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2. FENOMENOLOGÍA DE
LA ESCUELA
Algunas palabras llegan a ser
tan flexibles que dejan de ser útiles. Entre éstas
se cuentan "escuela" y "enseñanza".
Se filtran, como una amiba, por cualquier intersticio del lenguaje.
El ABM1 enseñará a los rusos, la
IBM enseñará a los niños negros, y el ejército
puede llegar a ser la escuela de la nación.
Por consiguiente, la búsqueda de alternativas en educación
debe comenzar por un acuerdo acerca de lo que entendemos por
"escuela". Esto puede hacerse de varias maneras. Podemos
comenzar por anotar las funciones latentes desempeñadas
por los sistemas escolares modernos, tales como los de custodia,
selección, adoctrinamiento y aprendizaje. Podríamos
hacer un análisis de clientela y verificar cuál
de estas funciones latentes favorece o desfavorece a los maestros,
patronos, niños, padres, o a las profesiones. Podríamos
repasar la historia de la cultura occidental y la información
reunida por la antropología a fin de encontrar instituciones
que desempeñaron un papel semejante al que hoy cumple
la escolarización. Podríamos finalmente recordar
los numerosos dictámenes normativos que se han hecho desde
el tiempo de Comenius, o incluso desde Quintiliano, y descubrir
a cuál de éstos se aproxima más el moderno
sistema escolar. Pero cualquiera de estos enfoques nos obligaría
a comenzar con ciertos supuestos acerca de una relación
entre escuela y educación. Para crear un lenguaje en el
cual podamos hablar acerca de la escuela sin ese incesante recurrir
a la educación, he querido comenzar por algo que podría
llamarse una fenomenología de la escuela pública.
Con este objeto definiré "escuela" como el proceso
que especifica edad y se relaciona con maestros, y exige asistencia
a tiempo completo a un currículum obligatorio.
1. Edad. La escuela agrupa a las personas según
sus edades. Este agrupamiento se funda en tres premisas indiscutidas.
A los niños les corresponde estar en la escuela. Los niños
aprenden en la escuela. A los niños puede enseñárseles
solamente en la escuela. Creo que estas tres premisas no sometidas
a examen merecen ser seriamente puestas en duda.
Nos hemos ido acostumbrando a los niños. Hemos decidido
que deberían ir a la escuela, hacer lo que se les dice,
y no tener ni ingresos ni familias propios. Esperamos que sepan
el lugar que ocupan y se comporten como niños. Recordamos,
ya sea nostálgicamente o con amargura, el tiempo en que
también fuimos niños. Se espera de nosotros que
toleremos la conducta infantil de los niños. La humanidad
es, para nosotros, una especie simultáneamente atribulada
y bendecida con la tarea de cuidar los niños. No obstante,
olvidamos que nuestro actual concepto de "niñez"
sólo se desarrolló recientemente en Europa Occidental,
y hace aún menos en América.2
La niñez como algo diferente de la infancia, la adolescencia
o la juventud fue algo desconocido para la mayoría de
los periodos históricos. Algunos siglos del cristianismo
no tuvieron ni siquiera una idea de sus proporciones corporales.
Los artistas pintaban al niño como un adulto en miniatura
sentado en el brazo de su madre. Los niños aparecieron
en Europa junto con el reloj de bolsillo y los prestamistas cristianos
del Renacimiento. Antes de nuestro siglo ni los ricos ni los
pobres supieron nada acerca de vestidos para niños, juegos
para niños, o de la inmunidad del niño ante la
ley. La niñez pertenecía a la burguesía.
El hijo del obrero, el del campesino y el del noble vestían
todos como lo hacían sus padres, jugaban como éstos,
y eran ahorcados igual que ellos. Después de que la burguesía
descubriera la "niñez", todo esto cambió.
Sólo algunas iglesias continuaron respetando por cierto
tiempo la dignidad y madurez de los menores. Hasta el Segundo
Concilio Vaticano, se le decía a cada niño que
un cristiano llega a tener discernimiento moral y libertad a
la edad de siete años y a partir de entonces es capaz
de caer en pecados por los cuales podrá ser castigado
por toda una eternidad en el infierno. A mediados de este siglo,
los padres de clase media comenzaron a tratar de evitar a sus
niños el impacto de esta doctrina, y su modo de pensar
acerca de los niños es el que hoy prevalece en la Iglesia.
Hasta el siglo pasado, los "niños" de padres
de clase media se fabricaban en casa con la ayuda de preceptores
y escuelas privadas. Sólo con el advenimiento de la sociedad
industrial la producción en masa de la "niñez"
comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud.
El sistema escolar es un fenómeno moderno, como lo es
la niñez que lo produce.
Puesto que hoy en día la mayoría de las personas
viven fuera de las ciudades industriales, la mayoría de
la gente no experimenta actualmente la niñez. En los Andes,
uno labra la tierra cuando ha llegado a ser "útil".
Antes de esa edad, uno cuida a las ovejas. Si se está
bien nutrido, debe llegarse a ser útil hacia los once
años de edad, y de otro modo a los doce. Estaba yo conversando
hace poco con Marcos, mi celador nocturno, acerca de su hijo
de once años que trabajaba en una barbería. Hice
en español la observación de que su hijo era todavía
un niño. Marcos, sorprendido, contestó con
inocente sonrisa: "Don Iván, creo que usted tiene
razón." Percatándome de que hasta el momento
de mi observación Marcos había pensado en el muchacho
primariamente como su "hijo", me sentí culpable
de haber corrido la cortina de la niñez entre dos personas
sensatas. Naturalmente que si yo le fuese a decir a un habitante
de los barrios bajos de Nueva York que su hijo que trabaja es
todavía un "niño", no mostraría
ninguna sorpresa. Sabe él muy bien que a su hijo de once
años debería permitírsele su niñez,
y se resiente de que no sea así. El hijo de Marcos no
ha sido afectado aún por el anhelo de tener niñez,
el hijo del neoyorquino se siente desposeído.
Así pues, la mayoría de la gente en el mundo o
no quieren o no pueden conceder una niñez moderna para
sus críos. Pero también parece que la niñez
es una carga para esos pocos a quienes se les concede. A muchos
simplemente se les obliga a pasar por ella y no están
en absoluto felices de desempeñar el papel de niños.
Crecer pasando por la niñez significa estar condenado
a un proceso de conflicto inhumano entre la conciencia de sí
y el papel que impone una sociedad que está pasando por
su propia edad escolar. Ni Stephen Dédalus ni Alexander
Portnoy gozaron de la niñez, y según sospecho,
tampoco nos gustó a muchos de nosotros el ser tratados
como niños.
Si no existiese una institución de aprendizaje obligatorio
y para una edad determinada, la "niñez" dejaría
de fabricarse. Los menores de los países ricos se librarían
de su destructividad, y los países pobres dejarían
de rivalizar con la niñería de los ricos. Para
que la sociedad pudiese sobreponerse a su edad de la niñez,
tendría que hacerse vivible para los menores. La disyunción
actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria
y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir
manteniéndose.
El hecho de privar de apoyo oficial a las escuelas podría
terminar también con la discriminación contra los
nenes, los adultos y los ancianos en favor de los niños
durante su adolescencia y juventud. Es probable que la decisión
social de asignar recursos educacionales preferentemente a aquellos
ciudadanos que han dejado atrás la extraordinaria capacidad
de aprendizaje de sus primeros años y no han llegado a
la cúspide de su aprendizaje automotivado parezca grotesca
cuando se vea retrospectivamente.
La sabiduría institucional nos dice que los niños
necesitan la escuela. La sabiduría institucional nos dice
que los niños aprenden en la escuela. Pero esta sabiduría
institucional es en sí el producto de las escuelas, porque
el sólido sentido común nos dice que sólo
a niños se les puede enseñar en la escuela. Sólo
segregando a los seres humanos en la categoría de la niñez
podremos someterlos alguna vez a la autoridad de un maestro de
escuela.
2. Profesores y alumnos. Por definición, los niños
son alumnos. La demanda por el medio ambiente escolar crea un
mercado ilimitado para los profesores titulados. La escuela es
una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje
es el resultado de la enseñanza. Y la sabiduría
institucional continúa aceptando este axioma, pese a las
pruebas abrumadoras en sentido contrario.
Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera
de la escuela. Los alumnos hacen la mayor parte de su aprendizaje
sin sus maestros, y, a menudo, a pesar de éstos. Y lo
que es más trágico, a la mayoría de los
hombres son las escuelas las que les enseñan su lección,
aun cuando nunca vayan a la escuela.
Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos
a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear
y trabajar sin la interferencia de un profesor. Ni siquiera los
niños que están día y noche bajo la tutela
de un maestro constituyen excepciones a la regla. Los huérfanos,
los cretinos y los hijos de maestros de escuela aprenden la mayor
parte de lo que aprenden fuera del proceso "educativo"
programado para ellos. Los profesores han quedado mal parados
en sus intentos de aumentar el aprendizaje entre los pobres.
A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela
no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el
dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían
sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los
pobres aprenden en la calle. Las investigaciones sobre educación
están demostrando cada día más que los niños
aprenden aquello que sus maestros pretenden enseñarles,
no de éstos, sino de sus iguales, de las tiras cómicas,
de la simple observación al pasar y sobre todo, del solo
hecho de participar en el ritual de la escuela. Las más
de las veces los maestros obstruyen el aprendizaje de materias
de estudio conforme se dan en la escuela.
La mitad de la gente en nuestro mundo jamás ha estado
en una escuela. No se han topado con profesores, y están
privados del privilegio de llegar a ser desertores escolares.
Y no obstante, aprenden eficazmente el mensaje que la escuela
enseña: el que deben tener escuela, y más y más
escuela. La escuela les instruye acerca de su propia inferioridad
mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella,
mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla,
o bien mediante sus niños cuando éstos se ven luego
enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su
respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede
la salvación sólo a través de la escuela.
La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en
la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una
esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán.
Esa esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que
proviene de la escuela; pero no de los profesores.
Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que
han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado
siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para
pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención
de una carrera ambicionada.
Los adultos tienden a crear fantasías románticas
sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su
aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar.
Pero esos mismos adultos se preocuparían por la salud
mental de un niño que corriera a casa a contarles qué
han aprendido de cada uno de sus profesores. Las escuelas crean
trabajos para maestros de escuela, independientemente de lo que
aprendan de ellos sus alumnos.
3. Asistencia a jornada completa. Cada mes veo una nueva
lista de propuestas que hace al AID3
alguna
industria estadunidense, sugiriéndole reemplazar los "practicantes
del aula" latinoamericanos por unos disciplinados administradores
de sistemas o simplemente por la televisión. Pero, aunque
el profesor sea una maestra primaria o un equipo de tipos con
delantales blancos, y ya sea que logren enseñar la materia
indicada en el catálogo o fracasen en el intento, el maestro
profesional crea un entorno sagrado.
La incertidumbre acerca del futuro de la enseñanza profesional
pone al aula en peligro. Si los educadores profesionales se especializan
en fomentar el aprendizaje, tendrían que abandonar un
sistema que exige entre 750 y 1 500 reuniones por año.
Pero naturalmente los profesores hacen mucho más que eso.
La sabiduría institucional de la escuela dice a los padres,
a los alumnos y a los educadores que el profesor, para que pueda
enseñar debe ejercer su autoridad en un recinto sagrado.
Esto es válido incluso para profesores cuyos alumnos pasan
la mayor parte de su tiempo escolar en una aula sin muros.
La escuela, por su naturaleza misma, tiende a reclamar la totalidad
del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a
su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta.
El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente
en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio
actúa como maestro de ceremonias que guía a sus
alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico.
Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra
las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida.
En el mejor de los casos, monta la escena para la adquisición
de una habilidad como siempre han hecho los maestros de escuela.
Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber
profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas.
El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios,
al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo,
no sólo en la escuela, sino en la sociedad en general.
Se presenta in loco parentis para cada cual y asegura
así que todos se sientan hijos del mismo Estado.
El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse
en la vida privada de su alumno a fin de ayudarle a desarrollarse
como persona. Cuando esta función la desempeña
un custodio y predicador, significa por lo común que persuade
al alumno a someterse a una domesticación de su visión
de la verdad y de su sentido de lo justo.
La afirmación de que una sociedad liberal puede basarse
en la escuela moderna, es paradójica. Todas las defensas
de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un
maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en
su persona las funciones de juez, ideólogo y médico,
el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso
mismo que debiera preparar para la vida. Un maestro que combine
estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación
del niño que las leyes que dictan su menor edad legal
o económica, o que restringen su libertad de reunión
o de vivienda.
Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer
servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros
vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus
clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender.
Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales
deben abstenerse de imponer sus opiniones sobre lo bueno y lo
malo, o de obligar a nadie a seguir su consejo. Los maestros
de escuelas y los curas son los únicos profesionales que
se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados
de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público
obligado.
Los niños no están protegidos ni por la Primera
ni por la Quinta Enmienda4
cuando
están frente a ese sacerdote secular, el profesor. El
niño tiene que enfrentarse con un hombre que usa una triple
corona invisible y que como la tiara papal, es el símbolo
de la triple autoridad conjugada en una persona. Para el niño,
el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote -es a un
mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual
sagrado. Conjuga las pretensiones de los papas medievales en
una sociedad constituida bajo la garantía de que tales
pretensiones no serán jamás ejercidas conjuntamente
por una institución establecida y obligatoria -la Iglesia
o el Estado.
El definir a los niños como alumnos a jornada completa
permite al profesor ejercer sobre sus personas una especie de
poder que está mucho menos limitado por restricciones
constitucionales o consuetudinarias que el poder detentado por
el guardián de otros enclaves sociales. La edad cronológica
de los niños les descalifica respecto de las salvaguardas
que son de rutina para adultos situados en un asilo moderno -un
manicomio, un monasterio o una cárcel.
Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes
de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad,
legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente son eliminadas.
Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple.
Se cuenta con que el delincuente sienta que ha quebrantado una
norma, que se ha comportado de modo inmoral, y se ha abandonado.
A un alumno que ha conseguido hábilmente ayuda en una
examen se le dice que es un delincuente, un corrompido y un mequetrefe.
La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano
de la cultural occidental y les sumerge en un ambiente mucho
más primitivo, mágico y mortalmente serio. La escuela
no podría crear un enclave como éste, dentro del
cual se suspende físicamente a los menores durante muchos
años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria,
a menos que encarcelara físicamente a los menores durante
muchos años sucesivos en territorio sagrado. La norma
de asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico,
del cual el niño es dado periódicamente a luz al
terminar el día escolar y el año escolar, hasta
que es finalmente lanzado a la vida adulta. Ni la niñez
universalmente prolongada ni la atmósfera sofocante del
aula podrían existir sin las escuelas. Sin embargo, las
escuelas, como canales obligatorios de aprendizaje, podrían
existir sin ninguna de ambas y ser más represivas y destructivas
que todo lo que hayamos podido conocer hasta la fecha. Para entender
lo que significa desescolarizar la sociedad y no tan sólo
reformar el sistema educacional establecido, debemos concentrarnos
ahora en el currículum oculto de la escolarización.
No nos ocupamos en este caso, y directamente, del currículum
oculto de las calles del ghetto, que deja marcado al pobre,
o con el currículum camuflado de salón, que beneficia
al rico. Nos interesa más bien llamar la atención
sobre el hecho de que el ceremonial o ritual de la escolarización
misma constituye un currículum escondido de este tipo.
Incluso el mejor de los maestros no puede proteger del todo a
sus alumnos contra él. Este currículum oculto de
la escolarización añade inevitablemente prejuicio
y culpa a la discriminación que una sociedad practica
contra algunos de sus miembros y realza el privilegio de otros
con un nuevo título con el cual tener en menos a la mayoría.
De modo igualmente inevitable, este currículum oculto
sirve como ritual de iniciación a una sociedad de consumo
orientada hacia el crecimiento, tanto para ricos como para pobres.
1 Atomic
Ballistic Missile. Huelga traducir. (N. del T.)
2 Respecto a las historias paralelas del
capitalismo moderno y la niñez moderna véase Philippe
Aries, Centuries of Childhood, Knopf, 1962.
3 Agency for International Development:
Organismo del Departamento de Estado de Estados Unidos, encargado
de administrar la ayuda para países subdesarrollados.
(N. del T.)
4 El autor se refiere a las Enmiendas a
la Constitución de los Estados Unidos (1971), que establecen,
respectivamente: a) las libertades de religión, expresión,
reunión y de ser oído para pedir justicia, y b)
de no ser llamado a responder por delitos graves sin ser declarado
reo, de no ser condenado dos veces a muerte por una misma causa,
ni a testimoniar contra sí mismo, de no ser privado de
la libertad o las propiedades sin un debido proceso legal, ni
a ser expropiado sin justa compensación. (N. del T.)
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