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7. CONTRAMEDIDAS
POLÍTICAS
Quince años atrás
habría sido imposible conseguir que se escuchara la denuncia
de que la medicina en sí misma podría ser un peligro
para la salud. En los primeros años de los sesenta, el
Servicio Nacional de Salud británico disfrutaba todavía
de una reputación mundial, sobre todo entre los reformadores
norteamericanos.1 El servicio, creado por Albert Beveridge,
se basaba en la suposición de que en toda población
existe una cantidad estrictamente limitada de morbilidad, que,
si se trataba en condiciones de equidad, eventualmente acabaría
por declinar.2 Así, Beveridge calculó
que el costo anual del Servicio de Salud bajaría al reducir
la terapéutica el índice de enfermedad.3 Los planificadores de salud y los economistas
de la beneficencia nunca esperaron que la redefinición
de los servicios de la salud ampliara el campo de la asistencia
médica y que sólo las restricciones presupuestales
le impedirían ensancharse indefinidamente. No se predijo
que pronto, en una muestra regional, sólo sesenta y siete
entre mil personas fueran declaradas completamente aptas y que
el 50% fuese enviado con un médico, mientras que según
otro estudio, una de cada seis personas se definió como
sufriendo de una a nueve enfermedades graves.4 Tampoco previeron los planificadores
que el umbral de tolerancia para la realidad cotidiana declinaría
a la misma velocidad que se socavaba la competencia para la autoasistencia,
ni que la cuarta parte de las visitas al médico del servicio
gratuito se harían por catarro común intratable.
Entre 1943 y 1951, el 75% de las personas interrogadas declararon
haber sufrido alguna enfermedad durante el mes anterior.5 En 1972, el 95% de los sujetos de un
estudio consideraron haberse sentido mal durante los catorce
días anteriores al interrogatorio, y en otro estudio6 en el que el 5% se consideró
libre de síntomas, el 9% afirmó haber sufrido de
más de seis síntomas diferentes en las dos semanas
recién transcurridas. Lo que menos hicieron los planificadores
de la salud fue proveer para las nuevas enfermedades que se volverían
endémicas a través del mismo proceso que daba a
la medicina una eficacia al menos parcial.7 No anticiparon la necesidad de hospitales
especiales dedicados al alivio del dolor terminal, comúnmente
sufrido por las víctimas de cáncer sujetas a cirugía
insensata o ineficaz,8 ni la necesidad de otras camas de hospital
para aquellos afectados por males inducidos por la medicina.9
La década del sesenta fue también testigo del auge
y la caída de un consorcio multinacional para exportar
optimismo al Tercer Mundo que cobró forma en el Cuerpo
de Paz, la Alianza para el Progreso, la ayuda israelí
al África Central y los últimos fuegos del celo
médico-misionero. La creencia occidental en que sus medicinas
podían curar los males de los trópicos no industrializados
se hallaba entonces en su apogeo. La cooperación internacional
acababa de ganar importantes batallas contra los mosquitos, microbios
y parásitos, victorias pírricas en última
instancia, las cuales se anunciaron como el principio de una
solución definitiva a la enfermedad tropical.10 Aún no se sospechaba el papel
que el desarrollo económico y tecnológico jugaría
en la propagación y la agravación de la encefalitis
letárgica, la bilharziasis e incluso el paludismo.11 Quienes veían hambre mundial
y nueva pestilencia en el horizonte eran tratados como profetas
del desastre12 o románticos;13 la Revolución Verde se consideraba
todavía la fase inicial de un mundo más sano y
más equitativo.14 Habría parecido increíble
que antes de diez años la malnutrición en
dos formas se convertiría ciertamente en la amenaza más
importante del hombre moderno.15 No se previó la nueva desnutrición
alta en calorías de las poblaciones pobres,16 ni el hecho de que la sobrealimentación
se identificaría como la causa principal de las enfermedades
epidémicas de los ricos.17 En los Estados Unidos las nuevas fronteras
no se habían visto aún obstruidas por esquemas
burocráticos en competencia.18 Las esperanzas de una salud mejor se
enfocaban todavía en la igualdad de acceso a las agencias
que eliminarían enfermedades específicas. La yatrogénesis
era todavía un tema para los paranoicos.
Pero en 1975 mucho es lo que ha cambiado.19 Hace una generación, los niños
del kindergarten pintaban al médico como una figura paterna
de bata blanca.20 Hoy en día, sin embargo, lo pintan
con igual frecuencia como un hombre de Marte o un Frankenstein.21 La prensa amarilla se alimenta de diagramas
médicos y de declaraciones fiscales de los doctores, y
una nueva forma de cautela de los pacientes ha hecho que las
compañías médicas y farmacéuticas
tripliquen sus gastos en relaciones públicas.22 Ralph Nader ha conseguido que los consumidores
de mercancías de salud se fijen en el costo y en la calidad.
El movimiento ecológico ha creado conciencia de que la
salud depende del ambiente -de la alimentación, las condiciones
de trabajo y la vivienda- y los norteamericanos han llegado a
aceptar la idea de que están amenazados por pesticidas,23 aditivos,24 micotoxinas25 y otros riesgos para la salud debidos
a la degradación ambiental. La liberación femenina
ha subrayado el papel clave que el control sobre el propio cuerpo
juega en el cuidado de la salud.26 Unas cuantas comunidades de las barriadas
han asumido responsabilidad por la asistencia médica básica
y han intentado deshabituar a sus miembros de la dependencia
con respecto a los extraños. La naturaleza específica
de clase de la percepción corporal,27 del lenguaje,28 de los conceptos,29 del acceso a los servicios de salud,30 de la mortalidad infantil31 y de la morbidez actual, específicamente
crónica,32 se ha documentado con amplitud, y el
origen33 y los prejuicios34 específicos de las clase médica
empiezan también a comprenderse. Mientras tanto, la Organización
Mundial de la Salud avanza hacia una conclusión que habría
escandalizado a la mayoría de sus fundadores: en una publicación
reciente aboga por la desprofesionalización de la asistencia
básica como el paso aislado más importante para
elevar los niveles nacionales de salud.35
Los mismos médicos empiezan a mirar críticamente
lo que hacen los médicos.36 Cuando se pidió a médicos
de Nueva Inglaterra que evaluaran el tratamiento que sus pacientes
habían recibido de otros médicos, la mayoría
se declararon insatisfechos. Según el método utilizado
de evaluación entre pares, la proporción de pacientes
que, se creía, habían recibido asistencia adecuada,
variaba entre el 1.4 y el 63%.37 Cada vez es más frecuente que
los médicos digan a sus pacientes que han sido lesionados
por medicación previa y que el tratamiento ahora prescrito
se hace necesario por los efectos de tal medicación anterior,
que en algunos casos se administró con el fin de salvar
la vida, pero mucho más a menudo para reducir de peso,
tratar la hipertensión benigna, la influenza o una picadura
de mosquito, o sólo para dar a la entrevista con el médico
una conclusión mutuamente satisfactoria.38 En 1973 un alto funcionario del Departamento
de Salud, Educación y Bienestar de los E.U. pudo decir
al retirarse que el 80% de todos los fondos encauzados por su
oficina no proporcionaban ningún beneficio comprobable
para la salud y que gran parte del resto se gastaba para corregir
daños yatrogénicos. Su sucesor tendrá que
enfrentar estos datos si quiere conservar la confianza pública.39
Los pacientes empiezan a escuchar, y un número creciente
de movimientos y organizaciones comienzan a exigir reformas.
Los ataques se fundamentan en cinco categorías principales
de crítica y se encaminan hacia cinco categorías
de reforma: 1) La producción de remedios y servicios
ha acabado por servir sus propios intereses. Por ello, grupos
políticos de consumidores y el control por los consumidores
sobre los administradores de los hospitales deberían
obligar a los médicos a mejorar su servicio. 2)
La distribución de remedios y el acceso a servicios
son desiguales y arbitrarios; dependen del dinero y de la categoría
del paciente, o bien de prejuicios sociales y médicos
que favorecen, por ejemplo, la atención a las enfermedades
del corazón por encima de la atención a la malnutrición.
La nacionalización de la producción de salud debería
controlar la mano oculta del clínico. 3) La
organización del gremio médico perpetúa
la ineficacia y los privilegios, mientras la otorgación
de licencias profesionales de especialistas fomenta una visión
cada vez más estrecha y especializada de la enfermedad.
Una combinación de la captación (el pago de una
cantidad fija por paciente por año) con la otorgación
institucional de licencias debería combinar el
control sobre los médicos con el interés de los
pacientes. 4) El dominio de un solo tipo de medicina priva
a la sociedad de los beneficios que sectas competidoras podrían
ofrecer. Un mayor apoyo público a las ondas alfa, los
grupos de encuentro y la quiropráctica debería
compensar y complementar el escalpelo y el veneno. 5)
Actualmente, la principal dedicación de recursos médicos
va al individuo en la enfermedad o la salud. Una mayor cantidad
y ambientes debería estirar el dinero dedicado
a la salud.
Las políticas remediales propuestas podrían controlar
en cierta medida los costos sociales creados por la sobremedicalización.
Al unirse, los consumidores tiene en verdad el poder de obtener
más por su dinero; las burocracias de la beneficencia
tienen el poder de reducir las desigualdades; los cambios en
el otorgamiento de licencias y en los modos de financiamiento
pueden proteger a la población no sólo contra charlatanes
no profesionales sino también, en algunos casos, contra
el abuso profesional; el dinero transferido de la producción
de repuestos humanos a la reducción de los riesgos industriales
compra realmente más "salud" por peso. Pero
todas estas políticas, si no se califican cuidadosamente,
tenderán a reducir las externalidades creadas por
la medicina al costo de un aumento ulterior en el paradójico
contraproducto de la medicina, su efecto negativo sobre la salud.
Todas tienden a estimular una medicalización ulterior.
Todas colocan consistentemente el mejoramiento de los servicios
médicos por encima de esos factores que mejorarían
e igualarían las oportunidades, la competencia y la confianza
para la autoasistencia; niegan la libertad civil de vivir y de
curar, y la sustituyen por promesas de derechos sociales más
conspicuos a la asistencia profesional.
En las cinco secciones siguientes me ocuparé de algunas
de estas posibles contramedidas y examinaré sus méritos
relativos.
305
LA "PROTECCIÓN AL
CONSUMIDOR", PARA ADICTOS
Cuando la gente se da cuenta
de su dependencia de la industria médica, tiende a quedarse
atrapada en la creencia de que su adicción es ya irremediable.
Teme una vida de enfermedad sin médico igual que se sentiría
inmovilizada sin un automóvil o un autobús. En
ese estado mental habla de la necesidad de la protección
al consumidor y busca consuelo en los políticos que frenarán
la arbitrariedad de los productos médicos.40 La necesidad de tal autoprotección
es obvia, los peligros implícitos son oscuros. La triste
verdad para los abogados del consumidor es que ni el control
de los costos ni el de calidad garantizan que la actividad de
los médicos según las normas actuales, beneficiará
a la salud.
Los consumidores que se unen para obligar a la General Motors
a producir un automóvil aceptable, han empezado a sentirse
competentes para echar una mirada al motor y desarrollar criterios
para calcular el costo de un sistema de escape más limpio.
Cuando se unen para conseguir mejor asistencia médica,
siguen creyendo -erróneamente- que no son competentes
para decidir lo que debería hacerse para sus entrañas
y sus riñones y se confían ciegamente al médico
para casi cualquier reparación. La comparación
de prácticas en diversas culturas no proporciona ninguna
guía. Las recetas para vitaminas son siete veces más
comunes en Inglaterra que en Suecia, la medicación con
globulina gamma es ocho veces más común en Suecia
que en Inglaterra.
Los médicos norteamericanos operan, por término
medio, dos veces más a menudo que los ingleses; los cirujanos
franceses amputan casi hasta el cuello. La estancia promedio
en el hospital varía no con el padecimiento sino con el
médico: para las úlceras pépticas, de seis
a veintiséis días; para el infarto al miocardio,
de diez a treinta días. La duración media de la
hospitalización en Francia es dos veces mayor que en los
Estados Unidos. En Alemania se realizan tres veces más
apendectomías, y se diagnostican tres veces más
muertes por apendicitis, que en ninguna otra parte.41
Titmuss42 ha resumido la dificultad de contabilizar los
costos-beneficios en medicina, especialmente en una época
en que la asistencia médica está perdiendo las
características que solía poseer cuando consistía
casi totalmente en la relación personal médico-paciente.
La asistencia médica es incierta e impredecible; muchos
consumidores no la desean, ignoran que la necesitan y no pueden
saber por anticipado cuánto les costará. No pueden
aprender por experiencia. Deben confiar en el proveedor que habrá
de decirles si han sido bien atendidos, y no pueden devolver
el servicio al vendedor ni lograr que lo reparen. Los servicios
médicos no se anuncian como otras mercancías y
el productor desanima las comparaciones. Una vez hecha la compra,
el consumidor no puede cambiar de parecer a la mitad del tratamiento.
Al definir lo que constituye la enfermedad el productor médico
tiene poder para seleccionar a sus consumidores y dar salida
a algunos productos que se impondrán al consumidor, si
es necesario, con intervención de la policía: los
productores pueden incluso vender reclusión forzada para
los incapacitados y asilos para los retardados mentales. Los
juicios por mal ejercicio han mitigado el sentido de importancia
del lego en varios de estos puntos,43 pero básicamente han reforzado
la decisión del paciente de insistir en el tratamiento
que la opinión médica informada considera
adecuado. El asunto se complica más aún por el
hecho de que no existe un consumidor "normal" de servicios
médicos. Nadie sabe a cuánta asistencia será
acreedor en dinero o en dolor. Además, nadie sabe si la
forma más ventajosa de asistencia médica se obtiene
mejor de productores médicos, de un agente de viajes,
o renunciando a trabajar en el turno de noche. La familia que
prescinde de un automóvil para mudarse a un departamento
en Manhattan, puede prever la forma en que la sustitución
de la gasolina por la renta afectará su tiempo disponible;
pero la persona que, al serle diagnosticado un cáncer,
elige una operación antes que una parranda en las Bahamas,
ignora qué efecto tendrá su elección sobre
el tiempo de gracia que le queda. La economía de la salud
es una disciplina curiosa, una reminiscencia de la teología
de indulgencias que floreció antes de Lutero. Puede calcularse
lo que colectan los frailes, ver los templos que construyen,
tomar parte en las liturgias en que se regodean, pero sólo
es posible imaginar qué efectos ejerce el tráfico
en amnistías para el purgatorio sobre el alma después
de la muerte. Los modelos ideados para explicar la aquiescencia
de los contribuyentes a pagar facturas médicas cada vez
más altas constituyen análogas conjeturas escolásticas
acerca de la nueva iglesia de la medicina que va extendiéndose
por todo el mundo. Para dar un ejemplo: es posible considerar
la salud como un capital acumulado empleado para producir un
rendimiento llamado "tiempo de salud".44 Los individuos heredan una provisión
inicial que puede aumentar invirtiendo en capitalización
de salud mediante la adquisición de asistencia médica
o por medio de la buena alimentación y la buena vivienda.
El "tiempo de salud" es un artículo que tiene
demanda por dos razones. Como mercancía de consumo, entra
directamente en la función utilitaria del individuo; además
la gente habitualmente prefiere estar sana y no enferma. También
ingresa en el mercado como mercancía de inversión.
En esta función, el "tiempo de salud" determina
la cantidad de tiempo que puede gastar un individuo en el trabajo
y en el juego, en ganar dinero y en divertirse. El "tiempo
de salud" del individuo puede verse así como un indicador
decisivo de su valor como productor para la sociedad.45
La orientación sobre las políticas y las teorías
referentes al valor monetario de la producción de "salud"
dividen a los adherentes de las facciones académicos en
pugna igual que el realismo y el nominalismo dividían
en el medioevo a los doctores en divinidad.46 Pero en lo que concierne al consumidor,
se limitan a decir con rodeos lo que todo albañil mexicano
sabe: sólo en los días en que está lo bastante
sano para trabajar puede llevar frijoles y tortillas a sus hijos
y tomar un tequila con los amigos.47 La creencia en una relación causal
entre la cuenta del médico y la salud -que de otro modo
se llamaría superstición modernizada- es una suposición
técnica básica para el economista médico.48
Se han usado diferentes sistemas para legitimar el valor económico
de las actividades específicas a las que se dedican los
médicos. Los países socialistas se hacen cargo
del financiamiento de toda la asistencia y dejan que la profesión
médica defina lo que se necesita, cómo debe hacerse,
quién debe hacerlo, cuánto debe costar y también
quién lo ha de recibir. Con más descaro que en
ninguna otra parte, los cálculos de insumo producto referentes
a tales inversiones de capital humano parecen determinar las
asignaciones rusas.49 Otros países intervienen con
leyes e incentivos en la organización de sus mercados
de asistencia médica. Sólo los Estados Unidos iniciaron
un programa legislativo nacional dentro del cual comités
de productores determinan qué productos ofrecidos en el
"mercado libre" merecerán la aprobación
estatal como "buena asistencia". A fines de 1973 el
presidente Nixon firmó el Decreto 92-603 por el que se
establecieron controles obligatorios de costos y calidad (mediante
organizaciones de revisión de normas profesionales) para
Medicaid y Medicare, sectores de la industria médica sostenidos
a base de impuestos, que desde 1970 sólo han sido superados
en magnitud por el complejo bélico-industrial. Rigurosas
sanciones financieras amenazan a los médicos que rehúsan
mostrar sus archivos a los inspectores gubernamentales en busca
de pruebas acerca de fraudes, tratamientos deficientes o utilización
excesiva de los hospitales. La ley exige que la profesión
médica establezca normas para el diagnóstico y
el tratamiento de una larga lista de lesiones, enfermedades y
estados de salud, e instaura así el programa más
costoso del mundo para la medicalización de la producción
de salud mediante la protección legislada del consumidor.50 La nueva ley garantiza las normas que
la industria impone a la mercancía. No pregunta
si su distribución influye positiva o negativamente en
la salud del pueblo.
Invariablemente han fracasado los intentos por ejercer un control
político racional sobre la producción de la asistencia
médica. La razón se halla en la naturaleza del
producto actualmente llamado "medicina": un paquete
constituido por sustancias químicas, aparatos, edificios
y especialistas, y despachado como medicina al cliente. El proveedor
más que sus clientes o su jefe político determina
el tamaño del paquete. El paciente queda reducido a un
objeto en reparación; deja de ser un sujeto al que se
le ayuda a curar. Si se le permite participar en el proceso de
reparación, actúa como el último aprendiz
de una jerarquía de reparadores.51 A menudo ni siquiera se le confía
la ingestión de una pastilla sin la supervisión
de una enfermera.
El argumento de que la asistencia médica institucional,
curativa o preventiva, después de cierto punto deja de
guardar correlación con cualquier "ganancia"
ulterior en salud puede ser mal empleado para transformar a clientes
adictos a médicos en clientes de alguna otra hegemonía
de servicios: casas de cuna, trabajadores sociales, consejeros
vocacionales, escuelas.52 Lo que comenzó como defensa de
los consumidores contra el servicio médico inadecuado
proporcionará a la profesión médica, en
primer lugar, la garantía de una demanda sostenida y,
posteriormente, el poder de delegar algunos de estos servicios
a otras ramas industriales: a los productores de alimentos, de
colchones, de vacaciones o de adiestramiento. La protección
al consumidor se convierte así rápidamente en una
cruzada para transformar personas independientes en clientes
a toda costa.
A menos que desengañe al cliente de la urgencia en demandar
y aceptar más servicios, la protección al consumidor
solamente refuerza la colusión entre quien da y quien
recibe, y sólo puede jugar un papel táctico y transitorio
en cualquier movimiento político encaminado a limitar
la medicina que beneficia la salud.
Los movimientos de protección al consumidor pueden traducir
la información sobre la ineficacia médica actualmente
sepultada en publicaciones médicas, al lenguaje de la
política, pero sólo lograrán aportaciones
significativas si se transforman en ligas de defensa de las libertades
civiles y van más allá del control de costo y calidad
para defender la libertad sin tutores para aceptar o rechazar
la mercancía. Toda clase de dependencia se convierte de
inmediato en obstáculo para la asistencia autónoma
mutua, para afrontar la enfermedad, adaptarse a ella y curarse;
peor aún, se convierte en un artificio por medio del cual
se impide que la gente transforme las condiciones que la enferma
en el trabajo y en el hogar. El control sobre el aspecto de producción
del complejo médico sólo puede actuar para mejorar
la salud si provoca por lo menos una reducción muy considerable
de su rendimiento total, y no simplemente mejoras técnicas
de los artículos que ofrecen.
314
IGUALDAD DE ACCESO A LOS PERJUICIOS
El planteamiento político
más común y obvio con respecto a la salud se basa
en la acusación de que el acceso a la asistencia médica
es injusto, de que favorece al rico más que al pobre,53 al influyente más que al débil.
Si bien el nivel de los servicios médicos prestados a
los miembros de las élites técnicas no varía
significativamente de un país a otro, digamos de Suecia
y Checoslovaquia a Indonesia y Senegal, el valor de los servicios
prestados al ciudadano típico en diferentes países
varía por factores que exceden la proporción de
uno a mil.54 En muchos países pobres, los pocos están
socialmente predestinados a recibir mucho más que la mayoría,
no tanto por ser ricos como por ser hijos de militares o burócratas
o por vivir cerca del único hospital grande. En los países
ricos, los miembros de diversas minorías son subprivilegiados,
no porque en términos de dinero per capita reciban necesariamente
menos de los que les corresponde,55 sino porque reciben sustancialmente
menos de lo que se les ha enseñado a necesitar. El habitante
de las barriadas no puede llegar al médico cuando lo necesita,
y lo que es peor, los ancianos, si son pobres y se hallan encerrados
en un "hogar", no pueden escapar de él. Por
estas razones y otras similares, los partidos políticos
convierten el deseo de salud en demandas de acceso equitativo
a las facilidades médicas.56 Por lo común no cuestionan los
bienes que el sistema médico produce, sino insisten en
que sus votantes tienen derecho a todo lo que se produce para
los privilegiados.57
En los países pobres, resulta claro que las mayorías
pobres tienen menos acceso a los servicios médicos que
los ricos:58 los servicios al alcance de los pocos consumen
la mayor parte del presupuesto de salud y privan a la mayoría
de servicios de cualquier clase. En toda América Latina,
con excepción de Cuba, sólo uno de cada cuarenta
niños pertenecientes al 20% más pobre de la población
termina los cinco años de escolaridad obligatoria;59 una proporción similar de pobres
puede esperar tratamiento en un hospital cuando se enferma gravemente.
En Venezuela, un día de hospital cuesta diez veces el
sueldo diario promedio; en Bolivia, unas cuarenta veces dicho
ingreso.60 En toda América Latina, los ricos constituyen
el 3% de la población, formado por graduados universitarios,
líderes obreros, funcionarios de los partidos políticos
y miembros de familias que tienen acceso a los servicios gracias
a su dinero o bien sencillamente a través de relaciones.
Estos pocos reciben tratamiento costoso, a menudo por parte de
los médicos que ellos mismos eligen. La mayor parte de
los médicos, que proceden de la misma clase social que
sus pacientes, fueron adiestrados conforme a normas internacionales
a base de subsidios del gobierno.61
No obstante el desigual acceso a la asistencia hospitalaria,
sería un error decir que la disponibilidad del servicio
médico está siempre en correlación con el
ingreso personal. En México, el 3% de la población
tiene acceso al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de
los Trabajadores del Estado (ISSSTE), esa rama especial del sistema
de seguridad social en la cual se combinan a un alto nivel la
asistencia personal y la tecnología avanzada. Este grupo
afortunado está constituido por empleados del gobierno
que reciben tratamiento igual ya sean ministros o mensajeros
de oficina, y pueden contar con asistencia de alta calidad porque
forma parte de un modelo de demostración. Así,
los periódicos informan al maestro de escuela de una aldea
remota que la cirugía mexicana cuenta con los mismos recursos
que su contraparte en Chicago y que los cirujanos que lo operan
cumplen con las normas de sus colegas en Houston. Al ser hospitalizados,
altos funcionarios a veces pueden sentirse molestos de tener
que compartir por primera vez en su vida el cuarto con un trabajador,
pero también se sienten orgullosos del alto grado de compromiso
democrático que muestra su país al proporcionar
iguales medios al jefe y al portero. Los pacientes de ambas categorías
tienden a soslayar que son dos clases de explotadores igualmente
privilegiados. Para proporcionar camas, equipo, administración
y asistencia técnica al 3% se invierte la tercera parte
del presupuesto para asistencia médica de todo el país.
Para dar a todos los pobres igual acceso a medicina de calidad
uniforme en los países pobres, sería necesario
suspender la mayor parte del adiestramiento y de las actividades
actuales de las profesiones sanitarias. Sin embargo, la distribución
de servicios de salud básicos y eficaces entre la población
entera es lo bastante barata como para ser comprados por todo
el mundo, siempre y cuando nadie pudiera obtener más,
pese a las normas sociales, económicas, médicas
o personales que se pudieran argüir para un tratamiento
especial. Si en los países pobres se diera prioridad a
la equidad y si el servicio se limitara a los elementos básicos
de la medicina eficaz, poblaciones enteras recibirían
un cliente para participar en la desmedicalización de
la moderna asistencia a la salud y para desarrollar las destrezas
y la confianza necesaria para la autoasistencia, protegiendo
así a sus países de la enfermedad yatrogéncia.
En los países ricos, la economía de la salud es
un tanto diferente.62 A primera vista, la preocupación
por los pobres parece exigir nuevos aumentos en el presupuesto
total de salud.63 Pero mientras más personas llegan
a depender de la asistencia por parte de instituciones de servicio,
más difícil resulta identificar la equidad con
la igualdad de acceso y de beneficios.64 ¿Se realiza la equidad cuando
se dispone de una misma cantidad de dinero para la educación
del rico y del pobre? ¿O bien se requiere que los pobres
reciban la misma "educación" aunque tenga que
gastar más en ellos para lograr resultados iguales? ¿O
debe el sistema de la educación, con el fin de ser equitativo,
garantizar que los pobres no sufran mayores ofensas y humillaciones
que los ricos con quienes compiten en la escala académica?
¿O acaso la equidad en las oportunidades de aprendizaje
sólo se obtiene cuando todos los ciudadanos comparten
el mismo tipo de ambiente educativo? Esta batalla de la equidad
contra la igualdad en el acceso a la asistencia institucional,
que ya se ha librado en el dominio de la educación, está
tomando forma en el campo médico.65 Sin embargo, a diferencia de lo que
ocurre con la educación, el asunto de la salud puede juzgarse
fácilmente de acuerdo a la evidencia disponible. El gasto
per capita en asistencia a la salud, incluso en lo que se refiere
al sector más pobre de la población estadounidense,
indica que ya hace tiempo se ha rebasado el límite en
que dicha asistencia se vuelve yatrogénica. En los países
ricos, el presupuesto total de servicios para los pobres sería
ya más que suficiente si se destinara a aquello que refuerza
la autoasistencia. Con más acceso -incluso restringido
a quienes ahora reciben menos- sólo se igualaría
la distribución de ilusiones y perjuicios profesionales.
Hay dos aspectos de la salud: la libertad y los derechos. Sobre
todo, la salud designa el radio de autonomía dentro del
cual una persona ejerce control sobre sus propios estados biológicos
y sobre las condiciones de su ambiente inmediato. En este sentido,
la salud es idéntica a la intensidad de libertad que se
vive. La ley debería primordialmente garantizar la distribución
equitativa de la salud como libertad, que a su vez depende de
condiciones ambientales que sólo los esfuerzos políticos
organizados pueden lograr. Más allá de cierto nivel
de intensidad, la asistencia a la salud, por más equitativamente
que se reparta, sofocará la salud-como-libertad. En este
sentido fundamental, la asistencia a la salud es un asunto de
libertad bien ordenada. Este concepto implica el dar preferencia
a una posición de libertades inalienables para hacer ciertas
cosas, y aquí debe distinguirse entre libertad civil y
derechos civiles. La libertad de actuar sin restricción
gubernamental abarca un campo más amplio que los derechos
civiles que el estado pueda promulgar para garantizar que la
gente tendrá poderes iguales para obtener ciertos bienes
o servicios.
Por lo común, las libertades civiles no obligan a otros
a realizar mis deseos; en lo que respecta al gobierno, una persona
puede publicar libremente su opinión, pero esto no implica
que tal o cual periódico tenga el deber de imprimir esa
opinión. Tal vez una persona necesite beber vino en su
ceremonia de adoración religiosa, pero ninguna mezquita
tiene que acogerlo para que lo haga dentro de sus muros. Al mismo
tiempo, el estado como garante de las libertades puede promulgar
leyes que protejan derechos igualitarios sin los cuales sus miembros
no podrían disfrutar dichas libertades. Tales derechos
dan sentido a la igualdad, mientras las libertades civiles dan
forma a la libertad. Una forma segura de extinguir la libertad
de expresarse, de aprender o de curar es delimitarla pervirtiendo
los derechos civiles en obligaciones civiles. Las libertades
del autodidacta se verán restringidas en una sociedad
sobreeducada igual que la libertad de asistencia a la salud puede
extinguirse a causa de la sobremedicalización. Cualquier
sector de la economía puede expandirse de tal manera que
las libertades se anulen en áreas de niveles más
costosos de igualdad.
Aquí nos preocupan los movimientos que tratan de remediar
los efectos de la medicina socialmente yatrogénica a través
del control político y legal del manejo, del reparto y
de la organización de las actividades médicas.
Sin embargo, mientras la medicina sea una utilidad pública,
ninguna reforma puede ser efectiva a menos que dé prioridad
a dos conjuntos de límites. El primero se relaciona con
el volumen de tratamiento institucional que cualquier individuo
puede exigir: ninguna persona habrá de recibir servicios
tan amplios que su tratamiento prive a otros de la oportunidad
de una asistencia considerablemente menos costosa per capita
si es que, de acuerdo con el juicio de ambas y no solamente en
la opinión de un experto, su requerimiento de los mismos
recursos públicos posee una urgencia comparable. Por otro
lado, ningún servicio habrá de imponerse forzosamente
a un individuo en contra de su voluntad: nadie podrá ser,
sin su consentimiento, apresado, encarcelado, hospitalizado,
tratado, o molestado de cualquier otro modo en nombre de la salud.
El segundo conjunto de límites se refiere a la empresa
médica como un todo. Aquí la idea de la salud-como-libertad
debe restringir la producción total de servicios sanitarios
dentro de límites subyatrogénicos que maximicen
la sinergia de los modos autónomo y heterónomo
de la producción de salud. En las sociedades democráticas,
tales limitaciones son probablemente inalcanzables sin garantía
de equidad, sin igualdad de acceso. En este sentido, las políticas
de equidad pueden ser un elemento esencial en un programa eficaz
de salud. Por otro lado, la preocupación por la equidad
resultará fútil si no se liga a las restricciones
sobre la producción total, y si no se utiliza como una
fuerza que contrarreste la expansión de la asistencia
médica institucional.66
324
EL CONTROL DEL PÚBLICO
SOBRE LA MAFIA PROFESIONAL
Una tercera clase de remedios
políticos para la medicina insalubre se centra directamente
en cómo hacen los médicos su trabajo. Al
igual que la defensa del consumidor y la legislación del
acceso, ese intento de imponer un control lego a la organización
médica tiene inevitables efectos de negación de
la salud cuando de táctica ad hoc se cambia en estrategia
general.
En los Estados Unidos, cuatro y medio millones de hombres y mujeres
distribuidos en doscientas ocupaciones participan en la producción
y distribución de servicios a la salud aprobados médicamente.
(Sólo el 8% son médicos, cuyos ingresos netos,
una vez deducidos los costos de renta, personal y suministros,
representan el 15% del total de gastos sanitarios, y cuyo ingreso
promedio en 1973 fue de 50 mil dólares.)67 El total no incluye osteópatas,
quiroprácticos ni otros que tal vez reciban adiestramiento
universitario especializado y requieran licencia para practicar,
pero que, a diferencia de los farmacéuticos, optometristas,
técnicos de laboratorio y otros subordinados de los médicos,
no producen asistencia igualmente prestigiosa.68 Aún más alejados de la
institución, y por ello excluidos de las presentes estadísticas,
se encuentran miles de proveedores de asistencia médica
no convencional, que van desde herbolarios que curan por correspondencia
y masajistas, hasta maestros de yoga.69
En los Estados Unidos, de los muchos que reclaman competencia
y que se hallan más o menos integrados a la institución
oficial, unas treinta especialidades reciben una licencia.70 En ningún estado del país
se requiere licencia para menos de catorce especies de practicantes.71 Estas licencias se otorgan al completar
programas educativos formales y a veces por la evidencia de un
examen aprobado; en raros casos, la proficiencia o la experiencia
son requisitos de admisión a la práctica independiente.72 El trabajo competente o satisfactorio
no es en ninguna parte una condición para continuar ejerciendo.
La renovación de la licencia es automática, por
lo común al pagarse una tarifa; sólo quince de
cincuenta estados permiten cuestionar la licencia de un médico
en base a incompetencia.73 Mientras las demandas por un status
de especialista van y vienen, las especialidades reconocidas
por la Asociación Médica Americana han aumentado
en forma constante, duplicándose en los últimos
quince años: la mitad de los médicos norteamericanos
en ejercicio son especialistas en alguna de sesenta clases, y
se espera que la proporción suba al 55% antes de 1980.74 Dentro de cada uno de estos campos se
ha desarrollado un feudo con enfermeras especializadas, técnicos,
publicaciones, congresos, y a veces grupos organizados de pacientes
que presionan en busca de mayores fondos públicos.75 El costo de coordinación del
tratamiento del mismo paciente por varios especialistas crece
exponencialmente con cada competencia que se agrega en el proceso,
y lo mismo ocurre con el riesgo de que se cometan errores y la
probabilidad de provocar lesiones a causa de la imprevista sinergia
de diferentes terapéuticas. Cada ciudadano tiende a ser
colocado en una relación de paciente con cada uno de los
diversos especialistas. Cuando el número de relaciones
del paciente supera el número de personas, se multiplica
sin control las ocupaciones relativas a la información
médica, a los seguros y a la defensa del paciente. Por
supuesto, los médicos son los señores de estos
feudos y determinan qué trabajo realizarán estas
pseudoprofesiones. Pero con el reconocimiento de una cierta autonomía,
muchos de estos grupos especializados de pajes, conserjes, lacayos
y escuderos médicos han ganado también cierto poder
para evaluar su propio trabajo. Al obtener el derecho a la autoevalucación
acorde con criterios especiales que se ajustan a su propia visión
de la realidad, cada nueva especialidad genera un nuevo impedimento
para que la sociedad en general evalúe qué tanto
contribuye realmente su trabajo a la salud de los pacientes.
La medicina organizada ha cesado prácticamente de ser
el arte de curar lo curable, y la consolación de los desesperados
se ha convertido en un grotesco sacerdocio preocupado por la
salvación y ha llegado a ser una ley en sí misma.
Las políticas que prometen al público algún
control sobre la empresa médica tienden a pasar por alto
el hecho de que para lograr su propósito deben controlar
una iglesia, no una industria.
Actualmente se discuten y proponen docenas de estrategias concretas
para lograr que la industria médica sirva más a
la salud y menos a sus propios fines: descentralización
de la repartición; seguro público universal; práctica
de grupo por especialistas; programas de mantenimiento de la
salud más que de asistencia médica; pago anual
de una cantidad fija por paciente (captación) más
que de honorarios, por servicio; eliminación de las actuales
restricciones en el uso de personal sanitario; organización
y utilización más racionales del sistema hospitalario;
no otorgar licencias a individuos sino a instituciones sujetas
a normas de desempeño y organización de cooperativas
de pacientes para equilibrar o apoyar un poder médico
profesional.
Cada una de estas proposiciones mejoraría ciertamente
la eficacia médica, pero al costo de una nueva disminución
en el cuidado efectivo a la salud por parte de la sociedad. Incrementar
la eficiencia por medio de la movilidad de personal hacia arriba
y la asignación de responsabilidad hacia abajo no podría
sino endurecer la integración de la industria de asistencia
médica y con ello la polarización social.
Al hacerse más costoso el adiestramiento de profesionales
de nivel medio, se escasea el personal de enfermería en
los niveles inferiores. Los bajos salarios, el creciente desprecio
por las funciones de servidumbre y cuidado doméstico,
un aumento en el número de pacientes crónicos (y
en consecuencia el tedio creciente que produce su cuidado), la
desaparición de la motivación religiosa para las
monjas y los diáconos, y nuevas oportunidades para las
mujeres en otros campos, todo ello contribuye a producir una
crisis de personal. En Inglaterra, casi dos tercios de todo el
personal hospitalario de bajo nivel procede del extranjero, generalmente
de las antiguas colonias; en Alemania, de Turquía y Yugoslavia;
en Francia, de África del Norte; en los Estados Unidos,
de las filas de las minorías raciales. La creación
de nuevas categorías, títulos, programas de estudio,
funciones y especialidades en el nivel inferior es un remedio
de dudosa eficacia. El hospital sólo refleja la economía
laboral de una sociedad de alta tecnología: especialización
trasnacional en la cumbre, burocracia en el medio, y abajo, un
subproletariado constituido por inmigrantes y por el cliente
profesionalizado.76
La multiplicación de especialistas paraprofesionales reduce
aún más lo que el que diagnostica hace por la persona
que busca su ayuda, mientras la multiplicación de auxiliares
generales tiende a reducir lo que la gente sin certificados puede
hacer por lo demás y por sí misma.77 La certificación institucional78 permitirá sin duda un despliegue
más eficiente del personal, una mezcla más racional
de salud-mano de obra, y mayor oportunidad para progresar: sin
duda mejoraría en gran medida la distribución de
mercancías médicas como el trabajo dental, la compostura
de huesos y la asistencia en el parto. Pero si se convirtiera
en el modelo de la asistencia general a la salud, equivaldría
a la creación de una Alma Mater Médica.79 El control lego sobre una tecnocracia
médica en expansión no deja de asemejarse a la
profesionalización del paciente: ambos refuerzan el poder
médico y aumentan su efecto de nocebo. Mientras
el público acepte que el monopolio profesional asigne
el papel de enfermo, no podrá controlar las ocultas jerarquías
de la salud que multiplican el número de pacientes.80 El clero médico sólo puede
ser controlado si la ley se utiliza para restringir y desestabilizar
su monopolio para decidir lo que constituye una enfermedad, quién
está enfermo y qué habrá de hacerse por
esa persona.81
La inculpación inadecuada por yatrogénesis es el
obstáculo político más grave para el control
público de la asistencia a la salud. Convertir el acoso
a los médicos en una moda radical, sería el camino
más seguro para empañar cualquier crisis política
alimentada por la nueva conciencia de la situación de
la salud. Si los médicos se convirtieran en conspicuos
chivos expiatorios, el crédulo paciente se vería
exculpado de su codicia terapéutica. El acoso a las escuelas
salvó a la empresa institucional durante la última
crisis que se presentó en la educación. La misma
estrategia podría ahora salvar al sistema médico
y dejarlo esencialmente como está.
Repentinamente, en la década de los sesenta, las escuelas
perdieron su status de vacas sagradas. Inflada por el Sputnik,
el conflicto racial y las nuevas fronteras, la burbuja escolar
creció más que todos los presupuestos no militares
y por fin reventó. Durante un breve lapso el curriculum
oculto del sistema escolar quedó a la vista. Se hizo sabiduría
convencional que después de cierto punto en su expansión,
el sistema escolar reproduce inevitablemente una sociedad de
clases meritócrata y cataloga a las personas de acuerdo
con niveles de torpeza altamente especializada para los cuales
las entrena a través de rituales graduados, competitivos,
obligatorios y por edades. La frustración de un costoso
sueño había llevado a mucha gente a entender que
ninguna cantidad de aprendizaje obligatorio puede preparar equitativamente
a los jóvenes para las jerarquías industriales,
y que toda preparación eficaz de los niños para
un sistema socioeconómico inhumano constituía una
agresión sistemática contra sus personas. En este
punto una visión de la realidad podría haber crecido
hasta convertirse en una revuelta radical contra un sistema capitalista
de producción y las creencias que lo apuntalan. Pero en
vez de culpar a la hybris de los pedagogos, el público
concedió a éstos más poder para hacer precisamente
lo que desearan. Los maestros disgustados concentraron la crítica
sobre sus colegas, los métodos, la organización
de la escolaridad y el financiamiento de las instituciones, todo
lo cual se definió como obstáculo a la educación
eficaz.
El acoso a las escuelas permitió a los profesores liberales
convertirse en una nueva raza de educadores de adultos. No solamente
salvó el salario y el prestigio del maestro, sino que
los hizo elevarse momentáneamente. Mientras que antes
de la crisis el maestro se había visto restringido en
su agresión pedagógica a un grupo específico
de menos de dieciséis años, que se hallaba expuesto
a él durante las horas de clase en el edificio escolar,
para ser iniciado en un número limitado de materias, el
nuevo mercader del conocimiento considera que el mundo es su
salón de clases. Mientras el maestro sujeto a un programa
de estudios podía descalificar sólo a aquellos
no-alumnos que se atrevieran a aprender por cuenta propia una
materia del programa, el nuevo administrador de "educación",
"concientización", "entrenamiento sensitivo"
o "politización" recurrentes y para toda la
vida, degrada ante los ojos del público todas las normas
de conducta que él mismo no haya aprobado. El acoso a
las escuelas de los años sesenta podría fácilmente
fijar una pauta para la inminente guerra médica. Siguiendo
el ejemplo de los maestros que declaran que el mundo es su escuela,
algunos médicos, cruzados a la moda,82 trepan ahora al carro del acoso a la
medicina y canalizan la frustración y la ira públicas
contra la medicina curativa en un llamado para una nueva élite
de guardianes científicos que controlarían el mundo
como su sala de hospital.83
334
LA ORGANIZACIÓN CIENTÍFICA
DE LA VIDA
La creencia en la medicina como
ciencia aplicada genera una cuarta clase de medida antiyatrogénicas
que inevitablemente aumentan el irresponsable poder de la profesión
médica, y por tanto el daño que la medicina causa.
Los proponentes de normas científicas más elevadas
en la investigación y la organización social médicas
argumentan que la medicina patógena se debe al enorme
número de malos médicos que andan sueltos en la
sociedad. Menos hechores de decisiones, más cuidadosamente
seleccionados, mejor entrenados, más estrechamente supervisados
por sus colegas, y con un dominio más efectivo sobre lo
que se hace, para quién se hace y cómo se hace,
garantizarían que los poderosos recursos actualmente disponibles
para los científicos médicos se aplicaran para
beneficio del pueblo.84 Tal idolatría de la ciencia ignora
el hecho de que la investigación, dirigida como si la
medicina fuese una ciencia ordinaria, el diagnóstico,
dirigido como si los pacientes fueran casos específicos
y no personas autónomas, y la terapéutica dirigida
por ingenieros higiénicos, son los tres elementos que
se sueldan en la actual y endémica negación de
la salud.
En cuanto ciencia, la medicina se halla en una línea fronteriza.
El método científico permite experimentos realizados
con modelos. La medicina, empero, no experimenta con modelos
sino con los sujetos mismos. Pero la medicina nos dice tan poco
sobre el buen desempeño en el arte de sanar, sufrir y
morir como el análisis químico nos revela acerca
del valor estético de una jarra de barro.85
En su esfuerzo de ciencia aplicada, la profesión médica
ha dejado en gran medida de perseguir los objetivos de una asociación
de artesanos que aplican la tradición, la destreza, el
saber y la intuición, y ha llegado a desempeñar
una función reservada para los ministros de la religión
utilizando principios científicos como teología
y tecnólogos como acólitos.86 Como empresa, la medicina actual se
preocupa poco por el arte empírico de curar lo curable
y mucho más por la salvación racional de la humanidad
de los ataques de la enfermedad, de las cadenas de la invalidez
e incluso de la necesidad de morir.87 Al transformar el arte en ciencia, el
cuerpo médico ha perdido los rasgos de un gremio de artesanos
que aplican reglas establecidas para orientar a los maestros
de un arte práctico en beneficio de personas realmente
enfermas. Se ha convertido en un partido ortodoxo de administradores
burocráticos que aplican principios y métodos científicos
a categorías enteras de casos médicos. En otras
palabras, la clínica se ha vuelto un laboratorio. Al postular
resultados previsibles sin tener en consideración el desempeño
humano del enfermo y su integración a su propio grupo
social, el médico moderno ha asumido la postura tradicional
del charlatán.
Como miembro de la profesión médica el doctor individual
es parte inextricable de un equipo científico. El experimento
es el método de la ciencia, y las fichas que el médico
lleva -le guste o no- son parte de los datos para una empresa
científica. Cada tratamiento es una repetición
más de un experimento con una probabilidad de éxito
definida estadísticamente. Como en cualquier operación
que constituye una aplicación genuina de la ciencia, el
fracaso en la medicina científica se atribuye a alguna
forma de ignorancia; conocimiento insuficiente de las leyes aplicables
a la situación experimental particular, falta de competencia
personal en la aplicación de métodos y principios
por parte del experimentador, o bien, su incapacidad para controlar
esa variable esquiva que es el paciente mismo. Obviamente, cuanto
mejor está controlado el paciente, más previsible
será el resultado sobre una base poblacional, más
eficaz parecerá ser la organización. Los tecnócratas
de la medicina tienden a promover los intereses de la ciencia
más que las necesidades de la sociedad.88 Los profesionalistas constituyen corporativamente
una burocracia de investigación. Su responsabilidad primordial
es hacia la ciencia en abstracto o, en forma nebulosa, hacia
su profesión.89 La responsabilidad personal por el cliente
particular se ha diluido en un vago sentimiento de poder que
se extiende sobre todas las tareas y los clientes de todos los
colegas. La ciencia médica aplicada por científicos
médicos proporciona el tratamiento correcto, independientemente
de que sus resultados sean una cura, una muerte o ninguna reacción
por parte del paciente. Se le da legitimidad mediante cuadros
estadísticos que predicen esos tres resultados con cierta
frecuencia. En un caso concreto, el médico individual
podría tal vez recordar que debe a la naturaleza y al
paciente tanta gratitud como el paciente le debe a él
cuando ha tenido buen éxito ejerciendo su arte. Pero sólo
un alto nivel de tolerancia para la disonancia cognoscitiva le
permitirá cumplir los papeles divergentes del que cura
y del científico.90
Los que buscan contrarrestar la yatrogénesis eliminando
los últimos vestigios de empirismo del encuentro entre
el paciente y el sistema médico son cruzados inquisitoriales
tardíos.91 Utilizan la religión del cientismo
para devaluar el juicio político. Mientras que la verificación
operacional en el laboratorio es la medida de la ciencia, la
disputa de adversarios que apelan a un jurado que aplica la experiencia
pasada al asunto presente, en cuanto este asunto se experimenta
entre personas actuales, constituye la medida de la política.
Al negar reconocimiento público a entidades que la ciencia
no puede medir, la petición de una práctica médica
pura, ortodoxa, confirmada, protege a esta práctica de
toda evaluación política.
La preferencia religiosa otorgada al lenguaje científico
sobre el lenguaje del profano es uno de los principales bastiones
del privilegio profesional. La imposición de este lenguaje
especializado en el discurso político sobre la medicina
fácilmente lo priva de eficacia.
La desprofesionalización de la medicina no implica la
proscripción del lenguaje técnico, como tampoco
exige la exclusión de la aptitud genuina, ni se opone
al escrutinio público o a la denuncia de mal ejercicio.
Pero sí implica un prejuicio contra la mistificación
del público, contra la certificación mutua y la
autonominiación de los que curan, contra el apoyo del
público al gremio médico y sus instituciones, y
contra la discriminación legal de personas que curan elegidas
y nominadas por los individuos o la colectividades. Desprofesionalizar
la medicina no significa negar fondos públicos para propósitos
curativos, pero sí significa un prejuicio contra el desembolso
de tales fondos por prescripción o bajo control de los
miembros del gremio. No significa la abolición de la medicina
moderna. Significa que ningún profesionalista tendrá
el poder para despilfarrar en cualquiera de sus pacientes un
paquete de recursos curativos más grande que el que cualquier
otro profesionalista pudiera reclamar para el suyo. Finalmente,
no significa descuidar las necesidades especiales que la gente
manifiesta en momentos especiales de sus vidas: cuando nacen,
se rompen una pierna, quedan inválidos o enfrentan la
muerte. La proposición de que los médicos no reciban
su licencia de manos de un grupo de colegas, no significa que
sus servicios no serán evaluados, sino que esta evaluación
puede realizarse de una manera más eficiente por clientes
informados que por sus propios colegas. La denegación
de financiamiento directo para los artefactos técnicos
más costosos de la magia médica no significa que
el Estado no protegerá a los individuos contra la explotación
por los ministros de cultos médicos; sólo significa
que los impuestos no se utilizarán para fundar ninguno
de esos rituales. La desprofesionalización de la medicina
significa desenmascarar el mito según el cual el progreso
técnico exige la solución de problemas humanos
por medio de la aplicación de principios científicos,
el mito del beneficio obtenido por un aumento en la especialización
del trabajo, y por la multiplicación de manipulaciones
arcanas, y el mito de que la creciente dependencia de la gente
del acceso a instituciones impersonales es mejor que la confianza
mutua.92
341
TÉCNICAS PARA UN ÚTERO
DE PLÁSTICO
Hasta aquí he tratado
acerca de cuatro categorías de crítica dirigida
a la estructura institucional del complejo médico-industrial.
Casa una da lugar a un tipo específico de demanda política,
y todas ellas acaban por reforzar la dependencia de la gente
respecto de las burocracias médicas porque conciben la
asistencia a la salud como una forma de planificación
y tecnificación de la terapéutica.93 Indican estrategias para la intervención
quirúrgica, química y conductual en las vidas de
personas enfermas o amenazadas por la enfermedad. Una quinta
categoría de crítica rechaza esos objetivos. Sin
abandonar el concepto de la medicina como empresa ingenieril,
esas críticas afirman que las estrategias médicas
fracasan porque concentran demasiados esfuerzos en la enfermedad
y muy pocos en cambiar el ambiente que enferma a la gente.
La mayor parte de las investigaciones sobre alternativas a la
intervención clínica se orientan hacia la mecanización
de programas para los sistemas profesionales del ambiente social,
psicológico y físico del hombre. Los "determinantes
de la salud ajenos a los servicios de salud" se ocupan en
gran medida de la intervención planificada en el ambiente.94 Los ingenieros de la terapéutica
desvían el objetivo de su intervención yendo del
paciente real o potencial al sistema del cual ese paciente es
una parte imaginada. En vez de tratar al enfermo, replanifican
el ambiente para asegurar una población más sana.95
La asistencia médica como ingeniería higiénica
ambiental, opera dentro de categorías diferentes de las
del científico clínico. Se concentra en la supervivencia
más que en la salud en su oposición a la enfermedad;
los efectos del stress sobre las poblaciones y los individuos
más que la acción de personas específicas;
la relación entre el nicho dentro del cosmos con la especie
humana con la que ha evolucionado, y no la relación entre
las aspiraciones de la gente actual y su capacidad para realizarlas.96
En general, los hombres son más el producto de su ambiente
que de su dotación genética. La industrialización
está distorsionando rápidamente este ambiente.
Aunque hasta ahora el hombre ha mostrado una capacidad de adaptación
extraordinaria, él ha sobrevivido con niveles muy altos
de colapsos subletas. Dubos97 teme que la humanidad será capaz
de adaptarse a las tensiones de la segunda revolución
industrial y de la sobrepoblación, como ha sobrevivido
a hambrunas, pestes y guerras en el pasado. Habla con temor de
esta clase de supervivencia porque la adaptabilidad, que es una
ventaja para la supervivencia, también es un fuerte inconveniente:
las causas más comunes de enfermedad son las demandas
exigentes de adaptación. El sistema de asistencia a la
salud, sin preocupación alguna por los sentimientos de
la gente ni por su salud, se ha concentrado simplemente en la
planificación de sistemas que reducen al mínimo
los colapsos.
Dos de las consecuencias previsibles y siniestras de una desviación
de la medicina orientada hacia el paciente, a la medicina orientada
hacia el ambiente con la pérdida del sentido de fronteras
entre las distintas categorías de desviación y
una nueva legitimidad para el tratamiento total.98 La asistencia médica, la seguridad
industrial, la educación sanitaria y el reacondisionamiento
psíquico son todos nombres diferentes para la tecnificación
humana necesaria a fin de adaptar poblaciones sanitarias a los
sistemas de ingeniería. Como el sistema de prestaciones
sanitarias falla continuamente en su respuesta a las demandas
que se le hacen, los estados patológicos clasificados
actualmente como enfermedades podrían pronto llegar a
constituir aspectos de desviación criminal y conducta
social. La terapéutica conductual empleada en presidiarios
en los Estados Unidos99 y el encarcelamiento de adversarios
políticos en hospitales psiquiátricos en la URSS100 indican las direcciones que podría
seguir la integración de las profesionales terapéuticas:
una mayor confusión de fronteras entre las terapéuticas
administradas con un fundamento racional médico, educativo
o ideológico.101
Ha llegado el momento de hacer no sólo la evaluación
pública de la medicina sino también de proceder
al desencanto público de esos monstruos generados por
el sueño de la tecnificación ambiental. Si la medicina
contemporánea pretende hacer innecesario que la gente
sienta o se cure, la eco-medicina promete realizar su enajenado
deseo de tener un útero de plástico.
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