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PARTE I: YATROGÉNESIS
CLÍNICA
1. LA EPIDEMIA
DE LA MEDICINA MODERNA
Durante las pasadas tres generaciones
las enfermedades que padecen las sociedades occidentales han
sufrido cambios dramáticos1. La poliomielitis, la difteria y la tuberculosis
están desapareciendo; una sola dosis de un antibiótico
cura a menudo la neumonía o la sífilis, y se ha
llegado a controlar tantas causas de defunción masiva,
que actualmente dos tercios de todas las muertes se relacionan
con las enfermedades de la vejez. Los que mueren jóvenes
son en la mayoría de los casos víctimas de accidentes,
violencia o suicidio.2
Por lo general, estos cambios en el estado de salud se identifican
con una disminución del sufrimiento y se atribuyen a una
mayor o mejor asistencia médica. Aunque casi cada uno
piensa que por lo menos uno de sus amigos no se hallaría
vivo y sano de no ser por la pericia de un doctor, de hecho no
existe evidencia de ninguna relación directa entre esta
mutación de la enfermedad y el llamado progreso de la
medicina.3
Los cambios son variables dependientes de transformaciones políticas
y tecnológicas que a su vez se reflejan en los actos y
las palabras de los médicos; no tienen relación
significativa con las actividades que requieren la preparación,
el rango social y el costoso equipo de que se enorgullecen las
profesiones de la salud.4 Además, una proporción creciente
de la nueva carga de enfermedades de los últimos quince
años es en sí misma el resultado de la intervención
médica en favor de personas que están enfermas
o podrían enfermar. Es de origen médico, o yatrogénico.5
Tras un siglo de perseguir la utopía médica,6 y contrariamente
a la actual sabiduría convencional,7 los servicios médicos no han tenido
un efecto importante en producir los cambios ocurridos en la
expectativa de vida. En gran medida, la asistencia clínica
contemporánea es incidental a la cura de la enfermedad,
pero el daño causado por la medicina a la salud de individuos
y poblaciones resulta muy significativo. Estos hechos son obvios,
están bien documentados y son objeto de fuerte represión.
23
LA EFICACIA DE LOS MÉDICOS:
UNA ILUSIÓN
El estudio de la evolución
seguida por las características de las enfermedades proporciona
pruebas de que durante el último siglo los médicos
no han influido sobre las epidemias más profundamente
que los sacerdotes en tiempos anteriores. Las epidemias han llegado
y se han ido bajo las imprecaciones de ambos pero sin ser afectadas
por éstas. Los rituales practicados en las clínicas
médicas no las han modificado de manera más decisiva
que los exorcismos usuales en los santuarios religiosos.8 La discusión
sobre el porvenir de la asistencia médica podría
iniciarse en forma útil partiendo de este reconocimiento.
Las infecciones que predominaron al iniciarse la edad industrial
ilustran cómo la medicina adquirió su reputación.9
La tuberculosis, por ejemplo,
alcanzó una cima a lo largo de dos generaciones. En 1812,
se calculó que la mortalidad en Nueva York sobrepasaba
la proporción de 700 por 10 000; en 1882, cuando Koch
aisló y cultivó por vez primera el bacilo, había
declinado a 370 por 10 000. La tasa había disminuido a
180 cuando se abrió el primer sanatorio en 1910, aunque
la tisis ocupaba todavía el segundo lugar en los cuadros
de mortalidad10. Después de la Segunda Guerra
Mundial, pero antes de que el uso de antibióticos se convirtiera
en rutina, había descendido al undécimo lugar con
una tasa de 48. De manera análoga, el cólera,11 la disentería12 y la fiebre
tifoidea alcanzaron un máximo y luego disminuyeron independientemente
del control médico. Cuando se llegó a comprender
su etiología y su terapia se hizo específica, estas
enfermedades ya habían perdido gran parte de su virulencia
y con ella su importancia social. La tasa combinada de mortalidad
por escarlatina, difteria, tosferina y sarampión en niños
menores de quince años muestra que casi el 90% de la disminución
total en mortalidad desde 1860 hasta 1963 se había registrado
antes de la introducción de los antibióticos y
de la inmunización generalizada. 13 Este receso puede atribuirse en parte al mejoramiento
de la vivienda y a una disminución de la virulencia de
los microorganismos, pero con mucho el factor más importante
fue una mayor resistencia del huésped al mejorar la nutrición.
Actualmente, en los países pobres, la diarrea y las infecciones
de las vías réspiratorias superiores se registran
con más frecuencia, duran más tiempo y provocan
más alta mortalidad cuando la nutrición es mala,
independientemente de que se disponga de mucha o poca asistencia
médica.14 En Inglaterra, a mediados del siglo
XIX, las epidemias de enfermedades infecciosas habían
sido remplazadas por grandes síndromes de malnutrición,
como el raquitismo y la pelagra. Estos a su vez alcanzaron un
máximo y se desvanecieron, para ser sustituidos por las
enfermedades de la primera infancia y luego por úlceras
duodenales en los jóvenes. Cuando éstas disminuyeron,
ocuparon su lugar las epidemias modernas: cardiopatías
coronarias, enfisema, bronquitis, obesidad, hipertensión,
cáncer, sobre todo pulmonar, artritis, diabetes y los
llamados desórdenes mentales. A pesar de intensas investigaciones,
no contamos con una explicación completa sobre la génesis
de estos cambios.15 Pero dos cosas son ciertas: no puede
acreditarse al ejercicio profesional de los médicos la
eliminación de antiguas formas de mortalidad o morbilidad,
ni tampoco se le puede culpar por la mayor expectativa de una
vida que transcurre sufriendo las nuevas enfermedades. Durante
más de un siglo, el análisis de las tendencias
patológicas ha mostrado que el ambiente es el determinante
primordial del estado de salud general de cualquier población.
16La geografía
niédica, 17 la historia de las enfermedades,18 la antropología médica19 y la historia social de las actitudes
hacia la enfermedad 20 han mostrado que -la alimentación,
21 el agua 22 y el aire,23 en correlación con el nivel de igualdad
sociopolítica 24 y con los mecanismos culturales que
hacen posible mantener la estabilidad de la población,25 juegan el papel decisivo en determinar cuán
saludables se sienten las personas mayores y a qué edad
tienden a morir los adultos. A medida que los viejos factores
- patógenos retroceden, una nueva clase de malnutrición
está convirtiéndose en la epidemia moderna de más
rápida expansión. 26 Un tercio de la humanidad sobrevive
en un nivel de desnutrición que en otros tiempos habría
sido letal, mientras que cada vez más gente rica absorbe
siempre más tóxicos y mutágenos en sus alimentos.27
Algunas técnicas modernas, a menudo desarrolladas con
ayuda de médicos, y óptimamente eficaces cuando
se integran a la cultura y al ambiente o cuando se aplican independientemente
de la práctica profesional, han efectuado también
cambios en la salud general, pero en menor grado. Entre ellas
pueden incluirse los anticonceptivos, la vacunación de
infantes contra la viruela, y medidas sanitarias no médicas
como el tratamiento del agua y el drenaje, el uso de jabón
y tijeras por las comadronas, y ciertos procedimientos antibacterianos
e insecticidas. La importancia de muchas de estas prácticas
fue reconocida y declarada en primera instancia por médicos
-a menudo valerosos disidentes que sufrieron por sus recomendaciones-28 pero esto
no consigna el jabón, las pinzas, las agujas de vacunación,
los preparados para despiojar o los condones a la categoría
de "equipo médico". Los cambios más recientes
en mortalidad desde los grupós más jóvenes
hasta los de mayor edad pueden explicarse por la incorporación
de estos recursos y procedimientos a la cultura del lego.
En contraste con las mejoras ambientales y las medidas sanitarias
modernas no profesionales, el tratamiento específicamente
médico de la gente nunca se relaciona en forma significativa
con una disminución del complejo patológico ni
con una elevación de la expectativa de vida. 29 La proporción de médicos
en una población, los medios clínicos de que disponen,
el número de camas de hospital tampoco son factores causales
en los impactantes cambios registrados en las características
generales de las enfermedades. Las nuevas técnicas para
reconocer y tratar afecciones tales como la anemia perniciosa
y la hipertensión, o para corregir malformaciones congénitas
mediante intervenciones quirúrgicas, redefinen pero no
reducen la morbilidad. El hecho de que haya más médicos
donde ciertas enfermedades se han hecho raras tiene poco que
ver con la capacidad de ellos para controlarlas o eliminarlas.
30 Esto simplemente significa que los médicos
se desplazan como les place, más que otros profesionales,
y que tienden a reunirse donde el clima es saludable, el agua
es pura, y la gente tiene trabajo y puede pagar sus servicios.31
32
INÚTIL TRATAMIENTO MÉDICO
La imponente tecnología
médica se ha unido con la retórica igualitaria
para crear la impresión de que la medicina contemporánea
es sumamente eficaz. Durante la última generación,
sin duda, un número limitado de procedimientos específicos
ha resultado de extrema utilidad. Pero, cuando no se encuentran
monopolizados por profesionales como herramientas del oficio,
los que resultan aplicables a las enfermedades ampliamente difundidas
suelen ser muy económicos y requieren un mínimo
de técnicas personales, de material y de servicios de
custodia hospitalaria. En contraste la mayoría de los
enormes gastos médicos actuales en rápido aumento
se destinan a diagnósticos y tratamientos cuya eficacia
es en el mejor de los casos dudosa. 32 Para apuntalar esta afirmación
conviene distinguir entre enfermedades infecciosas y no infecciosas.
En el caso de las enfermedades infecciosas, la quimioterapia
ha desempeñado un papel importante en el control de la
neumonía, la gonorrea y la sífilis. La mortalidad
por neumonía, en otro tiempo el "amigo de los viejos",
disminuyó cada año de 5 a 8% después de
que las sulfamidas y los antibióticos salieron al mercado.
La sífilis, el pian, y muchos casos de paludismo y tifoidea
pueden curarse con rapidez y facilidad. El aumento de las enfermedades
venéreas se debe a nuevas costumbres, no a la medicina
inútil. El resurgimiento del paludismo ha de atribuirse
al desarrollo de mosquitos resistentes a los pesticidas y no
a alguna falta de medicamentos antipalúdicos.33 La inmunización ha eliminado casi
por entero la poliomielitis, enfermedad de los países
desarrollados, y sin duda las vacunas han contribuido a la disminución
de la tosferina y el sarampión,34 confirmando
así al parecer la creencia popular en el "progreso
médico". 35 Pero en lo que respecta a la mayoría de
las demás infecciones, la medicina no puede presentar
resultados comparables. El tratamiento con medicamentos ha ayudado
a reducir la mortalidad por tuberculosis, tétanos, difteria
y escarlatina, pero en la disminución total de la mortalidad
o la morbilidad por estas enfermedades, la quimioterapia jugó
un papel secundario y posiblemente insignificante. 36
El paludismo, la leishmaniasis y la enfermedad del sueño
retrocedieron ciertamente por un tiempo ante la embestida del
ataque químico, pero actualmente vuelven a cundir. 37
La eficacia de la intervención médica para combatir
enfermedades no infecciosas es aún más discutible.
En algunas situaciones y para ciertas condiciones, se ha demostrado
en verdad un progreso efectivo: es posible prevenir parcialmente
las caries dentales mediante la flurización del agua,
aunque a un costo que todavía no acaba de conocerse. 38 El tratamiento sustitutivo reduce la
acción directa de la diabetes, aunque sólo por
corto tiempo. 39 La alimentación
intravenosa, las transfusiones sanguíneas y las técnicas
quirúrgicas permiten que un número mayor de quienes
llegan al hospital sobreviva a los traumatismos, pero las tasas
de supervivencia con respecto a los tipos más comunes
de cáncer -los que integran el 90% de los casos- han permanecido
prácticamente inalteradas durante los últimos veinticinco
años. Este hecho ha sido constantemente enmascarado por
anuncios de la Sociedad Americana del Cáncer que recuerdan
las proclamas del general Westmoreland desde Vietnam. Por otra
parte, se ha comprobado el valor diagnóstico de la prueba
de frotis vaginal de Papanicolau: si dicha prueba se realiza
cuatro veces por año, la intervención precoz en
el cáncer cervical aumenta en forma demostrable de tasa
de supervivencia de cinco años. Algún tratamiento
para el cáncer cutáneo es sumamente eficaz. Pero
hay poca evidencia de eficacia en el tratamiento de la mayoría
de los otros tipos de cánceres.40 La tasa de supervivenicia después
de cinco años, en los casos de cáncer de la mama,
es del 50%, sin importar la frecuencia de los exámenes
médicos ni el tratamiento que se emplee. 41 No se
ha comprobado que esta tasa difiera de la del cáncer no
tratado. Aunque los clínicos y los publicistas de la institución
médica destacan la importancia del diagnóstico
y tratamiento precoces de éste y varios otros tipos de
cáncer, los epidemiólogos han empezado a dudar
de que la intervención temprana modifique el índice
de supervivencia.42 En raras cardiopatías congénitas
y en la cardiopatía reumática, la cirugía
y la quimioterapia han aumentado las perspectivas de llevar una
vida activa para algunos de los que sufren de condiciones degenerativas.43 Sin embargo, el tratamiento médico
de las enfermedades cardiovasculares comunes 44 y el tratamiento, intensivo de las enfermedades
cardiacas 45 son eficaces sólo cuando concurren
circunstancias más bien excepcionales que se hallan fuera
del control del médico.
El tratamiento con medicamentos de la hipertensión arterial
es eficaz, y justifica el riesgo de efectos secundarios, para
los pocós que la padecen como síndrome maligno.
Representa un peligro considerable de graves daños, muy
superiores a cualquier beneficio comprobado, para los 10 ó
20 millones de norteamericanos a quienes temerarios plomeros
de arterias tratan de imponerlo.46
38
LESIONES PROVOCADAS POR EL MÉDICO
Por desgracia, la asistencia
médica fútil pero inocua es el menor de los daños
que una empresa médica en proliferación infringe
a la sociedad contemporánea. El dolor, las disfunciones,
las incapacidades y la angustia resultantes de la intervención
médica técnica rivalizan actualmente con la morbilidad
debida a los accidentes del tráfico y de la industria,
e incluso a las actividades relacionadas con la guerra, y hacen
del impacto de la medicina una de las epidemias de más
rápida expansión de nuestro tiempo. Entre los perjuicios
homicidas institucionales, sólo la malnutrición
moderna lesiona a más gente que la enfermedad yatrogénica
en sus diversas manifestaciones.47 En el sentido más estricto, la enfermedad
yatrogénica incluye sólo las enfermedades que no
se habrían producido si no se hubiesen aplicado tratamientos
ortodoxos y profesionalmente recomendados.48 Dentro
de esta definición, un paciente podría demandar
a su terapeuta si este último, en el curso de su tratamiento
se abstuviera de aplicar un procedimiento recomendado que, en
opinión del médico, implicara el riesgo de enfermarlo.
En un sentido más general y más ampliamente aceptado,
la enfermedad yatrogénica clínica comprende todos
los estados clínicos en los cuales los remedios, los médicos
o los hospitales son los agentes patógenos o "enfermantes".
Daré a esta plétora de efectos secundarios terapéuticos
el nombre de yatrogénesis clínica. Son tan antiguos
como la medicina misma 49 y siempre han sido objeto de estudios médicos.50 Los medicamentos siempre han sido potencialmente
tóxicos, pero sus efectos secundarios no deseados han
aumentado con su poder 51 y la difusión de su empleo.52 Cada 24 a 36 horas, del 50 al 80% de los adultos
en los Estados Unidos y el Reino Unido ingiere un producto químico
por prescripción médica. Algunos toman un medicamento
equivocado, otros reciben parte de un lote envejecido o contaminado,
y otros mas una falsificación;53 algunos ingieren varios medicamentos en combinaciones
peligrosas,54 o bien
reciben inyecciones con jeringas mal esterilizadas.55 Ciertos medicamentos forman hábito,
otros son mutilantes y otros mutágenos, aunque quizá
sólo en combinación con colorantes de alimentos
ó insecticidas. En algunos pacientes, los antibióticos
alteran la flora bacteriana normal e inducen una superinfección
permitiendo a organismos más resistentes proliferar e
invadir al huésped. Otros medicamentos contribuyen a criar
cepas de bacterias resistentes.56 Así, tipos sutiles de intoxicación
se han difundido aún más rápidamente que
la desconcertante variedad y ubicuidad de las panaceas.57 La cirugía innecesaria es un procedimiento
habitual.58 El tratamiento médico de enfermedades
inexistentes produce con una frecuencia cada vez mayor no-enfermedades
incapacitantes;59 el número de niños incapacitados
en Massachusetts por el tratamiento de no- enfermedades cardiacas
supera al número de niños bajo tratamiento eficaz
por cardiopatías reales.60
El dolor y la invalidez provocados por el médico han sido
siempre parte del ejercicio profesional.61 La dureza,
la negligencia y la cabal incompetencia de los profesionales
son formas milenarias de su mal ejercicio.62 Con la transformación del médico
de un artesano que ejerce una habilidad en individuos a quienes
conoce personalmente, en un técnico que aplica normas
científicas a toda clase de pacientes, el mal ejercicio
profesional adquirió un rango anónimo, casi respetable.63 Lo que anteriormente se consideraba abuso
de confianza y falta de moral puede ahora atribuirse racionalmente
a la falla ocasional de equipo y operadores. En un hospitaI tecnológico
complejo, la negligencia pasa a ser un error humano aleatorio",
la actitud encallecida se convierte en "desapego científico"
y la incompetentencia se transforma en "falta de equipo
especializado". La despersonalización del diagnóstico
y la terapéutica hace que el ejercicio profesional impropio
deje de ser un problema ético y se convierta en problema
técnico.64
En 1971, se presentaron de 12 000 a 15 000 litigios por mal ejercicio
profesional en los tribunales de los Estados Unidos. Menos de
la mitad de todos esos litigios se resolvieron antes de dieciocho
meses, y más del 10% permanecieron no resueltos más
de seis años. Por cada dólar pagado por seguros
contra mal ejercicio profesional, dieciséis a veinte centavos
se destinaron a compensar a la víctima; el resto se pagó
a los abogados y los expertos médicos.65 En tales
casos, los médicos sólo son vulnerables al cargo
de haber actuado contra el código médico, de la
acción incompetente del tratamiento prescrito, o de negligencia
culpable por codicia o pereza. El problema, empero, es que la
mayor parte de los daños infligidos por el médico
moderno no caben en ninguna de estas categorías 66 Ocurren
en la práctica ordinaria de personas bien preparadas que
han aprendido a someterse a los procedimientos y juicios profesionales
en boga, aunque sepan (o puedan y deban saber) los daños
que causan.
El Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los
Estados Unidos calcula que el 7% de todos los pacientes sufren,
mientras están hospitalizados, lesiones susceptibles de
indemnización, aunque pocos de ellos hacen algo al respecto.
Más aún, la frecuencia de accidentes reportados
en los hospitales es mayor que en cualquier industria, excepto
las minas y la construcción de edificios altos. Los accidentes
son la causa principal de defunción entre los niños
norteamericanos. En proporción al tiempo pasado allí,
estos accidentes parecen ocurrir más a menudo en el hospital
que en cualquier otro sitio. Uno de cada cincuenta niños
internados en un hospital sufre un accidente que requiere tratamiento
específico.67 Los hospitales universitarios son relativamente
más patógenos, o para decirlo llanamente, producen
más enfermedades. También se ha comprobado que
uno de cada cinco pacientes internados en un típico hospital
para investigación adquiere una enfermedad yatrogénica,
algunas veces trivial, que por lo común requiere un tratamiento
especial y en un caso de cada treinta conduce a la muerte. La
mitad de estos casos resulta de complicaciones del tratamiento
medicamentoso; sorprendentemente, uno de cada diez proviene de
procedimientos de diagnóstico.68 Pese a las buenas intenciones y a la invocación
de un servicio público, un oficial militar con una hoja
de servicios similar habría sido depuesto del mando, y
un restaurante o centro de diver- siones sería clausurado
por la policía. No es de extrañarse que la industria
de la salud intente echar la culpa a la víctima del daño
causado, ni que el prontuario de una empresa farmacéutica
multinacional diga a sus lectores que "la enfermedad yatrogénica
tiene casi siempre un origen neurótico".69
47
PACIENTES INDEFENSOS
Los efectos secundarios adversos
debidos a los contactos técnicos con el sistema médico,
aprobados, erróneos, aplicados con dureza, o contraindicados,
representan apenas el primer plano de la medicina patógena.
Tal yatrogénesis clínica incluye no sólo
el daño que los médicos infligen con la intención
de curar al paciente o de explotarlo; sino también aquellos
otros perjuicios que resultan de los intentos del médico
por protegerse contra un posible juicio por mal ejercicio profesional.
Actualmente dichos esfuerzos por evitar litigios y prosecuciones
pueden causar mayor daño que cualquier otro estímulo
yatrogénico.
En un segundo plano,70 la práctica de la medicina fomenta
las dolencias reforzando a una sociedad enferma que anima a sus
miembros a convertirse en consumidores de medicina curativa,
preventiva, industrial y ambiental. Por una parte los seres defectuosos
sobreviven en números cada vez mayores y sólo están
en condiciones de vivir bajo la asistencia institucional, mientras
por otra parte los síntomas certificados médicamente
exceptúan a la gente del trabajo industrial y así
la apartan de la lucha política por la transformación
de la sociedad que la ha enfermado. El segundo plano de yatrogénesis
se manifiesta en diversos síntomas de sobremedicalización
social que equivalen a lo que he llamado la expropiación
de la salud. Designo a este efecto médico de segundo plano
como yatrogénesis social, y habré de discutirlo
en la Parte II.
En un tercer plano, las llamadas profesiones de la salud tienen
un efecto aún más profundo, que culturalmente niega
la salud en la medida en que destruyen el potencial de las personas
para afrontar sus debilidades humanas, su vulnerabilidad y su
singularidad en una forma personal y autónoma. El paciente
en las garras de la medicina contemporánea es sólo
un ejemplo de la humanidad atrapada en sus técnicas perniciosas.71 Esta yatro
génesis cultural, que discutiré en la Parte III,
es la definitiva repercusión contraproducente del progreso
higiénico y consiste en la parálisis de las reacciones
saludables ante el sufrimiento, la invalidez y la muerte. Se
produce cuando la gente acepta la manipulación de la salud
planeada a partir de un modelo mecánico, cuando se conspira
con la intención de producir algo llamado "mejor
salud" como si fuera un artículo de consumo. Esto
inevitablemente da por resultado el mantenimiento manipulado
de la vida en altos niveles de enfermedad subletal.
Este mal último del "progreso" médico
debe distinguirse claramente de la yatrogénesis tanto
clínica como social.
Espero mostrar que, en cada uno de sus tres planos, la yatrogénesis
ha llegado a ser médicamente irreversible, un rasgo inherente
a la empresa médica. Los indeseables subproductos fisiológicos,
sociales y psicológicos del progreso diagnóstico
y terapéutico se han vuelto resistentes a los remedios
médicos. Nuevos artefactos, procedimientos y formas de
organización, concebidos como remedios para la yatrogénesis
clinica y social, tienden ellos mismos a volverse agentes patógenos
que contribuyen a la nueva epidemia. Las medidas técnicas
y administrativas adoptadas en cualquier plano para evitar que
el tratamiento dañe al paciente tienden a engendrar un
segundo orden de yatrogénesis análogo a la destrución
progresiva generada por los procedimientos contaminantes usados
como medidas contra la contaminación.72
A esta espiral autorreforzante de retroalimentación institucional
negativa la designaré con su equivalente clásico
griego y la llamaré Némesis médica. Los
griegos veían dioses en las fuerzas de la naturaleza.
Para ellos Némesis representaba la venganza divina que
caía sobre los mortales que usurpaban los privilegios
que los dioses guardaban celosamente para sí mismos. Némesis
era el castigo inevitable por los intentos de ser un héroe
en lugar de un ser humano. Como la mayoría de los nombres
griegos abstractos, Némesis adquirió la forma de
una divinidad. Representaba la respuesta de la naturaleza a hybris
la arrogancia del individuo que busca adquirir los atributos
de un dios. Nuestra hybris higiénica contemporánea
ha conducido al nuevo síndrome de Némesis médica.73
Al utilizar el término griego deseo recalcar que el concepto
correspondiente no encaja en el paradigma explicativo que actualmente
ofrecen los burócratas, terapeutas e ideólogos
para las crecientes diseconomías y disutilidades que ellos
mismos han elaborado con. una total falta de intuición
y que tienden a llamar "comportamiento contraintuitivo de
los grandes sistemas". Al invocar mitos y dioses ancestrales
pienso dejar claro que mi esquema de análisis de la actual
descomposición de la medicina es ajeno a la lógica
y al ethos industrialmente determinados. Pienso que la
inversión de Ménesis sólo puede surgir
del hombre y no de otra fuente manipulada (heterónoma)
la cual dependería una vez más de la presunción
de los expertos y de su mistificación consiguiente.
Némesis médica es resistente a los remedios médicos.
Sólo puede invertirse cuando los legos recobran la voluntad
de autoasistencia mutua, y a través del reconocimiento
jurídico, político e institucional de ese derecho
a atenderse, que impone limites al monopolio profesional de los
médicos. En mi capítulo final propongo lineamientos
para detener a Némesis médica y algunos criterios
para mantener la empresa médica dentro de límites
saludables. No sugiero ninguna forma específica de asistencia
a la salud o a los enfermos, ni propugno ninguna nueva filosofia
médica como tampoco recomiendo remedios para la técnica,
la doctrina o la organización médica. Sin embargo,
propongo una visión alternativa al uso de la organización
y la tecnología médicas, junto con sus burocracias
y sus ilusiones aliadas.
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