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CEREMONIAS TERMINALES
La terapéutica alcanza
su apogeo en la danza de la muerte en torno al paciente terminal. 186 A un costo que varía entre 500
y 2 000 dólares diarios, 187 celebrantes vestidos de blanco y azul envuelven
en olores antisépticos lo que queda del paciente. 188 Mientras más exóticos
sean el incienso y la pira, más la muerte se mofa del
sacerdote.189 El uso religioso
de la técnica médica ha llegado a prevalecer sobre
su propósito técnico, y la frontera entre el médico
y el empresario mortuorio se ha borrado.190 Las camas están llenas de cuerpos
ni muertos ni vivos. 191 El médico conjurador se percibe
a sí mismo como un administrador de crisis.192 En forma
insidiosa provee a cada ciudadano en su última hora un
encuentro con el opaco sueño de poder infinito de la sociedad.193 Como cualquier
administrador de crisis bancarias, estatales o psiquiátricas
planea estrategias que se derrotan a sí mismas y ordena
recursos que, en su inutilidad y futileza, parecen tanto más
grotescos. En el último momento, promete a cada paciente
ese derecho a la prioridad absoluta del que la mayoría
de la gente se considera indigna.
La ritualización de la crisis, rasgo general de una sociedad
morbosa, consigue tres cosas para el funcionario médico.
Le provee una licencia que por lo común sólo los
militares pueden reclamar. Bajo la tensión de la crisis,
el profesional que se supone al mando puede fácilmente
considerarse inmune a las reglas comunes de justicia y decencia.
Aquel quien se asigna el control sobre casos de muerte cesa de
ser un hombre ordinario. Como ocurre con el director de un 'triage',
su acción asesina está cubierta por un reglamento.194 Más
importante resulta que todo su desempeño tenga lugar en
un aura de crisis.195 Por formar
un confín encantado no totalmente de este mundo, el tiempo
y el espacio de comunidad reclamados por la empresa médica
son tan sagrados como los reclamados por sus contrapartes religiosa
y militar. La medicalización de la asistencia terminal
no sólo ritualiza sueños macabros sino que extiende
la licencia profesional para actos obscenos: la escalada de tratamientos
terminales libra al médico de toda necesidad de probar
la eficacia técnica de los recursos que maneja.196 No hay límites
a su poder de exigir cada vez más y más. Finalmente,
la muerte del paciente coloca al médico más allá
de todo control y toda crítica potenciales. En la última
mirada del paciente y en la perspectiva de toda la vida de los
"morituri" no cabe la esperanza, sólo la última
expectativa del médico. 197 La orientación de cualquier institución
hacia la "crisis" justifica una enorme ineficacia ordinaria.198
La muerte de hospital es ya endémica.199 En los últimos
25 años el porcentaje de norteamericanos que mueren en
un hospital ha crecido en una tercera parte.200 El porcentaje
de muertes de hospital en otros países ha crecido aún
más rápido. La muerte sin presencia médica
se hace sinónimo de terquedad romántica, privilegio
o desastre. El costo de los últimos días de un
ciudadano ha crecido, según se calcula, en un 1200%, mucho
más aprisa que el costo general de la asistencia a la
salud. Simultáneamente, al menos en los Estados Unidos,
los costos funerales se han estabilizado; su ritmo de crecimiento
se ha emparejado con el alza del índice general de precios
al consumidor. La fase más elaborada de las ceremonias
terminales rodea ahora al paciente moribundo y ha sido separada,
bajo control médico, de las exequias y del entierro. En
este traslado del despilfarro de la tumba al pabellón
médico, que refleja el horror de morir sin asistencia
médica,201 los asegurados
pagan por participar en sus propios ritos fúnebres.202
El miedo a la muerte no medicada fue sentido por vez primera
entre las élites del siglo XVIII, quienes rehusaron la
asistencia religiosa y rechazaron la creencia en otra vida. 203 Una nueva oleada de este medio ha anegado
ahora a ricos y pobres, y se ha combinado con el pathos igualitario
para crear una nueva categoría de bienes: aquellos que
escasean "terminalmente" porque son expropiados por
el médico en cámaras mortuorias de alto costo.
Para distribuir estos bienes, ha surgido una nueva rama de literatura
legal 204 y ética
que trata las cuestiones de cómo excluir a algunos, seleccionar
a otros y justificar la elección de técnicas que
prolongan la vida y de maneras de hacer a la muerte más
cómoda y aceptable.205 Tomada en conjunto, esta literatura
narra una historia notable acerca de la mente del jurista y el
filósofo contemporáneos. La mayor parte de los
autores ni siquiera preguntan si las técnicas que sustentan
sus especulaciones han demostrado realmente prolongar la vida.
Ingenuamente aceptan la ilusión de que, por ser costosos,
los rituales practicados deben ser útiles. En tal forma
la ley y la ética apuntalan la creencia en el valor de
los reglamentos que regulan la igualdad médica, políticamente
inocua, en el momento de la muerte.
El moderno temor a la muerte no higiénica hace que la
vida aparezca como una carrera hacia la embrollada terminal y
ha quebrantado en forma única la confianza personal.206 Ha fomentado
la creencia de que el hombre de hoy ha perdido la autonomía
de reconocer cuando ha llegado su hora y tomar la muerte en sus
propias manos. 207 El rechazo
del médico a reconocer el punto en el que ha dejado de
ser útil como curandero208 y a retirarse cuando la muerte se nuestra
en el rostro de su paciente,209 ha hecho de él un agente de la
evasión o del disimulo descarado.210 La falta
de voluntad del paciente para morir a solas lo ata a una dependencia
patética. Ha perdido ya la fe en su habilidad para morir,
forma terminal que la salud puede adoptar, y ha convertido en
importante tema de debate el derecho a que lo maten profesionalmente.211
En una orientación cultural
hacia la muerte en los pabellones se entretejen varias expectativas
no examinadas. La gente piensa que la hospitalización
reducirá su dolor o que probablemente vivirá más
tiempo en el hospital. Ninguna de estas cosas es cierta. De los
admitidos en una condición terminal en la clínica
británica promedio, el 10% mueren el día de su
llegada, el 30% antes de una semana, el 75% antes de un mes y
el 97% antes de tres meses.212 En los hogares para asistencia terminal,
el 56% mueren en el curso de la semana en que ingresan. En el
cáncer terminal, no existe diferencia en la expectativa
de vida entre aquellos que fallecen en su casa y aquellos que
mueren en el hospital. Sólo una cuarta parte de los pacientes
de cáncer terminal necesitan cuidados especiales en la
casa, y eso únicamente durante sus últimas semanas.
Para más de la mitad, el sufrimiento se reducirá
a sentirse débiles e incómodos, y el dolor que
haya puede por lo general aliviarse.213 Pero al quedarse en casa evitan el exilio,
la soledad y las indignidades que los aguardan en todo hospital,
salvo casos excepcionales.214 Los negros pobres en Estados Unidos
parecen saber esto y perturban la rutina hospitalaria llevándose
su muerte a casa. Los opiáceos no se obtienen sin receta.
Los pacientes que durante meses o años sufren agudos dolores
que los narcóticos podrían hacer tolerables, tienen
igual probabilidad de que les nieguen medicamentos en el hospital
como en la casa, no sea que vayan a crearse un hábito
en su condición incurable pero no directamente fatal.215 Finalmente,
la gente cree que la hospitalización aumenta sus probabilidades
de sobrevivir a una crísis. Con algunas excepciones bien
definidas, también en este punto suele equivocarse. Actualmente,
a causa de que la intervención crítica se centra
en el hospital, mueren más personas de las que podrían
salvarse con las técnicas superiores que el hospital ofrece.
En los países pobres el número de niños
muertos de cólera o diarrea ha aumentado en los últimos
años porque no se les rehidrató a tiempo obligándolos
a tragar una solución sencilla: la asistencia estaba centrada
en la refinada rehidratación intravenosa en un hospital
distante.216 En los países
ricos las muertes causadas por el uso de equipos de evacuación
empiezan a equilibrar el número de vidas así salvadas.
El "culto" al hospital no guarda relación alguna
con sus logros.
Como cualquier otra industria en crecimiento, el sistema de salud
dirige sus productos a donde la demanda parece ilimitada: en
la defensa contra la muerte. Un porcentaje creciente de fondos
procedentes de nuevos impuestos se asigna a la tecnología
que busca prolongar la vida de los pacientes terminales. Complejas
burocracias seleccionan santurronamente uno de cada seis o uno
de cada tres norteamericanos amenazados por insuficiencia renal
para mantenimiento dialítico. El paciente elegido se ve
condicionado a desear el raro privilegio de morir en exquisito
tormento.217 Como un
médico observa en un re-
lato del tratamiento de su propia enfermedad, hay que invertir
mucho tiempo y esfuerzo para prevenir el suicidio en el curso
del primer año y a veces en el segundo que el riñón
artificial puede agregar a la vida.218 En una sociedad donde la mayoría
muere bajo el control de la autoridad pública, las solemnidades
que antes rodeaban el homicidio legalizado o la ejecución
adornan el pabellón terminal. El suntuoso tratamiento
de los comatosos ocupa el sitio que en otras culturas tiene la
última comida o cena del sentenciado a muerte.219
La fascinación pública por la asistencia y la muerte
altamente tecnológicas puede entenderse como una arraigada
necesidad de milagros fabricados. La asistencia intensiva es
sólo la culminación de un culto público
organizado en torno a un sacerdocio médico que lucha contra
la muerte.220 La buena
disposición del público para financiar estas actividades
expresa un deseo de contar con las funciones no técnicas
de la medicina. Las unidades de tratamiento intensivo para cardiacos,
por ejemplo, ofrecen una gran vistosidad y ninguna ganancia estadística
comprobada para atender a los enfermos. Requieren tres veces
el equipo y cinco veces el personal necesario para la atención
normal de los pacientes; el 12% de todas las enfermeras tituladas
de los Estados Unidos trabaja en esta medicina heroica. La vistosa
empresa se sustenta, como las liturgias de antaño, en
la extorsión de impuestos, en la solicitación de
donativos y en la procura de víctimas. Se han utilizado
muestras tomadas al azar, en gran escala, para comparar las tasas
de recuperación y mortalidad de los pacientes atendidos
en estas unidades con las de pacientes que han recibido tratamiento
en casa. Las primeras no han demostrado ventaja alguna hasta
ahora. Los propios pacientes que han sufrido infarto cardiaco
tienden a expresar su preferencia por atención en el hogar.
El hospital les asusta, y en una crisis preferirían estar
más cerca de la gente que conocen. Cuidadosas observaciones
estadísticas han confirmado su intuición: la más
alta mortalidad entre aquellos que reciben el beneficio de la
asistencia mécanica en el hospital se adjudica generalmente
al terror.221
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