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3. MATAR EL DOLOR
Cuando la civilización
médica cosmopolita coloniza cualquier cultura tradicional,
transforma la experiencia del dolor.1 El mismo estímulo nervioso que
llamaré "sensación de dolor" dará
por resultado una experiencia distinta, no sólo según
la personalidad sino según la cultura. Esta experiencia,
totalmente distinta de la sensación dolorosa, implica
un desempeño humano único llamado sufrimiento.2 La civilización médica,
sin embargo, tiende a convertir el dolor en un problema técnico
y priva así al sufrimiento de su significado personal
intrínseco.3 La gente desaprende a aceptar el sufrimiento
como parte inevitable de su enfrentamiento consciente con la
realidad y aprende a interpretar dada dolor como un indicador
de su necesidad de comodidades o de mimos. Las culturas tradicionales
afrontan el dolor, la invalidez y la muerte interpretándolos
como retos que solicitan una respuesta por parte del individuo
sujeto a tensión; la civilización médica
los transforma en demandas hechas por los individuos a la economía
y en problemas que pueden eliminarse por medio de la administración
o de la producción.4 Las culturas son sistemas de significados,
la civilización cosmopolita un sistema de técnicas.
La cultura hace tolerable el dolor integrándolo dentro
de un sistema significativo; la civilización cosmopolita
apreta el dolor de todo contexto subjetivo o intersubjetivo con
el fin de aniquilarlo. La cultura hace tolerable el dolor interpretando
su necesita; sólo el dolor que se percibe como curable
es intolerable.
Una miríada de virtudes expresa los distintos aspectos
de la fortaleza que tradicionalmente permitía a la tente
reconocer las sensaciones dolorosas como un desafío y
modelar conforme a éste su propia experiencia. La paciencia,
la clemencia, el valor, la resignación, el autodominio,
la perseverancia y la mansedumbre expresan cada uno una totalidad
diferente de las reacciones con que se aceptaban las sensaciones
de dolor transformadas en la experiencia del sufrimiento, y se
soportaban.5 El deber, el amor, la fascinación,
las prácticas rutinarias, la oración y la compasión
eran algunos de los medios que permitían sobrellevar el
dolor con dignidad. Las culturas tradicionales asignaban a cada
uno la responsabilidad de su propio desempeño bajo la
influencia del mal o la aflicción corporal.6 El dolor se reconocía como parte
inevitable de la realidad subjetiva del propio cuerpo, en la
que uno se encuentra constantemente a sí mismo y que constantemente
toma forma a través de las reacciones conscientes del
cuerpo hacia el dolor.7 La gente sabía que tenía
que sanar por sí misma,8 enfrentarse ella misma con su jaqueca,
su cojera o su pena.
El dolor infligido a los individuos tenía el efecto de
limitar los abusos del hombre contra el hombre. Las minorías
explotadoras vendían licor o predicaban religión
para adormecer a sus víctimas, y los esclavos se daban
a la música melancólica o a mascar coca. Pero más
allá de un punto crítico de explotación,
las economías tradicionales construidas sobre los recursos
del cuerpo humano tenían que quebrantarse. Cualquier sociedad
en que la intensidad de las incomodidades y dolores los hiciera
culturalmente "insufribles" no podía sino llegar
a su fin.
En la actualidad una porción creciente de todo dolor es
producida por el hombre, efecto colateral de estrategias para
la expansión industrial. El dolor ha dejado de concebirse
como un mal "natural" o "metafísico".
Es una maldición social, y para impedir que las "masas"
maldigan a la sociedad cuando están agobiadas por el dolor,
el sistema industrial les despacha matadolores médicos.
Así, el dolor se convierte en una demanda de más
drogas, hospitales, servicios médicos y otros productos
de la asistencia impersonal, corporativa, y en el apoyo lítico
para un ulterior crecimiento corporativo, cualquiera que sea
su costo humano, social o económico. El dolor se ha vuelto
un asunto político que hace surgir entre los consumidores
de anestesia una demanda creciente de insensibilidad, desconocimiento
e incluso inconsciencia artificialmente inducidos.
Las culturas tradicionales y la civilización tecnológica
parten de postulados contrarios. En toda cultura tradicional
la psicoterapia, los sistemas de creencia y las drogas que se
necesitan para contrarrestar la mayor parte del dolor están
implícitos en la conducta cotidiana y reflejan la convicción
de que la realidad es dura y la muerte inevitable.9 En la distopía del siglo XX,
la necesidad de soportar la realidad dolorosa, interior o exterior,
se interpreta como una falla del sistema socioeconómico,
y el dolor se trata como una contingencia emergente que requiere
de intervenciones extraordinarias.
La experiencia dolorosa que resulta de los mensajes de dolor
recibidos por el cerebro depende, en su calidad y en su cantidad,
de la dotación genética10 y por lo menos de cuatro factores funciones
además de la naturaleza y de la intensidad del estímulo,
a saber: la cultura, la ansiedad, la atención y la interpretación.
Todos ellos son modelados por determinantes sociales, por la
ideología, la estructura económica y el carácter
social. La cultura decide si la madre o el padre, o ambos, deben
gemir cuando nace el niño.11 Las circunstancias y los hábitos
determinan el nivel de ansiedad del que sufre y la atención
que presta a sus sensaciones corporales.12 El adiestramiento y la convicción
determinan el significado dado a las sensaciones corporales e
influyen sobre el grado en el que se experimenta el dolor.13 A menudo, el alivio mágico eficaz
proviene de la superstición popular más que de
la religión de clase alta.14 La perspectiva que se abre ante el suceso
doloroso determina cómo se le sufrirá: frecuentemente
las lesiones recibidas en un momento próximo al clímax
sexual o al de la actuación heroica ni siquiera se sienten.
Los soldados heridos en la cabeza de playa de Anzio, quienes
esperaban que sus heridas los hicieran salir del ejército
y volver a casa como héroes, rechazaban inyecciones de
morfina que considerarían absolutamente necesarias si
mutilaciones análogas hubieran sido infligidas por el
dentista o en la sala de operaciones.15 Al medicalizarse la cultura, las determinantes
sociales del dolor se distorsionan. Mientras la cultura reconoce
el dolor como un "disvalor" intrínseco, íntimo
e incomunicable, la civilización médica considera
primordialmente al dolor como una reacción sistémica
que puede ser verificada, medida y regulada. Sólo el dolor
percibido por una tercera persona desde cierta distancia constituye
un diagnóstico que requiere un tratamiento específico.
Esta objetivización y cuantificación del dolor
llega tan lejos que los tratados médicos hablan de enfermedades,
operaciones o condiciones dolorosas aun en casos en que los pacientes
afirman no tener conciencia alguna del dolor. El dolor requiere
métodos de control por el médico más que
una actitud que podría ayudar a la persona que lo sufre
a tomar bajo su responsabilidad su experiencia.16 La profesión médica juzga
cuáles dolores son auténticos, cuáles tienen
una base física y cuáles una base psíquica,
cuáles son imaginarios y cuáles son simulados.17 La sociedad reconoce y aprueba este
juicio profesional. La compasión pasa a ser una virtud
anticuada. La persona que sufre un dolor cuenta cada vez con
menos contexto social que pueda darle significación a
la experiencia que a menudo lo abruma.
Aún no se ha escrito la historia de la percepción
médica del dolor. Unas cuantas monografías doctas
tratan de los momentos, durante los últimos 250 años,
en que ha cambiado la actitud de los médicos hacia el
dolor,18 y pueden encontrarse algunas referencias históricas
en trabajos referentes a las actitudes contemporáneas
respecto del dolor.19 La escuela existencial de medicina antropológica
ha reunido valiosas observaciones sobre la evolución del
dolor moderno al seguir los cambios de la percepción corporal
en una era tecnológica.20 La relación entre la institución
médica y la ansiedad sufrida por sus pacientes ha sido
explorada por psiquiatras21 y ocasionalmente por médicos
generales. Pero la relación de la medicina corporativa
con el dolor corporal en su sentido escrito es todavía
un territorio virgen para la investigación.
El historiador del dolor tiene que enfrentar tres problemas especiales.
El primero es la profunda transformación acaecida en la
relación del dolor con los otros males que puede padecer
el hombre.
El dolor ha cambiado su posición en relación con
la aflicción, la culpa, el pecado, la angustia, el miedo,
el hambre, la invalidez y la molestia. Lo que llamamos dolor
en una pabellón de cirugía es algo para lo cual
las generaciones anteriores no tenían un nombre específico.
Parece como si el dolor fuera ahora sólo esa parte del
sufrimiento humano sobre la cual la profesión médica
pueda pretender competencia o control. No hay precedente histórico
de la situación contemporánea en que la experiencia
del dolor físico personal es modelada por el programa
terapéutico diseñado para destruirla.
El segundo problema es el lenguaje. La materia técnica
que la medicina contemporánea designa con el término
"dolor" no tiene incluso hoy día, un equivalente
sencillo en el habla ordinaria. En la mayoría de los lenguajes
el término apropiado por los médicos cubre la aflicción,
la pena, la angustia, la vergüenza y la culpa. El inglés
"pain" y el alemán "Schmerz" son todavía
relativamente fáciles de usar en tal manera que transmitan
un significado principal, aunque no exclusivamente físico.
La mayoría de los sinónimos indo-germánicos
abarcan una amplia gama de sentidos:22 el dolor corporal puede designarse como
"trabajo duro", "faena" o "prueba",
como "tortura", "resistencia", "castigo",
o más generalmente "aflicción", como
"malestar", "fatiga", "hambre",
"luto", "lesión", "pena",
"tristeza", "molestia", "confusión",
u "opresión". Esta letanía dista mucho
de estar completa; muestra que el lenguaje puede distinguir muchas
clases de "males", todos los cuales tienen un reflejo
corporal. En algunos idiomas el dolor corporal es abiertamente
"el mal". Si un médico francés pregunta
a un francés típico dónde le duele, le señala
el punto diciendo: "J'ai mal lá." En cambio,
un francés puede decir: "Je souffre dans toute ma
chair", y al mismo tiempo responder al médico: "Je
n'ai mal nulle part". Si el concepto de dolor corporal ha
pasado por una evolución en el uso médico, no puede
entenderse simplemente en la significación cambiante de
cualquier término aislado.
Un tercer obstáculo a cualquier historia del dolor es
su excepcional situación axiológica y epistemológica.23 Nadie entenderá nunca "mi
dolor" en la forma en que yo lo pienso, a menos que sufra
el mismo dolor de cabeza, lo cual es imposible, porque se trata
de otra persona. En este sentido "dolor" significa
una ruptura de la nítida distinción entre organismo
y ambiente, entre estímulo y reacción.24 Esto no significa una cierta clase de
experiencia que permita a usted y a mí comparar nuestros
dolores de cabeza; mucho menos significa una cierta entidad fisiológica
o médica, un caso clínico con ciertos signos patológicos.
No es el "dolor en el esternocleido-mastoideo" el que
percibe el científico médico como disvalor sistemático.
La clase excepcional de disvalor que es el dolor promueve un
tipo excepcional de certeza. Así como "mi dolor"
pertenece en forma única sólo a mí, de igual
modo, estoy absolutamente solo con él. No puedo compartirlo.
No tengo duda alguna sobre la realidad de la experiencia del
dolor, pero no puedo realmente contar a nadie lo que experimento.
Supongo que otros tienen "sus" dolores, aunque no puedo
percibir a qué se refieren cuando me hablan de ellos.
Sé que es cierta la existencia de su dolor porque tengo
la certeza de mi compasión para ellos. Y sin embargo,
mientras más profunda es mi compasión, más
profunda es mi certidumbre acerca de la absoluta soledad de la
otra persona en relación con su experiencia. De hecho,
reconozco los signos que hace alguien que sufre un dolor, incluso
cuando esta experiencia está por encima de mi ayuda o
de mi comprensión. Esta conciencia de soledad extrema
es una peculiaridad de la compasión que sentimos ante
el dolor corporal; también aísla esta experiencia
de cualquier otra experiencia, de la compasión por los
angustiados, los pesarosos, los ofendidos, los extraños
o los lisiados. En forma extrema, la sensación de dolor
corporal carece de la distancia entre causa y experiencia que
existe en otras formas de sufrimiento.
No obstante la incapacidad de comunicar el dolor corporal, su
percepción en otra persona es tan fundamentalmente humana
que no puede ponerse entre paréntesis. El paciente no
puede concebir que su dolor pase desapercibido para el médico,
igual que el hombre atado al potro tampoco lo puede concebir
de su torturador. La certidumbre de que compartimos la experiencia
del dolor es de una clase muy especial, mayor que la certidumbre
de que compartimos la humanidad. Ha habido gente que trataba
a sus esclavos como enseres, pero reconocían que estos
enseres eran capaces de sufrir dolor. Los esclavos son
más que perros, que pueden ser lastimados pero no pueden
sufrir.
Wittgenstein ha demostrado que nuestra certidumbre especial,
radical, acerca de la existencia de dolor en los otros puede
coexistir con una dificultad inextricable para explicar cómo
es posible compartir lo que es único.25
Mi tesis es que el dolor corporal, experimentado como un disvalor
intrínseco, íntimo e incomunicable, incluye en
nuestro conocimiento la situación social en la que se
encuentran aquellos que sufren. El carácter de la sociedad
modela en cierta medida la personalidad de los que sufren y determina
así la forma en que experimentan sus propias dolencias
y males físicos como dolor concreto. En este sentido,
debiera ser posible investigar la transformación progresiva
de la experiencia del dolor que ha desempeñado la medicalización
de la sociedad. El acto de sufrir el dolor siempre tiene una
dimensión histórica.
Cuando sufro dolor, me doy cuenta de que se formula una pregunta.
La historia del dolor puede estudiarse mejor concentrándose
en esta pregunta. Tanto si el dolor es mi propia experiencia
como si veo los gestos con que otro me informa de su dolor, en
esta percepción está inscrito un signo de interrogación
que forma parte tan íntegramente del dolor físico
como la soledad. El dolor es el signo de algo no contestado;
se refiere a algo abierto, a algo que en el momento siguiente
hace preguntar: ¿Qué pasa? ¿Cuánto
más va a durar? ¿Por qué debo/ tendría
que/ he de/ puedo sufrir yo? ¿Por qué existe esta
clase de mal y por qué me toca a mí? Los observadores
ciegos a este aspecto referencial del dolor se quedan sin nada
más que reflejos condicionados. Estudian a un conejillo
de Indias, no a un ser humano. Si el médico fuera capaz
de borrar esta pregunta cargada de valores que trasluce en las
quejas de un paciente, podría reconocer el dolor como
el síntoma de un trastorno corporal específico,
pero no se acercaría al sufrimiento que impulsó
al enfermo a buscar ayuda. El desarrollo de una tal capacidad
para objetivizar el dolor es uno de los resultados de enseñanza
médica sobreintensiva. A menudo su entrenamiento suele
capacitar al médico para concentrarse en aquellos aspectos
del dolor corporal que son accesibles al manejo de un extraño:
el estímulo, o incluso el nivel de ansiedad del paciente.
La preocupación se limita al tratamiento de la entidad
orgánica, que es el único asunto susceptible de
verificación operacional.
El desempeño personal de sufrir escapa a tal control experimental
y por ello se le relega en la mayoría de los experimentos
que se hacen sobre el dolor.
Por regla general, se utilizan animales para poner a prueba los
efectos "matadolores" de intervenciones farmacológicas
o quirúrgicas. Una vez tabulados los resultados de las
pruebas con animales, su validez se verifica en la gente. Los
matadolores suelen dar resultados más o menos comparables
en los conejillos de Indias y en los humanos, siempre y cuando
dichos humanos se utilicen como sujetos de experimentación
y bajo condiciones experimentales similares a aquellas en que
se probó a los animales. Tan pronto como las mismas intervenciones
se aplican a personas que están realmente enfermas o han
sido heridas, los efectos de estos procedimientos discrepan totalmente
de los encontrados en las situaciones experimentales. En el laboratorio
las personas se sienten exactamente como los ratones. Cuando
es su propia vida la que se hace dolorosa, no pueden por lo general
dejar de sufrir, bien o mal, incluso cuando desean reaccionar
como ratones.26
Viviendo en una sociedad que valora la anestesia, tanto los médicos
como sus clientes en potencia son readiestrados para suprimir
la intrínseca interrogación del dolor. La pregunta
formulada por el dolor íntimamente experimentado se transforma
en una vaga ansiedad que puede someterse a tratamiento. Los pacientes
lobotomizados proporcionan el ejemplo extremo de esta expropiación
del dolor: "se ajustan al nivel de inválidos domésticos
o de los falderos hogareños".27 La persona lobotomizada percibe todavía
el dolor pero ha perdido la capacidad de sufrirlo, la experiencia
del dolor queda reducida a un malestar con nombre clínico.
Para que una experiencia dolorosa constituya sufrimiento en su
sentido pleno, debe corresponder a un contexto cultural.28 Para permitir que los individuos transformen
el dolor corporal en una experiencia personal, toda cultura proporciona
al menos cuatro subprogramas interrelacionados; palabras, medicamentos,
mitos y modelos. La cultura da al acto de sufrir la forma de
una pregunta que puede expresarse en palabras, gritos
y gestos, que a menudo se reconocen como intentos desesperados
por compartir la total y confusa soledad en la que el dolor se
experimenta: los italianos gruñen y los prusianos rechinan
nos dientes.
Cada cultura proporciona asimismo su propia farmacopea
psicoactiva, con costumbres que señalan las circunstancias
en las que pueden tomarse drogas y el ritual correspondiente.
29 Los Rayputs musulmanes prefieren el alcohol y
los Brahmines la marihuana,30 aunque ambos se entremezclan en las
mismas aldeas de la India occidental.31 El peyote es seguro para los navajos32 y los hongos para los huicholes,33 mientras los habitantes del altiplano
peruano han aprendido a sobrevivir con la coca.34 El hombre no sólo ha evolucionado
con la capacidad de sufrir su dolor, sino también
con las aptitudes para manejarlo:35 el cultivo de la adormidera36 durante el periodo medio de la Edad
de Piedra fue probablemente anterior a la siembra de granos.
El masaje, la acupuntura y el incienso analgésico se conocían
desde el despertar de la historia.37 En todas las culturas han aparecido
racionalizaciones religiosas y míticas del dolor;
para los musulmanes es el Kismet,38 destino mandado por la voluntad de Dios;
para los hindúes, el Karma,39 una carga de alguna encarnación
anterior; cristianos, el azote santificante del pecado.40
Finalmente, las culturas
siempre han proporcionado un ejemplo sobre el cual modelar
el comportamiento durante el dolor; el Buda, el santo, el guerrero
o la víctima. El deber de sufrir en su guisa distrae la
atención de una sensación por lo demás omniabsorbente
y desafía al que sufre a soportar la tortura con dignidad.
El ámbito cultural no sólo proporciona la gramática
y la técnica, los mitos y ejemplos utilizados en su característico
"arte de bien sufrir", sino también las instrucciones
de cómo integrar este repertorio. En cambio, la medicalización
del dolor ha fomentado la hipertrofia de uno solo de estos modos
-el manejo por medio de la técnica- y reforzado la decadencia
de los demás. Sobre todo, ha hecho incomprensible o escandalosa
la idea de que la habilidad en el arte de sufrir pueda ser la
manera más eficaz y universalmente aceptable de enfrentarse
al dolor. La medicalización priva a cualquier cultura
de la integración de su programa para enfrentar el dolor.
La sociedad no sólo determina cómo se encuentra
el médico con el paciente, sino también lo que
cada uno de ellos debe pensar, sentir y hacer con respecto al
dolor. Mientras el médico se consideró en primer
lugar un curandero, el dolor se consideraba como un paso hacia
la restauración de la salud. Cuando el doctor no podía
curar, no tenía reparo en decir a su paciente que usara
analgésicos para moderar el sufrimiento inevitable. Como
Oliver Wendell Holmes, el buen médico que sabía
que la naturaleza proporciona mejores remedios para el dolor
que la medicina, podía decir: "(con excepción
del opio), que el propio Creador parece recetar, pues a menudo
vemos crecer la amapola escarlata en los maizales como si se
hubiese previsto que donde hay hambre que saciar deber haber
también dolor que aliviar; (con excepción de) unos
cuantos medicamentos específicos que no descubrió
nuestro arte médico; (con excepción de) vino, que
es un alimento, y los vapores que producen el milagro de la anestesia...
y creo que si toda la materia médica que actualmente
se utiliza se arrojara al fondo del mar, tanto mejor sería
ello para la humanidad -y tanto peor para los peces".41
El ethos del curandero capacitaba al médico para el mismo
fracaso digno para el cual habían preparado al hombre
común, la religión, el folklore y el libre acceso
a los analgésicos.42 El funcionario de la medicina contemporánea
se encuentra en una posición diferente: su orientación
primordial es el tratamiento, no la curación. Está
predispuesto, no para reconocer los interrogantes que el dolor
hace surgir en quien lo sufre, sino para degradar estos dolores
hasta convertirlos en una lista de quejas que puedan reunirse
en un expediente. Se enorgullece de conocer la mecánica
del dolor y de este modo rehuye la invitación del paciente
a la compasión.
Sin duda de la antigua Grecia proviene una fuente de actitudes
europeas hacia el dolor. Los pupilos de Hipócrates43 distinguían muchas clases de
disarmonía, cada una de las cuales causaba su propio tipo
de dolor. Así, el dolor se convertía en instrumento
útil para el diagnóstico. Revelaba al médico
qué armonía tenía que recuperar el paciente.
El dolor podía desaparecer en el proceso de la curación,
pero ciertamente no era ése el objeto primordial del tratamiento.
Mientras desde tiempos muy antiguos los chinos intentaron tratar
la enfermedad suprimiendo el dolor, nada de esta índole
destacó en el Occidente clásico. Los griegos ni
siquiera pensaban en disfrutar la felicidad sin aceptar tranquilamente
el dolor. El dolor era la experiencia que tenía el alma
de la evolución. El cuerpo humano formaba parte de un
universo irremediablemente deteriorado, y el alma consciente
anunciada por Aristóteles correspondía en toda
su extensión con su cuerpo. En ese modelo no había
necesidad de distinguir entre el sentido y la experiencia del
dolor. El cuerpo todavía no se divorciaba del alma, ni
la enfermedad del dolor. Todas las palabras que indicaban dolor
corporal podían aplicarse igualmente al sufrimiento del
alma.
En vista de esta herencia, sería un grave error creer
que la resignación al dolor se debe exclusivamente a influencias
judías o cristianas. Trece diferentes palabras hebreas
fueron traducidas por un solo término griego para "dolor",
cuando 200 judíos del siglo II a. C. tradujeron el Antiguo
Testamento al griego.44 Consideraran o no los judíos
al dolor un instrumento de castigo divino, era siempre una maldición.45 Ni en las Escrituras ni en el Talmud
puede encontrarse indicación alguna del dolor como experiencia
deseable.46 Es cierto que afectaba a órganos específicos,
pero estos órganos se concebían también
como asientos de emociones muy específicas; la categoría
del dolor médico moderno es totalmente ajena al texto
hebreo. En el Nuevo Testamento, se considera que el dolor está
íntimamente entrelazado con el pecado.47 Mientras que para el griego clásico
el dolor tenía que acompañar al placer, para el
cristiano el dolor era una consecuencia de su entrega a la alegría.48 Ninguna cultura o tradición tiene
el monopolio de la resignación realista.
La historia del dolor en la cultura europea tendría que
remontarse aun antes de estas raíces clásicas y
semíticas para encontrar las ideologías en que
se fundaba la aceptación personal del dolor. Para el neoplatónico,
el dolor se interpretaba como resultado de alguna deficiencia
en la jerarquía celestial. Para el maniqueo, era el resultado
de indudables prácticas perjudiciales de un original demiurgo
o creador maligno. Para el cristiano, era la pérdida de
la integridad original producida por el pecado de Adán.
Pero independientemente de cuanto se opusieron estas religiones
unas a otras en dogma y moral, para todas ellas el dolor era
el sabor amargo del mal cósmico, la manifestación
de la debilidad de la naturaleza, de una voluntad diabólica
o de una merecida maldición divina. Esa actitud hacia
el dolor es una característica unificadora y distintiva
de las culturas mediterráneas postclásicas hasta
bien entrado el siglo XVII. Como lo manifestó un médico
alquimista del siglo XVI, el dolor es "la tintura amarga
añadida a la espumosa mezcla de la simiente del mundo".
Toda persona nacía con la vocación de aprender
a vivir en un valle de lágrimas. El neoplatónico
interpretaba la amargura como una falta de perfección,
el cátaro como una deformidad, el cristiano como una herida
de la que se la hacía responsable. Al afrontar la plenitud
de la vida, que presentaba una de sus expresiones fundamentales
en el dolor, la gente era capaz de levantarse en heroico desafió
o negar estoicamente la necesidad del alivio y podía recibir
con gusto la oportunidad de purificación, hacer penitencia
o sacrificios, y tolerar renuentemente lo inevitable mientras
buscaba la manera de aliviarlo. Siempre se han empleado el opio,
la acupuntura o la hipnosis en combinación con el lenguaje,
el ritual y el mito, en el acto fundamentalmente humano de sufrir
el dolor. Sin embargo, una sola actitud hacia el dolor era
impensable, al menos en la tradición europea: la creencia
de que el dolor no debía sufrirse, aliviarse e interpretarse
por la persona afectada, sino -siempre idealmente- destruirse
por la intervención de un sacerdote, de un político
o de un médico.
Había tres razones por las cuales la idea de matar profesional
y técnicamente el dolor era ajena a todas las civilizaciones
europeas.49 Primera: el dolor era para el hombre la experiencia
de un universo desfigurado, no una disfunción mecánica
en uno de sus subsistemas. El significado del dolor era cósmico
y mítico, no individual y técnico. Segunda: el
dolor era un signo de corrupción en la naturaleza, y el
hombre mismo una parte de esa totalidad. No podía rechazarse
uno sin la otra; no podía considerarse el dolor como algo
distinto del padecimiento. El médico podía atenuar
los cólicos, pero eliminar el dolor habría significado
suprimir el paciente. Tercera: el dolor era una experiencia del
alma, y esa alma se hallaba presente en todo el cuerpo. El dolor
era una experiencia no mediatizada del mal. No podía haber
fuente de dolor distinta del propio dolor.50
La campaña contra el dolor como un asunto personal que
debía entenderse y sufrirse, sólo se inició
cuando Descartes divorció el alma del cuerpo construyendo
una imagen del cuerpo en términos de geometría,
mecánica o relojería, una máquina que podía
ser reparada por un ingeniero.
El cuerpo se convirtió en un aparato poseído y
dirigido por el alma, pero desde una distancia casi infinita.
El cuerpo vivo de la experiencia, al que los franceses llaman
"la chair" y los alemanes "der Leib" se reducía
a un mecanismo que el alma podía inspeccionar.51
Para Descartes el dolor se convirtió en una señal
con la cual el cuerpo reacciona en defensa propia para proteger
su integridad mecánica. Estas reacciones al peligro eran
transmitidas al alma, que las identifica como dolorosas. El dolor
quedaba reducido a un útil artificio de aprendizaje: enseñaba
al alma cómo evitar mayores daños al cuerpo. Leibnitz
resume este nuevo concepto cuando cita y aprueba una sentencia
de Regius, que a su vez era discípulo de Descartes: "El
gran ingeniero del universo ha hecho al hombre tan perfecto como
podía hacerlo, y no pudo haber inventado un artificio
mejor para su conservación que dotarlo con un sentido
del dolor."52 El comentario de Leibnitz sobre esta
sentencia es instructivo. Primero dice que en principio habría
sido mejor aún que Dios empleara un refuerzo positivo
en lugar de un negativo provocando el placer cada vez que un
hombre se aparta del fuego que podría destruirlo. No obstante,
llega a la conclusión de que Dios sólo pudo triunfar
mediante esta estrategia haciendo milagros, y como, también
por principio, Dios evita los milagros, "el dolor es un
artificio necesario y brillante para asegurar el funcionamiento
del hombre". En el curso de dos generaciones después
del intento de Descartes de establecer una antropología
científica, el dolor había llegado a ser útil.
De experiencia de la precariedad de la existencia53 se había convertido en un indicador
de colapsos específicos.
A fines del siglo pasado, el dolor se había convertido
en un regulador de las funciones orgánicas sujeto a las
leyes de la naturaleza y sin necesidad alguna de explicación
metafísica.54 Había dejado de merecer todo
respecto místico y podía ser sometido al estudio
empírico con el propósito de eliminarlo. Apenas
había transcurrido siglo y medio desde que por primera
vez se reconoció el dolor como una simple defensa fisiológica,
la primera medicina etiquetada como "matadolores" fue
puesta en el comercio en La Cross, Wisconsin, en 1853.55 Se había desarrollado una nueva
sensibilidad que no estaba satisfecha con el mundo, no porque
éste fuese triste o pecaminoso, o le faltara ilustración
o estuviese amenazado por los bárbaros, sino porque estaba
lleno de sufrimiento y dolor.56 El progreso de la civilización
llegó a ser sinónimo de la reducción de
la suma total de sufrimiento. A partir de entonces, la política
iba a ser una actividad no tanto dedicada a lograr el máximo
de felicidad como el mínimo de sufrimiento. El resultado
es una tendencia a ver el dolor como un acontecimiento esencialmente
pasivo impuesto en víctimas desamparadas porque no se
utiliza en su favor el arsenal de la corporación médica.
En este contexto ahora parece racional huir del dolor y no afrontarlo,
aun al costo de renuncias a una intensa vivencia. Parece razonable
eliminar el dolor, aun al costo de perder la independencia. Parece
esclarecido el negar legitimidad a todas las cuestiones no técnicas
que plantea el dolor, aunque esto signifique convertir los enfermos
en falderos.57 Con los crecientes niveles de insensibilidad
provocada al dolor, se ha reducido igualmente la capacidad para
experimentar las alegrías y los placeres sencillos de
la vida. Se necesitan estímulos cada vez más enérgicos
para proporcionar a la gente de una sociedad anestésica
alguna sensación de estar viva. Las drogas, la violencia
y el horror quedan como los únicos estímulos que
todavía pueden despertar una experiencia del propio yo.
La anestesia ampliamente difundida aumenta la demanda de excitación
por medio del ruido, la velocidad, la violencia, sin importar
cuán destructivos sean.
Este umbral elevado de experiencia mediatizado fisiológicamente,
que es característico de una sociedad medicalizada, hace
extremadamente difícil en la actualidad el reconocer en
la capacidad de sufrir un síntoma posible de salud. El
recordatorio de que el sufrimiento es una actividad responsable
resulta casi insoportable para los consumidores, para quienes
coinciden el placer y la dependencia respecto de productos industriales.
Ellos justifican su estilo pasivo de vida al equiparar con el
"masoquismo" toda participación personal en
enfrentar el dolor inevitable. Mientras rechazan la aceptación
del sufrimiento como una forma de masoquismo, los consumidores
de anestesia tratan de encontrar un sentido de realidad en sensaciones
cada vez más intensas. Tratan de encontrar significado
a sus vidas y poder sobre los demás soportando dolores
indiagnosticables y ansiedades intratables: la vida agitada de
los hombres de negocios, el autocastigo de la carrera burocrática
y la intensa exposición a la violencia y al sadismo en
el cine y la televisión. En una sociedad tal, abogar por
un estilo renovado del arte de sufrir que incorpore el uso competente
de técnicas nuevas, será inevitablemente mal interpretado
como un deseo enfermizo de dolor: como oscurantismo, romanticismo,
dolorismo o sadismo.
El última instancia, el tratamiento del dolor podría
sustituir el sufrimiento por una nueva clase de horror: la experiencia
de lo artificialmente indoloro. Lifton describe los efectos de
la muerte en gran escala sobre los supervivientes estudiando
a personas que estuvieron cerca de la "zona cero" en
Hiroshima.58 Él observó que las personas que
anduvieron entre los lesionados y moribundos simplemente dejaron
de sentir; se hallaban en un estado de cierre emocional, sin
reacción emotiva alguna. Lifton cree que después
de un tiempo ese cierre se mezcló con una depresión
que 20 años después de la bomba se manifestaba
todavía en el sentimiento de culpa o vergüenza de
haber sobrevivido sin experimentar ningún dolor en el
momento de la explosión. Esas personas viven en un encuentro
interminable con la muerte que las perdonó, y sufren de
una enorme pérdida de confianza en la gran matriz humana
que sostiene la vida de cada ser humano. Experimentaron su tránsito
anestesiado a través de ese acontecimiento como algo precisamente
tan monstruoso como la muerte de la gente que les rodeaba: como
un dolor demasiado oscuro y demasiado abrumador para afrontarlo
o sufrirlo.59
Lo que hizo la bomba en Hiroshima podría orientarnos para
comprender el efecto acumulativo sobre una sociedad en la que
el dolor ha sido "expropiado" módicamente. El
dolor pierde su carácter referencial cuando es embotado,
y engendra un horror residual insensato, indudable. El sufrimiento,
que era soportable gracias a las culturas tradicionales, algunas
veces engendraba angustia intolerable, maldiciones torturadas
y blasfemias exasperantes; también tenía sus propios
límites. La nueva experiencia que ha reemplazado al sufrimiento
digno es el mantenimiento artificialmente prolongado, opaco,
despersonalizado. El uso creciente de matadolores convierte cada
vez más a la gente en espectadores insensibles de sus
propios yos en decadencia.
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