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8. LA RECUPERACIÓN
DE LA SALUD
Mucho sufrimiento ha sido siempre
obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo
de esclavitud y explotación, contado habitualmente en
las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías
de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas
de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron
inmediatamente después. Pero no fue sino hasta los tiempos
modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales,
sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas
empezaron a competir en poder destructivo, con la guerra.
El hombre es el único animal cuya evolución se
ha condicionado por la adaptación en más de un
frente. si no sucumbió a las bestias de rapiña
y las fuerzas de la naturaleza, tuvo que luchar contra usos y
abusos de otros de su especie. En esa lucha con los elementos
y los vecinos, se formaron su carácter y cultura y se
debilitaron sus instintos y su territorio se convirtió
en hogar.
Los animales se adaptan mediante la evolución en respuesta
a cambios de su ambiente natural. Únicamente en el hombre
puede hacerse consciente el reto y su respuesta a situaciones
difíciles y amenazantes adoptar la forma de acción
racional y de hábito consciente. El hombre puede diseñar
sus relaciones con la naturaleza y el vecino y puede sobrevivir
incluso cuando su empresa ha fracasado parcialmente. Es el animal
que puede resistir pacientemente pruebas y aprender entendiéndolas.
Es el único ser que puede y debe resignarse a los límites
cuando llega a percatarse de ellos. Una reacción consciente
a sensaciones dolorosas, a lesiones y a la muerte en definitiva
es parte de la capacidad de lucha del hombre. La aptitud para
rebelarse y perseverar, para tener paciencia y resignación,
son partes integrantes de la vida y de la salud humana.
Pero la naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres
fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre
se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el
destino. Para mantener su viabilidad el hombre debe también
sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado.
Ahora la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente
a los deseos irracionales de sus miembros más dotados.
Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner
límites a la materialización de sus sueños
de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad
al hombre común que está a salvo en esta tercera
frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito
ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar
a los dioses. El hombre común pereció por dolencia
o por violencia. Únicamente el rebelde contra la condición
humana cae presa de Némesis, la envidia de los dioses.
348
NÉMESIS INDUSTRIALIZADA
Prometeo no era el hombre sino
el héroe. Impulsado por la codicia radical (pleonexia),
rebasó las medidas del hombre (aitia y mesotes)
y con arrogancia sin límites (hybris) robó
el fuego del cielo.1 De ese
modo atrajo inevitablemente sobre sí a Némesis.
Fue encadenado y sujetado a una roca del Cáucaso. Un buitre
le devoraba todo el día las entrañas y los dioses
que curan, cruelmente lo curaban y mantenían vivo reinjertándole
el hígado todas las noches. Némesis le imponía
un tipo de dolor destinado a semidioses, no a hombres. Su sufrimiento
sin esperanzas y sin fin convirtió al héroe en
un recordatorio inmortal de la ineludible represalia cósmica.
La naturaleza social de Némesis ha cambiado actualmente.
Con la industrialización del deseo y la mecanización
de las respuestas rituales Hybris se ha propagado. El
progreso material sin límites ha llegado a ser la meta
del hombre común. Hybris industrial ha destruido la mítica
estructura de los límites de fantasías irracionales,
ha logrado que parezcan racionales las respuestas técnicas
a sueños insensatos y ha convertido la búsqueda
de valores destructivos en una conspiración entre proveedor
y cliente. Némesis para las masas es actualmente la repercusión
ineludible del progreso industrial. Némesis moderna es
el monstruo material nacido del sueño industrial desmesurado.
Se ha difundido a todo lo largo y lo ancho como la escolarización
universal, el transporte masivo, el trabajo industrial asalariado
y la medicalización de la salud del vulgo.
Tántalo era un rey a quien los dioses invitaron al Olimpo
para compartir sus manjares. Se robó la ambrosía,
la poción divina que daba a los dioses una vida sin fin.
En castigo lo hicieron inmortal... en el Hades, y fue condenado
a sufrir hambre y sed interminables. Cuando se inclina hacia
el río en cuya orilla se encuentra, el agua se aparta,
y cuando trata de alcanzar la fruta por encima de su cabeza,
las ramas se alejan. Los etnólogos podrían decir
que Némesis Médica lo programó para un comportamiento
compulsivo contraintuitivo.
El anhelo de ambrosía se ha extendido en la actualidad
al común de los mortales. La euforia científica
y la política se han combinado para propagar la adicción.
Con objeto de sostenerla se ha organizado un sacerdocio de Tántalo
que ofrece mejorías médicas ilimitadas a la salud
humana. Los miembros de este gremio se hacen pasar como discípulos
de Esculapio el que curaba, cuando en realidad son mercachifles
de ambrosía. El resultado de depender de ambrosía
es la Némesis Médica.
Némesis Médica es más que todas las yatrogénesis
clínicas juntas, más que la suma de mal ejercicio
y encallecimiento profesionales, negligencia, mala distribución
política, incapacidades médicamente decretadas
y todas las consecuencias de ensayos y errores médicos.
Es la expropiación de la capacidad del hombre para afrontar
la adversidad por un servicio de mantenimiento que lo conserva
equipado a las órdenes del sistema industrial.
Los mitos heredados han dejado de proporcionar límites
para la acción. La especie sólo podrá sobrevivir
a la pérdida de sus mitos tradicionales si aprende a afrontar
racional y políticamente sus sueños envidiosos,
codiciosos y perezosos. El mito solo ya no puede hacer este trabajo.
Límites al crecimiento industrial, establecidos políticamente,
habrán de ocupar el lugar de linderos mitológicos.
La exploración y el reconocimiento políticos de
las condiciones materiales necesarias para la sobrevivencia,
la equidad y la eficacia tendrán que fijar los límites
al modo industrial de producción.
Némesis ha llegado a ser estructural y endémica.
Las calamidades provocadas cada vez más por el hombre
son subproductos de empresas que se suponía habrían
de proteger al común de la gente en su lucha contra la
inclemencia del medio y contra la desenfrenada injusticia descargada
por la élite. La causa principal de dolor, invalidez y
muerte ha llegado a ser el tormento planificado y mecanizado,
si bien no intencional. Nuestras dolencias, desamparos e injusticias
más comunes son principalmente efectos secundarios de
estrategias para tener más y mejor educación, vivienda,
alimentación y salud.
Una sociedad que valora la enseñanza planificada por encima
del aprendizaje autónomo no puede sino enseñar
al hombre a sujetarse a su lugar mecanizado. Una sociedad que
para la locomoción depende en proporción abrumadora
del transporte manipulado no puede sino hacer lo mismo. Más
allá de cierto nivel, la energía empleada en el
transporte inmoviliza y esclaviza a la mayoría de innumerables
pasajeros anónimos y proporciona ventajas únicamente
a la élite. No hay combustible nuevo, ni tecnología
o controles públicos que puedan impedir que la movilización
y la aceleración crecientes de la sociedad produzcan cada
vez más molestias, parálisis programada y desigualdad.
Lo mismo ocurre en la agricultura. Pasado un cierto nivel de
inversión de capital en el cultivo y elaboración
de alimentos, inevitablemente la malnutrición se difunde.
El progreso de la Revolución Verde tiene entonces que
destrozar los hígados de los consumidores más eficazmente
que el buitre de Zeus. Ninguna ingeniería biológica
puede impedir la desnutrición ni la intoxicación
alimentaria pasado ese punto. Lo que está ocurriendo en
el Sahel subsahariano es sólo un ensayo general de la
invasora hambre mundial. No es sino la aplicación de una
ley general. Cuando el modo industrial produce más de
una cierta proporción de valor, se paralizan las actividades
de subsistencia, disminuye la equidad y se reduce la satisfacción
total. No será la hambruna esporádica que antiguamente
llegaba con sequías y guerras, ni la escasez ocasional
de alimentos que podía remediarse mediante buena voluntad
y envíos de emergencia. El hambre que viene es un subproducto
de la inevitable concentración de agricultura industrializada
en países ricos y en las regiones fértiles de los
pobres. Paradójicamente, el intento de contrarrestar el
hambre con nuevos incrementos de a agricultura industrialmente
eficiente sólo amplía el alcance de la catástrofe
por restringir la utilización de tierras marginales. El
hambre seguirá aumentando hasta que la tendencia hacia
la producción con empleo intensivo de capital por los
pobres para los ricos haya sido sustituida por una nueva clase
de autonomía rural, regional, fundada en el trabajo intensivo.
Más allá de un cierto nivel de hybris industrial
Némesis debe aparecer, porque el progreso, como
la escoba del aprendiz de brujo no puede ser detenido.
Los defensores del progreso industrial o están ciegos
o corrompidos si pretenden que pueden calcular el precio del
progreso. Los perjuicios de Némesis no pueden compensarse,
calcularse ni liquidarse. El pago inicial para el desarrollo
industrial podría parecer razonable, pero las cuotas a
interés compuesto por la producción en expansión
reditúan actualmente un sufrimiento que excede cualquier
idea de medida o precio. Cuando a los miembros de una sociedad
se les pide con regularidad que paguen un precio aún más
alto para las necesidades definidas industrialmente -a pesar
de la evidencia que están comprando más sufrimiento
con cada unidad homo economicus, impulsado por el deseo
de obtener beneficios marginales, se convierte en homo religiosus
sacrificándose en aras de la ideología industrial.
En este momento, la conducta social comienza a ser paralela a
la del toxicómano. Las expectativas se vuelven irracionales
y alucinantes. La porción autoinfligida de sufrimiento
supera los daños producidos por la naturaleza, y todos
los perjuicios infligidos por el vecino. Hybris motiva
una conducta de masas autodestructiva. Némesis clásica
fue el castigo por el abuso temerario de privilegios. Némesis
industrial es la retribución por la participación
concienzuda en la persecución técnica de los sueños
sin el freno de la mitología tradicional ni de una automoderación
racional.
La guerra y el hambre, la peste y las catástrofes naturales,
la tortura y la locura continúan siendo compañeros
del hombre, pero ahora están modelados en una nueva Gestalt
por Némesis que los sobrepasa. Cuanto mayor es el
progreso económico de cualquier colectividad, mayor es
la parte que desempeña Némesis industrial en dolor,
impedimentos, discriminación y muerte. Cuanto más
intensa es la seguridad que se deposita en técnicas productoras
de dependencia, mayor es el índice de despilfarro, degradación
y patogénesis que deben atacarse incluso con otras técnicas,
y mayor es la fuerza activa empleada en la eliminación
de basuras, el manejo de desechos y el tratamiento de personas
a quienes el progreso ha hecho superfluas.
Ante el desastre inminente las reacciones adoptan todavía
la forma de mejores planes de estudios, más servicios
de mantenimiento de la salud o más eficientes y menos
contaminantes transformadores de energía. Todavía
se busca la respuesta a Némesis en una mejor ingeniería
de los sistemas industriales. Se reconoce el síndrome
correspondiente a Némesis, pero todavía se busca
su etiología en una mala ingeniería combinada con
una administración en beneficio propio, ya sea el control
de Wall Street o de El Partido. Aún no se reconoce que
Némesis es la materialización de una respuesta
social a una ideología profundamente equivocada. Aún
no se comprende que Némesis es la ilusión delirante
nutrida por la estructura ritual, no técnica, de nuestras
principales instituciones industriales. Así como los contemporáneos
de Galileo se negaban a mirar a través del telescopio
las lunas de Júpiter porque temían que su visión
geocéntrica del mundo se conmoviera, así nuestros
contemporáneos se niegan a afrontar Némesis porque
se sienten incapaces de poner el modo autónomo de producción
en lugar del modo industrial en el centro de sus estructura sociopolíticas.
355
DEL MITO HEREDADO AL PROCEDIMIENTO
RESPETUOSO
Los pueblos primitivos siempre
han reconocido el poder de una dimensión simbólica;
la gente se veía amenazada por lo tremendo, lo aterrador,
lo sobrenatural. Esta dimensión no sólo fijaba
linderos al poder del rey y del mago, sino también al
del artesanado y el técnico. En efecto, Malinowsky sostiene
que solamente la sociedad industrial ha permitido el uso de las
herramientas disponibles hasta su máxima eficiencia; en
todas la otras sociedades, el reconocimiento de límites
sagrados al uso de la espada y del arado era una base necesaria
de la ética. Ahora, después de varias generaciones
de tecnologías licenciosas, el carácter finito
de la naturaleza vuelve a introducirse en nuestra conciencia.
Los límites del universo están sujetos a exploraciones
operacionales. Pero en este momento de crisis sería una
locura fundar los límites de las acciones humanas en alguna
ideología ecológica sustantiva que modernizara
la mística de lo sagrado de la naturaleza. La tecnificación
de una eco-religión sería una caricatura de la
hybris tradicional. Sólo un acuerdo amplio sobre
los procedimientos a través de los cuales puede garantizarse
equitativamente la autonomía del hombre postindustrial
llevará al reconocimiento de los límites necesarios
a la acción humana.
Común a todas las éticas fue la premisa de que
el acto humano se practica dentro de la condición humana.
Como los diversos sistemas éticos consideraban, tácita
o explícitamente, que esta condición humana estaba
más o menos dada, una vez y para siempre, quedaba estrechamente
circunscrito el ámbito de la acción humana.
En cambio, en nuestra época industrializada no sólo
es nuevo el objeto sino también la mera naturaleza de
la acción humana.2 En lugar de enfrentarnos con dioses
afrontamos las fuerzas ciegas de la naturaleza y en lugar de
enfrentar los límites dinámicos de un universo
que ahora hemos llegado a conocer, actuamos como si esos límites
no se tradujeran en umbrales críticos para la acción
humana. Tradicionalmente el imperativo categórico podía
circunscribir y validar una acción como verdaderamente
humana; imponiendo directamente límites a las acciones
de uno, exigía respeto para igual libertad de los demás.
La pérdida de una "condición humana"
normativa no sólo introduce una innovación en el
acto humano, sino también una innovación en la
actitud humana hacia la estructura en que actúa una persona.
Si esta acción ha de continuar siendo humana después
de haber privado a la estructura de su carácter sagrado,
necesita una base ética reconocida dentro de un nuevo
tipo de imperativo. Este imperativo sólo puede resumirse
de la manera siguiente: "actúa de manera que los
efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia
de la vida humana genuina"; muy concretamente aplicado esto
podría significar: "no eleves los niveles de radiación
a menos que sepas que esta acción no tendrá efectos
sobre tu nieto". Obviamente, un imperativo de esa índole
no puede formularse mientras se considere la "vida humana
genuina" como un concepto infinitivamente elástico.
¿Es posible, sin restaurar la categoría de lo sagrado,
alcanzar la ética que por sí sola permitiese a
la humanidad aceptar la disciplina rigurosa de este nuevo imperativo?
Si no es posible, podrían ser creadas racionalizaciones
para cualquier atrocidad: "¿por qué no ha
de elevarse la radiación ambiente? ¡Nuestros nietos
se acostumbrarán a ella!" En algunos casos, el temor
podría ayudar a conservar un mínimo de cordura,
pero únicamente cuando las consecuencias fuesen bastante
inminentes. Algunos reactores nucleares quizás ni lleguen
a ponerse en operación por temor de que puedan servir
a la Mafia para sus extorsiones al año siguiente o producir
cáncer antes de que muera el operador, pero sólo
el temor de lo sagrado, con su veto omnímodo, ha sido
hasta ahora independiente de las computaciones del autointerés
mundano y del solaz de la incertidumbre acerca de las consecuencias
remotas. Ese temor podría ahora volver a evocarse como
imperativo que dice que la vida humana genuina merece respeto
lo mismo ahora que en lo futuro. Sin embargo, este recurso a
lo sagrado ha sido bloqueado en nuestra crisis actual. El recurso
de la fe podría proporcionar un escape a los que creen,
pero no puede fundar un imperativo ético por que la fe
existe o no existe; y si está ausente, el fiel no puede
culpar al infiel. La historia reciente ha demostrado que los
tabús de las culturas tradicionales están fuera
de lugar para combatir una extensión excesiva de la producción
industrial. Los tabús estaban vinculados a los valores
de una sociedad particular y de su modo de producción,
y precisamente son aquellos los que se han perdido irrevocablemente
en el proceso de la industrialización.
No es necesario, probablemente no sea factible y ciertamente
no es deseable fundar la limitación de las sociedades
industriales en un sistema compartido de creencias sustantivas
encaminadas al bien común y reforzadas por el poder de
la policía. Es posible encontrar la base necesaria para
la acción humana ética sin depender del reconocimiento
compartido de algún dogmatismo ecológico actualmente
en boga. Esta alternativa a una nueva religión o ideología
ecológica se funda en un acuerdo acerca de valores básicos
y en reglas de procedimiento.
Puede demostrarse que, pasado un cierto punto en la expansión
de la producción industrial en cualquier campo importante
de valor, las utilidades marginales dejan de ser distribuidas
equitativamente y que, simultáneamente, comienza a declinar
la eficacia general. Si el modo industrial de producción
se expande más allá de una cierta etapa y continúa
chocando contra el modo autónomo, aparecen cada vez más
sufrimientos personales y disolución social. Mientras
tanto, es decir, entre el punto de sinergia óptima situado
entre la producción industrial y la autónoma y
el punto de máxima hegemonía industrial tolerable,
se hacen necesarios los procedimientos se ejecutan en un espíritu
de autointerés ilustrado y un deseo de supervivencia,
y con la distribución equitativa de productos sociales
y el acceso equitativo al control social, el resultado tiene
que ser un reconocimiento de la capacidad de sostén del
ambiente y del óptimo complemento industrial para la acción
autónoma que se necesita a fin de alcanzar realmente metas
personales. Los procedimientos políticos orientados hacia
el valor de supervivencia en equidad distributiva y participatoria
son la única respuesta racional a la creciente manipulación
total en nombre de la ecología.
La recuperación de la autonomía personal será
así el resultado de la acción política que
refuerce un despertar ético. La gente querrá limitar
el transporte porque deseará moverse eficiente, libre
y equitativamente; limitará la educación porque
deseará compartir igualmente la oportunidad, el tiempo
y el interés por aprender en el mundo más
que acerca del mundo; la gente limitará los tratamientos
médicos porque deseará conservar su oportunidad
y su poder para sanar. Reconocerá que únicamente
la limitación disciplinada del podre puede proporcionar
satisfacciones equitativamente compartidas.
La recuperación de la acción autónoma dependerá
no de nuevas metas específicas que comparta la gente,
sino de la utilización de procedimientos jurídicos
y políticos que permitan a individuos y grupos resolver
conflictos originales por su persecución de objetivos
diferentes. La mejor movilidad no dependerá de algún
nuevo tipo de sistema de transportes sino de condiciones que
hagan más valiosa la movilidad personal bajo el control
personal. Mejores oportunidades de aprender no dependerán
de más información mejor distribuida acerca del
mundo, sino de la limitación de la producción fundada
en la aplicación intensiva de capital en bien de interesantes
condiciones de trabajo. Una mejor asistencia a la salud no dependerá
de alguna nueva norma terapéutica sino del grado de buena
voluntad y competencia para dedicarse a la autoasistencia. La
recuperación de este poder depende del reconocimiento
de nuestras actuales ilusiones.
360
EL DERECHO A LA SALUD
Daños crecientes e irreparables,
acompañan la expansión industrial en todos los
sectores. En la medicina esos daños aparecen en forma
de yatrogénesis. La yatrogénesis es clínica
cuando a causa de la asistencia médica se producen dolor,
enfermedad y muerte; es social cuando las políticas de
salud refuerzan una organización industrial que genera
salud enferma; es cultural y simbólica cuando apozadas
médicamente la conducta y las ilusiones restringen la
autonomía vital del pueblo minando su competencia para
crecer, atenderse uno a otro y envejecer, o cuando la intervención
médica incapacita reacciones personales al dolor, la invalidez,
el impedimento, la angustia y la muerte.
La mayoría de los remedios actualmente propuestos por
los ingenieros y economistas sociales para reducir la yatrogénesis
comprenden un nuevo incremento de los controles médicos.
Esos llamados remedios general males yatrogénicos de segundo
orden en cada uno de los tres niveles críticos y hacen
que la yatrogénesis clínica, social y cultural
se refuerce a sí misma.
Los efectos yatrogénicos más profundos de la tecnoestructura
médica son resultado de esas funciones no técnicas,
que sostienen la creciente institucionalización de valores.
Las consecuencias técnicas y las no técnicas de
la medicina institucional se unen y generan una nueva clase de
sufrimiento: la supervivencia anestesiada, impotente y solitaria
en un mundo convertido en pabellón de hospital. Némesis
Médica es la experiencia de personas que están
privadas en gran proporción de toda capacidad autónoma
de hacer frente a la naturaleza, al vecino y a los sueños,
y que se mantienen técnicamente dentro de sistemas ambientales,
sociales y simbólicos. No puede medirse Némesis
Médica, pero puede compartirse su experiencia. La intensidad
con que se experimente dependerá de la independencia,
la vitalidad y la capacidad de relación de cada individuo.
La percepción de Némesis conduce a una opción.
O bien se estiman, reconocen y traducen las fronteras naturales
del esfuerzo humano en límites determinados políticamente,
o bien se acepta la alternativa a la extinción como supervivencia
obligatoria en un infierno planificado y mecanizado. Hasta hace
poco tiempo la opción entre la política de la pobreza
voluntaria y el infierno del ingeniero de sistemas no era congruente
con el lenguaje de hombres de ciencia ni de políticos.
Nuestra creciente experiencia con Némesis Médica
reviste a la alternativa de nuevo sentido: la sociedad debe elegir
los mismos límites rígidos en el tipo de bienes
producidos dentro de los cuales todos sus miembro encuentran
una garantía de igual libertad o la sociedad tendrá
que aceptar controles jerárquicos sin precedentes3 para proveer a cada miembro, lo que
las burocracias del Bienestar diagnostican como sus necesidades.
En varias naciones el público está actualmente
listo para revisar su sistema de asistencia a la salud. Hay un
grave peligro de que el próximo debate reforzará
la actual medicalización frustradora de la vida. Todavía
podría salvarse el debate si se concentrara la atención
en Némesis Médica, si la recuperación de
la responsabilidad personal por la asistencia a la salud se constituyera
en el problema central y si se hiciera de las limitaciones a
los monopolios profesionales el objetivo esencial de la legislación.
En lugar de limitar los recursos de los médicos y de las
instituciones que los emplean, esa legislación debería
establecer impuestos a la tecnología médica y a
la actividad profesional hasta que los medios que pueden manejar
los legos estén realmente a la disposición de todo
el que quiera tener acceso a ellos. En lugar de multiplicar los
especialistas que pueden asignar cualquiera de los diversos papeles
de enfermo a personas que se ponen mal por su trabajo y su vida,
la nueva legislación garantizaría el derecho de
la gente a desertar y organizarse en una forma menos destructiva
de vida, en la que tendría más control sobre su
ambiente. En lugar de restringir el acceso a drogas, a medicamento
y procedimientos adictivos, peligrosos o inútiles, esa
legislación trasladaría todo el peso de su uso
responsable al hombre enfermo y a sus parientes inmediatos. En
lugar de someter la integridad física y metal de los ciudadanos
a más y más custodios, esa legislación reconocería
el derecho de cada hombre a definir su propia salud, sujeto sólo
a limitaciones impuestas por el respeto a los derechos de su
vecino. En lugar de robustecer el poder de certificación
de colegas especializados y organismos gubernamentales, la nueva
legislación permitiría la elección popular
para dar derecho a médicos elegidos a empleos sanitaros
sostenidos por impuestos. En lugar de someter su actuación
a organizaciones de revisión profesional, la nueva legislación
haría que los evaluara la colectividad a la que sirven.
364
LA SALUD (HIGIEIA) COMO VIRTUD
La salud designa un proceso de
adaptación. No es el resultado del instinto sino de una
reacción autónoma moldeada culturalmente ante la
realidad creada socialmente. Designa la capacidad de adaptarse
a ambientes cambiantes, de crecer, madurar y envejecer, de curarse
cuando está uno lesionado, sufrir y esperar pacíficamente
la muerte. La salud abarca también lo futuro y por tanto
comprende la angustia y los recursos internos para vivir con
ella.
La salud designa un proceso mediante el cual cada uno es responsable,
pero sólo en parte responsable ante los demás.
Ser responsable de lo que ha hecho y es responsable ante otra
persona o grupo. Únicamente cuando se considera subjetivamente
responsable ante otra persona, las consecuencias de su fracaso
no serán la represión, la crítica, la censura
o el castigo, sino la pena, el remordimiento y el verdadero arrepentimiento.4 Los estados consiguientes de pesar y
angustia son marcas de recuperación y curación,
y fenomenológicamente son algo por completo diferente
de sentimientos de culpa. La salud es una tarea y como tal no
puede compararse con el equilibrio fisiológico de las
bestias. En esta tarea personal el éxito es en gran parte
resultado del conocimiento de uno mismo, la autodisciplina y
los recursos internos mediante los cuales cada persona regula
su propio ritmo cotidiano, sus acciones, su régimen de
alimentación y sus actividades sexuales. El conocimiento
de ocupaciones deseables, la actuación competente, el
empeño en aumentar la salud de los demás, todo
ello aprendido mediante el ejemplo de iguales o de mayores. Esas
actividades personales se moldean y se condicionan por la cultura
en que crece el individuo: modelos de trabajo y ocio, de celebraciones
y sueño, de producción y preparación de
alimentos y bebidas, de relaciones familiares y de política.
La existencia de patrones de salud probados por el tiempo, que
corresponden a una zona geográfica y a una situación
técnica, dependen en gran medida de una prolongada autonomía
política. Dependen de la disminución de responsabilidad
respecto de hábitos saludables y del ambiente sociobiológico.
Es decir, dependen de la estabilidad dinámica de una cultura.
El nivel de salud pública corresponde al grado en que
se distribuyen entre la población total los medios y la
responsabilidad para enfrentarse a la enfermedad. Esa capacidad
de enfrentamiento puede aumentarse pero nunca ser reemplazada
por la intervención médica ni por las características
higiénicas del ambiente. La sociedad que pueda reducir
al mínimo la intervención profesional proporcionará
las mejores condiciones para la salud. Cuanto mayor sea el potencial
de adaptación autónoma a uno mismo, a los demás
y al ambiente, menos se necesitará ni se tolerará
el manejo de la adaptación.
Un mundo de salud óptima y generalizada es obviamente
un mundo de intervención médica mínima y
sólo excepcional. La gente sana es la que vive en hogares
sanos a base de un régimen alimenticio sano; en un ambiente
igualmente adecuado para nacer, crecer, trabajar, curarse y morir:
sostenida por una cultura que aumenta la aceptación consciente
de límites a la población, del envejecimiento,
del restablecimiento incompleto y de la muerte siempre inminente.
La gente sana necesita intervenciones burocráticas mínimas
para amarse, dar a luz, compartir la condición humana
y morir.
La fragilidad, la individualidad y la capacidad de relación
conscientemente vividas por el hombre hacen de la experiencia
del dolor, la enfermedad y la muerte una parte integrante de
su vida. La capacidad para enfrentarse autónomamente con
esta tríada es fundamental para su salud. Cuando el hombre
se hace dependiente del manejo de su intimidad, él renuncia
a su autonomía y su salud tiene que decaer. El
verdadero milagro de la medicina moderna es diabólico.
Consiste no sólo en hacer que individuos sino poblaciones
enteras sobrevivan en niveles inhumanamente bajos de salud personal.
Némesis Médica es la retroalimentación de
una organización social que se impuso mejorar e igualar
la oportunidad de cada hombre de enfrentar su ambiente con autonomía
y terminó destruyéndola.
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