras circunstancias, aún podemos pedir o marcar un
umbral. Esto también lo podemos hacer con la memoria de
alguien ausente. Para cada quien puede haber una fuente de claridad
y bien.
Tanto en Oriente como en
Occidente se vive una época en donde los ethos han
desaparecido, o para decirlo con MacIntyre, en donde las virtudes
se han ido.
La confianza en el progreso
ha extinguido la posibilidad de un acuerdo para determinar qué
es el bien común. Técnicas de información,
comunicación y administración ahora definen los
procesos políticos, la vida política se ha vuelto
un eufemismo. (...)
Dedicarse a cada uno de
los demás es el generador del único espacio del
que tú me preguntas y esto sólo es posible en un
mini-espacio en el cual podemos acordar qué es el bien"
.
Pero, ¿qué
representarían estos espacios, qué sería
esa gente que se niega a ser sistema o subsistema en un mundo
cibernético, que ejerce la virtud sin ilusiones globales,
que ejerce una virtud proporcional después de la época
de la proporcionalidad, que practica el ascetismo epistemológico?
"Majid Rahnema: Permíteme recordarte una
bella respuesta que le diste a David Cayley cuando te preguntó
una vez que has puesto al desnudo las certezas modernas y
te has dado cuenta de lo que representan palabras como necesidades,
cuidado, desarrollo -una vez que te has percatado de lo que estos
queridos conceptos representan-, una vez que has investigado
y has visto (...) que tan destructivas pueden ser ¿es
tú consejo vivir en la oscuridad? Y tú enfáticamente
le dijiste No y agregaste: Llevar una vela en la oscuridad,
ser una vela en la oscuridad, saber que eres un flama en la oscuridad"
.
Eso serían esos
espacios de los que Illich hablaba, eso representarían
esas personas que llevan a cabo el ascetismo epistemológico:
una vela en la oscuridad.
Pero, ¿cómo
se concretaría el ascetismo epistemológico en la
actualidad en sitios en donde no quedan prácticamente
ámbitos de comunidad disponibles, es decir, en sociedades
modernas? El trato con el otro sería, antes que nada,
amistoso. La virtud que debe ejercerse a toda costa si se quiere
llevar a cabo el ascetismo epistemológico, es la amistad
con aquellos que están próximos a quien desee ejercerla.
Y, en cuanto al lado epistemológico, lo que el ascetismo
epistemológico busca, es librarnos de esas certezas que
provocan daños terribles, que prometen metas inalcanzables,
que chantajean sin sentido, que están fuera de toda realidad
concreta.
Para Illich el panorama
que le espera a humanidad es desolador , pero, él ha aprendido
que no debe preocuparse por tal cosa -quizás si horrorizarse
pero no preocuparse, pues la idea misma de preocuparse por aquellos
soldados al otro lado del mar o por algo que unos profesionales
dicen qué es nuestro planeta, no es algo sobre lo que
él pueda hacer en realidad algo. Y cuando decimos él,
nos podemos también referir, sin exagerar, prácticamente
a cualquier persona.
Illich ha aprendido que
nada puede hacerse por la humanidad ni por el planeta, pero no
por ello su propuesta es pesimista. Por el contrario, él
aún es optimista en aquello que aún lo puede ser:
en su relación inmediata con el otro o con lo Otro. Illich
"cree que hay males en el mundo que pueden quemarnos el
corazón, y como la mirada de las Gorgonas, convertirnos
en piedras (...); Pero también reconoce que hay una luz
en la palabra que la oscuridad no puede comprender. En la amistad
obediente (en el sentido bíblico), podemos dejar brillar
esta inextinguible luz en la vida de los otros" .
Conclusiones
Nuestra intención
fue mostrar a la disciplina de las Relaciones Internacionales
el pensamiento de Iván Illich. Con ello creemos haber
enriquecido un poco dicha disciplina. El enriquecimiento es teórico
y ético. Ideas como monopolios radicales, lo vernáculo,
la educación, el sistema global, etc., vistas a la luz
de las investigaciones de Illich, son muy sugerentes. El entendimiento
sobre tales nociones se hace extenso al revisar esta tesis, pero
se vuelve aún más rico al revisar el material directo
de Iván Illich y sus más cercanos allegados.
No sólo herramientas
conceptuales sino también la articulación de las
mismas para explicar realidades es una importantísima
aportación de Illich a la disciplina de las Relaciones
Internacionales.
Por otra parte, Illich
también nos convoca, abriendo líneas de investigación,
a profundizar sobre algunos de los temas que aquí hemos
mencionado. Él sabe que existen muchas certezas que no
han sido criticadas con la atención debida, y esto es
un vacío que nos vuelve cómplices inconscientes
de un modo de vida que promueve la ruina.
En cuanto a la aportación
ética que Illich realiza, también puede servirnos
en la disciplina de las Relaciones Internacionales. Saber que
la idea misma de responsabilidad globlal es una coartada del
sistema, sabemos que es una afirmación que quizás
entristezca a muchos bienhechores prometeicos, pero, que importancia
tiene, de todas maneras, en buena parte han sido ellos los que,
con su optimismo contagioso contribuyeron directamente a enviciar
a millones de personas con el progreso y el desarrollo. La responsabilidad
no puede ser global si se quiere concertar sobre el bien y el
mal. En cuestiones éticas, sólo podemos ser responsables
ante el otro que está en frente de nosotros no ante ningún
sistema mundial o internacional, ni ante ningún ecosistema
planetario -eso es una ilusión. Puedo ser responsable
en un medio enraizado, en una comunidad, entre los miembros de
un grupo de base al que pertenezco, pero no ante las imágenes
fantasmagóricas que aparecen en la televisión.
Si seguimos a Illich, en
cuanto a ética se refiere, las Relaciones Internacionales
deberían redimensionarse hasta dejarlas en una esfera
micro. Cultivar la amistad de aquellos que estén cercanos
a nosotros, horrorizarnos ante esos fenómenos modernos
como las hambrunas africanas -pero nunca preocuparme por ellas-,
esa es la postura ética que Illich nos invita a asumir.
Y no porque sea un despiadado, sino porque él si ha sabido
las verdaderas dimensiones de su campo de acción; él
si ha tenido la humildad de reconocer que el mundo no se puede
componer, no porque esté bien y no haya nada que componer,
sino porque se reconoce diminuto ante los males mundiales.
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