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4. ESPECTRO INSTITUCIONAL
La mayoría de los esquemas
utópicos y escenarios futurísticos requieren nuevas
y costosas tecnologías, que habrían de venderse
a las naciones ricas y pobres por igual. Herman Kahn ha encontrado
alumnos en Venezuela, Argentina y Colombia. Las fantasías
de Sergio Bernardes para su Brasil del año 2000 centellan
con más maquinaria nueva de la que hoy poseen los Estados
Unidos, los que para entonces estarán recargados con los
obsoletos emplazamientos para misiles, aeropuertos para reactores
y ciudades de las décadas del sesenta-setenta. Los futuristas
inspirados en Buckminster Fuller se apoyarían más
bien en dispositivos más baratos y exóticos. Cuentan
ellos con que se acepte una tecnología nueva pero posible,
que al parecer nos permitiría más con menos -monorrieles
ligeros en vez de transporte supersónico, viviendas verticales
en vez de dispersión horizontal. Todos los planificadores
futuristas de hoy tratan de hacer económicamente factible
lo técnicamente posible, negándose a la vez a enfrentar
las consecuencias sociales inevitables: el creciente anhelo de
todos los hombres por bienes y servicios que seguirán
siendo privilegio de unos pocos.
Creo que un futuro deseable depende de nuestra deliberada elección
de un vida de acción en vez de una vida de consumo, de
que engendremos un estilo de vida que nos permita ser espontáneos
, independientes y sin embargo relacionarnos uno con otro, en
vez de mantener un estilo de vida que sólo nos permite
hacer y deshacer, producir y consumir -un estilo de vida que
es sólo una estación en el camino hacia el agotamiento
y la contaminación del entorno. El futuro depende más
de nuestra elección de instituciones que mantengan una
vida de acción y menos de que desarrollen nuevas ideologías
y tecnologías. Necesitamos un conjunto de pautas que nos
permitan reconocer aquellas instituciones que apoyan el desarrollo
personal en vez del enviciamiento, como también la voluntad
de dedicar nuestros recursos tecnológicos preferiblemente
a dichas instituciones de desarrollo.
La elección se sitúa entre dos tipos institucionales
radicalmente opuestos, ejemplificados ambos en ciertas instituciones
existentes, aunque uno de esos tipos caracteriza de tal manera
la época contemporánea que casi la define. A este
tipo dominante yo propondría llamarlo la institución
manipulativa. El otro tipo existe asimismo, pero sólo
precariamente. Las instituciones que se ajustan a él son
más humildes y menos notorias. No obstante, las tomo como
modelos de un futuro más deseable. Las llamo "conviviales"1 y sugiero colocarlas a la izquierda institucional,
para mostrar que hay instituciones situadas entre ambos extremos
y para ilustrar cómo las instituciones históricas
pueden cambiar de color conforme se desplazan desde un facilitar
a un organizar la producción.
Dicho espectro, que se desplaza de izquierda a derecha, se ha
usado por lo general para caracterizar a los hombre y a sus ideologías,
y no a nuestras instituciones sociales y a sus estilos. Esta
categorización de los hombres, sea como individuos o como
grupos suele producir más calor que luz. Pueden suscitarse
poderosas objeciones contra el uso de una convención corriente
de una manera insólita, pero al hacerlo espero desplazar
los términos del debate de un plano estéril a uno
fértil. Se evidenciará el que los hombres de izquierda
no siempre se caracterizan por su oposición a las instituciones
manipulativas, a las que coloco en el extremo derecho del espectro.
Las instituciones modernas más influyentes se agolpan
al lado derecho del espectro. Hacia él se ha desplazado
la coerción legal, conforme ha pasado de las manos del
sheriff a las del FBI y del Pentágono. La guerra moderna
se ha convertido en una empresa sumamente profesional cuyo negocio
es matar. Ha llegado al punto en que su eficiencia se mide en
recuento de cuerpos. Sus capacidades pacificadoras dependen de
su poder para convencer a amigos y enemigos de la ilimitada potencia
letal de la nación. Las balas y los productos químicos
modernos son tan eficaces que si unos elementos por valor de
escasos centavos son adecuadamente entregados al "cliente"
a que se destinan, matan o mutilan infaliblemente. Pero los costos
de entrega aumentan vertiginosamente; el coste de un vietnamita
muerto subió de 360 000 dólares en 1967 a 450 000
dólares en 1969. Sólo unas economías a una
escala cercana al suicidio de la raza harían económicamente
eficiente el arte militar moderno. Se está haciendo más
obvio el efecto boomerang en la guerra: cuanto mayor es
el recuento de cuerpos de vietnamitas muertos, tantos más
enemigos consigue Estados Unidos por todo el mundo; asimismo,
tanto más debe gastar Estados Unidos en crear otra institución
manipulativa -motejada cínicamente de "pacificación"-
en un vano intento por absorber los efectos secundarios de la
guerra.
En este mismo lado del espectro hallamos también oganismos
sociales que se especializan en la manipulación de sus
clientes. Tal como la organización militar, tienden a
crear efectos contrarios a sus objetivos conforme crece el ámbito
de sus operaciones. Estas instituciones sociales son igualmente
contraproducentes, pero lo son de manera menos evidente. Muchas
adoptan una imagen simpática y terapéutica para
encubrir este efecto paradojal. Por ejemplo, hasta hace un par
de siglos, las cárceles servían como un medio para
detener a las personas hasta que eran sentenciadas, mutiladas,
muertas o exiliadas, y en ocasiones eran usadas deliberadamente
como una forma de tortura. Sólo recientemente hemos comenzado
a pretender que el encerrar a la gente en jaulas tendrá
un efecto benéfico sobre su carácter y comportamiento.
Ahora, más que unos pocos están empezando a entender
que la cárcel incrementa tanto la calidad de los criminales
como su cantidad, y que de hecho a menudo los crea a partir de
unos simples incomformistas. No obstante, es mucho menor el número
de los que al parecer entienden el que las clínicas psiquiátricas,
hogares de reposo y orfanatos hacen algo muy parecido. Estas
instituciones proporcionan a sus clientes la destructiva autoimagen
del psicótico, del excedido en años, o del niño
abandonado, y proveen la justificación lógica para
la existencia de profesiones completas, tal como las cárceles
proporcionan ingresos para guardianes. La afiliación a
las instituciones que se encuentran en este extremo del espectro
se consigue de dos maneras, ambar coercitivas: mediante compromiso
obligado o mediante servicio selectivo.
En el extremo opuesto del espectro se sitúan unas instituciones
que se distinguen por el uso espontáneo -las instituciones
"conviviales". Las conexiones telefónicas, las
líneas del metro, los recorridos de los carteros, los
mercados y lonjas no requieren una venta a presión o sin
ella para inducir a sus clientes a usarlos. Los sistemas de alcantarillado,
de agua potable, los parques y veredas son instituciones que
los hombres usan sin tener que estar institucionalmente convencidos
de que les conviene hacerlo. Todas las instituciones exigen,
por cierto, cierta reglamentación. Pero el funcionamiento
de instituciones que existen para ser usadas más bien
que para producir algo, requiere normas cuya índole es
totalmente diferente de la de aquellas que exigen las instituciones-tratamiento,
las cuales son manipulativas. Las normas que rigen las instituciones
para uso tienen por fin principal el evitar abusos que frustarían
su accesibilidad general. Las veredas han de mantenerse libres
de obstrucciones, el uso industrial de agua potable debe someterse
a ciertos límites y el juego de pelota debe restringirse
a zonas especiales dentro de un parque. Actualmente necesitamos
una legislación especial para evitar el abuso de nuestras
líneas telefónicas por parte de computadores, el
abuso del servicio de correo por parte de los anunciantes, y
la contaminación de nuestros sistemas de alcantarillado
por los desechos industriales. La reglamentación de las
instituciones conviviales fija límite para su empleo;
conforme uno pasa del extremo convivencial del espectro al manipulativo,
las normas van exigiendo cada vez más un consumo o participación
no queridos. El diferente coste de la adquisición de clientes
es precisamente una de las características que distinguen
a las instituciones conviviales de las manipulativas.
En ambos extremos del espectro encontramos instituciones de servicio,
pero a la derecha del servicio es una manipulación impuesta
y al cliente se le convierte en víctima de la publicidad,
agresión, adoctrinamiento, prisión y electrochoque.
A la izquierda, el servicio es una mayor oportunidad dentro de
límites definidos formalmente, mientras el cliente sigue
siendo un agente libre. Las instituciones del ala derecha tienden
a ser procesos de producción altamente complejos y costosos
en los cuales gran parte de la complicación y el gasto
se ocupan en convencer a los consumidores de que no pueden vivir
sin el producto o tratamiento ofrecido por la institución.
Las instituciones del ala izquierda tienden a ser redes que facilitan
la comunicación o cooperación iniciada por el cliente.
Las instituciones manipulativas de la derecha son formadoras
de hábito, "adictivas", social y psicológicamente.
La adicción social, o escalada, consiste en la tendencia
a prescribir un tratamiento intensificado si unas dosis menores
no han rendido los resultados deseados. La adicción psicológica,
o habituamiento, se produce cuando los consumidores se envician
con la necesidad de una cantidad cada vez mayor de del proceso
o producto. Las instituciones de la izquierda que uno mismo pone
en actividad tienden a ser autolimitantes. Al revés de
los procesos de producción que identifican la satisfacción
con el mero acto del consumo, estas redes sirven a un objetivo
que va más allá de su uso repetido. Una persona
levanta el teléfono cuando quiere decir algo a otra, y
cuelga una vez terminada la comunicación deseada. A excepción
hecha de los adolescentes, no usa el teléfono por el puro
placer de hablar ante el receptor. Si el teléfono no es
el mejor modo de ponerse en comunicación, las personas
escribirán una carta o harán un viaje. Las instituciones
de la derecha, como podemos verlo claramente en el caso de las
escuelas, invitan compulsivamente al uso repetitivo y frustran
las maneras alternativas de lograr resultados similares.
Hacia la izquierda del espectro institucional, pero no en el
extremo mismo, podemos colocar a las empresas que compiten entre
sí en la actividad que le es propia, pero que no han empezado
a ocupar la publicidad de manera notable. Encontramos aquí
a las lavanderías manuales, las pequeñas panaderías,
los peluqueros y, para hablar de profesionales, algunos abogados
y profesores de música. Son por consiguiente característicamente
del ala izquierda las personas que han institucionalizado sus
servicios, pero no su publicidad. Consiguen clientes mediante
su contacto personal y la calidad relativa de sus servicios.
Los hoteles y las cafeterías se acercan algo más
al centro. Las grandes cadenas hoteleras como la Hilton, que
gastan inmensas cantidades en vender su imagen, a menudo se comportan
como si estuviesen dirigiendo instituciones de la derecha. Y
no obstante, las empresas Hilton y Sheraton no ofrecen nada más
-de hecho frecuentemente menos- que alojamientos de precio similar
y dirigidos independientemente. En lo esencial, un letrero de
hotel atrae al viajero como lo hace un signo caminero. Dice más
bien: "Detente, aquí hay una cama para ti",
y no: "¡Deberías preferir una cama de hotel
a un banco en el parque!"
Los productores de artículos de primera necesidad y de
la mayoría de los bienes efímeros pertenecen a
la parte central de nuestro espectro. Satisfacen demandas genéricas
y agregan al costo de producción y distribucción
todo lo que el mercado soporte en costos publicitarios en anuncios
y envases. Cuanto más básico sea el producto -trátese
de bienes o servicios- tanto más tiende la competencia
a limitar el costo de venta del artículo.
La mayoría de los fabricantes de bienes de consumo se
han ido mucho más a la derecha. Tanto directa como indirectamente,
producen demandas de accesorios que hinchan el precio real de
compra muy por encima del coste de producción. La General
Motors y la Ford producen medios de transporte, pero también,
y esto es más importante, manipulan el gusto público
de manera tal que la necesidad de transporte se expresa como
una demanda de coches privados y no de autobuses públicos.
Vende el deseo de controlar una máquina, el correr a grandes
velocidades con lujosa comodidad, al tiempo que ofrecen la fantasía
al extremo del camino. Pero lo que venden no es tanto sólo
un asunto de motores inútilmente poderosos, de artilugios
superfluos o de los nuevos extras que los fabricantes han tenido
que agregar obligados por Ralph Nader y los grupos que presionan
en pro de un aire limpio. La lista de precios incluye motores
acondicionados para volar, climatización; pero también
comprende otros costes que no se le declaran abiertamente al
conductor: los gastos de publicidad y de ventas de las empresa,
el combustible, entretenimiento y repuestos, seguro, interés
sobre el crédito, como también costes menos tangibles,
como la pérdida de tiempo, el buen humor y el aire respirable
en nuestras congestionadas ciudades.
Un corolario particularmente interesante de nuestro examen de
instituciones socialmente útiles es el sistema de carreteras
"públicas". Este importante elemento del coste
total de los automóviles merece un análisis más
dilatado, pues conduce directamente a la institución derechista
en la que estoy más interesado, a saber, la escuela.
83
Falsos
servicios de utilidad pública
El sistema de carreteras es una
red para la locomoción a través de distancias relativamente
grandes. En su condición de red, parecería corresponderle
estar a la izquierda en el espectro institucional. Pero en este
caso debemos hacer una distinción que esclarecerá
tanto la naturaleza de las carreteras como la naturaleza de los
verdaderos servicios de utilidad pública. Los caminos
que son genuinamente para todo servico, son verdaderos servicios
de utilidad pública. Las supercarreteras son cotos privados,
cuyo coste se le ha encajado parcialmente al público.
Los sistemas de teléfonos, correos y caminos son todos
ellos redes, y ninguno es gratis. El acceso a la red de teléfonos
está limitado por cobros sobre tiempo ocupado en cada
llamada. Estas tarifas son relativamente bajas y podrían
reducirse sin cambiar la naturaleza del sistema. El uso del sistema
telefónico no está en absoluto limitado por aquello
que se transmita, aunque lo emplean mejor quienes pueden hablar
frases coherentes en el lenguaje del interlocutor, una capacidad
que poseen todos los quew desan usar la red. El franqueo suele
ser barato. El uso del sistema postal se ve ligeramente limitado
por el precio de la pluma y el papel, y algo más por la
capacidad de escribir. Aún así, cuando alguien
que no sabe escribir tiene un pariente o un amigo a quien pueda
dictarle una carta, el sistema postal está a su disposición,
tal como lo está si quiere despachar una cinta grabada.
El sistema de carreteras no llega a estar disponible de manera
similar para alguien que tan sólo aprenda a conducir.
Las redes telefónicas y postal existen para servir a quienes
deseen usarlas, mientras el sistema de carreteras sirve principalmente
como accesorio del automóvil privado. Las primeras son
verdaderos servicios de utilidad pública, mientras el
último es un servicio público para los dueños
de coches, camiones y autobuses. Los servicios de utilidad pública
existen en pro de la comunicación entre los hombres; las
carreteras, como otras instituciones de la derecha, existen en
pro de un producto. Tal como lo hicimos notar, los fabricantes
de automóviles producen simultáneamente
tanto los coches como la demanda de coches. Asimismo producen
la demanda de carreteras de varias vías, puentes y campos
petrolíferos. El coche privado es el foco de una constelación
de instituciones del ala derecha. El elevado coste de cada elemento
lo dicta la complicación del producto básico, y
vender el producto básico es enviciar a la sociedad en
el paquete conjunto.
El planificar un sistema vial como un verdadero servicio de utilidad
pública discriminará contra aquellos para quienes
la velocidad y el confort individualizado son los valores primarios
de transporte, y en favor de aquellos que valorizan la fluidez
y el lugar de destino. Es la diferencia entre una red extendidísima
con acceso máximo para los viajeros y otra que ofrezca
sólo un acceso privilegiado a una zona restringida.
La transferencia de una institución moderna a las naciones
en desarrollo permite probar a lo vivo su calidad. En los países
muy pobres, los caminos suelen ser apenas lo bastante buenos
como para permitir el tránsito mediante camiones especiales
de eje elevado, cargados de víveres, reses o personas.
Este tipo de país debería usar sus limitados recursos
para construir un telaraña de pistas que llegaran a todas
las regiones y debería restringir la importancia de vehículos
a dos o tres modelos diferentes de vehículos muy duraderos
que puedan traficar por todas las pistas a baja velocidad. Esto
simplificaría el entretenimiento continuo de estos vehículos
y proporcionaría una máxima fluidez y elección
de puntos de destino a todos los ciudadanos. Esto exigiría
el proyectar vehículos para todo servicio con la simplicidad
del Ford T, utilizando las aleaciones más modernas para
garantizar su durabilidad, con un límite de velocidad
incorcorado de unos veinticinco kilómetros por hora a
lo más, y lo bastante firme como para rodar por el terreno
más áspero. No se ofrecen estos vehículos
en el mercado porque no hay demanda de ellos. De hecho sería
preciso cultivar esa demanda, muy posiblemente al amparo de una
legislación estricta. Actualmente, cada vez que una demanda
de esta especie se hace sentir, siquiera un poco, es rápidamente
descartada desdeñosamente mediante una publicidad contraria,
encaminada a la venta universal de las máquinas que extraen
hoy de los contribuyentes estadunidenses el dinero necesario
para construir supercarreteras.
Para "mejorar" el transporte, todos los países,
hasta los más pobres, proyectan ahora sistemas viales
concebidos para los coches de pasajeros y los remolques de alta
velocidad que se ajustan a la minoría, pendiente del velocímetro,
compuesta por productores y consumidores en las clases selectas.
Este plantemiento a menudo es justificado racionalmente pintándolo
como un ahorro del recurso más precioso de un país
pobre: el tiempo del médico, del inspector escolar o del
funcionario público. Estos hombres, naturalmente, sirven
casi exclusivamente a la misma gente que posee un coche, o espera
tenerlo algún día. Los impuestos locales y las
escasas divisas se derrochan en falsos servicios de utilidad
pública.
La tecnología "moderna" transferida a los países
pobres se puede dividir en tres categorías: bienes, fábricas
que los hacen, e instituciones de servicios -principalmente escuelas-
que convierten a los hombres en productores y consumidores modernos.
La mayor parte de los países gastan la mayor proporción
de su presupuesto, con mucho, en escuelas. Los graduados fabricados
con escuelas crean entonces una demanda de otros servicios conspicuos
de utilidad pública, tales como potencia industrial, carreteras
pavimentadas, hospitales modernos y aeropuertos, y éstos
crean a su vez un mercado para los bienes hechos para países
ricos y, al cabo de un tiempo, la tendencia a importar fábricas
anticuadas para producirlos.
De todos los "falsos servicios de utilidad pública",
la escuela es el más insidioso. Los sistemas de carreteras
producen sólo una demanda de coches. Las escuelas crean
una demanda para el conjunto completo de instituciones modernas
que llenan el extremo derecho del espectro. A un hombre que pusiera
en duda la necesidad de carreteras se le tacharía de romántico;
al que ponga en tela de juicio la necesidad de escuelas se le
ataca de inmediato como despiadado o como imperialista.
86
Las
escuelas como falsos servicios de utilidad pública
Al igual que las carreteras,
las escuelas dan a primera vista, la impresión de estar
igualmente abiertas para todos los interesados. De hecho están
abiertas sólo para quienes renueven sin cejar sus credenciales.
Así como las carreteras crean la impresión de que
su nivel actual de costes anuales es necesario para que la gente
pueda moverse, así se supone que las escuelas son indispensables
para alcanzar la competencia que exige una sociedad que use la
tecnología moderna. Hemos expuesto las autopistas como
servicios de utilidad pública espúreos observando
cómo son dependientes de los automóviles privados.
Las escuelas se fundan en la hipótesis igualmente espúrea
de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza
curricular.
Las carreteras son las consecuencias del deseo y necesidad de
movilizarse que es pervertido para convertirlo en la demanda
de coches privados. Las escuelas pervierten la natural inclinación
a desarrollarse y aprender convirtiéndola en la demanda
de instrucción. La demanda de una madurez manufacturada
es la abnegación mucho mayor de la actividad iniciada
por uno mismo que la demanda de bienes manufacturados. Las escuelas
no sólo están a la derecha de las escuelas y los
coches; tienen su lugar cerca del extremo del espectro institucional
ocupado por los asilos totales. Incluso los productores de recuentos
de cuerpos matan solamente cuerpos. Al hacer que los hombres
abdiquen de la responsabilidad de su propio desarrollo, la escuela
conduce a muchos a una especie de suicidio espiritual.
Las carreteras las pagan en parte quienes las utilizan, puesto
que los peajes e impuestos al combustible se obtienen sólo
de los conductores. La escuela, en cambio, es un sistema perfecto
de tributación regresiva, en la que los privilegios cabalgan
sobre el lomo de todo el público pagador. La escuela fija
un gravamen por cabeza sobre la promoción. El subconsumo
de distancias recorridas por carretera no es nunca tan costoso
como el subconsumo de escolarización. El hombre que no
posea un coche en Los Ángeles posiblemente esté
casi inmovilizado, pero si se ingenia de algún modo para
llegar a un lugar de trabajo, podrá conseguir y conservar
su empleo. El desertor escolar carece de vía alternativa.
El habitante suburbano en su Lincoln nuevo y su primo campesino
que conduce una vieja carcacha obtienen un provecho más
o menos igual de la carretera, aunque el vehículo del
uno cueste treinta veces más que el del otro. El valor
de la escolarización de un hombre es función del
número de años que ha permanecido en escuelas y
de la carestía de éstas. La ley no obliga a conducir
y en cambio obliga a ir a la escuela.
El análisis de las instituciones según su actual
emplazamiento en un espectro continuo izquierda-derecha me permite
esclarecer mi convicción de que el cambio social fundamental
debe comenzar con un cambio en la conciencia que se tiene de
las instituciones y explicar por qué la dimensión
de un futuro viable recae en el rejuvenecimiento del estilo institucional.
Durante la década 1960-70, unas instituciones, nacidas
en diversas épocas después de la Revolución
Francesa, llegaron a su vejez; los sistemas de escuelas públicas
fundados en la época de Jefferson o de Atatürk, junto
con otras que se iniciaron después de la Segunda Guerra
Mundial, se hicieron todas ellas burocráticas, autojustificantes
y manipulativas. Lo mismo les ocurrió a los sistemas de
seguridad social, a los sindicatos, a las principales iglesias
y cuerpos diplomáticos, a la atención de los ancianos
y a los servicios fúnebres.
Por ejemplo, hoy en día hay un mayor parecido entre los
sistemas escolares de Colombia, Inglaterra, la Unión Soviética
y Estados Unidos, que entre las escuelas de este último
de fines del siglo pasado a las de hoy o las de Rusia en ese
tiempo. Las escuelas son hoy obligatorias, sin término
definido y competitivas. Esa misma convergencia en el estilo
institucional afecta a la atención médica, la comercialización,
la administración de personal y la vida política.
Todos estos procesos institucionales tienden a apilarse en el
extremo manipulativo del espectro.
La consecuencia de esta convergencia de instituciones es una
fusión de burocracias mundiales. El estilo, el sistema
de ordenamiento jerárquico y la parafernalia (desde el
libro de texto al computador) están normalizadosen los
consejos de planificación de Costa Rica o de Afganistán,
según los modelos de Europa Occidental.
Las burocracias parecen centrarse en todas partes en la misma
tarea: promover el crecimiento de las instituciones de la derecha.
Se ocupan de la fabricación de cosas, la fabricación
de normas rituales y la fabricación -y remodelación-
de la "verdad ejecutiva", la ideología o fiat
que establece el valor presente que debiera atribuirse a lo que
ellas producen. La tecnología proporciona a estas burocracias
un poder creciente a la mano derecha de la sociedad. La mano
izquierda parece marchitarse y no porque la tecnología
sea menos capaz de aumentar el ámbito de la actividad
humana y de proporcionar tiempo para el despliegue de la imaginación
individual y para la creatividad personal, sino porque ese uso
de la tecnología no aumenta el poder de la élite
que la administra. El director de correos no tiene control sobre
el uso esencial de ese servicio; la telefonista o el directivo
de la compañía telefónica carecen de poder
para impedir que se preparen adulterios, asesinatos o subversiones
usando sus líneas.
En la elección entre la derecha y la izquierda institucional
está en juego la naturaleza misma de la vida humana. El
hombre debe elegir entre el ser rico en cosas o el tener libertad
para usarlas. Debe elegir entre estilos alternativos de vida
y programas conexos de producción.
Aristóteles ya había descubierto que "hacer
y actuar" son diferentes, y de hecho tan diferentes que
lo uno jamás incluye lo otro. "Porque ni es el actuar
una manera de hacer, ni el hacer una manera del verdadero actuar.
La arquitectura [techne] es una manera de hacer... dar
nacimiento a algo cuyo origen está en su hacedor y no
en la cosa. El hacer siempre tiene una finalidad que no es él
mismo, y no así la acción, puesto que la buena
acción es en sí misma un fin. La perfección
en el hacer es un arte, la perfección en el actuar una
virtud."2 La palabra
que Aristóteles usó para hacer fue poesis,
y la que usó para actuar, praxis. El movimiento
hacia la derecha de una institución indica que se la está
restructurando para aumentar su capacidad de "hacer",
mientras que si se desplaza hacia la izquierda indica que se
la está restructurando para permitir un mayor "actuar"
o "praxis". La tecnología moderna ha aumentado
la capacidad del hombre para dejar a las máquinas del
"hacer" cosas, ha aumentado el tiempo que puede dedicar
a "actuar". El "hacer" las cosas cotidianas
imprescindibles ha dejado de ocupar su tiempo. El desempleo es
la consecuencia de esta modernización: es la ociosidad
del hombre para quien no hay nada que "hacer" y que
no sabe cómo "actuar". El desempleo es la triste
ociosidad del hombre que, al revés de Aristóteles,
cree que hacer cosas, o trabajar, es virtuoso y que la ociosidad
es mala. El desempleo es la experiencia del hombre que ha sucumbido
a la ética protestante. Según Weber, el hombre
necesita el ocio para poder trabajar. Según Aristóteles,
el trabajo es necesario para poder tener ocio.
La tecnología proporciona al hombre tiempo discrecional
que puede llenar ya sea haciendo, ya sea actuando. Toda nuestra
cultura tiene abierta ahora la opción entre un triste
desempleo o un ocio feliz. Depende del estilo de institucional
que la cultura elija. Esta elección habría sido
inconcebible en una cultura antigua fundada en la agricultura
campesina o en la esclavitud. Ha llegado a ser inevitable para
el hombre postindustrial.
Una manera de llenar el tiempo disponible es estimular mayores
demandas de consumo de bienes y, simultáneamente de producción
de servicios. Lo primero implica una economía que proporciona
una falange cada vez mayor de cosas siempre novedosas que pueden
hacerse, consumirse y someterse a reciclaje. Lo segundo implica
el vano intento de "hacer" acciones virtuosas, haciendo
aparecer como tales los productos de las instituciones de "servicios".
Esto conduce a la identificación de la escolaridad con
la educación, del servicio médico con la salud,
del mirar programas con la recreación, de la velocidad
con la locomoción eficaz. La primera opción lleva
ahora el apodo de desarrollo.
La manera radicalmente alternativa de llenar el tiempo disponible
consiste en una gama limitada de bienes más durables y
en proporcionar acceso a instituciones que puedan aumentar la
oportunidad y apetencia de las acciones humanas recíprocas.
Una economía de bienes duraderos es exactamente lo contrario
de una economía fundada en la obsolescencia programada.
Una economía de bienes duraderos significa una restricción
en la lista de mercancías. Los bienes habrían de
ser de especie tal que diesen un máximo de oportunidad
para "actuar" en algo con ellos: artículos hechos
para montarlos uno mismo, para autoayudarse, para su reempleo
y reparación.
El complemento de una lista de bienes durables, reparables y
reutilizables no es un aumento de servicios producidos institucionalmente,
sino más bien una estructura institucional que eduque
constantemente a la acción, a la participación,
a la autoayuda. El movimiento de nuestra sociedad desde el presente
-en el cual todas las instituciones gravitan hacia una burocracia
postindustrial- a un futuro de convivialidad postindustrial -en
el cual la intensidad de la acción preponderaría
sobre la producción- debe comenzar con una renovación
del estilo de las instituciones de servicio y, antes que nada,
por una renovación de la educación. Un futuro que
es deseable y factible depende de nuestra disposición
a invertir nuestro saber tecnológico en el desarrollo
de instituciones conviviales. En el terreno de las investigaciones
sobre educación, esto equivale a exigir que se trastruequen
las tendencias actuales.
1 Del latín convivium, banquete.
El término es más usado en inglés, y suena
un tanto incómodo entre nosotros. Evoca la convivencia
y la jovialidad. Lo hemos mantenido por no distorsionar la idea
del autor. (N. del T.)
2 Ética de Nicómaco, 1140.
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