|
MAGIA NEGRA
La intervención técnica
en el acomodo físico y bioquímico del paciente
o de su medio no es, ni ha sido nunca, la única función
de las instituciones médicas.222 Remover agentes patógenos y aplicar remedios,
eficaces o no, de ninguna manera son las únicas formas
de mediar entre el hombre y su dolencia. Incluso en aquellas
circunstancias en que el médico posee el equipo necesario
para interpretar el papel técnico al que aspira, inevitablemente
cumple también funciones religiosas, mágicas, éticas
y políticas. En cada una de estas funciones el médico
contemporáneo es más patógeno que curativo
o que simplemente anodino.
La magia o la curación mediante ceremonias es ciertamente
una de las funciones tradicionales importantes de la medicina.223 En la magia,
el curandero manipula la escena y el foro. En forma un tanto
impersonal establece una relación ad hoc entre su propia
persona y un grupo de individuos. La magia surte efecto siempre
y cuando las intenciones del paciente y del mago coincidan,224 si bien
la medicina científica tardó un tiempo considerable
en reconocer a sus propios practicantes como magos eventuales.
Para distinguir el ejercicio profesional de magia blanca de la
función del médico como ingeniero, y para evitarle
el cargo de ser un charlatán, se creó el término
"placebo". Cada vez que una píldora de azúcar
funciona porque un médico la administra, esa píldora
actúa como placebo. Un placebo (en latín, "yo
complaceré") place no sólo al paciente sino
también al médico que lo administra.225
En las culturas elevadas, la
medicina religiosa es algo muy distinto de la magia.226 Las principales religiones refuerzan
la resignación al infortunio y ofrecen una lógica,
un estilo y un marco comunitario donde el sufrimiento puede convertirse
en un desempeño digno. Las oportunidades ofrecidas por
la aceptación del sufrimiento pueden explicarse de manera
diversa en cada una de las grandes tradiciones: como karma acumulado
en encarnaciones pasadas; como una invitación al Islam,
el que se rinde a Dios; o como una oportunidad de estrechar relaciones
con el Salvador en la Cruz. La gran religión estimula
la responsabilidad personal de sanar, envía ministros
a impartir un consuelo, pomposo a veces y a veces efectivo, proporciona
santos como modelo, y suele establecer un contacto para la práctica
de la medicina popular. En nuestro tipo de sociedad secular,
las organizaciones religiosas conservan sólo una pequeña
parte de sus antiguas funciones rituales curativas. Un católico
devoto puede derivar fuerza íntima de la oración
personal, algunos grupos marginales de gente recién llegada
a Sao Paulo pueden rutinariamente curar sus úlceras a
través de cultos de danza afrolatinas, y los indios del
valle del Ganges buscan aún la salud cantando los Vedas.
Pero tales cosas poseen sólo un remoto paralelo en las
sociedades que superan cierto PNB per capita. En estas sociedades
industrializadas las instituciones seculares rigen las principales
ceremonias creadoras de mito.227
Los distintos cultos de la educación, el transporte y
la comunicación masiva promueven, bajo nombres diferentes,
el mismo mito social que Voeglin228 describe como gnosis contemporánea.
Una visión gnóstica del mundo y el culto correspondiente
poseen seis características comunes: 1) la practican miembros
de un movimiento que están insatisfechos con el mundo
tal cual es porque lo consideran intrínsecamente mal organizado.
Los adherentes están 2) convencidos de que la salvación
de este mundo es posible 3) al menos para los elegidos, y que
4) tal salvación puede producirse en la generación
presente. Los gnósticos creen asimismo que la salvación
depende 5) de acciones técnicas reservadas 6) para los
iniciados que monopolizan la fórmula especial de la salvación.
Todas estas creencias religiosas subyacen la organización
social de la medicina tecnológica, que a su vez ritualiza
y celebra el ideal de progreso del siglo XIX. Otra de las más
importantes funciones no técnicas de la medicina es más
ética que mágica, más secular que religiosa.
No depende de una conspiración en la que el hechicero
participa con su adepto, ni de los mitos que el sacerdote configura,
sino de la forma que la cultura médica da a las relaciones
interpersonales. La medicina puede organizarse de modo que motive
a la comunidad a tratar al frágil, al decrépito,
al tierno, al lisiado, al deprimido y al maniaco en una manera
más o menos personal. Fomentando cierto tipo de carácter
social, una medicina de la colectividad podría disminuir
eficazmente el sufrimiento de los enfermos al asignar a todos
los miembros de la comunidad un papel activo en la tolerancia
compasiva y en la ayuda generosa a los débiles.229 La medicina podría regular las
relaciones de amistad de la colectividad.230 Las culturas donde la compasión
para los desafortunados, la hospitalización para los inválidos,
la tolerancia con los perturbados y el respeto hacia los ancianos
se han desarrollado poseen en gran medida la posibilidad de integrar
a la mayoría de sus miembros a la vida diaria.
Los curanderos pueden ser sacerdotes de los dioses, dadores de
las leyes, magos, mediums, barberos-farmacéuticos o consejeros
científicos. 231
Ningún nombre común que se aproximara siquiera
a la gama semántica abarcada por nuestra palabra "médico"
existía en Europa antes del siglo XIV.232 En Grecia
el componedor, usado sobre todo para los esclavos, ganó
respeto en fecha temprana, aunque no se hallara en el mismo plano
que el filósofo curandero ni incluso que el gimnasta para
los libres.233 En la Roma republicana, los especialistas
en curar eran un grupo de mala reputación. Las leyes sobre
la dotación de agua, el drenaje, la eliminación
de basura y el entrenamiento militar, combinadas con el culto
estatal de los dioses curativos, se consideraban suficientes;
ni el brebaje de la abuela ni el soldado sanitario del ejército
eran dignificados por ninguna atención especial. Hasta
que Julio César otorgó la ciudadanía al
primer grupo de asolepíades en 46 A.C., este privilegio
fue rehusado a los médicos y sacerdotes curanderos griegos.234 Los árabes honraban al médico;235 los judíos dejaban a la habilidad
del ghetto la asistencia a la salud o bien, movidos por remordimientos,
llamaban al médico árabe.236 Las diversas funciones de la medicina
se combinaban en formas diferentes dentro de papeles diferentes.
La primera ocupación en monopolizar la asistencia a la
salud es la del médico del siglo XX tardío.
Paradójicamente, cuanto más atención se
concentra en el dominio técnico de la enfermedad mayor
se hace la función simbólica no técnica
ejecutada por la tecnología médica. Mientras menos
pruebas hay de que una cantidad mayor de dinero aumenta la tasa
de supervivencia en una rama dada del tratamiento del cáncer,
más dinero se destina a las divisiones médicas
desplegadas en ese teatro específico de operaciones. Sólo
metas no relacionadas con el tratamiento, tales como empleos
para los especialistas, igualdad de acceso para los pobres, consolación
simbólica de los pacientes o experimentación con
humanos, pueden explicar la expansión de la cirugía
del cáncer pulmonar durante los últimos 25 años.
No sólo batas blancas, máscaras, antisépticos
y sirenas de ambulancia, sino ramas enteras de la medicina, continúan
financiándose porque se les ha investido de un poder no
técnico, por lo general simbólico.
Lo quiera o no, el médico moderno se ve de este modo forzado
a asumir funciones simbólicas no técnicas. Las
funciones no técnicas prevalecen en la extirpación
de adenoides: más del 90% dé todas las tonsilectomías
hechas en los Estados Unidos son técnicamente innecesarias,
pero aún así 20 a 30% de todos los niños
son todavía sometidos a la operación. Uno en cada
mil muere directamente a causa de ella y 16 de cada mil sufren
complicaciones graves. Todos pierden valiosos mecanismos de inmunidad.
Todos se ven sujetos a la agresión emotiva: se les encarcela
en el hospital, se les separa de sus padres y se les inicia en
la injustificada y a menudo pomposa crueldad de la institución
médica.237 El niño
aprende a verse expuesto ante técnicos que, en su presencia,
utilizan un lenguaje extraño en el cual formulan juicios
acerca de su cuerpo; le infunden la idea de que unos extraños
pueden invadir su cuerpo por razones que sólo ellos conocen;
y le hacen sentir orgullo de vivir en un país donde el
seguro social paga esas iniciaciones médicas a la realidad
de la vida.238
La participación física en un ritual no es condición
necesaria para ser iniciado en el mito que el propósito
espiritual está organizado para generar. Los deportes
médicos espectaculares arrojan conjuros poderosos. Por
casualidad me hallaba en Río de Janeiro y en Lima cuando
el doctor Christian Barnard pasaba por esas ciudades. En ambas
pudo llenar, dos veces en un día, el principal estadio
de fútbol con multitudes que aclamaban histericamente
su macabra pericia para intercambiar corazones humanos. Los tratamientos
médicos milagrosos de ésta índole impresionan
a todo el mundo. Su efecto alienante llega a personas que no
tienen acceso a una clínica de barrio, y mucho menos a
un hospital Les proporciona una garantía abstracta de
que es posible la salvación a través de la ciencia.
La experiencia en el estadio de Río me preparó
para la evidencia que poco después me mostraron y que
probaba que la policía brasileña ha sido hasta
ahora la primera en usar equipos para prolongar la vida en la
tortura de prisioneros. Tal abuso; extremo de las técnicas
médicas parece grotescamente coherente con la ideología
dominante de la medicina.
La intencionada influencia no técnica que la tecnología
médica ejerce sobre la salud de la sociedad puede, claro
está, ser positiva.239 Una inyección innecesaria de
penicilina puede restaurar mágicamente la salud y él
apetito.240 Una operación contraindicada puede resolver
un problema marital y reducir los síntomas de enfermedad
en ambos miembros de la pareja.241 No sólo las píldoras de
azúcar del médico, sino incluso sus venenos, pueden
ser potentes placebos. Pero no es éste él resultado
prevaleciente de los efectos secundarios no técnicos de
la tecnología médica. Es posible argumentar que
precisamente en esas áreas estrechas donde la medicina
de alto costo ha adquirido mayor eficacia específica,
sus efectos secundarios simbólicos han llegado a ser una
tremenda negación de la salud:242 la tradicional magia blanca que apoyaba
los propios esfuerzos del paciente se ha vuelto negra.243
En gran medida, la yatrogénesis social puede explicarse
como un placebo negativo, como un efecto de nocebo.244 En
forma avasalladora, los efectos secundarios no técnicos
de la intervención biomédica ocasionan un fuerte
daño a la salud. La intensidad de la influencia mágica
negra de un procedimiento médico no depende de su eficacia
técnica. El efecto del nocebo, como el del placebo, es
en buena parte independiente de lo que él médico
haga.
Los procedimientos médicos se vuelven magia negra cuando,
en vez de movilizar los poderes de autocuración, transforman
al hombre enfermo en un yerto y mistificado voyeur de
su propio tratamiento. Los procedimientos médicos se hacen
religión malsana cuando se les realiza como rituales
que enfocan toda la expectativa del enfermo en la ciencia y sus
funcionarios, en vez de darle valor para buscar una interpretación
poética a su dificultad o para encontrar un ejemplo admirable
en alguna persona -vecina o muerta hace tiempo que aprendió
a sufrir. Los procedimientos médicos multiplican la dolencia
por degradación maral cuando aislan al enfermo
en un ambiente profesional en vez de proporcionar a la colectividad
los motivos y las disciplinas que acrecientan la tolerancia social
hacia los afligidos. Los estragos mágicos, los daños
religiosos y la degradación moral generados bajo el pretexto
de un empeño biomédico son mecanismos cruciales
que contribuyen a la yatrogénésis social. A todos
los amalgama la medicalización de la muerte.
Cuando los médicos instalaron tienda por primera vez fuera
de los templos en Grecia, la India y China, dejaron de ser curanderos.
Cuando reclamaron un poder racional sobre la enfermedad, la sociedad
perdió el sentido de este personaje complejo y de su poder
de curación integrada que él hechicero-chamán
o curandero había proporcionado.245 Las grandes tradiciones de curación
médica habían dejado la cura milagrosa a los sacerdotes
y reyes. La casta que gozaba del favor de los dioses podía
invocar su intervención. A la mano que blandía
la espada se atribuyó él poder de someter no sólo
al enemigo sino también al espíritu. Hasta él
siglo XVIII él rey de Inglaterra imponía sus manos
cada año sobre los afligidos de tuberculosis facial a
quienes los médicos se sabían incapaces de curar.
246 Los epilépticos, cuyos males resistían
incluso el contacto de su Majestad, se refugiaban en el poder
curativo que emanaba de las manos del verdugo.247
Con él surgimiento de la civilización médica
y los gremios curativos, los médicos se distinguieron
de los charlatanes y los sacerdotes por conocer los límites
de su arte. Hoy día la institución médica
está reclamando de nuevo el derecho de practicar curas
milagrosas. La medicina mantiene su autoridad sobre él
paciente incluso cuando la etiología es incierta, él
pronóstico desfavorable y él tratamiento de naturaleza
experimental. El intento de realizar un "milagro médico"
es la mejor defensa contra el fracaso, puesto que los milagros
pueden esperarse pero, por definición, no pueden garantizarse.
El monopolio radical sobre la asistencia a la salud que el médico
contemporáneo reclama lo fuerza ahora a reasumir funciones
gobernantes sacerdotales y que sus ancestros abandonaron al especializarse
como técnicos.
La medicalización del milagro proporciona una ulterior
perspectiva de la función social de la asistencia terminal.
El paciente es atado y controlado como un astronauta y luego
se le exhibe por televisión. Estas heroicas hazañas
sirven como danzas propiciatorias para millones y como liturgias
en las cuales las esperanzas reales de una vida autónoma
se transmutan en la falsa idea de que los médicos nos
proporcionarán salud del espacio exterior.
|