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APÉNDICE
LA NECESIDAD DE UN TECHO COMÚN
[EL CONTROL SOCIAL DE LA TECNOLOGÍA]
por Valentina Borremans
e Iván Illich,
Cuernavaca, septiembre
de 1971.
El control social de los sistemas
de producción es la base de toda restructuración
social: la nueva fase en la cual ya entró la tecnología
permite y exige una nueva determinación de ese control.
1) La propiedad social de los medios de producción; 2)
El control social de los mecanismos de distribución y
3) El acuerdo comunitario sobre la autolimitación de algunas
dimensiones tecnológicas, pero sólo en su conjunto,
constituyen la base para el control social de la producción
de una sociedad.
En las primeras etapas de la industrialización, los dos
primeros aspectos parecían tan importantes que no permitieron
que se desarrollara suficientemente el pensamiento sobre el tercero.
En nuestra opinión lo que hoy es necesario es el control
político de las características tecnológicas
de los productos industriales y de la intensidad de los servicios
profesionales.
Esta nueva política consiste en la búsqueda de
un acuerdo comunitario sobre el perfil tecnológico del
techo común bajo el cual todos los miembros de una sociedad
quieren vivir. Más bien que la construcción de
una plataforma de lanzamiento, desde la cual solamente algunos
miembros de esa sociedad son enviados hacia las estrellas.
Esta nueva política es de una autolimitación voluntaria
y comunitaria, la búsqueda de máximos en la productividad
institucional y en los consumos de servicio y de mercancías,
de acuerdo a las necesidades que se consideran, dentro de esa
comunidad, satisfactorias para cada individuo.
El control social del modo de producción adquiere una
significación más amplia en la presente época
de desarrollo tecnológico. En las primeras etapas de la
industrialización, la atención, con razón,
tuvo que concentrarse sobre la propiedad de los medios de producción
y sobre la distribución equitativa de los productos.
En la etapa por la que atravesamos desde los años 60,
la definición social de un máximo, en relación
a ciertas características básicas de los productos
de una sociedad, debería ser la meta política más
importante.
Las élites económicas de las sociedades latinoamericanas
ya incorporaron, en su visión del mundo, lo que llamaremos
el "imperativo tecnológico". Llamamos "imperativo
tecnológico" a la idea de que si alguna hazaña
técnica es posible en cualquier parte del mundo, hay que
realizarla y ponerla al servicio de algunos hombres, sin importar
en lo absoluto, el precio que los demás miembros de esa
sociedad hayan de pagar por ello.
Las sociedades capitalistas justifican la planificación
bajo el signo del "imperativo tecnológico" por
la evidente demanda de unos cuantos consumidores que necesitan
moverse a velocidades supersónicas. Las sociedades socialistas
justifican esta misma planificación por el supuesto servicio
que deriva a la comunidad total de la posibilidad de que unos
cuantos puedan moverse a tal velocidad.
En cualquier sociedad en la que se acepte el "imperativo
tecnológico", éste se pone al servicio del
progreso indefinido en calidad o en cantidad de los productos
y de los servicios, destruyendo con esto la base para lograr
la construcción del socialismo.
Esto lleva inevitablemente, al control de la sociedad por medio
de "tecnócratas expertos" (profesionales, especialistas,
científicos, etc.) sin importar el que éstos hayan
sido elegidos para el servicio del poder por un partido político
o por un grupo de capitalistas.
Consideramos que el Kripto-estalinismo reside precisamente en
esto: en adjudicarse el control social de los medios de producción,
para justificar un control central de los productos, en servicio
del aumento ilimitado de la producción.
Creemos que en este momento existen condiciones para movilizar
las mayorías de algunos pueblos de América Latina
y de África, para que rechacen conscientemente la dominación
de los tecnócratas, consecuencia inevitable de la aceptación
popular del "imperativo tecnológico". Una vez
que un pueblo haya aceptado que vale la pena (no importa en qué
medida) enviar a un hombre a la luna o mantener a algunos individuos
en vida durante más de 100 años, o hacer viajes
a velocidades supersónicas, fácilmente acepta cualquier
otra forma de explotación, por el hecho de que el ídolo
en cuyo nombre se hace la explotación ha sido creado por
un científico.
El rechazo del "imperativo tecnológico" es la
base para iniciar la búsqueda de las dimensiones tecnológicas
que habría que someter al juicio popular para que la mayoría
determine bajo qué límites máximos quiere
vivir.
Por ejemplo:
¿Cuál es la velocidad máxima para el transporte
de las personas, que permita el uso óptimo de los recursos
públicos, para garantizar una movilidad óptima
a la gran mayoría?
¿Qué amplitud máxima del espectro electrónico,
utilizado para la comunicación entre personas, garantizaría
el nivel óptimo de comunicación entre las mayorías?
¿Hasta qué punto se permite el uso de los recursos
públicos en la prolongación de la vida de un adulto,
cuando tales gastos resultan discriminadores en contra de la
gran mayoría que requiere de servicios de previsión
y mantenimiento de su salud o de asistencia en momentos de crisis
aguda?
¿A qué métodos pedagógicos posibles
hay que renunciar en favor de un acceso de las mayorías
a los medios de auto-formación o autoconocimiento?
La idea de que un pueblo decida democráticamente las dimensiones
tecnológicas dentro de las que voluntariamente se limitaría
a vivir, dentro de un cierto ámbito, y no sólo
provisionalmente, sino a largo plazo, es profundamente contraria
al modo de pensar que hoy prevalece.
Es improbable que la iniciativa para plantear este problema sea
tomada en los países europeos occidentales u orientales
que se encuentran a medio camino de la industrialización.
En los países supercapitalistas la contaminación
ambiental que hace que la tierra sea incapaz de sostener la vida
humana y la superdeterminación del individuo que lo hace
impotente para sobrevivir fuera de un ambiente artificial, ya
llevan a la conciencia de una pequeña minoría la
necesidad de pensar en la urgencia de limitar la producción.
Creemos que el liderato de un movimiento mundial hacia una nueva
política popular, en la que el pueblo ante todo decida
los límites máximos en que esa sociedad deba vivir,
y después los haga asequibles a todos, debe venir de algunos
países de América Latina, de África y posiblemente
de China.
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