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1. ¿POR QUÉ
DEBEMOS PRIVAR DE APOYO OFICIAL A LA ESCUELA?
Muchos estudiantes, en especial
los que son pobres, saben intuitivamente qué hacen por
ellos las escuelas. Los adiestran a confundir proceso y sustancia.
Una vez que estos dos términos se hacen indistintos, se
adopta una nueva lógica: cuanto más tratamiento
haya, tanto mejor serán los resultados. Al alumno se le
"escolariza" de ese modo para confundir enseñanza
con saber, promoción al curso siguiente con educación,
diploma con competencia, y fluidez con capacidad para decir algo
nuevo. A su imaginación se la "escolariza" para
que acepte servicio en vez de valor. Se confunde el tratamiento
médico tomándolo por cuidado de la salud, el trabajo
social por mejoramiento de la vida comunitaria, la protección
policial por tranquilidad, el equilibrio militar por seguridad
nacional, la mezquina lucha cotidiana por trabajo productivo.
La salud, el saber, la dignidad, la independencia y el quehacer
creativo quedan definidos como poco más que el desempeño
de las instituciones que afirman servir a estos fines, y su mejoramiento
se hace dependiente de la asignación de mayores recursos
a la administración de hospitales, escuelas y demás
organismos correspondientes.
En estos ensayos, mostraré que la institucionalización
de los valores conduce inevitablemente a la contaminación
física, a la polarización social y a la impotencia
psicológica: tres dimensiones en un proceso de degradación
global y de miseria modernizada. Explicaré cómo
este proceso de degradación se acelera cuando unas necesidades
no materiales son transformadas en demanda de bienes; cuando
a la salud, a la educación, a la movilidad personal, al
bienestar o a la cura psicológica se las define como el
resultado de servicios o de "tratamientos". Hago esto
porque creo que la mayoría de las investigaciones actualmente
en curso acerca del futuro tienden a abogar por incrementos aún
mayores en la institucionalización de valores y que debemos
definir algunas condiciones que permitieran que ocurriese precisamente
lo contrario. Precisamos investigaciones sobre el posible uso
de la tecnología para crear instituciones que atiendan
a la acción recíproca, creativa y autónoma
entre personas y a la emergencia de valores que los tecnócratas
no puedan controlar sustancialmente. Necesitamos investigación
en líneas generales para la futurología actual.
Quiero suscitar la cuestión general acerca de la mutua
definición, de la naturaleza del hombre y de la naturaleza
de las instituciones modernas, que caracteriza nuestra visión
del mundo y nuestro lenguaje. Para hacerlo, he elegido a la escuela
como mi paradigma, y por consiguiente trato sólo indirectamente
de otros organismos burocráticos del Estado corporativo:
la familia consumidora, el partido, el ejército, la iglesia,
los medios informativos. Mi análisis del currículum
oculto de la escuela debería poner en evidencia que la
educación pública se beneficiaría con la
desescolarización de la sociedad, tal como la vida familiar,
la política, la seguridad, la fe y la comunicación
se beneficiarían con un proceso análogo.
En este primer ensayo, comienzo mi análisis tratando de
dar a entender qué es lo que la desescolarización
de una sociedad escolarizada podría significar. En este
contexto, debiera ser más fácil entender mi elección
de los cinco aspectos específicos pertinentes respecto
de este proceso, los cuales abordaré en los capítulos
siguientes.
No sólo la educación sino la propia realidad social
han llegado a ser escolarizadas. Cuesta más o menos lo
mismo el escolarizar tanto al rico como al pobre en igual dependencia.
El gasto anual por alumno en los arrabales y los suburbios ricos
de cualquiera de veinte ciudades de los Estados Unidos está
comprendido dentro de unos mismos márgenes -y hasta favorable
al pobre en ciertos casos.1
Tanto el pobre como el rico dependen de escuelas y hospitales
que guían sus vidas, forman su visión del mundo
y definen para ellos qué es legítimo y qué
no lo es. Ambos consideran irresponsable el medicamentarse uno
mismo, y ven a la organización comunitaria, cuando no
es pagada por quienes detentan la autoridad, como una forma de
agresión y subversión. Para ambos grupos, el apoyarse
en el tratamiento institucional hace sospechoso el logro independiente.
El subdesarrollo progresivo de la confianza en sí mismo
y en la comunidad es incluso más típico en Westchester
que en el norte de Brasil. Por doquiera, no tan sólo la
educación sino la sociedad en conjunto, necesitan "desescolarización".
Las burocracias del bienestar social pretenden un monopolio profesional,
político y financiero sobre la imaginación social,
fijando normas sobre qué es valedero y qué es factible.
Este monopolio está en las raíces de la modernización
de la pobreza. Cada necesidad simple para la cual se halla una
respuesta institucional permite la invención de una nueva
clase de pobres y una nueva definición de la pobreza.
Hace diez años, lo normal en México era nacer y
morir uno en su propia casa, y ser enterrado por sus amigos.
Sólo las necesidades del alma eran atendidas por la iglesia
institucionalizada. Ahora, el comenzar y acabar la vida en casa
se convierten en signos, ya sea de pobreza, ya sea de
privilegio especial. El morir y la muerte han venido a quedar
bajo la administración institucional del médico
y de los empresarios de pompas fúnebres.
Una vez que una sociedad ha convertido ciertas necesidades básicas
en demandas de bienes producidos científicamente, la pobreza
queda definida por normas que los tecnócratas cambian
a su tamaño. La pobreza se refiere entonces a aquellos
que han quedado cortos respecto de un publicitado ideal de consumo
en algún aspecto importante. En México son pobres
aquellos que carecen de tres años de escolaridad; y en
Nueva York aquellos que carecen de doce años.
Los pobres siempre han sido socialmente impotentes. El apoyarse
cada vez más en la atención y el cuidado institucionales
agrega una nueva dimensión a su indefensión: la
impotencia psicológica, la incapacidad de valerse por
sí mismos. Los campesinos del altiplano andino son explotados
por el terrateniente y el comerciante -una vez que se asientan
en Lima llegan a depender, además, de los jefazos políticos
y están desarmados por su falta de escolaridad. La pobreza
moderna conjuga la pérdida del poder sobre las circustancias
con una pérdida de la potencia personal. Esta modernización
de la pobreza es un fenómeno mundial y está en
el origen del subdesarrollo contemporáneo. Adopta aspectos
diferentes, por supuesto, en países ricos y países
pobres.
Probablemente se siente más intensamente en las ciudades
estadunidenses. En parte alguna se otorga un tratamiento más
costoso a la pobreza. En ninguna otra parte el tratamiento de
la pobreza produce tanta dependencia, ira, frustración
y nuevos requerimientos. Y en ninguna otra parte podría
ser tan evidente que la pobreza -una vez modernizada- ha llegado
a hacerse resistente al tratamiento con dólares tan sólo,
y que requiere una revolución institucional.
Hoy en día, en los Estados Unidos, al negro y hasta el
cosechero sin trabajo fijo pueden aspirar a un nivel de tratamiento
profesional que habría sido inconcebible hace dos generaciones,
y que a la mayoría de la gente del Tercer Mundo le parece
grotesca. Por ejemplo, los pobres de los Estados Unidos pueden
contar con un vigilante escolar que lleve a sus hijos de vuelta
a la escuela hasta que lleguen a los diecisiete años,
o con un médico que les remita a una cama de hospital
que cuesta sesenta dólares diarios -el equivalente al
ingreso de tres meses para la mayor parte de la gente en el mundo.
Pero ese cuidado los hace sólo más dependientes
de un tratamiento ulterior, y los hace cada vez más incapaces
de organizar sus propias vidas en torno a sus propias experiencias
y recursos dentro de sus propias comunidades.
Los estadunidenses pobres están en una posición
singular para hablar acerca del predicamento que amenaza a todos
los pobres de un mundo en vías de modernización.
Están descubriendo que no hay cantidad alguna de dólares
que pueda eliminar la destructividad inherente de las instituciones
de bienestar social, una vez que las jerarquías profesionales
de estas instituciones han convencido a la sociedad de que sus
servicios son moralmente necesarios. Los pobres de los núcleos
urbanos centrales de los Estados Unidos pueden demostrar con
su propia experiencia la falacia sobre la que está constituida
la legislación social en una sociedad "escolarizada".
William O. Douglas, miembro de la Suprema Corte de Justicia hizo
la observación de que "la única manera de
establecer una institución es financiarla". El corolario
es asimismo verdadero. Sólo al desviar los dólares
que ahora afluyen a las instituciones que actualmente tratan
la salud, la educación y el bienestar social podrá
detenerse el progresivo empobrecimiento que ahora proviene del
aspecto paralizante de las mismas.
Debemos tener esto presente al evaluar los programas de ayuda
federales. A modo de ejemplo: entre 1965 y 1968, en las escuelas
de Estados Unidos se gastaron más de tres mil millones
de dólares para compensar las desventajas de unos seis
millones de niños. Al programa se le conoce por el nombre
de Title One (Artículo Primero). Es el programa
compensatorio más costoso que jamás se haya intentado
en parte alguna en materia de educación, y sin embargo
no es posible discernir ningún mejoramiento significativo
en el aprendizaje de estos niños "desfavorecidos".
En comparación con sus condiscípulos de igual curso
provenientes de hogares de ingresos medios, han quedado aún
más retrasados. Por lo demás, a lo largo de este
programa, los profesionales descubrieron otros diez millones
de niños que se esforzaban sometidos a desventajas económicas
y educacionales. Se dispone ahora de nuevas razones para reclamar
nuevos fondos federales.
Este fracaso total en el intento de mejorar la educación
de los pobres a pesar de un tratamiento más costoso puede
explicarse de tres maneras.
1. Tres millones de dólares
son insuficientes para mejorar el aprovechamiento de seis millones
de niños de modo apreciable; o bien,
2. El dinero se gastó
de manera incompetente: se requieren diferentes planes de estudio,
una mejor administración, una concentración aún
mayor de fondos sobre el niño pobre, y más investigaciones.
Con ello se lograría el objetivo: o bien,
3. La desventaja educacional
no puede curarse apoyándose en una educación dentro
de la escuela.
Lo primero es sin duda cierto
en cuanto que el dinero se ha gastado a través del presupuesto
escolar. El dinero se destinó efectivamente a las escuelas
que contenían la mayoría de los niños desfavorecidos,
pero no se gastó en los niños mismos. Estos niños,
a los que estaba destinado el dinero, constituían sólo
alrededor de la mitad de los que asistían a las escuelas
que añadieron al subsidio federal a sus presupuestos.
De modo que el dinero se gastó en inspectoría y
custodia, en indoctrinación y selección de papeles
sociales, como también en educación, todo lo cual
está inexplicablemente mezclado con los edificios e instalaciones,
planes de estudio, profesores, administradores y otros componentes
básicos de estas escuelas y, por consiguiente, con sus
presupuestos.
Los fondos adicionales permitieron a las escuelas atender desproporcionadamente
a la satisfacción de los niños relativamente más
ricos que estaban "desfavorecidos" por tener que asistir
a la escuela en compañía de los pobres. En el mejor
de los casos, una pequeña proporción de cada dólar
destinado a remediar las desventajas del niño pobre en
su aprendizaje podía llegar hasta ese niño a través
del presupuesto de la escuela.
Podría ser igualmente cierto que el dinero se gastó
de manera incompetente. Pero ni siquiera la incompetencia poco
común puede superar la del sistema escolar. Las escuelas
resisten, por su estructura misma, la concentración del
privilegio en quienes son, por otra parte, desfavorecidos. Los
planes especiales de estudio, las clases separadas o más
horas de estudio constituyen tan sólo más discriminación
a un coste más elevado.
Los contribuyentes no se han acostumbrado aún a ver que
tres mil millones de dólares se desvanezcan en el Ministerio
de Salud, Educación y Bienestar como si se tratara del
Pentágono. El gobierno actual tal vez estime que puede
afrontar las iras de los educadores. Los estadunidenses de clase
media no tienen nada que perder si se interrumpe el programa.
Los padres pobres creen que sí pierden, pero, más
todavía, están exigiendo el control de los fondos
destinados a sus hijos. Un sistema lógico de recortar
el presupuesto y, sería de esperar, de aumentar sus beneficios,
consistiría en un sistema de becas escolares como el presupuesto
por Milton Friedman y otros. Los fondos se canalizarían
al beneficiario, permitiéndole comprar su parte de la
escolaridad que elija. Si dicho crédito se limitara a
unas compras que se ajustasen a un plan escolar de estudios,
tendería a proporcionar una mayor igualdad de tratamiento,
pero no aumentaría para ello la igualdad de las exigencias
sociales.
Debería ser obvio el que incluso con escuelas de igual
calidad un niño pobre rara vez se pondrá a la par
de uno rico. Incluso si asisten a las mismas escuelas y comienzan
a la misma edad, los niños pobres carecen de la mayoría
de las oportunidades educativas de que dispone al parecer el
niño de clase media. Estas ventajas van desde la conversación
y los libros en el hogar hasta el viaje de vacaciones y un sentido
diferente de sí mismo, y actúan, para el niño
que goza de ellas, tanto dentro de la escuela como fuera de ella.
De modo que el estudiante más pobre se quedará
atrás en tanto dependa de la escuela para progresar o
aprender. Los pobres necesitan fondos que les permitan aprender,
y no obtener certificados de tratamiento de sus deficiencias
presuntamente desproporcionadas.
Todo esto es válido para naciones tanto ricas como pobres,
pero aparece con aspecto diferente. En las naciones pobres, la
pobreza modernizada afecta a más gente y más visiblemente,
pero también -por ahora- más superficialmente.
Dos de cada tres del total de niños latinoamericanos dejan
la escuela antes de terminar el quinto grado, pero estos desertores2 no están por consiguiente tan
mal, relativamente, como lo estarían en los Estados Unidos.
Hoy en día son pocos los países víctimas
de la pobreza clásica, que era estable y menos paralizante.
La mayoría de los países de América Latina
han llegado al punto de "despegue" hacia el desarrollo
económico y el consumo competitivo y, por lo tanto, hacia
la pobreza modernizada: sus ciudadanos aprenden a pensar como
ricos y vivir como pobres. Sus leyes establecen un periodo escolar
obligatorio de seis a diez años. No sólo en Argentina,
sino también en México o en Brasil, el ciudadano
medio define una educación adecuada según las pautas
estadunidenses, aun cuando la posibilidad de lograr esa prolongada
escolarización esté restringida a una diminuta
minoría. En estos países la mayoría ya está
enviciada con la escuela, es decir, han sido "escolarizados"
para sentirse inferiores respecto del que tiene una mejor escolaridad.
Su fanatismo en favor de la escuela hace posible el explotarlos
por partida doble: permite aumentar la asignación de fondos
públicos para la educación de unos pocos y aumentar
la aceptación del control social de parte de la mayoría.
Es paradójico que la creencia en la escolarización
universal se mantenga más firme en los países en
que el menor número de personas ha sido -y será-
servido por las escuelas. Sin embargo, en América Latina
la mayoría de los padres y de los hijos podrían
seguir aún senderos diferentes hacia la educación.
La proporción del ahorro nacional invertido en escuelas
y maestros tal vez sea mayor que en los países ricos,
pero estas inversiones son totalmente insuficientes para atender
a la mayoría haciendo posible siquiera cuatro años
de asistencia a la escuela. Fidel Castro habla como si quisiese
avanzar directo a la desescolarización, cuando promete
que para 1980 Cuba estará en condiciones de disolver su
universidad, puesto que toda la vida cubana será una experiencia
educativa. Sin embargo, en los niveles de primaria y secundaria,
Cuba, al igual que otros países latinoamericanos, actúa
como si el paso a través de un periodo definido como "la
edad escolar" fuese una meta incuestionable para todos,
sólo postergada por una escasez momentánea de recursos.
Los dos engañosos gemelos de un tratamiento más
a fondo, tal como de hecho se proporciona en Estados Unidos -y
como tan sólo se promete en América Latina- se
complementan entre sí. Los pobres del Norte están
siendo tullidos por el mismo tratamiento de doce años
cuya carencia marca a los pobres del Sur como irremediablemente
retrasados. Ni en Norteamérica ni en América Latina
logran los pobres igualdad a partir de escuelas obligatorias.
Pero en ambas partes la sola existencia de la escuela desanima
al pobre y le invalida para asir el control de su propio aprendizaje.
En todo el mundo la escuela tiene un efecto antieducacional sobre
la sociedad: se reconoce a la escuela como la institución
que se especializa en educación. La mayoría de
las personas considera los fracasos de la escuela como una prueba
de que la educación es una tarea muy costosa, muy compleja,
siempre arcana y frecuentemente casi imposible.
La escuela se apropia del dinero, de los hombres y de la buena
voluntad disponibles para educación y fuera de eso desalienta
a otras instituciones respecto a asumir tareas educativas. El
trabajo, el tiempo libre, la política, la vida ciudadana
e incluso la vida familiar, dependen de las escuelas, en lo concerniente
a los hábitos y conocimientos que presuponen, en vez de
convertirse ellos mismos en los medios de educación. Tanto
las escuelas como las otras instituciones que dependen de aquéllas
llegan simultáneamente a tener un precio imposible.
En Estados Unidos, los costes per capita de la escolaridad
han aumentado casi con igual rapidez que el coste del tratamiento
médico. Pero este tratamiento más completo impartido
por doctores y maestros ha mostrado unos resultados en continua
declinación. Los gastos médicos concentrados sobre
los mayores de cuarenta y cinco años se han duplicado
varias veces durante un periodo de cuarenta años, dando
como fruto un aumento del 3
por
ciento en las probabilidades de vida de los varones. El incremento
de los gastos educacionales ha producido resultados aún
más extraños; de otra manera el presidente Nixon
no se habría sentido inclinado a prometer esta primavera
que todo niño tendrá pronto el "derecho a
leer" antes de dejar la escuela.
En Estados Unidos se precisarían ochenta mil millones
de dólares por año para proporcionar lo que los
educadores consideran como tratamiento igualitario para todos
en escuelas primaria y secundaria. Esto es bastante más
del doble de los 36 mil millones que se están gastando
ahora. Las predicciones de costes preparadas de modo independiente
en el Ministerio de Salud, Educación y Bienestar y en
la Universidad de Florida indican que para 1974 las cifras comparables
serán de 107 mil millones contra los 45 mil millones proyectados
ahora, y estas cifras omiten totalmente los enormes costes de
lo que se denomina "educación superior", cuya
demanda está creciendo aún más velozmente.
Los Estados Unidos, que en 1969 gastaron casi ochenta mil millones
de dólares en "defensa", incluyendo su despliegue
en Vietnam, es obviamente demasiado pobre como para proporcionar
igual escolaridad. El comité nombrado por el Presidente
para el estudio del financiamiento de las escuelas debiera preguntar
no cómo mantener o cómo recortar tales costes,
crecientes, sino cómo pueden evitarse.
La escuela igual y obligatoria para todos debiera reconocerse
por los menos como algo económicamente impracticable.
En América Latina, la cantidad de erario gastada en cada
estudiante graduado oscila entre 350 y 1 500 veces el monto gastado
en el ciudadano medio (es decir, el ciudadano que está
en un término medio entre el más pobre y el más
rico). En Estados Unidos la discrepancia es menor, pero la discriminación
más aguda. Los padres más ricos, cerca de un 10
por ciento, pueden permitirse proporcionar a sus hijos educación
privada y ayudarles a beneficiarse de las donaciones de fundaciones.
Pero además consiguen diez veces el monto per capita
de fondos públicos si éste se compara con el gasto
per capita que se efectúa en los hijos del 10 por
ciento de los más pobres. Las razones principales de que
esto ocurra son que los muchachos ricos permanecen por más
tiempo en la escuela, que un año de universidad es proporcionadamente
más costoso que un año de escuela secundaria, y
que la mayoría de las universidades privadas dependen
-al menos indirectamente- de un financiamiento derivado de desgravámenes.
La escuela obligatoria polariza inevitablemente una sociedad;
califica asimismo a las naciones del mundo según un sistema
internacional de castas. A los países se los califica
como castas cuya dignidad la determina el promedio de años
de escolaridad de sus ciudadanos, tabla de calificación
que se relaciona íntimamente con el producto nacional
bruto per capita, y es mucho más dolorosa.
La paradoja de las escuelas es evidente: el gasto creciente hace
aumentar su destructividad en su propio país y en el extranjero.
Esta paradoja debe convertirse en tema de público debate.
Se reconoce de manera general hoy por hoy que el medio ambiente
físico quedará destruido dentro de poco por la
contaminación bioquímica a menos que invirtamos
las tendencias actuales de producción de bienes físicos.
Debería reconocerse asimismo el que la vida social y personal
están igualmente amenazada por la contaminación
del Ministerio de Salud, Educación y Bienestar, subproducto
inevitable del consumo obligatorio y competitivo del bienestar.
La escalada de las escuelas es tan destructiva como la de las
armas, si bien de manera menos visible. En todo el mundo, los
costes de la escuela han aumentado con mayor velocidad que las
matrículas y más velozmente por el producto bruto
nacional (PBN); en todas partes los gastos en la escuela se quedan
cada vez más cortos frente a las expectativas de padres,
maestros y alumnos. Por doquiera, esta situación desalienta
tanto la motivación como el financiamiento para una planificación
en gran escala del aprendizaje no escolar. Los Estados Unidos
están demostrando al mundo que ningún país
puede ser lo bastante rico como para permitirse un sistema escolar
que satisfaga las demandas que este mismo sistema crea con sólo
existir, porque un sistema escolar que logre su meta escolariza
a padres y alumnos en el valor supremo de un sistema escolar
aún mayor, cuyo coste crece desproporcionadamente conforme
se crea una demanda de grados superiores y éstos se hacen
escasos.
En vez de decir que una escolaridad pareja es impracticable por
el momento, debemos reconocer que, en principio, es económicamente
absurda, y que intentarla es intelectualmente castrante, socialmente
polarizante y que destruye la verosimilitud del sistema político
que la promueve.
La ideología de la escolaridad obligatoria no admite límites
lógicos. La Casa Blanca proporcionó hace poco un
buen ejemplo. El doctor Hutschnecker, el "psiquiatra"
que atendió al señor Nixon antes de que quedase
admitido como candidato, recomendó al Presidente que todos
los niños se seis a ocho años fuesen examinados
profesionalmente para cazar a aquellos que tuviesen tendencias
destructivas, y que se les proporcionase a éstos tratamiento
obligatorio. En caso necesario se exigiría su reeducación
en instituciones especiales. Este memorándum enviado al
Presidente por su doctor pasó al Ministerio de Salud,
Educación y Bienestar para que examinaran su valía.
En efecto, unos campos de concentración preventivos para
predelincuentes sería un adelanto lógico respecto
del sistema escolar.3
El que todos tengan iguales oportunidades de educarse es una
meta deseable y factible, pero identificar con ello la escolaridad
obligatoria es confundir la salvación con la iglesia.
La escuela ha llegado a ser la religión del proletariado
modernizado, y hace promesas huecas a los pobres de la era tecnología.
La nación-estado la ha adoptado, reclutando a todos los
ciudadanos dentro de un currículum graduado que conduce
a diplomas consecutivos no desemejantes a los rituales de iniciación
y promociones hieráticas de antaño. El Estado moderno
se ha arrogado el deber de hacer cumplir el juicio de sus educadores
mediante vigilantes bien intencionados y cualificaciones exigidas
para conseguir trabajos, de modo muy semejante al seguido por
los reyes españoles que hicieron cumplir los juicios de
sus teólogos mediante los conquistadores y la Inquisición.
Hace dos siglos los Estados Unidos dieron al mundo la pauta en
un movimiento para privar de apoyo oficial el monopolio de una
sola iglesia. Ahora necesitamos la separación constitucional
respecto del monopolio de la escuela quitando de esa manera el
apoyo oficial a un sistema que conjuga legalmente el prejuicio
con la discriminación. El primer artículo de una
Declaración de los Derechos del Hombre apropiada para
una sociedad moderna, humanista, concordaría con la Enmienda
Primera de la Constitución de los EU: "El Estado
no dictará ley alguna respecto del establecimiento de
la educación." No habrá ningún ritual
obligatorio para todos.
Para poner en vigencia esta separación entre Estado y
escuela, necesitamos una ley que prohíba la discriminación
en la contratación de personal, en las votaciones, o en
la admisión a los centros de enseñanza fundada
en la previa asistencia a algún plan de estudios. Esta
garantía no excluiría pruebas de competencia para
una función o cargo, pero eliminaría la absurda
discriminación actual en favor de una persona que aprende
una destreza determinada con el mayor de los gastos del erario
público o -lo que es igualmente probable- ha podido obtener
un diploma que no tiene relación con ninguna habilidad
o trabajo útiles. Una separación constitucional
del Estado y la escuela puede llegar a ser psicológicamente
eficaz sólo si protege al ciudadano de la posibilidad
de ser descalificado por cualquier aspecto de su carrera escolar.
Con la escolaridad no se fomenta ni el deber ni la justicia porque
los educadores insisten en aunar la instrucción y la certificación.
El aprendizaje y la asignación de funciones sociales se
funden en la escolarización. Y no obstante, aprender significa
adquirir una nueva habilidad o entendimiento, mientras la promoción
depende de la opinión que otros se hayan formado. El aprender
es con frecuencia el resultado de una instrucción, pero
el ser elegido para una función o categoría en
el mercado del trabajo depende cada vez más sólo
del tiempo que se ha asistido a un centro de instrucción.
Instrucción es la selección de circunstancias que
facilitan el aprendizaje. Las funciones se asignan fijando un
currículum de condiciones que el candidato debe satisfacer
para pasar la valla. La escuela vincula la instrucción
-pero no el aprendizaje- con estas funciones. Esto no es ni razonable
ni liberador. No es razonable porque no liga unas cualidades
o competencias sobresalientes a las funciones por desempeñar,
sino el proceso mediante el cual se supone que habrán
de adquirirse dichas cualidades. No libera ni educa porque la
escuela reserva la instrucción para aquellos cuyos pasos
en el aprendizaje se ajusten a unas medidas aprobadas de control
social.
El currículum se ha empleado siempre para asignar el rango
social. En ocasiones podía ser prenatal: el karma le
adjudica a uno a determinada casta y el linaje a la aristocracia.
El currículum podía adoptar la forma de un ritual,
de ordenaciones sacras y secuenciales, o bien podía consistir
en una sucesión de hazañas guerreras o cinegéticas,
o bien las promociones ulteriores podían depender de una
serie de previos favores regios. La escolaridad universal tenía
por objeto el separar la adjudicación de funciones de
la historia personal de cada cual: se ideó para dar a
todos una oportunidad igual de obtener cualquier cargo. Aún
ahora muchos creen erróneamente que la escuela asegura
el que la confianza pública dependa de unos logros sobresalientes
en el saber. Pero en vez de haber igualado las posibilidades,
el sistema escolar ha monopolizado su distribución.
Para separar la competencia del currículum, debe convertirse
en tabú toda indagación acerca del historial de
aprendizaje de cada persona, tal como las indagaciones acerca
de su afiliación política, su asistencia a la iglesia,
linaje, hábitos sexuales o antecedentes raciales. Deben
dictarse leyes que prohíban la discriminación basada
en una previa escolaridad. Evidentemente, las leyes no pueden
impedir el prejuicio contra el no escolarizado -ni se pretende
con ellas obligar a nadie a casarse con un autodidacta-, pero
pueden desaprobar la discriminación injustificada.
Otra gran ilusión en que se apoya el sistema escolar es
aquella de que la mayor parte del saber es el resultado de la
enseñanza. La enseñanza puede, en verdad, contribuir
a ciertos tipos de aprendizaje en ciertas circunstancias.Pero
la mayoría de las personas adquieren la mayor parte de
su conocimiento fuera de la escuela, y cuando este conocimiento
se da en ella, sólo es en la medida en que, en unos cuantos
países ricos, la escuela se ha convertido en su lugar
de confinamiento durante una parte cada vez mayor de sus vidas.
Lo principal del aprendizaje sobreviene casualmente, e incluso
el aprendizaje más intencional no es el resultado de una
instrucción programada. Los niños normales aprenden
su lenguaje de manera informal, aunque con mayor rapidez si sus
padres les prestan atención. La mayoría de las
personas que aprenden bien un segundo idioma lo hacen a consecuencia
de circunstancias aleatorias y no de una enseñanza ordenada.
Llegan a vivir con sus abuelos,4 o viajan, o se enamoran de algún
extranjero. La lectura fácil proviene con igual frecuencia
de la escuela o de actividades extracurriculares de este tipo.
La mayoría de quienes leen profusamente y con placer tan
sólo creen que aprendieron a hacerlo en la escuela; cuando
se les discute esto, descartan fácilmente este espejismo.
Pero el hecho de que aún ahora una gran parte del aprendizaje
parece ocurrir al azar y como subproducto de alguna otra actividad
definida como trabajo u ocio no significa que el aprendizaje
planificado no beneficie la instrucción planificada. Al
estudiante poderosamente motivado que se enfrenta con la tarea
de adquirir una habilidad nueva y compleja puede aprovecharle
mucho la disciplina que hoy en día se asocia mentalmente
con el maestro de viejo cuño que antaño enseñaba
lectura, hebreo, catecismo o multiplicación de memoria.
La escuela ha hecho que ahora este tipo de enseñanza rutinaria
sea escaso y mal reputado, y no obstante hay muchas destrezas
que un estudiante motivado de aptitudes normales puede dominar
en unos pocos meses si se le enseña de este modo tradicional.
Esto vale tanto para los códigos como para su desciframiento;
para los segundos o terceros idiomas como para la lectura y la
escritura; e igualmente para lenguajes especiales como álgebra,
la programación de computadoras, el análisis químico,
o para destrezas manuales como la mecanografía, la relojería,
la fontanería, las instalaciones domésticas de
electricidad, la reparación de televisores; o, si es por
eso, para bailar, conducir vehículos y bucear.
En algunos casos, el ser aceptado en un programa de aprendizaje
dirigido a una determinada habilidad podría presuponer
competencia en alguna otra habilidad, pero ciertamente no se
haría depender del proceso mediante el cual se hubieran
adquirido tales habilidades previas requeridas. La reparación
de televisores presupone saber leer y algo de matemáticas;
el bucear, ser buen nadador; y el conducir, muy poco de ambas
cosas.
El progreso en el aprendizaje es mensurable. Es fácil
calcular los recursos óptimos de tiempo y materiales que
un adulto corriente motivado necesita. El coste de enseñar
un segundo idioma europeo occidental hasta un elevado nivel de
fluidez oscila entre cuatrocientos y seiscientos dólares
en Estados Unidos, y para una lengua oriental el tiempo requerido
de instrucción podría duplicarse. Esto sería
todavía poquísimo en comparación con el
coste de doce años de escolaridad en la ciudad de Nueva
York (condición para ingresar en el Departamento de Higiene)
-casi quince mil dólares. Sin duda que no sólo
el maestro, sino también el impresor y el farmacéutico
protegen sus oficios mediante el espejismo público de
que el adiestramiento para aprenderlos es muy costoso.
En la actualidad, las escuelas se apropian de antemano de la
mayor parte de los fondos para educación. La instrucción
rutinaria que cuesta menos que una escolarización comparable
es ahora un privilegio de quienes son lo bastante ricos como
para pasarse por alto las escuelas, y de aquellos a quienes el
ejército o las grandes firmas les proporcionan un adiestramiento
en el trabajo mismo. En un programa de desescolarización
progresiva para Estados Unidos, en un comienzo habría
escasez de recursos para el adiestramiento rutinario. Pero finalmente
no habría impedimento alguno para cualquiera que en cualquier
momento de su vida quisiese elegir una instrucción entre
centenares de habilidades definibles y a cargo del Estado.
Ahora mismo podrían proporcionarse calificaciones educacionales
aceptables en cualquier centro de enseñanza de oficios
en cantidades limitadas para personas de cualquier edad, y no
sólo para pobres. Yo concibo dicha calificación
(o crédito) en forma de un pasaporte educacional o una
"tarjeta de educrédito" entregada a cada ciudadano
al nacer. A fin de favorecer a los pobres, que probablemente
no usarían sus cuotas anuales a temprana edad, podría
estipularse que los usuarios tardíos de tales "títulos"
acumulados ganasen interés. Dichos créditos permitirían
a la mayoría adquirir las habilidades de mayor demanda,
cuando les conviniese, de manera mejor, más rápida,
más barata, y con menos efectos subsidiarios desfavorables
que en la escuela.
Los profesores potenciales de destrezas o habilidades nunca siguen
siendo escasos por largo tiempo pues, por una parte, la demanda
de una habilidad crece sólo al ponerse en práctica
en una comunidad y, por otra, un hombre que ejerza una habilidad
puede también enseñarla. Pero, actualmente, aquellos
que usan una habilidad que está en demanda y que precisan
un profesor humano tienen estímulos negativos para compartir
con otros estas habilidades. Esto lo hacen ya sea maestros que
monopolizan la licencias, ya sea sindicatos que protegen sus
intereses gremiales. Unos centros de enseñanza de oficios
o habilidades a los que los clientes juzgaran por sus resultados,
y no por el personal que empleasen o por el proceso que utilizasen,
abrirían oportunidades insospechadas de trabajo, frecuentemente
incluso para aquellos que hoy se consideran inempleables. Verdaderamente
no hay motivo para que tales centros no estuviesen en el lugar
mismo de trabajo, proporcionando el patrono y su personal tanto
la instrucción como trabajos a quienes eligiesen el utilizar
sus créditos educacionales de esta manera.
En 1956 se suscitó la necesidad de enseñar rápidamente
español a varios centenares de maestros, trabajadores
sociales y curas de arquidiócesis de Nueva York, de modo
que pudiesen comunicarse con los portorriqueños. Mi amigo
Gerry Morris anunció en español por una radioemisora
que necesitaba hispanohablantes nativos, que viviesen en Harlem.
Al día siguiente unos doscientos adolescentes se alineaban
frente a su oficina, y entre ellos eligió cuatro docenas
-muchos de ellos desertores escolares. Los instruyó en
el uso del Manual de Instrucción del Instituto del Servicio
Exterior de los EU, para español, concebido para el uso
de lingüistas con licenciatura, y al cabo de una semana
sus profesores se manejaban solos -cada uno de ellos a cargo
de cuatro neoyorquinos que querían hablar el idioma. En
el plazo de seis meses se había cumplido la misión.
El cardenal Spellman podía afirmar que tenía 127
parroquias en cada una de las cuales había por los menos
tres miembros de su personal que podían conversar en español.
Ningún programa escolar podría haber logrado iguales
resultados.
Los profesores de habilidades se hacen escasos por la creencia
en el valor de los títulos. La certificación es
una manera de manipular el mercado y es concebible sólo
para una mente escolarizada. La mayoría de los profesores
de artes y oficios son menos diestros, tiene menor inventiva
y son menos comunicativos que los mejores artesanos y maestros.
La mayoría de los profesores del castellano o de francés
de bachillerato no hablan esos idiomas con la corrección
con que lo harían sus alumnos después de un semestre
de rutinas competentes. Unos experimentos llevados a cabo por
Ángel Quintero en Puerto Rico sugieren que muchos adolescentes,
si se les dan los adecuados incentivos, programas y acceso a
las herramientas, son mejores que la mayoría de los maestros
de escuela para iniciar a los de su edad en la exploración
científica de las plantas, las estrellas y la materia,
y en el descubrimiento de cómo y por qué funciona
un motor o un radio.
Las oportunidades para el aprendizaje de habilidades pueden multiplicarse
enormemente si abrimos el "mercado". Esto depende de
reunir al maestro correcto con el alumno correcto cuando éste
está altamente motivado dentro de un programa inteligente,
sin la restricción del currículum.
La instrucción libre y rutinaria es una blasfemia subversiva
para el educador ortodoxo. Ella desliga la adquisición
de destrezas de la educación "humana", que la
escuela empaca conjuntamente, y fomenta así el aprendizaje
sin título o permiso no menos que la enseñanza
sin título para fines imprevisibles.
Hay actualmente una propuesta registrada que a primera vista
parece ser sumamente sensata. La preparó Christopher Jencks,
del Center for the Study of Public Policy,5 y está
proporcionada por la Office of Economic Opportunity.6 Propone
poner unos "bonos" o "títulos" educacionales
o donaciones para pagarse el coste de los estudios, en manos
de padres y estudiantes para que los gasten en las escuelas que
elijan. Tales bonos individuales podrían ser en verdad
un importante paso de avance en la dirección correcta.
Necesitamos que se garantice a cada ciudadano el derecho a una
parte igual de los recursos educativos derivados de los impuestos,
el derecho a verificar esta parte, y el derecho a entablar juicio
si le es denegada. Es una forma de garantía contra la
tributación regresiva.
Pero la propuesta de Jencks comienza con la ominosa declaración
de que "los conservadores, los liberales y los radicales
se han quejado todos ellos en una u otra oportunidad de que el
sistema educacional estadunidenese da a los educadores profesionales
un incentivo demasiado pequeño para que proporcionen una
educación de gran calidad a la mayoría de los niños".
La propuesta se condena sola al proponer donaciones para pagar
unos estudios que tendrían que gastarse en escolarizarse.
Esto es como dar a un inválido un par de muletas, advirtiéndole
de que las use sólo si les amarra los extremos. En su
forma actual, la propuesta de estos bonos educacionales sirve
de juego no sólo de los educadores profesionales sino
también de los racistas, de los promotores de escuelas
religiosas, y de otros cuyos intereses son socialmente disociantes.
Sobre todo, los bonos educacionales cuyo uso se restrinja a las
escuelas sirve al juego de quienes quieren continuar viviendo
en una sociedad en la que el progreso social está ligado,
no al conocimiento comprobado, sino al historial de aprendizaje
mediante el cual presuntamente se adquiere. Esta discriminación
en favor de la escuelas que domina la exposición de Jencks
sobre el refinanciamiento de la educación podría
desacreditar uno de los principios que más perentoriamente
se precisan para la reforma educacional: el retorno de la iniciativa
y la responsabilidad del aprendizaje al aprendiz o a su tutor
más inmediato.
La desescolarización de la sociedad implica el reconocimiento
de la naturaleza ambivalente del aprendizaje. La insistencia
en la sola rutina podría ser un desastre; igual énfasis
debe hacerse en otros tipos de aprendizaje. Pero si las escuelas
son el lugar inapropiado para aprender una destreza, son lugares
aún peores para adquirir una educación. La escuela
realiza mal ambas tareas, en parte porque no distingue entre
ellas. La escuela es ineficiente para instruir en destrezas por
ser curricular. En la mayoría de las escuelas, un programa
cuyo objetivo es mejorar una habilidad está siempre concatenado
a otra tarea no pertinente. La historia está amarrada
al derecho de usar el patio de juegos.
Las escuelas son todavía menos eficientes en la disposición
de circunstancias que alienten el uso irrestricto, exploratorio,
de habilidades adquiridas, para lo cual reservaré el término
de "educación liberal". El principal motivo
de esto es el que la escuela sea obligatoria y llegue a convertirse
en la escolaridad por la escolaridad: una estadía forzosa
en compañía de profesores, que paga con el dudoso
privilegio de continuar en dicha compañía. Así
como la instrucción de destrezas debe ser liberada de
restricciones curriculares, a la educación liberal debe
desligársela de la asistencia obligatoria. Mediante dispositivos
institucionales puede ayudarse tanto al aprendizaje de habilidades
como a la educación encaminada a un comportamiento creativo
e inventivo, pero ambas cosas son de una naturaleza diferente
y frecuentemente contraria.
La mayoría de las destrezas pueden adquirirse y perfeccionarse
mediante rutinas; porque la destreza o habilidad implica el dominio
de una conducta definible y predecible. La instrucción
de una destreza puede apoyarse, por consiguiente, en la simulación
de las circunstancias en que se utilizará dicha destreza.
En cambio, la educación en el empleo exploratorio y creativo
de destrezas no puede descansar en sistemas rutinarios. La educación
puede ser el resultado de la instrucción, aunque de una
instrucción fundamentalmente opuesta a la rutina. Se apoya
en la relación entre asociados que ya poseen algunas de
las llaves que dan acceso a memorias almacenadas en la comunidad
y por la comunidad. Se apoya en la sorpresa de la pregunta inesperada
que abre nuevas puertas al cuestionario y a su asociado.
El instructor de destrezas se apoya en la configuración
de circunstancias fijas que permiten al aprendiz desarrollar
unas reacciones o respuestas normales. El guía o maestro
en educación se ocupa de ayudar a unos asociados parejos
a que se reúnan de modo que se dé el aprendizaje.
Él reúne a personas que parten de sus propias y
no resueltas interrogantes. A lo que más ayuda al alumno
a formular su perplejidad puesto que sólo un planteamiento
claro le dará el poder de encontrar su pareja, moverse
con ella, explorar en ese momento la misma cuestión en
el mismo contexto.
En un comienzo parecería más difícil imaginar
unos asociados o compañeros parejos para fines educativos
que el hallar instructores de destrezas y compañeros para
un juego. Una de las razones de que esto ocurra es el profundo
temor que la escuela nos ha inculcado, un miedo que nos pone
criticones. El intercambio intitulado de destrezas -a menudo
destrezas inconvenientes- es más predecible y por tanto
parece menos peligroso que las oportunidades ilimitadas de reunión
para personas que comparten una cuestión en debate que
es, en ese momento, social, intelectual y emocionalmente importante
para ellas.
El profesor brasileño Paulo Freire sabe esto por experiencia.
Descubrió que cualquier adulto puede comenzar a leer en
cosa de cuarenta horas si las primeras palabras que descifra
están cargadas de significado político. Freire
adiestra a sus maestros para trasladarse a una aldea y descubrir
las palabras que designan asuntos actuales importantes, tales
como el acceso a un pozo, o el interés compuesto de las
deudas que se le deben al patrón. Por la tarde,
los aldeanos se reúnen para conversar sobre estas palabras
clave. Comienza a percatarse de que cada palabra permanece en
el pizarrón incluso después de haberse desvanecido
su sonido. Las letras continúan abriendo, como llaves,
la realidad y haciéndola manejable como problema. Frecuentemente
he presenciado cómo en unos participantes crece la conciencia
social y cómo se ven impedidos a actuar políticamente
con la misma velocidad con que aprenden a leer. Parecen tomar
la realidad en sus manos conforme escriben.
Recuerdo un hombre que se quejó del peso de los lápices:
eran difíciles de manipular porque no pesaban como una
pala; y recuerdo a otro que camino al trabajo se detuvo con sus
compañeros y escribió con su azadón en el
suelo la palabra de que venía conversando: "agua".7 Desde
1962, mi amigo Freire ha pasado de exilio en exilio, principalmente
porque rehúsa llevar a cabo sus sesiones en torno a palabras
que hayan sido preseleccionadas por educadores aprobados y prefiere
utilizar aquellas que los participantes llevan consigo a las
clases.
El aparejamiento educativo entre personas que hayan sido escolarizadas
con éxito es tarea diferente. Los que no necesitan tal
ayuda son una minoría, incluso entre aquellos que leen
revistas serias. La mayoría no puede ni deber ser congregada
en torno a una consigna, a una palabra, a una imagen. Pero la
idea sigue siendo la misma: debieran poder congregarse en torno
a un problema elegido y definido por iniciativa de los participantes.
El aprendizaje creativo, exploratorio, requiere sujetos de igual
perplejidad ante los mismos términos o problemas. Las
grandes universidades realizan el vano intento de aparejarlos
multiplicando sus cursos y por lo general fracasan por cuanto
están ligadas al currículum, a la estructura de
cursos y a una administración burocrática. En las
escuelas, tal como en las universidades, la mayoría de
los recursos se gastan en comprar el tiempo y la motivación
de un número reducido de personas para encarar problemas
predeterminados en un escenario definido de forma ritual. La
alternativa más radical para la escuela sería una
red o servicio que diera a cada hombre la misma oportunidad de
compartir sus intereses actuales con otros motivados por iguales
cuestiones.
Permítaseme dar, como ejemplo de mi planteamiento, una
descripción de cómo podría funcionar un
aparejamiento intelectual en la ciudad de Nueva York. Cada hombre,
en cualquier momento y a un precio mínimo, podría
identificarse ante un computador con su dirección y su
número de teléfono, indicando libro, artículos,
película o grabación acerca de los cuales busca
un compañero con el cual conversar. En un plazo de días
podría recibir por correo la lista de otros que hubiesen
tomado recientemente la misma iniciativa. Esta lista le permitiría
concertar por teléfono una reunión con personas
que inicialmente se conocerían exclusivamente por el hecho
de haber solicitado un diálogo acerca del mismo tema.
Conjuntar personas de acuerdo con el interés que tengan
sobre un título dado es radicalmente simple. Permite la
identificación sólo sobre la base de un deseo mutuo
de conversar sobre una afirmación registrada por un tercero,
y deja al individuo la iniciativa de concertar la reunión.
Normalmente se hacen tres objeciones contra esta pureza esquelética.
Las recojo no sólo para esclarecer la teoría que
quiero ilustrar mediante mi propuesta -pues destacan la acendrada
resistencia de desescolarizar la educación, a separar
el aprendizaje del control social- sino también porque
pueden ayudar a sugerir unos recursos existentes que no se emplean
ahora para fines de aprendizaje.
La primera objeción es: ¿por qué no podría
la identificación de cada cual basarse también
en una idea o en un tema de debate? Ciertamente dichos
términos subjetivos podrían usarse también
en un sistema informático. Los partidos políticos,
iglesias, sindicatos, clubes, centros vecinales y sociedades
profesionales organizan ya sus actividades educativas de ese
modo y en efecto actúan como escuelas. Todos ellos aparejan
personas a fin de explorar ciertos "temas"; y éstos
se abordan en cursos, seminarios y planes de estudio en los que
unos presuntos "intereses comunes" están preenvasados.
Dicho "aparejamiento por tema" está, por definición,
centrado en el profesor: precisa una presencia autoritaria para
definir ante los participantes el punto de partida de su debate.
En contraste con lo anterior, el aparejamiento por el título
de un libro, película, etc., en su forma pura deja al
autor el definir el lenguaje especial, los términos y
el marco de referencia dentro del cual se plantea un determinado
problema o hecho; permiten a quienes acepten este punto de partida
el identificarse uno con otro. Por ejemplo, el conjuntar gente
en torno a la idea de "revolución cultural"
conduce generalmente o a la confusión o a la demagogia.
Por otra parte, el reunir a quienes se interesen en ayudarse
mutuamente a entender un determinado artículo de Mao,
Marcuse, Freud o Goodman sigue la gran tradición de aprendizaje
liberal, desde los Diálogos de Platón, que
están construidos en torno a unas presuntas declaraciones
de Sócrates, hasta los comentarios de Tomás de
Aquino sobre Pedro Lombardo. La idea de aparejar por título
es pues radicalmente diferente de la teoría sobre la que
se fundaban, por ejemplo, los clubes de los "Grandes Libros":
en vez de apoyarse en la selección realizada por algunos
catedráticos de Chicago, cualquier par de personas puede,
como compañeros de juego, elegir cualquier libro para
analizarlo.
La segunda objeción pregunta: ¿por qué la
identificación de quienes buscan compañero no podría
incluir información sobre edad, antecedentes, visión
del mundo, competencia, experiencia y otras características
definitorias? Tampoco hay en este caso razón alguna por
la cual tales restricciones discriminatorias no pudiesen (y no
debiesen) incorporarse en algunas de las numerosas universidades
-con o sin muros- que podrían usar el conjuntamiento mediante
títulos como el dispositivo básico para organizarse.
Puedo imaginar un sistema ideado para fomentar las reuniones
de personas interesadas en las cuales el autor del libro elegido
podría estar presente o representado; o un sistema que
garantizara la presencia de un asesor competente, o uno al que
tuviesen acceso sólo estudiantes matriculados en una facultad
o escuela; o uno que permitiese reuniones sólo entre gente
que definiese una de estas restricciones podría hallársele
ventajas para el logro de metas específicas de aprendizaje.
Pero me temo que, en la mayoría de los casos, el motivo
real para proponer tales restricciones es el desdén proveniente
de presuponer que la gente es ignorante: los educadores quieren
evitar que el ignorante se junte con el ignorante en torno a
un texto que podrían no entender y que leen sólo
porque están interesados en él.
La tercera objeción: ¿por qué no proporcionar
a quienes buscan compañero una ayuda incidental que facilite
sus reuniones -espacio, horarios, selección de participantes,
protección? Esto lo hacen actualmente las escuelas con
toda la ineficiencia que caracteriza a las grandes burocracias.
Si dejáramos la iniciativa de las reuniones a los interesados
en reunirse, unas organizaciones que nadie clasifica hoy como
educacionales harían mucho mejor este trabajo. Pienso
en dueños de restaurantes, editores, servicios de recados
telefónicos, directivos de trenes suburbanos que podrían
promover sus servicios al hacerlos atractivos para reuniones
educativas.
En una primera reunión en, digamos, un café, los
co-interesados podrían establecer sus identidades colocando
el libro en debate junto a sus tazas. Las personas que tomaran
la iniciativa de concertar tales reuniones aprenderían
pronto qué elementos citar para encontrarse con la gente
que buscasen. El riesgo que en una conversación que uno
mismo ha elegido le lleve a una pérdida de tiempo, a una
decepción, e incluso a un desagrado es ciertamente menor
que el riesgo corrido por quien solicita ingreso en una universidad.
Una reunión concertada por computador para debatir un
artículo de una revista de circulación nacional,
celebrada en un café de la Cuarta Avenida, no obligaría
a ningunos de los participantes a permanecer en compañía
de sus nuevos conocidos por más tiempo del necesario para
beber una taza de café, ni tendría que encontrarse
con ellos de nuevo nunca más. La probabilidad de que ello
le ayudara a perforar la opacidad de la vida en una ciudad moderna
y a fomentar nuevas amistades, un trabajo de propia elección
y un leer crítico, es elevada. (El hecho de que de este
modo el FBI podría conseguir un registro de las reuniones
y lecturas de uno es innegable; el que esto pueda aún
preocupar a nadie en 1970 es sólo divertido para un hombre
libre, quien quiéralo o no, aporta su cuota para ahogar
a los espías en las nimiedades que recolectan.)
Tanto el intercambio de destrezas como la conjunción de
copartícipes se fundan en el supuesto de que educación
para todos significa educación por parte de
todos. No es el reclutamiento en una institución especializada,
sino sólo la movilización de toda la población
lo que puede conducir a una cultura popular. Los maestros titulados
se han apropiado del derecho que todo hombre tiene de ejercer
su competencia para aprender e instruir igualmente. La competencia
del maestro está a su vez restringida a lo que pueda hacerse
en la escuela. Y, además, el trabajo y el tiempo libre
están, a consecuencia de ello, alienados el uno del otro:
tanto del trabajador como del espectador se espera que lleguen
al lugar de trabajo prestos para encajar en una rutina preparada
para ellos. La adaptación en forma de diseño, instrucción
y publicidad de un producto los moldea para desempeñar
su papel de modo muy semejante y como lo hace la educación
mediante la escolaridad. Una alternativa radical para una sociedad
escolarizada exige no sólo mecanismos para la adquisición
formal de destrezas y el uso educativo de éstas. Implica
un nuevo modo de encarar la educación informal o incidental.
La educación incidental ya no puede regresar a las formas
que el aprendizaje adoptó en la aldea o en la ciudad medieval.
La sociedad tradicional se asemeja más a un grupo de círculos
concéntricos de estructuras significativas, mientras el
hombre moderno debe aprender el cómo hallar significación
en muchas estructuras con las que está relacionado de
manera sólo marginal. En la aldea, el lenguaje, la arquitectura,
el trabajo, la religión y las costumbres familiares eran
compatibles entre sí, se explicaban y reforzaban mutuamente.
El desarrollarse en una implicaba un desarrollo en las otras.
Incluso el aprendizaje especializado era el subproducto de actividades
especializadas, tales como la fabricación de zapatos o
el canto de los salmos. Si un aprendiz no llegaba jamás
a ser maestro o erudito, contribuía sin embargo a la fabricación
de zapatos o a hacer solemnes los servicios litúrgicos.
La educación no competía en tiempo ni con el trabajo
ni con el ocio. Casi toda la educación era compleja, vitalicia
y no planificada.
La sociedad contemporánea es el resultado de diseños
e intenciones conscientes, y las oportunidades educativas han
de ser incorporadas a esos diseños. Ahora disminuirá
la confianza que depositamos en la instrucción especializada
y a tiempo completo a través de la escuela, y hemos de
hallar nuevas maneras de aprender y enseñar: la calidad
educativa de todas las instituciones debe aumentar una vez más.
Pero ésta es una previsión muy ambigua. Podría
significar que los hombres de la ciudad moderna serán
cada día más las víctimas de un proceso
eficaz de instrucción total y manipulación una
vez que estén privados incluso del tenue asomo de independencia
crítica que proporcionan hoy en día las escuelas
liberales, cuando menos a algunos de sus alumnos.
Podría significar también que los hombres se escudarán
menos tras certificados adquiridos en la escuela y adquirirán
así valor para ser "respondones" y controlar
e instruir de ese modo a las instituciones en que participen.
Para lograr esto último debemos aprender a valorar el
valor social del trabajo y del ocio por el toma y daca educativo
que posibilitan. La participación efectiva en la política
de una calle, de un puesto de trabajo, o de un hospital es por
lo tanto el mejor cartabón para evaluar su nivel como
instituciones educativas.
Hace poco dirigí la palabra a un grupo de estudiantes
de los primeros años de bachillerato, empeñados
en organizar un movimiento de resistencia a su enrolamiento obligatorio
en la clase siguiente. Tenían por consigna "participación-no
simulación". Les decepcionaba el que esto se entendiera
como una petición de menos educación en vez de
lo contrario, y me hicieron recordar la resistencia que opuso
Karl Marx a un párrafo en el programa de Gotha el cual
-hace cien años- quería hacer ilegal el trabajo
infantil. Se opuso a la proposición en pro de la educación
de los jóvenes, que podía producirse sólo
en el trabajo. Si el mayor fruto del trabajo del hombre debiera
ser la educación que se deriva de éste y la oportunidad
que el trabajo le da para iniciar la educación de otros,
entonces la alienación de la sociedad moderna en un sentido
pedagógico es aún peor que su alienación
económica.
El mayor obstáculo en el camino de una sociedad que educa
verdaderamente lo definió muy bien un amigo mío,
negro de Chicago, quien me dijo que nuestra imaginación
estaba "totalmente escuelada". Permitimos al Estado
verificar las deficiencias educativas universales de sus ciudadanos
y establecer un organismo especializado para tratarlos. Compartimos
así la ilusión de que podemos distinguir entre
qué es educación necesaria para otros y qué
no lo es, tal como generaciones anteriores establecieron leyes,
las cuales definían qué era sagrado y qué
profano.
Durkheim reconoció que esta capacidad para dividir la
realidad social en dos ámbitos era la esencia misma de
la religión formal. Existen -razonó- religiones
sin lo sobrenatural y religiosas sin Dios, pero no hay ninguna
que no subdivida el mundo en cosas, tiempo y personas que son
sagradas y en otras que por consecuencia son profanas. Este penetrante
alcance de Durkheim puede aplicarse a la sociología de
la educación, pues la escuela es radicalmente divisoria
de manera parecida.
La existencia misma de las escuelas obligatorias divide cualquier
sociedad en dos ámbitos: ciertos lapsos, procesos, tratamientos
y profesiones son "académicos" y "pedagógicos",
y otros no lo son. Así, el poder de la escuela para dividir
la realidad social no conoce límites: la educación
se hace no terrenal, en tanto que el mundo se hace no educacional.
A partir de Bonhoeffer, los teólogos contemporáneos
han señalado la confusión que reina hoy en día
entre el mensaje bíblico y la religión institucionalizada.
Señalan la experiencia que la libertad y la fe cristianas
suelen ganar con secularización. Sus afirmaciones suenan
inevitablemente blasfemas para muchos clérigos. Es incuestionable
que el proceso educativo ganará con la desescolarización
de la sociedad aun cuando esta exigencia les suene a muchos escolares
como una traición a la cultura. Pero es la cultura misma
la que está siendo apagada hoy a las escuelas.
La secularización de la fe cristiana depende de la dedicación
que pongan en ello los cristianos arraigados en la Iglesia. De
manera muy parecida, la desescolarización de la educación
depende del liderazgo de quienes se criaron en las escuelas.
El currículum que cumplieron no puede servirles como excusa
para la tarea: cada uno de nosotros sigue siendo responsable
de lo que se ha hecho por él, aun cuando puede que no
sea capaz sino de aceptar esta responsabilidad y servir de advertencia
para otros.
1 Penrose B. Jackson, Trends in Elementary
Education Expenditures. Central City and Suburban Comparisons
1965 to 1968. U.S. Office of Education, Office of Program
and Planning Evaluation, junio 1969.
2 En castellano en el original (N. del
T.)
3 Sic
en el original. (N. del E.)
4 Este libro ha sido originalmente publicado
en Estados Unidos y se supone que un alto porcentaje de estadunidenses
son descendientes de emigrantes (hablantes, por tanto, de otra
lengua). (N. del T.)
5 Centro para el Estudio de Políticas
Estatales.
6 Oficina (para velar porque todos los
ciudadanos gocen) de (iguales) Oportunidad(es) Económica(s).
Organismo federal de los EU.
7 Agua, tierra, casa son algunas de las palabras generadoras que Paulo
Freire incluye en la relación educador-educando.(N.
del E.)
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