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La obra de Iván Illich como un paradigma para el estudio de la sociedad internacional. Tesis para obtener el grado de licenciados en Relaciones Internacionales. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM 191 pp.

 

6. Responsabilidad global y amistad

6.1 Del homo miserabilis al homo systematicus

"El mundo es una cosa espiritual que no puede manejarse. El que la maneja la echa a perder. El que la quiere retener la pierde". Lao-Tse

En las sociedades económicas se puede decir que, en general, la proporcionalidad se ha ido y con ella lo vernáculo y el género. El desarrollo puede estar casi feliz con su objetivo principal: por poco y lo ha logrado, ha homogenizado a millones de personas, al grado que en el mundo ya casi sólo hay homo oeconomicus. A muchos parece no haberles importado el costo. A nivel mundial, el hombre promedio se convirtió en esa creación de corte economicista durante las centurias que van de la Revolución Industrial a la década los cuarenta del presente siglo. De simple hombre, que debía, y sabía enfrentar con humildad su precaria condición, su condición humana, primero se convirtió, si era pobre en el habitante de los peores tugurios bajo condiciones tan degradantes que pocas veces en la historia de la humanidad se habían visto. Si era rico, rápidamente comenzó a justificar su avaricia con diversos pretextos que iban desde una mala naturaleza humana hasta una armonización de los intereses privados como medio para alcanzar el progreso de la humanidad.

Después, durante la era del desarrollo, millones de hombres se convirtieron en desarrollados y subdesarrollados. Y ambos, a su vez, se volvieron homos miserabilis, es decir, hombres con necesidades homogéneas que debían satisfacerse en el mercado.

Y en vísperas de los años 90 Illich escribía:

"Independientemente del lugar por donde Ud. viaje, el paisaje es reconocible. Todos los lugares del mundo están abarrotados de torres de enfriamiento y parques de estacionamiento, agronegocios y megaciudades. Pero ahora que el desarrollo está terminando -la Tierra era el planeta equivocado para esta clase de construcción - los proyectos de crecimiento se están transformando rápidamente en ruinas, en basura, entre las cuales tenemos que aprender a vivir. Hace veinte años las consecuencias del culto al crecimiento parecían ya contrarias a la intuición. Hoy la revista Time las publicita en sus artículos centrales con historias apocalípticas. Pero nadie sabe cómo vivir con estos espantosos nuevos jinetes del Apocalipsis, muchos más de cuatro - clima cambiante, agotamiento genético, polución, ruptura de varias inmunidades, niveles crecientes del mar y millones de fugitivos. Aún para tratar estos asuntos queda uno atrapado entre el dilema imposible de fomentar el pánico o el cinismo. Pero aún más difícil que sobrevivir con estos cambios en el ambiente es el horror de vivir con los hábitos de necesitar que, por décadas, ha establecido el desarrollo. Las necesidades que la danza de la lluvia del desarrollo provocó no sólo justificaron la expoliación y el envenenamiento de la tierra; también actuaron en un nivel más profundo. Transformaron la condición humana. Convirtieron la mente y los sentidos del homo sapiens en los del homo miserabilis. Las necesidades básicas pueden ser el legado mas insidioso que deja el desarrollo.

La transformación ocurrió en un par de centurias. Durante este tiempo la certidumbre radical fue el cambio, a veces llamado progreso, otras veces desarrollo, otras crecimiento. En este proceso secular los hombres aducían haber descubierto recursos en la cultura y en la naturaleza -en lo que habían sido sus ámbitos de comunidad- y los convirtieron en valores económicos. El historiador de la escasez relata la historia. Como la crema batida que se convierte bruscamente en mantequilla, el homo miserabilis aparece, casi de la noche a la mañana, como una mutación del homo oeconomicus, el protagonista de la escasez. La generación posterior a la Segunda Guerra Mundial presenció este cambio de estado en la condición humana, del hombre común al hombre necesitado. La mitad de todos los individuos nacidos sobre la tierra como homo son de esta nueva clase" .

Y durante los ochenta y los noventa una nueva mutación ha ocurrido, ahora los hombres se han convertido en homos systematicus. A partir de los ochenta, se popularizó como nunca antes la idea de que los hombres y las mujeres pertenecían a un sistema, eran partes de un todo programado y, sobre todo, de un ecosistema. La imagen que el hombre se hizo de sí mismo comenzó a ser la de un sistema -o subsistema. Millones de hombres y mujeres comenzaron a sentirse sistemas. Las personas dejaron de ser homos miserabilis porque dejaron de tener necesidades y comenzaron a tener requerimientos, tal y como los tiene un máquina.

"Así como la idea de progreso de la Ilustración preparó el terreno para lo que ciertamente ocurriría casi inevitablemente, la gestión del cambio social en nombre del desarrollo ha preparado el ambiente político para la redefinición de la condición humana en los términos de la cibernética" , es decir como un sistema abierto que optimiza el mantenimiento de la inmunidad provisional de los individuos reducidos a subsistemas.

Primero las necesidades se convirtieron en un símbolo importante que permitió a los administradores dar un fundamento filantrópico a la destrucción de las culturas. Ahora las necesidades están siendo reemplazadas por el nuevo emblema de los requerimientos básicos bajo el cual el nuevo objetivo de supervivencia de la tierra puede justificarse.

"En los años 70 los expertos se presentaban a sí mismos como servidores ayudaban a los pobres a tomar conciencia de sus verdaderas necesidades, es decir como el Hermano Mayor que los ayudaba en la formulación de sus reclamos. Este sueño de corazones sangrantes y bienhechores de ojos azules puede ser hoy fácilmente descartado como el sin sentido de una época ya pasada. Las necesidades, en un mundo mucho más interdependiente, complejo, contaminado y congestionado, no pueden ya ser identificadas y calificadas, salvo mediante un intenso trabajo de equipo e investigación por especialistas en sistemas. Y en este nuevo mundo, el discurso de las necesidades llega a ser el dispositivo superior para reducir a la gente a unidades individuales con requerimientos de entrada" .

Cuando pasa esto el homo oeconomicus comienza a verse como un mito obsoleto -el planeta no puede darse el lujo de este desperdicio- y es reemplazado por el homo systematicus. Las necesidades de esta última invención se transforman de carencias económicas en requerimientos sistémicos, siendo éstos determinados por una hegemonía profesional exclusivista que no tolera ninguna desviación.

"El hecho de que mucha gente hoy ya reconozca sus requerimientos sistémicos es evidencia principalmente del poder del prestigio profesional y de la pedagogía y de la pérdida final de la autonomía personal. El proceso comenzó originalmente con la pérdida de los ámbitos de comunidad y aparece ahora completa a medida que la gente es transformada en elementos abstractos de una fórmula matemática. La última conceptualización de estos elementos abstractos ha sido alcanzada recientemente mediante la reinterpretación del hombre común, que es visto ahora como un sistema inmune frágil y que sólo funciona provisionalmente, siempre al borde de la catástrofe. La literatura de este desarrollo refleja con fidelidad el carácter esotérico de esta conceptualización. La condición del hombre posmoderno y su universo ha devenido, según este punto de vista, tan complejo que solamente los expertos más altamente especializados pueden oficiar como el sacerdocio capaz de comprender y definir las necesidades hoy" .

En pocas palabras, según la lógica de los profesionales inhabilitantes, el fenómeno humano no se define ya por lo que somos, lo que enfrentamos, lo que vivimos, lo que podemos tomar, lo que añoramos; tampoco siquiera por el mito moderno de que podemos producirnos a nosotros mismos a partir de la escasez. Ahora, el fenómeno humano se define por la medida de lo que nos falta, de lo que necesitamos.

"Y esta medida, determinada por el enfoque de la teoría de sistemas, implica una concepción radicalmente nueva de la naturaleza y del derecho y prescribe una política más preocupada por la provisión de requerimientos (necesidades) profesionalmente definidas para la supervivencia, que por los reclamos personales de libertad que fomentarían nuestra competencia autónoma.

Estamos en el umbral de una aún inadvertida transición de una conciencia política basada en el progreso, el crecimiento y el desarrollo -enraizada en los sueños de la Ilustración- a otra conciencia todavía sin nombre, definida por controles que aseguran un sistema sostenible de satisfacción de necesidades. El desarrollo ha muerto, si. Pero los expertos bien intencionados que propagan las necesidades están ahora muy ocupados reconceptualizando su descubrimiento, y en el proceso, redefiniendo nuevamente a la humanidad. El ciudadano está siendo definido como un ciborg. El antiguo individuo, quien como miembro de una población ha devenido un caso está siendo ahora modelado mediante la imagen de un sistema inmune que puede provisionalmente ser mantenido funcionando sí se le tiene en balance mediante una administración adecuada" .

Illich nos recuerda que hace sólo 30 años las necesidades no eran más que uno entre una docena de conceptos, a partir de los cuales se moldeaba una visión global del mundo. Los términos como población, desarrollo, pobreza, o planeación pertenecen a una categoría de palabras que son neologismos subrepticios -es decir, viejas palabras cuyo significado actual predominante es nuevo mientras aquellos que las usan tienen la impresión de decir lo que siempre se ha dicho. "En el discurso del desarrollo, la palabra y el concepto de necesidad llegaron a ser crecientemente atractivos. Devino el término más apropiado para designar a las relaciones morales entre extraños en un mundo soñado construido de estados de bienestar. Tal mundo ha perdido credibilidad en la matriz de un nuevo mundo ahora concebido como sistema. Cuando el término, necesidades, es utilizado ahora en este nuevo contexto, funciona como un eufemismo para la administración de ciudadanos que han sido reconceptualizados como subsistemas dentro de una población" .

El homos systematicus ya no tiene tanta fe en el progreso; más bien reconoce los efectos contraproductivos de tal fe. Pero sigue creyendo que debe someterse -o bien, convertirse él mismo- en profesional; opina que él y los otros no son más que piezas del mismo sistema, que el sistema es antes que nada un ecosistema y que sí no se toman medidas, el ecosistema puede estallar. No por casualidad este hombre es contemporáneo del discurso del desarrollo sustentable. A este homo systematicus otros le llaman postmoderno.

La historia del progreso ha legado al homo systematicus que el crecimiento industrial infinito no es viable, y en ese sentido es distinto al resto de los hombres surgidos desde la Revolución Industrial. Pero, en otro sentido, mantiene una cierta continuidad con él: cree poder controlar a través de los criterios profesionales la realidad. Piensa poder programar al planeta y a los demás hombres; sigue alimentando las profesiones inhabilitantes y la sobreprogramación. Pero, lo más importante, piensa que el desarrollo, sí se le da el giro adecuado, puede aún ser viable; formula nuevos desarrollos. Este homo systemicus vive en un época en que el desarrollo, como dice unas líneas arriba Illich, ya ha muerto. Pero, ese hombre que se siente un subsistema, acompañado de un nuevo discurso (el del desarrollo sustentable), vuelve sostenible al desarrollo. Y no sólo eso, el desarrollo sustentable se convierte en un requerimiento básico. Pero, ya no es una necesidad de primer orden en tanto que hace falta mejorar a la humanidad -según decía el discurso Ilustrado con su idea de civilizar al salvaje-, ahora es un requerimiento urgente en tanto que el sistema se puede desmoronar. Así, el desarrollado de después del desarrollo, el desarrollo sustentable, el desarrollo de los años ochenta y noventa, se vuelve en un requerimiento para conservar no sólo al ecosistema sino también al sistema mundial, al sistema económico, al sistema de comunicaciones... Para el homo systematicus ya no son mejoras sino amenazas lo que vuelven necesaria la participación de los profesionales en diversos ámbitos .

Esta transformación del hombre en subsistema es lo que en los últimos años ha preocupado con mayor asiduidad a Illich. ¿Qué puede significar que la gente piensa en términos de sistemas o subsistemas? ¿Será acaso la creación de una nueva dependencia en profesionales? ¿El reforzamiento de los monopolios radicales que ahora trabajan en cuestiones cibernéticas? ¿En verdad se trata de salvar al medio ambiente, o es otro pretexto más para tener mayor control sobre las poblaciones y la competencia ofrecida por los capitalistas más débiles? ¿Qué puede significar el intento por programar la salvación del planeta?

Estas nada inocentes preguntas son parte de lo que Illich ha intentado responder en los últimos años. Pero, ¿cómo reaccionar ante este mundo de profesionales, industrialismo, y algunos otros sistemas contraproducentes? ¿Cómo reaccionar en un mundo en el que las herramientas han degradado a tantos millones de personas?

6.2 Responsabilidad global

El seis de diciembre de 1990 Illich y un grupo de amigos suyos escribieron la Declaración del suelo de Hebenshausen, misma que comenzaba con las siguientes líneas: "El discurso ecológico con su tierra planetaria, su hambre global, amenazas a la vida, nos ha obligado a ver hacia el suelo con humildad, como filósofos. Nos paramos en el suelo, no en la tierra. Del suelo venimos y en el suelo legamos nuestros excrementos y vestigios" .

Tan sólo unos días después -el quince de diciembre- Illich pronunció un discurso en Hannover titulado Responsabilizarse de la propia salud. ¡No gracias!

En la Declaración del suelo Illich y sus amigos manifestaban su desacuerdo con respecto al discurso sistémico, y al eco-colonialismo. Y en Responsabilizarse... el filósofo convivencial daba un giro en la manera de enunciar sus discursos. En ese momento ya no se trató sólo de realizar una crítica a las certidumbres modernas, sino que, además, se trató de rechazar dichas certezas.

Pero ¿qué buscaban Illich y sus amigos con la Declaración del suelo? La respuesta la dan las siguientes líneas:

"Como filósofos buscamos debajo de nuestros pies porque nuestra generación ha perdido el piso tanto respecto a las virtudes como al suelo. Por virtud entendemos la forma, el orden y la dirección de la acción moldeada por la tradición, vinculada por el lugar, y calificada por las opciones tomadas por el alcance habitual del actor; nos referimos a prácticas mútuamente reconocidas como el bien tal y como se comparte en las culturas locales que realzan las memorias de un lugar" .

Además, La declaración del suelo era una invitación:

"Como filósofos enfatizamos el deber de hablar sobre el suelo. Para Platón, Aristóteles y Galeno, el suelo se tomaba como certeza; no es así hoy. El suelo en cada cultura que permitía crecer y cultivar granos se pierde de vista cuando es definido como un complejo subsistema, sector, recurso, o problema de granja -como la ciencia agrícola tiende a hacer" .

Y ¿cómo renunciar a estas certezas?

Hacia donde nos arrojan las certezas de que todos vivimos en un mismo planeta, de que el ecologismo puede salvarnos, de que el desarrollo puede ser sustentable... Hacia la idea de un cierto tipo de responsabilidad: la responsabilidad global. La responsabilidad global es una forma sutil de disciplinar a los individuos una vez que la fe en el desarrollo o el progreso están en decadencia. Si antes el medio pacífico de mantener el orden internacional eran las promesas del progreso, ahora lo es la amenaza de un cataclismo en el sistema internacional -ya se trate de una hecatombe económica, política o física-. Esta amenaza exige responsabilidad: la responsabilidad se convierte así en un ideal posmoderno que debe llevarse a cabo so pena de extinción del planeta. Justo de esto se trata el ecologismo en la actualidad. Y así lo describía Illich: "ecología, en el presente evoca un escenario de miedo y un impreciso sentido de Yo debo ser responsable. Y esto lleva implícito un sentido de manejabilidad -de algo que queremos conservar- no de lo que está bien" .

Lee Hoinacki decía respecto a la idea de responsabilidad en los textos de Illich:

"Responsabilidad era una palabra que tenía un peso considerable en sus escritos cuando menos hasta Némesis médica; pero en 1990, una conferencia en Hannover, Alemania, la tituló Responsabilizarse de la propia salud. ¡No gracias! En esta conferencia argumentó que la palabra ha adquirido connotaciones que se han vuelto contrarias a la autolimitación. Cómo se puede ser responsable pregunta, cuando la salud ahora implica la total integración de mi sistema inmune a un sistema socioeconómico llamado el sistema mundial, y la responsabilidad la interiorización de un sistema global en uno mismo, a la manera de un imperativo categórico. En un mundo que alaba una ontología de sistemas, la responsabilidad ética es reducida a una legitimación formal" .

La responsabilidad global no es técnicamente posible, pues el sistema es demasiado poderoso; de qué sirve ser responsable ante las catástrofes sociales y ecológicas en un mundo en donde mi poder, en tanto ente responsable, queda relegado a obedecer instrucciones dictadas por sistemas.

Más aún, Illich llegó a la conclusión de que la responsabilidad no tiene ningún sentido en un mundo en el que la virtud se ha ido de la mano de la proporcionalidad, es decir, en un mundo en donde no hay cosmos orientador. "Responsabilidad, da cuerpo a la virtud. Pero la virtud sólo es posible en una cultura vernácula" . De tal suerte que de responsabilidad, en términos illichianos, sólo se puede hablar al interior de un comunidad vernácula o en un espacio en donde dominan los ámbitos de comunidad. En la actualidad se trataría de los grupos de base. Pero no olvidemos que dichos grupos no plantean su vida en términos globales, sino locales. De tal suerte que la responsabilidad más allá de una parodia política se vuelve posible sólo a corta distancia, sólo en un ámbito enraizado.

Por tanto, en las sociedades económicas, la responsabilidad se ha vuelto imposible. Pero, entonces, ¿a qué apelan los nuevos profesionales sistémicos cuando hablan de responsabilidad? A la legitimación de los males globales que han ocasionado, males de los que ni siquiera se puede hablar, como la bomba atómica y la catástrofe ambiental.

"Responsabilidad es una palabra que ha sido usada por la ley desde hace mucho tiempo. Eres responsable por haber hecho tal acción. En el siglo XI, si caías de un árbol y lo hacías encima de la cabeza de alguien y lo matabas, no importaba la intención que tuvieras de matarlo o no, tenías que pagar una compensación por lo que este hombre valía para su amo. La idea de distinguir asesinato de homicidio sin malicia vino mucho después. Pero, de todas formas, responsabilidad como un concepto legal ha existido desde hace mucho tiempo. Como un concepto general, como una idea ética, la responsabilidad es una idea nueva. En alemán al menos, la palabra Verantwortung, que significaba responsabilidad, apareció en 1920 en los diccionarios. Ahora, ¿qué es responsabilidad? Es un tipo peculiar de ética relacionada a la creencia de que puedo hacer algo sobre aquellas cosas de las que soy responsable. Ahora, es una total ilusión pensar que uno puede hacer efectivamente algo que hará una diferencia, sobre todo por aquellas cosas que hoy se nos dice debemos responsabilizarnos. Me refiero al credo de la responsabilidad global predicada por Hans Jonas y otros" .

Es contra este credo que va dirigida la Declaración del suelo. La responsabilidad global va de la mano del universalismo redentor del progreso en el sentido de que ambas ideologías buscan una intervención continua sobre los demás y sobre el medio físico. Sobre los demás para mostrarles qué debe hacerse para salvar el planeta, quién debe hacerlo, a quién deben obedecer... Sobre el medio físico al plantear que se puede dirigir el rumbo de la naturaleza, que se puede corregir y mejorar.

Sin duda, la catástrofe para lo vernáculo ha sido casi global, y sobre todo, a raíz del industrialismo -aunque hay rasgos de la catástrofe desde la invención del alfabeto-. Tanto el medio como el ser humano resienten dicha catástrofe. Pero, ¿es sincero preocuparse por catástrofes mundiales? Preocuparse, en el sentido que digo, me preocupo por mi salud, me preocupa tu enfermedad, sólo es posible ante una realidad inmediata, a nivel local. Preocuparse por los desnutridos en África es, en cambio, una puesta ilusoria. En el primer caso se trata de una responsabilidad que tengo ante el otro, que me mira de frente, al que puedo tocar, oler y sobre todo con el que puedo hablar o dialogar; en el segundo caso se trata de una concepción prometeica de control de la realidad a nivel global; es esto lo que Illich llama responsabilidad global.

Illich considera que el discurso de la responsabilidad global no es más que una coartada del sistema, no porque no haya polución ni hambrientos, sino porque nuestro radio de acción se ha disminuido de tal forma que ya de nada sirve que nos preocupemos sino es a nivel local, sino es en el sentido que lo hacen los grupos de base.

En la realidad actual -concebida como sistema- es tal la hubris que gobierna que se ha vuelto inane ser responsable frente a una realidad más allá de mi alcance inmediato. Hoy, hablar de catástrofes globales no es hablar de problemas, sino de males, pues no tenemos nada que hacer ante ellos. Y no olvidemos que el mal, para Illich, es algo no manejable. Cosas tales como las armas nucleares, la manipulación genética y la transformación química de la atmósfera de la tierra debido a los venenos industriales son males, no problemas. Podemos sufrir tales males, dice Illich, podemos ser despedazados por ellos, pero no les podemos dar ningún sentido, no los podemos dirigir .

6.3 Askesis

Si bien Illich en sus primeros textos mostraba estar preocupado por la realidad del ambiente y la realidad social que proporciona el sistema internacional, en realidad, su preocupación no tenía tanto el sentido de una receta que se debe aplicar -como las prescritas por los profesionales-, sino más bien el de una recomendación.

En una plática Majid Rahnema dijo a Illich:

"Si estoy en lo correcto nunca has estado interesado en el tipo de acciones propias de los misioneros, los desarrollistas, los marxistas u otros tipos de interventores sociales, que generalmente son hombres orgullosos que dicen llevar a todo el mundo cuidado o asistencia para aquellos que sufren o están necesitados de ayuda. A diferencia de ellos tú pareces considerar esta actitud un tanto desconsiderada, irreal, arrogante y contraproducitiva. Por otra parte, has solido interesarte en el arte de sufrir y, en particular, en la historia de las diferentes culturas tal y como ellas viven con sus sufrimientos".

E Illich respondió:

"Estás en lo correcto cuando dices que siento náuseas acerca de la noción desarrollo económico desde hace mucho tiempo" .

A Illich nunca le interesó intervenir para mejorar a los atrasados, más bien, buscó recomendar que se cuestionara el porqué intervenir, cuestionar sí era positivo intervenir o no. Illich estudiaba la intervención desarrollista en los llamados países pobres y llegó a la conclusión de que era mejor no intervenir -esto ahorraría mucho empobrecimiento, mucho sufrimiento y muchas injusticias-. Su conclusión fue siempre una recomendación: no deberíamos intervenir. El siempre supo que la ayuda a los pobres podía ser veneno para ellos pues les privaba de sus ámbitos de comunidad arrojándolos a un mundo que los considera basura, que los margina, los degrada, les enseña a albergar falsas ilusiones y los mata de hambre.

Continúa diciendo Illich en la plática arriba citada:

"Majid, a través de los años hemos aprendido una lección de impotencia. Una vez que nos hemos sentido impotentes de hacer, ahora reconocemos que somos impotentes aún para recomendar. Estamos fuera de la responsabilidad social que antes nos motivaba. Ahora lo sabemos, la responsabilidad social no era más que una ilusión más de crear un mundo mejor. Nos distrajimos nosotros mismos y dejamos de ver aquello que tenemos realmente cercano a nosotros. Nos hemos deshecho de la ilusión de la responsabilidad -que no tiene que ver con la responsabilidad jurídica, sino a ese tipo de responsabilidad surgido hace apenas un siglo- para aceptar la lección de la impotencia.

Hemos aprendido las lecciones de la impotencia para verdaderamente renunciar al desarrollo. Esto significa que reconocemos que no somos más poderosos que nuestros abuelos" .

Pero, cómo reaccionar ante esa realidad sistémica si la responsabilidad global se ha vuelto imposible -o lo que es aún peor, se ha vuelto a favor del sistema. Con la renuncia. Dice Cayley de Illich: "Como una alternativa a la responsabilidad Illich propone la renuncia" . Dice Ilich, "la renuncia que propongo le llamaré askesis. No quiero designar con esto una mortificación sino una askesis epistemológica, una purga de esos conceptos corruptos que dan substancias ficticias a la semblanza de una existencia sensible" . "Digo renunciar, no ignorar -no uso la palabra para denotar indiferencia. Debo aceptar el desvalimiento, llorar aquello que se ha ido, renunciar a lo irrecobrable" .

"Creo firmemente en la posibilidad de renunciar. La renunciación significa y demanda más que lamentar lo irrecobrable. Puede liberarnos del desvalimiento y no tiene que ver con la resignación, la impotencia, incluso la represión. Pero la renuncia no es en la actualidad un concepto familiar. Ya no tenemos una palabra para referirnos a la renuncia valerosa, disciplinada, autocrítica, cumplida en comunidad, pero es de eso de lo que estoy hablando. Lo llamaré ascetismo. Preferiría otra palabra pues el ascetismo evoca a Flaubert y a San Antonio en el desierto -rechazar el vino, las mujeres, las fragancias. Pero la renunciación de la que hablo tiene muy poco que ver con eso.

La época en que vivimos es abstracta y desencarnada. Las certidumbres en las que descansa carecen en buena medida de sentido. Y su aceptación mundial les hace parecer independientes de la historia y la cultura. Lo que quiero llamar ascetismo epistemológico abre la puerta a la renuncia de las certidumbres axiomáticas sobre las que se basa la visión contemporánea del mundo. Hablo de una disciplina convivial y practicada críticamente" .

Pero, no se trata de una disciplina más que nos explica críticamente la realidad, sino de una disciplina que además de tal cosa, nos ayuda a mirar la realidad más allá de la frialdad de las ciencias y teorías modernas. "Veo que desde la fundación de la Universidad en la Alta Edad Media, la tradición humanista se ha alimentado primordialmente de la formación de los hábitos críticos. La educación superior se ha convertido en refinamiento de los hábitos de la mente, mientras el servicio militar, las escuelas, la familia conyugal y después los media han tomado sobre sus hombres los tristes remanentes de la formación del corazón" .

El ascetismo epistemológico mediante el cual se lleva a cabo la renuncia o renunciación illichiana quiere rescatar tanto los hábitos de la mente como los del corazón, la crítica y la humildad -las virtudes, pero siempre a corta distancia, siempre, ejercidas sobre mi realidad inmediata, sin pretensiones globales-. La ciencia moderna parece sólo tener cabida para la mente, para la crítica; su objetivismo y su frialdad expresada en números y en conceptualizaciones creadas por profesionales nada tienen que ver con el ascetismo epistemológico. Y esto porque "la disciplina ascética ha sido exorcizada del aprendizaje, y ya no es más una disciplina. Por más de mil años la Iglesia cultivó una tradición balanceada para estudiar y reflexionar dentro de las tradiciones antiguas transmitidas en occidente. Sólo un lado de esta tradición ha sido aceptada y legitimada por el aprendizaje humanístico" .

Según Illich, esta preponderancia de la crítica sobre el entrenamiento ascético para el conocimiento y la sabiduría puede ser entendido como la condición necesaria para el surgimiento de la ciencia actual. Esta reducción de los hábitos intelectuales hacia únicamente una formación crítica constituye algo que no puede ser comparado con ninguna otra cultura o época. Y, qué es lo peor: que tendemos a tomar este estilo de aprendizaje para fomentar un cierto prejuicio hacia el pasado .

En pocas palabras: "las asunciones científicas son la concha apropiada para evitar el entrenamiento ascético" . Pero, las consecuencias inmediatas de la relegación del ascetismo en el aprendizaje son catastróficas, pues, "la ascesis prepara el terreno para mirar el conomiento. Sin ella, el conocimiento se torna depredador, autoengrandecedor, solipsista y por último, descorazonado" .

El ascetismo epistemológico nos ayudaría no sólo a reconocer las certidumbres axiomáticas en que se basa occidente -para criticarlas y evaluarlas- sino además para rehacer la imagen de nosotros mismos y de los otros que nos rodean de manera inmediata. Y cuando decimos rehacer nos referimos a la recuperación, a pequeña escala, de los ámbitos de comunidad. Esto es justo, según Gustavo Esteva, lo que algunos grupos de base, en cierta manera, ya han comenzado a hacer.

6. 4 Los espacios vernáculos hoy

Para una parte de la humanidad los espacios vernáculos son muy reales, son parte de su vida cotidiana. Se trata de los grupos de base, sin embargo, cabe preguntarnos si para aquellos que están atrapados en las redes del progreso, o del mundo como sistema, aún hay alguna posibilidad de recuperar lo vernáculo. Es decir, se trata de preguntar si aún entre aquellos que miran el mundo como un sistema, que ya ni siquiera son homos miserabilis sino homos systematicus, queda una oportunidad de ejercer la virtud. Preguntar si aún en las grandes urbes y en las sociedades económicas existen espacios vernáculos.

"Iván Illich: Sí, hay tales espacios. La mayoría de nosotros, no importa que tan pobres sean nuestras circunstancias, aún podemos pedir o marcar un umbral. Esto también lo podemos hacer con la memoria de alguien ausente. Para cada quien puede haber una fuente de claridad y bien.

Tanto en Oriente como en Occidente se vive una época en donde los ethos han desaparecido, o para decirlo con MacIntyre, en donde las virtudes se han ido.

La confianza en el progreso ha extinguido la posibilidad de un acuerdo para determinar qué es el bien común. Técnicas de información, comunicación y administración ahora definen los procesos políticos, la vida política se ha vuelto un eufemismo. (...)

Dedicarse a cada uno de los demás es el generador del único espacio del que tú me preguntas y esto sólo es posible en un mini-espacio en el cual podemos acordar qué es el bien" .

Pero, ¿qué representarían estos espacios, qué sería esa gente que se niega a ser sistema o subsistema en un mundo cibernético, que ejerce la virtud sin ilusiones globales, que ejerce una virtud proporcional después de la época de la proporcionalidad, que practica el ascetismo epistemológico?

"Majid Rahnema: Permíteme recordarte una bella respuesta que le diste a David Cayley cuando te preguntó una vez que has puesto al desnudo las certezas modernas y te has dado cuenta de lo que representan palabras como necesidades, cuidado, desarrollo -una vez que te has percatado de lo que estos queridos conceptos representan-, una vez que has investigado y has visto (...) que tan destructivas pueden ser ¿es tú consejo vivir en la oscuridad? Y tú enfáticamente le dijiste No y agregaste: Llevar una vela en la oscuridad, ser una vela en la oscuridad, saber que eres un flama en la oscuridad" .

Eso serían esos espacios de los que Illich hablaba, eso representarían esas personas que llevan a cabo el ascetismo epistemológico: una vela en la oscuridad.

Pero, ¿cómo se concretaría el ascetismo epistemológico en la actualidad en sitios en donde no quedan prácticamente ámbitos de comunidad disponibles, es decir, en sociedades modernas? El trato con el otro sería, antes que nada, amistoso. La virtud que debe ejercerse a toda costa si se quiere llevar a cabo el ascetismo epistemológico, es la amistad con aquellos que están próximos a quien desee ejercerla. Y, en cuanto al lado epistemológico, lo que el ascetismo epistemológico busca, es librarnos de esas certezas que provocan daños terribles, que prometen metas inalcanzables, que chantajean sin sentido, que están fuera de toda realidad concreta.

Para Illich el panorama que le espera a humanidad es desolador , pero, él ha aprendido que no debe preocuparse por tal cosa -quizás si horrorizarse pero no preocuparse, pues la idea misma de preocuparse por aquellos soldados al otro lado del mar o por algo que unos profesionales dicen qué es nuestro planeta, no es algo sobre lo que él pueda hacer en realidad algo. Y cuando decimos él, nos podemos también referir, sin exagerar, prácticamente a cualquier persona.

Illich ha aprendido que nada puede hacerse por la humanidad ni por el planeta, pero no por ello su propuesta es pesimista. Por el contrario, él aún es optimista en aquello que aún lo puede ser: en su relación inmediata con el otro o con lo Otro. Illich "cree que hay males en el mundo que pueden quemarnos el corazón, y como la mirada de las Gorgonas, convertirnos en piedras (...); Pero también reconoce que hay una luz en la palabra que la oscuridad no puede comprender. En la amistad obediente (en el sentido bíblico), podemos dejar brillar esta inextinguible luz en la vida de los otros" .

Conclusiones

Nuestra intención fue mostrar a la disciplina de las Relaciones Internacionales el pensamiento de Iván Illich. Con ello creemos haber enriquecido un poco dicha disciplina. El enriquecimiento es teórico y ético. Ideas como monopolios radicales, lo vernáculo, la educación, el sistema global, etc., vistas a la luz de las investigaciones de Illich, son muy sugerentes. El entendimiento sobre tales nociones se hace extenso al revisar esta tesis, pero se vuelve aún más rico al revisar el material directo de Iván Illich y sus más cercanos allegados.

No sólo herramientas conceptuales sino también la articulación de las mismas para explicar realidades es una importantísima aportación de Illich a la disciplina de las Relaciones Internacionales.

Por otra parte, Illich también nos convoca, abriendo líneas de investigación, a profundizar sobre algunos de los temas que aquí hemos mencionado. Él sabe que existen muchas certezas que no han sido criticadas con la atención debida, y esto es un vacío que nos vuelve cómplices inconscientes de un modo de vida que promueve la ruina.

En cuanto a la aportación ética que Illich realiza, también puede servirnos en la disciplina de las Relaciones Internacionales. Saber que la idea misma de responsabilidad globlal es una coartada del sistema, sabemos que es una afirmación que quizás entristezca a muchos bienhechores prometeicos, pero, que importancia tiene, de todas maneras, en buena parte han sido ellos los que, con su optimismo contagioso contribuyeron directamente a enviciar a millones de personas con el progreso y el desarrollo. La responsabilidad no puede ser global si se quiere concertar sobre el bien y el mal. En cuestiones éticas, sólo podemos ser responsables ante el otro que está en frente de nosotros no ante ningún sistema mundial o internacional, ni ante ningún ecosistema planetario -eso es una ilusión. Puedo ser responsable en un medio enraizado, en una comunidad, entre los miembros de un grupo de base al que pertenezco, pero no ante las imágenes fantasmagóricas que aparecen en la televisión.

Si seguimos a Illich, en cuanto a ética se refiere, las Relaciones Internacionales deberían redimensionarse hasta dejarlas en una esfera micro. Cultivar la amistad de aquellos que estén cercanos a nosotros, horrorizarnos ante esos fenómenos modernos como las hambrunas africanas -pero nunca preocuparme por ellas-, esa es la postura ética que Illich nos invita a asumir. Y no porque sea un despiadado, sino porque él si ha sabido las verdaderas dimensiones de su campo de acción; él si ha tenido la humildad de reconocer que el mundo no se puede componer, no porque esté bien y no haya nada que componer, sino porque se reconoce diminuto ante los males mundiales.

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