W. SACHS (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú, 1996 (primera edición en inglés en 1992), 399 pp.

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UN MUNDO

Wolfgang Sachs

En la actualidad se hablan aproximadamente unas 5,100 lenguas en el mundo. Poco menos del 99 por ciento de ellas son nativas de Asia y Africa, el Pacifico y de los continentes americanos, mientras que sólo el 1 por ciento tiene origen en Europa. En Nigeria, por ejemplo, se han registrado mas de 400 lenguas; en la India 1,682; y hasta la diminuta Centroamérica se jacta de tener 260. 1 Un gran número de estas lenguas se aferran a remotos lugares. Ellas se esconden en aislados valles montañosos, lejanas islas e inaccesibles desiertos. Otras gobiernan continentes enteros y conectan a diferentes pueblos en un vasto universo. Tomadas en conjunto, una multitud de mundos lingüísticos, grandes y pequeños cubren el globo como una cubrecama hecha de retazos. Sin embargo, muchos indicadores sugieren que, dentro de una generación o dos, sobrevivirán no mas de 100 de estas lenguas.

Las lenguas están muriendo tan rápidamente como las especies. Mientras en el último caso, las plantas y los animales desaparecen de la historia de la naturaleza para no volverse a ver, con la extinción de las lenguas, culturas enteras están desapareciendo de la historia de la civilización para nunca volver a ser vividas, puesto que cada lengua tiene su propia manera de percibir al hombre y a la naturaleza, de experimentar alegrías y tristezas y de encontrar sentido en el flujo de los eventos. Rezar o amar, soñar o razonar, evoca cosas distintas cuando se hace en farsi, alemán o zapoteca. Exactamente como ciertas plantas y animales tienen la responsabilidad del mantenimiento de grandes ecosistemas, en la misma forma las lenguas frecuentemente portan sutiles culturas a lo largo del tiempo. Una vez que las especies desaparecen los ecosistemas colapsan; una vez que las lenguas mueren. las culturas desfallecen

Conjuntamente con las lenguas, concepciones íntegras de lo que significa ser humano se han evaporado durante las décadas del desarrollo desde 1950. Y aun así, la muerte de las lenguas es solamente la señal mas dramática de la evaporación de las culturas en todo el mundo. Radios a transistor y «Dallas», consejeros agrícolas y enfermeras, el régimen del reloj y las leyes del mercado han provocado una transformación sin precedentes. Al fin y al cabo es apenas un accidente que Europa, la sede del alfabetismo así como del estado nación, tenga solo 1 por ciento de las lenguas vivientes. Cualquiera que sea la forma como la veamos, la homogeneización del mundo esta en pleno avance. Una monocultura global se esparce como una película de aceite sobre todo el planeta.

Han transcurrido cuarenta años de «desarrollo» modelado sobre el patrón de «un mundo». El resultado final de todo esto, si las apariencias no engañan, es una visión amenazante de horror: el hombre moderno completamente solo por siempre en el mundo. Ideas tales como «sociedad mundial», «mercado mundial unificado», o hasta «responsabilidad global» han estimulado en el pasado a mentes nobles y son nuevamente propaladas hoy, aunque con un tono de mucho mayor pathos moral que hace unos cuantos años. Pero su inocencia en una edad de evaporación cultural esta ahora manchada.

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Una humanidad

Hay una placa de bronce en el Hotel Fairmont, en la Plaza Unión de San Francisco, que recuerda al transeúnte que fue allí que el 4 de mayo de 1945 se signó el inicio de una esperanza global. En la habitación 210, los delegados de 46 paises acordaron el texto de la Carta de las Naciones Unidas. La Alemania de Hitler había sido finalmente vencida y ya vencía el plazo del Japón. La Carta promulgaba aquellos principios diseñados para anunciar una nueva era de paz. No habría mas guerras ni egoísmos nacionales. ¡Lo que contaba era el entendimiento internacional y la unidad de la especie humana! Tras devastadores conflictos, ofrecía la perspectiva de la paz universal, haciendo eco a la promesa de la Liga de las Naciones en 1919, pero apuntando mucho mas lejos que a un mero sistema de seguridad.

La Carta, en efecto, concebía la paz no solamente como la regulación no violenta de los conflictos, sino como el resultado de un salto global hacia adelante. La violencia se desata cuando el progreso es bloqueado. Esta era la conclusión que las potencias victoriosas sacaban de la experiencia pasada de depresión económica y del totalitarismo consiguiente. En consecuencia, en el preámbulo de la Carta, las Naciones Unidas anunciaban solemnemente la determinación de «promover el progreso social y el mejoramiento de los niveles de vida en una libertad mayor... y emplear la maquinaria internacional para la promoción del avance económico y social de todos los pueblos»2. Los delegados presentes en la habitación 210 no fueron tímidos en su visión. A sus ojos, austriacos y australianos así como zulúes y zapotecos compartían la misma aspiración de «progreso social y mejores niveles de vida en una mayor libertad». Las historias del mundo eran vistas como convergentes en una sola historia, que tenía una dirección y las Naciones Unidas eran vistas como un motor que impulsaba a los paises menos avanzados a moverse hacia adelante. El proyecto de proscribir la violencia y la guerra de la faz de la tierra estaba claramente vinculado con la visión de la humanidad marchando hacia adelante y hacia arriba siguiendo la ruta del progreso. Humanidad, progreso y paz han sido las piedras angulares conceptuales para levantar el extenso edificio de las organizaciones de las Naciones Unidas. La idea de que tanto la humanidad como la paz se realizan mediante el progreso/desarrollo es la expectativa construida en su estructura. La misión de las Naciones Unidas depende de la fe en el progreso.

La Carta de las Naciones Unidas apela a ideas que habían tomado forma durante la Ilustración europea. En los tiempos de Voltaire, la potencia unificadora y ecuménica de la cristiandad se había debilitado y dado paso a la «humanidad» como el concepto colectivo dominante. Desde que el Apóstol San Pablo había quebrantado la validez de las distinciones mundanas ante el don divino de la salvación, había llegado a ser concebible el pensar a todos los seres humanos como ubicados en un mismo plano. La Ilustración secularizaba esta herencia y la convirtió en un credo humanista. Ni la clase ni el sexo, ni la religión ni la raza contaban ante la naturaleza humana, así como no contaban ante Dios. De esta manera, la universalidad de la calidad de hijo de Dios fue reformulada como la universalidad de la dignidad humana. A partir de entonces, «humanidad» devino en comun denominador que unía a los pueblos, haciendo perder significación a las diferencias de color de la piel, de creencias y de costumbres sociales.

Pero «humanidad» para la Ilustración no era precisamente un concepto empírico referente a los habitantes del planeta; tenía una flecha temporal incorporada. En efecto, «humanidad» era algo por venir, una tarea por ser realizada a medida que el hombre se moviera en el camino del progreso, desprendiéndose paulatinamente de las ataduras de la autoridad y de la superstición hasta que reinaran la autonomía y la razón. En la perspectiva de la Ilustración no tenían mucha importancia ni las raices sociales ni los compromisos religiosos. La intención utópica apuntaba a un mundo de individuos que sólo siguen la voz de la razón. En este sentido la utopia de la humanidad estaba poblada de seres humanos extraídos de sus historias del pasado, desconectados del contexto de sus lugares y desprendidos de los lazos de sus comunidades y unidos mas bien bajo el imperio de la ciencia, del mercado y del estado. Hume y Kant veían a la humanidad como algo por alcanzar diseminando los valores universales de la civilización y atrayendo cada vez un numero mayor de personas a la vía del progreso. La humanidad era el resultado de llegar a ser moderno. La idea de la unidad en la Ilustración no puede ser separada de la hipótesis de que la historia se mueve siempre hacia el dominio de la razón universal. Era una de esas ideas, típica de ese periodo, que estaba preñada de un futuro infinito.

Sin embargo, el ascenso de la humanidad de ninguna manera borraba la imagen del Otro en el pensamiento europeo. Así como los cristianos tenían sus paganos, los filósofos de la Ilustración tenían sus salvajes. Ambas figuras daban cuerpo a la negación de lo que las respectivas sociedades tenían como representación de sf mismas. Los paganos eran aquellos que estaban fuera del Reino de Dios, mientras que los salvajes vivían fuera del reino de la civilización. Pero había una diferencia crucial. Mientras para los cristianos los paganos vivían en áreas geográficamente remotas, para la Ilustración los salvajes poblaban un estadio infantil de la historia. La Europa de la Ilustración ya no se sentía separada del Otro especialmente, sino cronológicamente. De hecho, la existencia de pueblos extraños como los iroqueses, los asantes o los bengalíes en los bordes de la civilización (europea) contradecía la idea misma de una humanidad única. Pero la contradicción fue resuelta interpretando la multiplicidad de culturas en el espacio como una sucesión de estadios en el tiempo. Así el «salvaje» fue definido como alguien que crecería y entraría en la etapa de la civilización. El «salvaje», aunque viviera ahora, recibía la condición de niño en la biografía de la humanidad, un Niño que aun no estaba completamente maduro y tenía necesidad de ser guiado por un padre fuerte.

En el preámbulo de la Declaración de las Naciones Unidas, la búsqueda de la paz estaba ligada estrechamente a la esperanza del avance de los pueblos en todo el planeta. Hacia fines del siglo XVIII la noción tradicional que la paz seria el fruto de la justicia había perdido sustento. Ella dio lugar a la expectativa de que la paz seria resultado de la reunión de la humanidad bajo los logros de la civilización. La razón y la libertad vencerían al prejuicio y a la estrechez mental y nacería la era de la armonía. Paz, progreso y humanidad eran para la Ilustración nada menos que los diferentes rostros de un futuro escatológico por venir. La creencia en que la humanidad puede ser mejorada ha impulsado la acción política desde Voltaire hasta nuestros propios días.

La filosofía que subyace a la Declaración de las Naciones Unidas tiene poco sentido sin la visión de la historia como el camino real del progreso al cual convergen todos los pueblos. La concepción de lograr «un mundo» estimulando el progreso en todas partes delata el sesgo evolucionario. Inevitablemente reclama la absorción de las diferencias en el mundo en un universalismo a-histórico y deslocalizado de origen europeo. La unidad del mundo se realiza mediante su occidentalización. A mediados del siglo XX el término «subdesarrollado» ha tomado el lugar de «salvaje». El desempeño económico ha reemplazado a la razón como una medida del hombre. Sin embargo, el ordenamiento de los conceptos permanece igual -la sociedad mundial debe ser lograda mediante el mejoramiento de los retrasados. Y ligar indisolublemente la esperanza de la paz a este magno esfuerzo conduce a un dilema trágico - la búsqueda de la paz implica la aniquilación de la diversidad, mientras que la búsqueda de la diversidad implica la irrupción de la violencia. El dilema no es soluble sin desligar paz de progreso y progreso de paz.

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Un mercado

Hoy parece algo extraño, pero tanto los padres fundadores de las Naciones Unidas como los arquitectos de la política internacional de desarrollo, fueron inspirados por la visión de que la globalización de las relaciones de mercado serian la garantía de la paz en el mundo. La prosperidad, así decía el argumento, deriva del intercambio; el intercambio crea intereses mutuos y los intereses mutuos inhiben la agresión. En lugar de la violencia, el espíritu del comercio debía reinar en todas partes. En vez de la potencia bélica, la potencia productiva seria decisiva en la competencia entre naciones. La unidad del mundo, se pensaba, podía basarse sólo en una red de amplio alcance y estrechamente interconectada, de relaciones económicas. Y donde las mercancías estuvieran circulando, las armas serian silenciadas.

Con una ingenuidad difícilmente distinguible del engañó, los profetas del desarrollo mejoraron una utopia imaginada en el siglo XVIII, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubieran aparecido en la escena ni el capitalismo ni el imperialismo. Según Montesquieu, la Ilustración había descubierto el comercio como un medio para refinar los modales toscos. Desde este punto de vista, el comercio difundiría el calculo racional y el frío interés propio, precisamente aquellas actitudes que hacen aparecer a las pasiones por la guerra y a los caprichos de los tiranos como autodestructivos. El comercio crea dependencia y la dependencia amansa. Esta es la lógica que viene desde Montesquieu pasando por las Naciones Unidas hasta la actual integración de Europa Oriental y de la Unión Soviética desde el colapso del socialismo burocrático en ella tras los disturbios de 1989. Y en verdad, como sugieren la Comunidad Europea y la Pax Americana luego de la Segunda Guerra Mundial, los dominios económicos han reemplazado en gran medida a los dominios militares. La conquista de territorios extranjeros por estados belicosos ha dado paso a la conquista de los mercados extranjeros por industrias en búsqueda de ganancias. El orden global tras la Segunda Guerra Mundial fue concebido en términos de un mercado mundial unificado.

Una de las virtudes mas encomiadas del mercado mundial es la creciente interdependencia. Supone que la red de intereses creada enlaza a las naciones entre si, para mejor o para peor. Desde esa perspectiva, el Informe Pearson exhortaba a las naciones industrializadas en 1969:

Hay también la atracción del interés propio iluminado y constructivo... La mas completa utilización de los recursos del mundo, humanos y físicos, que puede alcanzarse solamente por la cooperación internacional, ayuda no solamente a aquellos paises ahora económicamente débiles, sino también a aquellos fuertes y opulentos 3.

Diez años después, esta fe en el poder unificador del interés mutuo era reiterado en el Informe Brandt:

Quien desea la tajada mas grande del pastel económico internacional no puede seriamente querer que éste decrezca. Los paises en desarrollo no pueden ignorar la salud económica de los paises industrializados 4.

Pero la ideología de los intereses mutuos no puede ocultar su mayor falacia por mucho tiempo - el juego de estos intereses tiene lugar bajo términos inequitativos. La doctrina de las ventajas comparativas de los economistas sostenía que el bienestar general se incrementaría si cada nación se especializaba haciendo cosas para las cuales la naturaleza y la historia la habían hecho mas eficiente - azúcar de Costa Rica, por ejemplo, a cambio de productos farmacéuticos de Holanda. Pero la falla en este razonamiento esta en que, en el largo plazo, el país que vende los productos mas complejos crecerá mas y mas fuerte, porque sera capaz de internalizar los efectos secundarios de la producción sofisticada. ¡Los productos farmacéuticos estimulan la investigación y una multitud de tecnologías, mientras que el azúcar no puede hacerlo! El mutuo interés invocado en el comercio libre termina reforzando acumulativamente a uno y debilitando progresivamente al otro. Y cuando el país mas rico aparece con innovaciones en alta tecnología que hacen obsoletos los productos del país mas débil, como cuando el azúcar natural es reemplazada por sustitutos obtenidos con la Bioingeniería, entonces el interés mutuo se desvanece al punto que el país mas débil deviene superfluo.

No obstante, aparte de sus tendencias intrínsecas a la discriminación y a la desigualdad, la obsesión por el mercado como medio de unificación para todo el mundo esta empujando rapidamente a todos los paises a un punto critico. El mercado mundial, en una época esgrimido como un arma contra el despotismo, se ha transformado en un dictador de gabinete bajo cuyo dominio tiemblan tanto ricos como pobres. El temor de perder el paso en la competencia internacional se ha apoderado de los gobiernos en el Norte y en el Sur, en el Este y en el Oeste. No perder terreno en el área económica se ha convertido en una obsesión que domina las políticas hasta el nivel local. Este imperativo dominante empuja a los paises en desarrollo mas y mas a la autoexplotación para incrementar sus exportaciones y a los paises industrializados mas y mas a la manía despilfarradora y destructiva de la producción acelerada, por la protección de sus mercados.

Lo que se destruye en esta batahola es el espacio para una política de autodeterminación. El imperativo categórico de la competencia del mercado mundial frustra repetidamente los intentos de organizar las sociedades de manera creativa y diferente. Movilizarse para la competencia significa modernizar un país; la diversidad se convierte en un obstáculo por eliminar. Algunos paises no pueden persistir en la competencia sin sacrificar aun mas de sus tierras a la agricultura de exportación; otros no pueden darse el lujo de abandonar la carrera de la alta tecnología. Difícilmente hay hoy un país que parezca capaz de controlar su propio destino. En este aspecto las diferencias entre paises son simplemente relativas: los Estados Unidos gozan de mas espacio que la India, pero se encuentran bajo presión intensa del Japón. Tanto para los ganadores como para los perdedores las exigencias del mercado global se han convertido en una pesadilla.

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Un planeta

Desde fines de los 60 otra imagen de «un mundo» ha hecho su camino en la conciencia contemporánea: el globo terráqueo en su finitud física. Compartimos en «humanidad», estamos conectados por el «mercado mundial», pero estamos condenados a un único destino porque somos habitantes de un solo planeta. Este es el mensaje transmitido por la primera fotografía de «un mundo» tomada desde el espacio exterior, la cual ha surgido irresistiblemente como el icono de nuestra época. La fotografía muestra al planeta suspendido en la vastedad del universo y marca en todos el hecho que la tierra es un solo cuerpo. Contra la oscuridad del infinito, la tierra esférica se of rece a si misma como una morada, un lugar limitado. La sensación de verse sobre ella y en su interior impacta al observador casi instantáneamente. La unidad del mundo esta ahora documentada. Se puede ver en todas partes. Nos asalta desde las pastas de los libros, las camisetas y los avisos comerciales. En la era de la televisión, las fotografías son nuestros testigos. Por primera vez en la historia, el planeta se revela en su soledad. De ahora en adelante «un mundo» significa unidad física; significa «una tierra». La unidad de la humanidad no es ya una fantasía de la Ilustración o un acto comercial sino un hecho biofisico.

No obstante, esta interconexión física aparece en relieve contra el telón de fondo de peligros que proliferan. Desde la desertificación furtiva hasta el inminente desastre climático, las ser ales de alarma se multiplican. La biosfera esta bajo ataque y amenaza con el colapso. Los actos locales tales como manejar un automóvil o talar un bosque se agregan, cuando no se multiplican, hasta producir desequilibrios globales. Ellos transforman círculos benéficos en círculos viciosos que socavan la confiabilidad de la naturaleza. Frente a incalculables desastres, voces preocupadas reclaman una coherencia política global que pueda equiparar las interconexiones biofísicas. "La Tierra es una, pero el mundo no lo es. Todos dependemos de una biosfera para sustentar nuestras vidas". Después de haber enunciado este tema conductor, el Informe Brundtland enuncia el fatídico nuevo sentido de la unidad:

Hoy la escala de nuestras intervenciones en la naturaleza esta creciendo y los efectos físicos de nuestras decisiones desbordan las fronteras nacionales. El crecimiento de la interacción económica entre las naciones amplifica las consecuencias mas amplias de las decisiones nacionales. La economía y la ecología nos ligan en redes cada vez mas estrechas. Hoy muchas regiones hacen frente a riesgos de dañó irreversible al entorno humano que amenaza la base del progreso humano 5.

El Informe Brundtland, el documento guía de la política del desarrollo a fines de la década del 80 da por descontada la unidad, pero una unidad que es ahora resultado de una amenaza.

Las cosas han cambiado mucho desde la promulgación de la Carta de las Naciones Unidas -desde la esperanza moral de una humanidad unida por la razón y el progreso, a la noción económica de paises enlazandose entre si mediante relaciones comerciales y, finalmente, al espectro de la unidad en la autodestrucción global. Lo que se acostumbraba considerar una tarea histórica -lograr la unidad de la humanidad - se revela ahora como un destino amenazante. En vez de llamamientos esperanzados, advertencias sombrías proveen el acompañamiento. F.l lema «un solo mundo o ningún mundo» capta esta experiencia. Mirada bajo esta luz, la humanidad semeja un grupo de individuos reunidos por el azar, cada quien dependiente de los otros para su propia supervivencia. Ninguno de ellos puede mover el bote sin causar que todos estemos juntos - en nuestra destrucción colectiva. Vivir sobre la Tierra, la antigua fórmula, parece haber adquirido un nuevo significado. Ya no hay mas vagabundos terrestres anhelando el Reino Eterno, sino pasajeros aferrandose atemorizados a su barco cuando éste se esta partiendo. Hablar sobre la unidad ha cesado de ofrecer promesas y por el contrario ha tomado una connotación sombría. Como fue ya anticipada por la bomba atómica, la unidad en nuestro tiempo se ha convertido en algo que finalmente puede consumarse en catástrofe.

En medio del ulular de las sirenas de las operaciones de rescate emprendidas en nombre de alguna ética de salvavidas, la presión sobre los pueblos y los paises para conformar a una disciplina de emergencia sera alta. Tan pronto se lancen estrategias mundiales para prevenir que el bote se vuelque, temas como la autonomía política o la diversidad cultural aparecerán como lujos del pasado. Frente al imperativo arrollador por «asegurar la supervivencia del planeta», la autonomía fácilmente se convierte en un valor antisocial, y la diversidad se transforma en un obstáculo para la acción colectiva. ,Se puede imaginar un motivo mas poderoso para forzar al mundo a alinearse que el de salvar al planeta? El eco-colonialismo constituye un nuevo peligro para el tapiz multicolor de culturas sobre el planeta.

Es perfectamente concebible que, frente a la creciente presión sobre la tierra, el agua, los bosques y la atmósfera, tendrán que tomarse medidas globales para reducir lo que se toma de la naturaleza así como la producción de desechos en todo el mundo. Los satélites están ya preparados para monitorear el consumo de recursos sobre el planeta, se están diseñando modelos de computadora para simular lo que ocurre y cuando y una nueva generación de expertos esta gestandose para supervisar y sincronizar la multiplicidad de gestos de la sociedad. No es el ingeniero constructor de puentes o redes de potencia quien sera el protagonista de esta nueva época como en los viejos días del desarrollo, sino el analista de sistemas.

La NASA, por ejemplo, ya concibió sus propias ideas sobre «una tierra»:

El objetivo de la ciencia sistémica de la Tierra es obtener una comprensión científica de todo el sistema Tierra en una escala global, describiendo cómo sus partes componentes y sus interacciones han evolucionado, cómo funcionan y cómo puede esperarse que continúen su evolución en todas las escalas temporales. El desafío es... desarrollar la capacidad de predecir aquellos cambios que ocurrirán en la próxima década o siglo tanto naturalmente como en respuesta a la actividad humana 6

La unicidad de la Tierra es comprendida según este paradigma en categorías sistémicas, su unidad como la interacción de partes componentes, y la tarea histórica como el evitar que los procesos vitales se desestabilicen en forma irreversible. Lo que une a los pueblos del mundo no es mas el imperio de la civilización o la interacción de la demanda y la oferta, sino su dependencia compartida en sistemas biofisicos de soporte de la vida. La metafora de la nave espacial Tierra capta con exactitud el meollo de esta manera de pensar. En consecuencia, la unidad no es buscada mas mediante la difusión del progreso o del estimulo de la productividad, sino mediante el aseguramiento de los requerimientos necesarios del sistema.

Pero los esfuerzos por contener la erosión del suelo, controlar las emisiones, regular el consumo de agua o conservar la biodiversidad, aunque hechos con la mejor de las intenciones, pondrán las actividades diarias de los pueblos bajo un nuevo tipo de escrutinio. Ni recoger lena ni abrir latas de aerosoles son ya actividades inocentes, y cómo caliente Ud. su hogar y el alimento que Ud. coma se convierten en temas de importancia global. En tal perspectiva, el mundo es percibido como un único espacio homogéneo, esta vez no constituido por la razón o por la fluctuación de los precios, sino por los macro-ciclos geofisiológicos.

Las consecuencias, sin embargo, no difieren probablemente de los efectos ya observados en el inicio del ascenso de la razón y del mercado al dominio del mundo - a saber, la lenta evaporación de las costumbres y culturas. Los cambios actuales en el lenguaje del desarrollo de «pueblo» a «poblaciones», «necesidades» a «requerimientos» y «bienestar « a «supervivencia» son indicativos de una creciente negligencia hacia las culturas en favor de la mera existencia. Cualquier cosa que haya sobrevivido al ascenso del industrialismo esta ahora en peligro de ser atrapado por el remolino de su caída.

Pero reconocer las trampas de la eco-administración global no resuelve el dilema que permanecerá con nosotros en las décadas venideras. Ambas alternativas -pensar en categorías de un mundo único así como no pensar en tales categorías- son igualmente autodestructivas. Por una parte es un sacrilegio en nuestra época de evaporación cultural el aprehender el planeta como un mundo unido, altamente integrado. Por otra parte, una visión del planeta como una multitud de mundos diferentes y débilmente conectados no puede librarnos de la idea de ecumenismo frente a la violencia emboscada y a la devastación de la naturaleza. No es sorprendente que abunden los llamados por una conciencia global. Debido a que eventos locales pueden afectar las condiciones de vida en lugares lejanos, estos llamados se proponen hacer congruente el rango de nuestras responsabilidades con el rango de nuestros efectos. Sin embargo, y aquí se presenta el dilema, la urgencia de la responsabilidad global tiende a expulsar al diablo con Belcebú -el universalismo esta siendo invocado para la salvación del presente predicamento mientras que el universalismo fue precisamente el pecado original por el cual el predicamento fue provocado.

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Espacio contra Lugar

Por siglos el universalismo ha estado en guerra con la diversidad. La ciencia, el Estado y el mercado han dominado esta campana mientras una innumerable variedad de comunidades con sus lenguas, costumbres y cosmologías, aunque algunas veces desquitandose y revigorizandose mediante la resistencia, han sido las perdedoras. Ha sido un choque desigual. No solamente los protagonistas peleaban frecuentemente con armas desiguales cuando las potencias universalistas empleaban cañones y dólares sino, mas importante aún, ellos eran desiguales en su poderío cognoscitivo.

La ciencia, el Estado y el mercado se basan en un sistema de conocimientos sobre el hombre, la sociedad y la naturaleza que pretende ser valido en todas partes y para todos. Como conocimiento que se ha despojado exitosamente de todos los vestigios de su particular origen, lugar y contexto, no pertenece a ningún sitio y puede en consecuencia penetrar en todas partes. En cierto sentido la causalidad mecanicista, la racionalidad burocrática y la ley de la oferta y la demanda son reglas que se han depurado de todo compromiso con una sociedad o cultura particular. Se debe a que están desgajadas de contextos mas amplios de orden y significado que sean tan potentes en remodelar cualquier realidad social de acuerdo con su lógica limitada pero especifica. Como consecuencia, son capaces de desestabilizar toda clase de culturas diferentes, cada una de ellas enclaustrada en su propia imaginación. Como estas culturas están conectadas a lugares particulares con sus propios pueblos, memorias y cosmologías particulares, ellas son vulnerables a un estilo mental que no esta asociado a ningún lugar, pero que se apoya en cambio en el concepto de espacio. Una manera de captar la diferencia fundamental entre universalismo y localismo es enfocar la dicotomía de espacio y lugar. Las aspiraciones universalistas están generalmente centradas en el espacio, mientras las visiones localistas del mundo están centradas principalmente en el lugar. Esta distinción ilumina tanto el ascenso del universalismo en el pasado como la tensión entre universalismo y diversidad en el presente.

En el medioevo, cuando una persona hablaba sobre «el mundo» entero, no evocaba en quienes lo escuchaban la imagen del planeta con sus muchos habitantes, sino mas bien la imagen de una tierra circundada por varias esferas o cielos en permanente rotación. La pequeña tierra estaba en el centro, sin embargo no era central. Mucho de la atención se concentraba en las relaciones entre el dominio terrestre gobernado por el azar y el dominio eterno, inmutable de los cielos. El cosmos medieval tomaba forma en torno de un eje vertical que ligaba una jerarquía de estratos de diferentes cualidades. La visión del hombre estaba dirigida hacia arriba para captar la arquitectura abovedada del cosmos como si estuviera atraída por los alados arcos y cúspides de una catedral gótica. Aunque este «mundo» era inmenso, era, sin embargo, finito y tenía una forma definida -mirar a los cielos era como mirar hacia arriba a una alta bóveda.

Al comienzo de los tiempos modernos, el concepto de un cosmos estratificado y limitado fue abolido gradualmente en favor de un universo infinitamente extendido en el espacio. El eje vertical fue abatido y colocado sobre un plano horizontal; lo que importaba ahora no era ya la visión hacia arriba, sino la visión a la distancia. A medida que la dimensión vertical vacilaba, también la idea de diferencias cualitativas entre las capas inferiores y superiores de la realidad se desvanecía y era reemplazada por la concepción de una realidad homogénea que podía ser ordenada solamente mediante diferencias medibles de manera geométrica. Es el plano horizontal el que ahora domina la imaginación. El mundo ya no es visto como marcado por fronteras y en ascenso hacia arriba, sino ilimitado y extendiéndose en círculos cada vez mas distantes. Como resultado, la atención de la gente no es atraída por los movimientos de arriba abajo sino por movimientos geográficos a destinos próximos y lejanos. «Mundo» ahora evoca la superficie del planeta y no la altura del cosmos

En otras palabras, la abolición del cosmos estratificado ha hecho posible el ascenso del «espacio» a su posición prominente en la conciencia moderna. Y el ascenso de la percepción centrada en el espacio ha hecho posible concebir «un mundo». En esta percepción el mundo esta en un nivel, extendiéndose como un plano bidimensional donde cada punto es igual a cualquier otro; lo que los distingue es solamente su posición geométrica. El caso mas puro de la percepción centrada en el espacio obviamente puede encontrarse en la cartografía. Sobre los mapas el mundo es aplanado y los lugares están definidos por su ubicación en la malla de meridianos y paralelos.

No obstante, nadie es capaz de vivir únicamente en el «espacio»; cada quien vive también en un «lugar». Esto es porque ser humano significa, a pesar de todos los intentos en sentido contrario, estar en un cuerpo físico y el cuerpo esta necesariamente ligado a un lugar. La experiencia humana, por tal razón, se desarrolla en lugares específicos. Algunos puntos en el espacio, como resultado, son siempre mas importantes para la gente que otros, pues han sido escenarios de la imaginación y de la acción colectivas. Tener una memoria, relacionarse con otros, participar en una historia mayor, demanda compromiso, requiere presencia. Esta presencia, naturalmente, es vivida en ubicaciones físicamente particulares como plazas o calles, montañas o playas. Y estas localidades a su vez están imbuidas de experiencias pasadas y presentes. Ellas llegan a ser lugares de densidad y profundidad. En consecuencia, ciertos lugares tienen una «consistencia» especial para alguna gente. Es ahí que sus antepasados caminaban sobre la tierra y las memorias relevantes están en casa. Es ahí donde se esta atado en un tejido de relaciones sociales y donde uno reconoce y es reconocido por otros. Y es ahí que la gente comparte una posición ventajosa particular y que el lenguaje, los hábitos y la perspectiva se combinan para constituir un estilo particular de estar en el mundo. Consecuentemente, pensar en términos de lugares significa trabajar con el supuesto de que un lugar no es simplemente la intersección de dos lineas en un mapa sino una concentración de actividades humanas significativas que le dan una cualidad distintiva, un aura distinta.

Desde que los templos de Tenochtitlan fueron destruidos en México para construir una catedral española con sus piedras, el colonialismo europeo ha estado atareado arrasando culturas centradas en lugares e imponiendo sobre ellos valores centrados en el espacio. En oleadas cada vez nuevas y en los cinco continentes, los colonialistas han sido terriblemente inventivos en robar a los pueblos sus dioses, sus instituciones y sus tesoros naturales. El establecimiento de universidades en Nueva España, la introducción de la ley británica en India, el chantaje a los indios norteamericanos para ingresar en el comercio de pieles, fueron todas instancias en la historia de la diseminación de la ciencia, el Estado y el mercado por todo el mundo.

El periodo de desarrollo luego de la Segunda Guerra Mundial encaja en esa historia. Vistas con los ojos espacialmente adiestrados de Occidente, numerosas culturas aparecian como atrasadas, deficientes y sin sentido. El planeta parecia un vasto espacio homogéneo esperando ser organizado por programas y tecnologias universalmente aplicables. Y los desarrollistas no vacilaron. Fueron por todos lados transfiriendo el modelo occidental de sociedad a paises de una gran variedad de culturas.

Pero las percepciones centradas en el lugar están lejos de haber desaparecido. Por el contrario, cuanto mas prevalece el universalismo, tanto mas prospera el particularismo. En realidad, a lo largo de los últimos siglos, el avance de las percepciones centradas en el espacio ha sido exitoso y fallido a la vez. De un lado, el universalismo ha ganado la iniciativa, pero por otro lado, las aspiraciones ligadas a los lugares se han afirmado mas y mas. Innumerables revueltas contra el colonialismo expresaron la voluntad de supervivencia de lo particular. Los movimientos independentistas esgrimieron reinvidicaciones indígenas.

Una imagen similar ha prevalecido en las décadas recientes durante la era del desarrollo. Las demandas nacionalistas, los conflictos étnicos, las tensiones tribales, son abundantes. Y no hay que olvidarlo: el fracaso de un desarrollo universalista se debe en gran parte a la adhesión tenaz de los pueblos a los viejos modos propios de sus respectivos lugares. Seguramente, las concepciones localistas no permanecen iguales. Son reformuladas, alteradas y reinventadas en un continuo vórtice de dialogo y antagonismo. Igualmente, las concepciones universalistas, aunque avanzando poderosamente, han sido constantemente diluidas, reducidas y adaptadas, ante la perenne consternación de los bienhechores occidentales. Y repetidamente, desde el movimiento orientalista a comienzos del siglo XIX hasta los viajeros alternativos en nuestros días, élites disidentes, profundamente embebidas en una visión del mundo intensiva en espacio, descubren tradiciones asociadas a lugares y las convierten en armas contra la civilización europea.

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Localismo Cosmopolita

Hoy, mas que nunca, el universalismo esta sitiado. Ciertamente la marcha victoriosa de la ciencia, del Estado y del mercado no se ha detenido, pero el entusiasmo de los espectadores esta languideciendo. Pocos creen todavía que el orden y la paz resplandecerán al final de la marcha. Movimientos centenarios que portaban la antorcha de la razón y del progreso hasta los rincones mas lejanos de la tierra, están disminuyendo hasta el punto que su continuación es llevada mas por la inercia que por la convicción misionera.

Las utopias cristalizan anhelos que resultan de la frustración por el estado de la sociedad. La ambición de crear espacios unificados cada vez mayores -desde los estados nación hasta la integración regional y el gobierno mundial- ha sido alimentada por la frustración con el chauvinismo y la violencia. Sin embargo, esa preocupación sale de escena a medida que la frustración opuesta se extiende - la desilusión con un mundo que ha caido presa de la homogeneización. Súbitamente la asociación habitual de diferencias con violencia desaparece; las diferencias son ahora algo que debe ser apreciado y cultivado. En realidad el temor que el hombre moderno no encontrara a nadie sino a si mismo sobre el planeta esta a punto de revolucionar las percepciones contemporáneas. La búsqueda de la unidad centrada en el espacio esta transformandose en la búsqueda de la diversidad centrada en el lugar. Al fin y al cabo, es solamente en los lugares que brota la variedad, puesto que es en los lugares donde la gente urde el presente en su particular tejido de la historia. Así, las lenguas nativas comienzan a ser revaloradas, los sistemas tradicionales de conocimiento redescubiertos y las economías locales revitalizadas. Y como indica la frecuente aparición del prefijo «re», lo no convencional es hoy a menudo lanzado con la apariencia de un renacimiento. La inquietante anticipación de un mundo completamente iluminado por la luz de neón de la racionalidad moderna, motiva la buúsqueda de las zonas mas oscuras donde vive lo especial, lo extraño, lo sorprendente. Un mundo sin el Otro seria un mundo de estancamiento. Pues, en la cultura como en la naturaleza, la diversidad lleva el potencial de la innovación y abre el camino de soluciones creativas, no lineales. Y con estos temores crecientes, la corriente cambia. El planeta ya no es imaginado como un espacio homogéneo donde los contrastes deben desaparecer sino como un espacio discontinuo donde florecen las diferencias en una multiplicidad de lugares.

Ademas, la visión de un mundo integrado bajo el imperio de la razón y del bienestar era portada por una concepción de la historia que rapidamente esta deviniendo lista para el museo. La unidad de la humanidad era un proyecto del futuro, hecho posible por la expectativa de que la acción humana mantendría el camino de la historia siempre en una vía ascendente. El progreso era la garantía de la unidad. En la percepción centrada en el espacio, las diferencias en el planeta caerían en el olvido porque serian eclipsadas por la luz brillante del progreso. Era con relación a esa promesa que ellas ya no importan. Pero es suficientemente claro que si nuestra presente experiencia próxima al final del siglo XX puede ser resumida en una fórmula, es precisamente ésta: que la creencia en el progreso se ha desmoronado, que la flecha del tiempo esta rota. El futuro no ofrece ya mayor promesa; ha devenido un repositorio de temores mas que de esperanzas.

En esta coyuntura, en consecuencia, es errado pensar que la coherencia del mundo puede lograrse avanzando a lo largo de un camino común hacia algún distante futuro prometido. En vez de eso, la coexistencia tiene que buscarse en el contexto del presente. Pensar la unidad en el horizonte del presente es mucho mas exigente para todos los jugadores presentes, pues el logro de un mundo pacifico estaria entonces en la agenda de hoy y no podria serpospuesto a un futuro lejano.

Tres ideales emergen de concebir una política que pudiera asumir la responsabilidad de actuar por un mundo diverso pero coherente -la regeneración, la autorrestricción unilateral y el dialogo de las civilizaciones. La regeneración toma en cuenta que el camino real del desarrollo ha desaparecido porque ya no hay ningún ideal de progreso que indique una dirección común. En vez de eso la regeneración demanda la realización de la imagen particular de buena sociedad que esta presente en cada cultura. En cuanto al autocontrol unilateral, éste puede tomar el lugar del ideal del crecimiento interdependiente. Implica, en cambio, que cada país ponga su propia casa en orden de modo que no se traslade a otros ninguna carga económica o ambiental que los constriña al elegir su propio camino. Y, finalmente, es imperativo un dialogo de las civilizaciones pues la búsqueda de la coexistencia pacífica y sostenible plantea el reto del autoexamen a cada cultura. Un proceso simultaneo de confrontación y síntesis puede llevar a la coherencia, a la vez que evita las trampas de la homogeneidad.

Aunque el universalismo ha agotado sus energías utópicas, cualquier nuevo localismo tendrá una ventana al mundo en conjunto. Lo opuesto al dominio de las reglas universales no es el egoísmo, sino una mayor capacidad de autoobservación. La gente raramente reside en un solo espacio mental. Tiene la capacidad de cambiar su punto de vista para mirarse con los ojos del otro. En efecto, la gente frecuentemente sostiene múltiples lealtades a la vez. En muchos casos combinan arraigamiento en un lugar con afiliación a una comunidad mayor. Un habitante de la Colonia medieval sabia cómo ser miembro de la iglesia cristiana. Un ciudadano de Rajasthan era consciente de Bharat, Madre India; y tanto los campesinos croatas como los ciudadanos de Cracovia eran parte del imperio de los Habsburgos.

En el mismo temperamento, el mundo único puede ser pensado en términos de una meta-nación en lugar de una super-nación. Constituye el horizonte dentro del cual los lugares viven su densidad y su profundidad. En esta perspectiva «un mundo» no es un diseño para mas planeamiento global sino una idea reguladora siempre presente para la acción local. El localismo cosmopolita busca amplificar la riqueza de un lugar mientras mantiene en mente los derechos de un mundo multifacético. Aprecia un lugar particular, pero al mismo tiempo conoce la relatividad de los lugares. Resulta de un globalismo fracturado tanto como de un localismo quebrado. Quizás Tzvetan Todorov quiso ilustrar tal actitud cuando usó una frase de Hugo de St. Victor, del siglo XII: «el hombre que encuentra dulce su país es solamente un crudo principiante; el hombre para quien cada país es como el suyo propio es ya fuerte; pero sólo el hombre para quien todo el mundo es como un país extranjero es perfecto»7.

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Referencias

1. U.Porksen. Plastikworter: Die Sprache einer internationalen Diktatur (Palabras de Plástico: El Lenguaje de una Dictadura Internacional), Stuttgart: KlettCotta, 1988. p. 15.

2. Preamble to the Charter of the United Nations (Preámbulo a la Carta de las Naciones Unidas), Nueva York: UN Office of Public Information, 1968.

3. L. Pearson, Partners in Development (Socios en el Desarrollo), Nueva York: Praeger, 1969. p.9.

4. W. Brandt, North-South: A Programme for Survival (Norte-Sur: Un Programa para la Supervivencia), Cambridge, MA: MIT Press, 1980. p. 21.

5. World Commission on Environment and Development, Our Common Future (Nuestro Futuro Comun), Oxford: Oxford University Press, 1987, p. 27.

6. Citado en M. Finger. Today's Trend: Global is Beautiful (La Tendencia Actual: Lo Global es Hermoso), Ms., 1989.

7. T. Todorov. The Conquest of America (La Conquista de América), Nueva York: Harper & Row, 1984, p. 250.

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Bibliografía

La idea de «humanidad» figura prominentemente en la Carta de las Naciones Unidas, Nueva York: Oficina de las Naciones Unidas para la Información Publica, 1968; la noción de «mundo único» figura en L. Pearson, Partners in Development: Report of the Commission on International Development (Socios en el Desarrollo: Informe de la Comisión sobre el Desarrollo Internacional), Nueva York: Praeger,1969; y W. Brandt, North-South: A Programme for Survival: Report of the Independent Commission on International Development Issues (Norte-Sur: Un Programa para la Supervivencia: Informe de la Comisión Independiente sobre Cuestiones del Desarrollo Internacional), Cambridge: MIT Press. 1980; y el concepto de «una sola tierra» en B. Ward & R. Dubos, Only One Earth: The Care and Maintenance of A Small Planet (Solo una Tierra: El Cuidado y Mantenimiento de un Pequeño Planeta), Nueva York: Norton, 1972, y la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Our Common Future (Nuestro Futuro Comun), Oxford: Oxford University Press, 1987.

Un comentario muy elaborado sobre la Carta de las Naciones Unidas es presentado por J. Cot & A. Pellet. La Charte des Nations Unies (La Carta de las Naciones Unidas), Económica: Paris, 1985. H. Jacobson, Networks of Independence: International Organizations and the Global Political System (Redes de Independencia:

Las Organizaciones Internacionales y el Sistema Político Global), Nueva York: Knopf, 1984, da una visión global de la emergencia de las organizaciones internacionales, mientras P. de Senarclens, La crise des Nalions Unies (La Crisis de las Naciones Unidas), Paris: Presses Universitaires de France, 1988, presenta una historia conceptualmente orientada de las Naciones Unidas.

Considerando la historia de la idea «humanidad», encontré particularmente útil la obra de H.C. Baldry, The Unity of Mankind in Greek Thought (La Unidad de la Humanidad en el Pensamiento Griego), Cambridge University Press, 1965, y, para el siglo XVII, W. Philipp, «Das Bild der Menschheit im 17. Jahrhundert des Barock» (La Imagen de la Humanidad en el Barroco del Siglo Diecisiete) en Studium Generale, 14, 1961, pp.721-42. Un excelente análisis de la formación semántica de «paz» y «humanidad» durante la llustración y después de ella puede ser encontrada en los artículos «Friede» (paz) y «Menschheit» (humanidad) en O.Brunner & W. Conze, (editado por R. Koselleck), Geschichtliche Grundbegriffe: Historisches Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland (Conceptos Históricos Básicos: Diccionario Histórico sobre el Lenguaje Sociopolíticos en Alemania), Stuttgart: KlettCotta, 1975, Vols. 2 y 3. Muy instructivo sobre la posición del Otro en diferentes cosmologías es M. Harbsmeier, «On Travel Accounts and Cosmological Strategies: Some Models in Comparative Xenology» (Sobre Relatos de Viaje y Estrategias Cosmológicas: Algunos Modelos en Xenologia Comparada) en Ethnos, 48, 1983, pp. 273-312. Para la asociación temprana del mercado con la paz, véase A. Hirschmann, The Passions and the Interests: Political Arguments for Capitalism Before its Triumph (Las Pasiones y los Intereses: Argumentos Políticos por el Capitalismo antes de su Triunfo), Princeton: Princeton University Press, 1977, y para la sustitución secular de la competencia militar por la económica, R. Rosecrance, The Rise of the Trading State: Commerce and Conquest in the Modern World (El Ascenso del Estado Mercantil: El Comercio y la Conquista en el Mundo Moderno), Nueva York: Basic Books, 1986.

Para comprender la transición de «lugar» a «espacio», he sacado provecho de M.Eliade & L. Sullivan, «Center of the World» (Centro del Mundo) en M. Eliade (ed.) The Encyclopedia of Religions (La Enciclopedia de las Religiones), Nueva York: Macmillan, 1987, vol. 3, pp. 166-71; de Y.F. Tuan, Topophilia: A Study of Environmental Perception, Attitudes, and Values (Topofilia: Un Estudio de la Percepción, las Actitudes y los Valores Ambientales), Englewood Cliffs, N.J.: Prentice-Hall,1974; y el articulo de C.S. Lewis sobre el concepto de «mundo» en Studies in Words (Estudios en Palabras), Cambridge: Cambridge University Press, 1960.

Aquellos que quieran tener un sentido mas claro sobre el «internacionalismo» de los medios de comunicación electrónicos, pueden leer a M. Ignatieff, «Is Nothing Sacred? The Ethics of Televisión» (¿No hay Nada Sagrado? La Ética de la Televisión) en Daedalus, 114,1985 pp. 57-78; y J. Meyrowitz, No Sense of Place: The Impact of Electronic Media on Social Behavior (Sin Sentido de Lugar: El Impacto de los Medios Electrónicos de Comunicación en el Comportamiento Social), New York: Oxford University Press,1985.

Ademas, encontré en R. Panikkar, «Is the Notion of Human Rights a Western Concept?» (¿Es la Idea de Derechos Humanos un Concepto Occidental) en Interculture, 17. Enero - Marzo 1984, pp. 28-47, una penetrante reflexión sobre el universalismo, y me gustó la densa presentación de las trampas de la occidentalización en S. Latouche, L'occidentalisation du monde (La Occidentalización del Mundo), Paris: La Decouverte, 1989. T. Todorov, La conquête de l 'Amérique (La Conquista de América), Paris: le Seuil, 1982 y E. Morin, Penser l'Europe (Pensar Europa), Paris: Gallimard, 1987 me han dado muchas intuiciones de cómo pensar un mundo de múltiple unidad.

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