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5. LA MUERTE ESCAMOTEADA
En toda sociedad la imagen dominante
de la muerte determina el concepto predominante de salud.1 Una imagen
tal, la anticipación culturalmente condicionada de un
suceso cierto en una fecha incierta, está moldeada por
estructuras institucionales, mitos profundamente arraigados y
el carácter social que predomina. La imagen que una sociedad
tiene de la muerte revela el nivel de independencia de su pueblo,
sus relaciones interpersonales, su confianza en sí mismo
y la plenitud de su vida.2 Dondequiera que ha penetrado la civilización
médica metropolitana, se ha trasplantado una imagen nueva
de la muerte. En la medida en que esta imagen depende de las
nuevas técnicas y de sus correspondientes ethos, su
carácter es supranacional. Pero esas mismas técnicas
no son culturalmente neutrales; adoptaron una forma concreta
dentro de las culturas occidentales y expresaron un ethos
occidental. La imagen de la muerte que tiene el hombre blanco
se ha difundido con la civilización médica y ha
sido una fuerza importante de la colonización cultural.
La imagen de una "muerte natural", una muerte que llega
bajo la asistencia médica y nos encuentra en buena salud
y avanzada edad, es un ideal bastante reciente.3 En 500 años ha evolucionado a
través de cinco etapas distintas, y actualmente está
a punto de experimentar una sexta mutación. Cada etapa
ha encontrado su expresión iconográfica: 1) la
"danza de los muertos" del siglo XV; 2) la danza del
Renacimiento a invitación del hombre esqueleto, la llamada
"Danza de la Muerte"; 3) la escena del dormitorio del
libertino envejecido bajo el Ancien Régime; 4)
el médico del siglo XIX en su lucha contra los fantasmas
errantes de la tisis y la peste; 5) los médicos de mediados
del siglo XX que se interponen entre el paciente y su muerte,
y 6) la muerte bajo asistencia intensiva en el hospital. En cada
etapa de su evolución, la imagen de la muerte natural
ha producido una nueva serie de reacciones que adquirieron en
forma creciente un carácter médico. La historia
de la muerte natural es la historia de la medicalización
de la lucha contra la muerte.4
LA DANZA DEVOTA DE LOS MUERTOS
A partir del siglo IV, la iglesia
había estado luchando contra la tradición pagana
de muchedumbres que bailaban en los cementerios: desnudas, frenéticas
y blandiendo sables. No obstante, la frecuencia de prohibiciones
eclesiásticas testimonia su escasa eficacia, y durante
mil años las iglesias y los cementerios cristianos continuaron
siendo plataformas de baile. La muerte era una ocasión
para la renovación de la vida. La danza con los muertos
sobre sus tumbas era una ocasión para afirmar la alegría
de estar vivo y una fuente de muchas canciones y poemas eróticos.5 A fines del siglo XIV, parece haber
cambiado el sentido de esas danzas;6 de un encuentro entre los vivos y los
que ya estaban muertos, se transformó en una experiencia
meditativa, introspectiva. En 1424 se pintó la primera
Danza de los Muertos en la pared de un cementerio en París.
Se ha perdido el original del "Cementerio de los Inocentes",
pero buenas copias nos permiten reconstruirlo; rey, campesino,
papa, escriba y doncella danzan cada uno con un cadáver.
Cada personaje es una imagen en espejo del otro en vestido y
rasgos. En la forma de su cuerpo "Todohombre" lleva
su propia muerte consigo y baila con ella en el curso de su vida.
Al terminar la Edad Media, la muerte residente7 se encara con el hombre; cada muerte
viene con el símbolo del rango correspondiente a su víctima:
para el rey una corona, para el campesino una horquilla. Después
de bailar con los ancestros muertos sobre sus tumbas, la gente
pasaba a representar un mundo en el que cada quien baila durante
la vida abrazando su propia mortalidad. La muerte no se representaba
como una figura antropomórfica sino como una autoconsciencia
macabra, una sensación constante del sepulcro abierto.
No es todavía el hombre esqueleto del siglo siguiente
a cuya música bailarán pronto hombres y mujeres
durante el otoño de la edad Media, sino más bien
el propio yo envejeciendo y pudriéndose de cada uno.8
Con esa época el espejo9 toma importancia en la vida cotidiana,
y en las garras del "espejo de la muerte", el "mundo"10 adquiere una agudeza alucinante. Con
dos poetas Chaucer y Villon, la muerte llega a ser tan íntima
y sensual como el placer y el dolor.
Las sociedades primitivas concebían la muerte como resultado
de una intervención por un agente extraño. No atribuían
personalidad a la muerte. La muerte es el resultado de la intención
maligna de alguno. Ese alguno que causa la muerte puede ser un
vecino que, por envidia, lo mira a uno con mal de ojo, o podría
ser una bruja, un ancestro que venía a recogerlo a uno,
o el gato negro que se atravesaba en su camino.11 Durante todo el medioevo cristiano y
musulmán, la muerte continuó considerándose
como el resultado de una intervención deliberada y personal
de Dios. En el lecho de muerte no aparece la figura de "una"
muerte, sino sólo la de un ángel y un demonio luchando
por el alma que escapa de la boca de la mujer moribunda. Apenas
durante el siglo XV estuvieron las condiciones propicias para
que cambiara esta imagen,12 y apareciera la que más tarde
se llamaría la "muerte natural". La danza de
los muertos representa esa situación. La muerte puede
entonces convertirse en una parte inevitable, intrínseca
de la vida humana, más que en la decisión de un
agente extraño. La muerte se vuelve autónoma y
durante tres siglos coexiste, como agente distinto, con el alma
inmortal, la divina providencia, los ángeles y los demonios.
LA DANZA MACABRA
En los antiguos dramas alegóricos,13 la muerte aparece con una nueva indumentaria
en un nuevo papel. A fines el siglo XV, ya no es sólo
una imagen en espejo sino que juega el papel principal entre
las "cuatro postrimerías", precediendo al juicio,
al cielo y al infierno.14 Ni es ya nada más uno de los
cuatro jinetes del Apocalipsis de los relieves románticos,
ni la Megara vampiresca que recoge almas del cementerio de Pisa,
ni un simple mensajero que ejecuta las órdenes de Dios.
La muerte se ha convertido en figura independiente que visita
a cada hombre, mujer y niño, primero como mensajero de
Dios pero pronto insistiendo en sus propios derechos soberanos.
En 1538 Hans Holbein el Joven15 publicó el primer libro ilustrado
de la muerte, que iba a llegar a ser un gran éxito de
librería: grabados en madera sobre la Danza Macabra.16 Los personajes que bailan se han desprendido
de su carne pútrida y se han convertido en esqueletos
desnudos. Cada hombre entrelazado con su propia mortalidad ha
llegado a representarse en un agotamiento frenético en
las garras de una fuerza de la naturaleza. La íntima imagen
en espejo coloreada por la "nueva devoción"
de los místicos alemanes ha sido reemplazada por una fuerza
igualitaria de la naturaleza, el ejecutor de una ley que hace
girar a todos y luego los abate con la guadaña. De un
encuentro que dura toda la vida, la muerte se ha convertido en
el acontecimiento de un momento.
La muerte aquí llega a ser el punto en que termina el
tiempo lineal, medido por el reloj, y la eternidad encuentra
al hombre, mientras que durante la Edad Media la eternidad había
sido, junto con la presencia de Dios, inmanente en la historia.
El mundo ha dejado de ser un sacramento de esta presencia; con
Lutero se convirtió en el lugar de corrupción que
Dios salva. La proliferación de relojes simboliza este
cambio en la conciencia. Con el predominio del tiempo seriado
el interés por su medición exacta y el reconocimiento
de la simultaneidad de sucesos, se fabrica un nuevo armazón
para reconocer la identidad personal. Ésta se busca en
referencia a una sucesión de acontecimientos más
que la integridad del curso de la vida de uno. La muerte deja
de ser el fin de un todo y se transforma en una interrupción
de la sucesión.17
En las portadas de los primeros cincuenta años del grabado
en madera predominan los hombres esqueletos, así como
en la actualidad predominan las mujeres desnudas en las portadas
de las revistas. La muerte sostiene el reloj de arena o toca
el reloj del campanario.18 Muchos badajos tenían forma de
hueso. La nueva máquina, que puede hacer el tiempo de
igual longitud, día y noche, también pone a toda
la gente bajo la misma ley. En la época de la Reforma,
la supervivencia después de la muerte ha dejado de ser
una continuación transfigurada de la vida aquí
abajo y se ha convertido o en un castigo terrible en forma del
infierno o en una dádiva totalmente inmerecida de Dios
en el cielo. La gracia interna se había transformado en
justificación por la sola fe. Así, durante el siglo
XVI la muerte deja de concebirse primordialmente como un tránsito
al mundo siguiente y se pone de relieve la terminación
de esta vida.19 La tumba
abierta se destaca y parece mucho mayor que las puertas del cielo
o del infierno y el encuentro con la muerte llega a ser más
cierto que la inmortalidad, más justo que reyes, papas
o hasta Dios. Más que objetivo de la vida se ha convertido
en la terminación de la vida.
La finalidad, la inminencia y la intimidad de la muerte personal
formaron parte no sólo del nuevo sentido del tiempo sino
también de un nuevo sentido de individualidad. En la senda
del peregrino, desde la Iglesia Militante en la Tierra hasta
la Iglesia Triunfante en el cielo, la muerte se experimentaba
en gran medida como acontecimiento que interesaba a ambas comunidades.
Ahora cada hombre afrontaba su muerte propia y final. Naturalmente,
una vez transformada la muerte en esa fuerza natural, la gente
quiso dominarla aprendiendo el arte o la destreza de morir. Ars
Moriendi, uno de los primeros manuales para hacer las cosas
uno mismo que se imprimió y puso en el mercado, continuó
siendo un gran éxito en diversas versiones durante los
siguientes doscientos años. Muchas personas aprendieron
a leer descifrándolo. Deseoso de proporcionar una orientación
al "caballero cabal", Caxton publicó en 1491
el Arte y Oficio de Saber Morir Bien en la Westminster
Press. Impreso en nítido tipo gótico, llegó
a popularizarse extraordinariamente. Se hicieron ediciones de
bloque de madera y de tipos móviles mucho más de
un centenar de veces antes de 1500. El pequeño infolio
formó parte de una serie que habría de preparar
para "El comportamiento, gentil y devoto", desde manejar
un cuchillo de mesa hasta llevar una conversación, desde
el arte de llorar y sonarse la nariz hasta el arte de jugar y
de morir.
No era éste un libro de preparación remota para
la muerte a través de una vida virtuosa, ni un recordatorio
para el lector de que las fuerzas físicas decaían
incesante e inevitablemente y de que era constante el peligro
de morir. Era un libro de "cómo hacer" en el
sentido moderno, una guía completa para el negocio de
morir, un método que habría de aprenderse mientras
estaba uno en buena salud y saberse al dedillo para utilizarlo
en esa hora ineludible. No se escribió el libro para monjes
y ascetas sino para hombres "carnales y seculares"
que no disponían de los ministerios del clero. Servía
como modelo para instrucciones análogas, escritas a menudo
con un espíritu mucho menos práctico por personas
como Savonarola, Lutero y Jeremías Taylor. Los hombres
se sentían responsables de la expresión que mostraría
su rostro al morir.20 Kunstler
ha señalado que por esta misma época se desarrolló
una tendencia sin precedentes en la pintura de rostros humanos:
el retrato occidental del semblante que trata de representar
mucho más que la mera semejanza de los rasgos faciales.
De hecho, los primeros retratos representaban príncipes
y se ejecutaban de memoria inmediatamente después de su
muerte, con el fin de hacer presente en sus funerales la personalidad
intemporal del finado gobernante. Los humanistas de comienzos
del Renacimiento recordaban a sus muertos no como espíritus
o almas, santos o símbolos, sino como presencias históricas
perennes.21
En la devoción popular se formó una nueva clase
de curiosidad acerca de la otra vida. Se multiplicaron fantásticas
historias de horror acerca de cuerpos muertos y representaciones
artísticas del purgatorio.22 El grotesco interés de los siglos
XVI y XVII por espíritus y almas destaca la creciente
ansiedad de una cultura que afrontaba la llamada de la muerte
más que el juicio de Dios.23 En muchas partes del mundo cristiano la danza de
la muerte se convirtió en decoración clásica
a la entrada de las iglesias parroquiales. Los españoles
llevaron el hombre esqueleto a América, donde se fundió
con el ídolo azteca de la muerte. Su descendencia mestiza,24 repercute
en Europa e influye sobre el rostro de la muerte a través
de todo el imperio de los Habsburgo, desde Holanda hasta el Tirol.
Después de la Reforma, la muerte europea pasó a
ser y continuó siendo macabra.
Simultáneamente se multiplicaron las prácticas
médicas populares, destinadas todas ellas a ayudar a la
gente a recibir su muerte con dignidad como individuos. Se idearon
nuevos ardides supersticiosos para que pudiera uno reconocer
si su enfermedad requería la aceptación de la muerte
que se acercaba o alguna clase de tratamiento. Si la flor arrojada
a la fuente del santuario se hundía, era inútil
gastar dinero en remedios. La gente trataba de estar lista para
la llegada de la muerte, de tener bien aprendidos los pasos para
la última danza. Se multiplicaron los remedios contra
una agonía dolorosa, pero en su mayoría aún
tenían que aplicarse bajo la dirección consciente
del moribundo que desempeñaba un nuevo papel y lo hacía
con plena conciencia. Los hijos podían ayudar a morir
a la madre o al padre, pero a condición de que no los
retuvieran llorando. Se suponía que una persona habría
de indicar cuándo quería que la bajaran de su lecho
a la tierra que pronto habría de cubrirla, y cuándo
habrían de iniciarse las oraciones. Pero los circunstantes
sabían que tenían que tener las puertas abiertas
para facilitar la llegada de la muerte, evitar ruidos para no
asustarla y, finalmente, apartar respetuosamente sus ojos del
moribundo para dejarlo solo durante ese acontecimiento sumamente
personal.25
No se esperaba que ni el sacerdote ni el médico ayudaran
al pobre en la muerte típica de los siglos XV y XVI.26 En principio,
los escritores médicos reconocían dos servicios
opuestos que podía prestar el médico. Él
podía contribuir a la curación o ayudar a la llegada
de una muerte fácil y rápida. Tenía el deber
de reconocer la "facies hipocrática",27 cuyos rasgos
especiales indicaban que el paciente estaba ya en las garras
de la muerte. En la curación, como en el deceso, el médico
estaba ansioso de trabajar uña y carne con la naturaleza.
La cuestión de determinar si la medicina podría
jamás "prolongar" la vida se discutió
acaloradamente en las escuelas médicas de Palermo, Fez
e incluso París. Muchos médicos árabes y
judíos negaban de plano este poder y declaraban que semejante
intento de obstaculizar el orden de la naturaleza era blasfemo.
En los escritos de Paracelso29 aparece claramente el fervor profesional
atemperado por la resignación filosófica. "La
naturaleza conoce los límites de su curso. Según
su propio término fijado, confiere a cada una de sus criaturas
la duración adecuada de su vida, de manera que sus energías
se consumen durante el tiempo que transcurre entre el momento
de su nacimiento y el de su fin predestinado... la muerte de
un hombre no es sino el fin de su trabajo diario, una espiración
del aire, la consumación de su balsámico poder
innato para curarse a sí mismo, la extinción de
la luz racional de la naturaleza y una gran separación
de las tres partes, cuerpo, alma y espíritu. La muerte
es un retorno a la matriz." Sin excluir la trascendencia,
la muerte se ha convertido en un fenómeno natural que
ya no requiere que se arroje la culpa sobre algún agente
maligno.
La nueva imagen de la muerte ayudó a reducir el cuerpo
humano a un objeto. Hasta ese tiempo, el cadáver se había
considerado como algo completamente distinto de otras cosas:
se trataba casi como a una persona. El derecho reconocía
su categoría: los muertos podían demandar y ser
demandados por los vivos, y eran frecuentes los procesos penales
contra los muertos. El Papa Urbano VIII, envenenado por su sucesor,
fue desenterrado, juzgado solemnemente como simoniaco, le cortaron
la mano derecha y lo arrojaron al Tíber. Después
de ser colgado por ladrón, todavía podían
cortarle la cabeza a un hombre por ser un traidor. También
podía llamarse a los muertos como testigos. La viuda podía
repudiar todavía a su marido poniendo sobre su ataúd
las llaves y el portamonedas de él. Aun hoy en día
el albacea actúa en nombre de los muertos y todavía
hablamos de "violar" una tumba o de "secularizar",
un cementerio público cuando éste se convierte
en parque. Era necesario que apareciera la muerte natural para
que se privara al cadáver de mucho de su personalidad
jurídica.30 La llegada
de la muerte natural también preparó el camino
para nuevas actitudes hacia la muerte y la enfermedad, que se
hicieron comunes a fines del siglo XVII. Durante la Edad Media,
el cuerpo humano había sido sagrado; ahora el bisturí
del médico tenía acceso al cadáver mismo.31 El humanista
Gerson había considerado su disección "una
profanación sacrílega, una crueldad inútil
ejercida por los vivos contra los muertos."32 Pero al
mismo tiempo que comenzó a aparecer en persona la muerte
de "todohombre" en los dramas alegóricos, aparece
por primera vez el cadáver como objeto didáctico
en el anfiteatro de las universidades del Renacimiento. En 1375,
cuando se efectuó en Montpellier la primera disección
autorizada en público, se declaró obscena esa nueva
actividad erudita y durante varios años no pudo repetirse
ese acto. Una generación después se concedió
permiso para disecar un cadáver cada año dentro
de las fronteras del imperio germánico. Asimismo, en la
Universidad de Bolonia se disecaba un cuerpo cada año
inmediatamente antes de la Navidad, y la ceremonia comenzaba
con una procesión, acompañada de exorcismos, y
duraba tres días. En España, durante el siglo XV
se concedió a la Universidad de Lérida el derecho
de disecar el cadáver de un criminal cada tres años
en presencia de un notario nombrado por la Inquisición.
En 1540 , se autorizó en Inglaterra a las facultades de
las universidades a reclamar al verdugo cuatro cadáveres
al año. Las actividades cambiaron tan rápidamente
que en 1561 el Senado de Venecia ordenó al verdugo que
siguiera instrucciones del doctor Falopio para proporcionarle
cadáveres adecuados para "anatomizar". Rembrandt
pintó la "Lección del Dr. Tulp" en 1632.
Las disecciones públicas pasaron a ser un tema favorito
de los pintores y en los Países Bajos un acontecimiento
común en los carnavales. Se había dado el primer
paso hacia la cirugía por televisión y en el cine.
El médico había progresado en sus conocimientos
de anatomía y en su poder para exhibir su destreza; pero
ambos eran desproporcionados al adelanto de su capacidad para
curar. Los rituales médicos contribuían a orientar,
reprimir o atenuar el miedo y la angustia generados por una muerte
que se había vuelto macabra. La anatomía de Vesalio
competía con la Danza Macabra de Holbein un tanto
como las guías científicas del sexo compiten actualmente
en Playboy y Penthouse.
LA MUERTE BURGUESA
La muerte barroca era el contrapunto
de un cielo organizado aristocráticamente.33 La cúpula
de la iglesia podía representar un juicio final con espacios
separados reservados para salvajes, plebeyos y nobles, pero la
Danza de la Muerte por debajo representaba al segador, que usaba
su guadaña prescindiendo de puestos o rangos. Precisamente
porque la igualdad macabra rebajaba los privilegios mundanos,
también los hacía más legítimos.34 No obstante,
con el ascenso de la familia burguesa,35 acabó
la igualdad en la muerte: los que podían comenzaron a
pagar para mantener alejada a la muerte.
Francis Bacon fue el primero en hablar acerca de la prolongación
de la vida como una nueva tarea de los médicos. Dividió
a la medicina en tres oficios: "Primero, la preservación
de la salud; segundo, la curación de la enfermedad, y
tercero, la prolongación de la vida", y enalteció
la "parte tercera de la medicina, relacionada con la prolongación
de la vida: es un aspecto nuevo y deficiente, aunque el más
noble de todos". La profesión médica ni siquiera
pensó en emprender esa tarea hasta que, unos 150 años
después, apareció una multitud de clientes ansiosos
de pagar porque lo intentara. Era un nuevo tipo de rico que se
negaba a morir jubilado e insistía en que la muerte se
lo llevara por agotamiento natural estando todavía en
su puesto. Se negaba a aceptar la muerte sin estar en buena salud,
activo a una edad avanzada. Montaigne ya había ridiculizado
a esa gente por ser extremadamente fatua: "...qué
fantasía es esa de esperar morir de un debilitamiento
de las fuerzas por efecto de la extrema vejez y de proponernos
ese objetivo como duración nuestra... parece que fuera
contrario a la naturaleza ver que un hombre se rompe el pescuezo
en una caída, se ahoga en un naufragio, o le arrebata
una pleuresía o la peste... en todo caso debiéramos
llamar natural a lo que es general, común y universal.
Morir de viejo es algo raro, singular y extraordinario, por tanto
menos natural que las otras formas; es la manera última
y extrema de morir".36 Esas personas eran escasas en su tiempo;
pronto habían aumentado. El predicador que esperaba ir
al cielo, el filósofo que negaba la existencia del alma
y el mercader que quería ver duplicarse una vez más
su capital, todos convenían en que la única muerte
acorde con la naturaleza era aquella que pudiera sorprenderlos
en sus escritorios.37
No había pruebas para demostrar que la expectativa de
vida específica por edades de la mayor parte de la gente
de más de 60 años había aumentado a mediados
del siglo XVIII, pero es indudable que la nueva tecnología
había hecho posible que se aferraran los viejos y ricos
haciendo lo que habían hecho en la edad madura. Esos privilegiados
consentidos podían continuar en su puesto porque sus condiciones
de vida y de trabajo se habían aligerado. La Revolución
Industrial había comenzado a crear oportunidades de empleo
para los débiles, enfermizos y viejos. Se reconocieron
los méritos del trabajo sedentario, hasta entonces raro.38 El espíritu
de empresa y el capitalismo en ascenso favorecieron al jefe que
había tenido tiempo de acumular capital y experiencia.
Los caminos habían mejorado: un general enfermo de gota
podía ahora dirigir una batalla desde su vagón,
y diplomáticos decrépitos podían viajar
de Londres a Viena o a Moscú. Los estados naciones centralizados
aumentaron la necesidad de contar con escribas y con una burguesía
más extensa. La nueva y pequeña clase de viejos
tenía mayores perspectivas de supervivencia porque su
vida en el hogar, en la calle y en el trabajo se había
hecho físicamente menos exigente. El envejecimiento se
había convertido en una forma de capitalizar la vida.
Los años pasados en el escritorio, el mostrador o la banca
escolar, comenzaron a ganar interés en el mercado. Los
jóvenes de clase media, dotados o no, fueron enviados
por primera vez a la escuela permitiendo así que los viejos
continuaran en el trabajo. La burguesía que podía
permitirse la eliminación de la "muerte social"
evitando la jubilación, creó la "niñez"
para mantener bajo control a sus jóvenes.39
Junto con la situación económica de los viejos,
aumentó el valor de sus funciones corporales. En el siglo
XVI una "esposa joven es la muerte para un viejo" y
en el XVII "los viejos que juegan con doncellas jóvenes
bailan con la muerte". En la corte de Luis XIV el viejo
libertino era un hazmerreír; en la época del Congreso
de Viena se había convertido en un objeto de envidia.
Morir mientras se cortejaba a la amante del nieto llegó
a ser el símbolo de un buen deseo.
Se creó un nuevo mito acerca del valor social de los viejos.
Los cazadores, recolectores y nómadas primitivos habitualmente
los habían matado, y los campesinos los ponían
en el cuarto del fondo,40 pero ahora el patriarca aparecía
como el ideal literario. Se le atribuía sabiduría
sólo por su edad. Primero comenzó a ser tolerable
y después apropiado que los viejos concurrieran con solicitud
a los rituales considerados necesarios para conservar sus tambaleantes
cuerpos. Todavía no estaba en servicio ningún médico
para encargarse de esta tarea, que se hallaba fuera de la competencia
reclamada por boticarios o herbolarios, barberos o cirujanos,
médicos universitarios o charlatanes trashumantes. Pero
esta exigencia peculiar fue la que contribuyó a crear
un nuevo género con los que se dieron títulos para
curar.41
Anteriormente, sólo reyes y papas habían tenido
la obligación de permanecer en su puesto hasta el día
de su muerte. Sólo ellos consultaban a las facultades:
los árabes de Salerno en la Edad Media o los hombres de
Padua o Montpellier en el Renacimiento. Los reyes tenían
médicos en la corte para que hicieran lo que los barberos
hacían para los plebeyos: sangrarlos, purgarlos y, además,
protegerlos contra los venenos. Los reyes no se proponían
vivir más que los demás ni esperaban que sus médicos
personales dieran especial dignidad a sus años postreros.
Por el contrario, la nueva clase de viejos veía en la
muerte el precio absoluto del valor económico absoluto.42 El contador envejecido quería
un médico que alejara la muerte; cuando se aproximaba
el fin, quería que su médico lo "desahuciara"
con la solemnidad debida y se le sirviera su última comida
con la botella especial reservada para esa ocasión. De
ese modo se creó el papel del valetudinario y, con la
decrepitud gentil, se sentaron los cimientos del siglo XVIII
para el poder económico del médico contemporáneo.
La capacidad para sobrevivir por más tiempo, la renuncia
a jubilarse antes de la muerte y la demanda de asistencia médica
para una afección incurable se unieron para dar lugar
a un nuevo concepto de la enfermedad: el tipo de salud al que
podía aspirar la vejez. En los años inmediatamente
anteriores a la Revolución Francesa ésa había
llegado a ser la salud de los ricos y los poderosos; en el transcurso
de una generación se pusieron de moda las enfermedades
crónicas entre los jóvenes y pretenciosos, los
rasgos del tísico43 pasaron a ser el signo de la sabiduría
prematura, y la necesidad de viajar a climas cálidos una
exigencia del genio. La asistencia médica para afecciones
prolongadas, aunque pudieran conducir a una muerte inoportuna,
llegó a ser una marca de distinción.
Como contraste, ahora podía hacerse un juicio adverso
acerca de los padecimientos de los pobres, y las afecciones de
las que siempre habían muerto pudieron definirse como
enfermedades no tratadas. No importaba en lo absoluto que el
tratamiento que pudieran proporcionar los médicos para
esos males tuviese algún efecto sobre la evolución
de la enfermedad; la falta de ese tratamiento comenzó
a significar que estaban condenados a morir de una muerte no
natural, idea que correspondía a la imagen burguesa del
pobre como ignorante e improductivo. De ahora en adelante la
capacidad de morir de una muerte "natural" quedaba
reservada a una clase social; los que podían pagar para
morir como pacientes.
La salud se convirtió en el privilegio de esperar una
muerte oportuna, independientemente de los servicios médicos
que se necesitaran para ese propósito. En una época
anterior, la muerte llevaba el reloj de arena. En los grabados
de madera, tanto el esqueleto como el observador sonríen
sarcásticamente cuando la víctima rechaza la muerte.
Ahora la clase media se apoderó del reloj y empleaba médicos
para decirle a la muerte cuándo había de sonar
la hora.44 La Ilustración atribuyó un nuevo
poder al médico, sin ser capaz de verificar si éste
había adquirido o no alguna nueva influencia sobre el
desenlace de las enfermedades peligrosas.
LA MUERTE CLÍNICA
La Revolución Francesa
marcó una breve interrupción en la medicalización
de la muerte. Sus ideólogos creían que la muerte
inoportuna no atacaría a una sociedad construida sobre
su triple ideal. Pero la apertura del ojo clínico del
médico lo llevó a mirar la muerte con una nueva
perspectiva. Mientras los mercaderes del siglo XVIII habían
determinado la imagen de la muerte con ayuda de los charlatanes
que empleaban y pagaban, ahora los clínicos comenzaron
a dar forma a la visión del público. Hemos visto
a la muerte convertirse del llamamiento de Dios en un acontecimiento
"natural" y después en una "fuerza de la
naturaleza"; en una mutación ulterior se convierte
en acontecimiento "inoportuno" a menos que llegue a
quienes están sanos y viejos. Ahora pasó a convertirse
en el desenlace de enfermedades específicas certificadas
por el médico.45
La muerte se ha desvanecido hasta convertirse en una figura metafórica
y las enfermedades mortíferas han ocupado su lugar. La
fuerza general de la naturaleza que se había celebrado
como "muerte" se convirtió en una multitud de
causas específicas de defunción clínica.
Actualmente vagan por el mundo muchas "muertes". En
las bibliotecas privadas de médicos de fines del siglo
pasado hay numerosas ilustraciones de libros que muestran al
doctor luchando a la cabecera de su paciente contra enfermedades
personificadas. La esperanza que tenían los médicos
de controlar el desenlace de enfermedades específicas
dio lugar al mito de que tenían poder sobre la muerte.
Los nuevos poderes atribuidos a la profesión dieron lugar
a la nueva posición social del clínico.46
Mientras el médico de la ciudad se convertía en
clínico, el médico rural pasaba a ser primero un
sedentario y luego un miembro de la élite local. En la
época de la Revolución Francesa había pertenecido
todavía al sector itinerante. El excedente de cirujanos
castrenses de las guerras napoleónicas volvió al
hogar con una vasta experiencia y buscó una manera de
vivir. Militares adiestrados en el campo de batalla, pronto pasaron
a ser los primeros médicos residentes en Francia, Italia
y Alemania. La gente sencilla no confiaba del todo en sus técnicas
y los ciudadanos serios se sentían disgustados por sus
modales rudos, pero aun así tenían clientela por
su reputación entre los veteranos de las guerras napoleónicas.
Enviaron a sus hijos a la nuevas escuelas de medicina que brotaban
en las ciudades y éstos al volver crearon el papel del
médico rural que continuó sin modificarse hasta
la Segunda Guerra Mundial. Obtuvieron sólidos ingresos
desempeñando la función de médico de cabecera
de la clase media que podía muy bien sostenerlos. Algunos
de los ricos de las ciudades adquirían prestigio viviendo
como pacientes de clínicos famosos, pero a principios
del siglo XIX el médico urbano afrontaba todavía
una competencia mucho más seria procedente de los técnicos
en medicina de antaño: la partera, el sacamuelas, el veterinario,
el barbero y algunas veces la enfermera pública. No obstante
la novedad de su papel y la resistencia a éste arriba
y abajo, a mediados de siglo el médico rural europeo había
pasado a ser un miembro de la clase media. Ganaba suficiente
actuando como lacayo de algún hacendado, era el amigo
de la familia de otros notables, algunas veces visitaba enfermos
humildes y enviaba sus casos complicados a algún colega,
clínico de la ciudad. Así como la muerte "oportuna"
había tenido su origen en la naciente conciencia de clase
del burgués, la muerte "clínica" se originó
en la naciente conciencia profesional del nuevo médico,
adiestrado científicamente. En lo sucesivo, una muerte
oportuna con síntomas clínicos pasó a ser
ideal de los médicos de la clase media,47 y pronto habría de incorporarse
en los objetivos sociales de los sindicatos.
LA MUERTE NATURAL SINDICALIZADA
En nuestro siglo, la muerte de
un valetudinario sometido a tratamiento por médicos adiestrados
llegó a considerarse, por primera vez, como derecho civil.
En los contratos de los sindicatos se introdujo la asistencia
médica para los viejos. El privilegio capitalista de la
extinción natural por agotamiento en un sillón
de director cedió el paso a la exigencia proletaria de
recibir servicios de salud durante la jubilación. La esperanza
burguesa de continuar en calidad de viejo sucio en su puesto
fue expulsada por el sueño de llevar una activa vida sexual
amparado en la seguridad social en una aldea de jubilados. La
atención a toda afección clínica durante
toda la vida pronto se transformó en una exigencia perentoria
de acceso a una muerte natural. La asistencia médica institucional
durante toda la vida había llegado a ser un servicio que
la sociedad debía prestar a todos sus miembros.
La "muerte natural" apareció entonces en los
diccionarios. Una gran enciclopedia alemana publicada en 1909
la define por medio del contraste: "la muerte anormal se
opone a la muerte natural porque es resultado de enfermedades,
violencias o trastornos mecánicos y crónicos".
Un prestigiado diccionario de conceptos filosóficos expresa
que "la muerte natural llega sin enfermedad previa, sin
causa específica definible". Fue este concepto macabro
aunque alucinante de la muerte el que llegó a entrelazarse
con el concepto del progreso social. Pretensiones, legalmente
válidas, a la igualdad en la muerte clínica diseminaron
las contradicciones del individualismo burgués entre la
clase trabajadora. El derecho a una muerte natural fue formulado
como demanda de igual consumo de servicios médicos, más
que como liberación de los males del trabajo industrial
o como nuevas libertades y poderes para la autoasistencia. Este
concepto sindicalista de una "muerte clínica igual"
es pues el inverso del ideal presupuesto en la Asamblea Nacional
de París en 1792, es un ideal profundamente medicalizado.
En primer lugar, esta nueva imagen de la muerte apoya nuevos
aspectos de control social. La sociedad ha adquirido la responsabilidad
de prevenir la muerte de cada hombre: el tratamiento, eficaz
o no, puede convertirse en un deber. La fatalidad sobrevenida
sin tratamiento médico puede convertirse en un caso a
cargo del médico forense. El encuentro con un médico
llega a ser casi tan inexorable como el encuentro con la muerte.
Conozco el caso de una mujer que intentó matarse, sin
éxito. La llevaron al hospital en estado comatoso, con
dos proyectiles alojados en la columna vertebral. Empleando medidas
heroicas el cirujano logró mantenerla viva y considera
ese caso una doble hazaña: la mujer vive y está
totalmente paralizada, de manera que ya no hay que preocuparse
porque jamás vuelva a intentar suicidarse.
Nuestra nueva imagen de la muerte también cuadra con el
ethos industrial.48 Irrevocablemente, la buena muerte ha
llegado a ser la del consumidor normal de asistencia médica.
Así como a principios del siglo quedaron definidos todos
los hombres como alumnos nacidos en estupidez original y necesitando
ocho años de escuela antes de poder entrar a la vida productiva,
actualmente son marcados desde que nacen como pacientes, que
necesitan toda clase de tratamiento si quieren llevar la vida
de la manera adecuada. Así como el consumo obligatorio
de educación llegó a utilizarse como medio para
discriminar en el trabajo, así el consumo médico
ha llegado a ser un recurso para aliviar el trabajo malsano,
las ciudades sucias y el transporte que destroza los nervios.49 ¡Qué necesidad hay de preocuparse
por un ambiente menos asesino cuando los médicos están
equipados industrialmente para actuar como salvavidas!
Por último, la "muerte bajo asistencia obligatoria"
fomenta la reaparición de las ilusiones más primitivas
acerca de las causas de la muerte. Como hemos visto, los pueblos
primitivos no mueren de su propia muerte, no llevan lo finito
en sus huesos y están todavía cerca de la inmortalidad
subjetiva de la bestia. Entre ellos, la muerte requiere siempre
una explicación sobrenatural, alguien a quien culpar:
la maldición de un enemigo, el hechizo de un mago, la
rotura del hilo en manos de las Parcas, o Dios que envía
a su ángel de la muerte. En la danza con su imagen en
el espejo, la muerte europea surgió como acontecimiento
independiente de la voluntad de otro, como fuerza inexorable
de la naturaleza que todos tenían que afrontar solos.
La inminencia de la muerte era un recordatorio agudo y constante
de la fragilidad y delicadeza de la vida. A fines de la Edad
Media, el descubrimiento de la "muerte natural" pasó
a ser uno de los motivos principales de la lírica y del
teatro europeos. Pero la misma inminencia de la muerte, una vez
percibida como amenaza extrínseca procedente de la naturaleza,
llegó a ser uno de los desafíos más importantes
para el naciente ingeniero. Si el ingeniero civil había
aprendido a manejar la tierra, y el pedagogo-hecho-educador a
manejar el conocimiento, ¿por qué el biólogo-médico
no había de manejar la muerte?50 Cuando el médico urdió
interponerse entre la humanidad y la muerte, esta última
perdió la inmediación y la intimidad que había
ganado 400 años antes. La muerte, que había perdido
rostro y forma, había perdido su dignidad.
El cambio en la relación médico-muerte puede ilustrarse
bien siguiendo el tratamiento iconográfico de este tema.51 En la época de la Danza de la
Muerte, el médico es raro; en el único dibujo que
he localizado en que la muerte trata al médico como colega,
aquélla ha tomado a un viejo con una mano, mientras en
la otra lleva un vaso con orina y parece pedir al médico
que confirme su diagnóstico. En la época de la
Danza de la Muerte, el hombre esqueleto hace del médico
el principal blanco de sus burlas. En el periodo anterior, mientras
la muerte todavía llevaba algo de carne, le pide al médico
que examine en su propia imagen en el espejo lo que sabe acerca
de las entrañas del hombre. Más tarde, como esqueleto
descarnado, se burla del médico por su importancia, hace
bromas por sus honorarios o los desprecia, ofrece medicamentos
tan nocivos como los que despacha el médico y trata a
éste como a un mortal más introduciéndolo
en la danza. La muerte barroca parece inmiscuirse constantemente
en las actividades del médico, burlándose de éste
cuando vende sus mercancías en una feria, interrumpiendo
sus consultas, transformando sus frascos de medicamentos en relojes
de arena o bien ocupando el lugar del médico en una visita
al lazareto. En el siglo XVIII aparece un nuevo motivo: se burla
del médico por sus diagnósticos pesimistas y la
muerte parece solazarse abandonando a los enfermos que el médico
ha condenado, y arrastrando al médico a la tumba mientras
deja el paciente con vida. Hasta el siglo XIX, la muerte siempre
está en tratos con el médico o con el enfermo,
habitualmente tomando la iniciativa. Los contendientes se hallan
en extremos opuestos del lecho del enfermo. Sólo después
de haberse desarrollado considerablemente la enfermedad clínica
y la muerte clínica encontramos los primeros dibujos en
que el médico toma la iniciativa y se interpone entre
su paciente y la muerte. Tenemos que esperar hasta pasada la
Primera Guerra Mundial para ver médicos luchando con el
esqueleto, arrancando a una joven de su abrazo y arrebatando
la guadaña de la mano de la muerte. Alrededor de 1930
un hombre sonriente, vestido de blanco, se precipita contra un
esqueleto sollozante y lo aplasta como mosca con dos volúmenes
del Lexicon of Therapy de Marle. En otros dibujos, el
médico levanta una mano y proscribe a la muerte al mismo
tiempo que sostiene los brazos de una joven a quien la muerte
sujeta de los pies. Max Klinger representa al médico cortando
las plumas de un gigante alado. Otros muestran al médico
encerrando al esqueleto en prisión o incluso pateando
su huesudo trasero. Ahora es el médico en lugar del paciente
el que lucha con la muerte. Como en las culturas primitivas,
de nuevo puede culparse a alguien cuando triunfa la muerte. Ese
alguien no es más una persona con rostro de brujo, un
ancestro o un dios sino el enemigo en la reforma de una fuerza
social.52
Actualmente, cuando se incluye la defensa contra la muerte de
la seguridad social, el culpable acecha en el seno de la sociedad.
El culpable puede ser el enemigo de clase que priva al trabajador
de suficiente asistencia médica, el doctor que se niega
a hacer una visita nocturna, la empresa multinacional que eleva
el precio de los medicamentos, el gobierno capitalista o revisionista
que ha perdido el control sobre sus curanderos o el administrador
que contribuye a adiestrar médicos en la Universidad de
Delhi y luego los vacía en Londres. Se está modernizando
la tradicional cacería de brujas a la muerte de un jefe
de tribu. Por cada muerte prematura o clínicamente innecesaria,
puede encontrarse alguien o alguna entidad que irresponsablemente
demoró o impidió una intervención médica.
Gran parte del progreso de la legislación social durante
la primera mitad del siglo XX habría sido imposible sin
el empleo revolucionario de esa imagen de la muerte industrialmente
cincelada. No pudo haber surgido el apoyo necesario para agitar
en favor de esa legislación ni haberse despertado sentimientos
de culpa suficientemente fuertes para lograr su promulgación.
Pero la demanda de una alimentación médica igual
tendiente a una clase igual de muerte ha servido también
para consolidar la dependencia de nuestros contemporáneos
respecto de un sistema industrial en expansión sin límites.
LA MUERTE BAJO ASISTENCIA INTENSIVA
No podemos comprender plenamente
la estructura profundamente arraigada de nuestra organización
social a menos que veamos en ella un exorcismo, de múltiples
caras, de todas las formas de muerte maligna. Nuestras principales
instituciones constituyen un programa de defensa gigantesco que
hace la guerra en nombre de la "humanidad" contra entidades
y clases relacionadas con la muerte.53 Es una guerra total. En esta lucha se
han alistado no sólo la medicina, sino también
la asistencia social, el socorro internacional y los programas
de desarrollo. Se han unido a la cruzada las burocracias ideológicas
de todos los colores. La revolución, la represión
e incluso las guerras civiles e internacionales se justifican
a fin de derrotar a los dictadores o capitalistas a quienes puede
culparse de la creación desenfrenada y la tolerancia de
la enfermedad y la muerte.54
Curiosamente la muerte se convirtió en el enemigo que
habría que derrotar precisamente en el momento en que
apareció en escena la megamuerte. No sólo es nueva
imagen de la muerte "innecesaria", sino también
nuestra imagen del fin del mundo.55 La muerte, el fin de mi mundo,
y el Apocalipsis, el fin de el mundo, están íntimamente
relacionados; nuestra actitud hacia ambos ha sido sin duda profundamente
afectada por la situación atómica. El Apocalipsis
ha dejado de ser simplemente una conjetura mitológica
y se ha convertido en una contingencia real. En lugar de deberse
a la voluntad de Dios o a la culpa del hombre, o a las leyes
de la naturaleza, Armagedón se ha convertido en una consecuencia
posible de la decisión directa del hombre. Tanto las bombas
de cobalto como las de hidrógeno crean la ilusión
de un control sobre la muerte. Los rituales sociales medicalizados
representan un aspecto del control social por medio de la guerra
autofrustrante contra la muerte.
Malinowski56 ha sostenido que entre los pueblos primitivos
la muerte amenaza la cohesión y por tanto la supervivencia
de todo el grupo. Desencadena una explosión de temor y
expresiones irracionales de defensa. La solidaridad del grupo
se salva haciendo del acontecimiento natural un ritual social.
La muerte de un miembro se transforma de ese modo en ocasiones
para una celebración excepcional.
El dominio de la industria ha desbaratado y a menudo disuelto
la mayor parte de los lazos más tradicionales de solidaridad.
Los rituales impersonales de la Medicina Industrializada crean
una falsa unidad de la humanidad. Relacionan a todos sus miembros
con un modelo idéntico de muerte "deseable"
proponiendo la muerte en el hospital como meta del desarrollo
económico. El mito del progreso de todos los pueblos hacia
la misma clase de muerte disminuye la sensación de culpa
de parte de los "poseedores" transformando las repugnantes
muertes de los "desposeídos" en el resultado
del actual subdesarrollo, que debiera remediarse mediante una
mayor expansión de las instituciones médicas.
Por supuesto, la muerte medicalizada57 tiene una función diferente en
las sociedades altamente industrializadas y en los países
principales rurales. Dentro de una sociedad industrial, la intervención
médica en la vida diaria no cambia la imagen predominante
de la salud y la muerte, sino más bien la atiende. Difunde
la imagen de la muerte que tiene la élite medicalizada
a las masas y la reproduce para las generaciones futuras. Pero
cuando se aplica la "prevención de la muerte"
fuera de un contexto cultural en el que los consumidores se preparan
religiosamente para las muertes en el hospital, la expansión
de la medicina basada en el hospital constituye inevitablemente
una forma de intervención imperialista. Se impone una
imagen sociopolítica de la muerte; se priva a la gente
de su visión tradicional de lo que constituye la salud
y la muerte. Se disuelve la imagen de sí misma que da
cohesión a su cultura y los individuos atomizados pueden
ser incorporados en una masa internacional de consumidores de
salud altamente "socializados". La expectativa de la
muerte medicalizada pesca al rico con ilimitados pagos de seguros
y tienta al pobre con una dorada trampa mortal. Las contradicciones
del individualismo burgués se corroboran por la incapacidad
de la gente para morir con alguna posibilidad de adoptar una
actitud realista frente a la muerte.58 El aduanero que custodiaba la frontera
de Alto Volta con Malí me explicó la importancia
de la muerte en relación con la salud. Le pregunté
cómo podía entenderse entre sí la gente
que vive a lo largo del Níger, no obstante que casi cada
aldea tiene una lengua diferente. Para él esto no tenía
nada que ver con el idioma: "Si la gente corta el prepucio
de sus hijos como lo hacemos nosotros y muere nuestra muerte,
nos podemos entender bien."
En muchos pueblos de México he visto lo que ocurre cuando
llega el Seguro Social. Durante una generación la gente
continúa con sus creencias tradicionales; saben cómo
afrontar la muerte, el morir y el duelo.59 La nueva enfermera y el médico,
creyendo que saben más, les hablan acerca de todo un Panteón
de malignas muertes clínicas, cada una de las cuales puede
suprimirse por un precio. En lugar de modernizar las prácticas
populares de autoasistencia, predican el ideal de la muerte en
el hospital. Con sus servicios inducen a los campesinos a buscar
interminablemente la buena muerte que se describe internacionalmente,
búsqueda que los hará consumidores para siempre.
Como todos los demás principales rituales de la sociedad
industrial, la medicina adopta en la práctica la forma
de un juego. La función principal del médico pasa
a ser la de un árbitro. Es el agente o representante del
cuerpo social, que tiene el deber de asegurar que todos jueguen
conforme a las reglas.60 Por supuesto, las reglas prohiben abandonar
el juego y morir de cualquier manera que no haya sido especificada
por el árbitro. La muerte ya no ocurre sino como profecía
del hechicero que se realiza por sí misma.61
Mediante la medicalización de la muerte, la asistencia
a la salud se ha convertido en una religión monolítica
mundial62 cuyos dogmas se enseñan en escuelas obligatorias
y cuyas normas éticas se aplican a una reestructuración
burocrática del ambiente: la sexualidad pasó a
ser un tema del programa y en obsequio de la higiene se prohibe
que dos usen la misma cuchara. La lucha contra la muerte, que
domina el estilo de vida de los ricos, se traduce por los organismos
de desarrollo en una serie de reglas mediante las cuales se obligará
a los pobres de la tierra a portarse bien.
Sólo una cultura desarrollada en sociedades altamente
industrializadas pudo haber provocado la comercialización
de la imagen de la muerte que acabo de describir. En su forma
extrema, la "muerte natural" es actualmente ese punto
en que el organismo humano rechaza todo nuevo insumo de tratamiento.
La gente muere63 cuando el electroencefalograma indica
que sus ondas cerebrales se han aplanado: no lanzan un último
suspiro ni mueren porque se para su corazón. La muerte
aprobada socialmente ocurre cuando el hombre se ha vuelto inútil
no sólo como productor, sino también como consumidor.
Es el punto en que un consumidor, adiestrado a alto costo, debe
finalmente ser cancelado como pérdida total. La muerte
ha llegado a ser la forma última de resistencia del consumidor.64
Tradicionalmente, la persona mejor protegida contra la muerte
fue aquel a quien la sociedad había condenado a morir.
La sociedad consideraba una amenaza que el hombre que estaba
en capilla pudiera usar su corbata para colgarse. Era un desafío
a la autoridad que el condenado se quitara la vida antes de la
hora fijada. Actualmente, el hombre mejor protegido para que
no pueda montar el escenario de su propia muerte es la persona
enferma en estado crítico. La sociedad, actuando mediante
el sistema médico, decide cuándo y después
de qué indignidades y mutilaciones él morirá.65 La medicalización de la sociedad
ha traído consigo el fin de la época de la muerte
natural. El hombre occidental ha perdido el derecho de presidir
su acto de morir. La salud, o sea el poder autónomo de
afrontar la adversidad, ha sido expropiada hasta el último
suspiro. La muerte técnica ha ganado su victoria sobre
el acto de morir.66 La muerte mecánica ha vencido
y destruido a todas las demás muertes.
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