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LAS MAYORíAS DE PACIENTES
Cuando el poder diagnóstico
de la medicina multiplica a los enfermos en número excesivo,
los profesionales médicos ceden la administración
del sobrante a oficios y ocupaciones no médicas. Al desecharlos,
los señores de la medicina se libran de la molestia de
la atención de bajo prestigio e invisten a policías,
maestros o jefes de personal con un poder médico derivativo.
La medicina conserva la autonomía sin trabas para definir
lo que constituye la enfermedad, pero tira sobre otros la tarea
de hurgar en busca de enfermos y de proveer para sus tratamientos.
Sólo la medicina sabe qué constituye la adicción,
aunque se supone que los policías saben cómo controlarla.
Sólo la medicina puede definir la lesión cerebral,
pero permite que los maestros estigmaticen y administren a los
cojos con dos piernas. Cuando la necesidad de disminuir las metas
médicas se discute en la literatura de la profesión,
suele tomar la forma de planes para descargar pacientes. ¿Por
qué no empujar al recién nacido y al moribundo,
al etnocéntrico, al sexualmente inadecuado, al neurótico
y a cualesquiera otras víctimas del fervor diagnóstico,
que carezcan de interés y quiten tiempo, más allá
de las fronteras de la medicina y transformarlos en clientes
de abastecedores terapéuticos no médicos: trabajadoras
sociales, programadores de televisión, psicólogos,
jefes de personal y consejeros sexuales 248 Esta proliferación de nuevos modelos de
asistentes sociales, ahora con sabor a medicina, ha creado un
nuevo marco para definir a todos sus asistidos como "enfermos".
Toda sociedad necesita, para ser estable, la desviación
certificada. Las personas de aspecto extraño o conducta
rara son subversivas hasta que sus rasgos comunes han recibido
un nombre formal y su alarmante conducta se ha clasificado en
un casillero reconocido. Al asignarles un nombre y un papel,
los excéntricos misteriosos e inquietantes se domestican,
convirtiéndose en excepciones previsibles a las que se
puede mimar, evitar, reprimir o expulsar. En la mayoría
de las sociedades hay ciertas personas que asignan papeles a
los que se salen de lo común; de acuerdo con la prescripción
social prevaleciente, suelen ser aquellas que poseen un conocimiento
especial acerca de la naturaleza de la desviación:249 ellos deciden si el desviado está
poseído por un espíritu, dirigido por un dios,
infectado por un veneno, castigado por sus pecados o si ha sido
víctima de la venganza de un brujo. El agente que reparte
estas etiquetas no tiene necesariamente que ser comparable con
la autoridad médica: puede tener poder jurídico,
religioso o militar. Al nombrar al espíritu que subyace
la desviación, la autoridad coloca al desviado bajo el
control del lenguaje y de las costumbres y lo convierte, de una
amenaza en un apoyo del sistema social. Socialmente, la etiología
se cumple por sí misma: si se piensa que la enfermedad
sagrada tiene como causa la posesión divina, el dios habla
en el ataque epiléptico.250
Cada civilización define sus propias desviaciones.251 Lo que en una es enfermedad en otra
puede ser anormalidad cromosómica, delito, santidad o
pecado. Cada cultura crea su propia respuesta a la enfermedad.
Por el mismo síntoma de robo compulsivo uno puede ser
ejecutado, tratado hasta la muerte, exiliado, hospitalizado,
o socorrido con limosnas o dinero público. Aquí
los ladrones se ven forzados a usar ropas especiales; allá
a hacer penitencia; en otras partes, a perder un dedo o bien
a ser tratados a través de la magia o del choque eléctrico.
Postular para cada sociedad una forma de desviación específicamente
"enferma", incluso con mínimas características
comunes,252 es una labor azarosa. La asignación contemporánea
de papeles de enfermo es de índole única. No se
desarrolló mucho tiempo más allá de una
generación antes de que Henderson y Parsons la analizaran.253 Define la desviación como la
conducta legítima especial de consumidores oficialmente
seleccionados dentro de un medio industrial.254 Incluso si hubiera algo que decir en
favor de la tesis de que en todas las sociedades ciertas personas
son, por así decirlo, puestas temporalmente fuera de servicio
y mimadas mientras se les repara, el contexto dentro del cual
esta exención opera en otras partes no puede compararse
al del Estado que posee servicios sociales. Cuando él
asigna el status de enfermo a un cliente, el médico
contemporáneo puede realmente estar actuando en algunos
aspectos en forma similar al curandero o al anciano; pero al
pertenecer asimismo a una profesión científica
que inventa las categorías que asigna en la consulta,
el médico moderno es totalmente distinto al curandero.
Los curanderos se dedicaban a la ocupación de curar y
ejercían el arte de distinguir a los espíritus
malignos entre sí. No eran profesionales ni tenían
poder para inventar nuevos demonios. Paradójicamente estos
ejércitos burocráticos, armados cada uno para dar
forma específica a la inhabilidad que cura en Estados
Unidos reciben eufemísticamente el nombre de profesiones
"habilitantes" (enabling professions).
Los papeles disponibles para un individuo siempre han sido de
dos clases: aquellos que fueron fijados por la tradición
cultural y aquellos que son resultado de la organización
burocrática. En todos los tiempos la innovación
ha significado un incremento relativo de estos últimos,
creados racionalmente. Sin duda, los papeles ingenieriles podrían
ser recuperados por la tradición cultural. Sin duda, una
distinción nítida entre las dos clases de papel
es difícil de hacer. Pero en líneas generales,
el papel de enfermo tenía la tendencia hasta hace poco
a inscribirse en la clase tradicional.255 Sin embargo, durante el último
siglo, lo que Foucault ha llamado la nueva visión clínica
alteró las proporciones.
El médico ha abandonado cada vez más su papel de
moralista para asumir el de iluminado empresario científico.
Exonerar a los enfermos de tener que dar cuenta de su mal se
ha convertido en una tarea predominante, y para tal propósito
se han configurado nuevas categorías científicas
de enfermedad. La escuela de medicina y la clínica proporcionan
la atmósfera en la cual, a sus ojos, la enfermedad puede
convertirse en una tarea para la técnica biológica
o social; sus pacientes aún traen al pabellón sus
interpretaciones religiosas y cósmicas así como
los legos que otrora llevaban sus preocupaciones seculares al
servicio dominical en la iglesia.256 Pero el papel de enfermo descrito por
Parsons se ajusta a la sociedad moderna únicamente mientras
los médicos actúen como si el tratamiento fuera
habitualmente eficaz y el público general estuviera dispuesto
a compartir esta optimista visión.257 La categoría de enfermo del siglo
XX se ha vuelto inadecuada para describir lo que ocurre en un
sistema médico que reclama autoridad sobre personas que
aún no están enfermas, sobre personas que razonablemente
no pueden esperar alivio, y aquellas para quienes los médicos
no tienen un tratamiento más eficaz que el que podrían
ofrecer sus tíos o tías. La experta selección
de unos cuantos recipientes de mimos institucionales fue un modo
de usar la medicina para el propósito de estabilizar una
sociedad industrial:258 Aseguraba el acceso fácilmente
regulado de los anormales a niveles anormales de fondos públicos.
Mantenidos dentro de ciertos límites, durante la primera
parte del siglo XX los mimos otorgados a los desviados "fortalecieron"
la cohesión de la sociedad industrial. Pero rebasado un
punto crítico, el control social ejercido a través
del diagnóstico de necesidades ilimitadas destruyó
su propio fundamento.259 Ahora se presupone que el ciudadano
está enfermo mientras no se le compruebe sano.260 En una sociedad triunfalmente terapéutica,
todo el mundo puede convertirse en terapeuta y convertir a alguien
más en su cliente.
La función del médico se ha vuelto confusa.261 Las profesiones de la salud han llegado
a amalgamar los servicios clínicos, la ingeniería
de salud pública, y la medicina científica. El
médico trata con clientes que simultáneamente desempeñan
diversos papeles durante cada uno de sus contactos con la institución
sanitaria. Se les transforma en pacientes a quienes la medicina
examina y repara, en ciudadanos administrados cuya conducta saludable
es guiada por una burocracia médica, y en conejillos de
Indias en los que la ciencia médica experimenta sin cesar.
El poder asclepiádeo de conferir el papel de enfermo se
ha disuelto por las pretensiones de prestar una asistencia sanitaria
totalitaria. La salud ha cesado de ser un don innato que se supone
en posesión de todo ser humano mientras no se demuestre
que está enfermo, y se ha convertido en una meta cada
vez más distante a la que uno tiene derecho en virtud
de la justicia social.
El surgimiento de una profesión conglomerada de la salud
ha hecho infinitamente elástica la función de paciente.
La certificación médica del enfermo ha sido sustituida
por la presunción burocrática del administrador
de la salud que clasifica a las personas según el grado
y clase de sus necesidades terapéuticas. La autoridad
médica se ha extendido a la asistencia supervisada de
la salud, la detección precoz, los tratamientos preventivos
y cada vez más al tratamiento de los incurables. Anteriormente
la medicina moderna sólo controlaba un mercado limitado;
en la actualidad ese mercado ha perdido toda frontera. Gente
no enferma ha llegado a depender de la asistencia profesional
en aras de su salud futura. El resultado es una sociedad morbosa
que exige la medicalización universal y una institución
médica que certifica la morbidez universal.
En una sociedad morbosa262 predomina la creencia de que la mala
salud definida y diagnosticada es infinitamente preferible a
toda otra forma de etiqueta negativa o a la falta de toda etiqueta.
Es mejor que la desviación criminal o política,
mejor que la pereza, mejor que la ausencia deliberada del trabajo.
Cada vez más personas saben subconscientemente que están
hartas de sus empleos y de sus pasividades ociosas, pero desean
que se les mienta y se les diga que una enfermedad física
las releva de toda responsabilidad social y política.
Quieren que su médico actúe como abogado y sacerdote.
Como abogado, el médico exceptúa al paciente de
sus deberes normales y lo habilita para cobrar del fondo de seguros
que le obligaron a formar. Como sacerdote, el médico se
convierte en cómplice del paciente creando el mito de
que éste es una víctima inocente de mecanismos
biológicos y no un desertor perezoso, voraz o envidioso
de una lucha social por el control de los instrumentos de producción.
La vida social se transforma en una serie de concesiones mutuas
de la terapéutica: medicas, psiquiátricas, pedagógicas
o geriátricas. La demanda de acceso al tratamiento se
convierte en un deber político, y el certificado médico
en un poderoso recurso para el control social.
Con el desarrollo del sector de servicios terapéuticos
de la economía, una proporción creciente de la
gente ha llegado a ser considerada como desviada de alguna norma
deseable y, por tanto, como clientes que pueden ahora ser sometidos
a tratamiento para acercarlos a la norma establecida de salud,
o concentrados - en algún ámbito especial construido
para atender su desviación. Basaglia263 señala que en una primera etapa
histórica de este proceso los enfermos quedan exentos
de la producción. En la siguiente etapa de expansión
industrial, una mayoría de ellos llega a ser definida
como excéntricos y necesitados de tratamiento. Cuando
esto ocurre, la distancia entre el sano y el enfermo vuelve a
reducirse. En las sociedades industriales avanzadas, los enfermos
son identificados una vez más como poseedores de un cierto
nivel de productividad que les habría sido negado en una
etapa anterior de industrialización. Ahora que todo el
mundo tiende a ser paciente en algún respecto, el trabajo
asalariado adquiere características terapéuticas.
La educación sanitaria el asesoramiento higiénico,
los exámenes y las actividades de mantenimiento de la
salud, a lo largo de toda la vida, pasan a ser parte inherente
de las rutinas de la fábrica y la oficina. Las relaciones
terapéuticas se infiltran en las relaciones de producción
y les dan color. El Homo sapiens, que despertó
al mito en una tribu y creció a la política como
ciudadano, se entrena ahora para purgar cadena perpetua en un
mundo industrial.264 La medicalización de la sociedad
industrial lleva su carácter imperialista a la plena fructificación.
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