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PARTE II: YATROGÉNESIS
SOCIAL
2.MEDICALIZACIÓN
DE LA VIDA
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TRANSMISIÓN POLÍTICA
DE LA ENFERMEDAD YATROGÉNICA
Hasta épocas recientes
la medicina intentaba reforzar lo que ocurre en la naturaleza.
Fomentaba la tendencia de las heridas a sanar, de la sangre a
cuajar y de las bacterias a ceder ante la inmunidad natural.1 Ahora la medicina trata de instrumentar
los sueños de la razón.2 Los anticonceptivos orales, por ejemplo,
se prescriben "para prevenir una ocurrencia normal en personas
sanas".3 Las terapias
inducen al organismo a interactuar con moléculas o con
máquinas en formas que no tienen precedente en la evolución.
Los trasplantes implican la obliteración inmediata de
defensas inmunológicas programadas genéticamente.4 Así, no puede asumirse la existencia
de una relación entre el interés del paciente y
el éxito de cada especialista que manipula alguna de sus
"condiciones"; ahora se requieren pruebas y debe determinarse
desde fuera de la profesión cuál es la contribución
neta de la medicina a la carga de enfermedad de la sociedad.5Pero todo
cargo contra la medicina por el daño clínico que
causa, sólo constituye el primer paso en el enjuiciamiento
de la medicina patógena.6 La huella dejada en el sembrado es sólo
un recuerdo de los grandes daños causados por el barón
a la aldea por la que pasó con su partida de caza.
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Yatrogenénesis social
La medicina socava la salud no
sólo por agresión directa contra los individuos
sino también por el impacto de su organización
social sobre el ambiente total. Cuando el daño médico
a la salud individual se produce por un modo sociopolítico
de transmisión, hablaré de "yatrogénesis
social", término que designa todas las lesiones a
la salud que se deben precisamente a esas transformaciones socioeconómicas
que han sido hechas atrayentes, posibles o necesarias por la
forma institucional que ha adquirido la asistencia a la salud.
La yatrogénesis social designa una categoría etiológica
que abarca muchas formas. Se da cuando la burocracia médica
crea una salud enferma aumentando las tensiones, multiplicando
la dependencia inhabilitante, generando nuevas y dolorosas necesidades,
disminuyendo los niveles de tolerancia al malestar o al dolor,
reduciendo el trato que la gente acostumbra a conceder al que
sufre, y aboliendo aun el derecho al cuidado de sí mismo.La
yatrogénesis social está presente cuando el cuidado
de la salud se convierta en un item estandarizado, en un artículo
de consumo; cuando todo sufrimiento se "hospitaliza"
y los hogares se vuelven inhóspitos para el nacimiento,
la enfermedad y la muerte; cuando el lenguaje en el que la gente
podía dar expresión a sus cuerpos se convierte
en galimatías burocráticas; o cuando sufrir, dolerse
y sanar fuera del papel de paciente se etiquetan como una forma
de desviación.
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Monopolio médico
Como su contraparte clínica,
la yatrogénesis social puede escalar desde rasgo advenedizo
hasta ser una característica inherente al sistema médico.
Cuando la intensidad 7 de la intervención biomédica
traspasa un umbral crítico, la yatrogénesis clínica
se convierte de error, accidente o culpa en una perversión
incurable de la práctica médica. Del mismo modo,
cuando la utonomía profesional degenera en monopolio radical
8 y la gente se vuelve impotente para
enfrentarse con su ambiente, la yatrogénesis social pasa
a ser el producto principal de la organización médica.
Un monopolio radical cala más hondo que el de cualquier
corporación o cualquier gobierno. Puede tomar muchas formas.
Cuando las ciudades se construyen alrededor de los vehículos,
devalúan los pies humanos; cuando las escuelas acaparan
el aprendizaje, devalúan al autodidacta, cuando los hospitales
reclutan a todos aquellos en condición crítica,
imponen a la sociedad un nueva forma de morir Los monopolios
ordinarios arrinconan al mercado;9 los monopolios radicales inhabilitan a la gente
para hacer y crear cosas por sí misma.10 El monopolio comercial restringe el flujo
de mercancías; el monopolio social, más insidioso,
paraliza la producción de valores de uso no comerciables.11 Los monopolios radicales violan aún
más la libertad y la independencia. Imponen en toda la
sociedad la sustitución de valores de uso por mercancías,
remodelando el ambiente y "apropiándose" aquellas
características generales que permitieron a la gente enfrentarlo
por sí misma. La educación intensiva transforma
a los autodidactas en gente no empleable, la agricultura intensiva
destruye al labrador de subsistencia, y el despliegue de la policía
mina el autocontrol de la comunidad. La maligna propagación
de la medicina tiene resultados comparables: convierte el cuidado
mutuo y la automedicación en delitos o fechorías.
Igual que la yatrogénesis clínica se hace médicamente
incurable cuando alcanza una intensidad crítica y a partir
de entonces sólo puede revertirse por un descenso de la
empresa, así la yatrogénesis social sólo
puede revertirse por medio de una acción política
que cercene la dominación profesional.
Un monopolio radical se alimenta de sí mismo. La medicina
yatrogénica refuerza una sociedad morbosa donde el control
social de la población por parte del sistema médico
se erige como actividad económica primordial. Sirve para
legitimar componendas sociales en las que mucha gente no encaja.
Cataloga a los impedidos como ineptos y genera una tras otra
nuevas categorías de pacientes. La gente airada, enferma
y menoscabada por su labor y su ocio industriales sólo
puede escapar viviendo bajo supervisión médica,
y con ello se le seduce o se le descalifica de la lucha política
por un mundo más sano.12
La yatrogénesis social todavía no se acepta como
una etiología común de la enfermedad. Si se reconociera
que a menudo el diagnóstico sirve como un medio de convertir
las quejas políticas contra las tensiones por el desarrollo
en demandas de nuevas terapias que sólo son más
de los mismos productos costosos y enervantes, el sistema industrial
perdería una de sus principales defensas.13 Al mismo
tiempo la conciencia del grado en que la salud enferma yatrogénica
se comunica políticamente sacudiría los cimientos
del poder médico mucho más profundamente que cualquier
catálogo de las fallas técnicas de la medicina.14
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¿Curación amoral?
El asunto de la yatrogénesis
social se confunde a menudo con la autoridad diagnóstica
del que cura. Para nublar el tema y proteger su reputación,
algunos médicos insisten en lo obvio: es decir, en que
la medicina no puede practicarse sin la creación yatrogénica
de enfermedad. La medicina siempre crea enfermedad como un estado
social 15
Cualquier
curandero reconocido transmite a los individuos las posibilidades
sociales de actuar como enfermos.16 Cada cultura tiene su propia percepción
característica de la enfermedad,17 y con ella
su máscara higiénica peculiar.18 La enfermedad toma sus rasgos del médico
que asigna a los actores alguno de los papeles disponibles.19 Hacer de las personas enfermos legítimos
está tan implícito en el poder del médico
como el potencial venenoso del remedio que surte efecto.20 El curandero
maneja venenos y encantamientos. La única palabra con
que los griegos designaban "medicamento" pharmakon-
no distinguía entre el poder de sanar y el poder de matar.21
La medicina es una empresa moral y por ello da inevitablemente
contenido al bien y al mal. En cada sociedad, la medicina, como
la ley y la religión, define lo que es normal, propio
o deseable. La medicina tiene autoridad para catalogar como enfermedad
genuina la dolencia de alguien, para declarar enfermo a otro
aunque éste no se queje, y para rehusar a un tercero el
reconocimiento social de su dolor, su incapacidad e incluso su
muerte. 22 La medicina es la que determina como
"meramente subjetivo" algún dolor,23 como fingimiento
a alguna lisiadura24 y como suicidio a algunas muertes.25 El juez
determina qué es legal y quién culpable.26 El sacerdote declara qué es sagrado
y quién rompió un tabú El médico
decide qué es un síntoma y quien se encuentra enfermo
. Es un empresario moral 27 investido con poderes inquisitoriales
para descubrir ciertos entuertos a enderezar.28 La medicina, como todas las cruzadas,
crea un grupo de excluidos cada vez que logra hacer pasar un
nuevo diagnóstico.29 La moral se halla tan implícita
en la enfermedad como en el crimen o en el pecado.
En las sociedades primitivas, resulta obvio que el reconocimiento
del poder moral está implícito en el ejercicio
de la aptitud médica. Nadie llamaría al curandero,
a menos que le concediese la habilidad de discernir entre espíritus
malos y buenos. En una civilización mayor este poder se
expande. Aquí la medicina es ejercida por especialistas
de tiempo completo que controlan grandes poblaciones por medio
de instituciones burocráticas.30 Estos especialistas forman profesiones que ejercen
un tipo único de control sobre su propio trabajo.31 A diferencia de los sindicatos, estas
profesiones deben su autonomía a un otorgamiento de confianza
más que a la victoria en la lucha. A diferencia de los
gremios, que sólo determinan quién trabajará
y cómo, ellas determinan asimismo qué trabajo se
hará. En los Estados Unidos la profesión médica
debe esta autoridad suprema a una reforma de las escuelas de
medicina poco antes de la Primera Guerra Mundial. La profesión
médica es una manifestación, en un sector particular,
del control sobre la estructura del poder de clase que han adquirido
las élites universitarias. Sólo los médicos
"saben" qué constituye una enfermedad, quién
está enfermo y qué habrá de hacerse con
los enfermos y con aquellos a quienes consideran en riego especial.
Paradójicamente, la medicina occidental, que ha insistido
en separar su poder de la ley y la religión, ahora lo
ha expandido más allá de todo precedente. En algunas
sociedades industriales la etiquetación social se ha medicalizado
hasta el punto en que toda desviación ha de tener una
etiqueta médica. El eclipse del componente moral explícito
en el diagnóstico médico ha dotado así de
poder totalitario a la autoridad asclepiádea.32
El divorcio entre medicina y moralidad se ha defendido sobre
la base de que las categorías médicas, a diferencia
de las legales o religiosas, descansan en fundamentos científicos
exentos de evaluación moral.33 La ética médica ha sido
segregada en un departamento especializado que alinea la teoría
con la práctica de actualidad.34
Los juzgados y la ley, cuando no se usan para imponer el monopolio
asclepiádeo, son convertidos en porteros de hospital que
seleccionan entre los clientes a aquellos que puedan acomodarse
al criterio de los doctores.35 Los hospitales se convierten en monunentos
de cientificismo narcisista; manifestaciones concretas de aquellos
prejuicios profesionales que estaban de moda el día en
que se puso la primera piedra y que a menudo ya eran anticuados
cuando el edificio entró en funciones. La empresa técnica
del médico reclama un poder libre de valoración
o amoral.
Resulta obvio que en esta clase de contexto es fácil esquivar
el asunto de la yatrogénesis social que ahora me ocupa.
Así mediatizado políticamente, el daño médico
se mira como algo inherente al mandato de la medicina, y sus
críticos se consideran sofistas que tratan de justificar
la intrusión legal en el alguacilazgo médico. Precisamente
por esta razón, es urgente una revisión legal de
la yatrogénesis social. La determinación del cuidado
y la asistencia libres de valoración es obviamente una
tontería maligna y los tabúes que han protegido
a la medicina irresponsable empiezan a debilitarse.
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