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INTRODUCCIÓN
La medicina institucionalizada
ha llegado a ser una grave amenaza para la salud. El impacto
del control profesional sobre la medicina, que inhabilita a la
gente, ha alcanzado las proporciones de una epidemia. Yatrogénesis,
el nombre de esta nueva plaga, viene de iatros, el
término griego para "médico", y de genesis,
que significa "origen". La discusión de
la enfermedad del progreso médico ha cobrado importancia
en las conferencias médicas, los investigadores se concentran
en los poderes enfermantes de la diagnosis y la terapia, y los
informes sobre el paradójico daño causado por curas
contra enfermedad ocupan cada vez mayor espacio en los prontuarios
médicos. Las profesiones de la salud se encuentran al
filo de una campaña de limpieza sin precedentes. "Clubes
de Cos", bautizados en honor de la Isla griega de Doctores,
han brotado aquí y allá, reuniendo médicos,
droguistas glorificados y sus patrocinadores industriales del
mismo modo como el Club de Roma congregó a "analistas"
bajo la égida de Ford, Fiat y Volkswagen. Los proveedores
de servicios médicos siguen el ejemplo de sus colegas
de otros campos al amarrar al palo de "límites al
crecimiento" la zanahoria de "siempre más"
vehículos y terapias. Los límites a la asistencia
profesional a la salud son un tema político que crece
con rapidez. A qué intereses servirán dichos límites
dependerá en gran parte de quién tome la iniciativa
de formular que son necesarios: gente organizada para una acción
política que desafíe el poder profesional cimentado
en el status quo, o las profesiones de la salud decididas a expandir
más aún su monopolio.
El público ha sido prevenido ante la incertidumbre y la
perplejidad de los mejores entre sus cuidadores higiénicos.
Los periódicos están llenos de informes sobre las
manipulaciones volteface de los líderes médicos:
los pioneros de los ayer llamados "progresos" advierten
a aus pacientes contra los peligros de las curas milagrosas que
ellos mismos acaban de inventar. Los políticos que propusieron
emular los modelos ruso, sueco y inglés de medicina socializada
se apenan de que sucesos recientes muestren la alta eficacia
de estos sistemas en producir las mismas curas y atenciones patógenas
-es decir, enfermantes- que produce la medicina capitalista,
aunque con un acceso menos equitativo. Sobre nosotros se cierne
una crisis de confianza en la medicina moderna. Limitarse sólo
a insistir en esto sería contribuir aún más
a una profecía que se cumple sola, y posiblemente al pánico.
Este libro argumenta que el pánico se halla fuera de lugar.
La meditada discusión pública de la pandemia yatrogéncia,
partiendo de la insistencia en desmistificación de todos
los asuntos médicos, no será peligrosa para la
comunidad. De hecho, lo peligroso es un público pasivo
que ha llegado a confiar en limpiezas médicas superficiales.
La crisis de la medicina podría permitir al lego reclamar
en forma efectiva su propio control sobre la percepción,
clasificación y toma de decisiones médicas. La
laicización del templo de Esculapio podría llevar
a deslegitimizar los dogmas religiosos de la medicina moderna
a los que las sociedades industriales, de izquierda a derecha,
se adhieren ahora.
Mi argumento es que el lego y no el médico tiene la perspectiva
potencial y el poder efectivo para detener la actual epidemia
yatrogénica. Este libo ofrece al lector lego un marco
conceptual dentro del cual determinar el lado turbio del progreso
contra sus beneficios más publicitados. Utiliza la valoración
social del progreso económico según un modelo que
he detallado en otro sitio1 y he aplicado anteriormente a la educación2 y al transporte,3 y que ahora aplico a la crítica
del monopolio profesional y del cientificismo en el cuidado de
la salud que prevalecen en todas las naciones organizadas para
altos niveles de industrialización. A mi parecer: el saneamiento
de la medicina es parte intrínseca de la inversión
socioeconómica de la que trata la Parte IV de este libro.
Las notas de pie de página reflejan la naturaleza de este
texto. Asevero el derecho de romper el monopolio que la academia
ha ejercido sobre toda la letra chica al final de página.
Algunas notas documentan la información que he utilizado
para elaborar y verificar mi preconcebido paradigma de límite
óptimo para el cuidado de la salud; perspectiva que no
ocupaba necesariamente un lugar en la mente de la persona que
reunió los datos correspondientes. A veces, sólo
cito mi fuente como el relato de un testigo ocular ofrecido incidentalmente
por el autor experto, y al mismo tiempo a la vez rehúso
aceptar lo que éste dice como un testimonio experto,
sobre la base de que lo conocido sólo de oídas
no debería afectar las decisiones públicas pertinentes.
Muchas notas más otorgan al lector el tipo de guía
bibliográfica que yo habría apreciado cuando empecé,
como un intruso, a sumergirme en el tema de la asistencia a la
salud y traté de adquirir competencia en la evaluación
política de la eficacia de la medicina. Estas notas remiten
a herramientas de biblioteca y obras de referencia que he aprendido
a apreciar en años de exploración solitaria. También
enlistan lecturas, desde monografías técnicas hasta
novelas, que me han sido de utilidad.
Finalmente, he usado las notas para tratar mis propias sugerencias
y planteamientos, parentéticos suplementarios y tangenciales,
que dejados en el texto principal habrían distraído
al lector. El lego en medicina, para quien está escrito
este libro, tendrá que adquirir por sí mismo la
competencia para evaluar el impacto de la medicina en la asistencia
a la salud. Entre todos nuestros expertos contemporáneos,
los médicos son aquellos cuya preparación los ha
llevado al más alto grado de incompetencia especializada
para esta empresa urgentemente necesaria.
La cura de la enfermedad yatrogénica que abarca a toda
la sociedad es una labor política, no profesional. Debe
basarse en un consenso popular acerca del equilibrio entre la
libertad civil de curar y el derecho civil a una asistencia equitativa
de la salud. Durante las últimas generaciones el monopolio
médico sobre al asistencia a la salud se ha expandido
sin freno y ha coartado nuestra libertad con respecto a nuestro
propio cuerpo. La sociedad ha transferido a los médicos
el derecho exclusivo de determinar qué constituye la enfermedad,
quién está enfermo o podría enfermarse,
y qué cosa se hará a estas personas. La desviación
es ahora "legítima" sólo cuando merece
y en última instancia justifica la interpretación
e intervención médicas. El compromiso social de
proveer a todos los ciudadanos de las producciones casi ilimitadas
del sistema médico amenaza con destruir las condiciones
ambientales y culturales necesarias para que la gente viva una
vida autónoma saludable. Esta tendencia debe reconocerse
y eventualmente invertirse.
Los límites a la medicina han de ser algo distinto de
la autolimitación profesional. Demostraré que la
insistencia del gremio médico sobre su propia idoneidad
para curar a la misma medicina se basa en una ilusión.
El poder profesional es el resultado de la delegación
política de la autoridad autónoma a las ocupaciones
de la salud, realizada durante nuestro siglo por otros sectores
de la burguesía universitaria. Dicho poder no puede ser
ahora revocado por aquellos que lo concedieron, sólo puede
deslegitimizarlo el acuerdo popular sobre su malignidad. La automedicación
del sistema médico no puede sino fracasar. Si el público,
empavorecido por revelaciones sangrientas, se viera conminado
a conceder más apoyo a un aumento de control experto sobre
expertos en la producción de la asistencia a la salud,
esto sólo intensificaría la asistencia enfermante.
Se debe entender que lo que ha transformado la asistencia a la
salud en una empresa productora de enfermedades es la propia
intensidad de una dedicación ingenieril que ha reducido
la sobrevivencia humana, de un buen desempeño del organismo,
al resultado de una manipulación técnica.
"Salud" es, después de todo, una palabra cotidiana
que se usa para designar la intensidad con que los individuos
hacen frente a sus estados internos y sus condiciones ambientales.
En el Homo sapiens, "saludable" es un adjetivo
que califica acciones éticas y políticas. Al menos
en parte, la salud de una población depende de la forma
en que las acciones políticas condicionan el medio y crean
aquellas circunstancias que favorecen la confianza en sí,
la autonomía y la dignidad para todos, especialmente los
débiles. En consecuencia, los niveles de salud serán
óptimos cuando el ambiente favorezca una capacidad de
enfrentamiento, autónoma, personal y responsable. Los
niveles de salud sólo pueden declinar cuando la sobrevivencia
llega a depender más allá de cierto punto de la
regulación heterónoma (dirigida por otros) de la
homeostasis del organismo. Más allá de un nivel
crítico de intensidad, la asistencia institucionalizada
a la salud -no importa que adopte la forma de cura, prevención,
o ingeniería ambiental- equivale a la negación
sistemática de la salud.
La amenaza que la medicina actual representa para la salud de
las poblaciones es análoga a la amenaza que el volumen
y la intensidad del tráfico representan para la movilidad,
la amenaza que la educación y los medios masivos de comunicación
representan para el aprendizaje, y la amenaza que la urbanización
representa para la habilidad de construir una morada. En cada
caso una gran empresa institucional ha resultado contraproducente.
La aceleración del tráfico, consumidora de tiempo;
las comunicaciones ruidosas y confusas; la educación que
entrena cada vez más gente para niveles de competencia
técnica y formas especializadas de incompetencia general
cada vez más altos: todos éstos son fenómenos
paralelos a la producción de la enfermedad yatrogéncia
por parte de a medicina. En cada caso un gran sector institucional
ha apartado a la sociedad del propósito específico
para el cual dicho sector fue creado y técnicamente instrumentado.
La yatrogénesis no puede entenderse a menos que se vea
como la manifestación específicamente médica
de la contraproductividad específica. La contraproductividad
específica o paradójica es un indicador social
negativo de una diseconomía que permanece encerrada en
el sistema que la produce. Es una medida de la confusión
entregada por los medios noticiosos, la incompetencia fomentada
por los educadores, o la pérdida de tiempo representada
por un coche más potente. La contraproductividad específica
es un efecto secundario no deseado del crecimiento de la producción
institucional inherente al sistema mismo que originó el
valor específico. Es una medida social de la frustración
objetiva. Este estudio de la medicina patógena se emprendió
con el fin de ilustrar en el campo de la asistencia a la salud
los diversos aspectos de la contraproductividad que pueden observarse
en todos los sectores principales de la sociedad industrial en
su estadio presente. Un análisis similar podría
emprenderse en otros campos de la producción industrial,
pero la urgencia es particularmente grande en el campo de la
medicina, una profesión de servicio tradicionalmente reverenciada
y autogratificante.
La yatrogénesis estructural afecta ya todas las relaciones
sociales. Es el resultado de la colonización internalizada
de la libertad a través de la afluencia. En los países
ricos la colonización médica ha alcanzado proporciones
morbosas; los países pobres siguen rápidamente
los mismos pasos. (La sirena de una sola ambulancia puede destruir
actitudes samaritanas en todo un pueblo.) Este proceso, que llamaré
la "medicalización de la vida", merece una atención
política articulada. La medicina podría ser un
blanco principal para la acción política que se
propone una inversión de la sociedad industrial. Sólo
la gente que ha recobrado la capacidad de proporcionarse asistencia
mutua y ha aprendido a combinarla con la destreza en el uso de
la tecnología contemporánea, podrá también
limitar el modo industrial de producción en otras áreas
de importancia.
Al rebasar sus límites críticos, un sistema de
asistencia a la salud basado en médicos y otros profesionales
resulta patógeno por tres motivos: inevitablemente produce
daños clínicos que superan sus posibles beneficios;
no puede sino resaltar, en el acto mismo de oscurecerlas, las
condiciones políticas que hacen insalubre la sociedad;
y tiende a mistificar y a expropiar el poder del individuo para
sanarse a sí mismo y modelar su ambiente. Los sistemas
médico y paramédico sobre la metodología
y la tecnología de la higiene son un notorio ejemplo del
mal uso político que se hace de los avances médicos
para fortalecer el crecimiento industrial más bien que
el personal. Tal medicina es sólo un ardid para convencer
a quienes se sienten hartos y cansados de la sociedad, de que
son ellos los enfermos e impotentes que necesitan de una reparación
técnica. Examinaré estos tres planos de acción
médica patógena en las tres primeras partes de
este libro.
En el primer capítulo se hará el balance del progreso
en tecnología médica. Muchas personas desconfían
ya de los médicos, de los hospitales y de la industria
farmacéutica, y sólo necesitan datos que fundamenten
sus temores. Ya los médicos juzgan necesario robustecer
su credibilidad pidiendo que se prohiban formalmente muchos tratamientos
comunes hoy en día. Las restricciones al ejercicio médico
que los profesionales han llegado a considerar obligatorias son
a menudo tan radicales que resultan inaceptables para la mayoría
de los políticos. La ineficacia de la medicina costosa
y de alto riesgo es un hecho ya ampliamente discutido que tomo
como punto de partida, no como un asunto clave en el que quiera
detenerme.
En la segunda parte describo aquellos aspectos de la organización
social de la medicina que niegan directamente la salud, y en
la tercera el impacto incapacitador de la ideología médica
sobre la energía personal: en tres capítulos distintos
describo la forma en que el dolor, la invalidez y la muerte dejan
de ser un reto personal para convertirse en un problema técnico.
En la cuarta parte interpreto la medicina negadora de la salud
como típica de la contraproductividad de la civilización
sobreindustrializada y analizo cinco tipos de respuesta política
que constituyen remedios tácticamente útiles y,
todos, estratégicamente fútiles. Discierno entre
dos modos por los cuales la persona se relaciona con su ambiente
y se adapta a éste: el modo de enfrentamiento autónomo
(es decir autogobernando) y el modo de mantenimiento y manejo
heterónomo (es decir administrado). Concluyo demostrando
que sólo un programa político encaminado a limitar
el manejo profesional de la salud hará capaces a los hombres
de recuperar sus poderes para prestar atención a la salud,
y que tal programa es parte integral de una crítica y
una restricción de amplio alcance del modo industrial
de producción.
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