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PARTE IV
LAS POLÍTICAS
DE LA SALUD
6. CONTRAPRODUCTIVIDAD ESPECÍFICA
La yatrogénesis sólo
podrá controlarse si se le entiende como sólo uno
de los aspectos del imperio destructivo de la industria sobre
la sociedad, como sólo una instancia de esa paradójica
contraproductividad que actualmente aflora en todos los sectores
industriales de importancia. Al igual que la aceleración
consumidora de tiempo, la educación estupidizante, la
defensa militar autodestructiva, la información desorientadora
o los proyectos habitacionales desestabilizadores, la medicina
patógena es el resultado de una sobreproducción
industrial que paraliza la acción autónoma. Con
el fin de enfocar esta contraproductividad específica
de la industria contemporánea, hay que distinguir claramente
la sobreproducción frustrante de otras dos categorías
de cargas económicas con las que suele confundírsele,
a saber: la utilidad marginal decreciente y la externalidad negativa.
Sin esta distinción de la frustración específica
que constituye la contraproductividad, de los precios crecientes
y de los opresivos costos sociales, la evaluación social
de cualquier empresa técnica, ya sea la medicina, el transporte,
los medios de comunicación o la educación, seguirá
limitada a ser una contaduría de costo-eficiencia sin
aproximarse siquiera a una crítica radical de la eficacia
instrumental de estos sectores diversos.
DISUTILIDADES MARGINALES
Los costos directos reflejan
cargos por renta, pagos de mano de obra, materiales, y otras
consideraciones. El costo de la producción de un kilómetro-pasajero
incluye los pagos realizados para construir y operar el vehículo
y el camino, así como la ganancia redituada a quienes
han obtenido control sobre el trasporte: el interés cobrado
por los capitalistas dueños de los instrumentos de producción,
y los emolumentos reclamados por los burócratas que monopolizan
el stock de conocimiento aplicado en el proceso. El precio es
la suma de estas rentas diversas, sin importar si es pagado por
el consumidor de su propio bolsillo o por una agencia social
sostenida por los impuestos.
Externalidad negativa es el nombre de los costos sociales
no incluidos en el precio monetario; es la designación
común de las cargas, privaciones, molestias y perjuicios
que impongo a los demás por cada kilómetro-pasajero
que viajo. La mugre, el ruido y la fealdad que mi auto añade
a la ciudad; los daños causados por los choques y la polución;
la degradación del ambiente total a causa del oxígeno
que quemo y los venenos que esparzo; el costo creciente del departamento
de polícia; y también la discriminación
contra los pobres relacionada con el tráfico: todas son
externalidades negativas que se asocian a cada kilómetro-pasajero.
Algunas pueden internalizarse con facilidad en el precio
de compra, como por ejemplo los daños que causan los choques
y que paga el seguro. Otras externalidades que no se muestran
en el precio de mercado podrían ser internalizadas en
la misma forma: el costo de tratar el cáncer, causado
por los gases del escape, podría añadirse a cada
litro de combustible, para gastarse en la detección y
cirugía del cáncer o en su prevención a
través de aparatos anticontaminantes y máscaras
antigases. Pero la mayor parte de las externalidades no pueden
cuantificarse ni internalizarse: si se aumenta el precio de la
gasolina para reducir el agotamiento de las reservas petrolíferas
y del oxígeno atmosférico, cada kilómetro-pasajero
se hace más costoso y es más un privilegio; se
disminuye el daño ambiental pero se aumenta la injusticia
social. Más allá de un cierto nivel de intensidad
en la producción industrial, las externalidades no pueden
reducirse sino sólo desplazarse.
La contraproductividad es otra cosa que el costo individual o
el costo social; es distinta de la utilidad decreciente obtenida
de una unidad monetaria y de todas las formas de diservicio externo.
Existe cada vez que el uso de una institución paradójicamente
quita a la sociedad aquellas cosas cuya producción era
el propósito planificado de la institución. Es
una forma de frustración social inherente. El precio de
un bien o de un servicio mide lo que el comprador está
dispuesto a pagar por lo que obtenga; las externalidades indican
lo que la sociedad tolerará para permitir este consumo;
la contraproductividad registra el grado de la disonancia cognoscitiva
prevalente que resulta de la transacción: es un indicador
social del funcionamiento contraproducente inherente a un sector
económico. La intensidad yatrogénica de nuestra
empresa médica es sólo un ejemplo particularmente
doloroso de cómo la sobreproducción frustrante
aparece en igual medida en que aparece la aceleración
consumidora de tiempo en el tráfico, la estática
en las comunicaciones, el adiestramiento de incompetentes rotundos
en la educación, el desarraigo como resultado del desarrollo
habitacional, y la sobrealimentación destructiva. Esta
contraproductividad específica constituye un efecto secundario
no deseable de la producción industrial, que no puede
ser externalizado del sector económico particular que
lo produce. Fundamentalmente no se debe a los errores técnicos
ni a la explotación de clase sino a la destrucción
industrialmente generada de aquellas condiciones ambientales,
sociales y psicológicas necesarias para el desarrollo
de valores de uso no industriales o no profesionales. La contraproductividad
es el resultado de una parálisis, industrialmente inducida,
de la actividad práctica de autogobierno.
MERCANCÍAS CONTRA
VALORES DE USO
La distorsión industrial
de nuestra percepción compartida de la realidad nos ha
vuelto ciegos al nivel contrapropositivo de nuestra empresa.
Vivimos en una época en que la enseñanza está
planificada, la residencia estandarizada, el tráfico motorizado
y las comunicaciones programadas, y donde por primera vez, una
gran parte de todos los víveres consumidos por la humanidad
pasan por mercados interregionales. En una sociedad tan intensamente
industrializada, la gente está condicionada para obtener
las cosas más que para hacerlas; se le entrena
para valorar lo que puede comprarse más que lo que ella
misma puede crear. Quiere ser enseñada, transportada,
tratada o guiada en lugar de aprender, moverse, curar y hallar
su propio camino. Se asignan funciones personales a las instituciones
impersonales. Curar deja de considerarse la tarea del enfermo.
Se convierte, primero, en el deber de los reparadores de cuerpos
individuales y después cambia de un servicio personal
a ser el producto de una agencia anónima. En el proceso,
la sociedad se reacomoda para bien del sistema de asistencia
a la salud, y se hace cada vez más difícil cuidar
la salud propia. Los bienes y los servicios enmugran los dominios
de la libertad.
Las escuelas producen educación, los vehículos
de motor producen locomoción, y la medicina produce asistencia
médica. Estos productos de consumo general tienen todas
las características de mercancías. Sus costos de
producción pueden añadirse al producto nacional
bruto (PNB) o sustraerse de éste, su escasez puede medirse
en términos de valor marginal y su costo establecerse
en equivalentes monetarios. Por su naturaleza misma estos artículos
crean un mercado. Como la educación escolar y el transporte
motorizado, la asistencia clínica es el resultado de una
producción de mercancías a base del predominio
del capital; los servicios producidos están planeados
para otros, no con los otros ni para el productor.
Debido a la industrialización de nuestra visión
del mundo, a menudo se pasa por alto que cada una de estas mercancías
todavía compite con un valor de uso, no mercantilizable,
que la gente produce libremente por su propia cuenta. La gente
aprende viendo y haciendo, se mueve con sus pies, se cura, cuida
su salud, y atiende la salud de los demás. Esta actividades
poseen valores de uso que resisten a la mercantilización.
La parte más valiosa del aprendizaje, del movimiento corporal
y de la curación no aparecen en el PNB. La gente aprende
su lengua materna, se desplaza, tiene sus hijos y los cría,
recupera el uso de un hueso roto y prepara los alimentos locales,
haciendo todas estas cosas con mayor o menor competencia y gozo.
Todas estas actividades son valiosas aunque casi nunca se emprenden
ni pueden emprenderse por dinero, pero pueden devaluarse si hay
demasiado dinero cerca.
El logro de una meta social concreta no puede medirse en términos
de producción industrial, ni en su entidad ni en la curva
que representa su distribución y sus costos sociales.
La eficacia de cada sector industrial se determina por la correlación
entre la producción de mercancías por la sociedad
y la producción autónoma de los valores de uso
correspondientes. La eficacia de una sociedad para producir niveles
altos de movilidad, vivienda o nutrición depende del engranamiento
entre los artículos mercantiles y la acción espontánea
inalienable.
Cuando la mayoría de las necesidades de la mayor parte
de la gente se satisface en un modo de producción doméstico
o comunitario, la brecha entre las expectativas y la satisfacción
tiende a ser estrecha y estable. El aprendizaje, la locomoción
o el cuidado a los enfermos son resultado de iniciativas altamente
descentralizadas, de insumos autónomos y de productos
totales autolimitantes. En las condiciones de una economía
de subsistencia, las herramientas utilizadas en la producción
determinan las necesidades que la aplicación de estas
mismas herramientas puede cubrir. Por ejemplo, la gente sabe
lo que puede esperar cuando se enferma. Alguien en la aldea o
en el pueblo cercano conocerá todos los remedios que han
servido en el pasado, y más allá yace el reino
imprevisible del milagro. Hasta fines del siglo XIX, la mayoría
de las familias, incluso en los países occidentales, proporcionaban
casi toda la terapéutica que se conocía. Cada hombre
por sí mismo realizaba casi todo el aprendizaje, la locomoción
o la curación, y las herramientas necesarias se producían
dentro de su familia o de la aldea.
La producción autónoma puede, claro está,
suplementarse con productos industriales que habrán de
diseñarse y, con frecuencia, de manufacturarse fuera del
control comunitario directo. La actividad autónoma puede
hacerse más eficaz y más descentralizada utilizando
herramientas fabricadas industrialmente como bicicletas, impresoras,
grabadoras o equipos de rayos X. Pero también puede ser
obstaculizada, devaluada y bloqueada por un reordenamiento de
la sociedad totalmente en favor de la industria. La sinergia
entre los modos autónomo y heterónomo de producción
adquiere entonces un sello negativo. El reordenamiento de la
sociedad en favor de la producción planificada de mercancías
tiene dos aspectos que resultan finalmente destructivos: la gente
está entrenada para consumir y no para actuar, y al mismo
tiempo se restringe su radio de acción. El instrumento
enajena al trabajador de su haber. Quienes solían desplazarse
en bicicleta se ven echados del camino por intolerables niveles
de tráfico, y lo pacientes acostumbrados a hacerse cargo
de sus propios males, descubren que los remedios de ayer sólo
pueden obtenerse por prescripción y son en consecuencia
difícilmente conseguibles. Las relaciones salario-trabajo
y cliente se agrandan al mismo tiempo que se debilitan la producción
autónoma y las relaciones desinteresadas.
El alcanzar objetivos sociales eficazmente depende del grado
en que los dos modos fundamentales de producción se complementan
o se obstaculizan uno al otro. Llegar a conocer verdaderamente
un ambiente físico y social dado y controlarlo depende
de la educación formal de la gente y de la oportunidad
y motivación que tenga para aprender en una forma no programada.
El tráfico eficaz depende de la habilidad de la gente
para llegar de manera rápida y cómoda a donde tiene
que ir. La asistencia eficaz al enfermo depende del grado en
que el dolor y la disfunción se hacen tolerables y en
que se estimula el restablecimiento. La satisfacción eficiente
de estas necesidades debe distinguirse claramente de la eficacia
con que se fabrican y se comercializan los productos industriales
y del número de certificados, del kilómetro-pasajero,
de las unidades habitacionales o de las operaciones médicas
realizadas. Pasado cierto umbral, todos estos productos se necesitarán
sólo como remedios; serán sustituidos por las actividades
personales paralizadas por los anteriores productos industriales.
Los criterios sociales que permiten evaluar la satisfacción
eficaz de necesidades no coinciden con las medidas utilizadas
para evaluar la producción y la comercialización
de bienes industriales.
Al no tomar en cuenta las contribuciones realizadas por el molde
autónomo a la eficacia total con la que puede lograrse
cualquier meta social importante, estas medidas no pueden indicar
si esta eficacia total está aumentando o decreciendo.
El número de graduados, por ejemplo, puede relacionarse
inversamente con la competencia general. Con mucho menos razón
estas mediciones técnicas podrán indicar quiénes
son los beneficiarios y quiénes los perdedores del crecimiento
industrial, quiénes son los pocos que pueden conseguir
más y hacer más, y quiénes caen en la mayoría
cuyo acceso marginal a los productos industriales se complica
con la pérdida de eficiencia autónoma. Sólo
el juicio político puede determinar este balance.
MODERNIZACIÓN
DE LA POBREZA
Los más dañados
por la institucionalización contraproductiva no son los
más pobres en términos monetarios. Las víctimas
típicas de la despersonalización de valores son
los que no tienen poder en un medio creado para los enriquecidos
industrialmente. Entre los que no tienen poder puede haber gente
relativamente acomodada dentro de su sociedad o gente residente
en instituciones benévolas. La dependencia inhabilitante
los reduce a la pobreza modernizada. Las políticas que
pretenden remediar el nuevo sentido de privación no sólo
serán fútiles sino que agravarán el daño.
Al prometer más artículos de consumo en vez de
proteger la autonomía, intensificarán la dependencia
inhabilitante.
Los pobres de Bengala o de Perú sobreviven aun con empleos
ocasionales y con alguna incursión esporádica en
la economía de mercado: viven del arte atemporal de hacer.
Todavía son capaces de estirar las provisiones, de alternar
periodos de vacas gordas y flacas, de entretejer relaciones gratuitas
por medio de las cuales truecan o intercambien bienes y servicios
que no están hechos para el mercado ni son tomados en
cuenta por éste. En el campo, en ausencia de la televisión,
disfrutan viviendo en casas construidas sobre modelos tradicionales.
Atraídos o empujados a la ciudad, se agazapan en los márgenes
del sector del acero y el petróleo, donde edifican una
economía provisional con los desperdicios que usan para
construir las chozas. Su exposición al hambre extrema
crece junto con su dependencia de los alimentos mercantiles.
A lo largo de toda su evolución, dadas las generaciones
suficientes, el Homo sapiens ha mostrado una alta competencia
para desarrollar una gran variedad de formas culturales, cada
una destinada a mantener a la población total de una región
dentro de los linderos de los recursos que podían compartirse
o intercambiarse formalmente en ese medio limitado. La incapacitación
mundial y homogénea de la aptitud comunitaria de las poblaciones
locales, para enfrentarse al medio se desarrolló con el
imperialismo y con sus variantes contemporáneas de desarrollo
industrial y su tono compasivo.
La invasión de los países subdesarrollados por
nuevos instrumentos de producción organizados con miras
a la eficacia financiera más que a la eficiencia local,
y al control profesional antes que lego, descalifica inevitablemente
la tradición y el aprendizaje autónomo y crea la
necesidad de una terapéutica proveniente de maestros,
médicos y trabajadores sociales. A medida que el radio
y la carretera moldean, de acuerdo a normas industriales, las
vidas de aquellos adonde llegan, degradan la artesanía,
la morada o el cuidado de la salud. La degradación ocurre
más rápidamente que la inhabilitación para
esas actividades. El masaje azteca alivia a muchos que ya no
lo admiten porque lo creen anticuado. El lecho familiar dejó
de ser respetable mucho antes de que sus ocupantes lo sintieran
incómodo. Cuando los planes de desarrollo han resultado,
su éxito a menudo se ha debido a la imprevista vitalidad
del sector de adobes, botes y cartón. La habilidad continua
para producir alimentos en tierra marginal y en traspatios citadinos
ha salvado campañas de productividad desde Ucrania hasta
Venezuela. La habilidad para asistir a los enfermos, los viejos
y los locos sin ayuda de enfermeras ni guardianes ha protegido
a la mayoría contra las crecientes disutilidades específicas
que ha traído el enriquecimiento simbólico. La
pobreza en el sector de subsistencia no aplasta la autonomía,
ni siquiera cuando dicha subsistencia se ve disminuida por una
considerable dependencia del mercado. La gente sigue motivada
para meterse en la vía pública, para roer los monopolios
profesionales, o para sacarle la vuelta a los burócratas.
Cuando la percepción de las necesidades personales es
el resultado del diagnóstico profesional, la dependencia
se convierte en una incapacidad dolorosa. Los ancianos en los
Estados Unidos pueden nuevamente servir de paradigma. Se les
ha entrenado para experimentar necesidades urgentes que ningún
nivel de privilegio relativo puede satisfacer. Mientras
más dinero de impuestos se gasta en auxiliar su fragilidad,
más sutil es su conciencia de decadencia. Al mismo tiempo,
su habilidad para cuidarse solos se ha marchitado, junto con
la desaparición de los arreglos sociales que les permitían
ejercer la autonomía. Los ancianos son un ejemplo de la
especialización de la pobreza que puede provocar la sobreespecialización
de servicios. Los viejos en los Estados Unidos son sólo
un ejemplo extremo del sufrimiento promovido por la privación
a alto costo. Habiendo aprendido a identificar la vejez con la
enfermedad, han desarrollado necesidades económicas ilimitadas
con el fin de pagar interminables tratamientos, por lo común
ineficaces, a menudo degradantes y dolorosos, y que en la mayoría
de los casos requieren la reclusión en un ambiente especial.
Cinco rostros de la pobreza industrialmente modernizada aparecen
caricaturizados en los acomodados ghettos que sirven de retiro
a los ricos: a medida que menos gente muere en la juventud aumenta
la incidencia de la enfermedad crónica; más gente
sufre lesiones clínicas por las medidas de salud; los
servicios médicos crecen más lentamente que la
difusión y la urgencia de la demanda; la gente encuentra
cada vez menos recursos en su ambiente y en su cultura que pueden
ayudarla a avenirse con su sufrimiento, y así está
forzada a depender de los servicios médicos para atender
una gama creciente de problemas triviales; la gente pierde la
habilidad de vivir con la invalidez o el dolor y llega a depender
del manejo de cada incomodidad por un personal de servicio especializado.
El resultado acumulativo de la sobreexpansión en la industria
de la asistencia a la salud ha desbaratado el poder personal
para responder al reto y enfrentarse a cambios en su cuerpo o
modificaciones en su ambiente.
El poder destructivo de la sobreexpansión médica
no significa, desde luego, que el saneamiento, la inoculación
y el control vectorial, la educación sanitaria bien distribuida,
la arquitectura saludable y la maquinaria segura, la competencia
general en los primeros auxilios, el acceso igualitario a la
atención médica dental y primaria, así como
servicios complejos juiciosamente seleccionados, no pudieran
encajar en una cultura verdaderamente moderna que fomentara la
autoasistencia y la autonomía. Mientras la intervención
ingenieril en la relación entre individuos y ambiente
se mantiene por debajo de cierta intensidad, relacionada con
el campo de libertad individual de acción, tal intervención
puede reforzar la competencia del organismo para enfrentar su
circunstancia y crear su propio futuro. Pero más allá
de cierto nivel, el manejo heterónomo de la vida inevitablemente
restringirá las respuestas no triviales del organismo,
para luego baldarlas y finalmente paralizarlas, y lo que se planeó
como asistencia a la salud se convertirá en una forma
específica de negación de la salud.1
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