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LA INVASIÓN FARMACÉUTICA
No se necesitan médicos
para medicalizar los remedios de una sociedad.84 Incluso
sin demasiados hospitales y escuelas de medicina, una cultura
puede ser presa de una invasión farmacéutica. Cada
cultura tiene sus venenos, sus remedios, sus placebos, y su escenografía
ritual para administrarlos.85 La mayoría de ellos se destina
a los sanos más que a los enfermos.86 Las poderosas drogas médicas destruyen
con facilidad el patrón históricamente enraizado
que adapta cada cultura a sus venenos; por lo común ellas
causan más daño que provecho a la salud, y en última
instancia establecen una nueva actitud en la cual el cuerpo se
percibe como una máquina regida por conmutadores mecánicos
y manipuladores.87
En los años cuarenta, pocas de las recetas escritas en
Houston o Madrid podrían haber sido surtidas en México,
a no ser en la "zona rosa" de la capital donde farmacias
internacionales prosperan al lado de boutiques y hoteles.
Hoy día, las farmacias pueblerinas de México ofrecen
tres veces más artículos que las farmacias de los
Estados Unidos. Muchos medicamentos ya anticuados en otros sitios,
o bien sobrantes ilegales o falsificaciones, van a parar a las
farmacias de Tailandia88 o de Brasil gracias a fabricantes que
navegan bajo muchas banderas de conveniencia. En la década
pasada, mientras unos cuantos países ricos empezaban a
controlar el daño, el desperdicio y explotación
causados por el tráfico licito de medicamentos
por parte de sus doctores, los médicos de México,
Venezuela e incluso Paris tenían más dificultad
que nunca para obtener información sobre los efectos secundarios
de los medicamentos que recetaban.89 Hace apenas diez años, cuando
los medicamentos eran relativamente escasos en México,
la gente era pobre y la abuela o el yerbero atendían a
la mayor parte de los enfermos, los productos farmacéuticos
venían con un prospecto descriptivo. Hoy los medicamentos
son más abundantes, más poderosos y más
peligrosos; se venden por televisión y por radio; la gente
que ha ido a la escuela se averguenza de sus restos de confianza
en el curandero azteca. El prospecto ha sido sustituido por una
nota general que dice "por prescripción médica".
La ficción creada para exorcizar al remedio medicalizándolo,
de hecho sólo confunde al comprador. La advertencia de
consultar a un médico hace al cliente creer que él
mismo es incapaz de cuidarse. En la mayoría de los países
del mundo, los médicos simple y sencillamente no están
lo bastante bien esparcidos para recetar medicamentos de doble
filo cada vez que se requieren, y casi siempre ellos mismos no
están preparados, o son demasiado ignorantes, para recetar
con la prudencia debida. En consecuencia la función del
médico, especialmente en los países pobres, se
ha vuelto trivial: se le ha convertido en una rutinaria máquina
de recetar que constantemente se ridiculiza, y la mayor parte
de la gente toma ahora los mismos medicamentos igualmente al
azar, pero sin aprobación médica.90
El cloranfenicol es un buen ejemplo de cómo el aval de
la prescripción puede ser inútil para proteger
a los pacientes, e inclusive promover el abuso. Durante los años
sesenta este medicamento se envasaba como cloromicetina por Parke-Davis
y producía alrededor de un tercio de las ganancias totales
de la compañía. Para entonces ya se había
sabido desde hacía varios años que las personas
que ingieren este medicamento corren cierto peligro de morir
de anemia aplástica, una enfermedad incurable de la sangre.
La tifoidea es casi la única enfermedad que, con serias
reservas, justifica la administración de esta sustancia
En los últimos años de los cincuenta y los primeros
de los sesenta, la Parke-Davis, pese a las fuertes contraindicaciones
clínicas, gastó grandes sumas en promover su ganador.
Los médicos en los Estados Unidos recetaban cloranfenicol
a casi cuatro millones de personas por año para tratar
el acné, la garganta irritada, el catarro común,
e incluso naderías como padrastros infectados. Como la
tifoidea es rara en los Estados Unidos, no más de una
persona en 400 que tomaron el medicamento "necesitaba"
el tratamiento. A diferencia de la talidomida, que desfigura,
el cloranfenicol mata: borra del mapa a sus víctimas y
cientos de ellas murieron sin diagnóstico en los Estados
Unidos.91
El autocontrol de la profesión en tales asuntos nunca
ha funcionado,92 y las
memorias médicas han demostrado ser particularmente olvidadizas.93 Lo mejor
que puede decirse es que en Holanda, Noruega o Dinamarca, la
autorregulación ha sido en ciertos momentos menos ineficaz
que en Alemania, Francia94 o Italia,95 y que los médicos norteamericanos tienen
una peculiar aptitud para admitir errores pasados y unirse a
nuevos cortejos.96 En los Estados Unidos, durante la década
de los cincuenta, el control de los medicamentos por agencias
reguladoras se hallaba en su nadir y el autocontrol era nominal.97 Luego, durante los años sesenta,
periodistas98médicos99 y políticos100 preocupados por la situación lanzaron
una campaña que expuso la subordinación de los
médicos y los oficiales de gobierno a las firmas farmacéuticas
y describió algunas de las pautas del crimen de cuello
blanco, prevalentes en la medicina.101 Menos de dos meses después de
la denuncia en una audiencia del Congreso, el uso del cloranfenicol
en los Estados Unidos disminuyó. La Parke-Davis se vio
obligada a insertar en cada paquete estrictas advertencias y
cautelas sobre el uso de este medicamento. Pero dichas advertencias
no se hicieron extensivas a las exportaciones.102 El medicamento siguió usándose
indiscriminadamente en México, no sólo en la automedicación
sino por prescripción, criando entonces cepas de bacilos
tifoidicos resistentes al medicamento que ahora se difunden al
resto del mundo.
Un solo médico de América Latina, también
estadista; trató de limitar radicalmente la invasión
farmacéutica. Durante su breve desempeño como presidente
de Chile, el doctor Salvador Allende103 movilizó con éxito a los
pobres para identificar sus propias necesidades en cuestión
de salud, y con mucho menos éxito compelió a la
profesión médica a servir necesidades básicas
más que lucrativas. Propuso la prohibición de los
medicamentos que no hubieran sido probados en clientes en Norteamérica
o Europa durante todo el tiempo cubierto por la protección
de la patente. Resucitó un programa destinado a reducir
la farmacopea nacional a unas cuantas docenas de productos, más
o menos los mismos que el "médico descalzo"
chino lleva en su caja de mimbre negra. Es de notarse que, menos
de una semana después de que la junta militar chilena
tomó el poder el 11 de septiembre de 1973, muchos de los
más activos proponentes de una medicina chilena basada
en la acción de la comunidad más que en la importación
y el consumo de medicamentos habían sido asesinados.104
El consumo excesivo de drogas médicas no se limita, desde
luego, a zonas donde los médicos son escasos o la gente
es pobre. En los Estados Unidos, el volumen del negocio de medicamentos
se ha multiplicado por un factor de 100 durante el siglo actual:105 20 000 toneladas de aspirina se consumen
cada año, casi 225 tabletas por persona.106 En Inglaterra, una de cada diez noches
de sueño es inducida por un medicamento hipnótico
y el 19% de las mujeres y el 9% de los hombres toman por prescripción
un tranquilizante durante cualquier año dado.107 En los Estados Unidos, los productos
que actúan sobre el sistema nervioso central son los que
se difunden con mayor rapidez en el mercado farmacéutico,
ya representa más del 31% del total de las ventas.108 La dependencia
respecto de los tranquilizantes recetados ha aumentado un 29%
desde 1962, periodo durante el cual el consumo percápita
de alcohol sólo aumentó un 23% y el consumo calculado
de opiáceos ilegales, un 50%.109 En todos los países se obtiene
una cantidad significativa de estimulantes y sedantes sin recurrir
al médico.110 La toxicomanía
medicalizada111 ha superado en 1975 a todas las formas
escogidas y más festivas de crear bienestar.112
Esta de moda culpar a las firmas farmacéuticas multinacionales
del aumento en el abuso de prescripciones médicas; sus
ganancias son altas y su control sobre el mercado es absoluto.
Durante quince años, las ganancias de la industria farmacéutica
(como porcentaje de las ventas y valor neto de la compañía)
han dejado atrás a las de todas las otras industrias manufactureras
enlistadas en la Bolsa de Valores. Los precios de los medicamentos
están controlados y manipulados: el mismo frasco que se
vende a dos dólares en Chicago o Ginebra, donde se produce,
pero enfrenta competencia, se vende a doce dólares en
un país pobre donde no la hay. 113 El margen de ganancia es, además, fenomenal:
cuarenta dólares de diazepam, una vez troquelados en pastillas
y empacados como Valium, se venden en 140 veces su valor, y en
70 veces más que el fenobarbital, que en opinión
de la mayoría de los farmacólogos tiene las mismas
indicaciones, efectos y peligros.114 Como mercancías, los medicamentos
recetados se comportan en forma diferente de casi todos los otros
artículos: son productos que el consumidor directo rara
vez selecciona para sí mismo.115 Los esfuerzos comerciales del productor
se dirigen al "consumidor instrumental", el médico
que receta el producto pero no lo paga. Para promover el Valium,
Hoffman-La Roche gastó 200 millones de dólares
en diez años y comisionó a unos doscientos médicos
por año para que escribieran artículos científicos
acerca de sus propiedades.116 En 1973, la industria farmacéutica
en pleno gastó un promedio de 4 500 dólares, en
cada médico en funciones, para promoción y publicidad,
más o menos el equivalente del costo de un año
en la escuela de medicina; en el mismo año, la industria
contribuyó en menos del 3% al presupuesto de las escuelas
médicas norteamericanas.117
Sin embargo, y sorprendentemente el uso per capita de medicamentos
recetados en todo el mundo parece tener poco que ver con la promoción
comercial; se correlaciona sobre todo con el número de
médicos, incluso en países socialistas donde la
enseñanza médica no se halla influenciada por la
publicidad de la industria farmacéutica y donde se limita
la imposición institucionalizada de medicamentos.118 El consumo total de medicamentos en las
sociedades industriales no está fundamentalmente afectado
por la proporción de artículos vendidos por prescripción
a ojos vistas, o ilegalmente, ni lo afecta si la compra se paga
al contado, a través de un seguro pagado por adelantado,
o con fondos de beneficencia.119 En todos los países, los médicos
trabajan cada vez más con dos grupos de adictos: aquellos
para los que recetan medicamentos, y aquellos que sufren las
consecuencias. Cuanto más rica es la colectividad, mayor
es el porcentaje de sus pacientes que pertenecen a ambos grupos.120
Culpar a la industria farmacéutica de la adicción
a los medicamentos prescritos es tanto tan irrelevante como culpar
a la Mafia121 del uso
de drogas ilegales. La actual pauta de consumo excesivo de medicamentos
-sean remedio efectivo o anodino, ya sea prescritos o parte de
la dieta cotidiana, gratuitos, comprados o robados- sólo
puede explicarse como resultado de una creencia que hasta ahora
se ha desarrollado en cada cultura donde el mercado para bienes
de consumo ha alcanzado un volumen crítico. Esta pauta
es consecuente con la ideología de cualquier sociedad
orientada hacia el enriquecimiento sin límites, sin importar
que su producto industrial se destine a la distribución
por los cálculos de los planeadores o por las fuerzas
del mercado. En tal sociedad, la gente llega a creer que en la
asistencia a la salud, como en todos los otros campos de avance,
la tecnología puede usarse para cambiar la condición
humana de acuerdo a casi cualquier diseño. En consecuencia,
la penicilina y el DDT se ven como los entremeses que preceden
a una era de almuerzos gratuitos. La enfermedad resultante de
cada plato sucesivo de alimentos milagrosos se trata sirviendo
otro platillo más de medicamentos. Así el sobreconsumo
refleja una apetencia sentimental, socialmente autorizada, por
el progreso de antaño.
La edad de los nuevos medicamentos empezó con la aspirina
en 1899. Antes, el médico mismo era, sin discusión,
el agente terapéutico más importante.122 Aparte
del opio, las únicas sustancias de aplicación difundida
que habrían pasado pruebas de seguridad y eficacia eran
la vacuna contra la viruela, la quinina para el paludismo y la
ipecacuana para la disentería. Después de 1899
la marea de medicamentos nuevos siguió subiendo durante
medio siglo. Pocos de ellos resultaron más seguros, más
eficaces o más baratos que los remedios bien conocidos
y largamente probados, cuyo número crecía en forma
mucho más lenta. En 1962, cuando la Administración
de Alimentos y Drogas de los Estados Unidos empezó a examinar
los 4 300 medicamentos de prescripción aparecidos desde
la segunda Guerra Mundial, sólo 2 de cada 5 resultaron
eficaces. Muchos medicamentos nuevos eran peligrosos, y entre
aquellos que cumplían las normas de la Administración,
pocos podían demostrarse superiores a los que supuestamente
remplazaban.123 Menos del 98% de estas sustancias químicas
constituyen aportaciones valiosas a la farmacopea usada en la
asistencia elemental. Incluyen algunos nuevos tipos de remedio,
como los antibióticos, pero también remedios viejos
que, en el curso de la edad de los medicamentos, llegaron a entenderse
lo bastante para ser usados con eficacia: la digitalina, la reserpina
y la belladona son ejemplos. Las opiniones varían acerca
del número real de medicamentos útiles: algunos
clínicos experimentados piensan que menos de dos docenas
de medicamentos básicos son todos los que jamás
podrían desearse para el 99% de la población total;
otros, que hasta cuatro docenas de productos resultan óptimos
para el 98%.
La edad de los grandes descubrimientos en farmacología
ha quedado atrás. según el actual director de la
Administración de Alimentos y Drogas, la edad de los medicamentos
empezó a declinar en 1956. Los medicamentos genuinamente
nuevos han aparecido en número decreciente, y muchos que
brillaron por un tiempo en Alemania, Inglaterra o Francia, donde
las normas son menos severas que en los Estados Unidos, Suecia
o Canadá, no tardaron en olvidarse o se recuerdan con
verguenza.124 No queda mucho territorio por explorar.
Las novedades son asuntos de "paquete" combinaciones
de dosis fijas o bien prescripciones de "yo también"125 que los doctores recetan porque han sido
bien promovidas.126 La protección de diecisiete años
que la ley de patentes otorga a las nuevas sustancias de importancia
ha terminado para la mayoría. Ahora cualquiera puede fabricarlas,
siempre y cuando no use las marcas originales, que se hallan
protegidas indefinidamente por las leyes del registro comercial.
Hasta ahora, las considerables
investigaciones no han dado motivo alguno para suponer que los
medicamentos expendidos en los Estados Unidos bajo su nombre
genérico sean menos eficaces que sus contrapartes de marca
registrada, que cuestan de 3 a 15 veces más.127
La falacia de que la sociedad está atrapada para siempre
en la edad de los medicamentos es uno de los dogmas que han lastrado
la elaboración de políticas médicas: está
de acuerdo con el hombre industrializado.128 Éste
ha aprendido a tratar de comprar todo lo que se le antoja.
No llega a ningún lado sin transportes ni educación;
su ambiente le ha hecho imposible caminar, aprender y sentirse
en dominio de su cuerpo. Tomar un remedio, no importa cuál
sea ni por qué motivo, es una última oportunidad
de afirmar un dominio sobre sí mismo, de interferir en
su propio cuerpo más que dejar que otros interfieran.
La invasión farmacéutica lo lleva a una medicación,
indicada por él o por alguien más, que reduce su
capacidad para enfrentarse con un cuerpo que él aún
puede cuidar.
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