W. SACHS (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú, 1996 (primera edición en inglés en 1992), 399 pp.

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NIVEL DE VIDA

Serge Latouche

Cuando el 24 de junio de 1949, en su mensaje al Congreso sobre su Programa del Punto Cuarto, el Presidente Truman anunció la necesidad de «ayudar a las personas de áreas económicamente subdesarrolladas a elevar su nivel de vida»1, él hizo énfasis en un objetivo que ya estaba siendo aceptado como obvio e indiscutible por todos los estados modernos. Fue sólo unos pocos años antes, en 1945, que la Carta de las Naciones Unidas había afirmado, en el Articulo 55, el objetivo global de «promover niveles de vida superiores».

Según la opinión popular y el uso científico, 'nivel de vida' se refiere a bienestar material y constituye un concepto, susceptible de medición, similar al Producto Nacional Bruto per capita. "El nivel de vida", escribió Jean Fourastie, "se mide por la cantidad de bienes y servicios que puede adquirirse con el ingreso nacional promedio."2 Cualquier incremento en el nivel de este indicador se considera la consecuencia lógica del desarrollo económico. Se supone que deriva de una explotación mejorada de los recursos naturales mediante la utilización de la ciencia y la tecnología en la forma de equipamiento industrial. Igualar este nivel en todo el planeta se sugirió como el ideal hacia el cual las organizaciones de todo el mundo debían dirigir sus esfuerzos. Bertrand de Jouvenel declaró autorizadamente en 1964: "El mejoramiento de la condición material del mayor número es, en nuestros tiempos, hecho, esperanza y deseo."3

Mientras la esperanza de una vida satisfactoria es una preocupación muy humana, la obsesión con esta especie de 'nivel de vida' es muy reciente. El interés en los niveles de salario de parte de los asalariados y como una preocupación social general data de la era industrial. A medida que mas y mas personas se convirtieron en asalariados, el salario llegó a ser el componente básico del nivel de vida. Sin embargo, en la proclama de fundación de la Liga de Naciones el 28 de junio de 1919, según la cual «el bienestary el desarrollo... de los pueblos constituyen una mision sagrada de la civilización»4, el concepto aun no existía como un indice mensurable. Ni había logrado la simplicidad directa del PNB per capita, cuando primero Stalin y luego Jrushchov trazaron sus ambiciosos planes para dar alcance y superar a los norteamericanos. Aunque se hablaba de 'nivel de vida', el concepto no era todavía un término técnico referido a un agregado económico preciso y estadísticamente determinado, sino una noción general que permaneció en gran parte imprecisa y subjetiva. En particular, el concepto estaba aun lejos de ser utilizado como un imperativo categórico en exclusión de todos los otros.

En su lugar, los especialistas en geografía humana se habían concentrado mucho tiempo en estudiar los diferentes modos de vivir. Intentaron describir los modos de vida que eran específicos a una región dada o un ambiente social dado. Las medidas cuantitativas y normativas estuvieron en gran parte ausentes; predominó una preocupación por las diferentes cualidades de vivir. Los economistas hoy, sin embargo, pueden usar el concepto de nivel de vida porque las maneras de vivir se han hecho crecientemente uniformes con el resultado que las diferencias en modos de vivir pueden ser traducidas más y más en diferencias de niveles de vida.

La amplia aceptación del concepto de nivel de vida ha sido el resultado de circunstancias y eventos recientes, aun cuando sus raices se remontan una cantidad de años en la historia. El examen de estas circunstancias puede iluminar las implicaciones e importancia del nuevo concepto. Lo que capta inmediatamente la atención es que ciertamente la muy difundida pertinencia universal del concepto no puede asumirse sin mas reflexión. En efecto, mirar el mundo en términos de 'nivel de vida' es como mirar a través de gafas oscuras; hace desaparecer la rica variedad de colores, convirtiendo todas las diferencias en matices del mismo color. Quienquiera que desee apreciar la diversidad irreducible de modos de realizar la existencia humana, debe dar un paso atrás y quitarse estas gafas conceptuales.

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PNB Per Capita: Una Invención de la Posguerra

Para el lector anglosajón debe parecer una parodia fechar la emergencia de la preocupación con el nivel de vida en el periodo sólo posterior a la Segunda Guerra Mundial. La expresión misma es en efecto muy antigua. Sin embargo, como veremos ahora, su significado ha evolucionado muy considerablemente en el ínterin. Originalmente indicaba un ingreso mínimo irreducible, un nivel de subsistencia de la vida, el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo, en la tradición de la economia clásica de Malthus, Ricardo y Marx. Era así definido aun en 1934 en la Enciclopedia de las Ciencias Sociales5. Sin perder totalmente esta connotación, y bajo la influencia del ascenso mas reciente en t l nivel de vida. La expresión vino a indicar una manera deseada de vivir (plano de vida) o condiciones normales dé vida (contenido de vida). Fue en esta concepción que, en febrero de 1945, el economista Joseph Davis insistió en su discurso presidencial a la Asociación Norteamericana de Economistas 6.

Es claro que, en un tiempo corto, se hizo mas y mas difícil disociar la connotación de meta de la de hecho. El concepto también se halló oscilando incómodamente entre las dos nociones del mínimo irreductible y el del nivel deseado. La absorción de lo descriptivo (el nivel real) en lo normativo (establecimiento del nivel) es reveladora de la gradual degradación desde la preocupación con cuestiones de calidad a la sola preocupación con la cantidad que ha venido a dominar la perspectiva occidental. Por lo menos por una vez, el idioma francés es menos ambiguo que el inglés; la expresión niveau de vie indica claramente un hecho positivamente establecido y su aparición reciente ha impedido cualquier ambigüedad semántica. La buena fortuna de esta expresión deriva en parte del hecho que condensa una serie de nociones nivel de subsistencia, nivel de ingreso, ingreso per capita promedio, condiciones de vida y un sueldo mínimo vital...

Entre las circunstancias especificas que han llevado a que el nivel de vida llegue a ser la obsesión cotidiana de nuestros contemporáneos y el horizonte dominante de las políticas económicas, tres fenómenos parecen merecer discusión particular. Estos incluyen la difusión general del concepto de cuentas nacionales, el crecimiento del consumismo masivo en los principales paises industriales durante los 30 «gloriosos años» (1945 a 1975) y la universalización del mito del desarrollo en el Tercer Mundo. Miremos brevemente cada uno de estos desarrollos.

En ausencia de un sistema de contabilidad, por impreciso que fuera, para la medición de las condiciones sociales era en vano considerar dotar con una capacidad cuantitativa al concepto de nivel de vida y generalizar su uso. No puede disfrutarse verdaderamente el propio nivel de vida a menos que uno sea consciente de ello. Hoy esta conciencia esta siendo llevada demasiado lejos en la mayoría de nuestros contemporáneos, engendrando un verdadero fetichismo por la cantidad del ingreso. Para compensar la falta de tiempo para disfrutar de los frutos de nuestro trabajo, la mayor satisfacción puede por lo menos obtenerse de la contemplación de la cantidad que se ha ganado en comparación con aquellos inferiores en la escala.

Siguiendo la Gran Depresión, con la moda de las ideas keynesianas y el interés en la macroeconomía, los principales paises industriales se equiparon por primera vez con institutos de investigación estadística. Los datos estadísticos empezaron a adornar los conceptos económicos y a subvertirlos desde dentro. Ya en 1940, Colin Clark hizo una comparación entre los ingresos de diferentes paises y las organizaciones internacionales propagaron el nuevo culto de los números. Aunque ciertos estados del Tercer Mundo vivían aun en la edad pre-moderna y no funcionaban como mercados nacionales fueron también adornados con multitud de estadísticas y todos los atributos de un estado nación.
La atribución de medidas normalizadas llegó a ser un imperativo categórico. Los niveles de vida podían por fin cuantificarse y as compararse. El ideal global de un nivel uniforme de vida cesó de ser un concepto fútil; ahora vino a representarse por una cantidad específica de dólares al cual podía por lo menos referirse, aun cuando no se realizara. El objetivo utilitario de la mayor felicidad para el mayor numero había encontrado su expresión científica.

La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 proclama la igualdad de todos los seres humanos. Este universalismo abstracto exigía indicadores de felicidad que fueran aplicables en todas partes. El PNB per capita proporcionaba un conveniente patrón de medida que reclamaba igual pertinencia en todo el mundo. Antes de la Guerra, bajo las condiciones del colonialismo, esa preocupación difícilmente podía surgir porque no tenía sentido calcular el nivel de vida promedio para los ciudadanos del Imperio Británico, sumando por ejemplo los ingresos de los ingleses y los indios. Fue sólo con la descolonización que la idea de la igualdad entre los niveles de vida ingleses e indios llegó a considerarse legítima.

Durante los primeros 30 años luego de la Segunda Guerra Mundial, las economías desarrolladas vivieron una fase de crecimiento sin precedentes que tuvo efectos espectaculares en el nivel de vida. La pobreza de siglos pasados en las sociedades industrializadas pareció casi desaparecer. El trabajo para todos en una sociedad libre trajo la difusión del bienestar bajo la protección del estado de bienestar. Se enraizó la expectativa de que la afluencia universal estaba apenas a la vuelta de la esquina. Todo el mundo, el momento que fue consciente de su posición, luchó por alcanzar a aquellos que estaban al frente. Se consideraba a las disparidades -cuanto mas estrechas parecen, menos tolerables son- probablemente prontas a desaparecer, ya que carecían de legitimidad Democrática.

El mito del desarrollo nació así. Lo que habla sido producido en los países industrializados se generalizarla a lo ancho del planeta. Las diferencias entre los países llegaron a verse como meros retrasos, condenados como injustos e inaceptables, y se planificó la eliminación de estas brechas. El PNB per capita, el indicador básico del nivel de vida, se convirtió en el criterio fundamental para medir el nivel de desarrollo. Gradualmente se establecieron criterios adicionales - indicadores no monetarios, pero aun cuantitativos, de niveles de vida, que fluctuaban desde la esperanza de vida al numero de doctores por kilómetro cuadrado. La compilación de las estadísticas requería de las cuentas nacionales. Los diferentes indices estaban muy a menudo fuertemente correlacionados - que es por lo que el PNB per capita aun tiende a tener un verdadero monopolio en los informes oficiales.

Periódicamente, había reacciones contra este reduccionismo abusivo. El Banco Mundial, siguiendo al famoso discurso de Robert McNamara en 1973, demandó otros indicadores. El discurso criticó la disparidad creciente del ingreso que, en la mayoría de los países en desarrollo estaba camuflada tras estadísticas que indicaban crecimiento en el ingreso per capita. Invocó la inclusión de otros objetivos ademas del incremento del PNB, tales como la reducción del desempleo y el incremento del ingreso de los pobres. Eventualmente, el Banco Mundial aprobó la adopción de «una medida socialmente orientada de desempeño económico.»7

Tal demanda no era de ninguna manera nueva. La preocupación con la necesidad de tener en cuenta los aspectos múltiples de la realidad estuvo presente en las observaciones de los primeros estadísticos del desarrollo. Un informe de las Naciones Unidas en 1954 sobre la definición y medida de «patrones» y «niveles de vida» llamó la atención a 12 posibles componentes del nivel de vida para la comparación internacional. Incluían:

(1) Salud, incluyendo condiciones demográficas; (2) alimentación y nutrición; (3) educación, incluyendo alfabetización y destrezas; (4) condiciones de trabajo; (5) situación de empleo; (6) consumo y ahorro agregados; (7) transporte; (8) vivienda, incluyendo equipamiento; (9) vestuario; (10) recreación y entretenimiento; (11) seguridad social; (12) libertad humana.8

Sin embargo, el contenido practico de tan amplias concepciones ha sido simbólica en gran medida. Aun donde han conducido a la acción concreta en favor de las necesidades básicas, la autosuficiencia en la producción de alimentos o las tecnologías apropiadas, su impacto general ha sido discutible. Los resultados no han carecido de ambigüedades y no han logrado ciertamente una prominencia suficiente para modificar la perspectiva dominante del PBI.

En cualquier caso, la guerra contra la miseria al comienzo de las así llamadas Décadas del Desarrollo se declaró así y rompió fuegos con gran fuerza. ¿Se ha preocupado alguien de las ambigüedades subyacentes? Unas pocas voces aisladas, prestigiosas por momentos, tales como la de G. Myrdal, se han hecho oír, pero no tuvieron influencia. La disputa, dagas desenvainadas, por el nivel de vida per capita superior ha llegado a ser una obsesión en la arena internacional, mientras que la reducción de la brecha entre los ricos y los miserables ha sido declarada un objetivo de prioridad. Cada país, por cualquier medio compatible con el mantenimiento de la paz del mundo, se esfuerza por incrementar sus ventajas sobre sus vecinos y por recortar una porción del mercado para sí mismo a expensas de los otros. Las protecciones arancelarias y no arancelarias, subvenciones y políticas fiscales, políticas industriales (la del MITI, el Ministerio de Industria en Japón, por ejemplo), el desmantelamiento de los sistemas de seguro social, la desrregulación y los ejemplos mas descarados de la negociación competitiva de salarios comprenden la gama de los medios mas visibles en esta frenética lucha. Con una hipocresía a veces inconsciente, los ganadores tienden la mano a los remolones de manera que éstos puedan ponerse a la par. Los expertos poseen recetas milagrosas para cualquier problema, con tal que, a nivel del estado y de la empresa privada, se les deje operar libremente. Esperan tener éxito (aun cuando nadie sabe cómo) en cuadrar el círculo. La noción de nivel de vida lleva en sí misma la demanda del igualitarismo y al mismo tiempo un espíritu de competencia. Todos se salvaran y todo el mundo sera un ganador.

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Bien-Estar y Bien-Tener

«Nivel de vida» encierra en una capsula todas las dimensiones del paradigma dominante de Occidente, de la modernidad y del desarrollo. Este paradigma constituye una esfera perfectamente autorreferencial que contiene sólo un numero muy limitado de elementos. Necesidad, escasez, trabajo, producción, ingreso y consumo son los conceptos claves dentro de un campo semántico cerrado que no tiene necesidad del mundo exterior. La interacción de estos elementos es autodinamica y se supone que provoca el crecimiento ilimitado de la riqueza material. El concepto que tratamos aquí -el nivel de vida- tiene así los mismos orígenes históricos que el paradigma económico general mismo.

Una divisoria de aguas esencial en esta historia fue la reducción del bien a la cantidad. Esta transición eliminó simultáneamente la multiplicidad de posibles valores sociales y permitió la cuantificación de la única dimensión que se retuvo.

El objetivo de una «buena vida» puede manifestarse en una multiplicidad completa de formas - desde el heroísmo del guerrero al ascetismo, desde el goce epicureo al esfuerzo estético. Sin embargo, en cuanto la vida buena se expresa en términos del bien comun global, las múltiples artes personales de vivir y las diversas maneras de conocer tienden a reducirse en favor de un proyecto colectivo único, que fácilmente conduce -en lo concerniente a sus fines y aun a sus medios- a una homogeneización de las búsquedas individuales. No es por casualidad que tanto Truman como Kennedy -aun separados por un cuarto de siglo- se refirieran al «bien comun»9. Este antiguo término aristotélico y tomista evoca el ideal de la ciudad estado justa y responsable, mas que una sociedad rica e individualista.

Pero en el mundo moderno, el único bien que parece comun a todas las personas, por encima y mas allá de las diferencias culturales, es la vida como una propiedad fisiológica. Aun este culto de la vida es muy diferente del que puede encontrarse en las culturas no occidentales. En India brahmán, por ejemplo, la vida también tiene valor superior; sin embargo, se concibe como una totalidad cósmica. La vida terrenal del individuo humano es de importancia limitada y los animales y el mundo natural tienen tanto derecho a vivir como el hombre. La muerte de algunos individuos proporciona la condición para la vida de otros y el flujo dinámico asegura el orden de un cosmos glorificado. La muerte no esta excluida de la vida. Occidente, en cambio, hace mucho tiempo que declaró la guerra contra la muerte en todas sus formas - pobreza, violencia y muerte natural. Este programa redujo la «vida mayor» a una preocupación por la supervivencia. Vivir mas se convirtió en la prioridad, y no bien o mejor. Esta selección en el pensamiento occidental del quantum de vida como el objetivo único se ofrece como un marco fisiológico y social de referencia. Los dos tienden a combinarse en la perspectiva del naturalismo, con «necesidad» como la categoría que une a ambos marcos.

Si se acepta el análisis de Illich, las necesidades espirituales fueron las primeras en dar lugar durante la Edad Media a la figura del especialista, capaz de proveer las respuestas 10 Pasando a la esfera secular, este concepto de necesidades retuvo su ambigüedad. En el nivel fisiológico, se refiere ahora al numero de calorías per capita junto con sus correlatos como la cantidad de proteína, grasa e hidratos de carbono. En el nivel social, es el número de dólares. Supervivencia para todos fue la meta del Leviatan, el gran tecnócrata del siglo diecisiete, mientras en vísperas de la Revolución Francesa, la felicidad («una idea nueva en Europa» según Saint Just) fue el objetivo del «déspota ilustrado».

La emergencia del individuo utilitario que busca maximizar su placer y minimizar su sufrimiento no garantizó el triunfo inmediato de la búsqueda del nivel de vida superior para todos y cada uno. La consecuencia lógica de la llegada del sujeto calculador fue mas bien un arranque desenfrenado de las pasiones. En Inglaterra la represión puritana permitió una canalización de estas pasiones en la búsqueda de la acumulación material, asegurando así un interés comun mínimo. Esta reducción del drama de la vida a transacciones en el mercado se logró con mucha mayor dificultad en Francia. El Marqués de Sade mostró con lógica implacable el tipo de anarquía a la que el individualismo calculador podía conducir si no se suprimían las pasiones. La incomunicabilidad de mundos subjetivos (el problema de la ausencia de puente) se hace insuperable. Cada individuo puede y debe aprovechar las oportunidades que su situación le ofrece. Esta completamente permitido engañar mañosamente al prójimo siempre y cuando no se sea sorprendido. Es aceptable convertirse en hipócrita (como los depravados monjes de Justine) y alentar la virtud y generosidad de los débiles con el fin de que puedan ser mas fácilmente embaucados. Tales han sido las consecuencias inevitables de la pérdida de los vínculos sociales. Nuestro mundo actual, sin fe ni ley, es una antisociedad, imposible e intolerable. No hay ninguna mano invisible aquí; los placeres del carnicero o del cervecero no convergen en mi satisfacción. Ha sido necesario para la pasión por el negocio triunfar sobre todos los demás para lograr una medida común de deseos desenfrenados. El paradigma económico ha tenido muy buen éxito en reducir nuestra perspectiva a un único punto de vista. Esto ha resultado en un reduccionismo unidimensional.

Cuando se interpreta la realización humana como únicamente el bienestar material, las diferencias entre la vida venidera, la felicidad mundana y la supervivencia física se hacen borrosas. La prometida vida venidera existía, en Occidente como en otras sociedades, en el otro mundo. La pérdida de contacto con los difuntos a medida que el respeto por nuestros antepasados declino en Occidente resultó en dar a la resurrección del cuerpo un contenido crecientemente abstracto - la eternidad abstracta del mas allá reemplazó a la inmortalidad concreta de los antepasados. Con la muerte subsecuente de Dios en nuestro propio tiempo, la vida se ha convertido en la búsqueda de un objetivo puramente secular, el de la mera supervivencia fisiológica. Las diferencias fueron virtualmente salvadas cuando el crecimiento económico elevó la supervivencia física a la altura del «bien-tener» general como se expresa en el consumo nacional.

El bien-tener apunta a la maximización de los 'objetos' -es decir, al consumo material Máximo- pero la condición de estos objetos es bastante ambigua. Porque como objetos sociales destinados para el consumo, la acumulación de productos físicos que carecen de todo uso practico tiene un significado muy limitado mas allá de cierto punto. (La acumulación de equipamiento que va a ser usado en la producción de otros bienes por supuesto tiene un significado que los bienes de consumo no tienen). El nivel de vida se mide por el nivel de consumo, incluyendo la cantidad de desecho producido. Nuestra civilización repleta de dispositivos es el resultado natural de este proceso. La abundancia lleva consigo la pérdida de su propio significado. En este diluvio de objetos, ha llegado a ser casi imposible desear algo por sí mismo, si no es ya la codiciada posesión u objeto del deseo de otros. La publicidad juega al corazón de esta mímica del deseo. Y, finalmente, la angustia de no tener nada mas que desear aumenta la ansiedad del deseo insatisfecho.

La base para evaluar la necesidad tanto fisiológica como psicológica es la utilidad. El triunfo del utilitarismo es así la condición que tiene que satisfacerse para hacer que las ambiciones como la maximización y la igualación de los niveles de vida sean concebibles. La reducción de las múltiples dimensiones de la vida a lo que es cuantificable halla su modo mas puro de expresión en el dinero y su lugar de realización en la economía de mercado. La generalización del mercado acelera su movimiento, lo que a su vez facilita su extensión. El reduccionismo utilitarista y la obsesión con el consumo hacen avanzar el crecimiento del mercado y la mercantilización creciente de grandes sectores de la vida social refuerza la perspectiva calculadora y utilitaria. El mercado revela las «preferencias» de vendedores y compradores y provee así la medida, de otra manera imposible, de lo que es útil. Logra, según los economistas, lo «bueno» y el «bien», el mejor uso que puede hacerse de los factores de producción disponibles. Los ciudadanos, habiéndose convertido en agentes de la maquina económica, acaban por creer en ella. Así el gran mito de la modernidad es capaz de ganar terreno, ofreciendo la promesa de que todos y cada uno se enriquecerán a través del progreso de la organización económica, la ciencia y la tecnología, y que, sobre y por encima de todo esto, la acumulación de riquezas sera infinita.

«La acumulación norteamericana de riquezas», escribe Bertrand de Jouvenel, «esta' convirtiéndose, por decir así, en el cuento de hadas de la edad moderna» 11. Calcula que, con la casi duplicación del nivel de vida cada diez años, una meta generalmente propuesta, el resultado asciende a un incremento de !867 veces en un solo siglo!

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Puntos Ciegos

La occidentalización del mundo no ha creado de ninguna manera una igualación universal de los niveles de vida. En cambio, ha impuesto el concepto de nivel de vida como la categoría dominante para percibir la realidad social (y por lo tanto el subdesarrollo) y ha hecho al incremento de los niveles de vida una obligación moral para los conductores de las naciones emergentes.

Se ha demostrado frecuentemente cómo el traslado de medidas estadísticas al Tercer Mundo nos descarría. «El trabajador desempleado en los barrios pobres de Caracas», escribe Jean Chesneaux, «descubre con asombro que disfruta de un nivel de vida definido en términos de PBI que es digno de envidia. No menos asombrado, el pescador en Samoa quien vive completamente cómodo en relativa autosuficiencia, aprende que, en términos de PNB, es uno de los habitantes mas pobres del planeta.»12

El primer caso ilustra cómo una distribución desigual de la riqueza elimina todo significado de la cifra de un promedio, mientras el segundo ejemplo revela el absurdo de la comparación internacional de índices cuando los estilos de vida son muy diferentes y de hecho no comparables. La economía política no ha sido capaz de construir una teoría satisfactoria del valor objetivo de todas las cosas, haciendo así imposible proceder a una evaluación y una agregación de utilidades objetivas. Estas son subjetivas y por naturaleza mutuamente incomunicables (el problema de la ausencia de puente). Recordatorios constantes sobre los límites de la contabilidad nacional no parecen haber tenido ningún impacto. Ademas, las divisiones que yacen en la raíz de la contabilidad social son tan arbitrarias, aun en las sociedades industrializadas, que bordea lo absurdo aplicarlos fuera de estas sociedades desarrolladas al Tercer Mundo.

Estadísticos competentes han puesto énfasis siempre en los límites de su enfoque, 13 pero en la practica estas palabras de precaución no han servido para ningún propósito, porque el reduccionismo cuantitativo se ha atrincherado en la lógica de la modernidad y el espíritu de los tiempos no puede ser contenido con advertencias. No obstante debemos recordarnos algunos de los absurdos involucrados.

El nivel de vida se mide por el volumen de bienes y servicios consumidos por los habitantes. Sin embargo, sólo los bienes y servicios regularmente intercambiados en el mercado entran en este calculo, y lo hacen aun cuando no sean el objeto de un intercambio genuino. Como resultado, aspectos importantes de la calidad de vida no son tenidos en cuenta. Inversamente, aquellas cosas que «consumimos» que implican una degradación en la calidad de vida son valoradas y consideradas como contribuciones positivas.

«La medida del consumo», escribe Bertrand de Jouvenel, «no es otra cosa que una medida de bienes y servicios que se obtienen de empresas a través de individuos privados y que son sujetos de pago. Esta claro que esta medida omite: (1) los servicios prestados por los poderes públicos; (2) los bienes y servicios libres; (3) los gastos externos causados por transformaciones en la economía.14 La medida es por esta razón absolutamente inadecuada como un indicador del nivel de vida. No están considerados, por ejemplo, los servicios prestados por las madres a sus hijos, sin los cuales, por supuesto, ¡no habría economía del todo! El trabajo doméstico en el hogar impago, que en los países desarrollados queda oculto de las cuentas nacionales oficiales, constituye una parte grande de la economía informal. Para.Gran Bretaña, Colin Clark calculó en 1968 el valor del trabajo libre en la casa (calculado en términos de valores del PNB de 1871) como ascendente al 50 por ciento del PNB de 1956.15

Por otro lado, e igualmente subversivo de las cuentas nacionales como espejo exacto de la realidad económica, un incremento del consumo de combustible debido a la congestión del trafico y un incremento de las distancias de viaje entre el hogar y el trabajo se traduce en un incremento de nuestro consumo de transporte y, en consecuencia, ¡en una elevación en el nivel de vida! Como de Jouvenel lo expresó:

En los Estados Unidos el consumo de alimentos per capita medido en precios constantes aumento en 75% desde 1909 a 1957. Sin embargo, según los cálculos del Departamento de Agricultura, el incremento en el consumo fisiológico fue a lo más de 12 a 15%. Así, según el análisis de Kuznets, por lo menos cuatro quintos del aparente crecimiento en consumo de alimentos es debido, en efecto, a un incremento en los costos del transporte y la distribución de comestibles a los centros urbanos.'16

La exclusión del valor de los bienes materiales cuando son consumidos en cantidades pequeñas, y la practica inversa de tener en cuenta los enormes gastos requeridos para reparar la degradación, o para compensarla, introducen otras distorsiones considerables. «Según nuestra manera de contar», observa de Jouvenel con humor, «nos enriqueceríamos convirtiendo a las Tullerías en un parque de estacionamiento y a la Catedral de Notre Dame en un edificio de oficinas.» 17

Si, como resultado de esta noción particular de cuentas nacionales, que representa una particular interpretación occidental de la realidad, los países subdesarrollados parecen ser pobres en términos de aquellas cosas que juzgamos nos hace ricos, son (y fueron) infinitamente mas ricos en aquellas cosas en que ahora somos pobres. Tienen a su disposición bienes y servicios que no son mensurables o son subvalorados, que ahora se están haciendo frágiles - el espacio abierto, el calor de los trópicos, el ocio, la solidaridad, y así sucesivamente. Por las normas prevalecientes del sistema mundial, su poder adquisitivo, que es representativo de su poder en términos generales, es infinitamente mas pequeño. Pero, entonces, sólo las porciones occidentalizadas de su realidad socioeconómica están siendo medidas.

En la raíz del paternalismo de las agencias internacionales relacionadas con el Tercer Mundo descansa un aterrador etnocentrismo. Si buscamos un verdadero y genuino internacionalismo o universalismo, sería necesario invitar a «expertos» de las ultimas regiones «primitivas» del mundo que quedan, para bosquejar una lista de las deficiencias que nosotros, las personas de los países desarrollados, sufrimos -soledad, depresión, tensión, neurosis, inseguridad, violencia, y así sucesivamente.

Tales consideraciones, no importa cuan convincentes, no desafían fundamentalmente, sin embargo, los sólidos fundamentos del reduccionismo económico. Pero sirven para abogar por la sabiduría de una cierta prudencia - algo que se ha ignorado en gran medida hoy.

Sin embargo, los economistas tempranos, buscando determinar la esencia del acto económico tras las apariencias del mercado, lucharon extensamente con la naturaleza paradójica de las categorías económicas. Thomas Malthus habló de su perplejidad:

¿Si el esfuerzo que produce una canción, pagado o no, es trabajo productivo, por qué excluir el esfuerzo que produce el resultado mas valioso de una instructiva y agradable conversación ? ¿Por qué excluir los esfuerzos necesarios para disciplinar nuestras pasiones y llegar a ser obedientes a todas las leyes de Dios y del hombre, el mas preciado de todos los trabajos ? ¿Por qué, en verdad, excluir cualquier esfuerzo, cuyo objeto es obtener felicidad o evitar pena, presente o futura? Y aun bajo esta descripción pueden comprenderse los esfuerzos de cada ser humano durante cada momento de su existencia.'18

En verdad, ¿por qué la danza que se escenifica para pedir a los espíritus una rica cosecha no se considera trabajo? ¿Por qué no considerar el tom-tom que se toca al lado de la fogata de campamento como la producción de servicios de ocio o las caricias de una esposa como parte del consumo nacional? ¿No es el uso de un vehículo personal la producción de un servicio de transporte? ¿No es su compra una inversión? ¿No es el trabajo gastado por el obrero en una fabrica el consumo de energía acumulada - es decir, capital?

Todas las distinciones conceptuales se quiebran y los supuestos y certezas fáciles se desvanecen en cuanto uno se libera de los tabúes que dominan a la tribu de economistas y estadísticos. Malthus y los economistas que lo siguieron y se sienten confusos no tienen otra alternativa que refugiarse en el sentido comun. Este sentido comun interpreta las practicas del mercado europeo sobre la base de un prejuicio bien establecido. Simplemente la imaginación occidental ha inventado este sistema de clasificación. De aquí las nociones particulares, específicas a las percepciones culturales occidentales, de ausencia de trabajo (en el sentido moderno) sin la ética protestante; ausencia de producción sin los mitos de la naturaleza, la necesidad, la escasez y una concepción de la materia prestada de la física del siglo dieciocho; ausencia de consumo sin el mercado generalizado. De la variedad infinita de la actividad humana, la distinción hecha entre gestos productivos y gratuitos por un lado y entre el objeto producido y el consumido por el otro, se basa enteramente en valores culturales particulares. Criar un animal, un perro o una vaca por ejemplo, puede considerarse como inversión, producción o consumo, dependiendo del habitat del animal y si se le piensa usar para cazar, arar, proveer carne, desfilar, o mostrar afecto.

Las categorías contables actualmente dominantes representan una forma radical de imperialismo cultural. No es sólo que la felicidad y el gozo de vivir en los paises del Tercer Mundo se reduce al despreciable nivel de PNB per capita por esta carnicería estadística impuesta globalmente, sino que la realidad misma de otras diversas artes de vivir es despreciada y malentendida en su riqueza y sus potencialidades.

Como notó Ivan Illich: «Hasta ahora todos los esfuerzos por sustituir una mercancía universal por un valor local no ha resultado en igualdad sino en una modernización jerárquica de la pobreza»,19 en otras palabras, miseria y desamparo.

Paradójicamente, la fascinación con la elevación del nivel de vida a menudo es mas grande entre las poblaciones del Tercer Mundo que en Occidente. La razón de esto es fácil de entender. Neófitos como son en el culto de los dioses de la modernidad, los estratos sociales desarraigados de estas sociedades se esfuerzan por alcanzar la vida moderna. Ven en el incremento de su ingreso monetario su único medio para ascender de condición social. Los occidentales, o por lo menos algunos entre nosotros, ya hemos tenido la oportunidad de adquirir una cierta distancia, que nos permite tener dudas y alguna sabiduría nueva. Hemos llegado a ser mas conscientes de las limitaciones del crecimiento. Estamos empezando a aprender a apreciar ciertos valores tradicionales o a inventar un «posmodernismo» antiutilitario.

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Múltiples Rostros de la Riqueza

Con todos los bien intencionados esfuerzos para medir el nivel de vida en el Tercer Mundo y remolcarlo a niveles superiores, se ha organizado una farsa trágica. Realizar el bienestar ha contribuido crecientemente a la misma negación de ser. La riqueza del «otro» no sólo ha sido denigrada (incluso en la mirada del otro), sino que sus mismos cimientos han sido destruidos. Riqueza y pobreza son claramente conceptos relativos. Lo que quieren decir varía según lo que una cultura define como sus puntos de referencia y cómo modela su realidad.

De acuerdo al etnogeógrafo Joel Bonnemaison, una de las islas en las Nuevas Hébridas llamada Tanna «es África y pobre al mismo tiempo, según la interpretación que se adopte. Sus pueblos viven en una cierta abundancia si son vistos en el contexto de su ambiente tradicional, pero parecen «proletarios» si se ven desde una perspectiva socioeconómica importada.»20 Todos los valores que no logran pasar el filtro de la utilidad cuantificable, que son ajenos a una vida «dolarizada», bajan de categoria. Como resultado, sus practicas, excluidas de la definición de nivel de vida, tienden a desaparecer. Esto sucede con el ideal del heroísmo que en sociedades guerreras es mas altamente apreciado que cualquier riqueza. Esto es cierto también de la solidaridad comunal, aquel verdadero hallazgo social por el cual mucho del Tercer Mundo continua viviendo contra toda lógica económica. Por ejemplo, practicas como el despliegue ostentoso, los desfiles llenos de colorido, los desafíos rituales y las varias formas de goce sensual que enriquecen la vida social están ahora en el proceso de perder su significado. ¿Qué sentido tiene una elevación en el nivel de vida para una sociedad nómada en el desierto que aspira a la levedad y a la frugalidad?

En efecto, la obsesión con el nivel de vida y su incremento ha causado un empobrecimiento sin precedentes de la vida por haber abandonado algunas de sus principales dimensiones. La muerte, por ejemplo, ha sido violentamente muerta. Se ha convertido en un simple fracaso de la empresa humana, una pérdida inevitable que se registra en la hoja de balance.

En muchas sociedades anteriores, la riqueza se consideró un regalo legado por los difuntos. La riqueza material no se estimó como un medio de acumulación, sino como una prueba de que los vivos reconocen su deuda con los difuntos. Hoy, sin embargo, se ve lo muerto meramente como lo que ha sido excluido del dominio de la economia y anulado del registro comercial de lo viviente. La pérdida de lo que quiere decir la muerte es quizás la fuente mayor de empobrecimiento del hombre moderno. Ya no hay un precio para comprar la paz. El occidental esta condenado a vivir su muerte como un fracaso y a amortiguar su vida con el fin de aliviar la pena y olvidar el absurdo final.

En forma similar, la enfermedad y la edad son vistas también como fracasos parciales en Occidente. Es parte de los tesoros ocultos de las sociedades en el Tercer Mundo, sin embargo, que aun conserven actitudes diferentes hacia los ancianos y los enfermos. La enfermedad y la vejez no son consideradas como calamidades naturales que separan al individuo del mundo de lo viviente y que deben de tratarse en aislamiento, verguenza y culpa. Pueden ser fuente de conflicto trágico si la causa se atribuye a brujería, pero son también fuentes de enriquecimiento personal y social. El sufrimiento ha llegado a ser solo insoportable e intolerable en Occidente porque ya no tiene significado. El hecho que el dolor es inherente a la condición humana, y quizás necesaria, pone en relieve la magnitud en que su rechazo y trivialización contribuye a nuestro empobrecimiento.

Este empobrecimiento culmina en el desprecio occidental por la pobreza. La mayoría de las culturas honran a sus pobres. Los muy admirados griegos antiguos gozaron tanto su ocio como sus magros recursos; fue en estas condiciones que su cultura floreció. Igual en Occidente, hasta el siglo dieciocho la pobreza no fue vista necesariamente como una desgracia. «Los pobres», escribe Alain Caille «no eran todos personas pobres, por lo menos en términos de derechos». Y agrega: «¿ Quién puede hacer creer hoy en un hombre feliz sin una camisa? Nadie. Y con buena razón porque alguien sin una camisa no puede tener ninguna otra condición que la de un fracasado».21

La frugalidad y la austeridad no son defectos ni infortunios. Son aun en ocasiones signos de elección divina. El voto de pobreza testifica el deseo de la santidad. Según los estoicos, la riqueza verdadera consiste en limitar los deseos. La mayoría de la escuelas de sabiduría, y en particular el Budismo que aun prospera, define la adquisición de autoconciencia como la meta de la existencia y estima la moderación en el placer y la atención a un equilibrio entre valores diferentes y nunca la acumulación ilimitada de un único valor, como los secretos para una vida feliz. La privación material, que tomamos como el criterio único que hace una pobreza deshonrosa, es frecuentemente no mas que un aspecto menor junto a otras clases de privaciones en las sociedades tradicionales. Para los sereres, como para muchos otros, es la soledad lo que hace la verdadera miseria. «La pobreza no es cuestión de falta de ropa, el que es verdaderamente pobre es quien no tiene a nadie», afirma un proverbio serere.

Todas las sociedades tienen un concepto de la riqueza y este concepto se refleja mas a menudo por indicadores tangibles. Incluye todos los objetos naturales o hechos por el hombre y todas las acciones y creaciones culturales (nombres, bailes, cantos) accesibles a la apropiación individual o colectiva. La posesión de estos valores confiere una condición, un prestigio y un poder. Si estas «riquezas» son capaces de traducirse en términos monetarios a través del contacto con Occidente, es porque las personas se dan cuenta que el dinero en nuestro mundo tiene el lugar de sus riquezas. Sus riquezas, sin embargo, no engendran una pobreza deshonrosa ni miseria. El fracaso, que es hoy tan evidente, del desarrollo, de la modernidad y de la occidentalización, abre la oportunidad a examinar con gran escepticismo los aspectos fantasmales de este objeto fetichista, el nivel de vida y a redescubrir la multidimensionalidad de la vida. Porque el concepto de nivel de vida se ha impuesto con la fuerza de una certeza mas allá de toda critica y ha llegado a inscribirse en la lógica de la modernidad. El universalismo de este concepto es tan engañoso como el de Occidente y sus promesas son tan ilusorias como las del desarrollo.

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Referencias

1. Harry S. Truman, Mensaje al Congreso sobre el Punto Cuarto, 24 junio 1949.

2. Jean Fourastie, «Nivel de Vida», en Jean Romoeuf, Dictionnaire des Sciences Economiques (Diccionario de Ciencias Económicas), Paris: PUF,1958, p.800 y «genre de vie» (género de vida, ibid, p. 571.

3. Bertrand de Jouvenel, Arcadie: Essai sur le mieux vivre (Arcadia: Ensayo sobre la vida mejor), Paris: Sedeis, 1968, p. 170.

4. Pacto de la Liga de Naciones (28 junio 1919), Artículo 22.

5. Carl Brinkmann, «standards of living» (niveles de vida), en Encyclopedia of the Social Sciences (Enciclopedia de las Ciencias Sociales), Londres, 1934, pp. 3224.

6. J. Davis, «standards and contents of living» (niveles y contenido de vida), The American Economic Review, Marzo 1945, pp. I - 15.

7. Robert McNamara, Discurso a la Junta de Gobernadores, Banco Mundial, Nairobi, 24 setiembre 1973, p. 12.

8. United Nations, Report on International Definition and Measurement of Standards and Levels of Living (Informe sobre la Definición y Medición Internacional de Patrones y Niveles de Vida), Doc. E.CN 51299, 1954.

9. Truman, op. cit., J. F. Kennedy, Discurso de Investidura, 20 enero 1961.

10. Ivan lllich, Shadow Work (Trabajo Sombra), Londres: Boyars, 1981, p. 64.

11. Bertrand de Jouvenel, op. cit., p. 132.

12. J. Chesneaux, La modernité monde (La Modernidad Mundo), Paris: La
Decouverte, 1989, p. 64.

13. Véase, en particular, los Studies in Income and Wealth of the N. N. B.: Problems in the International Comparison of Economic Accounts (Estudios en Ingreso y Riqueza de los N. N. B.: Problemas en la Comparación Internacional de las Cuentas Económicas), Vol. XX.

14. B. de Jouvenel, op. cit., p. 178.

15. Colin Clark, «The Economics of Housework» (La Economia del Trabajo Doméstico), Bulletin of the Oxford Institute of Statistics, Vol. XX, No. 2, Mayo 1958, citado por B. de Jouvenel, op. cit., p. 178 ss.

16. Ibid.

17. Ibid., p. 267.

18. Thomas Malthus, Principles of Political Economy (Principios de Economia Política), Londres: 1820, p. 42.

19. 1. Illich, op. cit., p. 4.

20. 1. Bonnemaison, La dernière île (La Ultima Isla), Arlea Orstom, 1986, p. 157.

21. A. Caillé, Critique de la raison utilitaire (Critica de la razón utilitaria), Paris: La Decouverte, 1988, p. 118.

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Bibliografía

La definición clásica de patrones de vida, conjuntamente con una metodología de medición, puede encontrarse en United Nations, Report on International Definition and Measurement of Standards and Levels of Living (Informe sobre la Definición y Medición Internacional de Patrones y Niveles de Vida), Doc. E.CN 5/ 299, 1954. Estas definiciones han sido adoptadas posteriormente en la mayoría de los paises. Con respecto a Francia, por ejemplo véase Jean Fourastie, «Nivel de Vida» en Jean Romoeuf, Dictionnaire des Sciences Economigues (Diccionario de Ciencias Económicas), Paris: PUF,1958. Fue en 1940 que C. Clark, The Conditions of Economic Progress (Las Condiciones del Progreso Económico), Londres: Macmillan, 1940, ofreció la primera comparación internacional de ingresos nacionales. Información adicional sobre la historia del concepto puede obtenerse de C. Brinkmann, «standards of living» (niveles de vida), en Encyclopedia of the Social Sciences (Enciclopedia de las Ciencias Sociales), Londres, 1934 y J. Davis, «standards and contents of living» (niveles y contenido de vida), The American Economic Review, Marzo 1945, pp. 1-15, mientras que H. W. Arndt, The Rise and Fall of Economic Growth: A Study of Contemporary Thought (El Ascenso y la Caída del Crecimiento Económico: Un Estudio del Pensamiento Contemporáneo), Chicago: University of Chicago Press, 1984, presenta una historia mas amplia de la idea que el crecimiento es un objetivo de política.

Numerosos autores han resaltado el sesgo sistemático construido en el concepto y en los métodos de medición. Los ensayos de B. de Jouvenel, Arcadie: Essai sur le mieux vivre (Arcadia: Ensayo sobre la vida mejor), Paris: Sedeis, 1968, son bastante antiguos pero insuperados en su lucidez y pertinencia. Su critica, aunque con la intención de ser constructiva, es precisa y radical; debo mucho a este autor. A. Sen, Standard of Living (Nivel de Vida), Cambridge: Cambridge University Press, 1987, analiza las tensiones y contradicciones entre el placer, la felicidad, el bienestar y el nivel de vida, discutiendo la posibilidad de expresarlas en términos económicos. En el mismo libro K. Hart, «Commoditization and the Standard of Living» (Mercantilización y el Nivel de Vida) muestra la insuficiencia del concepto mediante la comparación de las condiciones en Africa Occidental con Gran Bretaña. Probablemente la critica mejor documentada, desde un punto de vista ecológico, enfocando en los gastos correctivos necesarios para paliar el costo del progreso, ha sido escrita por Ch. Leipert, Die heimlichen Kosten des Fortschritts (Los Costos Ocultos del Progreso), Frankfurt: Fischer, 1989.

Sorprendentemente, los fundadores de la economia mostraron una clara conciencia de los limites de aquellas categorías económicas que se han diseñado para definir y medir niveles de riqueza. Aparte de las observaciones de A. Smith, J. B. Say, D. Ricardo y J. C. de Sismondi, encontré muy reveladoras las reflexiones de Th. Malthus, Principles of Political Economy (Principios de Economia Política), Londres: 1820, las primeras dos partes. Mientras estas dudas han sido enteramente consignadas al olvido por los economistas, ellas emergen una y otra vez en el trabajo de los antropólogos. Por ejemplo, M. Sahlins, Stone Age Economics (Economia de la Edad de Piedra), Chicago: University of Chicago Press, 1972, rechaza la sabiduría recibida que las sociedades primitivas vivieron en permanente escasez o que, en alguna forma, las sociedades preindustriales tenían un nivel de vida bajo. En Culture and Practical Reason (Cultura y Razón Practica), Chicago: University of Chicago Press, 1976, él revela las certidumbres utilitarias ocultas de nuestra visión del mundo que conduce a esos prejuicios. La colección de K. Polanyi y C. Arensberg, Trade and Market in the Early Empires (Comercio y Mercado en los Imperios Tempranos, Nueva York: Free Press, 1957, ilustra excelentemente los limites históricos de las categorías económicas. La revista trimestral Revue du MAUSS, publicada por Editions La Decouverte, I place Paul Pailevé, Paris, tiene como objetivo cuestionar la base utilitaria economicista de las ciencias sociales y de la vida moderna e intenta desarrollar una perspectiva noutilitaria alternativa. A. Caillé, Critique de la raison utilitaire (Critica de la razón utilitaria), Paris: La Decouverte, 1988, ha presentado una síntesis de este programa. Finalmente, mi «Si la misère n'existait pas, il faudrait l'inventer» (Si la miseria no existiera, haría falta inventarla) en G. Rist y F. Sabelli (eds.), ll était une fois le dévéloppement (Era una vez el desarrollo), Lausana: Editions d'en bas, 1986, complementa las consideraciones presentes exponiendo la función de la miseria en la conciencia contemporánea.

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