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4. LA INVENCIÓN
Y ELIMINACIÓN DE LA ENFERMEDAD
La Revolución Francesa
dio a luz dos grandes mitos: uno, que los médicos podían
sustituir a los clérigos; el otro, que con el cambio político
la sociedad retornaría a un estado de salud original.1 La enfermedad se convirtió en
un asunto público. En el nombre del progreso, ahora ha
cesado de incumbir a quienes están enfermos.2
En 1792, durante varios meses la Asamblea Nacional en París
trató de decidir cómo reemplazar a los médicos
que aprovechaban de la asistencia a los enfermos por una burocracia
terapéutica planeada para administrar un mal destinado
a desaparecer con el advenimiento de la igualdad, la libertad
y la fraternidad. El nuevo sacerdocio habría de financiarse
con fondos expropiados de la iglesia. Habría de orientar
a la nación en una conversión militante hacia la
vida sana que haría menos necesaria la asistencia médica
para los enfermos. Cada familia podría volver a hacerse
cargo de sus miembros, y cada aldea atender a los enfermos sin
parientes. Un Servicio Nacional de Salud se encargaría
de la asistencia sanitaria y supervisaría la promulgación
de leyes dietéticas y de estatutos para obligar a los
ciudadanos a utilizar sus nuevas libertades en la vida frugal
y los placeres sanos. Funcionarios médicos supervisarían
el acatamiento de la ciudadanía, y magistrados médicos
presidirían tribunales de salud para protegerse contra
charlatanes y explotadores.
Aún más radicales fueron las propuestas de un Subcomité
para la Eliminación de la Mendicidad. En contenido y estilo
son semejantes a algunos manifiestos de la Guardia Roja y las
Panteras Negras que piden que vuelva al pueblo el control sobre
la salud. Se afirmaba que la asistencia primordial pertenece
únicamente a los vecindarios. Los gastos públicos
para asistencia a los enfermos se emplean mejor como suplemento
de los ingresos de los afligidos. Si se necesitan hospitales,
deben ser especializados: para los ancianos, los incurables,
los locos o los expósitos. La enfermedad es un síntoma
de corrupción política y será eliminada
cuando se limpie el gobierno.
Habitualmente se identificaba a los hospitales como focos de
infección, lo que era común y fácil de explicar.
Habían aparecido en la antigüedad tardía bajo
los auspicios cristianos como dormitorios para viajeros, vagos
y abandonados. Los médicos empezaron a visitar con regularidad
los hospitales en la época de las cruzadas, siguiendo
el ejemplo de los árabes.3 Durante el ocaso de la Edad Media, se
convirtieron en parte integral de la arquitectura urbana como
instituciones caritativas para la custodia de los indigentes.4 Hacia fines
del siglo XVIII el viaje al hospital se emprendía, por
lo general, sin esperanza de volver.5 Nadie iba a un hospital para restaurar
su salud. Juntos se confundían los enfermos, locos, lisiados,
epilépticos, incurables, expósitos y amputados
recientes, de todas las edades y de ambos sexos;6 las amputaciones se practicaban en los
corredores, entre las camas. Se repartían algunos alimentos;
capellanes y legos piadosos iban a ofrecer consuelo, y los médicos
hacían visitas de caridad. Menos del 3% del magro presupuesto
se gastaba en remedios. Más de la mitad se iba en la sopa
del hospital; las monjas podían ir pasándola con
una pitanza. Como las cárceles, los hospitales se consideraban
un último recurso;7 nadie pensaba en ellos como herramienta
para administrar tratamiento para mejorar a los internados.8
Lógicamente, algunos extremistas fueron más allá
de las recomendaciones formuladas por la Comisión de Mendicidad.
Algunos exigieron de plano la abolición de todos los hospitales,
diciendo que "son inevitablemente lugares para congregar
enfermos y engendrar miseria mientras estigmatizan al paciente.
Si una sociedad continúa necesitando hospitales, es signo
de que su revolución ha fracasado".9
Una mala comprensión de Rousseau vibra en este deseo de
restaurar la enfermedad a su "estado natural",10 de devolver la sociedad a la "enfermedad
silvestre", que fija sus propios límites y puede
soportarse con virtud y estilo, y ser atendida en los hogares
de los pobres, así como anteriormente se habían
atendido las enfermedades de los ricos. La enfermedad se vuelve
compleja, intratable e insoportable únicamente cuando
la explotación divide a la familia.11 Se vuelve maligna y degradante cuando
llegan la urbanización y la civilización. Para
los seguidores de Rousseau la enfermedad que se ve en los hospitales
es hecha por el hombre, como todas las formas de injusticia social,
y prospera entre los sibaritas y sus explotados. "En el
hospital la enfermedad es totalmente corrupta; se vuelve 'fiebre
de prisión', que se caracteriza por espasmos, fiebre,
indigestión, orina pálida, respiración deprimida,
y conduce en definitiva a la muerte: si no en el octavo o en
el undécimo día, entonces en el décimo tercero."12 Con este tipo de lenguaje se convirtió,
por primera vez, la medicina en un problema político.
Los planes para dirigir mecánicamente una sociedad y llevarla
a la salud comenzaron con el llamado a una reconstrucción
social que eliminaría los males de la civilización.
Lo que Dubos ha llamado "el espejismo de la salud"
comenzó como un programa político.
En la retórica pública de la década de 1790,
no existía en lo absoluto la idea de aplicar intervenciones
biomédicas sobre la gente o sobre su ambiente. Únicamente
con la Restauración se confió a la profesión
médica la tarea de eliminar la enfermedad. Tras el Congreso
de Viena, proliferaron los hospitales y prosperaron las escuelas
de medicina.13 Lo mismo ocurrió con el descubrimiento
de enfermedades; la enfermedad era todavía primordialmente
no técnica. En 1770, poco sabía la medicina general
aparte de la peste y las erupciones pustulosas,14 pero en 1860 hasta el ciudadano común
y corriente reconocía el nombre médico de una docena
de enfermedades. La súbita aparición del médico
como salvador y hacedor de milagros no se debió a la eficacia
comprobada de nuevas técnicas, sino a la necesidad de
un ritual mágico que prestara credibilidad a una actividad
en la que había fracasado una revolución política.
Para que los conceptos de "enfermedad" y "salud"
pudieran reclamar fondos públicos, tuvieron que hacerse
operativos. Fue necesario convertir las dolencias en enfermedades
objetivas que infestaran a la humanidad, pudieran transplantarse
y cultivarse en el laboratorio, y tener cabida en pabellones,
archivos, presupuestos y museos. En esta forma, la enfermedad
fue acomodada al manejo administrativo: la clase dominante confió
la autonomía en el control a una rama de la élite
y la eliminación de la enfermedad. El objeto del tratamiento
médico fue definido por una nueva, aunque sumergida, ideología
política y adquirió el status de una entidad que
existía completamente por separado tanto del médico
como del paciente.15
Olvidamos a menudo qué poco tiempo hace que nacieron las
entidades nosológicas. A mediados del siglo XIX, todavía
se citaba con aprobación un aforismo atribuido a Hipócrates:
"No puedes descubrir peso ni forma ni cálculo al
cual referir tu juicio sobre salud y enfermedad. En las artes
médicas no existe más certeza que la de los sentidos
del médico." La enfermedad era todavía el
sufrimiento personal en el espejo de la visión del médico.16 La transformación de este retrato
médico en una entidad clínica representa un acontecimiento
en medicina que corresponde a la hazaña de Copérnico
en astronomía: el hombre fue violentamente lanzado y alejado
del centro de su universo, Job se hizo Prometeo.
La esperanza de lograr en la medicina la perfección que
Copérnico había dado a la astronomía data
de los tiempos de Galileo. Descartes trazó las coordenadas
para ejecutar el proyecto. Su descripción convirtió
eficazmente el cuerpo humano en un mecanismo de relojería
y estableció una nueva distancia no sólo entre
alma y cuerpo, sino también entre la queja del paciente
y el ojo del médico. Dentro de esta estructura mecanizada,
el dolor se convirtió en una luz roja y la enfermedad
en una avería mecánica. Se hizo posible una nueva
clase de taxonomía de las enfermedades. Así como
podían clasificarse los minerales y las plantas, así
el médico-taxonomista podía aislar las enfermedades
y colocarlas en su categoría. Se había establecido
la estructura lógica para un nuevo objetivo de la medicina.
Se situó a la enfermedad en vez de al hombre que sufre
en el centro del sistema médico, una enfermedad que podía
ser sometida a: a) verificación operativa mediante
la medición, b) estudio clínico y experimentación
y c) evaluación conforme a normas mecánicas.
La antigüedad no conoció ningún aparato para
medir la enfermedad.17 Los contemporáneos de Galileo
fueron los primeros en aplicar la medición al enfermo,
pero con poco éxito. Como Galeno había enseñado
que la orina se secretaba directamente de la vena cava y que
su composición era una indicación directa de la
naturaleza de la sangre, los médicos habían probado
y olido la orina y la habían examinado a la luz del sol
y de la luna. Los alquimistas del siglo XVI habían aprendido
a medir el peso específico con precisión considerable,
y sometieron a sus métodos la orina de los enfermos. Se
atribuyeron a cambio del peso específico de la orina docenas
de significados distintos y divergentes. Con esta primera medición,
los médicos comenzaron a leer significados diagnósticos
y curativos en toda nueva medición que aprendían
a ejecutar.18
El empleo de mediciones físicas preparó para creer
en la existencia real de enfermedades y en su autonomía
ontológica de la percepción de médico y
paciente. El empleo de estadísticas apuntaló esa
creencia. "Mostró" que las enfermedades se hallaban
en el ambiente y podían invadir e infectar a la gente.
Los primeros ensayos clínicos en que se utilizaron estadísticas,
practicados en los Estados Unidos en 1721 y publicados en Londres
en 1722, proporcionaron datos sólidos que indicaban la
amenaza de la viruela para Massachusetts, y que los vacunados
estaban protegidos contra sus ataques. Esos ensayos fueron dirigidos
por el doctor Cotton Mather, mejor conocido por su furia inquisitorial
durante los juicios de las brujas de Salem que por su vigorosa
defensa de la vacuna antivariólica.19
Durante los siglos XVII y XVIII, los médicos que aplicaban
mediciones a los enfermos podían ser considerados charlatanes
por sus colegas. Durante la Revolución Francesa, los médicos
ingleses miraban todavía con desconfianza la termometría
clínica. Junto con la rutinaria toma del pulso, llegó
a ser práctica clínica aceptada apenas alrededor
de 1845, treinta años después que Laennec comenzó
a usar el estetoscopio. Conforme el interés del médico
se trasladaba del enfermo a la enfermedad, el hospital se convertía
en un museo de enfermedades. Los pabellones estaban llenos de
indigentes que ofrecían sus cuerpos como espectáculos
a cualquier médico deseoso de tratarlos.20 Hacia fines del siglo XVIII se desarrolló
el concepto de que el hospital era el lugar lógico para
estudiar y comparar "casos". Los médicos visitaban
hospitales donde se mezclaba toda clase de gente enferma, y se
adiestraban para escoger varios "casos" de la misma
enfermedad. A la cabecera del enfermo, perfeccionaron su ojo
clínico. Durante los primeros decenios del siglo XIX,
la actitud médica hacia los hospitales continuó
con un desarrollo ulterior. Hasta entonces, los nuevos médicos
se habían preparado principalmente mediante conferencias,
demostraciones y discusiones. Ahora la "cabecera" pasó
a ser la clínica, el lugar donde se adiestraban los futuros
médicos para ver y reconocer enfermedades.21 El concepto clínico de la enfermedad
dio origen a un nuevo lenguaje que hablaba acerca de las enfermedades
desde la cabecera, y a un hospital reorganizado por la enfermedad
para exhibición de enfermedades a los estudiantes.22
El hospital, que muy a principios del siglo XIX había
pasado a ser un lugar para el diagnóstico, se convertía
ahora en un lugar para la enseñanza. Pronto se transformaría
en un laboratorio para experimentar con tratamientos y hacia
fines del siglo en un lugar dedicado a la terapia. Hoy día
el lazareto se ha transformado en un taller de reparaciones dividido
en compartimientos.
Todo esto sucedió en etapas. Durante el siglo XIX, la
clínica pasó a ser el lugar donde se reunían
los portadores de enfermedades, se identificaban éstas
y se llevaba un censo de ellas. La percepción médica
de la realidad llegó a fundarse en el hospital mucho antes
que el ejercicio de la profesión médica. El hospital
especializado que pedían los revolucionarios franceses
en beneficio del paciente llegó a ser realidad porque
los médicos necesitaban clasificar las enfermedades. Durante
todo el siglo XIX, la patología continuó siendo
en proporción abrumadora la clasificación de anomalías
anatómicas. Sólo hacia fines del siglo comenzaron
los discípulos de Claudio Bernard también a clasificar
y catalogar la patología de las funciones.23 Junto con la enfermedad, la salud adquirió
una categoría clínica, convirtiéndose en
la ausencia de síntomas clínicos. Los patrones
clínicos de la normalidad se asociaron con el bienestar.24
La enfermedad nunca pudo haberse asociado con la anormalidad
si el valor de los patrones universales no se hubiera reconocido
en un dominio tras otro durante un periodo de 200 años.
En 1635, a instancias del cardenal Richelieu, el rey de Francia
formó una Academia de los cuarenta supuestamente más
distinguidos hombres de letras franceses, con el propósito
de proteger y perfeccionar la lengua francesa. En realidad, impusieron
el lenguaje de la burguesía en ascenso que también
estaba ganando control sobre las crecientes herramientas de producción.
El lenguaje de la nueva clase de productores capitalistas se
hizo normativo para todas las clases. La autoridad estatal se
expandió rebasando el derecho escrito para regular los
medios de expresión. Los ciudadanos aprendieron a reconocer
el poder normativo de una élite en dominios que no habían
sido tocados por los cánones de la iglesia ni por los
códigos civil y penal del estado. Las ofensas cometidas
contra las leyes codificadas de la gramática francesa
llevaban ahora sus propias sanciones; ponían al que hablaba
en su lugar, es decir, los privaban de los privilegios de clase
y profesión. El mal francés era el que se quedaba
fuera de las normas académicas, como la mala salud no
tardaría en ser la que no se ajustaba a las normas clínicas.
"Norma" en latín significa "escuadra",
la escuadra del carpintero. Hasta los años 1830 y siguientes,
la palabra inglesa "normal" significaba tenerse en
ángulo recto. Durante los años cuarenta llegó
a designar cosas que se ajustaban a un tipo común. En
los ochenta, en los Estados Unidos, pasó a significar
el estado o condición habitual, no sólo de cosas,
sino también de personas. En Francia la palabra fue traspuesta
de la geometría a la sociedad. École Normale
designó a la escuela donde se formaban los maestros
para el Imperio. Augusto Comte fue el primero en dar a la palabra
una connotación médica alrededor de 1840. Comte
confiaba en que una vez conocidas las leyes relativas al estado
normal del organismo, sería posible emprender el estudio
de la patología comparada.25
Durante el último decenio del siglo XIX, normas y patrones
llegaron a ser criterios fundamentales para el diagnóstico
y la terapéutica. Para que esto ocurriera, no fue necesario
que todos los rasgos anormales se consideraran patológicos:
fue suficiente que todas las características patológicas
se consideraran anormales. La enfermedad como desviación
de una norma hizo legítima la intervención médica
proporcionando una orientación para la terapéutica.26
La edad de la medicina de hospital, que desde su origen hasta
su decadencia no ha durado más de un siglo y medio, está
llegando a su fin.27 La medición clínica se
ha difundido por toda la sociedad. La sociedad se ha convertido
en una clínica y todos los ciudadanos se han hecho pacientes
cuya presión arterial se vigila constantemente y se regula
hasta quedar "dentro" de los límites normales.
Los agudos problemas de personal, dinero, acceso y control que
acosan a los hospitales en todas partes pueden interpretarse
como síntomas de una nueva crisis en el concepto de la
enfermedad. Ésta es una crisis verdadera porque admite
dos soluciones opuestas y ambas hacen anticuados a los hospitales
actuales. La primera solución consiste en aumentar la
medicalización patógena de la asistencia a la salud,
expandiendo más aún el control clínico de
la profesión médica sobre la población ambulatoria.
La segunda es una desmedicalización crítica, científicamente
justa del concepto de enfermedad.
La epistemología médica es mucho más importante
para la solución sana de esta crisis que la biología
o la tecnología médica. Esa epistemología
tendrá que aclarar la condición lógica y
la naturaleza social del diagnóstico y la terapéutica,
primordialmente en las enfermedades físicas por oposición
a las mentales. Toda enfermedad es una realidad creada socialmente.
Su significado y la reacción que evoca tienen una historia.28 El estudio de esa historia puede permitirnos
entender el grado en el que somos prisioneros de la ideología
médica en que fuimos formados.
Recientemente una serie de autores ha tratado de quitar la condición
de "enfermedad" a la desviación mental.29 Paradójicamente, han hecho más
y no menos difícil el plantear la misma clase de cuestión
acerca de las enfermedades en general. Leifer, Goffmann,
Szasz, Laing y otros, todos ellos están interesados en
la génesis política de las enfermedades mentales
y en su uso con fines políticos.30 Para aclarar su punto de vista, todos
ellos contrastan la enfermedad mental "irreal" con
la enfermedad física "real". Según ellos,
el lenguaje de las ciencias naturales que actualmente se aplica
a todas las afecciones que estudian los médicos sólo
corresponde a la enfermedad física. Esta se confina en
el cuerpo y se halla en un contexto anatómico, fisiológico
y genético. La existencia "real" de esas afecciones
puede confirmarse mediante mediciones y experimentos, sin referencia
alguna a un sistema de valores. Nada de esto se aplica a la enfermedad
mental: su situación como "enfermedad" depende
totalmente del juicio psiquiátrico. El psiquiatra actúa
como el agente de un medio social, ético y político.
Las mediciones y los experimentos en esos estados "mentales"
sólo pueden realizarse dentro de la estructura de coordenadas
ideológicas que derivan su estabilidad del prejuicio social
general del psiquiatra. Se culpa a la vida de que las enfermedades
prevalezcan en una sociedad alienada, pero si bien la reconstrucción
política podría eliminar muchas de las enfermedades
psíquicas, simplemente proporcionaría tratamientos
técnicos mejores y más equitativos para los que
están físicamente enfermos.
Esta posición antipsiquiátrica, que da legitimidad
a la condición apolítica de la enfermedad física
negando el carácter de enfermedad a las desviaciones mentales,
es una posición minoritaria en el Occidente, aunque parece
acercarse a una doctrina oficial en la China moderna, donde la
enfermedad mental se percibe como un problema político.
Los políticos maoístas toman a su cargo a los que
sufren desviaciones psicóticas. Bermann31 informa que los chinos se oponen a la
práctica rusa revisionista de despolitizar la desviación
de los enemigos de clase encerrándolos en hospitales y
tratándolos como si tuvieran una enfermedad análoga
a una infección. Los chinos pretenden que sólo
el procedimiento opuesto puede dar resultados: la reeducación
intensiva política de gente que actualmente son, tal vez
inconscientemente, enemigos de clase. Su autocrítica los
hará políticamente activos y por ende saludables.
Aquí nuevamente, la insistencia en la naturaleza primordialmente
no clínica de la desviación mental refuerza la
creencia de que otra clase de enfermedad es una entidad material.32
Las sociedades industriales avanzadas tienen mucho interés
en la mantención de la legitimidad epistemológica
de las entidades nosológicas. Mientras la enfermedad sea
algo que se posesiona de la gente, algo que se "pesca"
o que "se pega", las víctimas de estos procesos
naturales pueden quedar exentas de responsabilidad por su condición.
Se les puede tener piedad más que culparlas por un desempeño
negligente, vil o incompetente en sufrir su realidad subjetiva;
se les puede transformar en elementos manejables y aprovechables
si aceptan humildemente su enfermedad como una expresión
de que "así son las cosas". Se les puede descargar
de cualquier responsabilidad política por haber colaborado
en aumentar la tensión mórbida de la industria
de alta intensidad. Una sociedad industrial avanzada es morbosa
porque inhabilita a la gente para enfrentar su ambiente y, cuando
la gente se quebranta, sustituye las relaciones rotas por una
prótesis "clínica". La gente se rebelaría
contra tal ambiente si la medicina no le explicara su desorientación
biológica como un defecto en su salud, más bien
que como un defecto en la forma de vida impuesta o que ella misma
se impone.33 La garantía de inocencia política
personal que un diagnóstico ofrece al paciente sirve como
una máscara higiénica que justifica una ulterior
sujeción a la producción y al consumo.
El diagnóstico médico de entidades nosológicas
sustantivas que supuestamente toman forma en el cuerpo del individuo
resulta un modo subrepticio y amoral de culpar a la víctima.
El médico, perteneciente él mismo a la clase dominante
juzga que el individuo no encaja en un ambiente proyectado y
administrado por otros profesionales, en vez de acusar a sus
colegas de crear ambientes en los que el organismo humano no
puede encajar. La enfermedad sustantiva puede así interpretarse
como la materialización de un mito políticamente
conveniente, que adquiere sustancia dentro del cuerpo del individuo
cuando dicho cuerpo se rebela contra las demandas que la sociedad
industrial le impone.
La clasificación de enfermedades -la nosología-
que adopta la sociedad refleja su organización social.
Las enfermedades que produce la sociedad son bautizadas por el
médico con nombres amados por los burócratas. La
"incapacidad de aprendizaje", la "hipercinesia"
o la "disfunción cerebral mínima" explican
a los padres la razón por la cual sus niños no
aprenden, sirviendo así de coartada para la intolerancia
o la incompetencia de la escuela; la alta presión arterial
sirve de coartada a la tensión creciente, la enfermedad
degenerativa a la organización social degenerante. Mientras
más convincente sea el diagnóstico y más
valiosa parezca ser la terapéutica, más fácil
resultará convencer a la gente de que necesita ambas cosas
y con menos probabilidad se rebelerán contra el crecimiento
industrial. Los obreros sindicalizados exigen la terapéutica
más costosa posible, aunque sólo sea por el placer
de recuperar parte del dinero que han pagado en impuestos y seguros,
y se engañan creyendo que esto significa una mayor igualdad.
Hasta que la enfermedad llegó a percibirse como una anormalidad
orgánica o de la conducta, el que se enfermaba podía
hallar aún en los ojos del médico un reflejo de
su propia angustia y un cierto reconocimiento de la particularidad
única de su sufrimiento. Ahora lo que encuentra es la
mirada de un contador biológico embebido en cálculos
de "input, output" (insumo/producto). Le arrebatan
su enfermedad y se la transforman en materia prima para una empresa
institucional. Se interpreta su estado de acuerdo con un conjunto
de reglas abstractas que él no comprende. Se le instruye
acerca de entidades ajenas que el médico combate, pero
sólo en la medida que el médico considera necesaria
para ganar la cooperación del paciente. Los médicos
se apoderan del lenguaje: la persona enferma queda privada de
palabras significativas para expresar su angustia, que aumenta
más aún por la mistificación lingüística.34
Antes de que el lenguaje referente al cuerpo fuera dominado por
la jerga científica, el repertorio del habla común
era excepcionalmente rico en este campo.35 El lenguaje campesino ha preservado
gran parte de este tesoro hasta nuestros días.36 Las instrucciones se conservaban a la
mano a través de dichos y proverbios.37 La forma en que los babilonios y los
griegos formulaban sus quejas ante el médico ha sido comparada
con las expresiones usadas por los trabajadores de la industria
alemana. Igual que en la antigüedad el paciente tartamudea,
pierde el hilo y habla de lo que "agarró" o
de lo que "pescó". Pero mientras el trabajador
industrial se refiere parcamente a su dolencia como a un "eso"
que duele, sus predecesores tenían muchos nombres pintorescos
y expresivos para los demonios38 que los mordían o aguijoneaban.
Finalmente, la creciente dependencia del habla socialmente aceptable
con respecto al lenguaje especial de una profesión elitista
convierte la enfermedad en un instrumento de dominación
de clase. Así, el burócrata y el universitario
se hacen colegas de su médico en el tratamiento que éste
les dispensa, mientras el obrero es puesto en su sitio como un
siervo que no habla el idioma del amo.39
Tan pronto como se evalúa la eficacia médica en
lenguaje ordinario, se hace evidente que la mayoría delos
diagnósticos y tratamientos eficaces no van más
allá de la compresión que cualquier lego puede
adquirir. De hecho, la abrumadora mayoría de intervenciones
diagnósticas y terapéuticas que demostrablemente
hacen más bien que mal tienen dos características:
los recursos materiales que requieren son extremadamente baratos
y pueden ser envasados y proyectados, para uso por uno mismo
o para aplicación por los miembros de la familia. Por
ejemplo, el precio de lo que favorece significativamente a la
salud, en la medicina del Canadá, es tan bajo que el dinero
despilfarrado actualmente en la India en medicina moderna bastaría
para hacer asequibles los mismos recursos en todo el subcontinente.
Las destrezas necesarias para aplicar los medios auxiliares más
generalizados en diagnóstico y terapéutica son
tan sencillas que si las personas que se encargan de la asistencia
observan cuidadosamente las instrucciones, probablemente garanticen
un uso más eficaz y responsable que el que jamás
podría ofrecer la práctica médica. La mayor
parte de lo que queda probablemente podría ser manejado
mejor por aficionados "descalzos" no profesionales
con profundo compromiso personal que por médicos, psiquiatras,
dentistas, parteras, fisioterapeutas u oculistas profesionales.
Cuando se discuten las pruebas acerca de la sencillez de la medicina
moderna eficaz, la gente medicalizada generalmente formula estas
objeciones: los enfermos están ansiosos y son emocionalmente
incompetentes para la automedicación racional: incluso
los médicos llaman a un colega para tratar a sus hijos
enfermos; y los aficionados malévolos podrían organizarse
rápidamente en un monopolio de custodios del escaso y
precioso conocimiento médico. Todas esas objeciones son
válidas si se plantean dentro de una sociedad en la que
las expectativas del consumidor modelan las actitudes para el
servicio, en la que los recursos médicos están
empaquetados cuidadosamente para uso del hospital, y en la que
predomina la mitología de la eficiencia médica.
Difícilmente serían válidas en un mundo
que aspira a la búsqueda eficaz de metas personales que
hubieran sido puestas al alcance de casi cualquier persona por
un uso austero de la tecnología.
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