W. SACHS (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú, 1996 (primera edición en inglés en 1992), 399 pp.

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MEDIO AMBIENTE

Wolfgang Sachs

El viaje de Neil Armstrong a la luna nos puso bajo la magia de una nueva imagen -no de la luna, sino de la Tierra. Viendo hacia atrás desde la nave Apolo a la distante Tierra, Armstrong tomó las fotografías que hoy adornan la portada de casi todos los informes sobre el futuro del planeta - una pequeña y frágil bola, azul brillante en contraste con la oscuridad del espacio exterior, delicadamente cubierta por nubes, océanos, follaje y suelos. Nunca antes el planeta había sido visible en su forma completa al ojo humano; la fotografía espacial impartió una nueva realidad al planeta, transformandolo en un objeto presente delante de nuestros ojos. En su belleza y vulnerabilidad, esa esfera flotante despierta asombro y admiración reverente. Por primera vez ha sido posible hablar de nuestro planeta.

Pero el nombre posesivo revela al mismo tiempo una profunda ambivalencia. Por un lado "nuestro" puede implicar participación y resaltar la dependencia del hombre de una realidad envolvente. Por otro lado, puede implicar propiedad y hacer énfasis en la vocación del hombre de gobernar y manejar esta propiedad comun. Consecuentemente, la imagen de "nuestro" planeta trasmite un mensaje contradictorio; puede demandar moderación o megalomanía.

La misma ambivalencia caracteriza la carrera del concepto "medio ambiente". Mientras que originalmente fue propuesta para llamar a juicio a la política de desarrollo, se levanta ahora como una bandera para anunciar una nueva era de desarrollo. En realidad, luego de la "ignorancia" y la "pobreza" de d,cadas previas, es probable que la "supervivencia del planeta" se convierta en esa bien publicitada emergencia de los 90, en cuyo nombre se desatara un nuevo frenesí del desarrollo. En forma significativa, el informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo (Informe Brundtland), luego de evocar la imagen del planeta flotando en el espacio, concluye el párrafo inicial declarando: "Esta nueva realidad, de la cual no hay escapatoria, debe ser reconocida -y manejada". 1

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Preparando el Escenario para el Reporte Brundtland

Para bien o para mal, las vicisitudes del debate internacional del desarrollo siguen estrechamente los vaivenes de las sensibilidades políticas en los paises del Norte. El desenfrenado entusiasmo por el crecimiento económico en el año 1945 reflejaba el deseo de Occidente de volver a poner en marcha la maquina económica luego de una guerra devastadora; el énfasis en la planeación de la fuerza laboral reflejaba el temor de los norteamericanos luego de la sacudida del Sputnik en 1957; el descubrimiento de las necesidades básicas fue estimulado por la guerra doméstica contra la pobreza del presidente Johnson en los 60, y de esta forma, también la preocupación por la inequidad en el mundo. Lo que "desarrollo" significa depende de cómo se sientan las naciones ricas. El "medio ambiente" no es excepción a esta regla.

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano realizada en Estocolmo en Junio de 1972, que fue la ocasión en que la noción de "medio ambiente" llegó a la agenda internacional, fue propuesta primero por Suecia, que estaba preocupada por la lluvia ácida, la contaminación en el Báltico y los niveles de pesticidas y metales pesados en peces y aves. Lo que pudo haberse llamado internacionalización accidental masiva proyectó su sombra delante de si: los desechos industriales escapan a la soberanía nacional, no se presentan en las aduanas ni viajan con pasaportes. Los paises descubrieron que no eran unidades autocontenidas, sino que eran vulnerables a acciones tomadas por otros. Así surgió una nueva categoria de problemas, las "cuestiones globales". La Conferencia de Estocolmo fue el preludio a una serie de grandes reuniones de las Naciones Unidas a lo largo de los 70 (sobre la población, la alimentación, los asentamientos humanos, el agua, la desertificación, la ciencia y la tecnología, la energía renovable) que se propusieron alterar la percepción de posguerra de un espacio global abierto donde muchas naciones pueden procurar individualmente maximizar su crecimiento económico. En cambio empezó a promoverse una nueva visión: de ahí en adelante, tomó fuerza el concepto de un sistema mundial interrelacionado que se ve operando bajo muchas restricciones comunes.

El aparato cognoscitivo para este cambio fue proporcionado por una corriente particular de pensamiento que había ganado prominencia al interpretar el significado de la contaminación y los desastres provocados por los seres humanos. En los Estados Unidos durante los 60, las cuestiones ambientales lograron abrirse paso a la conciencia publica: el smog de Los Angeles y la muerte lenta del lago Erie, los derrames de petróleo y la inundación planeada del Gran Cañón, hicieron que el numero de los artículos sobre el medio ambiente publicados en el New York Times, subiera rápidamente de cerca de 150 en 1960, a aproximadamente 1700 en 1970. Incidentes locales, que se percibieron crecientemente como configurando un cuadro mayor, fueron puestos en una perspectiva global por científicos que se prestaron marcos conceptuales de la teoría de los ecosistemas para así interpretar el predicamento de un mundo yendo de prisa hacia la industrialización. Sostenían que un crecimiento infinito se basa en un autoengaño, porque el mundo es un espacio cerrado, finito y con una capacidad de carga limitada. Al percibir al espacio global como un sistema cuya estabilidad descansa en el equilibrio de sus componentes, como la población, la tecnología, los recursos (incluyendo los alimentos) y el medio ambiente, predijeron - haciendo eco del reto de Malthus al supuesto del progreso inevitable - un trastorno inminente del balance entre el crecimiento poblacional (exacerbado por la tecnología) por un lado, y los recursos y el medio ambiente por el otro. Ademas del libro de Ehrlich Population Bomb (La Bomba Poblacional) 2 o "Diseño para la Supervivencia" de The Ecologist 3, fue especialmente el libro The Limits to Growth (Los Limites al Crecimiento) del Club de Roma 4 el que hizo que pareciera natural imaginar el futuro del globo como resultado de la interacción de las curvas de crecimiento cuantitativo operando en cinco dimensiones.

El enfoque de los ecosistemas globales no carecía de competidores; pero tanto las perspectivas biocéntricas como las humanistas eran foráneas a las percepciones de la ,lite internacional del desarrollo. Atribuir un valor absoluto a la naturaleza por si misma, como lo hicieron los ambientalistas en la tradición de Thoreau, Emerson y Muir, habría impedido el camino, aunque de una manera mas sofisticada y flexible, a una continuada explotación de la naturaleza. Y reconocer las ofensas contra la naturaleza como simplemente otro signo de la supremacía de la expansión tecnológica sobre las personas y sus vidas, como lo sugirieron autores humanistas, como Mumford o Schumacher, habría ido contra el carácter de las aspiraciones del desarrollo y difícilmente complacería a los guardianes de la maquina del crecimiento. De hecho sólo una interpretación, que magnificaba en vez de debilitar sus responsabilidades gerenciales podría levantar sus espíritus, a pesar de perspectivas sombrías. El enfoque global de los ecosistemas encajaba perfectamente en su posición de ventaja en las cumbres de las organizaciones internacionales, porque proponía a la sociedad global como la unidad de análisis y ponía al Tercer Mundo, al denunciar su crecimiento poblacional, en el centro de la atención. Ademas, el modelo hacia inteligible lo que de otra manera podría haberse presentado como una situación confusa, al eliminar los conflictos de recursos de cualquier contexto particular local o político. El lenguaje de las series de datos agregados sugiere un panorama claro, las cifras abstractas se prestan para jugar con escenarios y una supuesta causalidad mecánica entre los varios componentes crea la ilusión que las estrategias globales pueden ser efectivas. Y aunque el ideal del crecimiento se tambaleaba, había para aquellos que se sentían a cargo de la dirección del mundo otro objetivo al cual replegarse con comodidad: la estabilidad.

Sin embargo, había todavía un largo camino por recorrer hasta que en 1987, el Informe Brundtland pudo anunciar finalmente el matrimonio entre el gran apetito por el desarrollo y la preocupación por el medio ambiente. Como demostró el inexorable rechazo de todas las posiciones de "no crecimiento", en particular por los gobiernos del Tercer Mundo en la Conferencia de Estocolmo, la compulsión a aumentar el PNB había convertido a muchos en joviales enemigos de la naturaleza. Fue sólo en el curso de los 70, bajo el impacto adicional de la crisis petrolera, que los gobiernos empezaron a comprender que la continuidad del crecimiento no depende sólo de la formación de capital o la mano de obra calificada, sino también de la disponibilidad a largo plazo de los recursos naturales. Preocupados en primer término por la conservación de los insumos para el crecimiento futuro, los planificadores del desarrollo adoptaron gradualmente lo que había sido una corriente de pensamiento ya tan antigua como la introducción del manejo de los bosques en Alemania alrededor del año 1800 y el Movimiento Progresivo Norteamericano después de 1900: que - en las palabras de Gifford Pinchot, el administrador del programa de conservación de Theodore Roosevelt - "conservación significa el mayor bien para el mayor numero por el tiempo mas largo". El crecimiento de mañana se veía amenazado por la venganza de la naturaleza. En consecuencia, era tiempo de extender el área de atención del planeamiento y de demandar "un eficiente manejo de los recursos naturales" como parte del paquete del desarrollo: "En el pasado nos hemos preocupado por los impactos del crecimiento económico sobre el medio ambiente. Ahora estamos forzados", concluye el Informe Brundtland, "a preocuparnos por los impactos de la presión ecológica -la degradación de las tierras, de los régimenes de agua, de la atmósfera y de los bosques- sobre nuestras perspectivas económicas "5

Otro obstáculo en el proceso de unir "medio ambiente" con "desarrollo" había sido una visión osificada del crecimiento. Las décadas de la industrialización con chimeneas habían dejado la impresión que el crecimiento estaba invariablemente ligado al derroche de mas y mas recursos. Bajo la influencia del movimiento de las tecnologías apropiadas, sin embargo, esta noción univoca del desarrollo empezó a desmoronarse y dar paso a una conciencia de la disponibilidad de opciones tecnológicas. Fue en Estocolmo al fin y al cabo, donde las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) se reunieron por primera vez para preparar una contra-conferencia que demandaba caminos alternativos para el desarrollo. Mas tarde, iniciativas como la Declaración de Cocoyoc y el '¿Ahora qué?' de la Fundación Dag Hammarskjold, ayudaron quizá sin proponérselo- a cuestionar el supuesto de un proceso tecnológico invariable y a pluralizar los caminos al crecimiento. De esta conciencia de flexibilidad tecnológica creció, hacia finales de los 70, una percepción del problema ecológico: los "limites al crecimiento" no eran ya vistos como una barrera insuperable que bloqueaba el flujo del crecimiento, sino como obstáculos discretos que forzaban al flujo a tomar una ruta diferente. Estudios de soluciones blandas en áreas que variaban de la energía hasta la atención de la salud proliferaron y trazaron nuevos cauces para la corriente mal encaminada.

Finalmente, a lo largo de los 70, el ambientalismo fue considerado hostil a la mitigación de la pobreza. Sin embargo, la convicción de ser capaz de abolir la pobreza fue -y aun es- la única pretensión importante de la ideología del desarrollo, particularmente después de su elevación como la prioridad oficial No.1, luego del discurso de Robert McNamara del Banco Mundial en Nairobi en 1973. Por mucho tiempo se había considerado que la pobreza no estaba relacionada a la degradación del medio ambiente, que se atribuía al impacto del hombre industrial; los pobres del mundo entraban en la ecuación sólo como los futuros demandantes de un estilo de vida industrial. Pero con la propagación alarmante de la deforestación y la desertificación en todo el mundo, los pobres fueron rápidamente identificados como agentes de destrucción y se convirtieron en objetos de camparlas para promover la "conciencia ambiental". Una vez que acusar a la victima hubo entrado en el consenso profesional, se podía ofrecer la antigua receta para enfrentar al nuevo desastre: ya que se supone que el crecimiento elimina la pobreza, el medio ambiente sólo podía ser protegido mediante una nueva era de crecimiento. Como lo expresa el Informe Brundtland: "La pobreza reduce la capacidad de las personas para usar los recursos de una manera sostenible; intensifica la presión sobre el medio ambiente... Una condición necesaria, pero no suficiente, para la eliminación de la pobreza absoluta, es una elevación relativamente rápida de los ingresos per capita en el Tercer Mundo"6. De esta manera se allanó el camino para la boda entre "medio ambiente" y "desarrollo": el recién llegado podría ser bienvenido en la vieja familia.

"No hay desarrollo sin sustentabilidad; no hay sustentabilidad sin desarrollo" es la fórmula que establece la nueva unión. El "desarrollo" emerge rejuvenecido de este enlace, empezando una nueva vida el achacoso concepto. Esto no es nada menos que la repetición de una conocida artimaña: cada vez que en los últimos 30 años se reconocían los efectos destructivos del desarrollo, el concepto se estiraba de tal manera que podía incluir dañó y terapia juntos. Por ejemplo, cuando se hizo obvio, alrededor de 1970, que la búsqueda del desarrollo intensificaba realmente la pobreza, se inventó la noción de "desarrollo equitativo" para reconciliar lo irreconciliable: la creación de la pobreza con la abolición de la pobreza. En el mismo
temperamento, el Informe Brundtland incorporaba la preocupación por el medio ambiente en el concepto de desarrollo, creando el «desarrollo sustentable» como el techo conceptual para la violación y la curación del medio ambiente.

Ciertamente, la nueva era requiere de expertos del desarrollo para ampliar su área de atención y para vigilar el agua y los suelos, el aire y la utilización de la energía. Pero el desarrollo se queda en lo de siempre, esto es, en una gama de intervenciones para elevar el PNB: «dado el crecimiento poblacional esperado, se puede anticipar un incremento en la producción industrial mundial de cinco a diez veces para cuando la población del mundo se estabilice en algún momento del próximo siglo.»7 De este modo el Informe Brundtland termina sugiriendo mas crecimiento, pero no mas, como en los viejos días del desarrollo, para alcanzar la felicidad de la gran mayoría, sino para contener el desastre ambiental para las generaciones venideras. La amenaza a la supervivencia del planeta es de mucha importancia. ¿Ha habido alguna vez un mejor pretexto para entrometerse? Se abren nuevas áreas de intervención, la naturaleza se transforma en un dominio de la política y una nueva generación de tecnócratas sienten la vocación de dirigir el crecimiento al filo del abismo.

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Una Ambivalencia Exitosa

La ecología es modulación computacional y acción política, una disciplina científica y una abarcadora visión del mundo. El concepto une dos mundos diferentes. Por un lado, movimientos de protesta en todo el mundo libran batallas por la conservación de la naturaleza, apelando a evidencias ofrecidas supuestamente por esa disciplina científica que estudia las relaciones entre los organismos y su medio ambiente. Por otro lado, los ecologistas académicos han visto con perplejidad cómo sus hipótesis se han convertido en un reservorio de lemas políticos y han sido elevados a la categoria de principios de una filosofía postindustrial. La unión entre protesta y ciencia difícilmente puede ser considerada una unión feliz. Mientras los investigadores han resentido haber sido llamados a testificar contra la racionalidad de la ciencia y sus beneficios para la humanidad, los activistas irónicamente han adoptado teoremas como «el balance de la naturaleza» o «la prioridad del todo sobre las partes» en un momento en que ya habían sido abandonados por la disciplina.

Sin embargo, sin recurso a la ciencia, el movimiento ecologista probablemente habría permanecido como un grupo de fanáticos de la naturaleza y no habrían adquirido nunca el poder de una fuerza histórica. Un secreto de su éxito reside precisamente en su carácter hibrido. Como un movimiento altamente desconfiado de la ciencia y la racionalidad técnica, toca nuevamente la contramelodia que ha acompañado la historia de la modernidad desde el romanticismo. Pero como movimiento basado en la ciencia, es capaz de cuestionar los fundamentos de la modernidad y cuestionar su lógica en nombre de la ciencia misma. En efecto, el movimiento ecológico parece ser el primer movimiento antimodernista que intenta justificar sus demandas usando los mismos argumentos de sus enemigos. Recurre no sólo a las artes (como los románticos), al organicismo (como los conservadores), a la gloria de la naturaleza (como los preservacionistas), o a un credo trascendente (como los fundamentalistas). Aunque todos estos temas están presentes, basa su cuestionamiento en la teoría de los ecosistemas que integra la física, la química y la biología. Este logro singular, sin embargo, tiene un doble filo: la ciencia de la ecología da lugar a un antimodernismo científico, que ha sido muy exitoso en trastornar el discurso dominante, mientras que la ciencia de la ecología abre el camino para la recuperación tecnocrática de la protesta. Esta ambivalencia de la ecología es responsable, en un nivel epistemológico, tanto del éxito como del fracaso del movimiento.

Mientras que sus raices se remontan a la historia natural del siglo XVIII, la ecología recién logró convertirse en una disciplina cabal - con cátedras universitarias, revistas especializadas y asociaciones profesionales - durante las dos primeras décadas de este siglo. Heredó de sus precursores del siglo XIX una predilección por considerar el mundo de las plantas (y luego el de los animales) en términos de conjuntos geográficamente distribuidos. La tundra en el Canadá es evidentemente diferente de los bosques tropicales de la Amazonia. Consecuentemente la pre-ecologia organizó su percepción de la naturaleza, siguiendo los temas centrales del romanticismo, en torno al axioma que el lugar constituye la comunidad. Desde un énfasis sobre el impacto de las circunstancias climáticas y físicas sobre las comunidades, su atención cambió, cerca del inicio del siglo, a los procesos dentro de estas comunidades. Las relaciones competitivas/cooperativas entre los organismos en un medio ambiente determinado y, bajo la influencia del darwinismo, su cambio adaptativo a lo largo del tiempo («sucesión») surgieron como el campo de estudio de la nueva disciplina. Impresionados por la dependencia mutua de las especies en comunidades bióticas, los ecologistas empezaron a preguntarse cuan reales eran estas unidades. ¿Es un determinado conjunto sólo la suma de los organismos individuales o expresa una identidad superior? Hasta la Segunda Guerra Mundial, esta ultima concepción fue claramente dominante: las sociedades planta/animal fueron vistas como superorganismos que evolucionan activamente, adaptandose al medio ambiente. Al optar por el organicismo -el postulado que el todo es superior a las partes y una entidad por derecho propio los ecologistas fueron capaces de constituir firmemente el objeto de su ciencia.

Esta actitud antireduccionista estaba destinada al fracaso luego de la Guerra cuando, a través de todas las disciplinas, prevalecieron nuevamente concepciones mecanicistas de la ciencia. La ecología estaba madura para una reestructuración de acuerdo a los lineamientos de una metodología positivista; como cualquier otra ciencia, se suponía que debía producir hipótesis causales que pudieran ser empíricamente probadas y que fueran predictivamente relevantes. Sin embargo, la búsqueda de leyes generales, implica concentrar la atención en un mínimo de elementos que son comunes a la abrumadora variedad de escenarios. La apreciación de un lugar particular con una comunidad particular pierde importancia. Ademas, estos elementos y sus relaciones tienen que ser mensurables; el análisis cuantitativo de la masa, volumen, temperatura, etc, reemplazó a la interpretación cualitativa de la unidad y el orden de un conjunto. Siguiendo a la física, la ciencia líder de ese tiempo, los ecologistas identificaron a la energía como el comun denominador que vincula a los animales y las plantas con el medio ambiente inerte. En general, la caloría se convirtió en la unidad de medida porque permitía la descripción de ambos mundos, orgánico e inorgánico, como dos aspectos de la misma realidad - el flujo de energía.

De esta manera la biología se redujo a la energética. Pero la tradición holística de la ecología no se esfumó del todo. Reapareció en un nuevo lenguaje: «sistema» reemplazó el concepto de «comunidad viviente» y «homeostasis» la idea de la evolución hacia un «clímax». El concepto de sistema integra una noción originalmente anti-moderna, el «todo» o el «organismo», en el discurso científico. Nos permite insistir en la prioridad del todo, sin insinuaciones vitalistas, mientras reconoce un rol autónomo para las partes, pero sin renunciar a la idea de una realidad supra-individual. Esto se logra mediante la interpretación del significado de la integridad como «homeostasis» y las relaciones entre las partes y el todo, en la tradición de la ingeniería mecánica, como un «mecanismo de realimentación autorregulado» que mantiene continuamente dicha homeostasis. El concepto de ecosistema combinó así la herencia organicista con el reduccionismo científico. Y es este concepto de ecosistema el que dio al movimiento ecologista una dimensión cuasi espiritual y credibilidad científica al mismo tiempo.

Desde los 60, la ecología ha dejado los departamentos de biología de las universidades para migrar a la conciencia de cada ser humano. El término científico se ha convertido en una cosmovisión y como tal porta la promesa de reunificar lo que se había fragmentado, de curar lo que se había desgarrado, en breve de cuidar del todo. Las numerosas heridas causadas por las instituciones modernas, orientadas por fines específicos, han provocado un renovado deseo por la integridad y ese deseo ha encontrado un lenguaje apropiado en la ciencia de la ecología. El puente conceptual que conectó el circuito de la biología con el de la sociedad fue la noción de ecosistema. En retrospectiva, esto no es sorprendente, ya que el concepto esta bien equipado para servir esta función: en alcance, como en escala, tiene un enorme poder de inclusión. Unifica no sólo a las plantas y los animales - como ya lo hizo la noción de «comunidad viviente» - sino también incluye al mundo inerte por un lado y al mundo de los seres humanos por el otro. Así, cualquier diferencia ontológica entre lo que alguna vez se llamó el reino mineral, los reinos animal y vegetal y el reino del hombre, desaparecen: el alcance del concepto es universal. En forma similar, los «ecosistemas» vienen en muchos tamaños, grandes y pequeños, anidando como muñecas babouschka, uno dentro del otro, desde el nivel microscópico hasta el nivel planetario. El concepto es de amplia escala. Omnipresentes, como todos los ecosistemas parecen ser, son consecuentemente celebrados como claves para entender el orden en el mundo. Mas aun, al parecer tan esenciales para la continuidad de los tejidos de la vida, ellos exigen nada menos que cuidado y reverencia. Realmente una carrera notable - un término técnico que ha sido extendido a los dominios de lo metafísico. Para muchos ambientalistas hoy, la ecología parece revelar el orden moral de ser al descubrir simultáneamente lo verum, bonum y pulchrum de la realidad: sugiere no sólo la verdad, sino también un imperativo moral y hasta perfección estética.

Por otro lado, sin embargo, la teoría de los ecosistemas, basada en la cibernética como la ciencia de los mecanismos ingenieriles de realimentación, representa cualquier cosa excepto la ruptura con la ominosa tradición occidental de incrementar el control sobre la naturaleza. ¿Cómo se puede separar una teoría de la regulación de un interés en la manipulación? Al fin y al cabo, la teoría de los sistemas apunta a un control de segundo orden; busca controlar el (auto-)control. Como es obvio, la metafora que subyace el pensamiento de sistemas, es la de la maquina autorregulante, es decir, una maquina capaz de ajustar su operación a condiciones cambiantes, siguiendo reglas preestablecidas. Cualquiera que sea el objeto que se observa, sea una fabrica, una familia o un lago, la atención se enfoca en los mecanismos reguladores mediante los cuales el sistema en cuestión responde a cambios en su medio ambiente. Una vez identificado, el camino esta abierto para condicionar estos mecanismos de modo de alterar la capacidad de respuesta del sistema. Hoy, sin embargo, la capacidad de respuesta de la naturaleza ha sido forzada al máximo bajo las presiones del hombre moderno. Por tanto, mirar a la naturaleza en términos de sistemas autorregulantes implica sea la intención de medir la capacidad de sobrecarga de la naturaleza o el objetivo de ajustar sus mecanismos de realimentación mediante la intervención humana. Ambas estrategias equivalen a completar la visión de Bacon de dominar a la naturaleza, si bien con la pretensión adicional de manipular su venganza. De esta manera, la tecnología de los ecosistemas se vuelve finalmente contra la ecología como cosmovisión. Un movimiento que había despedido a la modernidad, termina dandole la bienvenida - en un nuevo ropaje - por la puerta trasera.

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La Supervivencia como una Nueva Razson d'etat

En la historia, se han presentado muchas razones para justificar el poder del estado y su derecho sobre los ciudadanos. Objetivos clásicos como la ley y el orden o el bienestar mediante la redistribución, han sido invocados una y otra vez, y mas recientemente, el desarrollo se ha convertido en el objetivo, en nombre del cual muchos gobiernos del Tercer Mundo sacrifican los intereses vitales de la mitad de sus poblaciones. Hoy, «la supervivencia del planeta» esta en camino de convertirse en la gran justificación de una nueva ola de intervenciones estatales en las vidas de los pueblos, en todo el mundo.

El Banco Mundial, por ejemplo, ve para si mismo un rayo de esperanza luego que su reputación ha sido sacudida por las demoledoras criticas de los ambientalistas: «Anticipo» - declaró su Vicepresidente David Hopper en 1988 «que en el transcurso del próximo año, el Banco estará enfrentando el abanico entero de las necesidades ambientales de nuestras naciones asociadas, necesidades que incluirán desde lo técnico hasta lo institucional, desde los micro detalles del diseño de proyectos hasta los macro requerimientos de la formulación, implementación y aplicación de políticas ambientales»8. Las voces de protesta, luego de penetrar en las oficinas climatizadas en Washington, han hecho surgir una respuesta contraproducente: !las demandas mismas de detener las actividades del Banco Mundial han provocado su expansión!

Mientras que los ambientalistas han puesto el centro de la atención en las numerosas vulnerabilidades de la naturaleza, los gobiernos descubren como resultado, una nueva área de conflicto que requiere de gobierno y regulación políticos. Esta vez no era la paz entre las personas la que estaba en juego, sino las relaciones ordenadas entre el hombre y la naturaleza. Para mediar en este conflicto, el Estado asume la tarea de recopilar evidencia sobre el estado de la naturaleza y los efectos del hombre, de establecer normas y reglas para dirigir el comportamiento y hacer cumplir las nuevas reglas. Por un lado, debe vigilarse estrechamente la continuación de la capacidad de la naturaleza de prestar servicios, por ejemplo aire y agua limpios o clima confiable. Por otro lado, las innumerables acciones de la sociedad deben estar bajo un control suficiente para dirigir la explotación de la naturaleza por cauces tolerables. Para llevar a cabo estos formidables objetivos el Estado tiene que instalar las necesarias instituciones como sistemas de monitoreo, mecanismos reguladores y agencias ejecutivas. Para realizar estas tareas se necesita una nueva clase de profesionales, mientras se supone que la ecociencia proveerá la epistemología de la intervención. En pocas palabras, los expertos que antes se ocupaban del crecimiento económico, reclaman ahora estar presidiendo sobre la supervivencia misma.

Sin embargo, como es bien conocido, muchas comunidades rurales del Tercer Mundo no necesitan esperar que especialistas de improvisados institutos de investigación en agricultura sustentable acudan a darles sus recetas contra, por ejemplo, la erosión del suelo. El proveer para las futuras generaciones ha sido parte de sus practicas tribales y campesinas desde tiempos inmemoriales. Ademas, los nuevos esquemas diseñados centralmente para el «manejo de los recursos ambientales» amenazan chocar contra su conocimiento basado localmente sobre la conservación.

Por ejemplo, el movimiento indio chipko ha hecho del coraje y de la sabiduría de aquellas mujeres que protegían los arboles con sus cuerpos contra las sierras de cadena de los leñeros, un símbolo de resistencia local que ha sido aplaudido mas allá de las fronteras de India. Pero su éxito tuvo un precio: entraron a tallar administradores de bosques que alegaban tener responsabilidad de los arboles. Repentinamente el conflicto adquirió un nuevo cariz: los obstinados taladores habían dejado su lugar a afables expertos. Ellos trajeron estudios, mostraron diagramas, señalaron curvas de crecimiento y argumentaron sobre las tasas óptimas de tala. Se propusieron esquemas de plantación de la mano con las industrias de procesamiento de madera y se hicieron intentos para convencer a los pobladores que se volvieran pequeños productores de madera. Aquellos que habían defendido los arboles para proteger su medio de subsistencia y dar testimonio de las interconexiones de la vida, se vieron inesperadamente bombardeados con resultados de investigaciones y las categorías abstractas de la economia de los recursos. Y a lo largo de todo este nuevo asalto, se invocó el «interés nacional» en el «desarrollo balanceado de los recursos». Frente a estas prioridades ajenas, importó poco lo que el bosque significaba para los pobladores, o qué especies de arboles serian las mas adecuadas para el sustento de la gente. Una ecología orientada al manejo de recursos naturales escasos, chocaba con una ecología que deseaba preservar los ámbitos de comunidad locales. De esta manera, el planeamiento nacional de los recursos puede llevar, aunque con medios nuevos, a la continuación de la guerra contra la subsistencia.

Mientras los expertos en recursos llegaban en nombre de la «protección de la naturaleza», su imagen de la naturaleza contradecía profundamente la imagen de la naturaleza que teñían los aldeanos. La naturaleza, cuando se transforma en objeto de la política y del planeamiento, se convierte en «medio ambiente». Es engañoso utilizar ambos conceptos en forma intercambiable ya que impide el reconocimiento del «medio ambiente» como una construcción particular de la «naturaleza» que es especifica a nuestra época. Contrariamente a sus connotaciones que estamos hoy socializados a aceptar, ha existido escasamente un concepto que represente a la naturaleza en una forma mas abstracta, pasiva y vacia de cualidades, que el de «medio ambiente». Las ardillas en la tierra, son tan parte del medio ambiente como lo es el agua en los acuíferos, los gases en la atmósfera, los pantanos a lo largo de la costa o también los rascacielos en el centro de las ciudades. Pegar la etiqueta de «medio ambiente» al mundo natural hace que se desvanezcan todas sus cualidades concretas; más aun, hace que la naturaleza aparezca pasiva y sin vida, esperando simplemente que se actúe sobre ella. Esto esta obviamente muy distante, por ejemplo, de la concepción del aldeano indio del Prakrili, el poder activo y productivo que permea a cada piedra o árbol, fruto o animal y los sustenta junto con el mundo humano. Prakriti concede las bendiciones de la naturaleza como un regalo; consecuentemente debe ser honrada y cortejada 9.

Las culturas que ven a la naturaleza como un ser viviente tienden a circunscribir cuidadosamente el rango de la intervención humana, porque debe esperarse una respuesta hostil cuando se ha excedido un umbral critico. El «medio ambiente» no tiene nada en comun con este punto de vista; a través de los ojos modernistas de tal concepto, los limites impuestos por la naturaleza aparecen simplemente como restricciones físicas a la supervivencia humana. Llamar «ecológicas» a las economías tradicionales es, a menudo, ignorar esa diferencia básica de enfoque.

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¿Hacia una Ecocracia Global?

A fines de los 1980, la preocupación sobre el agotamiento de los recursos y la contaminación mundial llegaron a las altas esferas de la política internacional. Las agencias multilaterales distribuyen ahora convertidores de biomasa y diseñan programas de forestación. Las cumbres económicas se pelean por las emisiones de dióxido de carbono. Y los científicos lanzan satélites en órbita para verificar la salud del planeta. Pero el discurso que esta alcanzando prominencia ha tomado una orientación fundamentalmente sesgada: demanda un manejo extendido, pero no presta atención a la autolimitación inteligente. Mientras los peligros crecen, nuevos productos, procedimientos y programas se inventan para detener los efectos amenazantes de la industrialización y mantener el sistema a flote. Capital, burocracia y ciencia - la venerada trinidad de la modernización occidental - se declaran indispensables en la nueva crisis y prometen prevenir lo peor, a través de mejor ingeniería, planeamiento integrado y modelos mas sofisticados. Sin embargo, las maquinas eficientes en el uso de combustible, los análisis de evaluación de los riesgos ambientales, la vigilancia estrecha de los procesos naturales, etc. aunque bien intencionados, tienen dos supuestos en comun: primero, la sociedad estará siempre compelida a llevar a la naturaleza a sus limites, y segundo, la explotación de la naturaleza no debería ser ni maximizada ni minimizada, pero si optimizada. Como declara programaticamente en su primera pagina el informe de 1987 del World Resources Institute (Instituto Mundial de los Recursos): «La raza humana depende del medio ambiente y por tanto debe administrarlo sabiamente.» Claramente las palabras «por tanto» son el punto crucial de la cuestión; es relevante sólo si la dinámica competitiva del sistema industrial se da por descontada. De otra manera el medio ambiente no estaría en peligro y se le podría dejar sin administración. Las demandas para asegurar la supervivencia del planeta son a menudo, vistas mas de cerca, nada mas que llamados a la supervivencia del sistema industrial.

Las soluciones al deterioro ambiental, intensivas en capital, burocracia y ciencia, no vienen sin costos sociales. La tarea prometeica de mantener la maquinaria industrial global funcionando a un ritmo siempre creciente y de salvaguardar al mismo tiempo la biosfera del planeta, requerirá un salto cuántico en la vigilancia y la regulación. ¿De qué otra manera deberían ponerse en acuerdo, las innumerables decisiones que van desde el nivel individual, a los niveles nacional y global? Es de importancia secundaria si se logra o no la modernización del industrialismo, mediante incentivos del mercado, legislación estricta, programas correctivos, espionaje sofisticado o francas prohibiciones. Lo que importa es que todas estas estrategias demandan un mayor centralismo y - en particular - un estado mas fuerte. Ya que los ecócratas raramente cuestionan el modelo industrial de vida para reducir la carga impuesta a la naturaleza, sólo les queda la necesidad de sincronizar las innumerables actividades de la sociedad con toda la destreza, previsión y herramientas que el avance de la tecnología pueda ofrecer - una perspectiva que podría haber inspirado otra novela a Orwell. El verdadero desafio histórico, por tanto, debe ser enfrentado con términos que no sean ecocráticos: ¿Cómo es posible construir sociedades ecológicas con menos gobierno y menos dominación profesional?

El discurso ecocrático que estaba a punto de desplegarse en los 90s, empieza con el matrimonio conceptual entre «medio ambiente» y «desarrollo», encuentra su base cognitiva en la teoría de los ecosistemas, y apunta a nuevos niveles de vigilancia y control administrativos. Reacio a reconsiderar la lógica del productivismo competitivo, que esta en la raíz de la crisis ecológica del planeta, reduce a la ecología a un juego de estrategias administrativas que se orientan a la eficiencia de los recursos y al manejo del riesgo. Trata como si fuera un problema técnico lo que en realidad es nada menos que un atolladero civilizacional - a saber, que el nivel de rendimiento productivo ya alcanzado resulta ser no viable en el Norte, y mucho menos para el resto del planeta. Con el surgimiento de la ecocracia, sin embargo, el debate fundamental que se necesita en las cuestiones de la moralidad publica - tales como, cómo debería vivir la sociedad, o, qué, cuanto y de qué modo debería producir y consumir cae al olvido. En vez de eso, las aspiraciones occidentales se toman implícitamente como aceptadas y no sólo en Occidente sino en el mundo entero y las sociedades que eligen no poner toda su energía en la producción y que deliberadamente aceptan una menor producción de mercancías se tornan inconcebibles. Lo que se pierde son los esfuerzos por elucidar el rango mucho mayor de futuros que se abren a las sociedades que limitan sus niveles de producción material para abrigar los ideales que brotan de sus herencias culturales. La percepción ecocrática permanece ciega a la diversidad fuera de la sociedad económica del Occidente.

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Referencias

1. World Commision on Environment and Development (Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo), Our Common Future (Nuestro Futuro Comun), Oxford: Oxford University Press 1987, p. 1. Letras itálicas por el autor.

2. P. Erlich, The Population Bomb (La Bomba Poblacional), New York: Ballantine Books, 1968.

3. 'Blueprint for Survival' (Diseñó para la Supervivencia), The Ecologist, Vol. 2, 1972, pp. 1-43

4. D. H. Meadows et al., The Limits to Growth (Limites al Crecimiento), New York: Basic Books, 1972

5. Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo, op.cit., p. 5.

6. Op.cit., pp. 49-50.

7. Op.cit., p. 15.

8. D. Hopper, «The World's Bank Challenge: Balancing Economic Need With Environmental Protection' (El Reto del Banco Mundial: Balancear la Necesidad Económica con la Protección del Medio Ambiente). Seventh Annual World Conservation Lecture, 3 de Marzo 1988.

9. V. Shiva, Staying Alive: Women, Ecology and Development (Manteniéndose Vivas: Mujeres, Ecología y Desarrollo), Londres: Zed Books, 1989, p. 219.

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Bibliografía

«Medio ambiente» finalmente tomó el centro del escenario del debate internacional con el Informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo. Our Common Future (Nuestro Futuro Comun), Oxford: Oxford University Press, 1987. Varias lineas de la historia que llevan a esa innovación conceptual son destacadas por A. Biswas y M. Biswas, «Environment and Sustainable Development in the Third World: A Review of the Past Decade» (Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable en el Tercer Mundo: Un Análisis de la Ultima Década», Third World Quarterly, Vol. 4, 1982, pp. 479-91; J. McCormick, «The Origins of the World Conservation Strategy» (Los Origenes de la Estrategia Mundial de Conservación), Environmental Review, Vol. 10, 1986, pp. 177-87; F. Sandbach, «The Rise and Fall of the Limits to Growth Debate» (El Ascenso y la Calda del Debate de los Limites al Crecimiento), Social Studies of Science, Vol. 8, 1978, pp. 495-520; y H. J. Harborth, Dauerhafte Entwicklung: Zur Entstehung eines neuen okologischen Konzepts (Desarrollo Sustentable: Sobre la Creación de un Nuevo Concepto Ecológico), Wissenschaftszentrum Berlin, 1989. M. Redclift, Sustainable Development: Exploring the Contradictions (Desarrollo Sustentable: Explorando las Contradicciones), Londres: Methuen, 1987, of rece un tratamiento mas sistemático.

D. Worster, Nature 's Economy: A History of Ecological Ideas (La Economia de la Naturaleza: Una Historia de las Ideas Ecológicas) San Francisco: Sierra Club, 1977, es una introducción magistral de la historia de la ecología, la ciencia que dio su nombre al movimiento político. Sus oscilaciones entre el romanticismo y el cientismo, son seguidas por L. Trepl, Geschichte der dkologie (Historia de la Ecología), Frankfurt: Athenaum, 1987; y P. Acot, Histoire de l'ecologie (Historia de la Ecología), Paris: Presses Universitaires de France, 1988, muestran su ascenso a un modo inclusivo de explicación. Cuan estrechos eran los vínculos entre las esperanzas de la ingeniería social y la formación del concepto de ecosistema, es elaborado por P. Taylor, «Technocratic Optimism: H. T. Odum and the Partial Transformation of Ecological Metaphor after World War 11» (Optimismo Tecnocrático: H. T. Odum y la Transformación Parcial de la Metafora Ecológica luego de la Segunda Guerra Mundial), Journal of the History of Biology, Vol. 21, 1988, pp. 213-44; mientras que Ch. Kwa, «Representations of Nature Mediating Between Ecology and Science Policy: The Case of the International Biological Programme» (Representaciones de la Naturaleza que Median entre la Ecología y la Política Científica: El Caso del Programa Biológico Internacional), Social Studies of Science, Vol. 17, 1987, pp. 413-42, llama la atención a la afinidad entre las percepciones en la esfera política y las versiones sistémicas de la biología.

Para representaciones de la naturaleza diferentes a las del medio ambiente, que motivan a los movimientos actuales, véase V. Shiva, Staying Alive: Women, Ecology and Development (Manteniéndose Vivas: Mujeres, Ecología y Desarrollo), Londres, Zed Books, 1989. P. Richards, Indigenous Agricultural Revolution: Ecology and Food Production in West Africa (Revolución Agrícola Indígena: Ecología y Producción de Alimentos en el Oeste de Africa), Londres: Hutchinson, 1985, señala la sabiduría de los sistemas de conocimiento tradicional. La historia del concepto de naturaleza ha sido extensamente revisada por C. Glacken, Traces in the Rhodian Shore: Nature and Culture in Western Thought (Restos en la Orilla de Rodas: Naturaleza y Cultura en el Pensamiento Occidental), Berkeley: University of California Press, 1967; mientras J. B. Callicott (ed.) reunió varios autores que examinan el rol de la naturaleza en algunas tradiciones no occidentales: Nature in Asian Traditions of Thought (La Naturaleza en Tradiciones Asiáticas de Pensamiento), State University of New York Press, 1989.

El acceso a la cultura antropológica de la naturaleza se puede encontrar en los artículos «nature» (naturaleza), «mountains» (montanas), «trees» (arboles), «metals» (metales), etc. de M. Eliade (ed) The Enciclopedia of Religions (La Enciclopedia de las Religiones), Nueva York: Macmillan, 1987. Y. F. Tuan nos muestra sistemáticamente de cuantas diferentes maneras se imaginó el medio ambiente, a través de las historias y culturas: Topophilia: A Study of Environmental Perceptions and Values (Topofilia: Un Estudio de Percepciones y Valores Ambientales), Englewoods Cliffs: Prentice Hall, 1974. Referente a las discontinuidades en la historia europea, C. Merchant, The Death of Nature: Women, Ecology and the Scientific Revolution (La Muerte de la Naturaleza: Mujeres, Ecología y la Revolución Científica), San Francisco: Harper and Row, 1980, documenta la gran ruptura en las actitudes occidentales, mientras que su mas reciente libro, Ecological Revolutions: Nature, Gender and Science in New England (Revoluciones Ecológicas: Naturaleza, Género y Ciencia en Nueva Inglaterra), Chapel Hill: University of North Carolina Press 1989, documenta cómo las maneras de conocer a la naturaleza han cambiado desde el modo de los indios nativos hasta el de los colonialistas e industrialistas, enfocando la evidencia en un área geográfica limitada.

El naciente discurso ecocrático puede ser mejor examinado en la edición especial de Scientific American, Vol. 261, Setiembre de 1989, con el titulo «Managing the Planet Earth» (Administrando el Planeta Tierra). Para otro ejemplo, en la misma corriente, véase M. Rambler (ed.), Global Ecology: Towards A Science of The Biosphere (Ecología Global: Hacia una Ciencia de la Biosfera), Nueva York: Academic Press, 1989. He llamado la atención («The Gospel of Global Efficiency: On Worldwatch and Other Reports of the State of the World» (El Evangelio de la Eficiencia Global: Sobre Worldwatch y otros Informes del Estado del Planeta),IFDA Dossier, No. 68, Nov/Dec. 1988) a suposiciones ocultas en el mensaje de L. Brown y otros (The State of the World (El Estado del Planeta), Nueva York: Norton, 1984 y años siguientes.) En contraste, he aprendido mucho sobre las cuestiones civilizacionales mas profundas que están en juego en el presente debate a través de J. Bandyopadhyay y V. Shiva. «Political Economy of Ecology Movements» (La Economia Política de los Movimientos Ecológicos), en IFDA Dossier, No. 71, May/June 1989; y B. McKibben, The End of Nature (El Fin de la Naturaleza), Nueva York, Random House,1989. Como una referencia sobre la literatura sobre ética y medio ambiente, encontré muy útil la bibliografía anotada de D. E. Davis Ecophilosophy: A Field Guide to the Literature (Ecofilosofía: Una Guía de Campo a la Literatura), San Pedro: Miles, 1989.

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