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3. RITUALIZACIÓN DEL
PROGRESO
El graduado en una universidad
ha sido escolarizado para cumplir un servicio selectivo entre
los ricos del mundo. Sean cuales fueren sus afirmaciones de solidaridad
con el Tercer Mundo, cada estadunidense que ha conseguido su
título universitario ha tenido una educación que
cuesta una cantidad cinco veces mayor que los ingresos medios
de toda una vida de media humanidad. A un estudiante latinoamericano
se le introduce en esta exclusiva fraternidad acordándole
para su educación un gasto por lo menos 350 veces mayor
que el de sus conciudadanos de clase media. Salvo muy raras excepciones,
el graduado universitario de un país pobre se siente más
a gusto con sus colegas norteamericanos o europeos que con sus
compatriotas no escolarizados, y a todos los estudiantes se les
somete a un proceso académico que les hace sentirse felices
sólo en compañía de otros consumidores de
los productos de la máquina educativa.
La universidad moderna confiere el privilegio de disentir a aquellos
que han sido comprobados y clasificados como fabricantes de dinero
o detentadores de poder en potencia. A nadie se le conceden fondos
provenientes de impuestos para que tengan así tiempo libre
para autoeducarse o el derecho de educar a otros, a menos que
al mismo tiempo puedan certificarse sus logros. Las escuelas
eligen para cada nivel superior sucesivo a aquellos que en las
primeras etapas del juego hayan demostrado ser buenos riesgos1 para el orden establecido. Al tener un
monopolio sobre los recursos para el aprendizaje y sobre la inverstidura
de los papeles por desempeñar en la sociedad, la universidad
invita a sus filas al descubridor y al disidente en potencia.
Un grado siempre deja su indeleble marbete con el precio en el
currículum de su consumidor. Los grandes universitarios
diplomados encajan sólo en un mundo que pone un marbete
con el precio de sus cabezas dándoles así el poder
de definir el nivel de esperanzas en su sociedad. En cada país,
el monto que consume el graduado universitario fija la pauta
para todos los demás; si fueran gente civilizada con trabajo
o cesantes habrán de aspirar al estilo de vida de los
graduados universitarios.
De este modo, la universidad tiene por efecto el imponer normas
de consumo en el trabajo o en el hogar, y lo hace en todo el
mundo y bajo todos los sistemas políticos. Cuanto menos
graduados universitarios hay en un país, tanto más
sirven de modelo para el resto de la población sus ilustradas
exigencias. La brecha entre el consumo de un graduado universitario
y el de un ciudadano corriente es incluso más ancha en
Rusia, China y Algeria que en los Estados Unidos. Los coches,
los viajes en avión y los manetófonos confieren
una distinción más notoria en un país socialista
en donde únicamente un título, y no tan sólo
el dinero, pueden procurarlos.
La capacidad de la universidad para fijar de consumo es algo
nuevo. En muchos países la universidad adquirió
este poder sólo en la década del setenta, conforme
la ilusión de acceso parejo a la educación pública
comenzó a difundirse. Antes de entonces la universidad
protegía la libertad de expresión de un individuo
pero no convertía automáticamente su conocimiento
en riqueza. Durante la Edad Media, el ser estudioso significaba
ser pobre y hasta mendicante. En virtud de su vocación,
el estudioso medieval aprendía latín, se convertía
en un out-sider digno tanto de la mofa como de la estimación
del campesino y del príncipe, del burgués y del
clérigo.
Para triunfar en el mundo, el escolástico tenía
que ingresar primero en él, entrando en la carrera funcionaria,
preferiblemente la eclesiástica. La universidad antigua
era una zona liberada para el descubrimiento y el debate de ideas
nuevas y viejas. Los maestros y los estudiantes se reunían
para leer textos de otros maestros, muertos mucho antes, y las
palabras vivas de los maestros difuntos daban nuevas perspectivas
a las falacias del mundo presente. La universidad era entonces
una comunidad de búsqueda académica y de inquietud
endémica.
En la multiversidad moderna esta comunidad ha huido hacia las
márgenes, en donde se junta en un apartamento, en la oficina
de un profesor o en los aposentos del capellán. El propósito
estructural de la universidad moderna guarda poca relación
con la búsqueda tradicional. Desde los días de
Gutenberg, el intercambio de la indagación disciplinada
y crítica se ha trasladado en su mayor parte de la "cátedra"
a la imprenta. La universidad moderna ha perdido por incumplimiento
su posibilidad de ofrecer un escenario simple para encuentros
que sean autónomos y anárquicos, enfocados hacia
un interés y sin embargo espontáneos y vivaces,
y ha elegido en cambio administrar el proceso mediante el cual
se produce lo que ha dado en llamarse investigación y
enseñanza.
Desde Sputnik, la universidad estadunidense ha estado
tratando de ponerse a la par con el número de graduados
que sacan los soviéticos. Ahora los alemanes están
abandonando su tradición académica y están
construyendo unos "campus" para ponerse a la par con
los estadunidenses. Durante esta década quieren aumentar
sus erogaciones en escuelas primarias y secundarias de 14 000
a 59 000 millones de DM y más que triplicar los desembolsos
para la instrucción superior. Los franceses se proponen
elevar para 1980 a un 10 por ciento de su PBN el monto gastado
en escuelas, y la Fundación Ford ha estado empujando a
países pobres de América Latina a elevar sus desembolsos
per capita para los graduados "respetables"
hacia los niveles estadunidenses. Los estudiantes consideran
sus estudios como la inversión que produce el mayor rédito
monetario, y las naciones los ven como un factor clave para el
desarrollo.
Para la mayoría que va primariamente en pos de un grado
universitario, la universidad no ha perdido prestigio, pero desde
1968 ha perdido notoriamente categoría entre sus creyentes.
Los estadunidenses se niegan a prepararse para la guerra, la
contaminación y la perpetuación del prejuicio.
Los profesores les ayudan en su recusación de la legitimidad
del gobierno, de su política exterior, de la educación
y del sistema de vida norteamericano. No pocos rechazan títulos
y se preparan para una vida en una contracultura, fuera de la
sociedad diplomada. Parecen elegir la vía de los Fraticelli
medievales o de los Alumbrados de la Reforma, los hippies
y desertores escolares de su época. Otros reconocen el
monopolio de las escuelas sobre sus recursos que ellos necesitan
para construir una contrasociedad. Busca de apoyo el uno en el
otro para vivir con integridad mientras se someten al ritual
académico. Forman, por así decirlo, focos de herejía
en medio de la jerarquía.
No obstante, grandes sectores de la población general
miran al místico moderno y al heresiarca moderno con alarma.
Éstos amenazan la economía comunista, el privilegio
democrático y la imagen que de sí mismo tiene Estados
Unidos. Pero no es posible eliminarlos con sólo desearlo.
Cada vez menos aquellos a los que es posible reconvertir y reincorporar
en las filas mediante sutilezas -como, por ejemplo, darles el
cargo de enseñar como profesores su herejía. De
aquí la búsqueda de medios que hagan posible ya
sea el librarse de disidentes, ya sea disminuir la importancia
de la universidad que les sirve de base para protestar.
A los estudiantes y a la facultad que ponen en tela de juicio
la legitimidad de la universidad, y lo hacen pagando un alto
costo personal, no les parece por cierto estar fijando normas
de consumo ni favoreciendo un sistema determinado de producción.
Aquellos que han fundado grupos tales como el Committee of
Concerned Asian Scholars2
y
el North American Congress of Latin America (NACLA),3 han sido de los más eficaces para
cambiar radicalmente la visión que millones de personas
jóvenes tenían de países extranjeros. Otros
más han tratado de formular interpretaciones marxistas
de la sociedad norteamericana o han figurado entre los responsables
de la creación de comunas. Sus logros dan nuevo vigor
al argumento de que la existencia de la universidad es necesaria
para una crítica social sostenida.
No cabe duda de que en este momento la universidad ofrece una
combinación singular de circunstancias que permite a algunos
de sus miembros criticar el conjunto de la sociedad. Proporciona
tiempo, movilidad, acceso a los iguales y a la información,
así como cierta impunidad -privilegios de que no disponen
igualmente otros sectores de la población. Pero la universidad
permite esta libertad sólo a quienes ya han sido profundamente
iniciados en la sociedad de consumo y en la necesidad de alguna
especie de escolaridad pública obligatoria.
El sistema escolar de hoy en día desempeña la triple
función que ha sido común a las iglesias poderosas
a lo largo de la historia. Es simultáneamente el depósito
del mito de la sociedad, la institucionalización de las
contradicciones de este mito, y el lugar donde ocurre el ritual
que reproduce y encubre las disparidades entre el mito y la realidad.
El sistema escolar, y en particular la universidad, proporciona
hoy grandes oportunidades para criticar el mito y para rebelarse
contra las perversiones institucionales. Pero el ritual que exige
tolerancia para con las contradicciones fundamentales entre mito
e institución para todavía por lo general sin ser
puesto en tela de juicio, pues ni la crítica ideológica
ni la acción social pueden dar a luz una nueva sociedad.
Sólo el desencanto con el ritual social central, el desligarse
del mismo, y reformarlo pueden llevar a cabo un cambio radical.
La universidad estadunidense ha llegado a ser la etapa final
del rito de la iniciación más global que el mundo
haya conocido. Ninguna sociedad histórica ha logrado sobrevivir
sin ritual o mito, pero la nuestra es la primera que ha necesitado
una iniciación tan aburrida, morosa, destructiva y costosa
a su mito. La civilización mundial contemporánea
es también la primera que estimó necesario racionalizar
su ritual fundamental de iniciación en el nombre de la
educación. No podemos iniciar una reforma de la educación
a menos que entendamos primero que ni el aprendizaje individual
ni la igualdad social pueden acrecentarse mediante el ritual
de la escolarización. No podremos ir más allá
de la sociedad de consumo a menos que entendamos primero que
las escuelas públicas obligatorias reproducen inevitablemente
dicha sociedad, independientemente de lo que se enseñe
en ellas.
El proyecto de desmitologización que propongo no puede
limitarse tan sólo a la universidad. Cualquier intento
de reformar la universidad sin ocuparse del sistema de que forma
parte integral es como tratar de hacer la reforma urbana en Nueva
York, desde el piso decimosegundo hacia arriba. La mayor parte
de las reformas introducidas en el nivel de la enseñanza
superior, equivalen a rascacielos construidos sobre chozas. Sólo
la generación que se críe sin escuelas obligatorias
será capaz de recrear la universidad.
59
El
mito de los valores institucionalizados
La escuela inicia asimismo el
Mito de Consumo Sin Fin. Este mito moderno se funda en la creencia
de que el proceso produce inevitablemente algo de valor y que,
por consiguiente, la producción produce necesariamente
demanda. La escuela nos enseña que la instrucción
produce aprendizaje. La existencia de las escuelas produce la
demanda de escolaridad. Una vez que hemos aprendido a necesitar
la escuela, todas nuestras actividades tienden a tomar forma
de unas relaciones de clientes respecto de otras instituciones
especializadas. Una vez que se ha desacreditado al hombre o a
la mujer autodidactos, toda actividad no profesional se hace
sospechosa. En la escuela se nos enseña que el resultado
de la asistencia es un aprendizaje valioso; que el valor del
aprendizaje aumenta con el monto de la información de
entrada; y, finalmente, que este valor puede medirse y documentarse
mediante grados y diplomas.
De hecho, el aprendizaje es la actividad humana que menos manipulación
de terceros necesita. La mayor parte del aprendizaje no es la
consecuencia de una instrucción. Es más bien el
resultado de una participación no estorbada en un entorno
significativo. La mayoría de la gente aprende mejor "metiendo
la cuchara", y sin embargo la escuela les hace identificar
su desarrollo cognoscitivo personal con una programación
y manipulación complicadas.
Una vez que un hombre o una mujer ha aceptado la necesidad de
la escuela, es fácil presa de otras instituciones. Una
vez que los jóvenes han permitido que sus imaginaciones
sean formadas por la instrucción curricular, están
condicionados para las planificaciones institucionales de toda
especie. La "institución" les ahoga el horizonte
imaginativo. No pueden ser traicionados, sino sólo engañados
en el precio, porque se le ha enseñado a reemplazar la
esperanza por las expectativas. Para bien o para mal, ya no serán
cogidos de sorpresa por terceros, pues se les ha enseñado
qué pueden esperar de toda otra persona que ha sido enseñada
como ellos. Esto es válido para el caso de otra persona
o de una máquina.
Esta transferencia de responsabilidad desde sí mismo a
una institución garantiza la regresión social,
especialmente desde el momento en que se ha aceptado como una
obligación. Así los rebeldes contra el Alma
Mater a menudo la "consiguen" e ingresan en su
facultad en vez de desarrollar la valentía de infectar
a otros con su enseñanza personal y de asumir la responsabilidad
de las consecuencias de tal enseñanza. Esto sugiere la
posibilidad de una nueva historia de Edipo -Edipo Profesor, que
"consigue" a su madre a fin de engendrar hijos de ella.
El hombre adicto a ser enseñado busca su seguridad en
la enseñanza compulsiva. La mujer que experimenta su conocimiento
como el resultado de un proceso quiere reproducirlo en otros.
60
El
mito de la medición de los valores
Los valores institucionalizados
que infunde la escula son valores cuantificados. La escuela inicia
a los jóvenes en un mundo en el que todo puede medirse,
incluso sus imaginaciones y hasta el hombre mismo.
Pero el desarrollo personal no una entidad mensurable. Es crecimiento
en disensión disciplinada, que no puede medirse respecto
de ningún cartabón, de ningún currículum,
ni compararse con lo logrado por algún otro. En ese aprendizaje
uno puede emular a otros sólo en el empeño imaginativo,
y seguir sus huellas más bien que remendar sus maneras
de andar. El aprendizaje que yo aprecio es una recreación
inmensurable.
Las escuelas pretenden desglosar el aprendizaje en "materias",
para incorporar en el alumno un currículum hecho con estos
ladrillos prefabricados, y para medir el resultado con una escala
internacional. Las personas que se someten a la norma de otros
para la medida de su propio desarrollo personal pronto se aplican
el mismo cartabón a sí mismos. Ya no es necesario
ponerlos en su lugar, pues se colocan solos en sus casilleros
correspondientes, se conprimen en el nicho que se les ha enseñado
a buscar y, en el curso de este mismo proceso, colocan asimismo
a sus prójimos en sus lugares, hasta que todo y todos
encajan.
Las personas que han sido escolarizadas hasta su talla dejan
que la experiencia no mensurada se les escape entre los dedos.
Para ellas, lo que no puede medirse se hace secundario, amenazante.
No es necesario robarles su creatividad. Con la instrucción,
han desaprendido a "hacer" lo suyo o a "ser"
ellas mismas, y valoran sólo aquello que ha sido fabricado
o podría fabricarse.
Una vez que se ha escolarizado a las personas con la idea de
que los valores pueden reproducirse y medirse, tienden a aceptar
toda clase de clasificaciones jerárquicas. Existe una
escala para el desarrollo de las naciones, otra para la inteligencia
de los nenes, e incluso el avance hacia la paz puede medirse
según un recuento de personas. En un mundo escolarizado,
el camino hacia la felicidad está pavimentado con un índice
de precios para el consumidor.
61
El
mito de los valores envasados
La escuela vende currículum:
un atado de mercancías hecho siguiendo el mismo proceso
y con la misma estructura que cualquier otra mercancía.
La producción del currículum para la mayoría
de las escuelas comienza la investigación presuntamente
científica, fundados en la cual los ingenieros de la educación
predicen la demanda futura y las herramientas para la línea
de montaje, dentro de los límites establecidos por presupuestos
y tabúes. El distribuidor-profesor entrega el producto
terminado al consumidor-alumno, cuyas reacciones son cuidadosamente
estudiadas y tabuladas a fin de proporcionar datos para la investigación
que servirán para preparar el modelo siguiente que podrá
ser "desgraduado", "concebido para alumnado",
"enseñado en grupo", "con ayudas visuales",
o "centrado en temas".
El resultado del proceso de producción de un currículum
se asemeja a cualquier otro artículo moderno de primera
necesidad. Es un paquete de significados planificados, una mercancía
cuyo "atractivo equilibrado" la hace comercializable
para una clientela lo bastante grande como para justificar su
elevado coste de producción. A los consumidores-alumnos
se les enseña a ajustar sus deseos a valores comercializables.
De modo que se les hace sentirse culpables si no se comportan
de conformidad con las predicciones de la investigación
sobre consumidores mediante la consecución de grados y
diplomas que les colocará en la categoría laboral
que se les ha inducido a esperar.
Los educadores pueden justificar unos currícula más
costosos fundándose en lo que han observado, a saber,
que las dificultades de aprendizaje se elevan en proporción
con el costo del currículum. Ésta es una aplicación
de aquella ley de Parkinson que dice que una labor se expande
junto con los recursos disponibles para ejecutarla. Esta ley
puede verificarse en todos los niveles de la escuela: por ejemplo,
las dificultades de lectura han sido un tema principal de debate
en que los gastos per capita en ellas se han aproximado
a los niveles estadunidenses de 1950 -año en el cual las
dificultades para aprender a leer llegaron a ser tema de importancia
en las escuelas de los Estados Unidos.
De hecho, los estadunidenses saludables rodoblan su resistencia
a la enseñanza conforme se ven más cabalmente manipulados.
Su resistencia no se debe al estilo autoritario de una escuela
pública o al estilo seductor de algunas escuelas libres,
sino al planteamiento fundamental común a todas las escuelas
-la idea de que el juicio de una persona debiera determinar qué
y cuándo debe aprender otra persona.
63
El
mito del progreso que se perpetúa a sí mismo
Los crecientes costes per
capita de la instrucción, aun cuando vayan acompañados
por réditos de aprendizaje decrecientes, aumentan paradójicamente
el valor del alumno o alumna ante sus propios ojos y su valor
en el mercado. La escuela, casi al coste que sea, iza a empellones
al alumno hasta el nivel del consumo curricular competitivo,
hasta meterlo en el progreso hacia unos niveles cada vez más
elevados. Los gastos que motivan al alumno a permanecer en la
escuela se desbocan conforme asciende la pirámide. En
niveles más altos adoptan el disfraz de nuevos estadios
de fúlbol, capillas, o programas llamados de Educación
Internacional. Aunque no enseña ninguna otra cosa, la
escuela enseña al menos el valor de la escalada: el valor
de la manera estadunidense de hacer las cosas.
La guerra de Vietnam se ajusta a la lógica prevaleciente.
Su éxito se ha medido por el número de personas
afectivamente tratadas con balas baratas descargadas a un coste
inmenso, y a este cálculo salvaje se le llama desvergonzadamente
"recuento de cuerpos".4
Así
como los negocios son los negocios, la acumulación inacabable
de dinero, así la guerra es el matar, la acumulación
inacabable de cuerpos muertos. De manera semejante, la educación
es escolarización, y este proceso sin término se
cuenta en alumnos-hora. Los diferentes procesos son irreversibles
y se justifican por sí mismos. Según las normas
económicas, el país se hace cada vez más
rico. Según las normas de la contabilidad mortal, la nación
continúa ganando perennemente sus guerras. Y conforme
a las normas escolares, la población se va haciendo cada
vez más educada.
El programa escolar está hambriento de un bocado cada
vez mayor de instrucción, pero aun cuando esta hambre
conduzca a una absorción sostenida, nunca da el gozo de
que uno sepa algo a su satisfacción. Cada tema llega envasado
con la instrucción de continuar consumiendo una "oferta"
tras otra, y el envase del año anterior es siempre anticuado
para el consumidor del año en curso. El fraudulento negocio
de los libros de texto está construido sobre esta demanda.
Los reformadores educacionales prometen a cada generación
lo último y lo mejor, y el público es escolarizado
para pedir lo que ellos ofrecen. Tanto el desertor, a quien se
le hace recordar a perpetuidad lo que se perdió, como
el graduado a quien se le hace sentir inferior a la nueva casta
de estudiantes, saben exactamente dónde están situados
en el ritual de engaños crecientes, y continúan
apoyando una sociedad que para denominar a la brecha cada vez
más ancha de frustracción usa el eufemismo de "revolución
de expectativas crecientes".
Pero el crecimiento concebido como un consumo sin términos
-el progreso eterno- no puede conducir jamás a la madurez.
El compromiso con un ilimitado aumento cuantitativo vicia la
posibilidad de un desarrollo orgánico.
65
El
juego ritual y la nueva religión mundial
En las naciones desarrolladas,
la edad para salir de la escuela excede el aumento de los años
de vida probable. Dentro de una década se cortarán
ambas curvas y crearán un problema para Jessica Mitford
y para los profesionales que se interesan en una "educación
terminal". Me hace recordar la Edad Media tardía,
cuando la demanda por los servicios de la Iglesia sobrepasó
la duración de vida, y se creó el "purgatorio"
para purificar las almas bajo el control papal antes de que pudiesen
ingresar en la paz eterna. Lógicamente, esto condujo primero
a un tráfico de ingulgencias y luego a un intento de Reforma.
El Mito del Consumo Sin Fin ocupa ahora el lugar de la creencia
en la vida eterna.
Arnold Toynbee señaló que la decadencia de una
gran cultura suele ir acompañada por el surgimiento de
una nueva Iglesia Universal que lleva la esperanza al proletariado
interior mientras atiende al mismo tiempo las necesidades de
una nueva casta guerrera. La escuela parece eminentemente apta
para ser la Iglesia Universal de nuestra decadente cultura. Ninguna
institución podría ocultar mejor a sus participantes
la profunda discrepancia entre los principios sociales y la realidad
social en el mundo de hoy. Secular, científica y negadora
de la muerte, se ciñe estrechamente al ánimo moderno.
Su apariencia clásica, crítica, la hacer aparecer,
si no antirreligiosa, al menos pluralista. Su currículum
define la ciencia y la define a ella misma mediante la llamada
investigación científica. Nadie completa la escuela
-todavía. No cierra sus puertas a nadie sin antes ofrecerle
una oportunidad más: educación de recuperación,
para adultos y de continuación.
La escuela sirve como una eficaz creadora y preservadora del
mito social debido a su estructura como juego ritual de las promociones
graduadas. La introducción a este ritual es mucho más
importante que el asunto enseñado o el cómo se
enseña. Es el juego mismo el que escolariza, el que se
mete en la sangre y se convierte en hábito. Se inicia
a una sociedad entera en el Mito del Consumo Sin Fin de servicios.
Esto ocurre hasta tal punto que la formalidad de participar en
el ritual sin término se hace obligatoria y compulsiva
por doquier. La escuela ordena una rivalidad ritual en forma
de juego internacional que obliga a los competidores a achacar
los males del mundo a aquellos que no pueden o no quieren jugar.
La escuela es un ritual de iniciación que introduce al
neófito en la sagrada carrera del consumo progresivo,
un ritual propiciatorio cuyos sacerdotes académicos son
mediadores entre los creyentes y los dioses del privilegio y
del poder, un ritual de expiación que sacrifica a sus
desertores, marcándoles a fuego como chivos expiatorios
del subdesarrollo.
Incluso aquello que en el mejor de los casos pasan unos pocos
años en la escuela -y éste es el caso de la abrumadora
mayoría en América Latina, Asia y África-
aprenden a sentirse culpables debido a su subconsumo de escolarización.
En México es obligatorio aprobar seis grados de escuela.
Los niños nacidos en el tercio económico inferior
tienen sólo dos posibilidades sobre tres de aprobar el
primer grado. Si lo aprueban, tienen cuatro probabilidades sobre
cien de terminar la escolaridad obligatoria en el sexto grado.
Si nacen en el tercio medio, sus probabilidades aumentan a doce
sobre cien. Con estas pautas, México ha tenido más
éxito que la mayoría de las otras veintiséis
repúblicas latinoamericanas en cuanto a proporcionar educación
pública.
Todos los niños saben, en todas partes, que se les ha
dado una posibilidad, aunque desigual, en una lotería
obligatoria, y la supuesta igualdad de la norma internacional
realza ahora la pobreza original de esos niños con la
discriminación autoinfligida que el desertor acepta. Han
sido escolarizados en la creencia de las expectativas crecientes
y pueden racionalizar ahora su creciente frustración fuera
de la escuela aceptando el rechazo de la gracia escolástica
que les ha caído en suerte. Son expulsados del paraíso
porque, habiendo sido bautizados, no fueron a la Iglesia. Nacidos
en pecado original, son bautizados al primer grado, pero van
al Gebenna (que en hebreo significa "conventillo")
debido a sus faltas personales. Así como Max Weber examinó
los efectos sociales de la creencia en que la salvación
pertenecía a quienes acumulaban riqueza, podemos observar
ahora que la gracia está reservada para aquellos que acumulan
años de escuela.
67
El
reino venidero: la universalización de las expectativas
La escuela conjuga las expectativas
del consumidor expresadas en sus pretensiones, con las creencias
del productor expresadas en su ritual. Es una expresión
litúrgica del cargocult5
que
recorrió la Melanesia en la década 1940-50, que
inyectaba en sus cultores la creencia de que si se colocaban
una corbata negra sobre el torso desnudo, Jesús llegaría
en un vapor trayendo una nevera, un par de pantalones y una máquina
de coser para cada creyente.
La escuela funde el crecimiento en humillante dependencia de
un maestro con el crecimiento en el vano sentimiento de omnipotencia
que es tan típico del alumno que quiere ir a enseñar
a todas las naciones a salvarse. El ritual está moldeado
según los severos hábitos de trabajo de los obreros
de la construcción, y su finalidad es celebrar el mito
de un paraíso terrestre de consumo sin fin, que es la
única esperanza del desagraciado y el desposeído.
A lo largo de la historia ha habido epidemias de insaciables
expectativas en este mundo, especialmente entre grupos colonizados
y marginales en todas las culturas. Los judíos tuvieron
durante el Imperio Romano sus Esenios y Mesías judíos,
los siervos en la Reforma tuvieron su Thomas Münzer, los
desposeídos indios desde el Paraguay hasta Dakota sus
contagiosos bailarines. Estas sectas estaban dirigidas siempre
por un profeta, y limitaban sus promesas a unos pocos elegidos.
En cambio la espera del reino a que induce la escuela es impersonal
más bien que profética, y universal más
bien que local. El hombre ha llegado a ser el ingeniero de su
propio Mesías y promete las ilimitadas recompensas de
la ciencia a aquellos que somete a una progresiva tecnificación
para su reino.
68
La
nueva alienación
La escuela no sólo es
la Nueva Religión Mundial. Es también el mercado
de trabajo de crecimiento más veloz del mundo. La tecnificación
de los consumidores ha llegado a ser el principal sectro del
crecimiento de la economía. Conforme el coste de la producción
disminuye en las naciones ricas, se produce una concentración
creciente de capital y trabajo en la vasta empresar de equipar
al hombre para un consumo disciplinado. Durante la década
pasada las inversiones de capital relacionadas directamente con
el sistema escolar aumentaron con velocidad incluso mayor que
los gastos para defensa. El desarme tan sólo aceleraría
el proceso por el cual la industria del aprendizaje se encamina
al centro de la economía nacional. La escuela proporciona
oportunidades ilimitadas para el deroche legitimizado, mientras
su destructividad para inadvertida y crece el coste de los paliativos.
Si a quienes asisten a jornada completa agregamos los que enseñan
a jornada completa, nos percatamos de que esta llamada superestructura
ha llegado a ser el principal patrono de la sociedad. En Estados
Unidos hay sesenta y dos millones en la escuela y ochenta millones
trabajando en otras cosas. Esto a menudo lo han olvidado los
analistas neomarxistas cuando dicen que el proceso de desescolarización
debe posponerse o dejarse pendiente hasta que otros desórdenes,
considerados tradicionalmente como más fundamentales,
sean corregidos por una revolución económica y
política. Sólo si la escuela se entiende como una
industria puede planificarse de manera realista una estrategia
revolucionaria. Para Marx, el coste de producir las demandas
de bienes apenas si era significativo. Actualmente, la mayor
parte de la mano de obra está empleada en la producción
de demandas que pueden ser satisfechas por la industria que hace
un uso intenso del capital. La mayor parte de este trabajo se
realiza en la escuela.
En el esquema tradicional, la alienación era una consecuencia
directa de que el trabajo se convirtiera en labor asalariada
que privaba al hombre de su oportunidad para crear y recrearse.
Ahora los menores son prealienados por escuelas que los aíslan
mientras prentenden ser tanto productores como consumidores de
su propio crecimiento, al que se concibe como una mercancía
que se echa al mercado de la escuela. La escuela hace a la alienación
preparatoria para la vida, privando así a la educación
de realidad y al trabajo de la creatividad. La escuela prepara
para la alienante institucionalización de la vida al enseñar
las necesidades de ser enseñado. Una vez que se aprende
esta lección, la gente pierde su incentivo para desarrollarse
con independencia; ya no se encuentra atractivos en relacionarse
y se cierra a las sorpresas que la vida ofrece cuando no está
predeterminada por la definición institucional. Y la escuela
emplea directa o indirectamente a un mayor parte de la población.
La escuela o bien guarda a la gente de por vida o asegura el
que encajen en alguna otra institución.
La Nueva Iglesia Mundial es la industria del conocimiento, proveedora
de opio y banco de trabajo durante un número creciente
de años de la vida de un individuo. La desescolarización
es por consiguiente fundamental para cualquier movimiento de
liberación del hombre.
70
La
potencialidad revolucionaria de la desescolarización
La escuela no es de ningún
modo, por cierto, la única institución moderna
cuya finalidad primaria es moldear la visión de la realidad
en el hombre. El currículum escondido de la vida familiar,
de la conscripción militar, del llamado profesionalismo
o de los medios informativos desempeña un importante papel
en la manipulación institucional de la visión del
mundo que tiene el hombre, de sus lenguajes y de sus demandas.
Pero la escuela esclaviza más profunda y sistemáticamente,
puesto que sólo a ella se le acredita la función
principal de formar el juicio crítico y, paradójicamente,
trata de hacerlo haciendo que el aprender sobre sí mismo,
sobre los demás y sobre la naturaleza, dependa de un preceso
preempacado. La escuela nos alcanza de manera tan íntima
que ninguno puede esperar ser liberado de ella mediante algo
externo.
Muchos de lo que se autodenominan revolucionarios son víctimas
de la escuela. Incluso ven la "liberación" como
el producto de algo institucional. Sólo al librarse uno
mismo de la escuela se disipa esa ilusión. El descubrimiento
de que la mayor parte del aprendizaje no requiere enseñanza
no puede ser ni manipulado ni planificado. Cada uno de nosotros
es responsable de su propia desescolarización, y sólo
nosotros tenemos el poder de hacerlo. No puede excusarse a nadie
si no logra liberarse de la escolarización. El pueblo
no pudo liberarse de la Corona sino hasta que al menos algunos
de ellos se hubieron liberado de la Iglesia establecida. No pueden
liberarse del consumo progresivo hasta que no se liberen de la
escuel obligatoria.
Todos estamos metidos en la escolarización, tanto desde
el aspecto de la producción como desde el del consumo.
Estamos supersticiosamente convencidos de que el buen aprendizaje
puede y debería producirse en nosotros -y de que podemos
producirlo en otros. Nuestro intento de desligarnos del concepto
de la escuela revelará la resistencia que hallamos en
nosotros mismos cuando tratamos de renunciar al consumo ilimitado
y a la ubicua suposición de que a los otros se les puede
manipular por su propio bien. Nadie está totalmente exento
de explotar a otros en el proceso de la escolarización.
La escuela es el más grande y más anónimo
de todos los patrones. De hecho es el mejor empleo de un nuevo
tipo de empresa, sucesora del gremio, de la fábrica y
de la sociedad anónima. Las empresas multinacionales que
han dominado la economía están siendo complementadas
ahora, y puede que algún sean suplantadas por organismos
de servicio con planificación supranacional. Estas empresas
presentan sus servicios de manera que hacen que todos los hombres
se sientan obligados a consumirlos. Se rigen por una normativa
internacional, redefiniendo el valor de sus servicios periódicamente
y por doquiera a un ritmo aproximadamente parejo.
El "transporte" que se apoya en nuevos coches y supercarreteras
atiende a la misma necesidad institucionalmente envasada de comodidad,
prestigio, velocidad y utillaje, independientemente de que sus
comoponentes los produzca o no el Estado. El aparato de la "atención
médica" define una especie peculiar de salud, ya
sea el individuo o el Estado quien pague el servicio. La promoción
graduada a fin de obtener diplomas ajusta al estudiante para
ocupar un lugar en la misma pirámide internacional de
mano de obra cualificada, independientemente de quien dirija
la escuela.
En todos estos casos el empleo es un beneficio oculto: el chofer
de un automóvil privado, el paciente que se somete a hospitalización
o el alumno en el aula deben considerarse como parte de una nueva
clase de "empleados". Un movimiento de liberación
que se inicie en la escuela, y sin embargo esté fundado
en maestros y alumnos como explotados y explotadores simultáneamente,
podría anticiparse a las estrategias revolucionarias del
futuro; pues un programa radical de desescolarización
podría adiestrar a la juventud en el nuevo estilo de revolución
necesaria para desafiar a un sistema social que exhibe un "salud",
una "riqueza" y una "seguridad" obligatorias.
Los riegos de una rebelión contra la escuela son imprevisibles,
pero no son tan horribles como lo de una revolución que
se inicie en cualquier otra institución principal. La
escuela todavía no está organizada para defenderse
con tanta eficacia como una nación-estado, o incluso una
gran sociedad anónima. La liberación de la opresión
de las escuelas podría se incruenta. Las armas del vigilante
escolar6 y de sus aliados en los tribunales y
en las agencias de empleo podrían tomar medidas muy crueles
contra el o la delincuente individual, especialmente si fuese
pobre, pero podrían ser a su vez impotentes al surgir
un movimiento de masas.
La escuela se ha convertido en un problema social; está
siendo atacada por todas partes, y los ciudadanos y los gobiernos
patrocinan experimentos no convencionales en todo el mundo. Recurren
a insólitos expedientes estadísticos a fin de preservar
la fe y salvar las apariencias. El ánimo existente entre
algunos educadores es muy parecido al ánimo de los obispos
católicos después del Concilio Vaticano. Los planes
de estudio de las llamadas "escuelas libres" se parecen
a las liturgias de las misas folklórica y rock. Las exigencias
de los estudiantes de bachillerato acerca de tener voz y voto
en la elección de sus profesores son tan estridentes como
las de los feligreses que exigen seleccionar a sus párrocos.
Pero para la sociedad está en juego algo mucho mayor si
una minoría significativa pierde su fe en la escolaridad.
Esto pondría en peligro la supervivencia no sólo
del orden económico construido sobre la coproducción
de bienes y demandas, sino igualmente del orden político
construido sobre la nación-estado dentro del cual los
estudiantes son dados a luz por la escuela.
Nuestras alternativas posibles son harto claras. O continuamos
creyendo que el aprendizaje institucionalizado es un producto
que justifica una inversión ilimitada, o redescrubrimos
que la legislación, la planificación y la inversión,
si de alguna manera encajan en la educación formal, debieran
usarse principalmente para derribar las barreras que ahora obstaculizan
las posibilidades de aprendizaje, el cual sólo puede ser
una actividad personal.
Si no ponemos en tela de juicio el supuesto de que el conocimiento
valedero es una mercancía que en ciertas circunstancias
puede metérsele a la fuerza al consumidor, la sociedad
se verá cada día más dominada por siniestras
seudoescuelas y totalitarios administradores de la información.
Los terapeutas pedagógicos drogarán más
a sus alumnos a sin de enseñarles mejor, y los estudiantes
se drogarán más a fin de conseguir aliviarse de
las presiones de los profesores y de la carrera por los diplomas.
Ejércitos cada día mayores de burócratas
presumirán de pasar por maestros. El lenguaje del escolar
ya se lo ha apropiado el publicista. Ahora el general y el policía
tratarán de dignificar sus profesiones disfrazándose
de educadores. En una sociedad escolarizada, el hacer guerras
y la represión civil encuentran una justificación
racional educativa. La guerra pedagógica al estilo de
Vietnam se justificará cada vez más como la única
manera de enseñar a la gente el valor superior del progreso
inacabable.
La represión será considerada como un empeño
de misioneros por apresurar la venida del Mesías mecánico.
Más y más países recurrirán a la
tortura pedagógica puesta ya en práctica en Brasil
y Grecia. Esta tortura pedagógica no se usa para extraer
información o para satisfacer las necesidades psíquicas
de unos sádicos. Se apoya en el terror aleatorio para
romper la integridad de toda una población y convertirla
en un material plástico para las enseñanzas inventadas
por tecnócratas. La naturaleza totalmente destructiva
y en constantes progreso de la instrucción obligatoria
cumplirá cabalmente su lógica final a menos que
comencemos a librarnos desde ahora de nuestra ubris pedagógica,
nuestra creencia de que el hombre puede hacer lo que no puede
Dios, a saber, el manipular a otros para salvarlos.
Muchos comienzan recientemente a darse cuenta de la inexorable
destrucción que las tendencias actuales de producción
implican para el medio ambiente, pero las personas aisladas tienen
un poder muy restringido para cambiar estas tendencias. La manipulación
de hombres y mujeres iniciada en la escuela ha llegado también
a un punto sin retorno, y la mayoría de las personas aún
no se han percatado de ello. Fomentan todavía la reforma
escolar, tal como Henry Ford II propone unos nuevos automóviles
ponzoñosos.
Daniel Bell dice que nuestra época se caracteriza por
una extrema disyunción entre las estructuras cultural
y social, estando dedicadas la una a actitides apocalíticas
y la otra a la toma tecnocrática de decisiones. Esto es
sin duda verdadero respecto de muchos reformadores educacionales,
que se sienten impulsados a condenar casi todo aquello que caracteriza
las escuelas modernas -y proponen simultáneamente nuevas
escuelas.
En su Estructura de las revoluciones científicas,
Thomas Kuhn aduce que dicha disonancia precede inevitablemente
a la aparición de un nuevo paradigma cognoscitivo. Los
hechos de que informan aquellos que observan la caída
libre, aquellos que volvían del otro lado de la Tierra,
y aquellos que usaban el nuevo telescopio, no se ajustaba a la
visión cósmica ptolomeica. Súbitamente,
se aceptó el paradigma newtoniano. La disonancia que caracteriza
a muchos jóvenes de hoy no es tanto cognoscitiva como
un asunto de actitudes -un sentimiento acerca de cómo
no puede ser una sociedad tolerable. Lo sorprendente respecto
de esta disonancia es la capacidad de un número muy grande
de personas para tolerarla.
La capacidad para ir tras metas incongruentes exige un explicación.
Según Max Gluckman, todas las sociedades poseen procedimientos
para ocultar tales disonancias de sus miembros. Los rituales
pueden ocultar a sus participantes incluso discrepancias y conflictos
entre principio social y organización social. Mientras
un individuo no se explícitamente consciente del carácter
ritual del proceso a través del cual fue iniciado a las
fuerzas que moldean su cosmos, no puede romper el conjuro y moldear
un nuevo cosmos. Mientras no nos percatemos del ritual a través
del cual la escuela moldea al consumidor progresivo -el recurso
principal de la economía- no podemos romper el conjuro
de esta economía y dar forma a una nueva.
1 Buen riesgo: En el lenguaje de los aseguradores,
el que tiene muy pocas oportunidades de concretarse en una pérdida.(N.
del T.)
2 Podría traducirse como: Comité
de Estudios de Cuestiones Asiáticas que se Preocupan (por
lo que pasa en Asia, o con Asia). (N. del T.)
3 Congreso Norteamericano sobre América
Latina. (N. del T.)
4 Body count. Expresión muy usada en inglés para
referirse al recuento de personas presentes en cualquier circustancia.
(N. del T.)
5 Culto creado por indígenas de
Nueva Guinea, que atribuye un origen mágico a los artículos
occidentales (aviones, radios, relojes, plásticos, etc.).
(N. del T.).
6 Truant officer. El que lleva a la escuela a quienes deben cumplir
con la instrucción legal obligatoria. Es un funcionario
especializado en los Estados Unidos. (N. del T.)
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