W. SACHS (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú, 1996 (primera edición en inglés en 1992), 399 pp.

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MERCADO

Gerald Berthoud

En general se acepta que en los años 1980 ingresamos en la era de la Nueva Derecha o de la revolución conservadora. En esta nueva era, el mercado no es considerado meramente un dispositivo técnico para la asignación de bienes y servicios, sino mas bien la única manera posible de regular la sociedad. Esta ideología económica recuerda la cosmovisión dominante al final del siglo dieciocho, con su énfasis en las virtudes del 'doux commerce' (dulce comercio). Innegablemente, nuestro tiempo se caracteriza por una profunda fe en los poderes del mercado para resolver los problemas de desarrollo del mundo.

En Occidente, existe un amplio consenso en que el capitalismo de mercado -por el cual entenderé el uso generalizado de mercancías- esta indisolublemente ligado a la democracia y, como tal, es el mejor sistema posible para el conjunto de la humanidad. En Europa Oriental y la Unión Soviética, el fracaso total de la planificación central como el único dispositivo regulador es considerado por muchos como la victoria final del capitalismo liberal. Los principios del mercado son explícitamente contrastados con la experiencia totalitaria y considerados como la única vía para evitar la insufrible burocracia y para garantizar una vida material minimamente decente para todos.

En cuanto al Sur, también ha sido barrido por este movimiento ideológico general. La mayoría de los paises no tienen elección; están forzados a incrementar su integración dentro de la economía internacional de mercado y su dependencia de ella, en una forma u otra. En numerosos casos, el impacto del mercado en el conjunto de la vida social conlleva dramáticas consecuencias, claramente ilustradas por la política de ajuste estructural. Pero, aparentemente irresistible, el mercado aun aparece como el único camino posible al desarrollo a pesar de innumerables dificultades y reveses. De hecho, se argumenta en forma bastante prosaica que 'si uno desea mejorar la condición material de la gente, especialmente de los pobres, hará bien en optar por el capitalismo.' 1

En las mentes de un numero creciente de decisores, se ha hecho crecientemente evidente que el mercado no debería verse mas como una institución que debe ser regulada por fuerzas sociales externas, sino, por el contrario, que debería utilizarselo para regular la sociedad como un todo. El mercado se ha convertido así en el principio rector para guiar la acción individual y colectiva.

Con la tendencia actual a imponer mecanismos y principios de mercado en una escala global, se sostiene que el desarrollo es posible sólo para aquellos que están listos a liberarse completamente de sus tradiciones y a dedicarse a beneficiarse económicamente a costa de la gama completa de obligaciones sociales y morales. Demasiado a menudo se impone una elección radical entre libertad individual y solidaridad colectiva. Tal parece, hoy, el precio a pagar si se desea emprender el largo camino del desarrollo.

Mas que en las últimas cuatro décadas, el desarrollo significa hoy la integración en los mercados capitalistas nacionales e internacionales y esta integración a su vez se convierte en la condición mínima para que una región o país sea considerado 'desarrollado'. Siguiendo esta lógica de mercado, las relaciones a los niveles privado y colectivo deben ser mutuamente útiles. Si una parte no tiene nada tangible que ofrecer, la otra no tiene ninguna razón para continuar la relación desequilibrada. Para la moralidad tradicional, esta posición sería considerada interesada, hasta cínica; en el espíritu contemporáneo del utilitarismo, parece normal.

Un número creciente de paises del Tercer Mundo no están ya en posición de trabar intercambios utilitarios con los paises ricos. El desarrollo a través del mercado es entonces un proceso selectivo: solamente aquellas áreas que prometen crecimiento económico son consideradas. Para la gran mayoría que lucha por conseguir las absolutas necesidades de la vida, el consumo se mantiene mas allá de sus medios.

Guiado por este conformismo ideológico, el mercado aparece como un supuesto implícito en virtualmente toda la teoría y la política del desarrollo. Una confusa amalgama de ideas, se ha convertido en un término mágico hipnóticamente repetido en todo el mundo, un cliché. Claramente, esta convicción ideológica es una condición necesaria para la imposición de una economia de mercado pero no es suficiente. Muy a menudo, se expresa violencia ideológica en la fría lógica del poder político. Así, para citar a un funcionario norteamericano, 'debemos también contrarrestar tanto en las NU como dentro del marco del dialogo Norte-Sur, cualquier discusión de problemas globales que cuestione la validez del libre mercado y de la libre empresa en los paises del Tercer Mundo.'2

Esta representación normativa de la regulación social se refuerza crecientemente con innovaciones tecnológicas en sectores claves como la información, las telecomunicaciones y la biogenética. El resultado mas claro de este proceso es el dinamismo del mercado, que da la impresión de que la mercantilización no tiene limites. ¿Puede todo comprarse y venderse? es una cuestión moral que ha sido progresivamente vaciado de todo significado. La fe en la expansión ilimitada procede de la estrecha conexión entre la tecnociencia y el mercado. La primera, con su conquista de nuevos espacios sociales impensables no hace mucho, es vista como irresistible. Bajo la presión del éxito ideológico de la tecnología, hay poca oportunidad para una efectiva aceptación general de limites éticos a la expansión del mercado. Estamos todos sujetos a la irresistible idea de que todo lo que puede hacerse debe hacerse y luego venderse. Nuestro universo aparece inconmoviblemente estructurado por la omnipotencia de la verdad tecnocientífica y de las leyes del mercado.

El ideal de la clase media de nuestro tiempo es establecer una sociedad totalmente competitiva, compuesta de individuos para los cuales la libertad de elección es la única forma de expresar independencia de su ambiente natural y social. Pero queda una inevitable pregunta: ¿no es nuestra reductiva visión - de individuos supuestamente independientes como el futuro universal para la humanidad - finalmente autoengañosa; y no estamos de esta manera engañando al mundo entero tanto como a nosotros mismos?

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El Ascenso del Neoliberalismo Global

Desde sus inicios hace unos cuarenta años, la política del desarrollo ha sido necesariamente definida dentro del conflicto omnipresente entre el Este y el Oeste por la dominación global. Dos modelos de desarrollo fueron impuestos por estas circunstancias históricas: por un lado, el capitalismo de mercado; por otro lado, el socialismo con la planificación centralizada como su mecanismo regulador clave. Aquí por razones obvias (el colapso total del así llamado socialismo) sólo requerimos considerar al capitalismo y a su ideal del libre mercado.

Durante las ultimas tres o cuatro décadas, el crecimiento económico ha sido considerado en formas diferentes, desde las perspectivas extremadamente criticas de los radicales de la Nueva Izquierda en los 1960 hasta la aprobación dogmática de los ideólogos de la Nueva Derecha de los 1980. Hasta ahora, sin embargo, las opiniones negativas de una minoría de pensadores no han significado una amenaza a la dominación del credo ortodoxo. La idea de crecimiento es esencial en nuestra manera moderna de considerar la vida humana. La expansión económica basada en la innovación técnica constante es ampliamente considerada como la única vía para resolver los problemas del mundo. El crecimiento, mas allá de su significado económico inmediato, es un complejo cultural nuclear de ideas y creencias que organizan el conjunto de la vida moderna. Es simultáneamente una verdad universal y el único medio normativo posible de construcción de la buena sociedad. Como tal, el desarrollo implica, explicita o implícitamente, que el modo de vida occidental es el único medio de garantizar la felicidad humana.

A nivel individual, el crecimiento económico encuentra su expresión en la búsqueda continua de bienestar material, habiéndose elevado esta búsqueda a la condición de un requerimiento fundamental de la naturaleza humana. En los 1950, se estableció un relativo consenso entre los líderes políticos y económicos, en el Norte como en el Sur, al efecto que el bienestar económico debería considerarse como fin en si para el conjunto de la humanidad. En otras palabras, el bienestar material tiende a ser visto no como un ideal asociado a la cultura sino, por el contrario, como un valor universal. Se piensa que todas las gentes en el mundo tienen el derecho a un nivel de vida cómodo. Dentro de este contexto ideológico, los estados naciones desarrolladas de Occidente tienen un deber colectivo o una obligación moral de ayudar a aquellos paises que se encuentran fuera del universo del crecimiento económico.

Sin embargo, lograr los dos objetivos combinados de crecimiento global y bienestar individual en todo el mundo implica la remoción de diversos obstáculos y la sujeción a un numero de condiciones drásticas. En la raíz, lo que debe crearse es una cultura universal de clase media. El desarrollo, mas allá de la necesidad obvia de producir cada vez mas bienes y servicios, es un proceso a través del cual debe emerger una nueva clase de ser humano y las instituciones correspondientes. Lo que debe ser universalizado a través del desarrollo es un complejo cultural centrado en torno a la idea de que la vida humana, si ha de ser plenamente vivida, no puede estar restringida por limites de ningún tipo.

Para producir tal resultado en sociedades tradicionales, para las cuales el principio supuestamente primordial de la expansión ilimitada en los dominios tecnológico y económico es en general ajeno, presupone superar 'obstáculos' simbólicos y morales, esto es, liberando a estas sociedades de diversas ideas y practicas inhibitorias tales como mitos, ceremonias, rituales, ayuda mutua, redes de solidaridad y cosas similares. Hace tres décadas, estas estrictas condiciones necesarias para el desarrollo ya habían sido violentamente expuestas:

El desarrollo económico por si mismo de un pueblo subdesarrollado no es compatible con el mantenimiento de sus costumbres y conductas tradicionales. Una ruptura con éstas es una condición previa del progreso económico. Lo que se necesita es una revolución en la totalidad de instituciones y hábitos sociales, culturales y religiosos, y de esta manera en su actitud psicológica, sufilosofía y modo de vida. Lo que se requiere, por tanto, equivale en realidad a la desorganización social. Ha de generarse la infelicidad y el descontento en el sentido de querer mas que lo que es asequible en un momento cualquiera. El sufrimiento y la dislocación que pueden ser causados en el proceso pueden ser objetables, pero parecen ser el precio que tiene que pagarse por el desarrollo económico; la condición del progreso económico. 3

Desde sus inicios, la finalidad del desarrollo ha permanecido constante. Lo que ha cambiado es el medio para lograr tal extensión de la economia de mercado o del capitalismo del sector privado. Hablando en forma gruesa, el desarrollo ha sido promovido por dos instituciones, el estado y el mercado, indisolublemente enlazados por el proyecto de la modernidad. Desde los 1950s hasta el fin de los 1970s, existía un amplio consenso en que el Estado debía ejercitar la función benthamita de realizar la mas grande felicidad para el mayor numero. Sin embargo, aun como una agencia de beneficencia el estado no funciona en contra del mercado. Mas bien, es un dispositivo institucional complementario que promueve la extensión del mercado. A través del estado, así dice la teoría, uno crea, mantiene y regula mercados para el crecimiento económico, cuyos resultados deberían distribuirse tan justamente como sea posible en toda la sociedad. El crecimiento con redistribución es claramente el ideal de justicia social del modelo. No es necesario decir que tal proceso ha fracasado completamente en el Sur.

Desde los 1980s, ha tenido lugar un cambio notable, ideológico pero también operacional en alguna medida. El mercado mismo es crecientemente visto como el único medio para promover el desarrollo. Dentro de este marco neoliberal, el crecimiento económico como tal - sin ninguna redistribución en absoluto - debería permitirnos resolver el dramático problema de la pobreza en todo el mundo sin la mínima contribución impuesta sobre los ricos. La eficiencia es preferida a la justicia social como un medio para un fin, pero también algunas veces, como medio en si mismo, como esta bien ilustrado en los esfuerzos del FMI y del Banco Mundial para imponer el liberalismo a escala mundial a través del proceso de ajuste estructural. Su objetivo explicito es inculcar motivaciones únicamente económicas en los ricos tanto como en los pobres.

El impacto de este cambio de política en la ayuda es bastante obvio. Crecientemente, la misma idea de ayuda es cuestionada, con el debate sobre si la ayuda promueve o retarda el desarrollo ya bastante avanzado. Entre los argumentos para la drástica limitación de la ayuda, se declara frecuentemente que nada es gratuito, que la gente debe aprender a hacerse autosuficiente. El seductor poder del mercado es tan potente hoy que la ayuda no se ve mas como una política normal. Con el fracaso del modelo de planificación centralizada y la emergencia de la nueva mentalidad mercantil, la ayuda es muy explícitamente definida en términos utilitarios. Sobre esta premisa, un numero de paises que están carentes de recursos están, en el mejor de los casos, condenados a los margenes del proceso de desarrollo.

A pesar de sus obvias diferencias, lo que debería notarse para nuestros propósitos es que ambos modelos de desarrollo (ya sea basados en la intervención activa del Estado en el mercado o Sólo en la dinámica del mercado) producen individuos interesados en si mismos, supuestamente liberados de toda obligación moral o social. Un mundo de opulencia, una sociedad global de libertad total -éstas son las ilusorias promesas del desarrollo concebido como la expansión en todo el mundo de la modernidad tecnológica y económica. El desarrollo es presentado como la única e indisputable vía para salir de un universo 'inhumano' de carencias y restricciones. No hay necesidad de decir que la libertad y la prosperidad pueden esperarse sólo a través de un trabajo incesante. Así, la opulencia no significa el goce efectivo de la riqueza, sino mas bien la inacabable búsqueda de 'algo mas' y 'algo nuevo' .

Paradójicamente quizás, los obstáculos reales para resolver los problemas mundiales mas agudos son menos las tradiciones culturales de un gran numero de gentes que nuestra propia arraigada creencia en que el progreso ilimitado que resulta de la tecnología y del mercado puede liberarnos de alguna forma de la naturaleza y de la sociedad.

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El Mercado: Un Lugar y un Principio

El mercado puede aparecer hoy como un término tan comun que cuestionar su origen, su significado o sus funciones es una empresa fundamentalmente sin sentido. Mas que una institución, el mercado es visto como un componente constitutivo de la condición humana. La famosa afirmación de Adam Smith sobre 'la propensión de la naturaleza humana a transportar, trocar e intercambiar una cosa por otra' expresa aun hoy la idea ampliamente aceptada de los origenes naturales del principio de mercado.

Si, no obstante, persistimos en nuestro afán de entender algo de la institución del mercado, su transformación a través del tiempo y el desarrollo del concepto asociado, con sus diversos significados, nos conviene, hablando con propiedad, evitar la ciencia económica. Tres términos - oferta, demanda y precio - son las herramientas básicas de la economia para especificar lo que hace el mercado, pero no lo que es. Esta negativa a examinar los origenes y la naturaleza de los mercados es claramente expresada por Gary Becker [Premio Nobel de Economia 1992], un renombrado proponente de la validez universal de la lógica económica, quien sostiene que: 'el enfoque económico es comprensivo y aplicable a todo el comportamiento humano'. Para Becker tal enfoque esta hecho, como asunto acabado, de 'los supuestos combinados del comportamiento maximizador, el equilibrio del mercado y las preferencias estables'. 4

¿Qué de las ciencias sociales como la sociología, la antropología y la historia? Desgraciadamente, siguiendo la división del trabajo teórico generalmente aceptada, el mercado como objeto de reflexión ha estado hasta hace poco fuera del dominio de la sociología. En la antropología, aunque varios trabajos, empezando con Malinowski y Mauss, han planteado importantes interrogantes sobre la naturaleza de los fenómenos económicos, no hay nada cercano a una teoría comparativa del mercado. Los historiadores, que tienden a privilegiar la descripción sobre la teoría, muy frecuentemente simplemente confían en la noción ortodoxa de la universalidad del principio de mercado, como esta bien ejemplificado por la impresionante obra de Fernand Braudel. Como regla, en estas tres disciplinas relacionadas, son obvios los efectos homogeneizadores de un enfoque económico generalizado. Sólo con un pequeño numero de estudiosos, y mas particularmente con la notable obra de Karl Polanyi, se ve al mercado como algo mas que un mero dato.

Al rechazar la definición ahistórica del mercado que propone la economia, estamos confrontados con una clara distinción entre el mercado como lugar publico (plaza) y el mercado como principio para regular las relaciones sociales. A primera vista, ningún vinculo parece concebible entre estos dos sentidos de mercado, exceptuando quizás una cronología. ¿Estamos así restringidos a escoger entre la noción de una gran división entre lugar y principio y la idea de una continuidad sustantiva partiendo del primero hasta e! segundo?

El mercado como lugar es un fenómeno limitado, situado, claramente diferenciado de la vida cotidiana. Numerosos casos, tanto históricos como etnográficos, podrían ilustrar la extremada diversidad cultural y social de estas características formales. Muy a menudo el mercado se ubica a una distancia del área habitada y funciona como un espacio neutral de encuentro. En otras partes, como por ejemplo en la Grecia antigua con el agora, el mercado no es mas un área marginal pero se piensa que el mercader, como intermediario de intercambios mercantiles, practica una actividad vil.

¿Qué tipo de interacciones encontramos dentro de los confines del mercado? ¿Para qué propósitos y con qué motivos actúan los individuos? Idealmente, el individuo esta totalmente libre de actuar en su propio interés; no se imponen limites explícitos. Tal comportamiento seria peligrosamente incontrolable en la practica social cotidiana. Por ello, los individuos en el mercado no se ven mas como seres sociales con derechos y deberes particulares. Se les libera de un sentimiento profundo de pertenecer a una comunidad. Mas aun, no pueden traer con ellos sus conflictos potenciales. Para expresarlo en una forma positiva, los individuos deben ser capaces de iniciar el intercambio utilitario con quien escojan hacerlo. En este esquema idealizado, el mercado se compone de un agregado de extraños deseosos de intercambiar entre si para su mutua ventaja.

De hecho, el mercado es un lugar mucho mas complejo, en el cual se dan diferentes clases de interacciones sociales. Sin embargo, como regla general, dentro de cualquier mercado hay un comportamiento competitivo efectivo entre vendedores y compradores, por lo menos en una forma sugerida. En un sentido, los principales aspectos del principio de mercado están ya presentes dentro del mercado (plaza). En otras palabras, la plaza contiene el principio de mercado en ambos sentidos del verbo 'contener': el principio del mercado se encuentra dentro de la plaza pero también es mantenido por ella dentro de limites específicos.

Citemos muy brevemente un ejemplo. Dentro de la sociedad Hausa en Nigeria y Niger, una de las mas importantes instituciones tradicionales es la plaza (kasuwa). Dentro de esta área bien definida, ubicada fuera de la villa o pueblo, la compra y venta de bienes tiene lugar a través de diversos dispositivos monetarios. La gente congregada en ese lugar proviene de diversos origenes étnicos, y por ello la mayoría son extraños comprometidos en relaciones anónimas. El precio de los objetos transados se fija a través del mecanismo competitivo de la oferta y la demanda. Las relaciones personales, aunque no totalmente ausentes, están por tanto bastante subordinadas.

Los vendedores, profesionales o no, y los compradores, no importa de qué posición social deben ser libres de ir al mercado. Y si la gente es periódicamente liberada de restricciones culturales, lo mismo es verdadero de los objetos mismos. De hecho, como las mercancías, ellos están privados de cualquier significación simbólica o espiritual. La gente se transforma en individuos puros en la misma forma que las mercancías son cosas puras. Hablando en forma ideal, el anonimato es la regla y la condición previa para convertirse en un individuo liberado.5

Este ejemplo (y hay muchos otros posibles) tiene el objeto de ilustrar nuestro tema principal: en qué forma y por qué las sociedades humanas han pasado de una expresión limitada del principio de mercado a su generalización. El mercado en la sociedad moderna ha sido fundamentalmente transformado de un fenómeno particular a uno universal. Ciertamente, comparar el mercado como lugar y como principio abstracto a través del tiempo y del espacio, para señalar simultáneamente identidades y diferencias, no es en absoluto una tarea simple. Tal comparación da origen a un gran numero de preguntas. Aquí, estaré en condiciones de tratar Sólo unas pocas.

Para empezar, ¿es el mercado en su significado mas abarcador un orden natural espontaneo como argumentó Friedrich Hayek? O mas bien, de acuerdo a la posición antitética de Karl Polanyi, ¿es el principio de mercado o el mercado fijador de precios -la expresión de la autonomía de la esfera económica producido artificialmente? Aceptar esta posición significaría aceptar la ausencia de cualquier conexión necesaria entre el mercado como lugar y como principio. ¿No seria mejor evitar estas dos interpretaciones antagonistas, interpretaciones que, en su extremismo, sugieren la influencia de las pasiones, ya sea el amor o el odio?

¿Es aceptable, intelectual y normativamente, concebir un orden económico supuestamente natural basado en el determinante fundamental del interés propio? Tan extendida opinión es la mas fácil pero también la mas superficial de las formas de entender la validez y la legitimidad de un mercado autorregulante sui generis.

En la visión opuesta, el énfasis determinante se desplaza de la suposición de una naturaleza humana racional a la relatividad institucional. Los mercados autorregulantes se producen Sólo bajo circunstancias históricas y culturales especificas. Tal es nuestra singularidad moderna, de acuerdo con Polanyi, para quien el mercado fijador de precios es 'anormal' y 'excepcional'. No es el resultado de un proceso extendido, natural que transforma mercados aislados y regulados.

Mientras, desde el punto de vista adoptado aquí, la posición de Hayek, incondicionalmente favorable al mercado, es muy discutible, la estática oposición polanyiana a ella debe también ser reconsiderada. Si el mercado (plaza) y el mercado autorregulante son operacionalmente, o hasta institucionalmente, opuestos, entonces pareciera que ellos serian dos fenómenos bastante diferentes. Pero si se desarrolla un comportamiento cuasi mercantil entre los limites definidos muy estrictamente de una plaza, entonces no es concebible ni una gran divisoria ni una absoluta continuidad entre el lugar particular y el principio generalizado.

Nótese que la artificialidad postulada por Polanyi es aun aplicable bajo el supuesto de elementos mercantiles universales. Lo que es 'anormal' y 'excepcional' es el proyecto de un orden económico autónomo de la sociedad en su conjunto. Una vez que los elementos constitutivos del principio de mercado no están mas confinados dentro del espacio y tiempo bien definidos de la plaza, tiene lugar un cambio radical. Por razones de espacio, sólo unas pocas sugerencias respecto a la naturaleza de tal cambio son posibles aquí.

Durante el siglo dieciséis en Europa, y mas particularmente en Holanda e Inglaterra, existía ya activa presión para desregular los diferentes mercados del capitalismo mercantil. Sin embargo, se reconoce generalmente que el fin del siglo dieciocho, o incluso el inicio del siglo diecinueve, es el momento en el cual el sistema de mercado fijador de precios transformó tanto a los productos como a los factores de producción en mercancías.

Para simplificar, puede bosquejarse una evolución lineal en tres etapas. Cada una de estas etapas esta ordenada en sucesión histórica, pero no necesariamente lineal. La segunda etapa, por ejemplo, no es un producto directo y necesario de la primera. Es por tanto mas apropiado hablar de un modelo secuencial. Primero hay esas sociedades en las cuales el principio de mercado esta estrictamente limitado al espacio y tiempo de la plaza, o es mas o menos realizado sólo en intercambio periférico. Segundo hay esas sociedades en las cuales actividades puramente económicas, sin limites explícitos, son institucionalmente posibles. Sin embargo, la gente comprometida en actividades comerciales pertenecen a una de las categorías o grupos sociales mas bajos, o son extranjeros, tolerados pero despojados de condición social. La Grecia antigua, la China dinástica, y la Edad Media europea son ejemplos clásicos de esta segunda etapa. Finalmente, en una tercera fase de modernidad económica, todos los intentos de limitar al mercado se hacen inaceptables. El conjunto de la sociedad es de alguna manera vista a través de la fuerza integradora del mercado.

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El Filtro de la Clase Media

La idea del mercado, como principio de regulación social y como modo de socialización, esta histórica y lógicamente conectada con las clases medias. En la mentalidad de clase media, seres humanos 'civilizados' equivalen a aquellos seres humanos que están convencidos de que el 'deseo de riqueza' es una motivación natural y universal. Para entender plenamente este objetivo altamente valorado, es necesario formar una representación mas compleja y sistemática de lo que se cree que son los determinantes de la acción humana. J. S. Mill, uno de los pensadores mas importantes del siglo diecinueve, nos ha dado uno de los retratos mas explícitos.

Para Mill, el 'deseo de riqueza' esta confrontado con dos 'principios antagónicos' o dos 'motivos contrarios perpetuos' que son la 'aversión al trabajo' y el 'deseo del goce presente de indulgencias costosas' 6 En el esquema de Mill, el ambiente natural con sus limitados recursos es un obstáculo formidable a la practica de la indolencia y al goce inmediato de la vida. El mundo externo impone de esta manera la virtud del trabajo y la seguridad individual de la propiedad privada contra estos dos 'motivos contrarios'. Estos son los requisitos fundamentales para 'mejorar nuestra condición', en las palabras de Adam Smith. Muy claramente, esto significa que para ser propiamente humano, uno debe transformarse, debe dominar la parte destructiva de la propia naturaleza. Sólo a través de trabajo duro puede el hombre esperar lograr su verdadera esencia.

Dentro de esta cosmovisión de clase media, la cualidad adquisitiva del hombre debe verse de acuerdo a dos categorías bien definidas del pensamiento tradicional, las dicotomías simplificadas entre ricos y pobres y entre propietarios y trabajadores. Estas distinciones, aun si son una visión muy abstracta de la complejidad de las situaciones sociales, son una forma de clarificar las condiciones para el comportamiento mercantil exitoso.

Sigamos el argumento de Adam Smith, cuyas ideas son hoy ampliamente compartidas por varios representantes de las escuelas de pensamiento neoliberal y de la nueva economia. Para Smith, los ricos se definen por su 'avaricia y ambición', mientras que los pobres se caracterizan por el 'odio al trabajo y el amor al ocio y al goce presentes' .7 De acuerdo con él, los ricos y los pobres son objeto de evaluaciones sociales opuestas. Hay una 'disposición a admirar y casi venerar, a los ricos y poderosos, y a despreciar, o al menos, a ignorar a personas de condición pobre y ruin'.8

Siguiendo este argumento, la verdad sobre la sociedad humana se restringe a la lógica de los intereses individuales, plenamente expresados en el intercambio libre, voluntario e intencional, institucionalmente organizado y regulado por el mercado. Dentro de este espacio social, visto desde esta perspectiva de clase media, las personas y las cosas van a ser de alguna manera 'desocializadas' o liberadas de todas las relaciones impuestas. Lo que se transfiere es riqueza, vista socialmente como puro medio. El mercado, como una red inextricable de intercambios utilitarios es asi frecuentemente concebido como un dispositivo que libera a las personas y a las cosas de lo que se define en forma bastante difusa como el imperialismo de la cultura.

Lo que subyace tal creencia es la idea de una sociedad entera basada en cualidades fungibles. Esto es particularmente obvio con los principios generales de la canjeabilidad, la equivalencia o la liquidez. El intercambio de mercancías presenta todas las características de una abstracción social objectificada a través del concepto de precio. Las relaciones mercantiles son así reducidas a valores numéricos; con el mecanismo de precios, el mercado aparece compuesto de extraños conectados sólo a nivel de las apariencias, con todos los rastros de amistad, lealtad o afecto puestos de lado.

Hay una antigua tradición en el pensamiento occidental que insiste en que las relaciones sociales no deberían descansar en esos sentimientos personales. Por ejemplo, en un ensayo titulado 'Deux paradoxes de l'amiti, et de l'avarice' (Dos paradojas de la amistad y la avaricia) escrito a fines del siglo dieciséis, la amistad es presentada como una pasión fuera de razón, una 'gran causa de división y descontento', mientras que la búsqueda de riqueza es muy elogiada como una 'virtud moral' y una 'responsabilidad cívica'.9 Cuatrocientos años después, la misma posición reaparece con la Gran Sociedad de Hayek, radicalmente opuesta a cualquier forma de comunidad. Las relaciones tienen lugar entre hombres abstractos, sin pasión ni sentimiento. Por tanto, 'uno deberia guardar lo que los vecinos pobres necesitarían seguramente y usarlo para satisfacer las demandas anónimas de millares de extraños.' 10

La concepción de clase media de la sociedad es el de un sistema de mercado idealizado. En realidad, por supuesto, el intercambio mercantil no es un principio fundador de la vida social, sino una practica basada en un numero de condiciones institucionales previas. El mercado no es simplemente el dominio de transferencias puramente voluntarias hechas por individuos libres, esto es, el agregado puro de agentes maximizadores. Sin embargo, esta forma muy inmediata y superficial de ver el proceso general de intercambio de mercancías sigue siendo una ideología muy persuasiva.

A primera vista, se nos da la impresión de que la gran superioridad del mercado, comparado con los intercambios interpersonales como el ciclo del don, es que, en un sentido, externaliza motivaciones sociales individuales, objectificandolos a través del dinero. Una parte interna del ego es así cristalizado en un objeto monetario que constituye, paradójicamente quizás, un medio polivalente para todo tipo de relaciones intercambiables.

En forma mas global, el mercado fijador de precios como una institución social abarcadora es un artefacto de mediación colectiva que vincula individuos llamados libres mediante cosas enajenables. El intercambio mercantil es, para usar una fórmula evocadora, un modo de comunicación diseñado para mantener al otro a mano. Ciertamente, el intercambio de dones, contrariamente a lo que se ha dicho demasiado a menudo, es también un dispositivo mediador que une y separa al mismo tiempo. Pero con el mercado, el elemento de mediación es tan evidente que los individuos pueden tener la impresión de que son independientes. Mas y mas, las fuerzas conjuntas del mercado y de la tecnología aumentan la distancia entre los hombres y entre ellos y la naturaleza.

Pero la relativa independencia experimentada por los individuos a través de relaciones abstractas y racionalizadas no significa la ausencia de efectos restrictivos creados por el conjunto social. Consideremos sólo los precios aquí. Mas allá de percepciones inmediatas, el precio es, en forma objectificada, un componente principal de la totalidad social. Significativa e inevitablemente marca el comportamiento de todos. El dinero, por ejemplo, no es simplemente una mercancía: a esta dimensión puramente económica se le deben añadir otras dos, una política y una social. Las dos caras de cualquier moneda simbolizan en una, el valor económico, y en la otra, el poder político. Pero tal doble determinación no es suficiente. El fenómeno del dinero, y mas ampliamente el del sistema mercantil, implica una referencia a algo internalizado en cada persona. Un sentimiento difuso de pertenencia social a través de valores comunes, un único lenguaje y conjunto de obligaciones morales, confianza ampliamente compartida, hábitos y aun formas de jerarquía -todos ellos forman las condiciones previas del mercado.

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El Mercado: Un Poder Transformador

Concebir el sistema mercantil como una institución hecha por el hombre mas que como un orden autocreador, autoperpetuador es una forma de reconocer que el mercado es controlado por diversas restricciones políticas, sociales y morales tradicionales y reforzado por un numero de innovaciones políticas y culturales. En otras palabras, la existencia y la expansión del mercado es dependiente de instituciones y valores culturales. Al mismo tiempo, sin embargo, el mercado tiende a dominar todo el contexto social, variando los efectos de este dominio de acuerdo a situaciones socio-culturales concretas.

En el ambiente de hoy, sin embargo, la tendencia es, por el contrario, a otorgar al mercado poder transformador. Como tal, es uno de los retos principales del mundo contemporáneo. En diversos lugares del Tercer Mundo, esta transformación es puramente disociadora. El mercado se ve como una fuerza inevitable y se vuelve, en consecuencia, crecientemente difícil limitar su expansión.

Las fuerzas gemelas de la innovación técnica constante y del intercambio de mercancías son condiciones previas básicas para nuestro ideal moderno de manipulación y señorío de los dominios humano, social y cultural. Tanto homo faber como homo oeconomicus se convierten en modelos universales. La eficiencia y la riqueza son así buscadas como fines en si mismas. El proceso subversivo, que es la potencial transformación de todo en productos y luego en mercancías, es generalmente visto como un requisito necesario para la 'buena vida'

Como se expresó arriba, seria un serio error creer que el largo proceso histórico desde el mercado físico al mercado ideal como proceso autorregulado es un desarrollo simple, espontaneo. Por el contrario, fue necesario un radical cambio de valores para movernos desde la expresión limitada y controlada del principio de mercado que se encuentra en numerosas situaciones históricas y culturales, al presente, con nuestra aceptación mas o menos general de la extensión ilimitada del mercado.

Formulemos ese cambio en forma de una oposición exagerada. Previamente, la plena expresión de la propia individualidad era generalmente posible dentro de una esfera económica bien definida que mantuvo la necesaria cohesión social contra la potencialidad destructiva del mercado. Con la modernidad, por primera vez, el conjunto de la humanidad, bajo la continua presión del mundo occidental, intenta organizar en forma irrestricta la vida social sobre la base de acciones voluntarias de individuos cuyos valores son -o se supone que son- dominante, si no exclusivamente, utilitarios. Crecientemente, se esta convirtiendo en un imperativo de mera existencia juzgar la acción humana como buena o mala no en, y por, si mismo, sino por sus resultados. Por supuesto, diversos filósofos morales utilitaristas han estado repitiendo esta regla de conducta por dos o tres centurias.

Con esta búsqueda obligatoria, individualista de placer material, no sólo los productos del trabajo han tomado la forma universal de mercancías, sino que los seres humanos mismos, aun fuera del mercado de trabajo, así como los componentes naturales, son transformados en mercancías a través de la innovación biotecnológica. Las relaciones sociales son así crecientemente vistas como relaciones entre propietarios privados, comprando y vendiendo toda suerte de mercancías entre si.

Mas ampliamente, con el mercado como el modo exclusivo de distribución social, las todopoderosas tecnociencias son tomadas como datos que no pueden ser cuestionados. Son consideradas nuestro único camino a la felicidad mundana. 'Funciona' es la respuesta a cualquier interrogante critica. Con este ethos pragmático en creciente, cualquier búsqueda de valores que fundamenten nuestras elecciones individuales y colectivas es considerada especulación estéril, metafísica.

Las tecnociencias y el mercado se han hecho simplemente obvios. De acuerdo al credo utilitario contemporáneo, logran el objetivo mas deseable de nuestra condición humana, esto es, producir y distribuir prosperidad material para el mayor numero posible. El proceso de mercantilización que transforma todas las esferas de la vida social esta en acción en todo el mundo, con efectos variados. Vemos aquí la medida en que el desarrollo, como política y practica, es un intento enérgico de implantar nuevas formas de pensar y actuar que siguen las reglas del mercado. En el nivel de proyectos localizados, sin embargo, el desarrollo aparece aun bajo el ropaje de una aparente neutralidad proporcionada por sus características técnicas y productivas.

Por supuesto, de la situación de autosostenimiento en niveles de subsistencia a la inserción directa en el mercado internacional, hay un largo e incierto proceso de desarrollo. En diversos lugares del mundo, empezando inmediatamente con la era colonial, el objetivo explicito era imponer practicas como 'trabajo forzado' o impuestos, la condición previa necesaria para introducir a los 'nativos' en las relaciones mercantiles tales como el 'trabajo libre' y la venta voluntaria de los productos propios por dinero. 'El impuesto ... promueve la circulación de dinero con sus beneficios asociados para el comercio', proclamaban las Instructions to political officers (Instrucciones a los funcionarios políticos) para el programa colonial inglés en Africa. 11

El desarrollo, desde los tiempos coloniales hasta nuestros días, es así fundamentalmente la imposición, en una forma u otra, de un nuevo marco institucional con sus valores concomitantes como las condiciones previas para el dinamismo del mercado. Para la mayor parte de la población mundial, el desarrollo es la destrucción de identidades étnicas y de redes de solidaridad para promover la legitimidad del propio interés como una motivación humana fundamental. Muy a menudo, el desarrollo significa la posibilidad para una pequeña minoría de hacer grandes ganancias a expensas de la mayoría. Con el dinero como valor supremo, la vida cuenta menos. El imperativo social es muy obviamente obtener dinero por cualquier medio disponible.

Cuanto mas 'desarrollados' son los individuos y los grupos, mas luchan ellos por ventajas materiales. Las áreas rurales, particularmente las denominadas atrasadas, están en un grado cierto, aunque decreciente, protegidos contra esta modernidad desintegrador, así como contra la criminalidad incrementada que engendra. Pero, en situaciones económicas difíciles, los comerciantes se esfuerzan, muchas veces con éxito, en producir escaseces generalizadas de productos básicos retirandose temporalmente del mercado. Estas practicas orientadas al lucro ponen en peligro la propia vida de mucha gente. El despliegue de bienes de lujo importados se convierte en indicador de éxito material, y para los pobres en un modelo obligatorio pero inaccesible de la única forma real de vivir.

En forma esquemática, resultan tres categorías de personas de este desarrollo forzado. Primero, una clase pequeña de ultrarricos, que pueden acumular mucha riqueza mientras gastan en forma ostentosa. Segundo, un número variable de gente en una posición intermedia. Ellos representan a las clases medias, quienes balancean producción y consumo. Finalmente, están los pobres, excluidos de participación en la riqueza y preocupados por problemas de mera supervivencia.

El desarrollo tiende a producir escasez para un gran número de gente como la condición del exceso para una pequeña minoría. Es también una clase de expropiación de múltiples relaciones sociales para traer a todos a la conformidad del mercado. Demasiado frecuentemente considerado como equivalente al crecimiento económico, el desarrollo debería mas apropiadamente verse como una forma de violencia generalizada. Por supuesto, para aquellos que ven la acumulación de riqueza como la tendencia natural para el conjunto de la humanidad, el desarrollo es sólo un empuje en la dirección correcta para ayudar a la naturaleza humana a realizarse.

Contrariamente a esta ideología de la 'identidad natural de intereses', el desarrollo debe ser concebido como una 'artificial identificación de intereses' resultante de todo tipo de restricciones desintegradores, para citar la bien conocida frase de Halévy en su trabajo pionero The Growth of Philosophic Radicalism (El Crecimiento del Radicalismo Filosófico), publicado en los primeros años de este siglo.12 Paradójicamente, comprender plenamente el fenómeno del desarrollo requiere un cuestionamiento radical de nosotros mismos. El verdadero problema de nuestro tiempo es fundamentalmente nuestro propio universo cultural occidental o modernista, basado en la ilimitada expansión de las tecnociencias y el mercado.

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Qué es ser Humano?

Confinados como estamos dentro de una ideología mercantil triunfante, puede parecer incongruente aun sugerir la cuestión de los limites del mercado. Mas que nunca, el mundo esta hoy confrontado con una alternativa - ¿debería el mercado ser contenido por la sociedad, o, por el contrario, debería permitirsele regular a la totalidad del conjunto social?

De acuerdo a la historia ortodoxa, ya desde los días del mercado temprano a la era presente del principio de fijación de precios, ha habido o debería haber habido una progresiva evolución desde un mercado estrictamente limitado a uno ilimitado. Si esa posición se da por supuesta, entonces el comportamiento mercantil es obviamente el camino universal a la verdadera humanidad. Pero ¿cómo podría evaluarse esta definición mercantil de lo que es ser humano?

Una definición mercantil de la humanidad se basa en unos pocos supuestos específicos sobre la motivación y los valores culturales. Se piensa que ser humano es estar motivado por una búsqueda constante de bienestar material, un deseo de tener mas y mas objetos a disposición. Este supuesto materialista fue ya bien expresado por Adam Smith cuando habló de 'mejorar nuestra condición'. Tal idea ha sido y aun es considerada un valor universal que trasciende de alguna forma todas las particularidades de la cultura y de la sociedad.

La validez de este valor así llamado universal esta basada en la ampliamente arraigada representación de una contradicción constitutiva en la condición humana. Los deseos infinitos del hombre están categóricamente opuestos a los escasos recursos de la naturaleza. Los seres humanos no están nunca satisfechos, cualquiera que sea su nivel de abundancia material. En esta concepción del mundo, la humanidad, restringida por su propia naturaleza a vivir en un universo finito, se esfuerza por tener un control mas efectivo sobre la naturaleza y la sociedad. La gran ,pica capitalista es la historia de la emancipación del hombre de su destitución original. De acuerdo a ese 'cuento', hubo una vez en que existieron seres humanos despojados de todo y consumidos por innumerables necesidades y deseos.

Por la mayor parte de su existencia, la humanidad ha estado confinada dentro de un ambiente natural limitado. Sin embargo, con el pleno desarrollo de la Revolución Industrial en el siglo diecinueve, la fantástica promesa de que se podría liberar al conjunto de la humanidad de su condición primordial empezó a expandirse por todo el mundo. Sólo el capitalismo de mercado era considerado capaz de transformar radicalmente a las sociedades tradicionales, y de esta manera de conducir exitosamente a la humanidad de la pobreza a la riqueza sin limites. Los héroes de esta épica son, por supuesto, las clases medias.

Para creer en este cuento, uno debe aceptar como verdad absoluta el desequilibrio estructural entre necesidades y recursos disponibles. Esto es obviamente un sine qua non para mantener el 'deseo de riqueza'. En otras palabras, ser humano es luchar por escapar de restricciones, naturales y sociales, para convertirse en un individuo independiente. Por supuesto, esta independencia no es absoluta; debe ser cualificada. Ser humano significa ser independiente mediante el uso de la innovación tecnológica ilimitada y de un mercado sin fronteras. Consecuentemente, uno es libre y puede actuar voluntariamente, pero sólo para incrementar los intercambios. Dentro de estos imperativos tecnológicos y mercantiles combinados, se deja al individuo dedicarse a su propio interés sin trabas.

Una vez mas, Adam Smith expresa muy claramente lo que deberíamos considerar que son la 'verdadera humanidad' y la 'buena sociedad'. Para él, aunque piensa que el 'amor mutuo' y el 'afecto' podrían hacer a la sociedad mas 'feliz' y 'satisfactoria', esta no obstante convencido de que: 'La sociedad puede subsistir entre diferentes hombres, como entre diferentes mercaderes, a partir de un sentido de su utilidad...; y aunque ningún hombre en ella debería sentir ninguna obligación, o estar ligado por gratitud a otro, puede aún sostenerse por un intercambio mercenario de buenos oficios de acuerdo a una valoración acordada.' 13

Ser humano es entonces simplemente participar en intercambios mercantiles. Para Adam Smith, como es harto conocido, esta 'propensión' es común a todos los hombres y es lo que los diferencia de los animales. Esta es la razón por la cual los pobres, mas particularmente los mendigos, culpables de pereza, no son realmente humanos y como tales son despreciados mientras los ricos son admirados.

El denominador común de esta omnipotente ideología mercantil, la piedra de toque para personas y cosas, es muy obviamente el precio, tanto en su sentido directo como en el metafórico. Los seres humanos no sólo tienen un precio; deben ser sujetos calculadores que saben exactamente con que, criterios se esta evaluando su valía.

Ser humano es así ser capaz de ejercer nuestros derechos individuales para acumular bienes dentro de un contexto competitivo culturalmente reconocido. Nótese que esta modernidad mercantil es el resultado de una reversión simbólica y ética - la ética económica es proyectada al conjunto social, al punto que abarca la totalidad de la cual es una parte. En contraste con la situación en las sociedades tradicionales, donde aquellos que estaban plenamente involucrados en el intercambio mercantil tenían una condición social relativamente baja, hoy de acuerdo a Adam Smith y a sus numerosos seguidores, deberíamos todos comportarnos como 'mercaderes' si realmente deseamos lograr nuestros objetivos como seres humanos. El mercado tiende a convertirse en el único modo de comunicación social, aún entre aquellos que están íntimamente conectados. Dentro de este universo de mercancías generalizadas, se hace lógico que los individuos crecientemente se conviertan en extraños entre si. Aún para aquellos que están cultural y socialmente cercanos, la mentalidad mercantil mantiene una distancia entre ellos como individuos, casi como si las relaciones cercanas y distantes se hubieran convertido en indistinguibles.

La famosa obra de Georg Simmel, The Philosophy of Money (La Filosofía del Dinero), describe esta transformación particularmente bien. Para Simmel:

La relación del hombre moderno con su medio ambiente usualmente se desarrolla en tal forma que se convierte en mas lejano de los grupos más cercanos a él para acercarse a aquellos que se encuentran más lejanos. La creciente disolución de los lazos familiares; el sentimiento de insoportable cercanía cuando se encuentra confinado al grupo mas íntimo, en el cual la lealtad es a menudo tan trágica como la liberación; el creciente énfasis en la individualidad que se separa abruptamente de su ambiente inmediato... El cuadro global que esto presenta seguramente significa una creciente distancia en relaciones internas genuinas y una distancia declinante en las mas externas. 14

Una vez que los seres humanos han sido definidos por el principio de la utilidad, las virtudes del desarrollo no pueden ser ya cuestionadas. Si es un imperativo que cada individuo deba acumular cada vez mas ganancia, se hace relativamente fácil definir lo que es un país atrasado. El desarrollo, aunque muy a menudo significa pobreza para la mayoría, es consecuentemente visto como la única forma de salir del 'inhumano' estado de 'necesidad' . Uno podría preguntar como podemos elevar al bienestar sin limites a la posición de valor universal último cuando en el mismo Occidente graves problemas, como la amenaza ecológica y la injusticia constitutiva de nuestra organización social, están poniendo en peligro al mundo entero.

Dentro de la mentalidad mercantil dominante, podemos ser a lo mas solo parcialmente humanos. Nos ubicamos en el borde de la renuncia de una parte esencial de nuestra humanidad. Para construir una sociedad idealmente hecha de intercambios utilitarios entre individuos y grupos que buscan sus propios intereses es producir, en palabras de Marcuse, un hombre 'unidimensional' en busca de la riqueza como fin en si misma.

Dentro de un marco mas humanista, moral y filosófico, podría trascenderse esta visión reduccionista de los seres humanos. Los seres humanos serian vistos como personas, siguiendo el imperativo categórico de Kant y no sólo como simples individuos. Por supuesto, este principio de humanidad no esta ausente de nuestras tradiciones occidentales y de nuestros valores actuales, sino que esta grandemente subordinado al principio de la utilidad, de acuerdo al cual la verdadera vida humana esta completamente confinada dentro del universo de las cosas. Con el principio de humanidad, por el contrario, ser humano significaría, de acuerdo a Castoriadis, ser un sujeto autónorno con capacidad para la autolimitación. En un sentido abstracto, este sujeto autónomo es muy distinto del sujeto individual independiente sujeto a los efectos heterónomos de la tecnología y del mercado.

Nuestra modernidad, este radical proyecto para crear un nuevo hombre y una nueva sociedad, implica una difícil combinación y constante tensión entre los dos principios antagónicos de la utilidad y de la humanidad. ¿Estamos tan seguros de que este proyecto secularizador nos da la clave para distinguir, en los dominios individual, social y cultural lo que es verdadero de lo que es falso, lo bueno de lo malo? ,Puede una sociedad ser construida y mantenida solamente con base en valores universalistas como éstos? Con seguridad la valoración de las relaciones humanas en si mismas, como verdadero fundamento de cualquier sociedad, es lo que falta. De hecho, esto es precisamente lo que se destruye en nombre del desarrollo.

La modernidad no puede tomar en cuenta la dimensión social del hombre. Aún para el individuo fuertemente marcado por los imperativos de la modernidad, aprender a ser humano es posible solamente dentro de un contexto social especifico. Ser humano es ser al mismo tiempo un individuo (económico), una persona (psicológica) y un ser (social). Esta tercera dimensión puede ser
definida como el principio de comunidad, que hace énfasis en el aspecto inevitablemente particular de la condición humana. Valores como la solidaridad, la generosidad, la fraternidad y otros como éstos, son todos tradicionales. Contribuyen fuertemente a establecer y mantener la cohesión social y a dar sentido a nuestras vidas. Son valores sin los cuales ninguna sociedad es viable, como ha señalado Durkheim y los miembros de la escuela sociológica francesa quienes se refieren al 'elemento no contractual en el contrato' .

La insistencia aquí es obviamente también sobre las relaciones sociales. Esto nos lleva necesariamente a la obra de Mauss y su famoso ensayo El Don. De acuerdo a Mauss, el don es una institución condensada que implica tres obligaciones sociales: la obligación de dar, la de recibir y la de reciprocar. Como tal, el intercambio de regalos crea una relación social fundamentalmente incluyente. Así, hablando de la 'atmósfera del don, donde la obligación y la libertad se mezclan', Mauss ve esta institución como 'una parte considerable de nuestra moralidad y de nuestras propias vidas'. Insistiendo en 'el egoísmo de nuestros contemporáneos y el individualismo de nuestras leyes', ,l nos invita a 'retornar a la sociedad arcaica y a elementos en ella'. Esto no tiene nada que ver con una visión utópica del futuro de la humanidad. Este retorno simplemente contrapesaría el principio dominante de la utilidad y de sus manifestaciones mercantiles. Pero mas fundamentalmente, de acuerdo con Mauss, 'la moralidad del intercambio a través de dones' es 'eterno', ya que es 'el verdadero principio de la vida social normal'.15 Estas son las condiciones sobre las cuales cada sociedad debería, en alguna medida, ser construida.

Aún en una sociedad en la cual el principio de mercado se convierte en la guía generalizada de la interacción social, un universo entero de relaciones interpersonales sigue siendo un modo básico de la existencia social. Las redes de parentesco y amistad son ejemplos obvios de ese principio de comunidad. Este principio debería realizarse en forma mas general como una parte constitutiva de una amplia variedad de vínculos sociales, aún cuando la dimensión económica es muy efectiva. Ninguna sociedad sustentable es posible cuando nadie le debe nada a nadie.

Es apenas necesario decir que la misma existencia de estas condiciones de un sistema social viable esta peligrosamente amenazada por la plena imposición modernista de las instituciones económicas y políticas vigentes. Con los efectos combinados del estado y del mercado, un conjunto de formas intermedias de socialización se debilitan tanto que ya no cumplen ninguna función significativa. Cuando las obligaciones sociales como la solidaridad, la generosidad o la ayuda mutua son reemplazadas por medidas administrativas proporcionadas por el estado. el individuo interesado en si mismo es liberado para actuar plenamente dentro de la esfera del mercado. La redistribución política es entonces hecha posible a través de la mediación del mercado. En alguna forma, el estado recrea en forma diferente lo que ha sido destruido en el proceso de modernización.

El ideal que actualmente difundimos en todo el mundo en nombre del desarrollo es manifiestamente el modelo de una sociedad desequilibrada en la cual una norma limitada y limitante del individuo independiente se hace equivaler a 'lo humano'. Una 'buena sociedad' es así constituida por individuos relacionados por medio de la tecnología y el mercado. Para nosotros en Occidente, y crecientemente para todos los otros, la dependencia tecnológica y mercantil se convierte en la única vía para concebir la libertad. Ser libre es dedicarse al consumo; aún la gente misma es reducida a bienes de consumo.

La universalización a través del desarrollo de este modo de ser humano es simultáneamente la destrucción de diversos modos de socializad que podrían tomarse hoy como requisitos para una organización social balanceada. Cualquier alternativa viable a nuestro desarrollismo mercantil actual debería basarse en una reconsideración drástica de nuestros valores culturales. Tradicionalmente, en todas las sociedades, el comercio y las actividades tecnológicas estaban ambas estrictamente reguladas y sujetas a restricciones simbólicas. Con el desarrollo, todos estos limites religiosos y espirituales son progresivamente eliminados. El resultado final, como es bien demostrado por las sociedades occidentales contemporáneas, es un orden económico hipertrófico, un dominio político subordinado y una esfera social indefinible de un significado sólo marginal. La libertad individual, este valor cardinal de nuestro sistema cultural, involucra entonces el uso ilimitado de todo tipo de recursos, y como tal presenta una amenaza fundamental a nuestra ecología, hasta a nuestra propia supervivencia.

Hasta hoy, el proyecto de la total 'liberación' del hombre tiene todas las apariencias de un movimiento ineluctable, impuesto por las dos fuerzas estrechamente conectadas del utopismo tecnológico y mercantil. Dentro de tal contexto, ¿qué haremos para preservar lo que es propiamente humano en cada uno de nosotros cuando nuestros modos de acción y nuestros modos de pensar están sujetos a estas poderosas restricciones? ¿Cómo vamos a evitar convertirnos individual y colectivamente en los instrumentos y las victimas de sistemas de nuestra propia factura, sistemas que hemos tomado como la expresión de nuestras propias aspiraciones?

Lo que esta en juego en este proceso generalizado de artificialismo e individualismo es la pérdida de nuestra capacidad de autolimitación, esa distintiva cualidad de la humanidad, única capaz de tomar una cierta distancia y reflexionar sobre su situación.

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Referencias

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3. J. L. Sadie, 'The Social Anthropology of Economic Underdevelopment' (La Antropología Social del Subdesarrollo Económico), The Economic Journal, No. 70, 1960, p. 302.

4. G. Becker, The Economic Approach to Human Behavior (El Enfoque Económico del Comportamiento Humano), Chicago: University of Chicago Press, 1976,p.8 pp.5.

5. Véase G. Nicolas, Dynamique sociale et appréhension du monde au sein d'une société hausa (Dinámica Social y Percepción del Mundo en el seno de una sociedad hausa), Paris: Institut d'ethnologie, 1975, pp. 166-70.

6. Véase M. Blaug, The Methodology of Economics (La Metodología de la Economia), Cambridge: Cambridge University Press, 1980, p. 60.

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8. A. Smith, The Theory of Moral Sentiments (La Teoría de los Sentimientos Morales), Oxford: Clarendon Press, 1976 p. 61 (originalmente publicado en 1759).

9. L. Rothkrug, Opposition to Louis XIV: The Political and Social Origins of the French Enlightenment (Los Origenes Políticos y Sociales de la Ilustración Francesa), Princeton: Princeton University Press, 1965, pp. 301-2.

10. V,ase Ph. Nemo, La société de droit selon F A. Hayek (La Sociedad de Derecho según F. A. Hayek), Paris: P.U.F., 1988, p. 298.

11. Lord Lugard, Political Memoranda (Memorandos políticos). Revisión de instrucciones a funcionarios políticos en materias principalmente políticas y administrativas, 1913- 1918. London: Frank Cass, 1970, pp. 205-6.

12. Véase E. Halévy, The Growth of Philosophic Radicalism (El Crecimiento Radicalismo Filosófico) (versión abreviada). Londres: Faber & Faber, 1972.

13. A. Smith, The Theory of Moral Sentiments, op. cit., p. 86.

14. G. Simmel, The Philosophy of Money (La Filosofía del Dinero), Londres: Routledge & Kegan Paul, 1978, p. 476. (originalmente publicado en alemán en 1907).

15. M. Mauss, The Gift: The Form and Reason for Exchange in Archaic Societies (El Don: La Forma y Razón para el Intercambio en las Sociedades Arcaicas), Londres: Routledge, 1990, pp. 65, 69, 70 (originalmente publicado en francés en 1924)

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Bibliografía

Tanto el trabajo de K. Polanyi como las contribuciones de un conjunto de estudiosos, particularmente de la escuela austriaca, son guias indispensables a los principales temas en el debate teórico sobre la idea y la realidad del mercado. Con Polanyi, el mercado autorregulado es creado por el estado en el siglo diecinueve. Es obvia así una discontinuidad entre ese mercado fijador de precios y todas las otras formas de intercambio, incluyendo el mercado regulado y las plazas. Estas ideas son desarrolladas en tres trabajos: The Great Transformation (La Gran Transformación), Boston: Beacon, 1957 - primera edición en 1944; Trade and Market in the Early Empires (Comercio y Mercado en los Imperios Antiguos), Glencoe, lllinois: The Free Press, 1957, editado por C. M. Arensberg y H. W. Pearson; y The Livelihood of Man (La Subsistencia del Hombre), New York: Academic Press, 1977. Para L. von Mises, Human Action (Acción Humana), New Haven: Yale University Press, 1949, tercera edición revisada en 1966, y F. A. Hayek, Law, Legistation and Liberty (Ley, Legislación y Libertad), 3 vols. Londres: Routledge and Kegan Paul, 1982, dos conocidos representantes de la escuela austriaca, el libre mercado es un orden espontaneo y, como tal, es el resultado natural de un largo proceso evolucionario basado en la naturaleza humana del propio interés.

P. Rosanvallon, Le liberalisme economique (El Liberalismo Económico), Paris: Le Seuil, 1989, ofrece una visión comprensiva de la historia de la idea del mercado como un principio de regulación social en el pensamiento social clásico. A. Hirschman, The Passions and the Interests: Political Arguments for Capitalism before its Triumph (Las Pasiones y los Intereses: Argumentos Políticos por el Capitalismo antes de su Triunfo), Princeton: Princeton University Press, 1977, rastrea elegantemente las esperanzas tras el ascenso del principio de mercado, mientras J. Appleby, Economic Thought and Ideology in Seventeenth Century England (Pensamiento e Ideología Económica en la Inglaterra del Siglo Diecisiete). Princeton: Princeton University Press, 1978, hace un recuento del debate intelectual que reflejó el choque entre los valores de la antigua economia moral y los valores de la economia liberal naciente. Cómo especialmente el libre comercio fue el tema motivador que produjo la formulación de nuevos principios, es mostrado por W. Barber, British Economic Thought and India 1600-1858: A Study in the History of Development Economics (Pensamiento Económico Británico: Un Estudio de la Historia de la Economia del Desarrollo), Oxford: Clarendon, 1975.

Para una amplia variedad de datos empíricos sobre los múltiples fenómenos del mercado a través del tiempo y del espacio, consultese a F. Braudel, The Wheels of Commerce (Las Ruedas del Comercio), New York: Harper & Row, 1982. y P. Bohannan & G. Dalton, Markets in Africa: Eight Subsistence Economies in Transition (Mercados en Africa: Ocho Economías de Subsistencia en Transición), Evanston: Northwestern University Press, 1962, C. Geertz, 'Suq: The Bazaar Economy in Sefrou' (Suq: La Economia del Bazar en Sefrou), en C. Geertz el al., Meaning and Order in Moroccan Society (Significado y Orden en la Sociedad Marroqui), Cambridge: Cambridge University Press, 1979, proporciona un recuento antropológico detallado de un mercado pre-moderno particular.

Ideológicamente, la sociedad mercantil se compone de individuos independientes que están contractualmente vinculados, como se ejemplifica en el trabajo de Adam Smith. Hoy tal visión esta muy difundida. V,ase, por ejemplo, J. M. Buchanan, Liberty, Market and State: Political Economy in the 1980s (Libertad, Mercado y Estado: La Economia Política en los 1980), Brighton: Wheatsheaf Books, 1986, y A. H. Shand, Free Market Morality: The Political Economy of the Austrian School (La Moralidad del Libre Mercado: La Economia Política de la Escuela Austriaca), Londres: Routledge, 1990, G. Dworkin et al., Markets and Morals (Mercados y Moral), New York: J. Wiley, 1977, discuten varios temas concernientes a la ética y al comportamiento mercantil, mientras R. Heilbronner, Behind the Veil of Economics (Tras el Velo de la Economia), Cambridge: Cambridge University Press, 1988, expone los supuestos ocultos de la mentalidad mercantil.

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